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Tema: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

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  1. #1
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    España acabó ganando la guerra de Cuba y nadie lo sabe

    By Admin on Julio 12, 2017






    Los lazos económicos entre España y Cuba nunca se rompieron definitivamente. Hoy sin el engorro de tener que administrar la isla directamente España le saca aún más provecho.




    Antes de la toma de La Habana por los ingleses, en Cuba se desarrolló la industria naval más importante del imperio español. Hoy ese hecho ignorado y casi olvidado dice mucho de la clase de personas que fabricaron aquel país y de los que luego escribieron su historia. Luego, cuando le llegó el turno al azúcar no sólo se experimentaron en Cuba, las tecnologías más avanzadas de la época, sino que se logró alzar dicha producción al primer nivel mundial. ¿cuál fue el secreto de aquellos varones? La libertad de comercio y la liberalización de los sectores productivos.

    Una vez conseguida la relativa estabilidad política de la península, a la que no poco contribuyeron ingenuamente las fortunas cubanas; el restablecimiento del absolutismo de Fernando VII trajo aparejado un control más estricto de la riqueza generada, con un aumento impositivo exponencial de las exportaciones, sin olvidar la creación de un mercado cautivo para las incipientes producciones textiles catalanas y mineras vascas.

    Pero fue la creación del Banco Español de la Habana, y la centralización de las relaciones comerciales por parte del Estado a través de un Banco Central, las que terminaron provocando la pérdida de influencia primero y la ruina después, sobre todo en la parte oriental de la Isla, de una gran parte de aquella oligarquía criolla industriosa que se financiaba principalmente con capitales foráneos en Londres y en Nueva York.

    Algún día se escribirá una Historia económica de la isla de Cuba y podrán distinguirse claramente estos tres momentos fundamentales, el primero, que se terminó con el fracaso de la Junta de Información en 1867, pues allí se puso claramente en evidencia que ya los criollos no eran los dueños de la finca; el segundo, cuando esos mismos criollos ganaron ayudados por Estados Unidos la Guerra Civil contra España. Para aquel sector de la sociedad cubana, 1902 supuso una momentánea restauración de sus fueros históricos mantenidos durante siglos. El restablecimiento de la plaza como principal productor de azúcar en tan breve plazo la década siguiente, no podría explicarse racionalmente sin las competencias y experiencias acumuladas el siglo anterior.

    Fidel Castro representa el último movimiento de esta historia, la revancha en suma de los modestos inmigrantes españoles que vinieron a Cuba buscando fortuna y que perdieron en la Guerra Civil. No hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para imaginar a Angel Castro inculcando a su progenitura el odio a aquella oligarquía criolla tradicional impermeable, responsable no sólo de acaparar ilegalmente las riquezas nacionales, sino haciéndola gestora de la ruina de España.

    En consecuencia, contra ella valían todos los recursos incluyendo el de la expoliación. Por esa razón, la destrucción definitiva de la riqueza acumulada por la antigua oligarquía antes y sobre todo durante la República Mambisa, era legítima ante los ojos de los españoles recién llegados; cuyos descendientes no lo olvidemos apoyaron masivamente a Castro en 1959. Para ellos fue muy fácil favorecer el discurso de un Mesías que prometía por fin justicia para todos y al mismo tiempo cerrar los ojos contemplando con entusiasmo como se desarticulaban las estructuras productivas, las redes sociales y la industria creada por los ganadores del 98.

    Los lazos económicos entre España y Cuba nunca se rompieron definitivamente y hoy sin el engorro de tener que administrarla directamente España le saca todavía bastante provecho, o lo que es lo mismo: España perdió la batalla del 98 pero por causas ajenas a su voluntad ha terminado ganando la guerra. Si los cubanos no pueden ver hoy esta realidad es porque durante más de 100 años, historiadores de aquel grupo oligárquico se fabricaron a la medida una historia que impide por el momento atar los cabos sueltos.

    Cuba nunca fue una colonia como las otras. En lo inmediato la Península no va a pasar de repente al primer plano pero su hora llegará. La colonia española en la isla está llamada a crecer exponencialmente (sobre todo si se extiende la ley de abuelos). Tampoco sus miembros a pesar del tiempo perdido en experimentos revolucionarios han olvidado que una vez sus antepasados cruzaron el Atlántico para hacer América. Ahora sólo les falta ganarse el poder político que les corresponde.


    _______________________________________

    Fuente:

    https://eldiariodelamarina.com/espana-gano-la-guerra/

  2. #2
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    Cuando a España le quedaba todavía un poco de vergüenza: La Batalla del Caney

    By Admin on Agosto 24, 2017




    El general Vara de Rey durante la batalla de El Caney- Foto cedida a ABC por el artista Pablo Outeiral (Desperta Ferro)


    Durante la Guerra de Cuba poco más de 520 corajudos soldados españoles, bajo el mando del general Vara de Rey, pusieron en jaque a más 6.000 estadounidenses



    «El valor de los españoles superó todo lo imaginable. Las granadas hacían explosión en las calles, los blocaos saltaban por los aires, esquirlas de plomo barrían las trincheras, penetraban en cada rendija, en cada esquina, en cada aspillera, pero los soldados de aquel incomparable héroe, el general Vara de Rey, serenos y decididos, no dejaban de emerger de las trincheras para lanzar descarga tras descarga contra los atacantes».

    Estas fueron las palabras del coronel estadounidense Sargent -recogidas en el Nº21 de Desperta Ferro Contemporánea: «Cuba 1898»- a propósito de la encomiable defensa del fuerte «El Viso» y de la posición estratégica de El Caney. Heroica labor llevada a cabo por un puñado de encorajinados e incólumes soldados españoles frente a un enemigo que los superaba más de diez veces en número.

    Las muchas horas de combate en las que los poco más de 500 soldados de Vara de Rey se mostraron persistentes en su defensa trocaron la inevitable derrota en gesta imborrable. Este es el relato de un episodio que forma ya parte de la gloriosa historia española y cubana.


    Cuba: objetivo yanqui

    Parece ser que, como señalan no pocos autores, el interés que despertaba Cuba, la perla del Caribe, en Washington D.C se remonta hasta principios del siglo XIX. Ya desde tiempos del presidente Thomas Jefferson el recién nacido país habría realizado infructuosos intentos de comprar la isla. Transacción a la que siempre se dio la negativa por respuesta desde la Península.

    Sin embargo, los intentos de lograr la dominación de la codiciada insula no quedaron ni mucho menos aquí. En el año 1823 -como señalan Miguel del Rey y Carlos Canales en «Breve historia de la Guerra del 98»- el embajador estadounidense en Madrid le trasladó al ministro de Exteriores español, Evaristo Fernández de San Miguel, una nota en la que se aludía a la «anexión de Cuba como indispensable».

    Fue con la firma del tratado de Ostende de 1850 (realizado por tres embajadores norteamericanos en Europa) que el interés del país por dominar este territorio caribeño se hizo explícito. En este informe -como relata Luis Navarro en «Las Guerras de España en Cuba»- «se declaraba que la anexión era necesaria para la seguridad de los Estados Unidos, por lo que se debía obligar a España a vendérsela por ciento veinte millones de dólares. De no aceptar España esta fórmula, la isla podría serle arrebatada a cualquier precio».


    El valor de los españoles superó todo lo imaginable Coronel Sargent


    La guerra civil que sacudió a las otrora colonias inglesas (1861-1865) supuso un nuevo paso en la búsqueda de la conquista de Cuba. Los Estados del Sur eran los menos proclives a entrar en conflicto por un territorio que les ofrecía, fruto de las relaciones comerciales, pingües beneficios económicos. Sin embargo, a pesar de la victoria del Norte (mucho más receptivo a la toma de la ínsula), la necesidad de reconstruir el país tras la contienda fratricida, así como la expansión hacia el oeste, implicaron que se dejasen momentáneamente a un lado las aspiraciones sobre el territorio caribeño.

    Definitivamente, a partir de 1895 -momento en que Estados Unidos había logrado situarse como potencia económica e industrial– el país norteamericano decidió lanzarse a ocupar aquellos territorios que tenía más a mano, entre los que destacaban las islas ubicadas en el Caribe y el Pacífico (como Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Motivación que llevó a la (teórica) nación amiga de España a invertir gran cantidad de recursos en la construcción de un ejército (especialmente una armada) acorde a la empresa.

    El gobierno español, lejos de plantar cara a la injerencia anglosajona, se limitaba a tratar de satisfacer las demandas yanquis con el fin de apaciguarles. Sin embargo, el embajador estadounidense en Madrid -cuyas palabras aparecen recogidas en la obra Rey y Canales- no parecía estar satisfecho con los esfuerzos realizados desde la capital por normalizar la situación, ya que según su opinión: «Un solo poder y una sola bandera pueden imponer la paz en Cuba. Ese poder es Estados Unidos y esa bandera nuestra bandera».

    Washington contaba además a su favor, en lo que a la toma de la codiciada ínsula se refiere, con la falta de un sentimiento de nacionalismo «per se» tan difícil de lograr en una sociedad multirracial como la caribeña. Parece ser -según relata Navarro- que en Cuba existía «una fuerte tendencia al mantenimiento de la unión con España, o a la anexión a los Estados Unidos».




