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Tema: El origen de la Comunión Legitimista visto por un extranjero (Henningsen)

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    El origen de la Comunión Legitimista visto por un extranjero (Henningsen)

    Fuente: Campaña de doce meses en Navarra y las Provincias Vascongadas con el General Zumalacárregui. C. F. Henningsen, Capitán de Lanceros en el Ejército Carlista. Traducido directamente del inglés por Román Oyarzún. Obra publicada en 1836. San Sebastián, Editorial Española S. A., 1939, páginas 1 – 9.



    DOCE MESES DE CAMPAÑA CON ZUMALACÁRREGUI, DURANTE LA GUERRA EN NAVARRA Y PROVINCIAS VASCONGADAS



    TOMO PRIMERO




    CAPÍTULO PRIMERO



    Estado de la sociedad en España.– El campesino español.– Partidos.– El clero.– Órdenes monásticas.– Sentimientos monárquicos de los campesinos.– Las probabilidades de éxito del Príncipe.





    España, ya sea a causa del carácter de su pueblo, de su historia política o de la naturaleza del país, está mucho más distante de Francia de lo que parecen indicar los mapas postales o los Pirineos que dividen los dos reinos. Está habitada por una raza de hombres con ideas, sentimientos y costumbres diferentes de sus vecinos del Norte. Son una raza aparte, y no pueden medirse con la misma medida que sus vecinos. Es necesario un largo e íntimo conocimiento para juzgarlos con justicia: tienen cualidades sobresalientes y grandes defectos; pero para apreciar ambos tiene uno que haber frecuentado el trato con ellos durante esas escenas emocionantes que hacen salir a la superficie las pasiones que anidan en el fondo de los hombres. El forastero que sólo ha visto a sus habitantes en la capital, en las grandes ciudades y a lo largo del camino real, mientras viaja en su coche, no conoce nada de la nación española. Poco poblada y poco cultivada –habiendo, por las extrañas vicisitudes de su historia política, retrocedido, mientras todo el mundo avanzaba–, España está considerablemente detrás del resto de Europa en civilización, así como en sus vicios y en sus virtudes. Este atraso puede ser debido, en gran parte, al efecto del oro de América, que envenenó sus energías, y a las desoladoras guerras de los últimos años; pues la guerra es como la sangría de un enfermo, que le deja, ya momentáneamente fortalecido, ya larga y fatalmente debilitado. En ella influye más bien la decadencia de una civilización anterior que los restos del barbarismo que lentamente desaparecen.

    En el momento actual se puede dividir a la sociedad en España en dos clases: la agrícola, y la que en francés se llama tan apropiadamente “industrielle”, que incluye a todos los interesados en la parte artificial de una nación; los que fabrican y los que proveen del lujo a aquellas clases que en Inglaterra estamos acostumbrados a considerar, si no como las únicas, sí, por lo menos, como las más respetables de la nación, pero que, sin producir nada en realidad, están viviendo del sudor de la frente del labrador. Éstas, en vez de ser clases de importancia principal, más bien debían ser subordinadas en todos los países, pero aún más en España, donde, excepto el campesino y los que viven el ambiente de los labradores, lejos de las ciudades, y tienen una mezcla extraña de pretensiones, sangre aristocrática y sencillez, todas las clases están completamente degeneradas y desmoralizadas –egoístas, traidoras y afeminadas–. Una ferocidad mora es todo lo que queda de su anterior valor y espíritu elevado. El tradicional amor al honor ha descendido a una vanidad pretenciosa, y ahora asoma a la superficie la avaricia nacional, sin aquellos rasgos de magnificencia y generosidad que eran perceptibles en el antiguo carácter español. Licenciosos en costumbres y en moral, de corazón frío, sórdidos, collones, no tienen ni los vicios ni las virtudes de los bárbaros: la corrupción universal ha destruido su civilización. Esto parece un triste cuadro; pero los que han tratado con los nobles de título, sus políticos, las altas clases del clero, la clase comercial, los ciudadanos en general, los militares y el populacho, temo que no la encontrarán exagerada [1].

