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Tema: Cuba y Puerto Rico

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    Cuba y Puerto Rico

    Cuba y Puerto Rico: 1797-1898


    A raíz de La Paz de Basilea la parte española de la Isla de Santo Domingo es entregada a los franceses. Esto significaría para Puerto Rico un problema gubernamental bien grande ya que en lo eclesiástico nuestros obispos dependían de Santo Domingo, aún así nuestros obispos gobernaban con total autonomía.


    No obstante, la gobernación de Puerto Rico dependía de la Audiencia de Santo Domingo. En 1797 se crea la Audiencia de Puerto Príncipe sujetando al gobierno de Puerto Rico a dicha Audiencia. Aunque en 1799 la Real Audiencia tenía su sede en Santiago de Cuba. Así pues en lo político nuestra isla pasa a depender de Cuba.


    En 1803 sucede un evento muy importante para el aspecto gubernamental de la isla, Puerto Rico pasa a depender de la arquidiócesis de Cuba. Es aquí donde se sella la unión entre Cuba y Puerto Rico. La unión vendría ser un consuelo pues realmente Puerto Rico se encontraba desmembrado al perder sus anexos y Cuba vendría a quedar fatalmente desmembrada con el pernicioso tratado de Adams-Onís en el que perderá su tierra más preciada: La Florida.


    Durante el tiempo que restó del periodo hispánico Cuba y Puerto Rico estuvieron unidos gobernándose por unas mismas leyes y conformando una misma unidad geopolítica. Cabe recalcar que esta unión causó malestar entre muchos criollos boricuas. La razón la explicare más adelante.


    Para mediados del siglo XIX los movimientos secesionistas en Cuba y Puerto Rico empiezan a penetrar, sobre todo en la Gran Antilla. Así en 1868, se empiezan a escuchar deseos de establecer una república en Cuba y Puerto Rico. El cubano José Martí, Ramón Emeterio Betances y Eugenio María de Hostos serían los pilares de este movimiento.


    Para ese mismo tiempo todas las provincias de España eran convocadas a Cortes. Como Cuba y Puerto Rico venían unidas las reglas eran las siguientes:


    . Tenían que venir diputados de Cuba y Puerto Rico a presentarse.


    . Si venían los diputados de Puerto Rico pero no venían los de Cuba no se establecían las medidas.


    Esta situación molestó a muchos criollos boricuas, ya que se tenía que esperar que vinieran los diputados cubanos para tomar decisiones. El diputado por Puerto Rico Escoriaza protestó contra la unión de Cuba y Puerto Rico. El documento de su protesta lo pondré más adelante.
    Cabe recalcar que los españoles siempre quisieron que Cuba y Puerto Rico se mantuvieran unidas.


    Las guerras siguieron, los norteamericanos intervinieron, con el Atraco de París, perdón, Tratado de París se separan Cuba y Puerto Rico.


    Así despues de 101 años de que las Islas fuesen un sólo organismo político-religioso, terminaban desmembradas después que tantos españoles se opusieron a la desmembración de Cuba y Puerto Rico, las islas terminaban desmembradas, todo gracias a los "patriotas" cubanos y al expansionismo norteamericano. Cabe recalcar que la Autonomía de Cuba y Puerto Rico, fue la primera autonomía que tuvo España. Se concedió una constitución para la Autonomía.


    Que sucedió después?


    Cuba se convirtió en una república títere.


    Y que pasó con Puerto Rico?


    Los norteamericanos llegaron a Puerto Rico y acabaron con la diócesis de Puerto Rico, se eliminó la jurisdicción temporal que el clero tenía sobre la Isla, jurisdicción que era inherente, pues Puerto Rico era una diócesis y el obispo era soberano de su diócesis en lo temporal como en lo religioso. Y hablando del clero les cuento una pequeña historia:




    Era una vez un Cura en Puerto Rico llamado el Padre Antonio, habìa también un tal Mateo Fajardo que viene a darle la noticia de que van a izar la bandera americana en Puerto Rico, y el relato comienza asì:


    Mateo Fajardo le dice: Padre Antonio, suene las campanas que vamos a izar la bandera de Estados Unidos.




    El Padre Antonio le dice: Mateo!, vàyase al carajo!




    Se instauró una dictadura militar en la Isla que duró medio siglo. Una dictadura sanguinaria y criminal en donde se acabó con la vida de muchas personas.


    Para finalizar añado que:


    Ni la supuesta república de Cuba y Puerto Rico que nos prometían Martí y Betances se pudo concretar.
    Cuando llegó la separación de España llegó la separación entre Cuba y Puerto Rico. Con todo y eso aún hoy se dice un refrán: Cuba y Puerto Rico, de un pájaro las dos alas.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  2. #2
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    Re: Cuba y Puerto Rico

    La Florida: una empresa de Cuba y Puerto Rico.


    Si hay una tierra que esta estrechamente ligada con Cuba y Puerto Rico es la Florida. Es que la Florida no puede entenderse sin Cuba ni Puerto Rico.


    Las dos comunidades hispanas de mayor número en la Florida son la de Puertorriqueños, Cubanos y Colombianos. Los primeros abundan más en el centro de la Florida. Los segundos abundan más en el sur.


    Pero ni modo, procedamos a relatar sobre esta gran hazaña cubano-boricua.


    En 1513 Juan Ponce de León zarpa desde Puerto Rico por dos razones: la primera: al el obispo Manso llegar a su diócesis y comenzar a evangelizar a los indígenas, Juan Ponce de León se queda sin más nada que hacer. La segunda: Inspirado por los relatos de los Arahuacos Tainos sobre la fuente de la Juventud y con el deseo de descubrir una nueva tierra para obtener una gobernación.


    El año de 1513 zarpa el coloso conquistador desde Puerto Rico. Zarpa con equipaje, con gente y todo lo necesario para su viaje. En otras palabras los primeros intentos descubridores de la Florida se hicieron desde Puerto Rico. !Que hubiese pasado si nuestro conquistador no hubiese llegado a Puerto Rico!


    Nuestro insigne conquistador descubre la Florida el 2 de abril de 1513 y la bautiza con el nombre de Pascua Florida. Las cosas van bien para nuestro gigante, no obstante, los indígenas comienzan a atacar y al ilustre no le que más nada más que regresar a su segunda patria: San Juan.


    En 1514 tenemos a nuestro Juan Ponce recibiendo el título de Adelantado de La Florida, título codiciado por Juan Ponce de León, pues era el título con el cual se concedía una gobernación. Así pues nuestro ilustre, con una nueva gobernación y con la tarea de evangelizar a los indígenas zarpa hacia su destino. Nuevamente, los indígenas le salen recios al adelantado y el viaje queda cancelado por 7 años más.


    En febrero de 1521, nuestro conquistador parte hacia su deseada Gobernación, sale con equipos de agricultura, gente y franciscanos para evangelizar a los indígenas. Al llegar a la Florida los indígenas nuevamente atacan al conquistador, quien sale herido de una flecha, supuestamente envenenada, decide regresar a Cuba para recuperarse y luego tomar fuerzas para dirigirse hacia su gobernación. Pero la muerte le sorprendió y nuestro insigne conquistador fallece en la Habana. Sus restos serán trasladados a San Juan, donde aún reposan.


    Después de varios años, un asturiano, Pedro Menéndez de Avilés, es encomendado con semejante empresa. El monarca, viendo sus grandes méritos en la guerra, le pidió que tomase la encomienda de la Florida.


    En 1565, Pedro Menéndez de Avilés recibe el título de Adelantado Perpetuo de la Florida, la cual como ya se mencionó, era el título por el cual se daba una gobernación, además de otras facultades.


    Fue a su expedición con 2,646 personas, al partir de Canarias tuvo un fuertísimo contratiempo encallando en Puerto Rico. Nuestro Insigne zarpa abastecido desde Puerto Rico y después de varios días de travesía al fin llega a la Florida.


    Con evangelistas y hombres tienen su encuentro con indígenas floridanos, estos se convierten al Evangelio y fundan la Misión Nombre de Dios. Buscando un puerto natural donde fundar una ciudad, encuentran uno no muy lejos, queda bautizado el lugar como San Agustín, en honor al santo del día, esta ciudad vendría a ser capital de la Florida y la ciudad más vieja de Estados Unidos. Pedro Menéndez de Avilés anexa la Florida a Cuba. Es junto a Cuba que la Florida crecería políticamente y como entidad.


    En conclusión: Desde Puerto Rico se prepara la población y descubrimiento de la Florida y desde Cuba se da el crecimiento y desarrollo político de la región. Por eso es que con toda razón digo:
    La Florida: empresa de Cuba y Puerto Rico.








    Del mar de Campos al mar Caribe.




    Aunque el municipio de Santervás de Campos se encuentre hoy en día adscrito políticamente a la provincia de Valladolid, en el siglo XV estaba estrechamente ligado a la diócesis de Palencia. Fue en esa época, concretamente en 1460, cuando nació allí Ponce de León. Siendo muy joven fue designado paje de Fernando el Católico; y años después, formando parte de su séquito, participó también en la conquista de Granada. Una vez concluida la gesta peninsular, tras recibir noticias de los ricos descubrimientos realizados por Cristóbal Colón al otro lado del océano, decidió enrolarse en 1493 junto al almirante, dispuesto por aquel entonces a iniciar su segundo viaje. Mil quinientos hombres en busca de gloria y fortuna acompañaron al genovés en esa nueva travesía hacia América.
    Ya en las Indias, sus hazañas comenzaron a sucederse, siendo destacable su intervención en la conquista de la isla de La Española (hoy en día dividida entre la República Dominicana y Haití). Debido a sus éxitos militares, fue nombrado gobernador de la provincia de Higüey. Parece ser que allí hizo una considerable fortuna vendiendo pan de mandioca a las tripulaciones que recalaban en su encomienda. Además, también le dieron autorización para desplazarse hasta la cercana isla de San Juan (actual Puerto Rico) al mando de cuarenta y dos potenciales colonos y ocho marineros. La respuesta de los indios taínos que allí vivían no fue pacífica, por lo que tuvo que afrontar bastantes escaramuzas antes de pacificar la isla por completo.
    Los problemas no dejaban de sucederse. Conforme la colonización iba progresando, el rey le concedió el cargo interino de adelantado de San Juan a nuestro paisano. Aquello provocó un conflicto con Diego Colón, que reclamó para sí todos los derechos concedidos a su padre, el almirante Cristóbal Colón. Los tribunales no tuvieron más remedio que darle la razón en perjuicio del terracampino.
    Al ser relegado por la justicia, Ponce se sintió ofendido y prefirió cambiar de aires. Con la idea de alejarse lo más posible, obtuvo la concesión para explorar las islas al norte de Cuba. En marzo de 1513 partió con dos carabelas y un bergantín fletados de su propio bolsillo, navegando hacia el norte más allá de las Bahamas. Y el 2 de abril de 1513 tomó tierra cerca de la actual Melbourne, momento en el que reclamó formalmente esos territorios para la corona española.




    Una expedición pionera con un objetivo oculto.




    El viaje emprendido por Juan Ponce de León tenía como objetivo prioritario colonizar las islas Bimini. Hoy en día se denomina de ese mismo modo al distrito constituido por las islas más occidentales de las Bahamas (a 81 kilómetros de la ciudad de Miami). Sin embargo, nuestro paisano rebasó ese archipiélago y siguió su travesía hacia el norte porque, junto con unas tierras para explotar, buscaba algo más que no está del todo claro. La leyenda extendida por Pedro Mártir de Anglería, un cronista coetáneo de origen italiano que formaba parte del Consejo de Indias, explica que el intrépido Ponce realmente andaba tras la mítica “fuente de la juventud”, un manantial en el que todo hombre viejo que se sumergiese se convertiría en niño.
    Fuese aquella mágica fuente o cualquier otro prodigio, la previsión era realizar un hallazgo importante. Además de los marineros encargados de gobernar las naves, también le acompañaron bastantes tropas. Incluso se embarcó en las bodegas a una preciosa yegua, a lomos de la cual el castellano pensaba impresionar a los caciques de aquellas islas que pretendía dominar.
    Cumpliendo con los planes de la misión, tras detenerse brevemente en Melbourne, continuó viaje con rumbo sur hacia la desembocadura del río Miami, trazando una trayectoria paralela a las costas y cayos del sur de la península de Florida, para luego virar hacia el norte en dirección al golfo de Méjico. En aquel tránsito pudo comprobar que los nativos con los que se iban encontrando eran mucho más fieros que los taínos caribeños y no tenían miedo a los españoles. Era tal su crueldad que, para infligir más víctimas a sus enemigos, los indios llegaban incluso a envenenar las puntas de las flechas que lanzaban.
    A la altura de Cabo Romano se vio inmerso en una nueva refriega en la que uno de sus soldados resultó muerto. Desencantado por el cariz que empezaba a tomar la expedición, dio por terminado el viaje y regresó a San Juan. De camino, recaló en varios puntos de la costa de Yucatán, sin que conste la realización de exploraciones en aquellas tierras. Con la intención de reclamar a la corona todo lo que había encontrado, el 10 de octubre de 1513 arribó a Puerto Rico.
    El retorno le tuvo que dejar un regusto agridulce. No había hallado ni el legendario manantial, ni tampoco cantidades reseñables de oro. Por si fuera poco, la hostilidad de los indígenas parecía ser bastante más elevada que lo habitual hasta entonces. En cambio, desde un punto de vista más positivo, Ponce se percató de que aquella supuesta isla de la Florida era mucho más grande de lo que nadie había imaginado. Asimismo, sin ser consciente de ello, había encontrado algo fundamental para los futuros viajes intercontinentales en barco: en la costa oriental de Florida, navegando hacia el sur, a pesar de que el viento soplaba de popa, sus carabelas no sólo no avanzaban sino que retrocedían cada vez más. Fue entonces cuando advirtieron que en aquella zona había una poderosa corriente que se dirigía hacia el norte. Se trataba de la famosa “corriente del Golfo” cuyos efectos no son sólo de índole náutica, ya que también tienen importancia capital para el clima global.




    El ansiado título de adelantado de la Florida.




    En 1514, Ponce de León retornó a España para recibir su codiciada dignidad de adelantado, lo que implicaba que con sus propios recursos podría explorar y gobernar todo lo que descubriese en su zona de influencia. Gracias a ese nombramiento, por fin estaría legitimado para actuar con autonomía, sin tener que rendir cuentas a gobernadores o virreyes como Diego Colón.
    Al nuevo adelantado se le encomendó la tarea de conquistar la isla de Guadalupe y la de la Florida. Su misión era someter aquellos territorios para que la corona pudiese establecer un dominio efectivo y real sobre los mismos. Con esa intención partió hacia Guadalupe, donde se enfrascó en una encarnizada lucha con los nativos, tras caer en una tosca emboscada. Aquel contratiempo, además, supuso el fracaso del viaje.
    Tuvo que aguardar hasta febrero de 1521 para organizar una nueva expedición a Florida. Durante ese tiempo pudo analizar con sosiego los fallos anteriores y tomar las medidas adecuadas para la próxima empresa, que contó con doscientos cincuenta hombres y cuatro navíos. El objetivo en este caso era constituir una colonia estable, por eso incluyó bastante material para agricultura, así como todo lo necesario para erigir un enclave en las islas Sanibel, situadas frente a la desembocadura del río Caloosahatchee. Incluso algunos franciscanos se embarcaron con él para evangelizar a los autóctonos que encontrasen por el camino. Mas al llegar hasta la bahía donde pretendían fondear, los indios rechazaron a los españoles con ímpetu. En el transcurso de la escaramuza, Ponce resultó herido por una de las temidas flechas envenenadas. Ante aquel imprevisto, lo mejor era abortar la operación y regresar a Cuba para que el adelantado se recuperase.
    Las secuelas producidas por el flechazo no pudieron ser atajadas a tiempo y, tras una larga agonía, fallecía en La Habana en julio de 1521. Sus restos fueron trasladados hasta San Juan, en cuya catedral reposan a día de hoy.
    Después de décadas haciendo frente con gran esfuerzo a una enorme cantidad de contrariedades, sin conseguir fijar una población estable en aquellos vastos terrenos, entregaba su vida a Dios nuestro insigne paisano. Al parecer, las dificultades debían ser tales que hasta 1565 Pedro Menéndez de Avilés no pudo fundar un primer asentamiento permanente en San Agustín de la Florida. Y esa ciudad, creada cincuenta y cinco años antes de que los Peregrinos ingleses arribasen a bordo del Mayflower a las costas de Nueva Inglaterra, es considerada a día de hoy como la más antigua de Estados Unidos.




    A. C. T. Fernando III el Santo


    Exposición de Pedro Menéndez de Avilés a la Florida:


    No comenzó bien el viaje hacia América porque a los dos días de zarpar de Canarias sufrieron un fortísimo temporal que dividió a la escuadra e hizo regresar a dos carabelas a las Canarias. Alas quedó unido a un grupo de cinco buques. El 20 de julio les embistió otra gran borrasca, que obligó a aligerar los barcos y echar al mar buena parte de la carga. El galeón de Menéndez resistió mejor y llegó menos dañado que otros a Puerto Rico el 9 de agosto de 1565 acompañado de un patache. Los demás buques fueron llegando con problemas de diversa gravedad, así que el Adelantado ordenó reparar los buques en lo más imprescindible y urgente antes de zarpar nuevamente hacia la costa americana en busca de los intrusos franceses.

    Cuando Menéndez toma la decisión de zarpar de Puerto Rico en busca de los franceses aún está lejos de haberse reunido su dispersada escuadra, pues en esos momentos solo dispone de la tercera parte de su gente, e ignoraba si el resto se había perdido con las tempestades o si llegarían los barcos de Asturias y Vizcaya.

    Durante la travesía de Puerto Rico a Florida ordenó Menéndez que los soldados de su galeón se ejercitasen, de manera que diariamente cada soldado debía realizar tres disparos, con el fin de que perdiesen el miedo a los arcabuces. Ofrecía premios a los que mejor tirasen así como a sus jefes por tener buen cuidado en hacer diestros a sus soldados.

    Finalmente, avistan el 28 de agosto de 1565 las costas de Florida.

    Para no perder las costumbres religiosas, puestos todos de rodillas en los barcos se declamó un Te Deum Laudamus, alabando a Dios y suplicándole que les diese sus favores.

    Desembarcan 20 hombres para explorar el lugar y tienen su primer encuentro con los indios timucuas, que pidieron conocer al jefe de los bajeles. Allí fundaron la misión evangelizadora llamada Nombre de Dios. Se ofició una misa, como de costumbre.

    Seguidamente buscan un puerto natural donde fondear y fundar la primera colonia. Encontraron un lugar que les pareció de buen acomodo en la desembocadura de un río que ofrecía una dársena, situado 8 leguas al norte de donde habían tenido su primer encuentro con los indígenas. Lo bautizaron como San Agustín, en honor al santo del día.

    Actualmente, San Agustín es el patrón de Avilés.


    http://singladuras.jimdo.com/biograf...dez-de-avilés/
    jicotea dio el Víctor.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    image.jpg
    Mapa de la Capitanía General de Cuba, 1790.


    image.jpg



    Mapa representativo de la Diócesis de Puerto Rico para el siglo XVIII:

    En verde los territorios eclesiásticos que estaban bajo la jurisdicción temporal del obispo.

    Los puntos blancos son los pueblos de españoles que estaban bajo la jurisdicción exclusiva de un gobernador.
    Última edición por Michael; 04/04/2013 a las 12:54
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    Traslado a la villa de Puerto Príncipe de la Real Audiencia de Santo Domingo


    En realidad las primeras noticias sobre la probable ocurrencia del traslado de la Real Audiencia de Santo Domingo a Puerto Príncipe eran conocidas de antemano en la villa, toda vez que en 1787


    Por: MsC. José Fernando Crespo Baró


    En realidad las primeras noticias sobre la probable ocurrencia del traslado de la Real Audiencia de Santo Domingo a Puerto Príncipe eran conocidas de antemano en la villa, toda vez que en 1787 el Regidor y Síndico General José Joaquín de Varona solicitó al Ayuntamiento, sabido el parecer de las máximas autoridades coloniales, que “(…) se estableciese una Real Audiencia dentro de la Isla [de Cuba], como quede subsistir este numeroso vecindario bajo la jurisdicción y conocimiento de la de Santo Domingo, en los recursos se le sigue la grande distancia en que se haya y que aumenta la necesidad a deber viajar a la Ciudad de La Habana [distante de aquí por más de cien leguas] para esperar allí la proporción de conducirse el interesado a la de Puerto Rico y de esta a Santo Domingo y de aquellas a éste (…)” (1)


    No solo la distancia y demora de los procesos servían de argumentos para justificar el traslado, sino el “considerable costo de los trámites y de navegación de más de quinientas leguas de un país a otro”, “demora de matrimonios”, entre otros inconvenientes. Los solicitantes insistieron al rey español que si había accedido a la creación de la Audiencia en Caracas igualmente debía satisfacer dicha solicitud de traslado.


    Definitivamente el 27 de noviembre del año 1797 por Real Auto del 23 de mayo fue dispuesta la traslación de la Real Audiencia Dominicopolitana –la más antigua de Hispanoamérica– del distrito administrativo de Santo Domingo a la villa Santa María del Puerto del Príncipe, noticia conocida por los principeños desde el día 8 de ese propio mes.


    En aquella fecha y en la sesión ordinaria del gobierno se dispuso que “(…) no solo le previene su Excelencia [el Rey] trate en este Ayuntamiento el modo de proporcionar alguna casa a propósito para aquel establecimiento y si el edificio que servía de Colegio de los Ex Jesuitas se halla en estado de poderse echar mano de él para el expresado fin (…)” (2)


    Finalmente en el año 1800 fue trasladada a Puerto Príncipe la Real Audiencia, traslación que estuvo precedida de varios y acalorados debates en el seno del Consejo de Indias, el 23 de abril de ese propio año, debido a la voluntad de pretender concentrar todo el poder en los Capitanes Generales y así tratar de restringir preventivamente y disminuir el que ya detentaban con suficiencia, desde su larga duración histórica, los cabildos regionales cubanos.


    Conociéndose que la gran familia de terratenientes eran los mismos miembros de la oligarquía criolla local y simultáneamente funcionarios del cabildo, José Ilincheta, Gobernador de la Isla, solicitó que debía dejarse recaer en sus manos la Presidencia de la Real Audiencia, mandada a trasladar ya a Puerto Príncipe, según la cesión hecha por España a Francia de la porción de aquella isla, como resultado del Tratado de Basilea, de julio de 1795.


    Fue de esta manera que el Consejo de Indias, el Fiscal y el Monarca coincidieron con el hecho de que el Capitán General fuese al propio tiempo el Presidente de la Audiencia de la villa de Puerto Príncipe, (3)resultado político incómodo para los criollos lugareños, lo que a la corta acarrearía no pocas manifestaciones de rechazo por inscribirse dentro del proceso de paulatina militarización de la Isla iniciado en el año 1720 con la designación de los Tenientes a Guerra en distintas localidades cubanas.(4) A su vez, constituía un estorbo ante la lucrativa actividad comercial de contrabando.


    Cabe suponer que en la decisión de instalación de la Audiencia en Puerto Príncipe mucho hayan tenido que ver las favorables condiciones económicas y regionales en general.


