FUE PETAIN QUIEN NOS SALVÓ DE LA GUERRA (ABC, 26 Mayo 1976)


Es evidente que Ramón Serrano Suñer, al decidirse a publicar haca cuatro meses, en varios periódicos, el capítulo más esperado de un próximo libro suyo, ha cumplido con el deber de hacer luz en torno a lo ocurrido el 23 de octubre de 1940 en la entrevista de Franco con Hitler en Hendaya.

Yo puedo aclarar aún más lo que allí sucedió, puesto que, poco tiempo después de aquel acontecimiento, el general Kindelán -que me honró con su amistad y confianza- me lo relató exigiéndome, eso sí, absoluta reserva por tratarse de un secreto de Estado. Sin embargo, transcurridos varios años de la victoria aliada, y ante mi insistente deseo, el propio general me autorizó a contar a quien quisiera lo que me había revelado tiempo atrás. Me dijo que ello no era ya un secreto. El Generalísimo lo había explicado todo, abiertamente, en una sesión del Consejo Superior del Ejército, cuando uno de los generales presentes le preguntó, extrañado, por qué no habíamos entrado en la guerra en 1940 si, a juicio de tal general, eso hubiera sido lo lógico para asegurar la victoria del Eje y lograr nuestras reivindicaciones territoriales.

A partir de la autorización del general Kindelán he relatado, a lo largo de los años, a muchísima gente -a casi todos mis amigos-, lo que él me reveló y ahora expondré al lector. Este advertirá que esa versión no contradice en lo esencial, como es lógico, la de Serrano Suñer; pero a su luz resulta mucho más comprensible lo escrito sobre aquella famosa entrevista por el entonces recién nombrado ministro de Asuntos Exteriores. Los hechos, según el general Kindelán, que en aquella fecha estaba en cordiales relaciones con Franco, se desarrollaron como sigue:

Al terminar nuestra guerra y comenzar la mundial quedó convenido que España entraría en esta segunda contienda cuando Alemania lo considerara necesario. En compensación obtendríamos el Marruecos francés, Orán y Gibraltar. A tal efecto Franco comenzó a concentrar tropas al sur y al este de nuestro Protectorado y en torno a la Roca. Pero sucedió que cuando Francia cayó en poder del Ejército alemán, cuando el Generalísimo y millones de españoles creíamos que la victoria germana era irreversible, cuando Franco pensaba que en cualquier momento sería invitado a participar en las operaciones finales y lograría así aquellas reivindicaciones territoriales, el panorama cambió radicalmente debido a la actitud que adoptó el mariscal Petain. Este, que conocía las pretensiones españolas, hizo saber a Hitler que la Francia que él representaba estaría dispuesta a colaborar lealmente en el «nuevo orden» europeo siempre que Alemania ni ninguno de sus aliados le privara de un solo palmo de su imperio colonial. Hitler no lo dudó: decidió sacrificar las aspiraciones españolas, ante la oferta de colaboración francesa, y llamó a Franco a Hendaya para que quedara esto en claro mediante la firma de un protocolo en el que habría de constar que, cuando España entrara en la guerra a requerimiento de Alemania, su única compensación territorial sería Gibraltar. El Führer quería poder exhibir ese protocolo, a al menos dar cuenta del mismo, al mariscal Petain cuando se reuniera con él en Montoire al día siguiente de la entrevista de Hendaya.

Franco trató, por todos los medios, de disuadir a Hitler de su nueva actitud. Le dijo que se equivocaba: que el Marruecos francés y Orán estarían mucho más seguros en poder de España que de Francia. Él quería entrar ya, en lo que creía la fase final de la guerra, para obtener lo que estaba convenido: aquellos territorios africanos y Gibraltar. Era lo lógico, dadas las circunstancias y el ambiente de los tiempos de «Por el Imperio hacia Dios», pero el Generalísimo no pudo convencer al Führer.