    Restos del «USS Maine»" data-recalc-dims="1" />Restos del «USS Maine»– ABC


    Con todo esto, el hundimiento (probablemente intencionado) del acorazado «USS Maine» el 15 de febrero de 1898 en el puerto de La Habana acabó por provocar la entrada en la guerra de los yanquis (25 de febrero). Contienda que de hecho ya se estaba librando entre españoles y cubanos independentistas desde 1895. Como explican Del Rey y Canales, desde entonces Estados Unidos siempre ha justificado sus intervenciones militares internacionales en base a una provocación. De este modo, como afirma Luis Navarro en su obra, entre el 8 y el 9 de junio, se produjo en la bahía de Guantánamo el primer desembarco de soldados yanquis en la isla.

    Parece ser que -como señalan Del Rey y Canales- a los oficiales yanquis les preocupaba la imagen que estaban dejando las tropas estadounidenses en los inicios de la contienda. El sonoro ridículo que implicó para los norteamericanos la batalla librada el 24 de junio en Las Guásimas(sonrojante episodio en el que los españoles infligieron un elevado número de bajas a unas tropas mejor equipadas y superiores en número), ejemplificaba la «inexperiencia y falta de preparación» del contingente anglosajón.

    Gracias a la retirada de los españoles de la zona de Sevilla -una vez acabaron con todos los yanquis que pudieron- el general estadounidense Shafter (al mando del V Cuerpo de Ejército), se encontraba ya a poco más de diez kilometros del importante enclave de Santiago. Ante el previsible ataque norteamericano, el teniente general Arsenio Linares -gobernador de la ciudad- se dispuso a preparar la defensa del importante enclave, para lo cual -como expresa Puell de la Villa en «El desastre de Cuba, 1898: Las Guásimas, El Caney, Las Lomas de San Juan»- procedió a reforzar las posiciones cercanas relativamente fortificadas.

    Con ese objetivo, la defensa de El Caney (posición ubicada a escasos seis kilómetros de Santiago) fue puesta bajo el mando del general ibicenco Joaquín Vara de Rey por el mismo Linares. La misión del oficial y de sus poco más de quinientos efectivos (391 miembros del Regimiento de infantería de la Constitución, 41 del de Cuba y 95 voluntarios) era la de frenar en la medida de lo posible el avance estadounidense dirigido hacia la ciudad cubana. Shafter por su parte destinó la mayoría de las fuerzas, pertenecientes al V Cuerpo del ejército, al principal foco de resistencia ubicado en las Lomas de San Juan.

    La posición escogida por Vara de Rey para dirigir la defensa del enclave fue el fortín «El Viso», una construcción facturada durante la Guerra Grande (1868-1878) y ubicada sobre un montículo. Además, las tropas españolas también contaban con seis blocaos (construcciones defensivas de madera) distribuidos en torno a El Caney: Norte, Río, Asia, Matadero, Izquierdo y Cementerio. Con el fin de dificultar aun más el avance yanqui también cavaron líneas de trincheras, desplegaron alambradas de espino y abrieron aspilleras en las casas y la iglesia.





    Soldados españoles durante la Guerra de Cuba (1895-1898)– Museo ABC


    Como explica Matt Casado en «La Guerra Hispano-Estadounidense de 1898», Shafter se desplazó a una posición cercana a El Pozo, desde donde tenía una buena perspectiva de las tropas enemigas. El ataque sobre El Caney, según lo entendía el general yanqui, era meramente secundario. La principal motivación del mismo era evitar que los hombres de Vara de Rey tratasen de entorpecer el avance estadounidense sobre Lomas de San Juan, posición hacia donde los soldados norteamericanos debían dirigirse una vez que hubiesen acabado con la resistencia española. Para llevar a cabo la misión, se escogió al oficial Henry W. Lawton, el cual contó desde el momento de su salida de El Pozo (30 de junio) con un contingente superior a los 5.000 efectivos.

    Encontrándose ya cerca del Caney, el ejército se dividió en tres brigadas. Como señala Puell de la Villa, la 1ª (dirigida por Ludlow) se ubicó al sur del enclave español, la 2ª (general Miles) en la retaguardia de la anterior y la 3ª (comandada por Chaffe) en el nordeste. El tiempo que Lawton consideraba necesario para acabar con la resistencia era de dos horas escasas.


    500 contra 6.000

    La batalla tuvo su inicio en torno a las 6 de la mañana del 1 de julio. Las tropas yanquis comenzaron empleando su artillería con el fin de ablandar la posición lo máximo posible. Sin embargo, como explican Del Rey y Canales en su obra, el ataque estadounidense -concentrado en los blocaos- no tuvo prácticamente ningún efecto en las defensas, ya que por lo normal los proyectiles se quedaban largos o cortos de su objetivo.

    Tras el fracaso de este primer intento de acabar con el pequeño contingente por la vía rápida las unidades de infantería tomaron la iniciativa. Fue en este punto en el que los hombres de Vara de Rey dejaron claro que no pensaban dar un paso atrás. Desde El Caney los soldados españoles comenzaron a realizar descargas una y otra vez sobre los desventurados estadounidenses. Por más hombres que Lawton enviara el resultado era siempre el mismo: una carnicería. La cadencia de disparos desde las posiciones hispanas era tan breve que, según explica Puell de Villa, el general norteamericano llegó a pensar que solo en «El Viso» debía haber más de 500 efectivos. Del Rey y Canales señalan que después de cinco horas de batalla (más del doble de lo previsto) los atacantes a penas habían logrado hacer mella en el poblado.

    Sin embargo, con la llegada de la brigada independiente de Bates (enviada por un general Shafter que ya estaba harto de esperar) la heroica defensa española estaba a punto de llegar a su fin, aunque de hecho aguantó aun bastante tiempo. Todo esto a pesar de que, una vez arrivaron los refuerzos -como señala Puell de la Villa en la revista Nº 21 de Desperta Ferro– los escasos 520 hombres de Vara de Rey hacían frente a 6.453 yanquis y 200 independentistas cubanos. Una desproporción numérica considerable.


    Y esta lucha de El Caney ¿No aparecerá siempre ante todo el mundo como uno de los ejemplos más hermosos de valor humano y de abnegación militar? Capitán Wester


    Aun así, los intrépidos españoles estuvieron cerca de triunfar. Faltó poco para que Lawton perdiese el control de sus tropas ante la desesperación de Shafter, quien ya las reclamaba para que se uniesen a la ofensiva principal en Lomas de San Juan. Finalmente, sobre las 15:00, la artillería estadounidense consiguió hacer mella en las trincheras españolas y destruyó «El Viso». Sin embargo, lejos de rendirse, los hombres del general ibicenco resistieron el envite de los yanquis -que ahora se abalanzaban hacia las entrañas del poblado- durante unas horas más.

    Vara de Rey acabó muriendo víctima de un disparo en la cabeza cuando era transportado en camilla fuera de El Caney. El general ibicenco había sido herido en las piernas tras la destrucción del fortín desde el que dirigía la defensa. Mientras era conducido fuera del poblado, varios estadounidenses abrieron fuego al avistar la comitiva destinada a trasladar al maltrecho militar. Como explica Puell de Villa, la desmoralización ante la pérdida del oficial al mando cundió entre los españoles. Fue este el momento en el que se inició la desbandada hacia Santiago.





    Imposición de medallas a los héroes de El Caney y Lomas de San Juan– ABC
    Imborrable gesta


    La batalla de El Caney no pasó desapercibida ni en España ni en el extranjero. El agregado militar sueco en Washington dedicó unas bellas palabras a esta labor llevada a cabo por un puñado de soldados españoles:

    «¡Después de esto, ni una palabra más se escuchaba en el campo americano sobre la cuestión de la inferioridad de la raza española!»

    «Y esta lucha de El Caney ¿No aparecerá siempre ante todo el mundo como uno de los ejemplos más hermosos de valor humano y de abnegación militar?»

    Por su parte, en la Península, la revista Blanco y Negro en su número del 9 de julio de 1898 se hacía eco de la titánica labor de estos estoicos soldados y su general, de los que dijo que resistieron «como si fueran no hombres sujetos a las debilidades de la carne, sino estatuas de bronce a las que animara un hálito divino».




    _______________________________________

    Fuente:

    https://eldiariodelamarina.com/espana-gano-la-guerra/
    DOBLE AGUILA dio el Víctor.

  3. #3
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    ¿Y eso de la inferioridad de la raza española qué coño es? En fin, siempre con el tema racial y la supuesta superioridad anglosajona...
    ¡VIVA ESPAÑA! ¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA LA HISPANIDAD!

    "Dulce et decorum est pro patria mori" (Horacio).

    "Al rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el Honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios" (Calderón de la Barca).

  4. #4
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    Voluntarios catalanes de Cuba no toleran insultos contra España, enero 1869

    Publicado el 24 septiembre, 2017





    En enero de 1869, recién iniciada la Guerra de los Diez Años, ocurrieron sucesos en La Habana que demostraban la situación de extrema tensión entre independentistas cubanos y voluntarios españoles. Se celebraba en un local de la ciudad llamado Teatro Villanueva una obra en la que se exaltaba la independencia de Cuba y apenas se ocultaba que era a beneficio de los guerrilleros cubanos y sus familiares. El 22 de enero, durante la obra el público, de ideología separatista, vitoreó la independencia de Cuba y dio mueras a España.