    Fue a partir del 31 de julio de 1800 que la cuarta villa cubana quedó convertida en el centro de las decisiones jurídicas, criminales y civiles de la Isla. En lo adelante la administración de justicia dejó de ser atribución de los alcaldes y descargó de esa competencia al Capitán a Guerra y Gobernador así como al Capitán General.(5)


    Sus principales funcionarios fueron: el Regente, Luís Chávez de Mendoza; el Oidor Decano, Pedro Catani y los Oidores, Melchor Fonserrada y Andrés Álvarez Calderón y Ramírez. Más tarde a ella se sumarían abogados de meritísimo prestigio profesional como Francisco José e Ignacio Agramonte Sánchez-Pereira, Francisco Iraola Serrano, Francisco Pichardo Márquez y Manuel Usatorres, estos últimos de procedencia dominicana.


    Jacobo de la Pezuela y Lobo, una de las voces del integrismo en la Isla, refería acerca de su importancia general que: “(…) La ocurrencia de litigantes e interesados que acudían a activar sus expedientes, dio desde entonces a este pueblo una animación antes desconocida. Su agricultura y su comercio tomaron pronto fomento con los beneficios que en el vecindario difundían las costas que se pagaban y la permanencia de litigantes pudientes que se sucedían unos a otros.”


    Tanta importancia cobraría que el capitán general José Gutiérrez de la Concha expresó que Puerto Príncipe había quedado convertida en “Capital de la Isla, en punto a la administración de justicia.”


    Hay que destacar que la Audiencia ayudaría a difundir en buena parte de la ciudadanía las normas del Derecho y a crear un ambiente de respeto a los derechos y libertades del ciudadano.






    Traslado a la villa de Puerto Príncipe de la Real Audiencia de Santo Domingo
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    LA CAPITANÍA GENERAL DE CUBA 'y LA DEFENSA DE LUISIANA Y FLORIDA ANTE EL EXPANSIONISMO NORTEAMERICANO (1783-1789)


    Juan Bosco AMORES CARREDANO


    Tras la victoria sobre Inglaterra en la intervención española en la guerra de independencia de los Estados Unidos, las provincias de la Luisiana y las dos Floridas, oriental y occidental, pasaron de nuevo a depender de la capitanía general de Cuba.


    José de Ezpeleta, que había intervenido de forma relevante en las operaciones militares para la recuperación de la Florida occidental y había sido gobernador de la Mobila1, quedó en 1783 como encargado interino de la capitanía general de Luisiana y Florida, por decisión expresa del que entonces era su titular, Bernardo de Gálvez, quien le dejó una Instrucción precisando los asuntos que debía atender mientras durara su mandato interino.


    Gálvez no contemplaba aún, entre las prioridades del gobierno de La Luisiana, la eventual amenaza
    del expansionismo norteamericano.


    Ezpeleta sucedió al mismo Bernardo de Gálvez como capitán general
    de Cuba en 1785 y dos años más tarde recibió el nombramiento de capitán general de Luisiana y Florida, aunque de hecho el gobierno de Madrid le consideró capitán general interino de estas provincias desde que recibió el mando de Cuba.


    En todo caso, desde 1787 se puso fin a la excepción que había supuesto la etapa de Bernardo de Gálvez, uniendo de nuevo la capitanía general de Luisiana y Florida a la de Cuba, situación que permaneció hasta el final del dominio español en la zona, a pesar de los intentos de los gobernadores Miró, primero, y del barón de Carondelet después para que se erigiera una capitanía general separada para la Luisiana.


    Los mismos años del mando de Ezpeleta en La Habana, desde diciembre de 1785 a abril de 1789, coinciden con la estancia de Diego de Gardoqui en Nueva York como encargado de negocios español ante los Estados Unidos. Como es también sabido, Esteban Miró ocupaba entonces el gobierno de Nueva Orleans.


    En San Agustín gobernaba el coronel Vicente Manuel de Céspedes, que, como el coronel Arturo O'Neill, gobernador de la Florida occidental, había sido nombrado por Bernardo de Gálvez en 1783.


    A estos tres gobernadores se les recordó, a mediados de 1787, que debían enviar toda la correspondencia a Madrid a través del gobernador de La Habana, como capitán general de la provincia.


    Así mismo, una real orden de marzo de 1787 advertía a Ezpeleta que «todas las noticias y asuntos de entidad que ocurran en las provincias de Luisiana y Floridas que sean concernientes a los Estados Unidos de la América septentrional los comunique V.S. por el medio que vea más oportuno a nuestro Encargado de Negocios en Nueva York D. Diego de Gardoqui, quien tiene orden de avisar a V.S. por su parte de todo lo que deba saber como capitán general de dichas provincias».


    Este trabajo no pretende abundar en los hechos, bien conocidos, sino analizar y discutir la eventual eficacia de la estrategia diplomática y defensiva de la corte española ante la amenaza que el expansionismo norteamericano suponía para la presencia española en aquellas provincias entre los años 1785 y 1790.


    El objetivo principal de la política española respecto a Luisiana y Florida consistía en mantener esos territorios como la frontera nororiental del imperio, es decir, del virreinato de Nueva España y del golfo de México. Aunque no se podía descartar la amenaza desde el océano, dicha frontera se situaba ahora sobre todo al interior de dichos territorios, a causa del previsible expansionismo de los recién creados Estados Unidos.


    Por eso, la estrategia defensiva implicaba tres aspectos: el primero, llegar a un acuerdo diplomático con los Estados Unidos que resolviera, lo más favorablemente posible para los intereses españoles, el contencioso planteado entre los dos países a raíz de las concesiones otorgadas por los ingleses a los norteamericanos en el tratado de paz de 1782, en relación con los derechos sobre los territorios de la alta Luisiana y la navegación por el Mississippi; se buscaba por tanto lograr un acuerdo de límites y un tratado comercial con la nueva república.




    El segundo aspecto estaba íntimamente ligado al primero: se trataba de crear, con palabras de Floridablanca, «una barrera poblada de hombres que defiendan las introducciones y usurpaciones por aquellas partes»; a esta política poblacionista se unieron los esfuerzos por atraerse a las naciones indias, reconociéndoles su autonomía y sus territorios, de forma que se convirtieran en una barrera natural frente al expansionismo norteamericano.


    El tercer aspecto se refería a la necesidad de defender aquellas provincias de un eventual ataque inglés desde el Caribe «amenaza que tuvo algunos visos de realidad en 1787», para lo que era necesario rehacer las fortificaciones costeras, muy dañadas después de la guerra.


    Esta política debía implementarse a tres niveles. Por un lado, la acción diplomática, que se encargó a Diego de Gardoqui.


    Por otro, la acción concreta de los gobernadores de las respectivas provincias para mantener la amistad de los indios, vigilar la frontera para contener las incursiones desde el norte y el nordeste, asentar a los colonos que iban llegando, impulsar el fomento económico de las provincias y controlar el comercio.


    Por último, el capitán general, desde La Habana, debía de garantizar el nivel adecuado de las fuerzas de guarnición, la comunicación con la Corte y la llegada del situado a cada una de las plazas, elemento absolutamente fundamental para el sostenimiento de la autoridad española en la zona; en el caso de la Florida occidental, también se debían proporcionar desde La Habana los víveres y efectos necesarios para la supervivencia de sus habitantes.


    Se advierte que un elemento clave para la eficacia de esta estrategia era asegurar una comunicación segura y rápida entre los tres niveles mencionados, y sobre todo de La Habana con los demás, al ser el gobernador de esta plaza sobre quien recaía la responsabilidad de coordinar toda la política y tomar decisiones en casos urgentes.




    ¿Hasta qué punto se lograron los objetivos? Y, en su caso, ¿cuáles fueron los medios y las limitaciones con los que contaron las diversas instancias de decisión?


    La actuación de Gardoqui como encargado de negocios es bien conocida. Aquí nos interesa únicamente valorar su resultado y hacer una reflexión sobre algunas de las posibles razones de ese fracaso.


    A nuestro juicio, la misión se saldó con un rotundo fracaso, al menos por lo que se refiere al objetivo principal, que era obtener un acuerdo de límites y comercial con los Estados Unidos.


    Los políticos norteamericanos sabían que el tiempo jugaba a su favor y, aunque se cuidaron de no provocar una ruptura con sus antiguos aliados, se escudaron tanto en razones jurídicas «el tratado con Inglaterra» como, sobre todo, en el carácter democrático de su gobierno y la debilidad de la joven república para impedir los deseos de expansión de sus ciudadanos, con el fin de retrasar un acuerdo que, finalmente, sería favorable a sus intereses.


    Pero cabe plantearse si Gardoqui pudo haber obtenido un mejor resultado en su misión.


    Desde antes de la llegada de Gardoqui a América, en abril de 1785, ya se había previsto un correo mensual La Habana-Nueva York y la asignación de 50.000 pesos anuales del situado para los gastos del encargado de negocios.


    La correspondencia entre Gardoqui y Ezpeleta revela que aquél dispuso puntual y regularmente de la cantidad asignada y de un buque moderno y rápido «1os que más se usaron fueron el Galveztown, el Infante y el Princesa, bergantines de reciente construcción» para el correo con La Habana, Nueva Orleans y San Agustín de la Florida, y que éste funcionó razonablemente bien.
    Tthy
    Esto le permitió a Gardoqui enviar a tiempo a todas las autoridades de la zona noticias puntuales sobre la situación de la Unión y la evolución de las discusiones del Congreso de Filadelfia, los movimientos de aventureros sobre la cabecera del Mississippi, las gestiones ante el gobierno norteamericano en relación con la guerra entre georgianos y las naciones indias protegidas por los españoles, e incluso noticias puntuales sobre buques que hacían comercio de contrabando entre Nueva Orleans, San Agustín y los puertos norteamericanos.


    Desde luego, la misión de Gardoqui se vio fuertemente mediatizada por el carácter poco flexible de las órdenes que llevaba, que limitaban su eventual capacidad de negociación, y se encontró además con un interlocutor «el gobierno de la Unión» debilitado por la división existente en el Congreso entre el norte atlántico y los demás Estados de la Unión.


    De todas formas, parece claro que a Gardoqui le faltó capacidad para hacerse cargo, desde el principio de su misión, de la situación real y la potencia- lidad de los Estados Unidos. En su famosa Instrucción Reservada de 1787, Floridablanca se mostraba confiado en que el desorden político y el afán de independencia de aquellos habitantes eran un factor muy favorable para los intereses españoles en la zona y «siempre serían causa de su debilidad».


    En este juicio se refleja de forma nítida las impresiones que Gardoqui transmitía a Madrid desde Nueva York, después de la primera fase de sus negociaciones, sobre las graves dificultades por las que estaba pasando la Confederación para lograr un mínimo de estabilidad política, económica y social. Un año más tarde, cuando está teniendo lugar la Convención de Filadelfia, todavía afirmaba que no se podía saber si acabarían constituyéndose una o varias repúblicas e incluso augura un fracaso de dicha Convención.


    Se puede creer «como de hecho se ha venido admitiendo» que Gardoqui no hacía sino referir la situación real del país. Pero parece claro que no fue capaz de analizar las cosas con la suficiente perspicacia y profundidad, como habían hecho mucho antes el conde de Aranda y otros políticos más avezados, advirtiendo del peligro potencial de la eventual formación de lo que luego serían los Estados Unidos.


    Gardoqui tenía la ventaja sobre aquéllos de disponer de nuevos elementos de juicio, y el más evidente de ellos era que aquellos habitantes que eran «en su opinión» tan amantes de la independencia y tan desorganizados, se habían unido y habían conseguido derrotar a su propia metrópoli, que pasaba por ser la primera potencia mundial. Evidentemente Gardoqui era sobre todo un negociante, un hombre del comercio, y apenas había servido profesionalmente al Estado hasta este momento. No sería excesivo deducir que aprovechó su misión oficial en Nueva York para consolidar los intereses comerciales de su casa.




    Su correspondencia inicial refleja que, a su llegada a Nueva York, adolecía de un conocimiento profundo de la situación política del país y de su potencial expansionismo. El primer año de su misión pareció encontrarse bastante aislado; luego empezó a contar con algunos informantes, como el comerciante Oliverio Pollock o el aventurero James Wil1kinson, gracias a los cuales pudo informar a tiempo, entre otras cosas, de los planes de invasión norteamericana desde Kentucky.


    A nuestro juicio, estas fallas fueron un serio obstáculo para la eficacia de la misión del encargado de negocios e indican que, probablemente, no se escogió para esa misión a la persona más adecuada.


    Por el contrario, la actuación de los gobernadores de las distintas plazas, especialmente la de Esteban Miró en Nueva Orleans, fue mucho más eficaz desde el punto de vista de los intereses y objetivos españoles en la zona.


    Como se sabe «y ha vuelto a resaltar últimamente Paul Hoffman» la etapa de gobierno de Miró se puede considerar como la época dorada de la dominación española en Luisiana, cuando la provincia alcanzó la máxima extensión territorial y un aceptable grado de integración económica en el imperio; durante el gobierno de Miró se consiguió además contener los intentos de invasión desde el norte, se dio un fuerte impulso a la política poblacionista y se logró una alianza estable con las naciones indias del territorio.


    Todo esto lo logró Miró a pesar de la escasez de medios militares y económicos. La defensa del inmenso territorio de la provincia estaba confiada al Regimiento Fijo de la Luisiana, cuyos efectivos teóricos, 1.500 hombres, no pudieron completarse hasta bien entrado el año 1788.


    Esteban Miró advirtió varias veces del peligro que suponía esa dispersión y la insuficiencia de las fuerzas, así como del mal estado de la mayoría de los presidios o fortines, que sólo servían para mantener en paz a los indios de los alrededores y como puntos de escala del correo o de los lanchones que subían por los ríos.


    La misma capital estaba desguarnecida. Miró propuso fortificar la entrada del río, pero sólo se le permitió montar dos baterías provisionales atendidas por una compañía de artillería que no estuvo completa hasta julio de 1787.


    Ante la imposibilidad de reforzar la guarnición con efectivos regulares, se decidió poner de nuevo en pie los Regimientos de Milicias, entregando los mandos a los patricios criollos, al estilo de lo que se había hecho en otras provincias.


    Las dificultades financieras no fueron menores. El situado asignado a la provincia resultaba insuficiente para las necesidades de su defensa.


    En 1788, el intendente de La Habana, de acuerdo con el gobernador, decidió retener un tercio del dinero destinado a Nueva Orleans para atender las urgencias de aquellas cajas. Esta y otras circunstancias obligaron a Miró y al intendente Navarro a acudir a los préstamos de particulares, comerciantes sobre todo, lo que a su vez implicó una política claramente tolerante hacia el contrabando aunque esto, por otro lado, benefició el desarrollo económico de la provincia.


    Se puede decir que Miró, al contrario de Gardoqui, supo interpretar y aplicar las órdenes recibidas de acuerdo con los intereses reales de la corona y teniendo muy en cuenta las circunstancias de la provincia, incluso a pesar de que las decisiones tomadas en Madrid «sobre todo después de la muerte del ministro Gálvez» fueron a menudo contradic- torias con los objetivos señalados después de la paz de 1783.


    De hecho, hacia el final de la década, la corte, más atenta a los intereses es- tratégicos en Europa, echará por tierra gran parte de lo conseguido en la Luisiana hasta ese momento.


    Por lo que respecta a la capitanía general de Cuba, el papel central que siempre tuvo en la estrategia defensiva del Caribe hispánico fue ampliado, al menos desde 1780, a toda la frontera noroccidental del imperio, con la incorporación de las provincias de Luisiana y Florida.


    La Habana cumplió bien su función como el centro más rápido de comunicaciones con la península, pero su eficacia fue claramente menor a la hora de prestar el apoyo financiero, logístico y militar necesario para garantizar la posesión y defensa de las provincias.


    Las responsabilidades que recayeron sobre las autoridades de La Habana fueron, especialmente en estos años, muy superiores a los medios de que disponían para ejecutarlas.


    El capitán general encontraba incluso serias dificultades para asegurar el adecuado nivel de defensa de la isla, mientras que la intendencia tenía que recurrir a expedientes extraordinarios «como el recurso sistemático a los préstamos de particulares» para hacer frente a sus obligaciones.




    En un extenso memorial al ministro de Indias, el gobernador de Nueva Orleans, Esteban Miró se quejaba de que su dependencia del capitán general de La Habana no era sino un obstáculo para la eficacia de su gobierno.


    Para Miró, al capitán general le merecían muy poca consi- deración los problemas de Luisiana, tardaba demasiado en contestar sus cartas y no era capaz de hacerse cargo de los problemas que le planteaba, porque no conocía el valor y la situación real de la provincia.


    Se mostraba firmemente convencido de que, en el caso de que hubiera que tomar providencias extraordinarias ante un eventual ataque o invasión de los norteamericanos, no podría contar con los socorros necesarios desde La Habana.


    Aunque en este memorial se puede ver un intento de justificar su deseo de que el gobierno de Nueva Orleans se convirtiera en una capitanía general separada e, incluso, una antigua rivalidad personal con el propio Ezpeleta, el hecho es que las respuestas de éste a las demandas de Miró «de auxilio financiero, de tropa o pertrechos militares, etc.» eran casi siempre evasivas o se limitaba a remitirlas a Madrid, excusándose en la falta de medios o de autoridad para decidir.




    Como se sabe, el barón de Carondelet, sucesor de Miró, daba argumentos parecidos para pedir que se uniera al empleo de gobernador la capitanía general de la provincia, sólo que en este caso fue apoyado por el sucesor de Ezpeleta en el gobierno de La Habana, y cuñado suyo, Luis de las Casas.


    A pesar de ello, nunca se admitió esta posibilidad, quizá porque, especialmente desde la caída de Floridablanca, nunca se tuvo mucha fe en que se lograría mantener dentro del imperio aquellas provincias.


    Ezpeleta mostró una mayor atención a la Florida oriental, zona que conocía bien. La correspondencia con el gobernador O'Neill es más abundante que en los casos de Nueva Orleans y San Agustín, e incluso provocó los celos de Miró, de quien directamente dependía el gobernador de Panzacola.


    Lo más urgente, en lo que se refiere a esta plaza, era reconstruir las fortificaciones, destruidas durante la guerra anterior.


    El plan fue aprobado en 1784 en La Habana por una Junta de generales presidida por Bernardo de Gálvez; consistía en la demolición de las construcciones de San Miguel de Panzacola y trasladar la población a las Barrancas, más al interior, además de reconstruir el fuerte de San Carlos y levantar uno nuevo en la isla de Santa Rosa, a la boca de la bahía, para asegurar la entrada del puerto. Los antiguos castillos de San Miguel, de La Avanzada y El Sombrero estaban totalmente arruinados; sólo permanecían malamente en pie el de San Bernardo y el de San Carlos.


    Las obras no se aprobaron hasta abril de 1787 y la falta de dinero retrasó su comienzo por lo menos tres años más. La situación de la provincia era tan lamentable que no se pudo asegurar el establecimiento de dos grupos de colonos canarios llegados allí en 1787 y 1788, volviéndose la mayoría de ellos a La Habana.


    En la Florida oriental tampoco se pudieron hacer más que los arreglos precisos en las viejas y débiles fortificaciones existentes.


    En el caso de San Agustín, a pesar de su absoluta dependencia de la capital cubana, los no infrecuentes naufragios aconsejaban limitar los viajes para evitar la pérdida de buques y hombres.


    De hecho, el gobernador Céspedes tuvo que recurrir varias veces a los mercaderes norteamericanos para mantener el imprescindible suministro de harinas a la plaza.


    En 1789, la junta de real hacienda de La Habana regularizó de hecho este tráfico, al aprobar que se aplicaran a los productos venidos de San Agustín «»grandes cantidades de mantequilla y queso y algunas de ginebra»» los mismos derechos que a los que venían de Nueva Orleans, incluyendo así en la práctica a aquella plaza en el sistema de comercio libre.


    A pesar de todo, Ezpeleta hizo lo posible por cumplir con la principal de sus obligaciones respecto a aquellas provincias, la referente al terreno defensivo. Consiguió que el Regimiento Fijo de Luisiana estuviera al completo en 1788, y mantuvo la fuerza militar prevista en San Agustín de la Florida con tropas enviadas desde La Habana.


    En ambos casos, Ezpeleta dio prioridad a la defensa de aquellas provincias, postergando lo que para él era su mayor preocupación, el estado de la guarnición de la propia isla de Cuba, que durante estos años siempre se encontró bastante por debajo del nivel previsto.


    El situado, con la excepción mencionada más arriba, llegó a Nueva Orleans y a San Agustín en las fechas y cantidades previstas. También se prestaron auxilios extraordinarios desde La Habana con motivo del incendio de Nueva Orleans, en marzo de 1788•


    Por lo demás, Ezpeleta «como haría luego su sucesor Las Casas» no se inmiscuyó en las decisiones que debió tomar cada uno de los gobernadores en aquellos asuntos que les concernían más directamente, como eran los de Hacienda y comercio, la política poblacionista, etc.


    En lo concerniente a la relación con las naciones indias se preocupó de que no se restringiera el comercio con ellas por ningún motivo, al ser éste uno de los aspectos decisivos de la estrategia defensiva para la zona, como le había advertido Bernardo de Gálvez en 1783.


    Podemos concluir diciendo que la estrategia diseñada en época de Gálvez y Floridablanca parece que era la adecuada, para garantizar, en torno a la plaza de La Habana, el apoyo logístico y de coordinación necesarios para asegurar el dominio de aquellas provincias.