    Esta opinión puede parecer apasionada; no es, sin embargo, éste el juicio que me merece la nación española en general, sino una parte de la misma, la que felizmente sólo comprende su décima parte, aunque incluye todo lo que acostumbramos a llamar la “gente respetable” y que posee toda la riqueza, el comercio y el gobierno del Estado; como esta porción cae inmediatamente bajo la vista del viajero, éste acostumbra juzgar por ella a todos los españoles. Pero hay una grande y notable diferencia entre las clases que he nombrado y la inmensa mayoría de los que cultivan el suelo, en mayor o menor escala, que se compone principalmente de sencillos campesinos no contaminados por la corrupción que durante el siglo pasado ha enervado a los habitantes de las ciudades. Independiente y de espíritu elevado, el labrador español, aislado de las masas reunidas, entre las cuales todas las revoluciones de costumbres y de ideas para mejorar o para empeorar se abren paso tan rápidamente, ha permanecido el mismo, o muy poco cambiado, de lo que era hace siglos. Tiene muchos defectos, que nacen principalmente de su cielo del Sur y de su origen meridional: es indolente y cruel, pero sus faltas están redimidas por muchos nobles rasgos; y, en conjunto, he encontrado que en su carácter hay más digno de admiración que de censura. Estas observaciones, según he visto, se pueden aplicar también a Portugal, y explican fácilmente por qué durante la guerra, tanto en este país como en España, el afeminamiento y cobardía de los oficiales ofrecía un contraste tan notable con el comportamiento de los soldados, porque en España todos aquéllos que estamos acostumbrados a ver al frente de la nación fueron los primeros en someterse al francés, mientras los campesinos resistieron incansables a sus opresores; y mientras que ningún país ofrece tantos ejemplos de abnegación y heroísmo, ninguno presenta tantos de traición y de pusilanimidad. Temo que todos los últimos se encontrarán entre las clases que he descrito al principio.

    La nobleza en España, que fue en un tiempo la más guerrera de Europa, se ha hundido en la más completa insignificancia, como sucede siempre con la aristocracia cuando la espada ha llegado a ser demasiado pesada para el que la sostiene. Los industriales, que hace tiempo han sacudido el yugo del clero, intentan adueñarse del poder, que ha desaparecido de los nobles, y gobernar con su oro al agricultor, privando al clero de la autoridad que retiene aún sobre él. Los primeros, como he dicho, poseen en sus rangos la riqueza del reino y la mayoría de los oficiales del Ejército; también poseen todas las plazas fuertes y el material del país, que son lo único que les ha capacitado y les capacita para mantenerse como un partido. Ellos han abrazado la causa del gobierno usurpador por interés personal; algunos, con miras de ver cumplidos sus propios deseos; otros, para conservar sus situaciones o por miedo de perder sus propiedades. Ninguno, yo puedo decirlo con toda seguridad, por adhesión. Gran parte de ellos son “exaltados, ultras” en opiniones liberales, que aspiran o a la anarquía o a la república. Al mismo tiempo, hay una sorprendente diferencia entre el republicanismo en Francia e Inglaterra y el republicanismo en España. En este último país los demócratas y los republicanos acaso sean los más decididos adversarios de reformar las leyes agrarias, a diferencia de Francia e Inglaterra, pues en España las ideas liberales se hallan confinadas a los ricos, que desean la mayor independencia posible para sus propias ciudades, con el fin de establecer en ellas una aristocracia del dinero, y a una minoría de la clase baja que vive en las grandes ciudades, la que espera ansiosamente tiempos de anarquía y confusión, no sólo como un escalón para sus ambiciones, sino también para satisfacer sus pasiones brutales. A esto se oponen los campesinos, que son todos carlistas y forman la gran masa del pueblo, los únicos que han retenido el sello del carácter español y quienes, cuando se les excita todavía, muestran destellos de su antiguo espíritu independiente y enérgico. Orgullosos, indolentes y apegados a sus antiguas costumbres, son todos realistas y legitimistas. Acostumbrados por su antigua forma de gobierno a un alto grado de libertad personal bajo una forma despótica, miran con recelo las modernas innovaciones que los liberales, en su afán de ideas nuevas, desean introducir. Su experiencia les ha hecho sentir, sin duda, un exagerado horror a esta fiebre revolucionaria que ha agitado a Europa durante el último medio siglo, y de la cual hombres insidiosos (o traidores) se han aprovechado para perturbar las naciones, las que, volviendo al mismo punto, se encuentran, a menudo, con que no han hecho más que dar vueltas en redondo y con que los charlatanes que dirigen el movimiento son los únicos que se elevan a lo más alto por el cambio de política. El campesino, o más bien el agricultor, particularmente en las provincias del Norte –y de éstos hablo principalmente–, es, no sólo fiel a su antiguo modo de gobierno y línea de monarcas, a consecuencia de su recelo hacia todo lo que viene de fuera, sino también por sus costumbres, sentimientos y tradiciones. No habiendo nunca sufrido del abuso de la monarquía, sucediera lo que sucediera al cortesano y al ciudadano; habiendo siempre gozado un alto grado de independencia personal, aun en los tiempos de mayor arbitrariedad, mantiene los derechos de su soberano con la misma tenacidad con que defendería sus propios privilegios si fueran atacados. Los sufrimientos de su país (y España, como puede recordar la generación presente, ha sido afligida por muchos) están asociados en su recuerdo a la invasión de los franceses, que, aunque eran esclavos de hecho (pues sufrían la transición de la república al despotismo), llegaron predicando las doctrinas de libertad e igualdad.