    Ante la situación se presentaron grupos de voluntarios españoles y exigieron la immediata retirada de la obra. Tras una tensa discusión con algunos asistentes se oyeron disparos contra los voluntarios españoles. Estos respondieron sacando sus revólveres y fusiles y disparando a su vez. Aunque los datos son confusos parece que murieron 3 separatistas y hubo muchos heridos de ambos bandos. Durante los 4 siguientes días se produjeron graves incidentes y tiroteos en las calles de La Habana entre separatistas y voluntarios que según parece causaron unos 25 muertos de ambos bandos.

    Aunque los grupos de voluntarios españoles organizados en la Península aún no habían llegado ya estaban en funcionamiento los grupos de voluntarios formados por españoles que ya vivían en Cuba (muchos de los cuales eran catalanes) y de cubanos proespañoles. El trasfondo del malestar de los Voluntarios era la débil política del gobernador español el general Dulce, que había que había legalizado la prensa independentista, permitiendo todo tipo de insultos y desprecios contra España y quería negociar la autonomia de la isla con los rebeldes a los que concedió numerosas amnistías, que solo fortalecieron a los mambises. Los Voluntarios se movilizaron contra Dulce y su política suicida y consiguieron que el Gobierno lo sustituyera por el general Caballero de Rodas, de mentalidad mucho más combativa.

    Desde luego si aquellos voluntarios catalanes vieran que 150 años más tarde en Cataluña algunos de sus descendientes han adoptado como propia la bandera de sus archienemigos, los separatistas cubanos, se sentirían consternados. Precisamente los rebeldes cubanos (y de esto hay numerosos testimonios) consideraban entre los españoles precisamente a los catalanes como a sus mayores enemigos (entre otras razones por su posición de dominio económico sobre la isla). Los Voluntarios Españoles y entre ellos singularmente los catalanes fueron parte esencial del esfuerzo militar español contra la guerrilla cubana durante la Guerra de los 10 Años (1868-1878). Esta guerra fue devastadora y causó enormes bajas tanto a españoles como a cubanos.

    Lo mismo ocurriría más tarde durante la segunda guerra, la de 1895-1898. Por fortuna los intensos odios y pasiones de estas guerras se superaron pronto. Así lo demostró la emocionante visita de la corbeta escuela española Nautilus a la Habana en junio de 1908. Era la primera vista de un buque militar español en 10 años y fue recibida con multitudinarias fiestas por el pueblo y las autoridades cubanas. Aquel evento simbolizó la reconciliación afectiva entre ambos pueblos hispánicos. La ocupación norteamericana que sufría Cuba entonces intensificó este sentimiento.

    En cualquier caso la historia de los Voluntarios Españoles de Cuba ( como antes la Guerra de la Independencia o la de Africa) demuestra que todavía durante el siglo XIX los jóvenes españoles (entre ellos los catalanes, desde luego) no toleraban pasivamente insultos o menosprecios a España y estaban dispuestos a luchar por la Patria, si esta lo necesitaba
    .
    Rafael María Molina. Historiador.

    Fuente: Historia de los Voluntarios cubanos. José Joaquín Ribó Vol 1. 1876. Las guerras mambisas. Coronel Santiago Perinat 2002.



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    Fuente:

    https://somatemps.me/2017/09/24/volu...1869/#comments
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  5. #5
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    ¿INTENTO BELGICA COMPRAR LAS FILIPINAS Y CANARIAS?




    Es conocida es la larga lista de personajes cuyas acciones y decisiones tuvieron como resultado la muerte de millones de personas inocentes. A nadie se le escapan los nombres de Mao, Stalin, Hitler o Pol Pot, los más grandes genocidas de la historia, título que se ganaron a sangre y fuego. Pero hay un individuo que casi siempre está ausente de esa lista, un sujeto que bien se acercó a los números de los nombres antes mencionados y que, no obstante su prolífica carrera criminal, durante décadas se le tuvo como un hombre bueno, un filántropo y gran servidor público. De hecho, en su país, Bélgica, hay gente que aún venera al rey Leopoldo II.Leopoldo II, Rey de los Belgas

    Nacido el 9 de abril de 1835 en Bruselas, heredó el trono de su padre a la edad de 30 años, después de formarse en la guisa típica de las casas reales, tutores privados y entrenamiento militar y político. Casado desde los 18 con Marie Henriette de Austria, pocas parejas podían ser tan dispares, ella alegre y piadosa y amante de los caballos; él, retraído y tímido, por lo que algunos les denominaban el “matrimonio entre el mozo de cuadra y la monja”, siendo ella el mozo de cuadra. La Dra. María Misra, historiadora en la Universidad de Oxford, piensa que Leopoldo se sentía algo resentido y menospreciado por su relativo poco peso dentro de la dinastía Sajonia-Coburgo, de en la cual mandaban su prima hermana Victoria, reina de Inglaterra, y su tío el Kaiser Wilhelm. Él mismo se veía como el monarca de una pequeña nación con gente pequeña. Nada mejor para engrandecer a un país, y a sí mismo, que tener colonias.

    La obsesión por obtener colonias le venía de herencia, pues su padre había intentado en más de 50 ocasiones, todas sin éxito, conquistar o comprar territorios de ultramar para ingresar en el club de las potencias mundiales. Incluso antes de acceder al trono, Leopoldo gustaba comentar entre sus allegado que Bélgica debía tener colonias a toda costa. Una vez coronado, se dio a la tarea como el objetivo más importante de su reinado. Intentó comprar Sarawak, uno de los estados de Malasia en la Isla de Borneo; envió un embajador a la corte de la reina española Isabel II para convencerle de que le cediera las Filipinas, pero el embajador se negó sabiendo lo ridículo de la idea, y Leopoldo lo sustituyó. Cuando lo intentaba por segunda vez, en 1868, Isabel fue derrocada y no pudo convencer al nuevo gobierno de Amadeo de Saboya de venderle el archipiélago y las islas canarias, por lo que el rey de los belgas dirigió sus esfuerzos hacia África.





    Leopoldo no era tonto, y planificó su iniciativa con sumo cuidado. Sabía que la mentalidad colonial había cambiado en el último siglo y que las potencias ya no veían sus dominios exclusivamente como fuentes de recursos, y que convenía más a la nación conquistadora invertir en infraestructuras para mejorar la calidad de vida de sus súbditos, “civilizarlos”, como se diría en aquel entonces. Sin embargo, las ideas, o las ganas de Leopoldo tenían un retraso de cien años. Para hacerse con su colonia, fundó en 1876 la Asociación Internacional Africana con el objetivo de “descubrir el inexplorado Congo y civilizar a sus nativos”, con él como presidente. Como primer paso, Leopoldo contrató al más célebre de los exploradores de África, Sir Henry Morton Stanley, quien accedió a explorar la región y cartografiarla creyendo que se trataba de un proyecto científico, pero poco a poco, el ambicioso rey manipuló a personas y estados hasta convertirse en amo y señor único de ese territorio africano.

    Durante la Conferencia de Berlín de 1884-1885, las potencias europeas se repartieron el continente africano para evitar los conflictos en las diversas áreas de interés. Leopoldo había fundado meses antes del Estado Libre del Congo, y consiguió que sus aliados le permitieran controlar su colonia para “mejorar las vidas de sus habitantes”. Como parte del acuerdo, Leopoldo se comprometió a permitir el acceso a la inversión de todas las demás potencias, peroestando estas ocupadas en sus propias colonias, no hizo falta mayor esfuerzo para romper lo acordado y el Congo se convirtió en propiedad exclusiva del rey de los belgas. Rápidamente Leopoldo movió los hilos para montar su coto privado de explotación, creando laForce Publique, un grupo de mercenarios a su servicio y el de su administración, que llegaría a hacerse infame por su ignominioso trato hacia los nativos. Inicialmente, Leopoldo se enriqueció con el mercado de marfil, pero cuando a finales del siglo XIX la popularidad de la bicicleta y la invención del automóvil incrementaron la demanda de caucho para fabricar las ruedas y, siendo el Congo el único territorio donde el árbol del caucho crecía naturalmente, no dejó de pasar la oportunidad.

    No hace falta decir que los congoleses eran tratados como esclavos. Leopoldo transformó al Congo en un vasto campo de trabajos forzados. Para obligarlos a trabajar, Leopoldo enviaba a su Fuerza Pública a quemar las aldeas y las cosechas de sus moradores. Aquel que se resistía, terminaba sus días con plomo en el cuerpo. Lo que les esperaba en los campos de trabajo no era menos horrendo. Los trabajadores que no cumplían con su cuota semanal recibían como castigo la amputación de una mano o un pie, y si una aldea no entregaba su ración diaria de alimento al administrador local era simplemente destruida y sus habitantes masacrados. Otros eran golpeados con el chicote y torturados de mil maneras, en uno de los primeros casos de violación masiva de derechos humanos. Las estimaciones de muertes durante el periodo varían entre dos y quince millones de almas, un número difícil de concretar debido a la inexistencia de registros. Estudios recientes en los que se incluyen factores tales como censos religiosos, fuentes locales, genealogías y cálculos demográficosrevelan una cifra más cercana a los diez millones. Las protestas tardaron, pero llegaron.