    Lo que falló, como tantas veces, fueron los medios disponibles, soldados y dinero especialmente. Probablemente hubiera sido necesario también que el gobierno de Madrid hubiera dado un mayor grado de autonomía a las autoridades de la zona «incluyendo al encargado de negocios en Nueva
    York» para que tomaran las decisiones adecuadas a partir del conocimiento directo de las circunstancias de aquellas provincias.


    http://www.ehu.es/bosco.amores/publi...anaFlorida.pdf
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    El día en que Cuba perdió a la Florida:


    Don Fernando Sétimo, por la gracia de Dios
    y por la Constitución de la Monarquía Española,
    Rey de las Españas: A vos el Capitán general
    y Gobernador de la Isla de Cuba y de las dos
    Floridas, sabed: que por un tratado celebrado
    en la ciudad de Washington a veintidós de
    Febrero del año pasado de mil ochocientos
    diez y nueve, por Plenipotenciarios debidamente
    autorizados, con el objeto de arreglar las
    diferencias que han existido entre el Gobierno
    de España y el de los Estados-Unidos de América
    y los límites de sus respectivos territorios, se
    estipuló la cesión por parte de España a los
    Estados-Unidos de todos los que están situados
    al Este del Misisipí, conocidos con los nombres de
    Florida Oriental y Occidental, comprendiéndose en
    dicha cesión las islas adyacentes y dependientes
    de las dos Floridas, con los sitios, plazas públicas,
    terrenos baldíos, edificios públicos, fortificaciones,
    casernas y otros edificios que no sean pro- piedad
    de algún individuo particular, con los archivos y
    documentos directamente relativos a la propiedad y
    soberanía de dichas dos provincias, previniéndose al
    mismo tiempo que a los habitantes de los territorios
    así cedidos se les conservará el ejercicio libre de su
    religión sin restricción alguna; y que a todos los que
    quisieren trasladarse a los dominios españoles se les
    permitirá, para que puedan mejor verificarlo, la venta
    o extracción de sus efectos en cualquiera tiempo, sin
    que pueda exigírseles por el Gobierno americano en
    uno ni otro caso derecho alguno; y que aquellos que
    prefieran permanecer en las Floridas serán admitidos
    lo más pronto posible al goce de todos los derechos de
    ciudadanos de los Estados-Unidos; añadiéndose por otro
    artículo del mismo tratado que los oficiales y tropas
    españolas evacuarán los expresados territorios cedidos
    a los Estados-Unidos, seis meses después del canje de
    la ratificación del mismo tratado o antes si fuese posible,
    y darán posesión de ellos a los oficiales o comisionados
    de los Estados-Unidos debidamente autorizados para
    recibirlos; y que los Estados-Unidos proveerán los
    trasportes y escolta necesarios para llevar a la Habana
    los oficiales y tropas españolas y sus equipajes. Y habiendo
    yo considerado y examinado el tenor de los artículos del
    tratado, precedida la anuencia y autorización de las Cortes
    generales de la Nación por lo respectivo a la expresada cesión,
    he tenido a bien aprobar y ratificar el referido tratado, cuya
    ratificación deberá ser canjeada en Washington con la que se
    formalice por el Presidente de los Estados-Unidos, con acuerdo y consentimiento del Senado de los mismos; desde cuyo canje
    comenzará el dicho tratado a ser obligatorio para ambos
    gobiernos y sus respectivos ciudadanos. Por tanto, os mando
    y ordeno que precediendo el aviso que se os dará oportunamente
    por mi Ministro plenipotenciario y Enviado extraordinario en
    Washington, de estar canjeadas las ratificaciones, procedáis
    a dar por vuestra parte las disposiciones convenientes para
    que en el término de seis meses contados desde la fecha del
    canje de las ratificaciones, o antes si fuese posible, evacúen
    los oficiales y tropas españolas los territorios de ambas Floridas
    y se ponga en posesión de ellos a los oficiales o comisarios de
    los Estados-Unidos debidamente autorizados para recibirlos; en la inteligencia de que los Estados-Unidos proveerán los trasportes
    y escolta necesarios para llevar a la Habana los oficiales y
    tropas españolas y sus equipajes. Dispondréis al propio tiempo
    la entrega de las islas adyacentes y dependientes de las dos
    Floridas y de los sitios, plazas públicas, terrenos baldíos, edificios
    públicos, fortificaciones, casernas y otros edificios que no sean
    propiedad de algún individuo particular, como también la de los
    archivos y documentos directamente relativos a la propiedad y
    soberanía de las mismas dos Provincias, poniéndolos a disposición
    de los comisarios u oficiales de los Estados- Unidos debidamente autorizados para recibirlos; y todos los demás papeles y los efectos
    que pertenezcan a la Nación y no se hallan comprendidos y
    mencionados en las expresadas cláusulas de la cesión, los haréis
    conducir y trasportar a otro punto de las posesiones españolas
    que pueda ser más conveniente al servicio público. Asimismo
    dispondréis que antes de la entrega se haga saber por edictos
    a todos los actuales habitantes de las Floridas la facultad que
    tienen de trasladarse a los territorios y dominios españoles, permitiéndoseles por los Estados-Unidos en cualquiera tiempo
    la venta o extracción de sus efectos para dicha traslación, sin
    exigírseles derecho alguno por el Gobierno Americano; y también
    las ventajas estipuladas a favor de aquellos que prefieran
    permanecer en las Floridas; a los cuales he querido dar esta
    última prueba de la protección y afecto que siempre han
    experimentado bajo la dominación española. De la entrega
    que hagáis o se haga por delegación vuestra, en la forma
    que queda expresada, tomaréis o haréis que se tome el
    correspondiente recibo en forma auténtica, para vuestro
    descargo, y a fin de que procedáis con entero conocimiento
    en el desempeño de esta comisión, se os pasará también
    por mi Ministro Plenipotenciario en Washington una copia
    autorizada del referido tratado de veinte y dos de Febrero
    de mil ochocientos diez y nueve, con inserción de las ratificaciones
    de ambas partes y de la certificación respectiva al canje de las
    mismas, de cuyos documentos y de esta mi Real Cédula
    pasareis un traslado en forma fehaciente a los Gobernadores
    de ambas Floridas y a la persona o personas que en vuestro
    nombre hayan de verificar la entrega, no haciéndose por vos
    mismo. Todo lo cual ejecutaréis bien y cumplidamente en la
    forma que os dejo prevenida, por convenir así al servicio público,
    dándome aviso de haberlo verificado, por conducto de mi infrascrito Secretario del Despacho de Estado. Dada en Madrid a veinte y cuatro
    de Octubre de mil ochocientos veinte.


    Yo él Rey.
    Última edición por Michael; 04/04/2013 a las 12:28
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    El día en que Puerto Rico perdió sus Anexos:




    Decreto de desmembracion de PuertoRico en las
    Indias Occidentales, y de ereccion
    del nuevo obispado en la ciudad de Guayana.




    Habiendo el Excelentísimo señor caballero
    Nicolas de Azara, Ministro Plenipotenciario
    del Rey católico de las Españas cerca de la
    Santa Sede espuesto á nuestro santísimo
    Señor en nombre de Su majestad, que
    atendida la grandísima extension de la
    Diócesis de Puerto-Rico en las Indias
    occidentales, la cual abraza vastas y
    remotas regiones, de manera que la
    Silla episcopal se halla dos ó trescientas
    leguas distantes de muchos lugares que
    le están anexos (aunque fué siempre
    esmerado y grandisimo el cuidado y
    solicitud de los Obispos ordinarios en
    la administracion de aquel Obispado,
    y en el régimen de aquellos pueblos
    que les están confiados) nacen muchas
    é irreparables incomodidades y perjuicios,
    porque ni los diocesanos pueden
    cómodamente ir ante su propio Prelado y
    esponerle sus miserias y necesidades, ni
    tampoco esos mismos lugares pueden jamas
    ser visitados el por propio Obispo, y la grey así
    apartada no puede absolutamente oir la voz del
    Pastor, ni recibir del Obispo, una sola vez en la
    vida, el pasto espiritual, ni edificarse con el
    ejemplo de sus buenas obras. Por esto los
    predecesores de S. M. católica, de feliz memoria,
    se esforzaron en aplicar los remedios mas oportunos;
    y por la misma razon, el R. P. D. Felipe José de
    Trespalacios desde el año de 1786, en que gobernaba
    aquella iglesia, hizo cuanto le fué posible para que se
    le concediese un auxiliar tan necesario al régimen de
    aquella vasta diócesis. Y enseñando la experiencia ser
    mas conveniente que los pueblos distantes de la Silla
    Episcopal sean constantemente administrados, no por el
    medio precario de ministros mercenarios, sino con un
    auxilio estable y seguro, que les haga facil el recurso á
    su Obispo, y al Obispo el aplicarse á sus ovejas segun
    las disposiciones de la prudencia y de los sagrados
    cánones; por esto S. M. Católica se movió á consultar
    al Supremo Consejo de la Cámara de Indias, y conforme
    al voto de su Fiscal Régio, (atendido tambien el
    consentimiento que habia ya dado el Obispo de Puerto-
    Rico) ha decretado poner en ejecucion las disposiciones
    de su augusto Padre. Por lo que el mismo Excelentísimo
    señor caballero de Azara, en nombre de su Majestad
    suplicó humildemente á nuestro Smo. Papa Pio VI, se
    dignase diputar á algun Prelado católico ó á otra persona
    eclesiástica constituida en dignidad, como mejor pareciese
    al Rey católico de las Españas, quedando á cargo de su
    misma Magestad el elegir segun sus piadosas y reales
    órdenes al mencionado Prelado ó persona eclesiástica
    constituida en dignidad, la cual deba desmembrar de la
    sobredicha Diócesis de Puerto-Rico, que es una de las
    islas de barlovento llamada Nueva España, las provincias
    de Guayana y Cumaná, con las islas de la Santísima
    Trinidad y de Santa Margarita; y con estas islas y
    provincias, por su naturaleza contiguas y limítrofes,
    constituir una nueva Diócesis para un Obispo que
    quede del todo independiente del Obispo de Puerto Rico,
    pero sujeto al derecho metropolitano del arzobispado de
    Santo Domingo; y señalar por Sede episcopal la ciudad
    de Guayana, y destinar en ella para Catedral la iglesia
    mas grande y decente; como igualmente declarar, que
    está asignada por su misma Magestad católica la suma
    de 4.000 pesos, moneda de aquellas partes, por dote
    de aquella nueva mesa episcopal, para que el futuro
    Obispo de Guayana pueda con decencia, y sin perjuicio
    de las rentas y productos de la dotacion de la mesa
    episcopal de Puerto-Rico, mantener la dignidad de Prelado;
    y para cada uno de los dos canónigos que le asistan en las
    funciones episcopales, la de 600, que se pagarán del real
    Erario. Su Santidad, oida la relacion que le hice yo el
    infraescrito, despues de haberlo considerado todo con
    madurez, prestándose á las piadosas y estimables preces
    y súplicas del Serenísimo Rey Cárlos, quien, por su piedad
    para con Dios, y por su amor á los pueblos que le están sujetos,
    desea vivamente la propagacion é incremento de la Religion cristiana,
    cori la plenitud de la autoridad apostólica, se dignó cometer al Obispo
    católico, ó persona eclesiástica constituida en dignidad, que el mismo
    Serenísimo Rey de las Españas, segun sus piadosas disposiciones, tuviere
    á bien elegir, para que usando de la autoridad apostólica concedida al
    mismo Obispo ó persona eclesiástica constituida en dignidad. delegada
    especialmente por Su Santidad, proceda con todas las facultades necesarias
    y oportunas á declarar la ciudad de Guayana por ciudad episcopal, y por
    iglesia Catedral, la mas grande y decente de dicha ciudad; y constituir en ella un Capítulo ó Prebendados con dotacion; y llevar al cabo todo lo demas que corresponda á sobre dicha nueva ereccion, al esplendor del culto divino, y al provecho espiritual de los fieles de la nueva Diócesis de Guayana. Y mandó se expidiese decreto, y se insertase en las actas dé la Sagrada Congregacion consistorial. Dado en Roma el dia 20 de Mayo de 1790.
    Última edición por Michael; 04/04/2013 a las 12:56
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

  8. #8
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    Re: Cuba y Puerto Rico

    En algún rincón de Miami o de Cuba, un cubano o cubanoamericano pudiera guardar en su sangre la huella de las civilizaciones precolombinas del sur de la Florida.


    De ser así, su ADN ratificaría un capítulo poco estudiado de la historia: la emigración de cientos de aborígenes de la Florida a Cuba durante la era colonial española, en la cual ambos territorios constituían la Capitanía General de Cuba.


    Hallazgos antropológicos recientes sobre las relaciones entre los colonizadores españoles y las tribus nativas de la Florida entre los siglos XVI y XVIII no solo ilustran las alianzas forjadas entre indios y europeos, sino también el puente migratorio que ha existido entre las orillas del Estrecho de la Florida desde mucho antes de la emigración cubana a Cayo Hueso y Tampa durante la segunda mitad del siglo XIX.


    Con el descubrimiento de la Florida un Domingo de Pascua como hoy hace 500 años —día en que el conquistador Juan Ponce de León avistó desde su embarcación una tierra en la cual anhelaba hallar la mitológica Fuente de la Juventud—, los españoles sembraron una herencia que hoy florece por doquier, desde los vestigios de misiones cristianas y fortines, hasta la cultura hispánica reverdecida por múltiples olas de inmigrantes latinoamericanos que impulsan al estado a regresar a sus raíces originales.


    La historia de la Florida española, período que comprende casi 300 años con un intervalo de dos décadas de dominio británico, ha sido prácticamente marginada de la cultura norteamericana, aunque un reducido grupo de eruditos se ha dedicado a estudiar las relaciones entre nativos y colonos en suelo peninsular. Poca atención, sin embargo, ha recibido el vínculo entre los aborígenes del sur de la Florida y Cuba. Tribus como las Tequesta, Calusa y Jobe mantenían una conexión más cercana con La Habana que con San Agustín, sede de la expansión colonial en el sureste de los actuales Estados Unidos.


    “La mayor parte tanto de los indios cristianizados que quedaron al final en las misiones del norte de la Florida española como de los no conversos que quedaron en el sur de la Florida fueron trasladados durante el siglo XVIII a las afueras de La Habana, donde tal vez sería posible descubrir descendientes de varias culturas indígenas extintas”, sostiene en un trabajo académico John Worth, antropólogo de la Universidad del Oeste de la Florida especializado en la era colonial europea en el sureste del país.


    El traslado esporádico de una pequeña cantidad de indios comenzó en el siglo XVI, cuando los españoles que prosiguieron a Ponce de León fracasaron en al menos ocho expediciones por conquistar Florida entre su descubrimiento y la fundación de la primera colonia, San Agustín, en 1565. En ese contexto, el puerto de La Habana fue el hogar de estos nativos que eran usados por los españoles como intérpretes y guías de navegación.


    “Por su ubicación estratégica en el sistema de transporte marítimo español, La Habana pronto se transformó en el principal eslabón entre San Agustín y el resto del mundo colonial español”, afirma Worth.

    El valor real de los indios del sur de la Florida para los españoles, explica Carr, se hizo evidente durante el salvamiento de naufragios que sufrían sus embarcaciones a lo largo de la costa peninsular y las actuales islas de Bahamas. Los nativos eran buenos buzos y les pagaban a cambio de su trabajo con alcohol, tabaco, implementos de hierro y abalorios.


    “El cortejo de los indígenas del sur de la Florida fue exitoso en 1607 cuando fueron invitados por el gobernador de la Florida [Pedro Ibarra] a un festival en San Agustín”, escribe Carr en su libro Digging Miami. En 1628, nuevamente los convocaron, pues los españoles necesitaban “que mantuvieran vigilancia ante la expansión de la presencia holandesa e inglesa”.

    En 1688, el jefe del cacicazgo de los indios Calusa, en la costa suroeste de la Florida, que se habían mantenido virtualmente aislados, divulgó que estaba dispuesto a convertirse al cristianismo.


    La Diócesis de Santiago de Cuba envió un barco para negociar con el cacique, pero sus consejeros advirtieron que podría ser esclavizado al llegar a La Habana, por lo que éste despachó a unas cuantas familias para poner a prueba las intenciones del obispo.


    “Sentó un precedente en la historia de los indios del sureste de Florida en Cuba”, escribe Worth. “Las familias Calusa fueron asentadas por las autoridades cubanas sobre el acantilado llamado La Cabaña directamente al otro lado de la bahía del centro de La Habana”.

    En 1704 las autoridades cubanas aprobaron la inmigración permanente de un grupo de indios Tequesta, Calusa y Jobe, entre otros, que se encontraba en Cayo Hueso. Dos mil aborígenes anhelaban escapar, pero los dos buques enviados por el obispo Jerónimo de Valdés tenían capacidad únicamente para 270 refugiados. Según Carr, las élites de los cacicazgos tuvieron prioridad para subir.


    Antes de que zarparan otros navíos, la operación del obispo desató una polémica en La Habana debido al uso de fondos de la Corona real. De todos modos, en apenas tres meses, unos 200 inmigrantes asentados en la isla murieron por plagas de tifoidea y viruela. Una veintena de supervivientes regresaron a la Florida.


    El resto, asevera Worth, “fue dispersado entre algunos residentes cubanos dispuestos a acogerlos, no solamente en la proximidad de La Habana, sino también en otras regiones de Cuba”, como la Bahía de Jagua, en la actual provincia de Cienfuegos.


    La historiadora de Miami, Arva Moore Parks, una de las pioneras en el estudio de las tribus autóctonas, ha documentado dos migraciones posteriores de Florida a Cuba, una en 1711 —que resultó exitosa—, y otra fallida en 1732. Un documento hallado por Worth indica que más de 200 indios formaron una comunidad en La Habana, y al menos una mujer Calusa bautizada dio a luz a dos hijas, pero se desconoce el nombre del padre.


    “Realmente fue un esfuerzo de rescate entre aliados”, afirma Parks, al mencionar la fundación, en 1743, de una misión y un fuerte triangular en la ribera del Río Miami nombrado Pueblo de Santa María de Loreto —el segundo nombre que tuvo el actual Miami.


    Las migraciones esporádicas continuaron; la población indígena fluctuaba alrededor de la Cabaña, escribe Worth, al destacar que los indígenas también servían como fuerza laboral para la emergente industria pesquera cubana.


    La firma del Tratado de París tras siete años de la guerra angloespañola puso fin, en 1763, al primer período colonial español de la Florida. Con la evacuación de las fuerzas españolas también salieron indios que estaban en Cayo Hueso, quienes se asentaron en Guanabacoa.


    “Sus descendientes pasaron a formar parte del tejido de cubanos mestizos y mulatos, y los que sobrevivieron en Florida, que pasaron a llamarse ‘indios españoles’, fueron absorbidos por los Seminoles [descendientes de los Creek]”, apunta Carr.


    “Hubo mucha mezcla y reproducción”, concluye. “Irónicamente, algunos con ascendencia Tequesta pudieran haber regresado a Miami después de Fidel Castro”.

    http://www.elnuevoherald.com/2013/03...-indigena.html
    Última edición por Michael; 04/04/2013 a las 13:27
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    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    Documento largo y antiguo pero bueno para leer ya que habla y describe la situación que vivían Puerto Rico y Cuba, habla de la unión geopolítica que tenían Cuba y Puerto Rico para aquel tiempo. Muy buen documento a pesar de varias opiniones que se podrían matizar.


    DIARIO DE SESIONES
    DE LAS
    CORTES CONSTITUYENTES.
    PRESIDENCIA DEL SEÑOR DON MANUEL RUIZ ZORRILLA.
    SESION DEL JÜEVES 24 DE MARZO DE 1870.


    SUMARIO: Se abre k las tres.=Se lee y aprueba el Acta de la anterior.«Pasan a la comisión de Actas las de primero, segundo y tercer escrutinio de Mondofiedo.sA las respectivas comisiones se mandan pasar las exposiciones siguientes: primera, de varios comerciantes y propietarios de Santander para que se aplaco la discusión de la Constitución de Puerto-Rico; segunda, de 8 ó 10.000 vecinos de Madrid rogando comience desde luego aquella discusión; tercera y cuarta, de diferentes vecinos de la provincia de Cuenca en el mismo sentido que la anterior; quinta, de los Voluntarios de Belmonte para que se les conceda el armamento necesario para defender la libertad; sexta y sétima, de la Asociación de fomento de la producción nacional de Zaragoza para que se niegue la autorización para celebrar tratados de comercio.= Los Sres. Oodinez de Paz y Calleja piden se una su voto al de la mayoría desechando la enmienda del señor Silvela.=Acuerdan las Cortes que el Secretario que se nombre ocupe el cuarto lugar. =0rden Del Día: Actas de Orense. =Se lee el dictamen, y aprueba, siendo proclamada Diputado el Sr. Mosquera. => Se procede a la elección de Vicepresidente, y resulta elegido el Sr. Moret y Prendergast.=*Elecclon de cuarto Secretario. =Es nombrado el Sr. Rius.—Discusión del dictamen y voto particular sobre la Constitución de Puerto-Rico.=Discurso del Sr. Bscoriaza, en contra del voto particular. =Idem del Sr. Romero Robledo, en pró.=Idem del Sr. Presidente del Consejo de Ministros. =Rectlficaclones de los dos últimos señores. =Se suspende la discusión para proceder a la votación definitiva del proyecto de ley sobre organización y reemplazo del ejército. =Se verifica dicha votación, y es aprobado el proyecto en votación nominal. =Pasan a las comisiones respectivas varias exposiciones. =Se suspende la sesión para continuarla a las nueve, a las siete y cuarto. =Se abre de nuevo & las diez.=Contlnua el debate pendiente sobre el voto particular del Sr. Romero Robledo. =Rectlficaciones de los Sres. Escoriaza y Romero Robledo. = Alusiones personales de los Sres. Pnig y Macias Acosta.=»Dlscurso del Sr. Linares, en contra. =Se suspende la discusión. =Orden del día para el sábado: Peticiones, y demás asuntos pendientes. =Se le' vasta la sesión a las doce.
    Se abrió la sesión á las tres, y leida el Acta de la an¡rior por el Sr. Secretario (Llano y Pérsi), quedó aproada.


    Varios Sres. Diputados piden la palabra.
    frióse cuenta de la siguiente comunicación, y se acor
    dó pasara á la comisión de Actas, y los documentos á que se reñere:
    «ministerio De La Gobernación. =Excmos. Sres.: De órden de S. A. el Regente del Reino, y con arreglo á lo dispuesto en el art. 120 del decreto sobre ejercicio del sufragio universal, tengo el honor de remitir á V. EE. las actas del primero, segundo y tercer escrutinio, recibidas en este Ministerio, y correspondientes á las elecciones parciales para Diputados á Córtes que se han verificado en la circunscripción de Mondoñedo, provincia de
    Lugo, en los dias 4, 5 y 6 del corriente. Dios guarde á V. EE. muchos años. Madrid 23 de Marzo de 1870.= Nicolás María Rivero.=3res. Diputados Secretarios de las Cdrtes Constituyentes.»
    El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Posada Herrara tiene la palabra.
    El Sr. POSADA HERRERA: TeDgo la honra de presentar & las Cdrtes una exposición que las dirigen los propietarios y comerciantes de la ciudad de Santander, en que, según ellos dicen, alarmados por el peligro que corren los más caros intereses de la Pátria, piden que se aplace la discusión del proyecto de ley sobre la Constitución de Puerto-Rico.
    El Sr. SECRETARIO (Llano y Pérsi): Pasará á la comisión respectiva.
    El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Escoriaza tiene la palabra.
    El Sr. ESCORIAZA: He pedido la palabra para presentar una exposición con 8 6 10.000 firmas de vecinos de Madrid reclamando y solicitando del' Congreso que apresure la discusión de la Constitución de Puerto-Rico.
    El Sr. SECRETARIO (Llano y Pérsi): Pasará á la comisión respectiva.
    El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Godinez de Paz tiene la palabra.
    El Sr. GODINEZ DE PAZ: Ruego á la Mesa se sirva hacer constar mi voto de conformidad con la mayoría, desechando la enmienda del Sr. Silvela.
    El Sr. PRESIDENTE: Constará en el Acta y en el Diario de las Sesiones.
    El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Marcos Calleja tiene la palabra.
    El Sr. MARCOS CALLEJA: He pedido la palabra con el mismo objeto que el Sr. Godinez de Paz, de que conste mi voto conforme con la mayoría.
    El Sr. PRESIDENTE: Constará en el Acta y en el Diario de las Sesiones.
    El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Gil Berges tiene la palabra.
    El Sr. GIL RERGES: Sin quo soa visto que participo de las opiniones económicas de los firmantes de la exposición, deseoso de que las ideas se discutan y se hagan lugar, tengo el honor de presentar dos exposiciones de la Asociación de fomento de la producción nacional de Zaragoza, en que pide á las Cdrtes nieguen su aprobación al tratado de comercio firmado por los Ministros belga y español.
    El Sr. SECRETARIO (Llano y Pérsi): Pasarán á la comisión respectiva.
    El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Hernández Arbizu tiene la palabra.


    El Sr. HERNANDEZ ARDIZü: Tengo el honor de presentar dos exposiciones que dirigen á las Cdrtes los representantes de las diversas clases de ciudadanos que habitan en la provincia de Cuenca, en solicitud de que se apresure la discusión de la Constitución de Puerto-Rico.


    El Sr. SECRETARIO (Llano y Pérsi): Pasarán ála comisión respectiva.


    El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Rodríguez Seoanetiene la palabra.


    El Sr. RODRIGUEZ SEOANE: Tengo el honor de presontar dos exposiciones, la una de varios vecinos de la provincia de Cuenca, en representación de las diversas clases de la misma, pidiendo que se apresure la discusión de todas las reformas políticas y econdmicas propuestas por el Sr. Ministro de Ultramar, y la otra de varios vecinos de Belmonte, de la misma provincia, para que se les conceda el armamento indispensable para la defensa del orden y la libertad.