    Así, pues, nada tiene de extraño que el pueblo, influido por el clero, no viese ninguna ventaja en cambiar una tiranía bajo la cual era libre, por una libertad tiránica y opresora. ¿Debemos admirarnos si ellos recuerdan que bajo sus reyes y las antiguas leyes de España eran prósperos y felices, que sus flotas surcaban el océano y que el oro afluía de las Indias sometidas, que Austria, Bélgica e Italia estaban bajo su dominio, que desde la llegada de las ideas liberales España ha estado en bancarrota en cuanto al poder, ha sido la burla del extranjero, recorrida por sus ejércitos, aplastada por su avaricia y profundamente herida en su proverbial orgullo nacional?

    Además de estos males y de la experiencia que han tenido del dominio de los “patriotas” bajo el gobierno de las Cortes, el pueblo sabe bien que, según las leyes de España, ninguna mujer puede empuñar el cetro y encuentran que es un insulto a la dignidad española el ser gobernados por una mujer. La reina Cristina conocía tan a la perfección lo impopular que sería cerrar el paso a la sucesión del infante Don Carlos, que, cuando supo que Fernando VII no tendría descendencia masculina, se vio obligada a echarse sin reservas en los brazos del partido liberal. Este partido había arreglado su boda con la esperanza de excluir legalmente del trono a Don Carlos, al cual tenían motivos para temer a causa de su carácter inflexible.

    El Ejército, que estaba en favor del Infante, sufrió cambios en su oficialidad y fue colocado bajo el mando de oficiales procedentes de las fuerzas constitucionales, que se habían rebelado contra él, o de hombres de conocidas ideas liberales. El país se dividió entonces en dos partidos, y así continúa hasta ahora. La mayoría de los habitantes de las grandes ciudades –menos de una décima parte de la población de España– están en favor de la Reina, ya sea como un escalón preliminar hacia una república, o por móviles interesados. Manejando todos los recursos artificiales del país contra las restantes nueve décimas partes, han domeñado por un momento a las últimas, que no tenían más recurso que el campo, las montañas, su número y su espíritu enérgico e indomable. A estas ventajas se añadía, aunque no era el móvil principal, el sentimiento religioso. La persecución de sus frailes y clero (a los que los liberales, dominados todavía por la cólera que les produjo haberse visto obligados a devolver las tierras de la Iglesia compradas en tiempo de la Constitución, habían, no sólo manifestado su intención de atacar, sino que ya empezaron a despojarlos) produjo una impresión altamente favorable a la causa del Infante.