    George Washington Williams, un jurista e historiador negro de los Estados Unidos, elaboró en la década de 1890 un informe para el gobierno del Presidente Benjamin Harris, el primero en contra de las salvajes prácticas en el Congo de las cuales fue testigo. En las conclusiones de su escrito, Williams terminaba con la frase “Leopoldo II es responsable de crímenes en contra de la humanidad”. Los misioneros católicos en el Congo, que en un principio sólo hablaban del tema entre ellos por miedo a represalias, empezaron por la misma época a escribir a sus oficinascentrales describiendo el tratamiento que recibían los congoleses. – Su conducta es una desgracia para la civilización. El reverendo sueco E.V. Sjöblom fue el primero en atreverse a publicar informes de las amputaciones, y recibió amenazas de cárcel por parte del Estado del Congo si continuaba denunciando las atrocidades, pero en lugar de amilanarse, Sjöblom arreció sus críticas, que pronto encontraron su camino hasta los principales periódicos de Europa y América. Otros notables en la campaña de protesta contra el Estado Libre del Congo fueron el periodista inglés Edmund Denel Morel, el escritor Joseph Conrad y un diplomático británico de origen irlandés que en un principio trabajó para Leopoldo II, Roger David Casement. En 1904 , Sir Henry Grattan Guinness junto con Morel y Casement fundaron la Asociación de Reforma del Congo, probablemente la primera gran organización en defensa de los derechos humanos.

    La presión de la opinión pública creció gradualmente, al igual que las voces que pedían una solución. El gobierno belga, consciente de las críticas y de la oposición internacional, decidió en 1908 obligar a Leopoldo a ceder el Congo al gobierno. El Estado Libre del Congo pasó a llamarse el Congo Belga y quedó bajo control parlamentario. Pero a nadie se le ocurrió pedir responsabilidades a Leopoldo, quien sólo un año después fallecería. Muerto el perro se acabó la rabia, pensarían algunos, y la figura del voraz rey no sufriría más críticas durante buena parte del siglo XX. ¿Por qué? Porque Leopoldo llevó a cabo grandes y grandiosas obras públicas en Bélgica, museos, majestuosos monumentos como el Arco del Cincuentenario, palacios, escuelas y hospitales que sus súbditos admirarían y agradecerían, todo pagado con su fortuna ganada suciamente en el Congo, algo que nunca pudo reconocer en público pues temía que los belgas se preguntarían de dónde sacaba el rey tanto dinero. Fuera de Bélgica, las dos guerras mundiales mantuvieron ocupado a Europa con otros menesteres y añadieron a la lista más personajes perversos que ayudaron a que la memoria infame de Leopoldo no tuviera tanta prensa. No fue sino hasta finales del siglo XX que los investigadores se fijaron nuevamente en su figura, y los crímenes del voraz rey recibieron la atención debida.





    Aún así, esta historia es poco conocida y por ello hoy he querido recordarla. No se trata de venganza ni de revisionismo, sino de darle publicidad a hechos históricos.




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    Por la vuelta a España de Cuba, Puerto Rico y Filipinas: ¿INTENTO BELGICA COMPRAR LAS FILIPINAS Y CANARIAS?
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    Con España en 1897, los negros tenían más derechos que con Castro en el 2017

    Lo que te ocultan: como provincias españolas en el Caribe bajo régimen autonómico en 1897, cubanos y puertorriqueños tenían más derechos que hoy.

    DOBLE AGUILA dio el Víctor.

  7. #7
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    De cómo y por qué los invasores estadounidenses tildaron a la Isla de Puerto Rico de mendiga majadera / Rafael Rodríguez Cruz


    10 febrero 2018


    Puerto Rico y la revista National Geographic, 1898-1907: De cómo a la bella princesa antillana le pusieron el mote de ‘mendicante majadera’

    por Rafael Rodríguez Cruz



    Tal como hermosa princesa antillana acabada de descubrir, la isla de Puerto Rico fue presentada al mundo de la ciencia estadounidense en la edición de marzo de 1899 de la revista National Geographic. Si es cierto eso que dicen, de que las primeras impresiones son las que cuentan, hay que decir que los editores de la prestigiosa publicación no escatimaron en 1899 en elogios para nuestra isla:

    «Es la más oriental y más pequeña de las Antillas Mayores, siendo 500 millas cuadradas menor que Jamaica, en términos de área. Tiene 95 millas de largo, 35 millas de ancho, y posee un área de 3,668 millas cuadradas. Su línea de costa tiene una longitud de 300 millas. Su área es 300 millas cuadradas mayor que la de Delaware, Rhode Island y el Distrito de Columbia, combinadamente, y 300 millas cuadradas menos que la de Connecticut. Al mismo tiempo, es la más productiva en proporción al área, la más densamente poblada y la más establecida en sus costumbres e instituciones». (Traducción libre)







    El autor de la edición de National Geographic dedicada a Puerto Rico no era un científico cualquiera. Se trataba de Robert T. Hill, uno de los exploradores más destacados en el campo de las investigaciones geológicas en Estados Unidos, desde la perspectiva de los intereses del gran capital monopolista. Entre 1886 y 1890, por ejemplo, este condujo estudios geológicos que hicieron posible los gigantescos proyectos de irrigación de las granjas agrícolas y comerciales en el estado de Texas, mediante la extracción de aguas subterráneas. También llevó a cabo investigaciones que sirvieron de base para la exploración petrolera en la costa de esa región. Al incrementarse el impulso imperialista de las corporaciones estadounidenses en la década final del siglo XIX, Hill estuvo en México, Jamaica y Cuba identificando yacimientos potenciales de oro y otros minerales. Además, en 1896 evaluó en detalle los aspectos geológicos del desarrollo de la «ruta del canal de Panamá». Su considerable conocimiento de la geología y exploración mineralógica siempre estuvo al servicio del capital. En parte por eso, Hill iba más allá que muchos científicos naturales y se interesaba en todos los aspectos de los países que visitaba, la historia, la economía, la política y las cuestiones raciales. Sus estudios científicos culminaban siempre con una valoración de conjunto e incluían recomendaciones basadas en lo que él llamaba la «geografía económica» determinante de la rentabilidad de las inversiones. Era de esperarse, pues, que al ocurrir la invasión de Puerto Rico en 1898, Hill llegara a nuestra isla para evaluar la posibilidad de explotar minerales como el oro y el cobre. Así fue.

    Puerto Rico resultó doblemente exótico para Hill. Geológicamente, la isla no se parecía en nada a los lugares de ocurrencia de minerales metálicos en Estados Unidos. Más bien, era una extensión, en las Antillas, de las formaciones geológicas de América Central y, en particular de Colombia, lugar en que abundaba el platino. Lo recomendable era, pues, hacer un estudio más completo de la viabilidad de la minería de exportación en Puerto Rico, tomando en cuenta su matriz antillana. El prospector ordinario –señaló enfáticamente– habría de encontrar las condiciones locales tan distintas a las de Estados Unidos, que «estaría completamente desorientado en seguir las indicaciones normales de riqueza mineral».

    En lo económico y social, Hill quedó hechizado con la isla. Aunque él era oriundo de Nashville, Tennessee, se desarrolló y vivió la mayor parte de su vida en Texas. De hecho, antes de ser una eminencia en el campo de la geología de las Grandes Praderas del Sur, Hill fue vaquero, literalmente, un cowboy. Durante su juventud, formó parte de las cuadrillas de trabajadores a caballo que movían reses desde Texas a Kansas, en viajes de meses de duración. Fue, precisamente, durante esas travesías a la intemperie que adquirió el pasatiempo de coleccionar fósiles y rocas. Sin saberlo, su colección contenía especímenes que nunca habían sido descritos en los textos de geología. Bastó con que un periódico los mostrara, para que cayeran en desuso todas las teorías propugnadas por el Manual de Geología, de James Dwight Baldwin, sobre las formaciones geológicas del sur de Estados Unidos. Hill no había ido aún a la universidad, y ya estaba en el centro de las controversias teóricas acerca de la evolución del continente de América de Norte.

    Al llegar a la isla, Hill experimentó un segundo encuentro con lo desconocido. Las Grandes Llanuras del Sur, cuya geología él había estudiado para servir a los intereses de la gran agricultura comercial, se caracterizaban por la extensión y uniformidad topográfica. Un lugar de las llanuras era idéntico al otro, aunque mediara una distancia de cientos de millas. Además de lo aplanado del terreno, el elemento común allí era la escasez de lluvia. Él mismo, apenas graduado de la universidad de Cornell, trabajó en la región en la exploración de acuíferos y fuentes de agua subterráneas para usos agrícolas. Los estudios de Hill en Texas coinciden con una época en la evolución de la agricultura capitalista orientada hacia el uso intensivo de la irrigación y los fertilizantes artificiales. Era la época del fetiche capitalista de las granjas gigantescas, cuya productividad era función de la aplicación de la ciencia para dominar al mundo de lo natural.