    EISr. SECRETARIO (Llano y Pérsi): Pasarán ála comisión respectiva.


    El Sr. GIL RERGES: Pido la palabra.


    El Sr. PRESIDENTE: ¿Para qué, Sr. Diputado?


    El Sr. GIL BERGES: Es para hacer presente á las Cdrtes que el Sr. Soler no puedo asistir á la sesión por hallarse enfermo.


    El Sr. PRESIDENTE: Podia el Sr. Soler haberlo comunicado de oficio, que es la manera de hacerlo.


    El Sr. SECRETARIO (Llano y Pérsi): Sres. Diputados, teniendo que procederse al nombramiento de un Vicepresidente y de un Secretario, con respecto á la elección de este último hay sentado el precedente que sabe la Cámara, y se pregunta si se correrá la escala de los demás Secretarios, ocupando el que se elija el último lugar, qnfl es lo quo se ha hecho.»


    Así se acordd.


    ORDEN DEL DIA.
    El Sr. PRESIDENTE: Discusión del dictámen de la comisión de Actas relativo á la circunscripción de Orense."
    Leido dicho dictámen [Víase el Diario núm. 246, Msion del 23 del actual) dijo
    El Sr. PRESIDENTE: Abrese discusión sobre este dictámen.»
    No habiendo ningún Sr. Diputado quo pidiese la palabra en contra se puso á voticion y fué aprobado, qnedando admitido Diputado el Sr. D. Tomás María Mosquera y García.


    Igualmente se aprobó que se pase el tanto de culpa i los tribunales, á Ande que se proceda contra los que aparezcan culpables en los hechos relativos al colegio electoral de Avión.


    El Sr. PRESIDENTE: Queda proclamado Diputado el Sr. Morquera.


    El Sr. SECRETARIO (Llano y Pérsi): El Sr. Mosquera ingresa en la tercera sección. •


    El Sr. PRESIDENTE: Se procede á la elección de un segundo Vicepresidente.»


    Verificado dicho acto, resultó haber obtenido votos los
    Sres. Moret y Prendergast 87
    Moacasi 27
    Coronel y Ortiz 2
    Madrazo 1


    El Sr. VICEPRESIDENTE (García Gómez de la Serna): Queda elegido segundo Vicepresidente el Sr. Moret y Prendergast.


    . El Sr. VICEPRESIDENTE (García Gómez de la Serna): Se procede ála elección de un cuarto Secretario.»
    Verificada dicha elección, resultó haber obtenido votos los
    Sres. Rius 105
    Saavedra 58
    Coronel y Ortiz 2


    El Sr. VICEPRESIDENTE (García Gómez de la Serna): Queda elegido cuarto Secretario el Sr. Rius.


    El Sr. VICEPRESIDENTE (García Gómez de la Serna): Discusión del dictamen y voto particular relativo al proyecto de ley de reforma de la Constitución del Estado para aplicarla á la isla de Puerto-Rico.»


    Leido el dictamen de la mayoría y el voto particular del Sr. Romero Robledo [Véase el Apéndice segundo al Diario niínt. 200, sesión del 24 de Enero, y Apéndico segundo al Diario núm. 202, sesión del 26 de ídem), dijo
    ElSr. VICEPRESIDENTE (García Gómez de la Serna): Abrese discusión sobre el voto particular.


    Kl Sr. ESCORIAZA: Pido la palabra en contra.


    El Sr. VICEPRESIDENTE (García Gómez de la Serna): La tiene V. S.


    El Sr. ESCORIAZA: Señores Diputados, acabáis de oir la lectura del voto particular al proyecto de Constitución de Puerto-Rico presentado por el Sr. Romero Robledo; y aunque tengo el convencimiento más íntimo y profundo de que ha de ser desechado por la inmensa mayoría de esta Cámara, que no puede olvidar las consecuencias fatales de una propuesta análoga hecha allá por el año 36, habréis de permitirme que os dirija siquiera sean unas breves observaciones en cumplimiento del sagrado deber que me impone la representación que traigo de aquella desventurada isla de Puerto-Rico.
    Última edición por Michael; 05/04/2013 a las 10:40
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    Re: Cuba y Puerto Rico

    Na habré de ocuparme ni poco ni mucho de los diferentes sistemas coloniales, ya antiguos, ya modernos. Discusión es esta que incumbe á los dignos individuos de la comisión cuando hayan de defender, como de seguro habrán de defender, el dictámen de la mayoría. Pero antes de contestar á las breves y sucintas observaciones que hace en su voto particular el Sr. Romero Robledo, habréis de permitirme que deshaga dos graves errores, que son quizá la causa de la situación por que pasaran aquellas prorincias.
    Es el primero que al sistema liberal, ó á las ideas liberales implantadas en aquellos países, se debe la pérdida de nuestras inmensas posesiones del continente america no; y el segundo, que el sistema de asimilación ha sido seguido por España en aquellas colonias, muy especialmente en estos últimos años. Nada es menos cierto, Sres. Diputados. A poco que recordemos la historia de la independencia americana, vendremos á convenir que no solo las ideas liberales no fueron allí la causa de la pérdida de aquellos países para España, sino que, muy por el contrario, antes y muy antes de que pensara España en tener sistema liberal á principios de este siglo, habían comenzado allí las insurrecciones.


    Ejemplo de ello es la importantísima, á cuya cabeza se puso un descendiente de los incas del Perú, y cuyos resultados habrían sido favorables á sus jefes si estos no hubieran despreciado la cooperación que se les ofreciera por los que se llamaban criollos. Pero ya en 1797 en Bogotá hubo una insurrección por obtener la declaración de los derechos del hombre, á imitación de la república francesa, y en Caracas quiso proclamarse la república en el mismo año.


    En 1808 hizo el general Miranda nuevos esfuerzos para proclamar la república en Caracas, y en 1810 capituló , declarando que la Constitución que se hiciera para la Nación española habia de ser extensiva á aquellas posesiones.


    En 1809 se insurreccionó Quito proclamando su independencia. Y como éstos, pudiera citar otros hechos que hacen ver que muy antes que España tuviera Constitución que pudiera llevarse á aquellos países, ya ellos habían intentado emanciparse. No creo necesario detenerme mucho en examinarlas causas que motivaron aquellas insurrecciones, porque me dirijo á un Congreso español que harto sabe y conoce su historia. Únicamente diré que no soy de los que opinan que las leyes que España diera á aquellas posesiones fueron las causantes de tales insurrecciones; no, y mil veces no.


    España llevó allí todo lo que ella tenia aquí bueno ó malo, y no tenia obligación ni habia derecho para exigirle que llevase más. A fé que si estas leves hubieran sido cumplidas, otra hubiera sido la suorte de aquellos países. Pero hay allí un antiguo proverbio qne arranca de la historia de aquellas colonias, que revela lo que allí se verificaba; es una frase que se pone en boca de los Vireyes, y que dice así: «Dios está muy alto, el Rey está muy lejos y aquí yo soy el amo.»


    Pidieron, pues, aquellos países su libertad y después su independencia, y al ver que España no les concedía la primera, se levantaron por la segunda.


    No menos grave es el segundo error: el de que la asimilación ha sido el sistema del Gobierno de España para sus colonias. Esto no es muy cierto. Desde la conquista del Nuevo Mundo hasta el año 1836, puede decirse con verdad que la asimilación casi absoluta era el régimen que España seguía respecto á sus colonias. Si municipio tenia aquí, el municipio se estableció allí; si importantes eran los derechos del municipio en España, no eran menos importantes los derechos del municipio de Méjico, Lima y otras poblaciones. Y hasta tal punto es cierto el sistema de asimilación, que así como en España habia ciudades con voto en Cortes, también lo tenían las ciudades del Nuevo Mundo.


    Así siguieron, ya en tiempo del absolutlsma teocrático de Felipe II, ja en el período de absolutismo ilustrado de Cárlos III, ya en la época de libertad con las Córtes del año 10 al 14. T preciso es llamar la atención de la Asamblea respecto á un hecho importante que tuvo lugar en aquellas poseciones.


    El absolutismo de Fernando VII, absolutismo que no hay palabras bastante duras para acriminar, tuvo un carácter que te distingue respecto á los únicos restos que entonces quedaban en América, y eranCuba y Puerto-Rico. Yo tengo para mí que no fué todo buena intención; yo creo, sin hacer agravio á los Ministros de aquel Rey, de tan infausta memoria, que á la poca importancia de aquellas posesiones, á la imposibilidad de atenderlas con armasy dinero, dejándolas entregadas ásu propio y exclusivo esfuerzo para defenderse, ya de los ataques de la marina inglesa, ya de las reiteradas asechanzas de los piratas colombianos, se debió", más que á otra cosa, el proceder del gobierno absoluto eon Cuba y Puerto-Rico.


    Pero el hecho es que la cédula de gracia enviada por el Gobierno en 1815 á Puerto-Rico, fué la medida más política, más oportuna y más justa quo Gobierno alguno ha podido dictar. Puerto-Rico se encontraba en el año 1815 en un estado de abatimiento y miseria apenas concebible, luego que cesó de recibir el antiguo situado de Méjico, con el cual se mantenía.


    Allí no había ejércitos, sino una escasísima guarnición que no tenia con que vivir, puesto que hubo caso de salir la primera autoridad de la isla á pedir una limosna para dar de comer á soldados y oficiales. Pero llegó á Puerto-Rico la cédula de gracia en el año 15 , y puede decirse que, considerados los tiempos y las circunstancias, se le dió á Puerto-Rico una Constitución liberal.


    Se dejaba entrar libremente á los extranjeros, y establecerse allí sin condición de ninguna clase más que prestar juramento religioso de ser católico, apostólico, romano. Respecta i la cuestión económica, tenia un presupuesto activo de 400.000 duros, siendo así que sus ingresos apenas llegaban á 200.000, habiendo, por consecuencia, un déficit de un 50 por 100.


    Se estableció el comercio libre entre aquella provincia y la Metrópoli, cosa á que hoy vienen aspirando desde hace mucho tiempo; se declaró el comercio con las posesiones extranjeras, si no libre , poco menos, puesto que los derechos eran insignificantes y recaían sobre objetos que pudiéramos llamar de lujo; y con estas medidas y la admirable administración que hubo por entonces del intendente Sr. Ramírez, la isla de Puerto-Rico, en solo cuatro años, prosperó de tal manera y llegó á tal punto su importancia, no solo por su población, que había duplicado, sino por sus ingresos, que llegaron á cubrir un presupuesto de 500.000 pesos, con un sobrante de algunos miles de duros.


    Con este sistema se llegó al 1836 sin variación de ninguna clase, ya viniese la Constitución del 1820 al 23, que por cierto se estableció sin que produjera el menor conflicto, ya el Bstatuto Real de 1834, que tampoco produjo conmoción alguna en aquel país, ya la Constitución de 1812, restablecida en 1830, verificándose la elección general para Diputados constituyentes.


    Estos fueron los beneficios que obtuvo Puerto-Rico de aquel régimen liberal, y hasta entonces no se conoció eso de peninsulares y criollos: todos eran españoles; tan españoles, qne, como he dicho antes, debían por sí solos defenderse, no solo del extranjero, sino de los republicanos, que les convidaban con la insurrección.


    Pero el año de 1837 se acordó por aquellas Cortes Constituyentes lanzar de este recinto, ó de el en que entonces se reunían los Diputados que habían sido nombrados representantes de Puerto-Rico.


    Como me he propuesto no recordar nada que sea desagradable, nada diré de esta medida; pero sí debo recordar que gracias á la conducta leal y patriótica de su entonces primera autoridad, bien puede decirse que en la isla de Puerto Rico, fuera del efecto moral, en el
    material en nada se dejó sentir la pérdida de sus libertades.
    Última edición por Michael; 05/04/2013 a las 10:39
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    Re: Cuba y Puerto Rico

    Los mismos ayuntamientos constitucionales que venian elegidos continuaron, y así siguieron hasta el año 1846, creo. El mismo régimen paternal, más ó menos ilustrado, hijo de las cualidades de las personas que allí mandaban; pero así y todo, era un régimen tal, que se desarrolla!» el fomento de la isla y progresaba el número de sus habitantes de una manera verdaderamente asombrosa.


    Pero llegó el año de 1848 á 1849, y desde este momento cambia por completo la marcha el Gobierno; desde entonces, en vez de lo que parece quiere decir el Sr. Romero Robledo, y quizá todos los Ministros de Ultramar que han regido ese departamento, no solo la asimilación no existe ni tiene lugar, sino que empieza á no tener luga: li asimilación, y si se hacen leyes para Cuba, para PuertoRico jamás; al contrario, no se hace más que quitar leyea. Puerto-Rico tenia ayuntamientos en 1848; hoy no los tiene: una isla de 600.000 habitantes no tiene más que cuatro ayuntamientos, y estos en nombre.


    Nada tengo qoe decir del aumento que tuvo el presupuesto: muy pocas cifras bastarán para hacerlo comprender á la Cámara.


    En 1834 ascendía el presupuesto del clero catedral á 30.000 pesos; hoy asciende á más de 47.000. El presupuesto de artillería era de 3.208 pesos fuertes; bo; cuesta 134.582. Los ingenieros costaban 3.007 pesos; boy cuestan unos 68.000 pesos fuertes.


    Los capitanes generales tenian 6 ú 8.000 pesos fuertes; después han llegadoá tener 25.000 pesos fuertes, y hoy disfrutan 20.000, con li añadidura del segundo cabo, que antes no habia, y que hoy tiene 8.000 pesos.


    El presupuesto de Hacienda costaba unos 40.000 pesos fuertes para recaudar muy cerca de 2 millones de pesos, y hoy ese presupuesto pasa de 800.000 pesos para recaudar apenas 3 millones de pesos.


    Creo que estas cifras dirán los resultados obtenidos por el sistema asimilador primero, y por el obtenido por el sist<tema desasimilador después.


    Veamos, pues, que no es cierto tampoco que España haya tenido por sistema colonial la asimilación, y menos todavía que este sistema se haya profesado ni planteado en estos últimos años, sino todo lo contrario: el sistema antiguo colonial aspira á la asimilación; el sistema moderno es el de la diferencia, diferencia que ha creado un estado anormal en aquella población.


    Desvanecidos estos dos errores, á que yo doy orce. • importancia, paso á ocuparme de las razones ea que funda el Sr. Romero Robledo la suspensión, digámoslo así, las libertades para aquellas colonias, libertades ofrecidas, por cierto, por la administración de que formaba tan importantísima parte S. S.


    Veamos cuáles son esas razones. «Bl hecho de vivir la sociedad española americana diseminada en dos grupos, no puede constituir por sí solo ona razón séria y atendible para considerar á aquellas dos islas como dos pueblos diferentes.


    Todo, por el contrario, revela la estrecha unidad en que se fundan, á despecho del mar, interpuesto entre sus respectivos territorios.»


    Esto puede ser un rasgo de elocuencia de los muchos que tiene el Sr. Romero Robledo; pero, francamente, no acierto ni la razón del sí, ni la razón del no.


    Pero dice S. S.: «Clima, producciones, población J costumbres, el mismo estado social, político y de cultura, tradición é historia, todo arguye elocuentemente 1» s0'^1" ridad que las une en lo pasado, en lo presente y en lo porvenir.»


    Yo pudiera eontestar con nn no tan rotundo coflW verdadero al Sr. Romero Robledo; pero no debo hacerlo, y le diré, siquiera pagando un tributo de deferencia i 9. S., que no es tan cierto quo el clima de Cuba sea igual al de Puerto-Rico: harto sabe S. S. que hay notable diferencia.
    Producción.—Tampoco es igual la producción: porque si por producción igual entiende el Sr. Romero Robledo que en Cuba se produce el tabaco, la caña y el café, y en la isla de Puerto-Rico se produce el café, la caña y fcl tabaco, algo análogo podríamos decir del Brasil, de Venezuela, del Perú, de Méjico y aun del mismo Málaga, de cuya provineia es digno Diputado el Sr. Romero Robledo, y en la cual también se producen cañas, y por cierto muy ricas, de las que hemos visto en estos días muy buenos ejemplares en este Palacio.


    Población.—Dispénseme el Sr. Romero Robledo que le haga una pregunta. ¿Conoce S. S. la población de Cuba y la de Puerto-Rico para decir que son completamente iguales? ¿No sabe S. S. que en la isla de Cuba hay escasa población en los campos, y que toda ella está aglomerada en las grandes ciudades, al paso que en la isla de Puerto-Rico hay una población inmensa, hasta el punto de poder competir con la más poblada de las provincias españolas? ¿No sabe S. S. que en la isla de Puerto-Rico la población se halla diseminada en todas partes, de un modo análogo á lo que sucede en las Provincias Vascongadas y en Galicia? ¿Hay, pues, términos hábiles de comparación entre una y otra isla respecto á su población?


    Costumbres.—También debe saber el Sr. Romero Robledo que mientras las costumbres en Cuba no son un dechado, ni mucho menos, la isla de Puerto-Rico tiene á gloria y se envanece de ser un verdadero tipo de moralidad de una provincia. Allí puede asegurarse que no ocurren esos grandes crímenes, esos espantosos delitos que en España se ven con rara frecuencia, sino que, por lo general, los delitos que allí se cometen están reducidos á pequeños robos, á raterías, y eso, mejor que nadie, nos lo dice la Audiencia de aquella isla. El Sr. Romero Robledo, que ha sido dignísimo Subsecretario del departamento de Ultramar, debe conocer esto perfectamente.


    El mismo estado social.— ¿Es porque haya acaso en Cuba j en Puerto-Rico esclavos? Pues harto sabe S S. que mientras en la isla de Puerto-Rico está resuelta de hecho la cuestión de esclavitud, en la de Cuba es este uno de los más graves problemas que han de pesar sobre esta Cámara; es uno de los más grandes problemas que tienen que resolver los hombres ilustradísimos que la componen. En la isla de Puerto-Rico repetido está hasta la saciedad por los elementos más conservadores de la misma, que, salva la cuestión de indemnización, al dia siguiente podría verificarse la abolición de la esclavitud sin peligro de ninguna clase: así lo dicen las personas más interesadas en este particular: no podrían decir lo mismo tratándose de la isla de Cuba.


    Estado político y de cultura.—Dejo lo último, porque no debo hablar ahora de ello; pero en cuanto al estado político, yo diría que es igual en una que en otra isla, porque ambas carecen de estado político; allí no se conoce nada de eso que se llama derechos políticos. Mas si algo significan los municipios y un gobierno civil, añadiré que eso lo tiece Cuba, y Puerto-Rico no. Per consiguiente, respecto á su estado político, ni aun tratándose de esa esfera pequeña é insignificante á que pudiera referirse el Sr. Romero Robledo, es inexacto que las dos islas tengan un mismo estado político, porque desgraciadamente no saben allí lo que son derechos políticos.


    Tradición histórica.—Solo en una cosa se parecen: en que ambas han luchado por España, en que ambas se han defendido de los enemigos de España. Hay una diferencia, sin embargo: que la una lo hizo con desgracia,'
    mientras la otra lo hizo con suerte más que sorprendente. Pero si por tradición histórica se entiende el origen de la población, que allí puede ser el elemento que constituye la vida de aquellas dos islas, nada puede ser más distinto que la tradición de Cuba y la tradición de Puerto Rico. Mientras la isla de Cuba fué casi poblada por la emigración francesa de la de Santo Domingo, la isla de Puerto-Rico lo fué casi por la emigración española de Santo Domingo, y por la más española todavía de Venezuela. No tiene, pues, una tradición histórica igual. Mientras los elementos constitutivos de la población de Puerto-Rico tienen la misma procedencia que S. S., no puede decirse lo mismo de la isla de Cuba, donde los andaluces escasean mucho.
    Última edición por Michael; 05/04/2013 a las 10:39
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    Re: Cuba y Puerto Rico

    Pero yo calculo que el Sr. Romero Robledo, que ha ocupado un puesto oficial de tanta importancia, debe dársela, y no escasa, á lo que en mi sentir la tiene, y mucha, que es á la conducta de todos los Gobiernos respecto á ambas islas; y de seguro sabrá que apenas hay una sola ley (cábele esta satisfacción ó esta gloria al Sr. Cánovas, ilustre orador de esta Cámara, único quizá que ha dado leyes comunes para Cuba y. Puerto-Rico) que no sea igual para ambas islas. Esas leyes han sido civiles, han sido las de enjuiciamiento; pero todas las demás leyes, todas sin excepción, lo mismo la de enseñanza que la-de los municipios, hasta la de cementerios, todas absolutamente se han dado distintas para Cuba y Puerto-Rico; y digo que se han dado distintas, porque se han dado para Cuba y no para Puerto-Rico.

    Poro debo dejar respecto de este particular el argumento que á mi ver concluye y remata el cuadro que me he propuesto trazar de las contradicciones en que el señor Romero Robledo se halla con su voto particular. El Sr. Romero Robledo, que formaba una parte importante de la administración desde el principio de la revolución, dictó y publicó un decreto político importante: este decreto es el decreto electoral. Pues va á asombrarse la Cámara cuando sepa que ese decreto le dió distinto para Cuba que para Puerto-Rico; y que mientras la Gaceta de Cuba publicaba que tendrían derecho electoral en aquella isla todos los que pagasen 500 rs. de contribución, con asombro de propios y extraños, para la isla de Puerto-Rico decía que se necesitaba pagar 2.000 rs. de contribución para tener derecho electoral. Es decir, que sin duda ha considerado el Sr. Romero Robledo en su altísima ilustración, que la isla de Cuba era pobre, que tenia pequeños capitales y que por lo mismo debia tener un censo pequeño, como lo es el de 500 rs., mientras que para PuertoRico, que debe ser el emporio de la riqueza y de los grandes capitales, se señalaba el censo de 2.000 rs. para gozar del derecho electoral. Esto lo dice la Gaceta, no lo digo yo; y por eso en la isla de Puerto-Rico había que pagar 2.000 rs. para ser elector, mientras que en la isla de Cuba basta pagar 500 rs. Yo bien sé que después esto se enmendó; pero puede considerarse como una gran falta. Cómo se enmendó, ya nos lo dirá el Sr. Romero Robledo: lo que yo sé es que se trata de un decreto fechado en 14 de Diciembre, y que se daba de una manera para Puerto-Rico y de otra manera para Cuba, siendo así que está firmado por el mismo Ministro, en la misma fecha, con las mismas condiciones, variando tan solo en lo que antes he dicho, es decir, en que se daba de distinta manera para cada una de las dos Antillas, diciéndose, sin embargo, que era el mismo decreto.

    El Sr. Romero Robledo podrá decirnos, porque mi escasa inteligencia no llega á comprenderlo, cómo se ha podido hacer este soberano milagro.