Sin embargo, terminadas las conversaciones de ese día, antes de retirarse a pasar la noche en San Sebastián, Franco redactó con Serrano Suñer un contraproyecto de protocolo (cuyo contenido no conocía exactamente el general Kindelán) y lo hizo llegar a Hitler. Éste, al examinarlo, lo rechazó. Parece ser que se enfureció y envió un mensaje al Generalísimo amenazándole con la ruptura de relaciones con España si, a la mañana siguiente, no tenían en sus manos, firmado, el documento que él -el Führer- había traído a Hendaya ya redactado. El Generalísimo o Serrano Suñer (ignoro ese extremo) lo firmaron -según el General Kindelán- esa misma noche.

El general Kindelán me dijo también que Franco quedó profundamente desilusionado por lo ocurrido y que, a partir de ese momento, aunque continuó creyendo en la victoria del Eje y deseándola, se resistió a la entrada de España en la contienda por considerar que la simple recuperación de Gibraltar, no era suficiente compensación para los sacrificios que aquella beligerancia comportaría.

A los pocos días o semanas, las autoridades navales españolas proporcionaron al Gobierno unos bien fundados informes en los que se apoyó el almirante don Salvador Moreno (entonces ministro de Marina) para adoptar una actitud de abierta oposición no sólo a cualquier intervención española en la guerra, sino a que se permitiera cruzar nuestro territorio a un contingente militar alemán que, con armas especiales, tomaría Gibraltar para nosotros y controlaría desde allí el Estrecho. Esos informes demostraban que la escuadra inglesa dominaba los mares y podía no sólo privarnos de toda clase de suministros vitales, sino «planchar» Bilbao, La Coruña, Cádiz, Valencia o Barcelona. Fue entonces -en noviembre de 1940- cuando comenzó a materializarse la nueva política de resistencia a los alemanes en la que intervino Serrano Suñer, como él lo relató años más tarde, con detalle, en su famoso libro «Entre Hendaya y Gibraltar». En ese libro, como es sabido, no escribió una sola palabra sobre la entrevista de Hendaya. Ahora ha explicado las razones por las que no pudo hacerlo.

En cuanto a Franco, yo estuve siempre, como es natural, muy pendiente de lo que pudiera acerca de aquella entrevista; y que sepa, jamás dijo que «en Hendaya» él nos salvó de entrara en la guerra. Permitió, eso sí, que tal mito se extendiera favorecido por una fácil confusión: la resistencia que, «a partir de lo que allí ocurrió», opuso, efectivamente, a que un contingente de tropas alemanas cruzara nuestro territorio para tomar Gibraltar.

Llegado a este punto he de señalar, coincidiendo en ello con Ramón Serrano Suñer, que no todos los generales españoles estuvieron conformes con la nueva y acertada postura del Generalísimo ante los alemanes. Recuerdo haber tratado mucho, en la primera parte de 1941, a los generales Yagüe y Muñoz Grandes. Estaban patrióticamente obsesionados con la oportunidad que se presentaba de recuperar Gibraltar, y pensaban que la obtención de esa sola reivindicación territorial bien merecía los sacrificios que los españoles habríamos de soportar.