    Puerto Rico le rompió todos los esquemas a Hill. Se trataba de un lugar diminuto, predominantemente montañoso y apenas cultivado por métodos científicos modernos. Sin embargo, era agrícolamente prospero. Las claves de esa prosperidad, a su juicio eran tres: la vasta productividad del suelo, la abundancia de lluvia y la energía de la pequeña agricultura diversificada:

    «Probablemente, ningún otro lugar en todas las Antillas es tan fértil como Puerto Rico, y ninguno es más generalmente susceptible de cultivos y agricultura diversificada. Un solo acre de caña rinde aquí más azúcar que en ninguna otra de las islas, excepción hecha de Cuba. Poseedora de todas las variedades de escenarios tropicales, fértil desde la cima de las montañas hasta la mar, rica en tierras de pastoreo, sombreada por hermosos bosques de palmas magníficas, con la humedad de mil doscientas corrientes de agua dulce, sus posibilidades agrícolas son inmensas». (Traducción libre)

    Quizás en una indiscreción inducida por sus primeras impresiones sobre Puerto Rico, Hill presentó una evaluación de la geografía económica de la isla no en función de criterios estrictamente imperialistas, sino de nuestra autosuficiencia. El sistema de la pequeña producción diversificada, calificado como un anatema por el pensamiento económico moderno estadounidense, hacía sentido en Puerto Rico. Nuestro país se destacaba, entre todas las Antillas, en que producía alimentos en cantidades suficientes para casi suplir las necesidades de sus habitantes, así como las de islas vecinas:

    «Puerto Rico es esencialmente la tierra del agricultor y la más altamente cultivada de las Indias Occidentales. De hecho, es la única isla en que la agricultura es tan diversificada que produce suficiente comida para el consumo de sus habitantes, además de vastas cosechas de plantaciones en café, azúcar y tabaco para la exportación. Más aún, la tierra no está monopolizada por grandes plantaciones, sino que está dividida principalmente en pequeñas tenencias independientes». (Traducción libre)

    Proveniente de Texas, la industria ganadera de la isla no pasó desapercibida para Hill. Nuevamente, hizo comparaciones interesantes con otras islas de El Caribe. Además, evaluó todo en el contexto del mercado caribeño:

    «La agricultura diversificada de Puerto Rico está muy modificada por extensos intereses de pastoreo, que no solo suplen a sus habitantes de carne, sino que producen cientos de reses de excelente calidad para la exportación anual; especialmente para las Antillas menores, que son considerablemente dependientes de Puerto Rico para carne, así como bueyes de labor. Los principales consumidores son Martinica, Guadalupe, St. Thomas y Cuba. Las tierras de pastoreo son superiores a las demás de las Antillas. Están ubicadas principalmente en el sur y en el lado noroeste de la isla, y están cubiertas una nutritiva planta leguminosa, llamada malahojilla (Hymenachine striatum), que las reses consumen». (Traducción libre)

    Con la misma energía y motivación intelectual con que dos décadas antes había estudiado los fósiles y rocas de la Grandes Llanuras del Sur de Estados Unidos, Hill se dio en 1899 a la tarea de estudiar el misterio de la prosperidad de Puerto Rico. Además de dos viajes exploratorios por la isla, revisó toda la literatura existente, en español e inglés, sobre la historia, economía, exportaciones, instituciones, cultura y demografía de nuestro país. También estudio los censos y las colecciones de la “Estadística General del Comercio Exterior”, entre 1887 y 1896. Las conclusiones a que llegó sorprendieron a los que lo conocían por su afán en encontrar avenidas para la inversión de capitales estadounidenses en el mundo entero. A su entender, la pequeña producción agrícola en Puerto Rico era tan eficiente, y su población estaba tan contenta, que lo mejor era dejarla quieta, salvo para viajes de recreación y placer:

    «Unos cuantos árboles de café y matas de plátanos, una vaca y un caballo, un acre de maíz o batatas dulces, esa es toda la propiedad de lo que podríamos denominar un jíbaro que vive cómodamente; y quien, montado en su simple y fuerte caballo, con un machete largo asomándose de sus canastas, vestido con un sombrero de paja y borde ancho, abrigo de algodón, camisa limpia y pantalones gastados, sale animadamente de su cabaña para ir a misa, a las peleas de gallos, o a bailar, pensando que es el ser más feliz e independiente que existe […] No es del todo seguro que habrán muchas oportunidades de adquisición de riqueza en Puerto Rico, por medio de la explotación de los recursos agrícolas y minerales, por parte de inmigrantes de los Estados Unidos. Las condiciones que han prevalecido por siglos no pueden cambiarse en un día. Las tierras, cuya titularidad ha sido mantenida por cientos de años, no pueden apropiarse sino mediante su compra. Por otro lado, la isla sería una adquisición exquisita, desde el punto de vista estético, y sería un lugar deseado por la gente para recreación y placer». (Traducción libre)

    Al igual que como ocurrió con Herbert Wilson, no sabemos si Hill regresó a Puerto Rico después de su trabajo de exploración mineralógica entre 1898 y 1899. Lo que sí sabemos es que alguna fuerza poderosa y oculta lo llevó a retractarse humillantemente de sus conclusiones iniciales sobre la isla, forzándolo a hacer en 1900 una alabanza pública de los proyectos agrícolas y militares del gobierno estadounidense. Los suelos de Puerto Rico eran inexplicablemente, en sus escritos revisados, «basura que solo podía ser rescatada por la magia de la química, el drenaje y la irrigación». Hill nunca más volvió a ocupar las páginas de National Geographic, salvo un breve intervalo en 1902 en que quizás buscando resarcir su lugar en el mundo científico estadounidense, se fue de voluntario a Martinica para ayudar a las víctimas de la erupción de Mont Peleé. Como en los viejos tiempos en que, aún un vaquero, describió formaciones geológicas desconocidas por la ciencia geológica en las llanuras del sur de Estados Unidos, Hill fue el primero en dar cuenta de los efectos devastadores de los nuée ardentes o flujos piroclásticos; o sea, la mezcla de gases volcánicos, sólidos calientes y aire atrapado que se mueven a altas velocidades y al nivel del suelo, en ciertos tipos de erupciones. Hasta estos flujos entonces eran desconocidos por los vulcanólogos.

    La suerte de Hill, sin embargo, quedó echada con el «desliz» sobre la prosperidad de Puerto Rico antes de la invasión. El propio Alexander Graham Bell tuvo que intervenir para que le publicaran un último artículo en The National Geographic en 1902. No obstante su afirmación forzada de que la presencia militar de Estados Unidos en Puerto Rico era un «acto de guerra humanitario», y una bendición de Dios para un pequeño y empobrecido lugar en El Caribe, en 1903 Hill fue despedido del U.S. Geological Survey.

    El 8 agosto de 1899 uno de los ciclones más violentos del siglo XIX, San Ciriaco, azotó a Puerto Rico. Los daños fueron inmensos. Más de 3,000 personas murieron por las inundaciones. La cosecha de café se perdió por completo. Sin embargo, nada aparece en los archivos digitales de National Geographic al respecto. La cortina de silencio impuesta por las tropas estadounidenses en la isla fue absoluta. Lo próximo que aparece sobre Puerto Rico en la revista data de diciembre de 1899. Su autor fue Hill, quien se limitó a intervenir, mediante una nota de una página, en el «debate» sobre el nombre oficial de la isla, «Porto Rico o Puerto Rico». ¿Qué eran 3,000 personas muertas en comparación con el nombre del collar que nos ponía el imperio en el cuello? Un mes después apareció otra nota en la revista, ahora anónima, anunciando que el presidente de Estados Unidos había puesto fin al debate, al declarar que el nombre oficial sería en adelante «Puerto Rico». De paso, la junta editorial de National Geographic criticó a Hill por su falta de «seriedad y capacidad» al tratar el tema de la nomenclatura apropiada para la isla, pues él había argumentado a favor del uso de «Porto Rico». Poco importa que Hill era (o había sido) una de las mentes geológicas más importantes de Estados Unidos. El error de nomenclatura era imperdonable.

    En 1902, buscando congraciarse con las tropas militares en Puerto Rico, la revista National Geographic, dedicó su reunión anual al tema de la isla. ¿Quién fue el invitado especial para la ocasión? Pues, nada más y nada menos que William F. Willoughby, fundador del Instituto Brookings y exprofesor de economía en Harvard. Amigo cercano de Teodoro Roosevelt, Willoughby había sido nombrado tesorero del gobierno colonial de Puerto Rico en 1901, cargo que ocupó hasta 1909. Su mensaje a la National Geographic Society en Washington D. C. fue laudatorio de la administración del nuevo territorio: «En sus industrias, Puerto Rico avanza favorablemente. El azúcar y el ganado florecen». En la sesión de preguntas y respuestas, Willoughby afirmó que el huracán había sido «algo inusual». La verdadera «tormenta» era la falta de control emocional de los electores puertorriqueños, que se peleaban entre sí por asuntos electorales sin importancia. El resultado era la violencia en la colonia.

    Entonces llegó el año del 1906. Una terrible sequía azotó a la agricultura de la isla. La competencia por los recursos de agua se tornó severa. Todavía en esa época el drenaje de agua dulce se mantenía en su estado casi natural. El agua abundaba en la Cordillera Central y escaseaba en las costas, particularmente en el sureste. Los grandes intereses azucareros, como la Central Aguirre, tenían sus propios pozos de agua dulce. El gobierno colonial hacía muy poco por aliviar el sufrimiento del agricultor puertorriqueño. Más aún, los proyectos gubernamentales de beneficio público se otorgaban, por lo general, a contratistas estadounidenses que se robaban el dinero y, a veces, ni llegaban a la isla. La prensa local comenzó a fustigar al gobernador designado por el presidente de Estados Unidos. El escándalo de corrupción en la administración de la colonia alcanzó la prensa de la nación imperial.