    Con la reseña que acabo de indicar de las diferentes leyes que se han dado para Cuba y para Puerto-Rico, todas distitas, todas diferentes por completo, creo haber contestado satisfactoriamente á lo que nos dice el Sr. Romero Robledo respecto de que una nacionalidad tan fuertemente constituida exige una sola, legislación,, un mismo sistema de gobierno. Pero no concluiré este punto sin hacer algunas observaciones sobre eso de una nacionalidad tan fuertemente constituida. Señores, constituyen una nacionalidad tan fuertemente constituida las islas de Cuba y Puerto-Rico, que hasta hace poco, poquísimo tiempo, el tabaco de Puerto-Rico estaba prohibido en la isla de Cuba, mientras que el tabaco de Cuba entraba libremente en la isla de Puerto-Rico. Y el comercio era tan activo, y las comunicaciones tan frecuentes, que para escribir de Puerto-Rico á la Península tenían que ir las cartas á la Habana y para escribir de Puerto-Rico á Cuba tenían que venir las cartas á la Península para ir después á la Habana. Esta era la nacionalidad tan fuertemente constituida de que nos habla el Sr. Romero Robledo. Y no creáis que ha variado mucho este estado de cosas: todo está reducido á que cada ocho-ó quince dias haga el viaje de Puerto-Rico á Cuba un vapor debido á la industria particular, porque el Gobierno no ha estudiado todavía el medio de establecer comunicaciones fáciles entre estas dos Antillas. Y no quiero ocuparme de los proyectos que hay pendientes de discusión, porque la Cámara sabe los obstáculos que encuentran para hacer que aquellas dos islas con España constituyan lo que se llama la anidad nacional, que me temo que tarde mucho en ser un hecho, sobre todo respecto de la isla de Cuba.
    Pero se hace aquí gran fuerza en el efecto que esto podría causar en la isla de Cuba; y francamente, me asombra que tales argumentos puedan hacerse: primero, porque se nos obligaría con esto á hablar de cosas que no queremos, ni podemos, ni debemos decir en estas circunstancias; y segundo, porque la historia viene á contestar por nosotros. No hace muchos años, apenas hace dos, que vino aquí una comisión, llamada por cierto en virtud de un decreto del Sr. Cánovas, que fué el que, cumpliendo sus graves compromisos, dió los mayores pasos en la senda de las reformas liberales de aquel país. Se reunió aquella comisión, y por cierto que se componía de elementos muy especiales todos: los unos venían, pudiera muy bien decirse, por derecho propio, porque habían sido elegidos por aquellos países, y todos ellos sin excepción fueron partidarios de las reformas liberales; los otros, que constituían la porción más numerosa, casi cuatro veces más que los elegidos por el país, fueron nombrados directamente por la Corona; y estos, dicho se está, eran el elemento más reaccionario de la comisión.

    Pues bien: lo mismo el elemento liberal que el elemento reaccionario de la isla de Cuba, sostuvo desde el primer momento que aquella isla no tenia nada que ver, absolutamente nada que ver, con la de Puerto-Rico para la solución de todas las cuestiones, absolutamente de todas, así de las económicas, como de las sociales, de las políticas y de las administrativas, las cuales podían resolverse de distinta manera, según la isla de que se tratase. Es, pues, muy extraño que cuando los elementos reaccionarios de la isla de Cuba no querían entonces que se resolvieran las cuestiones por un mismo criterio, vengan hoy á exigir de la isla de Puerto-Rico, no que se resuelvan las cuestiones con el criterio suyo, sino que se resuelvan cuando ellos lo permitan, cuando ellos quieran ó puedan venir aquí.
    Por consiguiente, no creo que pueda influir gran cosa'
    en el Congreso esa especie de fuerza mayor que la isla de Cuba quiere ejercer sobre la pobre isla de Puerto-Rico: harta fuerza mayor ha venido ejerciendo, hasta el punto de que en España nunca se hablaba de Puerto-Rico, sino siempre de la Habana, creyéndose que la isla de Puerto-Rico era un departamento, ó cosa parecida, de la Habana Y esto es tan cierto, que he visto yo mismo listas de correos, en que se decia: «Cartas de la Habana: Fulano de Tal, de Puerto Rico: Fulano de Tal, de Filipinas: Falano de Tal, de Nueva-York »
    Por lo tanto, ni la isla de Cuba aspira á ser lo qoe la isla de Puerto-Rico, ni la de Puerto-Rico ¿serlo que la isla de Cuba. Concluyo, pues, manifestando que la isla de Cuba puede reclamar para sí una autonomía mis ó menos franca; pero que la isla de Puerto-Rico tiene otra aspiración, como ya dije en mi programa al ser elegido p ra representarla; y esa aspiración no es otra que la de continuar siendo una provincia de España con iguales ó idénticos derechos que las demás de la Península.

    El Sr. VICEPRESIDENTE (Montesino): El Sr. Somero Robledo tiene la palabra.

    El Sr. ROMERO ROBLEDO: Empiezo por presentar á la mesa 3.000 firmas de españoles cubanos asociándose á la exposición que en un día anterior presentó á las Córtes mi particular amigo el Sr. Cánovas del Castillo, que tenia igual encargo; pero por la circunstancia de usar yo de la palabra, soy el que tiene la honra de ponerla sobre la mesa. Antes los recurrentes eran 11.000; ahora son 14.000.

    Señores Diputados, jamás ha pesado sobre mi ánimo como en el dia de hoy el sentimiento de desconflania eu mi escasa inteligencia y en mi humilde palabra; jamás me he levantado en este sitio bajo más dolorosa impresión; jamás reclamé con tanta necesidad vuestra atención j vuestra benevolencia. Y es que en ninguna otra ocasión tampoco he considerado más graves intereses en litigio, más imperioso el deber del acierto, más irreparable el error si en él caemos, más indispensable el acto, no quiero decir que imposible, pero sí dificilísimo para toda Asamblea política, que yo vengo á pediros.

    Yo os pido, Sres/ Diputados, que nos desnudemos de todas nuestras pasiones políticas, de toda preocupación de escuela y espíritu de partido; yo bien quisiera poder ofreceros el ejemplo, rasgando á vuestra presencia mi historia, mis antecedentes y mis compromisos, presentándome hoy ante vosotros, no como hombre de partido, ni de fracción determinada, sino como simple español que, inspirándose en noble y desinteresado patriotismo, solo ambiciona laceros oir sus más puros acentos.

    (Quiera el cielo que solicitada nuestra atención por tan múltiples intereses, todos sagrados y respetables,como son los que nos ocupan, sepamos distinguir en este instante aquel que con urgencia exige nuestra esmerada solicitud, y que acertemos con el oportuno remedio!

    Porque es necesario pensar bien que lo que vamos a resolver acaso no admita enmienda; es necesario tener presente que nuestro voto pudiera comprometer la integridad de la Pátria, y que lo que aquí hagamos tal vez pufl' da contribuir á que veamos abatido y cubierto de vergüenza el pabellón de Castilla en aquellos mismos parajes donde ondeó con pura y brillante gloria, con asombro, »<!• miración y envidia del mundo conocido hace tres siglos Y en vano, para justificar nuestro voto ante el mundo y ante las generaciones que nos sucedan, habremos de ampararnos en la sinceridad y pureza de nuestas intenciones; porque el error, aun de buena fé cometido, nos lo echará en rostro eternamente y como un crimen la bistoria. Traigoáesta cuestión, lo confieso, toda la pasión que cabe en mi alma; vengo dispuesto á combatir y batallar hasta donde mis fuerzas alcancen, hasta donde me lo permita el Reglamento, hasta el límite de mis medios, pocos ó muchos, buenos ó malos, para impedir que este proyecto sea ley, y que se lleve á las Antillas la perturbación que indudablemente les llevaría, y que presagia la alarma que ha sembrado el anuncio de que las Córtes Constituyentes iban á ocuparse de este asunto. Pero si tal es mi sincero convencimiento, quiero hacer constar que no me mueve espíritu de oposición al Gobierno. Si ha habido recientemente un acto de la unión liberal que algunos han calificado de oposición; si tal vez, merced á este acto, va la Asamblea á ocuparse de esta cuestión, bueno es que se tenga presente que mi voto particular estaba anteriormente formulado, y que por consiguiente, de ninguna manera puede ser la expresión de hostilidad hacia el Gobierno de S. A.
    Tampoco tengo espíritu alguno de oposición al Ministro de Ultramar.

    He callado en muchas ocasiones que pudiera y debiera haberle censurado, por alejar hasta el asomo de duda de venir á usar de la palabra en este sitio movido por impulsos poco levantados.

    Ahora bien: en el dia de ayer me he encontrado sorprendido cuando he visto puesta á discusión la Constitución de Paerto-Rico. Me he preguntado: cuando hace ya quizás un mes que la mayoría se reunid precipitadamente en otro recinto para deliberar acerca del medio pronto y expedito de discutir las leyes orgánicas, ¿qué sucede en Puerto-Rico, qué hay, qué pasa, para que así, de repente, se anteponga esta discusión á la de aquellas urgentísimas leyes? Hace poco no se hablaba aquí más que de la necesidad de discutir y votar rápidamente las leyes orgánicas; esto era lo preferente, lo apremiante; era el principal objeto que tenia esta segunda legislatura de las Córtes Constituyentes ¿Qué sucede, pues, repito, en PuertoRico que así es necesario precipitar la discusión de su Constitución? Pero no es solo que se haya antepuesto á las leyes orgánicas. Hay sobre la mesa otro motivo de discusión urgente. Porque hace dos meses ya,que un Ministro del Gobierno de S. A., el Ministro de Ultramar, publicaba en la Gaceta un decreto destituyendo á un individuo del Tribunal dj Cuentas. Este Tribunal no dio cumplimiento al tal decreto, y acudió á las Córtes denunciando la usurpación de sus facultades, cometida por el Ministro que le dictó. Nombrada una comisión, no ya los individuos que formando parte de ella, procedían de la unión liberal, sino otro miembro de la misma, perteneciente al partido progresista, persona respetable para todos nosotros, mi amigo el Sr. Ruiz Gómez, ha formulado separadamente de aquellos un voto particular, que lo es también de censura para el Ministro de Ultramar. No os extrañará que á mí mismo me pregunte, ¿cómo el referido Ministro, á pesar de tener sobre sí este voto de censura, que debe molestarle en gran manera, ha venido aquí en estos dias á leer proyecto de ley sobre proyecto, hacinando sobre esa mesa los que por su número y por su importancia será imposible discutir, y cómo hoy aborda la discusión de la Constitución de Puerto- ttico?
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    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    ¿Para qué, señores? Si 'mañana, por moción de algún Diputado, ó por expontáneo impulso, que así debió ya suceder, del mismo Ministro de Ultramar, que no quisiera permanecer más tiempo en el banco azul bajo el peso de un voto de censura, se viniese á la discusión de la cuestión del Tribunal de Cuentas, y la Cámara, con su voto independiente, resolviese que el Ministro no había tenido autoridad para dictar el decreto que ha visto la luz en la
    Gaceta, y por consecuencia de ese voto el Ministro se viese obligado á abandonar su banco, ¿qué se haría de la discusión que ahora vamos á inaugurar? Necesariamente tendríamos que suspenderla. ( Varios Sres. Diputados: No.)

    No sé quién dice que no; pero los que lo hayan dicho, deben entender que el hombre que entre en ese sitio á formar parte del Gobierno, para hacerlo dignamente, ha de pretender, con justicia, tener la más completa libertad de acción, tal como el buen desempeño de todo cargo exige.
    He protestado antes, y protestaré mil veces, que en esta cuestión y en este dia, no me mueve espíritu de oposición ni contra el Gobierno en general, ni contra el Ministro de Ultramar.

    Y en prueba de ello, voy á aprovechar el estar en el uso de la palabra para dirigir incidentalmente una súplica al mencionado Ministro.

    Ha hablado la prensa de oposición, y no lo ha contradicho la ministerial, de un expediente en que, habiendo recaído un acuerdo del Tribunal de Cuentas para hacer el embargo de bienes á un D. Jorge Corder, que ha sido administrador de rentas del Pinar del Rio, por un descubierto en que resulta hallarse, el Ministro de Ultramar, saliéndose de sus atribuciones, ha mandado al administrador de Hacienda de Murcia que, faltando á su debor, ha obedecido, no dé cumplimiento á la órden del Tribunal de Cuentas.
    Yo ruego al Sr. Ministro que se sirva traer este expediente á las Córtes, y que no vea en esta petición género alguno de oposición. (Risas.)

    Señores Diputados, ¿me creéis tan inocente que crea yo que vosotros creéis que soy amigo del Sr. Ministro de Ultramar? Pero esto que ahora hago, lo he podido hacer hace tres meses, y sin embargo, no lo he hecho; y si ahora lo hago, es porque estoy en el uso de la pSlabra, y para demostrar que no me impulsará saña ninguna cuando tanto tiempo he guardado silencio, conociendo el hecho que la prensa ha denunciado.
    Voy á ver si consigo explicarme el por qué de la precipitación con que se trae al debate la discusión de la Constitución de Puerto-Rico. Grande ha sido mi insomnio en la noche pasada pensando en las razones que podían haber influido en esta precipitación, cuando esta tarde, ¡ oh feliz casualidad! al entrar aquí, he descubierto el enigma.
    Sabed que seis vecinos del emporio de nuestro comercio, de la populosa y comercial ciudad de Belmonte, en la provincia de Cuenca, han acudido á las Córtes pidiendo que se discuta precipitadamente la Constitución de Puerto-Rico. Naturalmente, las relaciones comerciales de la provincia de Cuenca, y sobre todo de Belmonte, con nuestras Antillas, y el hecho de tener la representación de esa provincia en estas Córtes el Subsecretario de Ultramar, encierran la explicación de la prisa con que hemos entrado en este debate. (Risas.)

    Pero dejando esto á un lado, podéis creer, Sres. Diputados, que desearía que el Sr. Ministro de Ultramar estuviera en el camino del acierto y de la verdad, y yo en el del error, porque si adquiriera esta convicción, descargaría mi alma de un gran peso.
    ¿Qué más? Lo declararé aquí con entera franqueza, sin ninguna vacilación: si yo me viese en el caso de optar en la alternativa de que la revolución perdiera las Antillas ó de que la revolución Be perdiese, no vacilaría un instante, optaría por lo último y arrostraría todo género de riesgos; la expatriación, cuanto fuera necesario, como castigo de haberme adherido á ella, y lo arrostraría con gusto. Leyes del clero, leyes orgánicas, forma de gobierno, persona del Monarca, todo os lo doy á gusto de mis mayores adversarios por la seguridad de que PuertoRico y Cuba sean españolas mientras España sea España.
    He defendido en el seno de la comisión, y vengo á sostener ante vosotros, SreB. Diputados, que el proyecto presentado por el Ministro de Ultramar no puede ser aprobado por las Córtes, porque se opone á la letra de la Constitución del Estado, porque se opone á su espíritu, porque además es inoportuno y peligroso. Señores, para demostrar que el proyecto que se discute está en contradicción abierta y manifiesta con la letra del art. 108, cuya invocación se hace, basta saber gramática y leer con sentido recto.

    To voy á leer á las Córtes Constituyentes ese artículo; pero antes, y como premisa para la recta interpretación, si interpretación cabe en aquello que está perfectamente claro, tengo que hacer un recuerdo á la Asamblea.

    Todos sabéis la larga y brillante discusión á que dió lugar en este recinto la Constitución del Estado; todos sabéis que después de votado el art. 33, que contenía la cuestión capital, que trataba de la forma de gobierno que debia aplicarse á la Península, depuestos el vigor y las armas por la minoría republicana, y afanosos todos de acercarnos á la constitución del país, la Asamblea cayó en una postración natural y el resto de la Constitución pasó con rapidísimo debate. Y llamo la atención de la Cámara sobre este accidente, para que se comprenda la urgencia en que estamos de salir de este estado de interinidad; para que se vea la necesidad que tenemos de que la Constitución se cumpla, de que haya dos Cuerpos Colegisladores, conforme lo hemos votado, para salvar al país de los daños que pueden caer sobre él, ja en momentos de indiferencia, ya en momentos de exaltación, de sorpresa ó de cansancio.
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    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    Pues bien, en aquellos momentos se presentó una enmienda sencilla, inocente, que parecía que no debia suscitar reclamación ninguna, que no la suscitó en aquel instante; se presentó una enmienda pidiendo que se cambiara por una 6 una y del art. 107, que luego fué 108, de la Constitución del Estado. De exigir la concurrencia á un tiempo de los representantes de ambas Antillas, para reformar el sistema de gobierno que á las dos regía, á darnos por satisfechos con la presencia de los de una sola Antilla; ya ven los Sres. Diputados si hay diferencia. Pues esta diferencia se otorgó admitiendo esta enmienda, ya por condescendencia hacia los firmantes de ella, ja por creer que una variación tan nimia no podía traer tan graves consecuencias. En aquel momento las Córtes Constituyentes abrieron la puerta á los temores que hoy embargan mi espíritu y el de muchos españoles; en aquel momento se despojaron de la sola garantía de acierto para deliberar sobre los intereses de una de esas provincias, la más importante, la más poblada, la más rica, la más digna de atención, porque hoy en sus campos se está ventilando la suerte de las dos Antillas; sí, la suerte de las dos, porque Cuba arrastrará en sus destinos á PuertoRico.


    ¿Qué dice el art. 108 de la Constitución? «Art. 108. Las Córtes Constituyentes reformarán el sistema actual de gobierno de las provincias de Ultramar cuando hayan tomado asiento los Diputados de Cuba ó Puerto-Rico, para hacer extensivos á las mismas, con las modificaciones que se creyeren necesarias, los derechos consignados en la Constitución.»


    Conforme á esta lectura, pregunto: ¿qué se trata de reformar? El sistema de gobierno que rige en la actualidad á Cuba y Puerto-Rico. ¿Para qué? Para aplicarlo á las mismas. La disyuntiva no se establece ni para el objeto
    del debate, ni para las provincias á que se ha de aplicar nuestro acuerdo; la disyuntiva solamente se establece respecto de las personas que han de concurrir á las deliberaciones; y yo espero de la sinceridad y buena fé del señor Ministro de Ultramar y del patriotismo de todos vosotros, Sres. Diputados, que siendo esto perfectamente lógico, nadie, ni el Ministro de Ultramar, ni la Asamblea, -: atreverá á admitir sus consecuencias; porque hoy, el legislar para Cuba en cuestiones políticas, es lo mismo que si las Córtes españolas abrazaran la maldita bandera de los insurrectos de Yara; porque, señores, para respetar la Constitución del Estado es menester, lo diré aunque me duela la frase, declararnos traidores é insurrectos.


    No podemos legislar para Puerto-Rico y solo pan Puerto-Rico, porque nos lo veda nuestra Constitución;; no podemos legislar para Cuba, porque nos lo veda el principio fundamental de nuestras instituciones j el interés más alto que puede tener el ciudadano, el interés de la Pátria. Es, pues, absolutamente necesario atenernos á la primitiva redacción del artículo, según el cual se exigía la presencia de los Diputados de Cuba j Puerto-Rico. Así salió el proyecto de Constitución después de sérias j maduras deliberaciones de la comisión nombrada por las Córtes Constituyentes, comisión á la que pertenecían los hombres más importantes de todos los partidos.


    Partiendo los autores de ese proyecto como de verdad sabida y que á nadie se le podía ocurrir poner en tela de juicio, de que uno debia ser el sistema de gobierno para Puerto-Rico y para Cuba, porque uno era entonces, porque uno había sido siempre, y porque uno quisieron qse fuera todas nuestras Constituciones, encerraron este precepto en un mismo artículo, y no lo pusieron por separado para cada una de ellas, como hicieron para las provincias del archipiélago filipino.


    Por eso es necesario hoy legislar para las dos: j como esto no puede ser, no legislar para ninguna; porque de otra manera, vamos á hacer délos cubanos una especie di pírias ó de ilotas enmedio de un pueblo que goza de todos los derechos políticos, enmedio de un pueblo privilegiado en su gran masa; porque no vale protestar j decir que esta Constitución solo se ha de aplicar á Puerto-Rico. Pues qué, ¿no conocemos á nuestros enemigos de Cuba? ¿No sabemos que con máscara de españolismo entre nosotros han bullido y han andado, y que tal vez hoj espían el momento de vernos incurrir en este error, tras del que se han de amparar más tarde, para venir á exigirnos ti cumplimiento extricto del artículo constitucional, para venir á decirnos que no tenemos derecho para privar a Cuba de las libertades que hemos dado á Puerto-Rico, J que la Constitución española se ha hecho para todos los españoles? ¿Y no podéis temer que entonces, á favor de los vaivenes políticos, á merced de nuestras pasiones, limándose ellos españoles, apellidando reaccionarios a los que se opongan á sus designios, y atacando por toda suerte de medios á los que crean más poderosos enemigos, nos arranquen la pérdida de Cuba?


    Esta es la falsa posición en que esta discusión nos coloca; así, de soslayo, se quiere dejar establecido, no un precedente, sino una regla que luego no será posible alterar.


    Y si tan graves consecuencias pueden deducirse pf* nuestra política en América, para nuestro porvenir en aquellas regiones, de no acatar extrictamente el precepto constitucional, yo dejo á la consideración de los Sres. Diputados qué consecuencias no se siguen para nuestra pu Htica interior, para el respeto de que debe gozar entrs nosotros la Constitución del EBtado, esa Constitución, quí es el arca santa donde se encierran los principios del partido radical: si nosotros, que la hemos votado, no le damos acatamiento, ¿con qué derecho exigiremos á los demás que la respeten y la acaten? Que se intenta infringir la Constitución, me parece dejarlo demostrado por un razonamiento suficientemente claro; pero si no lo fuera, si fuera siquiera dudoso, el abstenerse es lo que aconseja el más prudente, el más santo, el más elevado de todos los intereses políticos, antes de dar al pueblo el espectáculo de los poderes públicos considerando como cosa baladí y liviana el respeto á la Constitución del Estado. Gobierno, mayoría, Córtes Constituyentes, no importa quién sea quien tal haga, desde el instante en que se sale del precepto legal, comete una usurpación, abdica sus poderes, no puede exigir á los ciudadanos el respeto que es debido á las leyes, sino la sumisión que se impone á los vencidos. Es necesario no tener la noción de lo que es un sistema liberal y democrático; es necesario no tener siquiera el instinto, el sentimiento de lo que son estos sistemas de gobierno, para pasar por ojo la ley así en un momento de pasión, solo por el gusto de pasarla.


    Y no es solo con la letra de la Constitución con lo que este proyecto está en pugna; lo está también con su espíritu: el derecho de intervenir los ciudadanos en la formación de las leyes, el gobierno del pueblo por el pueblo, la soberanía nacional, todos estos principios, en que descansan nuestras instituciones y en virtud de las cuales se encuentra aquí á estas horas legítimamente representada la Nación española deliberando y legislando, quedan reducidos para los cubanos á fórmulas hipócritas, falaces y vacías desde el instante en que vamos á resolver sobre.sus intereses sin que aquí se sienten sus representantes.


    ¿Por qué vamos á imponer este castigo á los habitantes de Cuba? ¿Es porque no están aquí representados? ¿De quién es la culpa? Si no están aquí representados, es porque están vertiendo su sangre en defensa de la Pátria; y en vez de empeñarnos en esta peligrosa discusión, ¿no debíamos prestar oído, guardar consideración y respeto al clamor unánime de aquellos habitantes, que nos piden con unánime acuerdo y sentidos acentos que esperemos á sus Diputados? ¿Y cómo desatenderlos, cuando si aquellos españoles, antes de recibir vuestros socorros, no hubieran demostrado todas las cualidades y virtudes legendarias del carácter español, Cuba á estas horas estaría perdida, y habrian recaido sobre la revolución y sobre la Pátria la infamia, la humillación y la vergüenza?
    Desde esta tribuna, desde donde siempre han salido acentos de aplauso para el valor y la lealtad, yo también quiero enviar mi entusiasta felicitación á los valientes generales que guian nuestras armas, á tantos oscuros héroes, soldados y voluntarios, como en Cuba escudan con sus pechos el santo nombre de la Pátria. Yo quiero también, á más de saludarles, dirigir un ruegoal Gobierno de S- A.: la opinión pública encuentra que el Gobierno no recompensa con largueza, antes por el contrario, como que escatima las recompensas al valiente ejército, á los bravísimos defensores que tiene la causa nacional en aquellas apartadas regiones. No quisiera que el Gobierno se hiciera merecedor de este cargo.


