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Tema: La españolidad de Américo Vespucio

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    La españolidad de Américo Vespucio

    De los cinco Continentes sólo América tiene el nombre de una criatura humana, - el nombre de un hombre que realmente ha vivido sobre el suelo de este planeta, que se hizo famoso y al que muchos reputan por héroe, y otros por un hábil ganancioso del publicismo, Américo Vespucio.

    Este nombre propio de Américo, nombre de varón, viene a ser el Amalrico teutón, que los italianos deformaron, o mejor, conformaron con suavidad de sonido, en la dicción de Amérigo, de que los españoles de aquellos siglos hicieron Américo. Tan destinadamente española es América que al recibir bautismo del nombre de un personaje italiano, lo ha recibido bajo la versión que del tal nombre hizo la ortofonía castellana: sólo en España se dijo Américo, y de Américo se dijo América.


    ¿Quién era este hombre que ha dado nombre al mundo nuevo, con menoscabo de la primacía en la denominación que a Colón correspondía? Porque parece que en justicia histórica la total América debía llamarse Colombia, que no América. O Isabela, porque de la desbordada intuición y del corazón apasionado de épica de Isabel, ha nacido América. En trueque, Vespucio, que es la forma española del italiano Vespucci, ¿qué hizo?
    Escribió en unos breves, brevísimos cuadernillos, que se llamaron la Lettera y el Mundus Novus, la noticia de ciertas navegaciones que él había ejercido, no como capitán de nave, sino como subalterno, con ocultación del nombre de los verdaderos capitanes, y dio a la asombrada Europa la nueva de un Nuevo Continente:
    es nada, y sin embargo fue un suceso desbordante ya que el ilusionado Colón sólo creía haber llegado al Catay, es decir, a la Asia antigua... Vespucio, que era un mediano factor comercial de la casa italiana de los Berardi, agente de los Médicis en Sevilla, navegó mucho o poco, quizá fabula, quizá miente, pero fue el autor de la gran noticia, que la ilusión y las excesivas lecturas bíblicas de Colón se obstinaban en negar...


    La historia está llena de sorpresas humorísticas, y una de ellas es la que Vespucio, siquiera italiano, es un español o un hispanizado, un naturalizado español tan perfecto como el mismo Colón. Vespucio, al tiempo de sus publicaciones pasó a ser vasallo o súbdito español, y por español tuvo oficio o cargo público en España: era el piloto mayor de la Casa de la Contratación de Sevilla, que era, a más de Aduana y oficina de embarque para ultramar, una especie de Universidad marinera. El piloto mayor era como magno catedrático y examinador de todos los que pretendían adquirir el diploma del pilotaje.
    Naturalizado español por rescripto de la reina Doña Juana, tras de ser morador en Sevilla desde 1492; no sólo era simple español, sino español de funciones públicas y autoridad.
    Y tan hispanizado estaba que en sus «Lettera», escrita por él, de su puño, en castellano y por él mismo vertida a toscana lengua, en lo que hacen cuatro páginas de impresión en cuarto, se cuentan sobre quinientos hispanismos o lenguaje macarrónico italiano.¡Había olvidado su idioma natal!

    Mientras corría por Europa el nombre de Vespucio adherido a la nueva tierra, caso de fortuna ingente dar el nombre de un hombre la denominación de todo un continente, él, Vespucio, recogido al modo mediocre que hoy llamaríamos burgués en su casa de Sevilla, al son del agua de la fuente y a la sombra azul del doméstico toldo de verano, vivía una pacata vida de funcionario. Se había casado con una mujer andaluza, de nombre María Cerezo, y era viejo, ese personaje apacible de casado viejo, que más casó para buscar comodidades que para buscar amores, y en la distancia de los sonidos publicitarios de aquella época seguramente ignoraba que estaba con su nombre de pila dando nombre de pila también a la cuarta parte del mundo.

    ¿Cómo acaeció el suceso casi de maravilla, porque no hay otro en la historia del mundo de mayor ventura publicitaria?
    En Lorena se congregaba una especie de academia, a la que nombraban el Gimnasio Vosgiano, del país de los Vosgos, una dulce academia y entre sus empresas literarias estaba la edición de la vieja y clásica Cosmografía de Ptolomeo. Como en toda empresa editorial el prospecto precede a la obra, el cosmógrafo que allí había, un cierto Waldseemuller, apodado Hylacomilus, fraguó la previa publicación de una Cosmographiae Introductio, a modo de folleto preliminar, y en él insertaba la vasta noticia del descubrimiento de una nueva y cuarta parte del mundo, y hacía a los lectores y a los cavilosos hombres de gabinete de Europa, y a todas las trompetas de la Fama, la propuesta de que habiendo sido el caballero Vespucio el inventor del Mundo Nuevo (porque este cosmógrafo ignoraba a la sazón la gran gesta colombina) sería justo dar nombre de América a los nuevos países del nombre de Américo, su descubridor, pues que los otros continentes tenían nombre de criaturas míticas

    Esto era por los años de 1507. Ya hacía entonces quince años que Colón había llegado el primero a las Bahamas, y con un tardío paso que casi era de elefante, todavía a la Europa lorenesa y alemana no había llegado la grande noticia de aquel radioso 12 de Octubre... o había llegado la torva y errada noticia de haber el Genovés arribado a ciertas islas asiáticas. Fue así como Vespucio, autor de unos leves folletos que declaraban la aparición de todo un Nuevo continente o Mundo, distinto a las asiáticas islas colombinas, se aparecía al pasmo de Europa como el verdadero inventor del Nuevo Mundo.

    Y él, probablemente, recluido en su casa de metódica olla y de soldada segura, de Sevilla, nada sabía de la fortuna de su nombre. La fama y la fortuna tienen veleidades de mujer. Waldseemuller tuvo mejores informes en posteriores años, y en la edición de la Cosmografía ptolomaica de 1516 quiso enmendar su yerro. Pero, ¿quién enmienda a la fama si la fama es productora de sus propias esencias aunque las extraiga del error? Las mentiras de la plaza pública, tienen más valor que las verdades. Siempre la verdad termina por ser, no la que es, sino la que se dice.

    Ricardo Majó (Framis)
    Última edición por ALACRAN; 15/10/2013 a las 20:43
    Donoso y Hyeronimus dieron el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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