    William H. Taft




    Fue en ese agrio contexto de crisis y múltiples revelaciones de actos de corrupción, que la revista National Geographic publicó su primer artículo de fondo sobre Puerto Rico, desde los tiempos de los maravillosos reportajes de Robert Hill. Ahora, sin embargo, el autor no era ni un geólogo ni un científico natural de renombre, sino el entonces secretario de guerra y también candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos: William H. Taft. Tan o más mentiroso que Donald Trump, el guerrerista Taft utilizó las páginas de National Geographic para presentar un cuadro totalmente falso no solo de la situación de la isla al momento de la invasión, sino también de lo que él llamó la «historia americana» de la isla por nueve años. En un lenguaje burdo y prepotente negó la condición colonial de Puerto Rico y le atribuyó, mentirosamente, al gobierno federal las ayudas que llegaron a Puerto Rico en respuesta a la devastación de San Ciriaco:«La soberanía de Puerto Rico pasó a manos de Estados Unidos el 18 de octubre de 1898, y esto con el pleno consentimiento de la gente de la isla […] Bien temprano en la historia americana de la isla, un ciclón pasó por encima de ella, destruyendo una buena parte de los cultivos de café; se gastaron $200,000 del fondo de emergencia del Departamento del Tesoro de Estados Unidos para comprar raciones y alimentar a los que quedaron desamparados». (Traducción libre)

    ¡Qué mentiras no dijo Taft sobre Puerto Rico y acerca de la supuesta «benevolencia protectora» de Estados Unidos entre 1898 y 1907! Contestar sus patrañas tomaría días y semanas. El imperio, según él, no había hecho otra cosa en Puerto Rico que no fuera garantizar nuestro bienestar y, en particular, evitar que apareciéramos ante el mundo «tristes y prostrados», como pasaba, según él, con las islas británicas, francesas, holandesas y danesas circundantes.


    ¿Y que había recibido Estados Unidos a cambio de tantos esfuerzos, gastos y responsabilidades, entre 1898 y 1907? Nada, absolutamente nada. El problema de Puerto Rico no era ni económico ni político. Según el secretario de guerra, los conflictos brotaban del complejo de inferioridad de los puertorriqueños y de la falta de agradecimiento que estos exhibían frente el altruismo imperial:«El carácter de los beneficios que nosotros hemos conferido a estas personas que hablan español es tal que, en ello, queda necesariamente implicado nuestro sentido de mayor capacidad para el gobierno propio, así como nuestra convicción de que representamos una civilización superior. Esto por sí mismo duele en el pecho de los nativos y les seca la flor de la gratitud. Es natural que sea así. Es inseparable de la tarea que tenemos que llevar a cabo». (Traducción libre)

    Como si se tratara de un ‘Donald Trump’ de principios del siglo XX, Taft prosiguió en su artículo de National Geographic con expresiones pomposas acerca del significado de la presencia de Estados Unidos en Puerto Rico. Mintiendo sin reparos, se inventó datos para afirmar burdamente que la isla estaba en ruinas al momento de la invasión del 1898. Nada le importaron los artículos de Hill en la misma revista ocho años atrás. Lo único que importaba era su visión prepotente de lo que él llamaba la «historia americana de Puerto Rico», particularmente después de aprobada la ley Jones. En una afirmación que parece sacada de los twitteres modernos en la Casa Blanca, este futuro presidente de Estados Unidos afirmó que la benevolencia de su país hacia Puerto Rico era el «ejemplo más importante y más puro de altruismo en toda la historia de las naciones modernas». Y todo esto, hecho generosamente para el beneficio de un grupo de personas hispanohablantes, que maliciosamente abusaban de los derechos conferidos por la nación imperial. Ante todo, arremetió en contra de la prensa local:

    «Los periódicos nativos unilateralmente se aprovechan de la libertad de prensa y abusan de este privilegio por medio de todo tipo de afirmaciones injustas diseñadas para agitar el prejuicio nativo en contra del gobierno y, por tanto, de los norteamericanos».

    Fue así que a la isla de Puerto Rico, a aquella bella princesa que cautivó el corazón del vaquero texano convertido en geólogo al servicio del capital, le pusieron en 1907 el mote de ‘mendicante majadera’.©Rafael Rodríguez Cruz





    El autor es un abogado, periodista y escritor guayamés nacido en New Jersey que se ha destacado en luchas sociales en los Estados Unidos. Es activista en las luchas reivindicatorias de los indígenas de Dakota del Sur. En 2014 ganó el primer premio del concurso literario ‘Una Especie en Peligro de Extinción’, en la Feria Internacional del Libro en La Habana, Cuba, con el ensayo El Coyote y su bol de polvo.





    _______________________________________

    Fuente:

    https://abeyno.wordpress.com/2018/02...odriguez-cruz/

  8. #8
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    Mentiras cubanas: el malvado Weyler

    Publicado el 25 mar. 2018

    Uno de los capítulos que han contribuido al divorcio entre españoles de Cuba y la Península ha sido sin lugar dudas la llamada reconcentración de Weyler.





    https://www.youtube.com/watch?v=WEEOvTgizQ4
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  9. #9
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    Mentiras cubanas: el malvado Weyler II

    Publicado el 25 mar. 2018

    A pesar de que no existe ningún documento que pruebe la voluntad de exterminación que se le atribuye al gobierno español, y que sobran las ordenanzas que prueban que el Capitán General sí que se preocupó por la suerte de los refugiados en las ciudades habilitadas para recibirlos, los historiadores cubanos, y el pueblo llano, siguen creyendo las fabulosas cifras del “exterminio”, y no dudan en equiparar a la exterminadora España con la Alemania durante la II Guerra mundial sin que se les caiga la cara de vergüenza.





    https://www.youtube.com/watch?v=uVZ3-DG6u1Q
    Pious dio el Víctor.

  10. #10
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    Manipulando la historia: ‘Combate en Las Guásimas’

    Los españoles en las paredes, habían atado a gente: Estaban atados juntos, de pies y manos, a un montón de sacos de arena. Mujeres y niños, monjas y prisioneros...



    by Admin

    abril 2, 2018






    A pesar de la mala prensa que algunas películas americanas hacen sobre la defensa española en Cuba, hablando de nativos clavados en los parapetos y difamaciones por el estilo, la verdad es que los soldados hispanos, a pesar de la obsolescencia de su equipo, de la carencia de materiales y de la deficiente instrucción, hicieron un acopio de valor impresionante frente al enemigo “yankee”. Como muestra, dos botones: El combate en Las Guásimas y la toma de la Loma de San Juan, que publicaremos a continuación.

    Fuente: Foro de Cultura de Defensa

    La batalla de Las Guásimas fue el primer choque de armas verdadero en la campaña cubana de la guerra hispano-estadounidense, fue una sangrienta escaramuza indecisa que terminó en favor de España el 24 de Junio de 1.898.

    Siboney era uno de los tres puntos al Este de Santiago donde habían desembarcado las fuerzas expedicionarias norteamericanas. La mayor parte de su costa eran rocosos acantilados por lo que los lugares de desembarco habían sido elegidos por ofrecer playas arenosas. La invasión comenzó con el desembarco de 650 Marines en el lado Este de Bahía Guantánamo, el 10 de Junio, siendo avanzadilla de la incursión principal, acaecida el 22 de ese mismo mes, tras un breve bombardeo naval y un desembarco anfibio en Daiquiri.

    La playa de Siboney estaba más próxima a Santiago que la de Daiquiri y directamente conectada a la carretera que conducía a la capital, lo que estratégica y logísticamente la hacía sumamente interesante, por lo que se decidió concentrar los esfuerzos del desembarco en ese punto, trasladándolos de Daiquiri a partir del 23. Los insurgentes cubanos controlaban parte de la Provincia de Oriente y apoyaron los desembarcos en ambos lugares.

    Tras haber desembarcado, el grueso de la fuerza del general William Shafter pasó varios días en Siboney, habilitando esta playa como principal punto de aprovisionamiento estadounidense hasta la caída de Santiago. Tras reagrupar al grueso de su fuerza, Shafter decidió realizar un as alto sobre la capital para ir profundizando en la isla. Con lo que no contaba Shafter era con que, tras haber luchado en una escaramuza contra fuerzas de desembarco en Siboney, un contingente español (1.500 efectivos con dos cañones) al mando del General de Brigada Antero Rubín Homent retrocedió hasta las posiciones atrincheradas de Las Guásimas. Con dificultad, la incursión fue rechazada.

    La tarea para expulsar a al contingente atrincherado fue asignada al antiguo oficial de caballería confederada Joseph Wheeler, al mando de la 1ª Unidad de Voluntarios de Caballería, (los famosos “Rough Riders”) y de la 1ª Unidad de regulares de Caballería, compuesta por los famosos Buffalo Soldiers. En total, 1.300 soldados, 800 guerrilleros, 4 cañones y 2 ametralladoras.