    Pero, señores, si aun quedara alguna duda de que ese Funesto proyecto es contra el espíritu de la Constitución, recomiendo á todos los Sres. Diputados que lo lean, y con su simple lectura adquirirán el convencimiento de que no responde á ninguna necesidad, á ningún interés verdadero, ni del país en general, ni de aquella provincia en particular.
    Yo sentiría muchísimo que se diera i esta discusión,
    yo repito, y no me cansaré de hacer salvedades, que no deseo dar á esta discusión ningún carácter político; pero aun no deseándolo, tengo necesidad de ocuparme de esto.
    Me parece que el Sr. Ministro de Ultramar se ha dejado llevar en esta ocasión por un mal entendido espíritu de escuela, por una mala entendida necesidad de consecuencia: podré equivocarme; pero al examinar este proyecto, desnudo de todo género de antecedentes, me ha parecido que el procedimiento por el cual se ha llegado á su elaboración, es el siguiente: el Sr. Ministro de Ultramar, procedente de una fracción radical, vino á suceder en ese departamento á mi amigo el Sr. López Ayala, procedente de una fracción conservadora: la prensa había combatido al Sr. López Ayala¿ y era necesario hacer algo que fuera radical; y sin más que esta razón, y encerrándose con algunos funcionarios de su departamento, cogieron la Constitución del Estado: allí donde había una multa, se dobló la cantidad, buscando la proporción del dinero; se restringió poco en algunos puntos, se amplió en otros, y así quedó elaborado ese funesto proyecto. En vez de eso, era necesario estudiar el país, sus exigencias y sus necesidades, los peligros, la oportunidad, las ventajas, los inconvenientes de aplicar esa ley; y si no podían llevarse allí ciertos principios absolutos, no llevarlos, porque para el hombre de Estado hay mucha más honra y gloria en resistir á la opinión extraviada, que en dejarse arrastrar por una falsa popularidad ó engañosa lisonja, á trueque de hacer alarde de consecuencia.


    No, Sres. Diputados; comparad ese proyecto con la Constitución del Estado: por mi parte puedo decir que conceptúo más noble, más franco y más digno sustituir el art. 108 con otro que diga que la Constitución es igualmente aplicable á las Antillas que á la Península, porque ese proyecto no encierra ninguna modificación esencial de esas que presentían los autores de la Constitución del Estado, y que están en el ánimo de todos al ocuparse de sociedades cuya organización es totalmente distinta de la nuestra.


    ¿Se necesita haber estado en aquellas provincias para saber que no son lo mismo que la Península? Pues si de lo que se trata es de aplicar allí lo mismo que aquí está establecido, ¿qué demostración más sencilla y evidente de que no se ha estudiado aquel país? Derechos individuales, libertad ilimitada de imprenta, derechos de reunión, de asociación, de enseñanza, en un país donde, quejándose algunas veces los padres de que á sus hijos no se les enseñaba la geografía, el catedrático pintaba en la pizarra un burro, y decia: ¡esa es Españal Sufragio universal... tantas y tan grandes conquistas que yo deseo que en mi Pátria queden cimentadas, ¿son, por ventura, estos derechos de tal naturaleza que podamos llevarlos allí donde nos plazca, sin riesgo, sin compromiso y sin mirar las consecuencias? Pues qué, señores, el ejercicio de estos derechos en año y medio de revolución que llevamos, ¿no nos ha obligado á velar en más de una ocasión la estátua de la ley? Y" sin embargo, aquí todo eso venia precedido de una gran propaganda en la prensa, en la cátedra, en la tribuna, y habían llegado á adquirir suficiente prestigio en la opinión del país para escribirlo como lema de una revolución; pero es contrario á todos los principios de gobierno y contra todas las leyes divinas y humanas, físicas y morales, ese tránsito repentino y brusco de un extremo á otro, de lo conocido á lo desconocido, sin tener en cuenta nada y sin admitir preparación de ninguna especie.


    Y si esto no fuera bastante, todavía existen allí dos grandes cosas que es imposible desconocer. Aquí nos dividimos en distintos bandos políticos; si mañana se orígina una contienda, podrá haber vencedores y vencidos: los vencidos consideraremos como una calamidad el triunfo de nuestros adversarios; pero en definitiva , todos invocaremos el nombre de la Pátria , todos somos españoles, todos nos sentimos impulsados por el amor nacional. Quién enaltecerá más su país, cada uno con sus medios, con sus sistemas, con sus hombres y sus instituciones, es la emulación que existe entre los diversos partidos.
    Pero allí ¿hay acaso, señores, esta unidad de sentimiento nacional? No; y á confesión de parte , relevación de prueba: eso nos lo dice el Sr. Ministro de Ultramar: en su proyecto de ley limita la libertad de imprenta para que no se pueda hablar ni de la esclavitud, ni contra la integridad nacional, y por cierto que esta limitaeion obligará á las Cortes Constituyentes á hacer una ley de imprenta , porque, de lo contrario, sin procedimiento y sin sanción, eso equivaldría á no haber hecho nada, y S. S. ha querido hacer algo con eso, y en e9te caso, sin ley, seguirá pesando la arbitrariedad sobre la prensa en aquellos países.


    Esta gravísima consideración, ¿no hace recomendables la calma, el tacto, la mesura y la prudencia con que es necesario proceder para no dejar al espíritu separatista chocar abiertamente con el espíritu nacional? ¿No es necesaria una política templada , que acerque distancias, allane obstáculos, borre, si es posible, antiguos odios y enconados rencores? Pero con ser tan grave, no es esta la única causa que impide llevar á aquellos países los derechos individuales y el sufragio universal, sin exponer el orden público, y lo que es más, la conservación de aquellas provincias.
    Allí existe la esclavitud; indudablemente es necesario aboliría, es un deber de honra de la revolución de Setiembre; todos estamos de acuerdo en esto; no hay absolutamente ninguno por cuya imaginación pase la temeraria idea de querer sostenerla. Pero es que no basta abolir la esclavitud; es que donde quiera que la esclavitud ha existido, la abolición tiene consecuencias que pueden ser peligrosas, sobre las cuales es menester llamar la atención déla Asamblea. No basta que las leyes sean injustas ó inicuas; cuando han consagrado privilegios, y estos han durado largos siglos, se crean preocupaciones que los sostienen y defienden. No puede compararse la esclavitud moderna con la antigua.
    Antiguamente los esclavos eran de una misma raza, de una misma especie; eran semejantes en la naturaleza, desiguales por la ley; al borrarse la ley, ya no habia diferencia, todos eran iguales.


    ¿Quién habia de distinguir al libre del liberto? Pero aquí por desgracia la esclavitud ha pesado sobre una raza que no puede confundirse jamás con la de sus dueños. El negro lleva en su cara impreso para siempre el sello de la esclavitud en que ha vivido, la trasmite á sus hijos; y siempre frente á sus antiguos amos, sentirá despertarse en su corazón el ddio contra los blancos; éstos, á su voz, sentirán el menosprecio hácia aquellos, y huirá de confundirse y de alternar con sus antiguos esclavos. Únase á esto que traído el negro del África, se mira y es mirado como extranjero del huelo; viniendo á acrecer las dificultades de aquellos rencores el ódio inextinguible de razas que nunca pueden confundirse. Con estos antecedentes, ¿en qué cabeza cabe pensar el abrir las compuertas de los derechos individuales de todas las más absolutas libertades?


    No hay más que acudir en busca de ejemplo y de enseñanza á los Estados-Unidos, á ese pueblo modelo. Pues bien: en aquella misma república, en los Estados-UnidoB, en que no habia esclavitud, en que á loe negros se
    les reconocían los mismos derechos que á los blancos, ¿de qué le servia esa consideración de la ley mientras que 1» opinión contribuía á separarles, haciéndoles imposible, no solo el disfrute de sus derechos, sino sus Usjs más legítimos? En los Estados-Unidos, donde habia tanta libertad y no existía la esclavitud, no se podían confundí: las dos razas ni para el placer, ni para el dolor, ni ante el mismo altar, ni aun después de la muerte; los huesos del negro se arrojaban á un lugar separado.


    Estees el ejemplo que nos ofrece la historia: que viviendo en iguales condiciones, todavía no han podido existir como hermanas enrazas en ningún punto de la tierra. ¿Y es esto poco grave? ¿Es esto poco sério? No me quiero detener más en ello.


    Tales son, sumariamente indicadas, las razones que entraban en la mente de los autores de la Constitución al votar el art. 108, al dejar para más tarde, para mayor deliberación y más despacio, los derechos que podíamos conceder á los habitantes de aquellos países.


    Por eso contra la letra y el espíritu, por donde quiera que se mire ese proyecto, está en contradicción abierta y palmaria con la ley fundamental del Estado.


    Ahora voy á demostrar que puede comprometer 1» integridad nacional. Se nos habla mucho de nuestras promesas, de lo que estamos obligados; y es necesario examinar y ver con quién estamos obligados, quiénes nos reclaman hoy el cumplimiento de esas promesas, y hasta dónde llegan las mismas. Yo sé, como todos vosotros, que anteriormente á la revolución de Setiembre habia sido un grito común de todos los partidos políticos el pedir refor mas para Ultramar: es más; que en este camino y en este rumbo que ha tomado la opinión pública, no escasa, ni la menor parte ha correspondido á los hombres de mi parcialidad contra la tradición del partido progresista. Y, señores, yo no lo sé, empiezo á sospechar que este partido ha dejado de existir: yo no sé si el partido progresista, que contaba en su seno hombres tan ilustres como Heros, Arguelles y Sancho, conserva hoy amantes de Bus glorias y de su nombre; yo no sé si hay alguien que tenga la honra de seguir sus tradiciones, y vuelva sus ojos con orgullo hácia aquellos ilustres hombres. Alguien me dice que eran santones; me parece que una voz me ha dicho eso. Desde luego quien lo ha dicho, quien así parece desdeñarlos, no se ha ufanado mucho tiempo con el título de progresista, quizá ninguno. Pero yo sé que Arguelles. Heros y Sancho fueron los autores d-j ese acto de que se quejaba esta tarde el Sr. Escoriaza. Yo sé que uno de aquellos ilustres hombres, D. Agustín Arguelles, reciente todavía la impresión de la perfidia, de la doble conducta de los Diputados de América en el año de 1812, decia que no quería echar sobre sí la responsabilidad del críoaen de perder aquellos dominios para España.


    Y sé también que no el partido progresista ya, sino que todos nosotros, generación nueva, que solo habíamos visto en los libros y habíamos sentido la pérdida de aquellas Antillas, pero que teníamos ante la vista la floreciente prosperidad de Cuba y Puerto-Rico; nosotros, repito, olvidando las perfidias que tan presentes tuvieron aquellos hombres ilustres, olvidando quizá aquella ingratitud, les hemos abierto nuestros brazos, hemos pedido las reformas que 1 s hemos prometido y las hemos empezado :í cumplir. ¡Ay, qué triste es el desengaño, Sres. Diputados' Cuando parecía que simpatizaban con nuestra causa y qoú proseguían todos los movimientos de la opinioD; cuando trabajábamos para derrocar el régimen que ya pasó', entonces nos alentaban, se llamaban españoles; pero cuando la escuadra iza en Cádiz la bandera de la libertad; cuan| do el estampido del cañón de Alcolea anuncia el triunfo de nuestra enseña, entonces, en vez de regocijarse con nosotros y darnos un abrazo fraternal, ¿sabéis lo que hacen? ¡Traidores! Estaban afilando sus armas para levantar la bandera de la insurrección el 10 de Octubre en Yara.


    Señores Diputados, recogiendo todas las tradiciones de todos los que nos han arrancado el dominio de las Américas, queriendo parodiar á Méjico, acuden al palacio del capitán general de Cuba, al palacio del general Lersundi. Cualquiera que sea su opinión, cualquiera que sea el juicio que merezca su sistema de administración en Cuba, es necesario rendirle una justicia; ha devuelto á su Pátria el depósito que á su honor como soldado y como español anteriormente le confiara.


    Acuden al general Lersundi, y le proponen crear una junta, para sorprenderle, y viendo que el tino y el acierto de aquella digna autoridad no le deja caer en el lazo que le habían tendido, ¿sabéis lo que le proponen esos insurrectos? Que proclame á Isabel II, que se levante contra la revolución. Van a ver si explotan sus opiniones políticas.


    Esto está impreso; ha visto la luz pública; ha corrido el mundo esta noticia; ni uno solo de esos miserables la ha desmentido: yo lo he oido de lábios del mismo general Lersundi.


    Pero la revolución, generosa todavía, quizá creyendo que aquel movimiento de Tara era pequeño, ó tenia poca base, creyendo que quizá seria una mala inteligencia, porque aquí algunos pretendían que dependía de que el Gobierno no había destituido al general Lersundi (y estos eran los trabajos de acá que correspondían con los trabajos de allá), envía al general Dulce, al malogrado general Dulce, á un caudillo que se había ganado allí tantas simpatías y tanto aprecio, que tenia tantos amigos en el campo de los antiguos reformistas, deudos y parientes, porque se creía que su nombre era el talismán que habia de hacer arrojar las armas á los que peleaban contra la Pátria. T llega allí, y generoso y confiado, otorga una libertad de imprenta ilimitada: más ilimitado era el decreto que di ó allí el general Dulce concediendo la libertad de imprenta, que el que dio aquí el Sr. Sagasta, Ministro de la Gobernación del Gobierno provisional. ¿Sabéis cómo responde, Sres. Diputados, la prensa? La prensa responde con una explosión, vomitando por todas sus bocas maldición contra la Pátria.
    La insurrección, que al decir de muchos el general Dulce la habia de contener, ensancha su círculo y viene la conflagración, y el Gobierno tiembla por perder aquella rica Antilla.


    Yo no puedo leerlos todos, pero tengo aquí gran número de ejemplares de todos los periódicos, que fueron ciento y tantos, que vieron la luz pública en Cuba. ¿Queréis saber, y esto puede responder también á lo que decia el Sr. Escoriaza, qué efecto les hicieron las libertades que se les ofrecieron? ¿Queréis ver cómo respondían á las que se les otorgaban? Yo no puedo leerlos todos; los entregaré á los Sres. Diputados que quieran leerlos; pero no puedo pasar sin leer siquiera un párrafo.


    La Revolución. Este periódico es en la actualidad el Boletín oficial de los insurrectos en Nueva York. La Revolución, publicada en la Habana, en Enero... No sé por qué se rie el Sr. Escoriaza.


    Habia dicho el general Dulce en su primera alocución, al saludar á aquellos habitantes: «olvido de lo pasado, esperanza en el porvenir.» Palabras generosas dignas de un caudillo que enviaba la revolución de Setiembre á plantear allí sus reformas y á cumplir sus promesas.


    Contesta este periódico:
    «[Olvido del pasadol Frase conciliadora, pensamiento de paz, consnjo inadmisible: la historia de nuestra Pátria debe, por el contrario, estar perennemente en la memoria de los hijos de Cuba; está escrita con lágrimas y sangre, y los incautos y los traidores querrán arrancar sus páginas; pero los buenos habrán de guardarlas constantemente reflejadas en el alma.


    »No es una mengua haber sufrido, no es una vergüenza haber gemido bajo el yuyo, si más de una vez se ha rugido, si más de una vez se ha despezado alguna de las cuerdas que lo ataban al cuello.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    »[Olvidar el pasado! El general Dulce, en su constante deseo de hacerse querer de los cubanos, debía pronunciar esas palabras, y las ha pronunciado; pero que él mismo, que ese cubano más, vuelva la vista á su corazón, después de colocarse entre nosotros, y verá brotar con letras de fuego el jamás que todos hemos repetido.

    »La revolución de Setiembre os lo demaestra: esa revolución á la que nada le debemos los republicanos de Cuba, sino el espectáculo siempre agradable de ver rodar una Corona.
    »En cuanto al presente, el deber del pueblo es el retraimiento, mientras no se decidan todas las cuestiones pendientes.

    »No debemos tributar un aplauso ni dedicar una sonrisa al Gobierno que nos permite el escribir hoy con la libertad que lo hacemos; era un derecho nuestro que se nos habia usurpado y que hoy se nos devuelve.

    Victorear esa acción valdría tanto como ensalzar al bandido que por re mordimientos ó por miedo, nos vuelve á poner en posesión de lo que á mano armada nos habia Robado.» [La Revolución, periódico republicano de la Habana; domingo 24 de Enero de 1869.)

    Aquí el bandido es nuestra Pátria.

    Pudiera daros y daros muchas pruebas como ésta, pero no quiero molestar la atención de la Cámara.

    Tengo aquí algunos ejemplares, y puedo ponerlos á disposición de todos los Sres. Diputados.

    Pero el mismo general Dalce sentía de tal manera el aguijón del desengaño, la amargura del desencanto y la falsía de aquellos sus amigos, que lo consignó en documentos públicos y en cartas privadas. En documentos públicos el general Dulce decia en una alocución: «Más culpables del crimen de traición son aquellos que con solapada humildad y rastrera hipocresía demandaron derechos políticos como único remedio á nuestras discordias, y respondieron, cuando les fueron concedidos, con providencial ingratitud.» [Votos de un español, por D. Hamon María Araiztegui.)

    No bastaba esto; cartas de ese general tengo en mi poder, una dirigida á mi respetabilísimo y querido amigo el Sr. D. Augusto Ulloa, en que decia: «No es verdad lo que por ahí pretenden hacer creer: aquí no hay gentes que de buena fé pidan reformas; las causas de incidencia dan por resultado que desde el año 1848 en Cuba solo existe una conspiración, que no cesa, contra la integridad de la Pátria, en pró de la independencia.»

    Y si esto no fuera bastante, ¿queréis, Sres. Diputados, que yo repita, que lea las palabras del ilustre gene ral Serrano, presidiendo el Gobierno provisional, cuando manifestaba su desencanto y su amargura, cuando no concebía que cupiera tanta vil hipocresía en pechos humanos?

    Los Morales Lemus, los B ra monis, los Aldamas, todos los que se habian vendido por españoles, los que habían venido aquí algunas veces á las juntas de información convocadas por el Sr. Cánovas del Castillo, después, cuando han tirado la careta con que se cubrían, han dicho que cuanto habían dicho y hecho, todo absolutamente era dirigido no más que al santo objeto de la independencia cubana.

    Todos los testimonios están acordes. Preguntad de buena fé á todos los hombres políticos, cualquiera que sea su opinión, al Sr. Ulloa, al Sr. Cánovas, al Sr. Arala, á todos los que han estado al frente del departamento de Ultramar. El Sr. Ruiz Gómez, que ha pasado algún tiempo en aquellas Antillas, no sé si me querrá contestar. El señor Maclas Acosta, demócrata radical, perteneciente á la fracción llamada cimbria, está conmigo con todo su corazón, y hasta con su palabra, si necesario fuera. Preguntad al Sr. Díaz Quintero, el cual hace algunos dias, hablando de estas cuestiones, me leía una carta de un republicano federal, de un correligionario suyo que está en Cuba: pedidle, Sres. Diputados, que la lea. Lsed la prensa, acudid á las cartas, ved las exposiciones; la que trajo mi amigo el Sr. Cánovas, la de Barcelona, la de Santander, la de Aviles, la de Bilbao; acudid á todos los medios de información, á todos los medios de adquirir la verdad; acudid á todo eso, con el deseo que debéis tener de salvar el país y de no comprometerlo, y todos unánimemente os manifestarán que la opinión, que las necesidades, que los intereses públicos piden en Cuba lo que yo pido.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    Pero ¿quiénes son, señores, los que nos exigen el cumplimiento de nuestras promesas? ¿Son ios que están con las armas en la mano? ¿Son los acaudillados por Céspedes, por Jordán y por Arango? ¿Es á esos á los que tenemos que atender, ó á los que están defendiendo la Patria, vertiendo su sangre, exponiendo sus caudales, incapaces de contenerse ante ningún sacrificio, sintiendo sus corazones bien templados y dispuestos á toda clase de heroísmo? ¿A quién: á aquellos ó á éstos? Si á aquellos, ya lo sabéis, dadles un girón de nuestra bandera, un pedazo de nuestra Pátria; eso quieren. Cuando el señor general Dulce les llevaba las reformas, contestaban: «no queremos eso; ya es tarde.» Oídlos, Sres. Diputados, á nuestros hermanos, á los que por nosotros mueren; no hay ni uno solé que disienta, el clamor es unánime y perfecto, todas á una, de todos los colores, os piden lo mismo. Y yo vuelvo á preguntar: ¿quiénes deben ser oídos: los que defienla integridad de la Pátria, ó los que se resisten contra ella por un acto criminal? Si para con alguien tenemos deberes es para con el partido nacional, no reaccionario, no conservador, no borbónico; esas son calumnias que se arrojan sobre la frente de los beneméritos soldados de la nacionalidad, que no son más que españoles, que no quieren llamarse de otra manera, que se dejaron en la bahía de Cádiz al embarcarse sus opiniones políticas.

    Después de todo, ¿cuáles son esas promesas? ¿Dónde están esas promesas de una manera concreta que lleguen hasta el sufragio universal, hasta eso3 derechos individuales? ¿Están en las informaciones? No: los más radicales pedían ciertas cortapisas. Yo no creo en lo concreto de las promesas, ni en quien las pide, ni en el deber que tenemos con los que, en vez de tendernos la mano, nos han puesto al pecho sus bayonetas.

    Pero se me va á decir, y quizá esto explique la anterior sonrisa del Sr. Escoriaza: «¿y qué tiene que ver eso con Puerto-Rico?» Voy á contestar. En otra parte anterior de mi discurso he demostrado que los autores de la Constitución y las Córtes Constituyentes tuvieron presente, tuvieron en cuenta y votaron que uno mismo tenia que ser el gobierno de aquellas Antillas, porque una misma era su situación, una misma su organización. No tengo necesidad de insistir en demostrar la solidaridad que establecen entre ellas esos lazos que tienen de estado social, político y administrativo, de lenguaje, de clima, de creencias, de tradiciones, del mismo grado de cultura, y sobre todo, el destino fatal que las une, pues juntas las hemos de conservar para España, ó juntas las hemos de perder para nuestra vergüenza.

    Esto no tiene impugnación sería; esto es una verdal de buen sentido. Si no fuera así, ¿queréis ver cómo n comprueba? Pues preguntádselo á los republicanos, á la junta de insurrectos de Nueva-York, cómo se titula, qué timbre llevan los documentos públicos que expiden: «República de Puerto-Rico y de Cuba.» Individuos hay en la junta de Nueva-York que son puertoriqueños.

    Esto no se puede desmentir; son hechos. Eq Lares se dio el primer grito que vino á amargar nuestro triunfo en la revolución: el primer grito de ¡Muera España! ¿Por qué se anticipó? ¿Por qué fracasó? Por eso hoy Puerto-Rico goza de paz; pero |ay, que aquella rebelión reconocía las mismas causas y los mismos autoresl

    Cuando vinieron aquí los representantes de Cuba y de Puerto-Rico (el Sr. Escoriaza está en completa inexactitud), á«xcepcion de la cuestión de esclavitud, que para su terminación más ó menos pronta podía ofrecer menos dificultad en Puerto-Rico que en Cuba, en todas las cuestiones estuvieron divididos y se dividieron, no en nombre de intereses locales, sino en nombre de los intereses que dividen á los hombres en tolas las cuestiones políticas, en más radicales y más conservadores. Pero con la diferencia de que cuando se trata de nuestras Antillas, quien dice conservador, dice nacional, español; quien dice radical, dice en la mayor parte de los casos separatista, enemigo de nuestro nombre y de nuestra raza.