    El período así escogido para asaltar al clero español fue el peor que pudieron elegir. Los muchos y terribles abusos que habían perpetrado, como sucede a menudo en una Iglesia que no es perseguida, en la que hombres ambiciosos se aprovechan de su carácter sacerdotal como punto de apoyo para lograr sus malvados intentos, habían desaparecido y eran cosas del pasado.

    La abolición de la Inquisición, la que se dice, sin motivo, que quería restablecer Don Carlos, y la diferencia que encontraban los campesinos entre la influencia imperceptible del clero y la de los “patriotas” de 1820, ha confirmado su adhesión, no sólo a los párrocos y al clero secular, sino también a las Órdenes monásticas, a las que resultaba altamente impolítico atacar abiertamente. La riqueza de los conventos y monasterios, cuando el campesino ve la vida de mortificación que se lleva dentro (especialmente en el Norte de España, donde las Órdenes son, por lo general, muy rígidas) no excita su ambición. El pobre tiene el derecho de aprovecharse de sus riquezas, y si el día de mañana decide abandonar el mundo y entra a refugiarse entre los muros, tiene opción a participar de la cogulla y la celda y las riquezas de la comunidad religiosa.

    El pueblo español, aunque no más santificado que el de otras partes del mundo, tiene fe en su religión y una profunda y supersticiosa reverencia para sus formas y sus ministros, y cuando vio el inmerecido mal trato que se daba a hombres que, generalmente, llevaban vidas pacíficas y tranquilas, no fue difícil interesarle en su favor y hacerle creer que se pretendía la subversión de su propia religión.

    Nos dicen que las provincias del Norte están luchando, no por Don Carlos, sino por sus propios privilegios. Esto no es así: el realismo en los campesinos españoles es un sentimiento que no se concibe ahora fácilmente en el resto de Europa –aquel espíritu que animaba a los franceses hace un siglo, cuando las últimas palabras de un francés moribundo eran: “Pour Dieu et le roi”, y cuyo rescoldo apagó con tanta dificultad en la La Vendée la República que conquistó Europa–. Es natural que el español, habiendo visto que sus derechos y privilegios, que desde tiempo inmemorial eran respetados por los monarcas, eran ahora pisoteados por los liberales, se sintiera fortalecido en sus sentimientos. Así se verá que la causa de Don Carlos se identificó con las leyes, religión y libertades de los campesinos, no sólo en las provincias del Norte, sino en toda España. Las modernas innovaciones, que se denominan a sí mismas liberales, que se ha intentado introducir al conceder a una clase la libertad y la independencia, le han dado un ascendiente tan poco merecido sobre las demás, que estas últimas nunca lo tolerarán teniendo una superioridad numérica tan inmensa. El campesino, que recuerda vívidamente las batallas en que sus abuelos han luchado tan a menudo por su independencia contra el espíritu del liberalismo –un espíritu que en España ha atacado su felicidad y sus libertades, afortunadamente sin ningún antifaz, mientras que en otros países ha disimulado su horror hasta que fue demasiado tarde para luchar– mira estas innovaciones con un odio lógico y natural. Él es indolente e ignorante, pero no está rebajado por el servilismo. El tiempo y la tradición le han apegado (y es apasionado en todos sus sentimientos) a la autoridad real, que sólo se siente remotamente, y a su clero, que reclama respeto, no por su mérito como hombres, sino como ministros de un poder superior.