    Contra toda lógica militar, a contrapelo de los consejos cubanos y de las órdenes terminantes del General en Jefe, las tropas norteamericanas bajo mando de Wheeler entablaron combate con las fuerzas españolas que defendían la neurálgica posición de la ruta a Santiago. Por su parte, las fuerzas cubanas iniciaron también combate con las españolas desde otra posición.

    La batalla comenzó con una andanada de la artillería estadounidense. La infantería española respondió con fuego de fusil a las tropas estadounidenses que ya habían iniciado el avance. Las tropas estadounidenses entraron en una situación de confusión al no poder localizar a las tropas españolas. Éstas, aun teniendo uniforme blanco, eran difíciles de localizar porque el fusil usado por los españoles, el Mauser 1.893 (llamado “Mauser español”), disparaba pólvora sin humo. El intercambio de fuego fue de escaso éxito para ambos bandos por las pocas bajas causadas.El combate duró hasta que los oficiales españoles creyeron que ya habían producido suficientes bajas en el bando contrario. Al rato abandonaron la posición en la ya planeada retirada en dirección a Santiago de Cuba. Las bajas estadounidenses fueron alrededor de dos tercios del total.

    Bajas españolas: 10 muertos y 24 heridos.

    Bajas estadounidenses: 16 muertos y 54 heridos.

    Durante los combates el Mayor Bell, del 1o de Caballería, fue alcanzado en una pierna. El Capitán C.G. Ayers trató de ponerle a cubierto, pero Bell tenía la pierna fracturada y con una herida abierta, lo que le impedía moverse. El fuego era tan intenso que en menos de dos metros cuadrados cayeron 16 hombres. Pero un camarada era un camarada, así que el soldado Augustus Walley, de los denominados “Buffalo Soldiers”, reptó hasta el comandante y lo puso a salvo…

    La inexplicable retirada española concedió la victoria a Wheeler, que ya había pedido refuerzos a Siboney. No obstante, el bautismo de fuego de las tropas yanquis no resultó nada digno de encomio… Las fuerzas americanas ocuparon Las Guásimas durante un breve tiempo esperando un contraataque que jamás llegó. Encontrando la posición de mínima importancia estratégica, finalmente la abandonaron llevándose a sus muertos y heridos.




    _______________________________________

    Fuente:


    https://eldiariodelamarina.com/manip...-las-guasimas/


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  11. #11
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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    Puerto Rico no quería independizarse de España

    La imagen negativa sobre lo hispánico hunde sus raíces en la hegemonía mundial del Imperio español. Incluso su muerte como gran potencia estuvo acompañada de una gran campaña de propaganda contra ella.





    by Admin


    abril 15, 2018

    in Hispanidad, Historia





    España, el país más odiado por Estados Unidos, por César Cervera, ABC

    «En Estados Unidos no se acuerdan de la guerra con España en 1898. Lo más viejo tiene diez años», reza una de las citas más populares del humorista Woody Allen. Pero lo cierto es que la leyenda negra contra todo lo español estuvo presente hasta bien avanzado el siglo XX –cuando otros enemigos ocuparon el interés americano– por culpa, precisamente, de la guerra de 1898. El desastre militar protagonizado por los escombros del Imperio español frente a la emergente armada americana estuvo firmemente secundado por una campaña propagandística que renovó a nivel mundial la mala imagen de los españoles.

    Como luego ocurriría con los alemanes, los japoneses y los comunistas, los españoles se convirtieron en los enemigos recurrentes de EE.UU. incluso en el cine. En la película «The Sea Hawk» («El halcón del mar», 1940), Felipe II aparece retratado como un tirano fascista que contempla un enorme mapa del mundo y planifica la invasión de Inglaterra. Su estética oscura traza una referencia directa con el nuevo enemigo de Inglaterra y EE.UU. por esas fechas: Adolf Hitler.

    España, que había sido un importante apoyo de las 13 Colonias durante la Guerra de Independencia contra los ingleses (a riesgo de crear un mal precedente en los territorios españoles de América, como de hecho ocurrió), se tornó en el principal enemigo de EE.UU. a finales del siglo XIX. Las ideas ilustradas y liberales que habían entrado en Estados Unidos en el siglo XVIII se unieron a sus simpatías por las nuevas repúblicas nacientes al sur, aumentando el sentimiento antiespañol. Aprovechando el crecimiento del movimiento independentista en Cuba, EE.UU. se inmiscuyó en el conflicto con un casus beli dudoso, cuando no inventado, para apropiarse de los últimos territorios españoles de ultramar.

    La escalada de recelos entre los gobiernos de EE.UU. y España fue en aumento, mientras en la prensa de ambos países se daban fuertes campañas de desprestigio contra el adversario. De esta manera, el hundimiento en La Habana del acorazado americano de segunda clase Maine, enviado básicamente para intimidar a España, fue utilizado por los periódicos de William Randolph Hearst, hoy día el Grupo Hearst, uno de los principales imperios mediáticos del mundo, para convencer a la Opinión Pública de la culpabilidad de España y de la necesidad de empezar una guerra contra este país.

    Al grito militar de «¡Remember the Maine, to Hell with Spain!», los norteamericanos destrozaron a las fuerzas españolas. Además de conceder la independencia de Cuba, que se concretará en 1902, España tuvo que ceder Filipinas, Puerto Rico y Guam. Sin embargo, las consecuencias a largo plazo fueron todavía más nocivas para los intereses hispánicos: EE.UU. recogió, renovó y amplificó la leyenda negra sobre España. Así, la visión negativa sobre nuestro país, que tenía su génesis en la propaganda holandesa, francesa e inglesa vertida durante el periodo imperial, fue elevada al grado de relato histórico con el ascenso de las potencias que habían rivalizado con la Monarquía hispánica por el cetro europeo y, más tarde, el heredero más destacado de éstas.

    «El resultado fue que una gran oscuridad cubrió España, atravesada por ninguna estrella e iluminada por ningún sol naciente»

    «Nada quedaba más que los españoles; es decir, indolencia, orgullo, crueldad y superstición infinita. Así España destruyó toda la libertad de pensamiento a través de la inquisición, y durante muchos años el cielo estuvo lívido con las llamas del auto de fe; España estaba ocupada llevando leña a los pies de la filosofía, ocupada quemando a gente por pensar, por investigar, por expresar opiniones honestas. El resultado fue que una gran oscuridad cubrió España, atravesada por ninguna estrella e iluminada por ningún sol naciente», expuso el político norteamericano Robert Green Ingersoll en los años previos a la Guerra de Cuba. La fobia anglosajona contra lo español fue asumida por EE.UU, incluidas todas sus mentiras y exageraciones.
    Libros de escolares sesgados

    El historiador norteamericano Philip Powell (California, 1913-1987) fue uno de los primeros en analizar esta campaña contra los españoles en su obra «La Leyenda Negra. Un invento contra España»: «La escala de los héroes de la anti-España se extiende desde Francis Drake hasta Theodore Roosevelt; desde Guillermo «El Taciturno» hasta Harry Truman; desde Bartolomé de Las Casas hasta el mexicano Lázaro Cárdenas, o desde los puritanos de Oliverio Cromwell a los comunistas de la Brigada Abraham Lincoln –de lo romántico a lo prosaico, y desde lo casi sublime hasta lo absolutamente ridículo-. Hay mucha menos distancia de concepto que la que hay de tiempo entre el odio anglo-holandés a Felipe II y sus ecos en las aulas de las universidades de hoy; entre la anti-España de la Ilustración y la anti-España de tantos círculos intelectuales de nuestros días».

    «Esta torcida mezcla perdura en la literatura popular y en los prejuicios tradicionales, y continúa apoyando nuestro complejo nórdico de superioridad para sembrar confusión en las perspectivas históricas de Latinoamérica y de los Estados Unidos»

    A las cuestiones políticas hubo que sumar el componente religioso. «La deformación propagandística de España y de la América hispana, de sus gentes y de la mayoría de sus obras, hace ya mucho tiempo que se fundió con lo dogmático del anticatolicismo. Esta torcida mezcla perdura en la literatura popular y en los prejuicios tradicionales, y continúa apoyando nuestro complejo nórdico de superioridad para sembrar confusión en las perspectivas históricas de Latinoamérica y de los Estados Unidos», explica Philip Powell en el citado libro.

    Como muestra de estos prejuicios, en 1916, cerca de 40 iglesias protestantes se reunieron en Panamá para organizar una ofensiva religiosa contra el carácter decadente e idólatra del Catolicismo. La falsa creencia de que los protestantes eran superiores a los católicos –algo que se justificaba en el auge del Imperio inglés en el momento que desplazó al español– dio lugar a una doctrina racista que situaba a los anglosajones en lo más alto de la escala evolutiva.

    La economía parecía darles la razón. Para el economista Max Weber, los protestantes representan el «espíritu del capitalismo moderno», caracterizado por la búsqueda racional del beneficio a través de una profesión elegida libremente. Y, hasta mediados del siglo XX, no se comenzó a rebatir esta proclamada superioridad del mundo protestante y anglosajón sobre el Catolicismo y los pueblos latinos. Todavía en 1980 un grupo de reflexión, «El Council for Inter-American Security», elaboró varios documentos muy conocidos en los que cuestionaban la capacidad de la Iglesia católica para resistir el avance del marxismo-leninismo.