    Así no extraño ver, Sres. Diputados, que el que hacia de jefe de la parte radical, el que llevaba la voz, era . orales Lemus, el presidente actual de la junta de Nueva-York.

    No es, Sres. Diputados, y aquí quiero hacer 'le una vez para siempre una salvedad y una aclaración, porque no quiero andar á cada paso haciendo salvedades; no es que yo no admita que puede haber reformistas de buena fé. Pero es que si hay reformistas de buena fé, la mayor parte de los que se han encubierto con este título eraa hipócritas filibusteros antes de la revolución.
    Reformista de buena fé yo lo soy. Yo considero que es necesario cambiar el régimen político de aquellas provincias; que no es posible que subsista sin vergüenza nuestra la esclavitud; que es necesario que nos ocupemos de aboliría. Pero yo que soy reformista de buena fé, no por eso dejaré de dar la voz de alerta á la Pátria y á sus representantes en esta Cámara para decirles que la junta insurrecta de Nueva-York tiene entre nosotros representantes, corresponsales y agentes.

    ¿Quiénes son? No los conoueis; no los conozco yo. iAb, si los conociéramosl ¿Cómo habíamos de dejar que engañaran nuestra hidalguía y abusaran de nuestra confianza. Pero entre nosotros andan y bullen, nos rodean, rodean al poder, y á veces le sorprenden sus secretos, que comunican á los insurrectos antes de que lleguen á noticia de las autoridades. Es necesario estar prevenidos contra l»8 que quieren sacar provecho de los hechos más insignificantes, sembrando y atizando desconfianzas. No me cansaré de advertiros, para que os pongáis en guardia, contr* los que, á falta de otros medios, cuando ven que se va » pasar una revista miran el Almanaque para ver qué dia es, y si es el dia de San Ildefonso, acusan de sospechoso a la revolución al valiente, al noble Caballero de Rodas, á uno de los más distinguidos caudillos de nuestro ejercito, á uno de los héroes de Aleóle», á quien noiotro», M nombre de la Pátria, debemos gratitud y recsnocimiento.
    Si hay reformistas de buena fé,yo les tiendo mi mano; discutiremos las reformas, pero en su tiempo. Ahora, oid, atended los lamentos que de aquellas regiones nos llagan.

    Acercaros á esos que acaban de desembarcar, que de allí llegan, y decirles: ¿qué pasa allí, qué piden, qué desean, qué exigen? Decirlo pronto, que nosotros somos un pueblo libre, que gozamos de nuestros derechos, y estamos dispuestos á concederos lo que pidáis: ¿qué queréis, qué exigís? Y os contestarán: armas, armas para pelear. Os vamos á dar libertad y derechos. Dejadnos ahora de eso; lo primero es tener Pátria.

    Este es el acento unánime de todos los españoles de aquellas regiones. Allí no se encuentra sino entusiasmo por los triunfos de nuestro ejército. Allí no se encuentran en momentos en que ven á su Pátria maldecida é insultada sino pechos leales para defenderla, no; no hay quienes olvidando al agresor, se vuelva á echarnos en cara pasadas injusticias, añejos errores ú olvidados desaciertos, no; por fortuna la nobleza de la raza española no piensa sino en pelear y en morir cuando ven á los enemigos de su Pátria.

    Nosotros, representantes del país, ¿cómo no hemos de consultar, y de adquirir convencimiento sobre esta cuestión, antes de ir á poner la mano en esa reforma que puede despedazarnos el territorio, que puede menoscabar el depósito que la Nación nos ha confiado?

    No se ha ocupado del argumento que voy á refutar el Sr. Escoriaza; pero como yo me proponía tratar esta cuestión bajo el aspecto de la oportunidad, vengo á ocuparme de un argumento que se hace muchísimas veces. «Es que Puerto-Rico ha sido fiel. ¿Qué razón tenéis para privar á Puerto-Rico de esos derechos?» Señores, este es un argumento que puede seducir, que puede fascinar; pero esto no es sério. La fidelidad de Puerto-Rico significa que más venturosa que Cuba, la bandera de la insurrección no ha sido allí osada á levantarse, después de haber sido sofocada en Lares.

    ¿Pero, por ventura, cuando la insurrección carlista, cuando la insurrección federal, cuando desgraciadamente nos vimos en el caso de suspender las garantías constitucionales, lss suspendimos solo para aquellos puntos donde había habido partidas armadas, ó las suspendimos para todo el país? ¿Por qué entonces no se ocurrió aquí á nadie defender á las provincias fieles y que no se habían sublevado? Pues qué, ¿es lícito tener una política en la Península y otra allende los mares?

    Por lo demás, es una calificación injuriosa, que no podemos sostener, que no podemos admitir, el llamar á Puerto-Rico fiel ultrajando á Cuba; que si fieles han sido los puerto-riqueños, porque á causa del patriotismo 'que yo aplaudo, ó por la vigilancia de la autoridad, ó en fin, por lo que sea, no ha sido allí osada á levantar su bandera la rebelión, fidelísimos son los cubanos, que habiéndose levantado la rebelión en su territorio están en choque con la adversidad y la muerte, peleando, cayendo al plomo enemigo, defendiendo la Pátria, sufriendo el martirio, los hijos de Cuba, nacidos allí, antes que gritar |Viva Cuba! que es el grito que sus verdugos les exigen en ódio á España. Si respeto, sí gratitud merecen los p ierto-riqueños, ¿cuánta no merecen los cubanos, que de esa manera tan noble, antes que la revolución tuviera lugar de acudir en su auxilio, han estado manteniendo enhiesta la bandera española?

    Pero, por otro lado, Sres. Diputados, es respetable, es digno de atención, esto de decir que se ha de olvidar la tradición, la unidad de creeneias, el destino, cuantos ca
    I racteres, en fin, he dicho antes que constituyen la nacionalidad, estas que son causas permanentes para decidir de la legislación adecuada, cuyos resultados han de ser permanentes también; y ¿se va á olvidar todo eso? Y por el hecho fortuito, accidental y pasajero, de que en el año de gracia de 1868 en Puerto-Rico no hubo sublevación y en Cuba sí, ¿vamos á dar á Puerto-Rico una ley y á Cuba otra? ¿Y cuando la insurrección cese? ¿Qué razón se dará que satisfactoriamente explique la diversidad de instituciones en dos provincias, que por solo esta fortuito accidente se las separa? ¿Con cuánta más razón, puesto que en Andalucía se sublevaron los federales, en la Mancha los carlistas, no podrían decir las demás provincias que no se sublevaron que se les den instituciones distintas? Federales tenéis razón; es necesario despedazar la Pátria, es necesario, si esto se puede hacer para Puerto-Rico, que se haga también para la Península. El Gobierno tiene una política dobla, una política para la Península y otra política para las Antillas; el Gobierno tiene una política descreída, y se acomoda á las necesidades; el escepticismo acomodaticio no es digno de regir los destinos de una nación.

    Pero es que también se dice: «están aquí los Diputados de Puerto-Rico. ¿Se van á ir cómo vinieron?» Este argumento, Sres. Diputados, saldrá á plaza, y por eso, como yo deseo molestar las menos veces que me sea posible la atención de la Cámara, voy á ocuparme ahora de él. Aquí no haj Diputados de Puerto-Rico, ni de Málaga, ni de Cataluña, ni de ninguna provincia; aquí todos somos Diputados de la Nación; aquí todos somos igualmente competentes; aquí tenemos todos igual derecho, igual autoridad; aquí, en este momento, estamos discutiendo un interés general, un interés de la Nación, un interés que no es de Puerto-Rico.

    Esto no se puede desconocer: lo que le importa á España, lo que le importa á todas sus provincias, es que no se merme su territorio, es qué Cuba y Puerto-Rico no se pierdan.

    Pues si eso es lo que le importa á la Nación, ¿qué títulos especiales pueden tener los Diputados de Puerto-Rico en esa cuestión? Si eso es lo que importa á la Nación, y para conseguir ese interés general no puede hacerse esa Constitución, Puerto-Rico comprenderá que aquí no pueden exigirse satisfacciones en nombre de intereses particulares. Yo creo que los Sres. Diputados do Puerto-Rico tienen bastante patriotismo, tienen exacta idea de sus deberes, para comprender que esto es lo que interesa á la Nación en general. ¿Y cómo no? ¿Y qué autoridad puede sacarse de los Diputados de Puerto-Rico? Pues qué, á mi lado ¿no están los Diputados de Puerto-Rico, Sres. Plaja, Puig, Marqués de la Esperanza y el Marqués de Machi cote, que todos opinan como yo?

    Por consecuencia, aunque quisiéramos darles uua autoridad que no tienen á los Diputados de Puerto-Rico, como que enfrente de los que opinan en contra están á mi lado los que opinan en pró, en todo caso su autoridad estaría neutralizada.

    Y todavía habrá otra dificultad: que entre los Diputados que se hallan enfrente de mi voto particular no hay uniformidad de opiniones acerca de esta cuestión, y todo aconseja que una cuestión tan grande se aplace y no se resuelva, impulsado por un espíritu local, sin tener en cuenta el derecho de los que se han constituido en defensores de Cuba, provincia en favor de la cual no pueden levantarse aquí más voces que las nuestras.

    ff^Pero, Sres. Diputados, cuando yo me he encontrado para formar opinión sobre este asunto entre tantas dudas, entre las opiniones divididas de los mismos Diputados de Pijerto-Rico, tsnia el deber de adquirir el mayor grado de ilustración y tener en quá apoyar mi opinión; tenia el deber, digo, de buscar y conocer documentos incontrastables, y así lo intenté en el seno de la comisión, haciendo presente la necesidad de peáir datos y antecedentes para adquirir mayor ilustración: mis compañeros, sobremanera ilustrados, creyeron que no debían acceder á lo que yo deseaba para resolver mis dudas y acallar mis escrúpulos.

    Acudió, como es costumbre, ála comisión el Sr. Ministro de Ultramar; y habiéndole expuesto las vacilaciones de mi ánimo y las dudas en que me encontraba respecto de esta cuestión, tuvo por conveniente negaras á remitir los documentos ó noticias que yo deseaba.
    Y entonces, en uso de mi derecho, formulé aquí, en público, algunas preguntas para que el Sr. Ministro de Ultramar dejara consignado ante el país la negativa que me daba. Pedí que se trajera al Congreso las contestaciones que hubieran mediado con las autoridades superiores de Puerto-Rico y Cuba respecto á reformas políticas; y que en el caso de que no existiesen estas comunicaciones, que por telégrafo se preguntara á los capitanes generales de aquellas dos islas sobre el efecto que el proyecto de Constitución que presentaba el Gobierno pudiera causar en la opinión de aquellas provincias, y qué consecuencias podría tener en los que se hallaban defendiendo en Cuba la dignidad y la honra de la Patria.

    Por alta3 conveniencias de gobierno, que yo respeto, el Sr. Ministro de Ultramar manifestó que no podía traer esas contestaciones. Yo respeto los motivos en que S. S. fundara su negativa; pero ¿no es verdad que si altas consideraciones de política imponían al Sr. Ministro de Ultramar esa reserva, nosotros no podemos deliberar respecto á esta cuestión? ¿No es verdad que lo mismo que aconsejaba al Sr. Ministro de Ultramar su prudente reserva, nos aconseja á todos que debemos tener paciencia respecto á esta cuestión, hasta que podamos resolverla con todo el lleno de datos necesarios? Porque de lo contrario, aquí hay una de dos cosas que yo he de plantearlas: ó el Sr. Ministro de Ultramar contaba de antemano con el apoyo ciego, incondicional, y en tal caso ofensivo, de la mayoría de las Córtes Constituyentes, ó para que no pudiera decirse que se quería cometer ese desacato, era necesario que la luz y el viento pudiesen entrar por todas partes y que no hubiera sombras, oscuridad ni misterios respecto á estas cuestio nes, y que todos pudieran preguntar de todo, pudieran cerciorarse de cuanto esta cuestión entraña; porque es un deber y un derecho que nadie puede negarnos el de querer instruirnos lo bastante para formar nuestra convicción por nosotros mismos, porque no podemos delegar en nadie el derecho de formar la propia opinión. Pero jah! que la negativa del Sr. Ministro de Ultramar para nada sirve, porque el hecho mismo de la negativa me da toda la razón. En efecto, si el Sr. Ministro de Ultramar contaba con la opinión favorable, respecto á su proyecto, de las autoridades superiores de Puerto-Rico y Cuba, ¿por qué había de negarse á manifestarlo así?
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    Esto no se concibe, porque no puede suponerse que un Ministro de Ultramar, siendo radical, se mostrase menos respetuoso á la iniciativa de un Diputado de la Nación que los Ministros más retrógrados y más reaccionarios del antiguo reinado. Temores debía tener el Sr. Ministro de Ultramar de que la opinión de los isleños fuera contraria á su proyecto, y así era: estos temores se han confirmado. Lo prueba la exposición contraria al proyecto, y firmada por 11.000 americanos, que mi amigo el Sr. Cánovas del Castillo dejó dias pasados sobre la mesa, á la cual se ha reunido hoy otra con 3.000 firmas. Este accidente, este hecho seria bastante para que la Cámara aceptara mi voto particular, desechando el dictámen de la mayoría.

    Pero sigo adelante. La presencia aquí de los Diputados de Puerto-Rico algo significa. En primer lugar, es la prueba irrecusable de la formalidad con que estamos (liepuestos á cumplir nuestras promesas. Y en segando lugar, que si la situación económica de Puerto-Rico es angustiosa y apurada, con esto nada tiene que ver Cuba; j estando aquí sus representantes, podemos conocer sus causas y proveer á su remedio, hallando en ello materia bastante para saciar la sed de reformas que siente el señor Ministro de Ultramar y todos los demás reformistas. Facilitar á Puerto-Rico la mejora de sus impuestos, el desarollodesu industriay el acrecentamiento de su comercío; y esta y otras medidas que serian dignas de ocupar la atención de la Asamblea, inspirará á Puerto-Rico confianza para esperar tranquilo y con fé el cumplimiento j la realización de las ideas y de los principios proclamados por la revolución de Setiembre.

    Pero cuando se trata de intereses comunes, es contra los principios de la ciencia del gobierno de los pueblos el hacer lo que se pretende; es debilitar, en vez de fortalecer, los lazos que deben unir las diversas partes del territorio nacional. Si la identidad de organización y de condiciones; si tantas y tantas razones como acreditan su identidad, y que para el efecto de legislar en ellas nos las presentan como si fueran una sola, no existiesen, la obra prudente, patriótica y digna de legisladores seria la de encaminarse á crear aquella identidad, á fundirla en el crisol de la Pátria y conseguir que uno fuera su interés, uno su sentimiento, uño su gobierno, los mismos sos temores y sus esperanzas. Es una ley universal que lia reconocido el mundo en todas las edades la tendencia á la unidad, la unidad cimentada sobre la comunidad de intereses políticos, morales y sociales de todo género: este es el norte y el bello ideal que persiguen todos los pueblos.

    En ninguna parte se ha visto un legislador tan insensato que, en vez de unir lo desunido, tienda á desunir lo unido, á crear desemejantes, á levantar barreras, á aflojar los lazos que deben unir las distintas partes del territorio; si esto alguna vez ha sucedido, no ha sido como premio á localidades determinadas, sino debido á la apremiante ley de las circunstancias y de los tiempos. Por esto, si tenemos nosotros en el Norte algunas provincias que conservan aún sus fueros, siempre se ha levantado enfrente una protesta para que desaparezcan; siempre se mantiene la esperanza de la verdadera fusión, de la unidad. Pero en estos ejemplos no encontraremos el caso de haberse concedido este privilegio como premio á la fidelidad, sino como concesión hecha para obtener su adhesión al régimen moderno, á su mayor tenacidad en la luchaSeria una gran desgracia llevar tal distinción á esas provincias hermanas, donde, no debe olvidarse, es preciso á todo trance sostener nuestro pabellón á despecho de nuestros enemigos, de la perfidia, de la ingratitud J de la mala voluntad de los Gobiernos de nuestras antiguas colonias. El patriotismo aconseja alentar el espíritu nacional y no dar vuelo al espíritu local, que engendra eternas rencillas y rivalidades, discordias y recelos. No puede tampoco perderse de vista cuán fácil y cuan grave es herir el sentimiento de igualdad, no menos poderoso que en los individuos, en el corazón de los pueblos. Bste sentimiento á poca costa degenera en pasión desenfrenada y ciega, que se subleva contra -los preceptos de justicia, y no reconoce los resultados de la libertad misma. Esta causa oxpliea el gran peligro de la democracia moderna, engendrando en su seno la aspiración á un comonisino grosero; ella pudiera ser semillero de perpetuos é irreparables disturbios entre aquellas provincias hermanas. Dadles instituciones aparte; la insurrección cesará, y entonces no podríais impedir que alguna aparezca privilegiada. Pronto se encenderá el encono entre ellas; pero unidas por su destino, todo lo que cause su malestar dará ocasión á protestos y motivos para convertirlo en odio hácia la madre Patria. ¿Es ese el medio como nos preparamos á sostener allá nuestra bandera? ¿Es para eso para lo que vamos á deshacer lo que el tiempo nos da consolidado? No olvidemos que nosotros, tan poderosos un dia en América, hoy solo en esas islas somos recibidos y saludados como hermanos, y nuestro interés y nuestro honor no nos consienten admitir la idea que de esos preciosos restos de nuestro antiguo poder colonial podamos ser arrojados.

    El Sr. Presidente del CONSEJO DE MINISTROS (Marqués délos Castillejos): Pido la palabra.
    El Sr. PUIG: Pido la palabra para una alusión personal.
    El Sr. ROMERO ROBLEDO: Por otra parte, nos encontramos en una situación que, de resolver en un sentido, no podemos comprometer nada, y de resolver en otro, lo podemos comprometer absolutamente todo. ¿Qué haria en cualquier situación de la vida un hombre que se encontrase en esta alternativa ó en este caso, si por resolver de una manera definitiva podia comprometer gravísimos intereses, y aplazando la resolución no arriesga nada, sino ganar tiempo para reflexionar, pensar, estudiar, y más tarde resolver con acierto? ¿Es dudoso esto? Pues yo no pido más que sigáis como desde la revolución acá, pue3 subsiste la causa que hasta hoy os ha aconsejado esta conducta. Puesto que en Cuba la cuestión hoy está sometida al trance de las armas, esperemos el resultado de las armas, y no hagamos leyes que puedan parecer concesiones á los rebeldes y herir, mortificar y debilitar el espíritu y el entusiasmo de nuestros hermanos que allí defienden nuestra causa.
    Intereses de gobierno, intereses de partido, interesas de la revolución de Setiembre. No comprendo que puedan existir intereses de partido. ¿Por dónde? ¿Qué partido puede tener interés en contribuir al desmembramiento de la nacionalidad española? Quien tal hiciera, sean cualquiera los móviles, seria maldito por la conciencia pública y condenado á eterna vergüenza Esto no es posible. ¿Intereses de Gobierno? No; yo me lisonjeo de que el Gobierno no puede tratar de hacer de esta una cuestión de ■ Gabinete. Más; espero que el Gobierno manifestará á sus amigos que esta es una cuestión libre, libérrima; me lisonjeo que en cuestión de tamaña gravedad no escaseará sus manifestaciones y sus súplicas para que todos voten con la más absoluta independencia, porque temerá dejar gravada su conciencia de haber influido en la resolución de cuestión que puede tener tan trascendentales consecuencias é imponer responsabilidad tan tremenda. Además, es una cuestión constituyente, que no es, ni puede ser, una cuestión de Gabinete.
    Cuando aquí vino la exposición de Cuba, tuve el honor, como individuo de la comisión, de celebrar una conferencia con la comisión y con el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, conferencia en la cual le oí expresar patrióticos y levantados deseos. ¿Y qué se habia de hacer con aquella exposición?
    Dada mi situación excepcional, indiqué mi deseo de que esta cuestión se sometiese al acuerdo libre de la mayoría radical, deseando que ésta optase por el aplazamiento, conforme al deseo de los cubanos, resuelto en caso
    contrario, á venir, cqmo he venido, á cumplir mi deber hasta el límite que me exija mi conciencia. «Parece que en efecto hubo una reunión de la mayoría radical: lo que en ella pasó, vosotros lo sabréis.» He oido decir que el Gobierno votó: ¡ quiera Dios que este voto del Gobierno no influyera absolutamente nada en el voto de los demás! ¡Intereses de la revolución da SetiembreI La revolución de Setiembre, que ha dado el grito de viva España con honra, ¿puede tener interés en hacer girones esa bandera? Porque ¿cómo quedaría su honra, cómo quedaría su prosperidad, cómo quedaría su bandera? ¿Quién concibe el abismo de abyepcion y de ruina on que nos sumiríamos sí la revolución de Setiembre perdiera nuestras Antillas? No, Sres. Diputados.

    Deseo terminar: á un lado intereses de Gobierno, á un lado intereses de todo género, plaza á España, plaza al sentimiento nacional. ¡Viva España! gritan carlistas, progresistas, republicanos, moderados, unionistas, todos los españoles cubanos; ¿y nosotros hemos de ser sordos á la unanimidad de este clamor? ¿Nosotros hemos de gritar otra cosa? ¡Ah, señoresl Enmedio de las amarguras del presente, enmedio de la incertidumbre del porvenir, cuando uno vuelve sus ojos á Cuba y ve aquellos valientes voluntarios y aquel ejércitot á quienes no doman ni las enfermedades, ni la muerte, ni una guerra de desolación y de ruina, ni las inclemencias del clima, ni género alguno de penalidades, todavía podemos con orgullo saludar á los descendientes de los defensores de Sagunto y de Numancia; todavía están allí los hijos de Daoiz y Velarde; todavía podemos gritar ante el mundo: esa, esa es nuestra sangre; esa, esa es nuestra raza.