A la luz de lo que me contó el general Kindelán pienso que adquieren una mayor significación las siguientes frases que entresaco del relato que, de la entrevista de Hendaya, nos ha facilitado Serrano Suñer: Hitler «era quien nos había convocado a una entrevista en territorio francés…». En esa entrevista dijo: «Yo soy el dueño de Europa y como tengo a mi disposición doscientas divisiones no hay más que obedecer.» «…Franco se extendió mucho más que [el propio Serrano Suñer en anteriores conferencias] en la reivindicación de la zona francesa de Marruecos y el Oranesado…». Señaló a Hitler que «una concentración de tropas españolas en Marruecos obligaría a los franceses a mantener allí unos efectivos importantes inactivos que no pueden así acudir a otros sectores». «Cuando Franco trató con abrumadora amplitud el tema de las reivindicaciones españolas en Marruecos, pidiendo sobre esto un compromiso formal y previo para participar inmediatamente en la guerra, Hitler puso muchas objeciones y no se comprometió a nada porque ello hubiera destruido su política de aproximación con la Francia de Vichy, y dejó, como ya antes manifestara, el tema abierto para “para después de la victoria”.» «Cuando Franco terminó, Hitler dijo que era preciso que España tomara una determinación, pues tenía concertada para el día siguiente una entrevista con el mariscal Petain en Montoire y era preciso saber a qué atenerse.» «Hitler ordenó a Ribbentrop que nos entregara el documento que llevaba preparado para la firma, con objeto de que lo estudiáramos y propusiéramos enmiendas.» «Franco se mostró con toda razón indignado ante aquel documento que los alemanes traían preparado con la pretensión de empujarnos a la guerra “sin darnos ninguna compensación”. “Es intolerable esta gente -me decía-; quieren que entremos en la guerra a cambio de nada; no nos podemos fiar de ellos si no contraen, en lo que firmemos, el compromiso de cedernos desde ahora esos territorios que, como les he explicado, son nuestro derecho; de otra manera no entraremos en la guerra. Este nuevo sacrificio nuestro -decía Franco- sólo tendría justificación con la contrapartida de lo que ha de ser la base de nuestro Imperio. Después de la victoria, contra lo que dicen ahora, no se comprometen formalmente y no nos darían nada”.» «Más tarde, días después de la conferencia, volviendo Franco sobre el tema, le escribió [al Führer] una carta diciéndole que bien estaba que el nuevo orden que Hitler quería implantar estuviera presidido por la Justicia, pero no quisiéramos que la Justicia que se hiciera a Francia -país siempre enemigo de Alemania- se hiciera a expensas de nuestro derecho». «Ya entrada la madrugada [siguiente al día de la entrevista], cerca de las dos, llegamos a Ayete, la residencia de Franco en San Sebastián. Llevábamos con nosotros el proyecto de protocolo redactado por los alemanes en el que en términos claros se establecía el compromiso para España de entrar en la guerra “en el momento en que Alemania así lo considerara necesario”.» «Apenas clareaba el día cuando… el embajador [Espinosa de los Monteros]… venía muy nervioso [a San Sebastián] apremiando con la urgente necesidad para la firma sin dilaciones del protocolo preparado por Hitler y Ribbentrop que nos habían entregado en Hendaya y que nosotros habíamos rechazado.» «…Vengo (dijo el embajador) a pedir y a recoger una conformidad. De otra manera puede ocurrir cualquier cosa.»

La diferencia entre la versión que yo he expuesto del general Kindelán y la de Ramón Serrano Suñer estriba en que, según el primero, el protocolo firmado fue el redactado por los alemanes y, según el segundo: «Franco después de un cuarto de hora de protesta, me djjo: “Mira, en estas circunstancias no es prudente hacer esperar más a los alemanes y lo mejor será entregar “el proyecto que hicimos anoche dándoles, sólo en base de éste, nuestra conformidad”.»

Nunca he hablado de la entrevista de Hendaya con Serrano Suñer ni con el barón de las Torres -testigos ambos de lo que allí ocurrió- porque, fallecido el general Kindelán, quería conservar en mi memoria, para publicarlo en el momento oportuno, sin influencia de otros relatos, lo que él me contó. Pienso que la verdad histórica se descubre más fácilmente con el contraste público de las diversas versiones de quienes fueron protagonistas, testigos o tuvieron una información autorizada del hecho que interesa conocer. Ni que decir tiene que, lo expuesto por mí, queda sometido a las matizaciones que pudieran resultar de cualquier escrito del propio general Kindelán que apareciera en su voluminoso archivo.

El deseo de compulsar con un documento de esa naturaleza -aún no encontrado- los datos en mi memoria, ha retrasado en varios meses la publicación, a que por fin me decido, de la importantísima información que aquel prestigioso e inteligente general tuvo a bien comunicarme. Estoy convencido de que otros podrán corroborarla o matizarla en algún detalle. Contribuirán con ello al más completo conocimiento de un hecho histórico trascendental.

JOAQUÍN SATRÚSTEGUI

Fuente: HEMEROTECA ABC