    Como le ocurrió antes a Inglaterra, la perspectiva de que el legado de su imperio acabase tan deformado como lo ha hecho el español hizo que EE.UU. empezara a mirar la historia de nuestro país con una mirada menos severa tras la II Guerra Mundial. La impresión. «Nadie que lea los periódicos podrá dudar que las naciones del mundo están compilando una nueva Leyenda Negra, ni de que los Estados Unidos han disfrutado de un poderío mundial; como España, se han permitido llevar la autocrítica hasta el extremo; y, a la postre, su destino puede ser el mismo», afirma el hispanista William S. Maltby en su libro «The Black Legend in England» (1969).

    El sesgo antiespañol de cuantiosos materiales educativos norteamericanos, que llegaban hasta la caricatura, han sido progresivamente corregidos, entre otras razones por el aumento de la influencia hispana en EE.UU. El pasado español de numerosos estados norteamericanos, como en el caso de California, Florida o Texas, está siendo poco a poco desempolvado en los últimos años.



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    Fuente:

    https://eldiariodelamarina.com/puert...rse-de-espana/


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    Re: ¿Por qué perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas?

    ¿ PORQUE SE PERDIÓ LA GUERRA DE CUBA?





    La conmoción del desastre de 1898 desencajó toda la maquinaria del estado.Los diecisiete años de la regencia de doña María Cristina estuvieron plagados por los conflictos internacionales. Las tribus cabileñas de Marruecos se sublevaron; a un anarquista italiano le dio un arrebato y se llevó por delante aCánovas, la escuadra norteamericana nos echó de casi todas nuestras residuales colonias y, finalmente, Sagasta, la pareja de baile que componía el perfecto dueto de los dos partidos instalados en el turnismo, hollaría la profunda tierra allá por 1903.

    Es necesario apuntar que había un caldo de cultivo previo pues al sentimiento nacional cubano no se le había dado ninguna satisfacción ni horizonte autonómico alguno y la gestión administrativa desde la península estaba en modo demodé. Con estos mimbres aunados a la proverbial capacidad fagocitadora del vecino del norte, la crónica de un varapalo anunciado estaba servida.


    Estados Unidos, la joven y dinámica nación americana, desde sus balbuceos en el siglo XVIII, no hizo más que crecer y su voracidad expansiva era ilimitada

    España era para entonces un imperio decadente y fatigado tras cuatro siglos de extenuante lucha en todas las latitudes, y las corrientes positivistas y evolucionistas que hacían furor en la época consideraban que había naciones pujantes y otras moribundas, y que en consecuencia debían de ser sustituidas por la elemental ecuación de la ley del más fuerte.

    El lúcido y premonitorio general Polavieja ya había apuntado hacia soluciones negociadas ante la que se avecinaba y el almirante Cervera tampoco erraría en sus negros pronósticos. Pero eran voces en un desierto habitado por sordos.

    En los límites del genocidio

    Estados Unidos, la joven y dinámica nación americana, desde sus balbuceos en el siglo XVIII, solo había hecho crecer y crecer. Su voracidad expansiva era ilimitada. Su facilidad para volatilizar indios y mexicanos en su andadura hacia el inabarcable oeste era más que notoria y podría considerarse en los límites del genocidio. Cuando concluyó su actual realización geográfica como estado de estados, se preguntaron si podrían galopar a través de los mares, como en efecto así sucedió.

    De entrada le echó el ojo a la vecina Cuba, una perla que tenía al lado de casa y a unos ciento veinte kilómetros de la sureña Florida. Hasta en cuatro ocasiones y partiendo de una oferta primera de doscientos treinta millones de dólares y llegando a los trescientos en última instancia, intentaría comprar a España aquella joya. Desde la península se satirizaban en los diarios los intentos de arreglar de “buenas maneras” las aspiraciones norteamericanas.

    Pero los habitantes de aquella enorme nación se hartarían a la postre y demostrarían malos modos. La táctica cambió. Siguiendo la llamada doctrina Monroe (América para los americanos), se fraguó una financiación del movimiento independentista cubano que fue in crescendo en sus actividades contra las tropas españolas. En esas estaba la situación cuando, en visita de cortesía, y con la idea o pretexto de evacuar y defender a sus conciudadanos en la isla, fondeó el crucero Maine en el puerto de La Habana.



    Crucero español Reina Mercedes, hundido en la entrada de la bahía de Santiago de Cuba.


    Un ensayo general

    Ríos de tinta han corrido sobre uno de los hechos más controvertidos de la reciente historia moderna y que, a la postre, ha sido un canon de actuación muy repetido en los conflictos que ha enfrentado Norteamérica con otros países; la agresión prefabricada de un tercero para justificar la intervención propia en defensa de la libertad y los derechos humanos. Esto fue lo que se ensayó en Cuba.

    Al parecer, el intenso calor y la humedad imperante pudieron crear un cortocircuito en la santabárbara y esta, recalentada por la combustión espontánea de uno de los depósitos de carbón adyacentes que alimentaban las calderas del navío, creó una enorme deflagración accidental. Más de doscientos sesenta marinos y oficiales pasaron a mejor vida.

    Dos golpes demoledores en Manila y Santiago por parte de una marina más avanzada tecnológicamente y renovada íntegramente en el último decenio del siglo XIX, convirtieron en chatarra una flota obsoleta

    Rápida y convenientemente, se recalentó de paso a la predispuesta opinión pública a través de la prensa amarilla, liderada por el memorable magnate William Randolf Hearst que, además de dirigir o intervenir indirectamente una veintena de periódicos en suelo continental, tenía intereses cruzados con terratenientes insulares tanto en el sector bananero como en el azucarero. Todo indica que el gobierno norteamericano tenía información reservada que ocultó a la opinión pública para poder favorecer una intervención militar sin más dilaciones.

    Dos golpes demoledores en Manila y Santiago por parte de una marina más avanzada tecnológicamente y renovada íntegramente en el último decenio del siglo XIX, convirtieron en chatarra una flota obsoleta, que lucharía testimonialmente con una dignidad encomiable. A las perdidas militares había que añadir las económicas, de tal manera que la humillación trascendía la magnitud de lo aceptable.

    Algunos años antes, y por no utilizar palabras más gruesas, el ministro de Marina, llamado almirante Montojo, en un caso de incompetencia manifiesta, publicaría en La Gaceta los planos del submarino de Isaac Peral. Y no solo esto, sino que cuando se botó en Cádiz, fueron invitados lo más granado de las delegaciones militares europeas en un alarde contra natura con lo que debería de ser un secreto de estado sin paliativos. Respecto a este submarino torpedero (el primero de la historia con esta peculiar característica táctica) el almirante Dewey, el triunfador ante Cervera diría en sus memorias (sic): “Si España hubiese tenido allí un solo submarino torpedero como el inventado por el señor Peral, reconozco que yo no habría podido mantener el bloqueo de Santiago ni veinticuatro horas”.

    A pesar del tiempo transcurrido, se debería hacer una investigación rigurosa para identificar a los traidores y corruptos que vendieron la tecnología del señor Peral a potencias extranjeras e impidieron el desarrollo en España de este revolucionario submarino y despojado de cualquier grado u honor que les hubiese sido otorgado. Sería un acto de justicia necesaria.





    Jules Cambon, el embajador de los EEUU en Francia firmando el tratado de París.



    Qué país el nuestro

    Había que regenerar la nación y la podredumbre de la clase política que había permitido ese fiasco. Pero las camarillas de políticos profesionales encastradas y apoltronadas en los partidos liberal y conservador seguirían manteniendo su estatus en nuevas formaciones políticas. Camaleónicos mutantes, se convertirían en republicanos, socialistas o nacionalistas de toda la vida para poder parasitar mejor a una castigada población que pedía cambios a gritos.

    La guerra de Cuba se llevaría las vidas de más de 55.000 hijos de la patria y carne de cañón barata para una guerra que se podía haber evitado perfectamente

    Éramos entonces un país con una tasa de analfabetismo del setenta por ciento de la población, en el que se prestaba más atención a las hazañas taurinas de Lagartijo que a lo que ocurría allende los mares.

    La guerra de Cuba se llevaría las vidas de más de 55.000 hijos de la patria, carne de cañón barata para una guerra que se podía haber evitado perfectamente por una camarilla de egos bien atildados.

    Por el tratado de Paris de 1898, España “cedería” Puerto Rico , Guam y Filipinas a Estados Unidos, mientras concedía la independencia a Cuba. Necesidades de capitalización para mitigar aquel severo revés económico y sus derivadas de lucro cesante, nos obligarían a hacer caja con la venta adicional a Alemania de las islas Palaos, Carolinas y Marianas.

    A la postre, Cuba se convertiría en el gran garito y vertedero de la mafia italoamericana. Las compañías fruteras del continente camparían a sus anchas practicando un cuasi esclavismo con la población local, mientras una feroz dictadura se abatía sobre este castigado pueblo.

    Toda una época. Donde antes no se ponía el sol, solo quedaban los vestigios y la historia de un gran imperio.

    Un siglo después el gobierno de EEUU asumiría públicamente que la llamada “voladura” del Maine había sido un accidente. Un poco tarde.


    FUENTE: elconfidencial.com



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