    El Sr. ROMERO ROBLEDO: No me arrepiento, señor Presidente del Consejo de Ministros, de haber dicho esas palabras, porque le he proporcionado á S. S. la ocasión de que diga las que ha pronunciado. La opinión pública muchas veces se queja de eso; cree ver parsimonia en las recompensas dadas á los militares que allí combaten, y es seguro que la opinión pública habría podido atribuir í S. S. lo que es culpa de las autoridades que mandan en Cuba. Pero de todos modos, yo rogaría al señor Presidento del Consejo que, si fuera posible salirse del deber extricto para inquirir los hechos, los inquiriera, porque hay casos especiales: yo conozco uno de haber defendido un hombre de alma de acero cierta posición, completamente incomunicado, sin saber lo que pasaba en Cuba, ni que había llegado el general Dulce, ni que se había marchado el general Lersundi, teniendo solo á sus órdenes 500 valientes, y ese bravo militar, que nada sabia délo que ocurría, estaba manteniendo allí la bandera de su Pátria en una situación sumamente crítica y aflictiva, y sin haber obtenido recompensa.
    Por consiguiente, como la opinión rjcoje estos hechos, pudiera atribuir á parcialidad del general Prim el que esas recompensas no se hayan dado; pudiera creer que el general Prim Do se prestaba á recompensar las hazañas de aquellos bizarros militares; bueno es que sepa que el general Prim está dispuesto á recompensar toda clase de acciones dignas de serlo, cualesquiera que sean los que las hayan ejecutado.
    El Sr. Presidente del CONSEJO DE MINISTROS (Marqués de los Castillejos): Pido la palabra.
    El Sr. PRESIDENTE: La tiene V. S.
    El Sr. Presidente del CONSEJO DE MINISTROS (Marqués de los Castillejos): To no sé lo que S. S. llama opinión pública, porque eso es muy elástico. Si S. S. considera como opinión pública la que resulta de seis, ocho ó diez cartas que hayan podido venir de allí, y de dos ó tres periódicos que hablen en el mismo sentido que las cartas, yo no reconozco eso como opinión pública.
    En cuanto al hecho á que S. S. haya podido referirse, tampoco le conozco, y me extraña mucho que tratándose de un hecho de mérito tan especial como el que S. 8. ha
    referido, no haya llegado á noticia del capitán general, ó que en el caso de haber llegado á su noticia, no hava enviado la correspondiente propuesta. Esta es una cosa qo; me extraña, y yo espero que S. S. tenga la bondad de decirme después, porque ahora no hay necesidad, el hecho concreto á que ha aludido, y yo procuraré saber lo que haya de verdad en el asunto.
    El Sr. ROMERO ROBLEDO: Pido la palabra.
    El Sr. PRESIDENTE: La tiene V. 8.
    El Sr. ROMERO ROBLEDO: La persona á que sites me he referido es el digno brigadier Mena, y el hecho es la defensa de Puerto-Príncipe. De suerte, que S.S. conoce ya el hecho y la persona; á S. S. corresponde decidir si merece ó no recompensa.
    La opinión pública á que yo me he referido, naturalmente, es la prensa.
    El 8r. PRESIDENTE: El Sr. Presidente del Consejo de Ministros tiene la palabra.
    El Sr. Presidente del CONSEJO DK MINISTROS (Marqués de los Castillejos): No es extraño que yo no traga conocimiento del mérito especial contraído por el brigadier Mena, y tampoco podia yo creer que S. S. se refiriese á la defensa de Puerto-Príncipe, que no ha sido atacada, más que una vez, ó mejor dicho, que no ha sido eticada, pues los enemigos se acercaron á la población j huyeron al ver salir á nuestros soldados. Al oir á S. S. hablar de hechos de mérito especial, creí que se referiri» í una defensa como la de las Tunas, ó á alguno que había tenido que sostenerse con un puñado de soldados contri millares de enemigos; pero no á la defensa de PoertoPríncipe, en cuyo punto ha habido siempre una guarnición numerosa ó cuando menos superior á todas las fuerzas que pudieran atacarla.
    No trato yo con esto de disminuir en lo más mínimo el mérito que haya podido contraer el brigadier Men»; pero tenga entendido S. S. que cuando conocido un hecho de armas no ha sido recompensado, es porque el capitán general de la isla de Cuba no lo ha propuesto 6 porqm aquí no se ha creído que se trataba de un hecho de mérito especial.
    El Sr. PRESIDENTE: Se suspende esta discusión.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    Abierta de nuevo la sesión á las diez de la noche, dijo El Sr. PRESIDENTE: Continúa el debate sobre el proyecto de ley reformando algunos artículos de la Constitución del Estado con aplicación á la isla de PuertoRico.
    El Sr. Escoriaza tiene la palabra para rectiñcar.
    El Sr. ESCORIAZA: Señores Diputados, aunque verdaderamente el Sr. Romero Robledo de todo se ha ocupado en su brillante y elocuente discurso, menos de la cuestión que se debate, debo decir algunas palabras rectificando los muchos errores de hecho y de concepto que comprende dicho discurso, y, sobre todo, reiterar mi súplica al Sr. Romero Robledo para que conteste á la observación terminante y casi personal que le tengo hecha.
    La cuestión está reducida a decir si Puerto-Rico es ó no igual á la isla de Cuba en lo que se refiere á las reformas políticas; si haciendo estas en Puerto-Rico, ha de ser una consecuencia que se hagan las mismas para Cuba, y si, por consiguiente, de esto habian de seguirse graves perjuicios á la misma. Pues bien: el Sr. Romero Robledo no nos ha dicho una sola palabra en contra de las diferencias que yo he establecido entre una y otra isla, diferencias que he demostrado por la historia, por los hechos modernos y por los hechos personales, digámoslo así, del Ministerio de que formaba una parte tan importante S. S. Pero, señores, debo insistir sobre todo en el argumento, para mí incontestable, de haber sido ese Ministerio el que habia hecho en todo reformas más fundamentales, entre las reformas políticas de más trascendencia la electoral, introduciendo una diferencia tan notable como la que establecía en el censo, ó sea fijando la cuota en 500 reales para Cuba y 2.000 rs. para Puerto-Rico. Este hecho es de caracteres milagrosos, puesto que un decreto firmado por el Sr. Ajala en Madrid aparece de una manera en Cuba y de otra en Puerto-Rico. ¿Es esto equivocación? ¿Faé error de copia este decreto? ¿Fué, por el contrario, que el capitán general lo varió en uso de esas facultades discrecionales que el Sr. Ayala les dio?¿Es, como se ha dicho, que iba el decreto en blanco, que se ha verificado el fenómeno singular que el Ministro de Ultramar diera un decreto dejando árbitro al capitán general para hacer lo que quisiera en ese particular? Algo de esto ha debido suceder; y como sé que el capitán general de Puerto—Rico no varió el decreto, puesto que apareció á los pocos dias otro en que se le autorizó para que redujese la cuota de 2.000 rs. á 500, debo creer que aquí hay un misterio, y un misterio grave, gravísimo, en tanto que las fechas vienen á presentarnos una coincidencia especial.
    El 14 de Diciembre se da el decreto, es decir, la víspera de la salida del correo; va á Cuba, é inmediatamente que llega, lo publica el capitán general fijando la cuota en 500 rs. Llega á Puerto-Rico, y el 27 de Enero tiene lugar su publicación fijándose la cuota de 2.000 reales. El 20 del mismo mes se publicó en Madrid con los mismos 500 rs. Todo lo cual da á entender que es verdad eso que ha solido decirse, que fué en blanco el decreto, que el espitan general de la Habana puso 500 rs., y no estando de acuerdo con el de Puerto-Rico, á este le pareció mejor 2.000: recibió el Gobierno el telegrama del capitán general de Cuba en que le participaba que habia fijado la cuota en 500 rs.; y si la hubiera fijado de 200, en el parte así lo hubiera dicho. De modo que aparece una de dos: ó el Ministro de Ultramar mandó eso desde aquí, ú obedeció á lo que desde allá se dispuso. Y con esto contesto al segof Romero Robledo acerca de la importancia que quiere
    /
    dar á las consultas que se hagan á los capitanes generales.
    Yo no quiero decir una palabra de esos gravísimos y tremendos cargos, al parecer, que dirigió S. S. al Sr. Ministro de Ultramar, as! como tampoco del que dirigía al Sr. Presidente del Consejo. El Sr. Presidente del Consejo contestó ya á S. S., y yo creo que otro tanto hará el dignísimo Sr. Ministro de Ultramar.
    Decia el Sr. Romero Robledo que la significación del proyecto de Constitución de Puerto-Rico no era otra más sino que habiendo censurado la prensa al Ministro de que S. S. era dignísimo Subsecretario, porque no hacia nada, el Ministro actual se creyó en el caso de hacer algo. Y no hizo poco, según entiende S. S. Yo creo que está aquivodo S. S. acerca de la opinión pública sobre el asunto. La opinión cree que hizo mucho, pero malo. Sino hubiera hecho nada, podía pasar; pero removió todo el personal, quitó hasta los escribientes que eran del país para mandar otros que no sabían escribir; se gastaron 10 millones de real es en el trasporte de empleados y mandó allí la gente que todos sabemos. Esto fué loque hizo. Hizo más, y fué...
    El Sr. PRESIDENTE: Señor Escoriaza, S. S. tiene la palabra para rectificar y está replicando.
    El Sr. ESCORIAZA: Decia que debía legislarse de una misma manera para Cuba que para Puerto-Rico. Sin embargo, el Sr. Romero Robledo no recordaba que al ir los capitanes generales con esas ámplias facultades, mientras que el de Cuba, hallándose esta isla en estado de insurrección, daba la libertad de imprenta, la de reunión y asociación, el que iba á Puerto-Rico, obedeciendo, sin duda, las órdenes del Ministerio de aqui, establecía la prévia censura y ponia tales cortapisas á la libertad de imprenta, que de todo tenia menos de libertad. Los derechos de reunión y asociación los negó rotundamente, limitando también el derecho electoral.
    Después de lo dicho, lo que me importa repetir es el deseo vehemente que tengo por S. S., por la Cámara misma y por el país, que se aclare el enigma de ese decreto.
    Última edición por Michael; 05/04/2013 a las 11:04
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    Antonio Aparisi

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    Re: Cuba y Puerto Rico

    autoridades que allí iban , que podian apreciar la situación, los hechos, y atender á sus necesidades con más conocimiento de causa? ¿Es este el peligro, es esta la responsabilidad, es este el cargo que hace S. S. sobre el señor Ajala y sobre mí? Los que hemos intervenido en esto, aceptamos la responsabilidad , Sres. Diputados, de haber sido cautos, temerosos, de haber querido adquirir la ilustración suficiente para no hacer con ligereza una cosa que comprometiera nuestra bandera allí donde estaba en guerra abierta. Pues eso mismo que entonces hice, soy tan consecuente que es precisamente lo que he echado de menos en la conducta del actual Ministerio. Me parece que S. S. ya verá claro, que ya no hay misterio, que ya no tendrá dudas. No quiero jo usurpar el terreno al Sr. López de Ajala defendiéndole de las graves acusaciones que S. S. acaba de hacerle; cuando S. S. quiera ver lo que ha hecho aquel Ministro, bueno ó malo, él se basta á defenderse; y yo, por el cargo que á su lado desempeñaba, también estoy dispuesto á entrar en esa cuestión del personal (i ay qué cuestión, Sr. Escoriazal) y á examinarla empleado por empleado, así como á rebatir aquí todos los cargos que contra aquel Ministro se hayan hecho porque ja no tenia más empleos qué dar, pues á mí no me duelen prendas.
    El Sr. Escoriaza se lamenta (¿y qué quiere S. 8. que yo haga?) de los tremendos cargos que ha hecho esta tarde á mi voto particular. S. S. se apoderó de él y se encontró con un párrafo en que yo decia que el clima, las producciones, la tradición y otras causas ligaban solidariamente la suerte de Puerto-Rico y Cuba. Y decia S. S.: «¡Clima! ¿Sabe el Sr. Romero Robledo si es lo mismo el clima de Puerto-Rico que el de Cuba? Pues no lo es.»
    Es verdad; tampoco es lo mismo el de Málaga que el de Burgos: ya queda ese cargo contestado.
    «¡Producción! El Sr. Romero Robledo dice esto porque en Cuba se produce azúcar y café, y en Puerto-Rico café y azúcar; pero no son las mismas las producciones.» Pues entiéndase S. S. consigo mismo.
    «Tradición. ¡ Ah I ¡ tradición! A Cuba fueron los emigrados de Santo Domingo, y á Puerto-Rico los de Venezuela.» ¿Y qué? ¿No eran españoles unos y otros? ¿No es una misma la tradición? Pues esa misma diferencia existe entre cada una de las provincias de España.
    El Sr. PRESIDENTE: Señor Romero Robledo,-tengo que advertir á S. S. lo mismo que alSr. Escoriaza...
    El Sr. ROMERO ROBLEDO: Estoy dispuesto á obedecer la autoridad de S. S.; pero el Sr. Escoriaza se ha mostrado quejoso de que yo no me hubiese ocupado de sus argumentos. Ya le he ofrecido una muestra de cómo los puedo rebatir. Creo que he contestado los principales, y me siento satisfecho.
    El Sr. PTJIG: Pido la palabra para una alusión personal.
    El Sr. PRESIDENTE: La tiene Y. S.
    El Sr. PUIG: La he pedido para una alusión personal, y como esta se refiere precisamente á mi conformidad con el voto particular del Sr. Romero Robledo, me veo en la necesidad de exponer las razones y fundamentos en que apoyo mi opinión. Por tanto, espero merecer del Sr. Presidente me conceda alguna latitud para la alusión personal.
    Empiezo, Sres. Diputados, implorando vuestra indulgencia, puesto que tango el firme propósito de no molestar vuestra atención sino en el imprescindible caso de que aBÍ lo exija el cumplimiento de mi deber como Diputado, y esto en el menos tiempo posible. Por esto confio en vuestra benevolencia ahora y siempre que me encuentre en igual caso.
    Hecha esta súplica y manifestación, paso al asusta objeto de este debate.
    Señores Diputados, si hace algunos meses hubiese tenido que hablaros sobre este proyecto de ley. la Constitución política de Puerto-Rico, os habría dicho que había un gran peligro en su discusión, tanto para la integridad nacional, como para el pronto y completo triunfo de la causa española en las Antillas. Hoy las circunstancias han variado; la insurrección de Cuba está vencida; j si M gloriosamente terminada, como dice el dictamen de la mayoría de la comisión, al menos pronta á terminarse gloriosamente. El sentimiento nacional se ha arraigado j robustecido entre aquellos habitantes al tenor de sus esfuerzos y sacrificios; y si bien es verdad que la discusioa prudente ó inoportuna de un proyecto de lej que puede afectar directa ó indirectamente á las Antillas puede causar cierta inquietud á los leales, y dar nuevos brios á los enemigos de la Pátria, con todo, puede decirse que ha desaparecidoya el gran peligro de que tenga que retirarse avergonzada España de sus Antillas. Esto que para mí es mu razón poderosísima para que se tome en consideración i voto particular del Sr. Romero Robledo por la prontitud coa que pueden hacerse hoy las elecciones en la isla de Cuba, sin obstáculo de ninguna clase, parece que es precisamente lo que precipita esta discusión, como si se quisiera de intento excluir toda intervención de Iob Diputados &t Cuba en una cuestión tan grave y trascendental para Sj presente y para su porvenir.
    Parece que el Gobierno, y particularmente el Sr. Ministro de Ultramar, no sé si diga impulsado por una fatalidad irresistible, ó por una fuerza oculta que no acierto á comprender, quiere traer al debate una cuestión sobrado grave y difícil, para hacerse más grave y difícil e! día que tengamos que volver á ella en presencia de los Diputados de Cuba.
    Pero aparte de estas consideraciones, yo diré que ha pasado el gran peligro de que tengamos que abandona: el último baluarte que nos queda de nuestro inmenso poderío en las Antillas. ¿Pero podrá creerse libre de toda peligro el debatir una cuestión gravísima después de la sorda agitación que deja siempre en pos de sí una insurrección sofocada frente de otra de igual naturaleza, <ie unas mismas aspiraciones, y que, aunque derrotada y vencida, permanece siempre viva y siempre audaz, come una amenaza terrible para ambas Antillas?
    El Sr. PRESIDENTE: Señor Puig, yo tengo un gra sentimiento en interrumpir á S. S.; pero me es imposible dejar que consuma un turno acerca del voto partícula-' del Sr. Romero Robledo, porque entonces todos los Diputados dé Puerto-Rico se creerían con el mismo derecbi j harían interminable la discusión. Tiene además pedid» la palabra acerca de ese voto, y en pro de él, otro señor Diputado de Puerto-Rico. Por consiguiente, me es imposible consentir á S. S. otra cosa que ceñirse á la aluato personal.
    El Sr. PUIG: En la alusión personal precísame^ entra el presentar las razones por las cuales estoy conforme con el voto particular del Sr. Romero Robledo, y probar la exactitud y los fundamentos en que se apoya dic-' señor.
    El Sr. PRESIDENTE: Usía sabe perfectamenta b que entiende el Reglamento por alusión personal; y i *" guir el ejemplo de Si S., todos los Sres. Diputodoa podrían hablar en todos los debates, sin más que ser nombrados.
    El Sr. PUIG: Me parecía que había una razón par*']" yo hablara, y es el ser Diputado por Puerto-Rieo> J» gravedad de la cuestión, no habiendo podido alcanzar nn turno por estar ya todos pedidos; pensaba, pues, extenderme algo, y por esta razón empecé rogando á Y. S. que tuviera alguna indulgencia conmigo.
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    El Sr. PRESIDENTE: He advertido á S. S. que hay otro Sr. Diputado por Puerto-Rico que tiene pedida la palabra. Hay todavía otros tres turnos en contra y en pr<5 de la totalidad, además de los tres turnos que han de tener los Sres. Diputados en el voto particular del Sr. Romero Robledo: me es completamente imposible, y lo siento mucho, el permitir que se coasuman seis, ocho ó diez tumos en una cuestión que ha da durar y ha de ocupar á las Córtes durante muchos días.
    El Sr. PTJIG: Lo siento realmente, porque en este caso está reducida mi alusión personal á una afirmación, pues demasiado comprende el Sr. Presidente lo que es una alusión en este caso.
    El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Macías' Acosta tiene la palabra para una alusión personal.
    El Sr. MACÍAS ACOSTA: Esta tarde, al entrar en la Cámara, me pareció que mi distinguido amigo el Sr. Romero Robledo me aludía, aunque no lo he oído bien. A mí se me ha dicho, se me ha manifestado quo en el fondo de mi corazón no estaba conforme con la oportunidad de que se discutiera este proyecto de Constitución. Etf este particular, como todos vosotros sabéis, yo podré ser ó no ser presa del dualismo humano; muchas veces el hombre quiere ir "por una parte: su corazón quiere ir, y su pensamiento le dice que no vaya. En este particular nada tengo que manifestar. *
    Respecto á lo dicho por el Sr. Romero Robledo, sobre que no pienso que sea oportuna la discusión del proyecto, hay una prueba clara. Habiendo sido individuo de la comisión, si hubiere opinado como el Sr. Romero Robledo, hubiera suscrito su voto particular; no lo he suscrito porque no opino en la cuestión de oportunidad de la misma manera que opina S. S., así como no he firmado tampoco el dictamen de la comisión, porque yo para las cuestiones de Ultramar quisiera un criterio conservador y no el radbal que ha predominado allí; y no habiendo aceptado la comisión ninguna de las enmiendas en sentido conservador que presentó al proyecto, no he podido tener el honor de sentarme con sus dignos individuos en aquel banco. Es cuanto tenia que decir.
    El Sr. VALDÉS LINARES: Pido la palabra.
    El Sr. PRESIDENTE: La tiene V. S. como de la comisión.
    El Sr. VALDÉS LINARES: Señores Diputados, efectivamente, como ha dicho muy bien mi amigo y com pañero el Sr. Escoriaza, esta tarde habéis oído un discurso brillantísimo, un discurso muy elocuente, del Sr. Romero üobledo, apoyando su voto particular.
    Es indudable que el Sr. Romero Robledo habrá llevado el convencimiento á la Cámara de que existe en la isla de Cuba una insurrección injustificable; que allí hay un ejército valeroso, que allí existe un cuerpo de voluntarios que cada uno de ellos es una gloria española; que los insurrectos cubanos han cometido miles de perfidias; quo no es posible, en las actuales circunstancias, que se lleve á la isla de Cuba ninguna clase de libertad.
    Habéis quedado convencidos también de que es tal el patriotismo del Sr. Romero Robledo, que renuncia a sus opiniones políticas, á su partido, que vota con sus mayores enemigos, siempre que sea para salvar las islas 3e Cuba y Puerto-Rico, conservándolas siempre como provincias españolas. Por este rasgo de patriotismo, yo le doy .as gracias al Sr. Romero Robledo. Pero ¿habéis quedado
    convencidos de otra cosa? ¿Este es el voto particular del Sr. Romero Robledo? ¿Esta es la cuestión que se debate? La cuestión ha quedado intacta, porque la cuestión es si el proyecto de Constitución que se presenta para la isla de Puerto-Rico puede causar perturbaciones á la isla de Cuba. ¿Habéis oido algún argumento que venga á probar ese hecho?
    Yo no lo he oido, ni lo hay, señores. Que no se quiere que se legisle políticamente para Puerto-Rico sin que al mismo tiempo se haga para la isla de Cuba; que esto no e3 conveniente. ¿Quién es quien no lo quiere y para quién no es conveniente? ¿Es para Puerto-Rico ó para la isla de Cuba? Yo probaré que ni para una ni para otra isla.
    En Puerto-Rico nadie ha pensado jamás ni se piensa hoy que no pueda legislarse para esa provincia sin el concurso de la isla de Cuba. Desde el primer momento en que llegó á Puerto -Rico la noticia de que iba á ser representada aquella isla en las Córtes Constituyentes, tuve el honor de estar en reunión con los principales capitalistas, con las personas más importantes para tratar de las elecciones. Nos pusimos en comunicación con todos los pueblos de la isla para que no se 03traviase la opinión pública, para que no se contrajeran compromisos respecto á candidaturas, hasta esperar á que llegase el decreto de convocatoria fijando las bases, el modo y la forma de hacerse las elecciones.
    En nuestras reuniones siempre se habló de que Cuba no podría venir á ser representada en laa Córtes Constituyentes, y á nadie se le ocurrió la idea de decir: «Mientras Cuba no vaya, nosotros no podemos tratar de nuestra Constitución política.» Fué el decreto de convocatoria del Sr. López Ayala, y en el ayuntamiento de la capital se celebró una gran reunión, donde estaban representados todos los electores, el ejército, la marina, los empleados de Hacienda y demás civiles, el comercio en todas sus clases, las ciencias, las artes, el clero alto y el parroquial y una colisión de cada uno de los pueblos de la circunscripción. Tuve el doble honor dé presidir aquella reunión, y en las brevísimas frases que pronuncié al abrirse la sesión, no pude menos de decir, señores, el alborozo con que Puerto-Rico debia haber recibido aquella noticia cuando se elevaba á sus habitantes á la categoría de ciudadanos españoles, y que pronto debían esperar una nueva era de felicidad y de ventura por medio del arreglo político de la isla.
    Ni una voz se levantó á decir menester que esperemos i que vengan los Diputados cubanos.»
    Elegido luego Diputado, he escrito , he pedido á los pueblos instrucciones sobre una cuestión concreta, sobre la cuestión más grave, más delicada para aquellas islas, y al mismo tiempo que me dijeran las aspiraciones de cada uno de los pueblos. De todos he recibido instrucciones, pero ninguno me dijo «es menester aguardar á los Diputados cubanos.»
    He firmado con mis compañeros, al salir de la isla, una despedida, porque yo no di programa , y ofrecimos que aquí pediríamos la reforma política para la isla. (Un Sr. Diputado: ¿Todos?) No firmaron ni el Sr. Marqués de la Esperanca, ni el Sr. Marqués de Machicote, porque hacia dos dias que se habían embarcado para la Península. Los demás sí. Y recuerdo muy bien, ya que se trata de saber si fueron todos, que jl señor presbítero D. Juan Antonio Puig pidió á mi amigo el Sr. Fernandez Arbizu que se pusiera una nota expresiva de que si no firmaban los Sres. Marqués de la Esperanza y de Machicote, era porque ya se habían embarcado. Todos estábamos conformes en que se pidiera la reforma política para Puerto-Rico.

    Y de mí puedo decir que recibí muchos plácemes de aquellos buenos españoles por los términos de la despedida.
    He llegado á Madrid: nos hemos reunido todos los Diputados, menos el Sr. Escoriaza, que estaba en Barcelona. ¿Y por dónde hemos empezado nuestros trabajos en el mes de Setiembre? Por la Constitución de 1869, aplicándola á Puerto-Rico con las modificaciones que creímos oportunas: hubo diferencia entre el más ó el menos de los derechos, entre el más ó el menos de las libertades. Pero no hubo diferencia ninguna respecto á que se debiera aguardar á que vinieran los Diputados de Cuba para legislar políticamente sobre Puerto -Rico, ni mucho menos que no podia legislarse sin nquella concurrencia, ni mucho menos que fuera perjudicial á Cuba lo que se hiciera para Puerto-Rico en materia política.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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