    A pesar de que es con frecuencia ignorante, el campesino distingue entre el clero en su carácter sacerdotal y en su carácter individual; al menos en las provincias del Norte, tal distinción es hoy día infinitamente mejor comprendida que lo que yo hubiera podido imaginar; pero esto no ha disminuido en manera alguna su apego a las costumbres de la religión de sus antepasados. Yo he visto a un sacerdote, mientras era nuestro prisionero por alguna causa político, rodeado por las bayonetas de los guardias, pero acompañado por los soldados en sus oraciones con el mayor fervor: mas si un instante después hubiese hecho una tentativa para escaparse, o, si hubiese sido dada la orden, los mismos soldados le hubieran fusilado en el acto, y los espectadores no hubiesen hecho más comentario sobre su muerte que si hubiera sido un seglar.

    Aunque se ofrezca cualquier cosa al campesino como un incentivo para cambiar, él juzga del futuro por el pasado con toda la gravedad y astucia del carácter español. Ha visto que todas las mejoras liberales sólo le hacían depender de los habitantes de las ciudades y le privaban de su salvaje libertad y de las instituciones que el tiempo había santificado en su estimación. Así, pues, todas las teorías constitucionales le parecen una tiranía que privará de su herencia a sus príncipes y a él mismo de su independencia, sabiendo como sabe que, aunque se borre la parte más triste del cuadro, nunca le proporcionará a él ningún beneficio.

    Habiendo intentado describir los sentimientos que animan al pueblo, ahora pasaré rápidamente sobre los acontecimientos que precedieron y siguieron a la muerte de Fernando VII. Este resumen puede ser la respuesta más satisfactoria a la pregunta de: ¿Por qué Don Carlos no ha marchado ya sobre Madrid? Una pregunta que, naturalmente, se la hará el lector cuando lea mi afirmación de que nueve décimas partes del país están decididamente en su favor. El relato de lo que ocurrió antes de la muerte de Fernando será breve, pues mi intención es principalmente detallar la entusiasta adhesión, los sacrificios de fortuna, vida y familia hechos por los partidarios de Don Carlos en las provincias del Norte, aun antes de que viniera en persona a arriesgarse en medio de un puñado de partidarios en las montañas de sus dominios hereditarios, como Carlos Estuardo en las altas montañas de Escocia. Hasta ahora, es verdad, su éxito no ha sido decisivo; pero los que conocen la popularidad de su causa en la Península no pueden dudar de su éxito futuro, por mucho que se prolongue la lucha. Las provincias del Norte sólo pueden ser sometidas por el exterminio de la población masculina, el trasplante de las familias, el incendio de las cosechas y la destrucción de toda habitación humana, como intentó la Convención francesa en La Vendée. Mas el hacer todo esto en un país como el actual teatro de la guerra, que burló al genio de Napoleón con todas sus legiones, y donde todo acto arbitrario, en lugar de sembrar el terror, arma nuevas masas de población, requería, yo creo, un ejército más grande que el que jamás se ha reunido bajo hombre alguno desde los días de Jerjes. Además, se vería forzado a alimentarse de sí mismo como un enjambre de abejas una vez terminado su trabajo. Bien sé que el público lejano está acostumbrado a recibir impresiones muy diferentes; pero la gente ha sido mantenida tanto tiempo en la ignorancia de los hechos por las intrigas de la Bolsa y los judíos confederados, sus jefes, los Rothschild y los Mendizábal, que, como chacales y cuervos se alimentan con los cadáveres putrefactos donde ha habido batalla, y que, como Byron tan apropiadamente expresó:

    .....................................................................……...…………..Stand afresh,
    To cut from nations hearts their pound of flesh!

    que ya es hora de que se enteren del estado real de las cosas. En todo el Norte de España, los distritos son, con excepciones insignificantes, favorables a Don Carlos; y la Reina, en todos sus dominios usurpados, no ha conseguido con sus intrigas obtener una ciudad o pueblo tan completamente fiel a ella como lo son a su Rey las provincias hoy teatro de la guerra. Es tan intenso el interés que toman en la guerra, que parece increíble: ahora, como en el caso de Cortés cuando éste quemó sus naves, la retirada es imposible; tienen que vencer o morir en la lucha. Cuando observamos que están luchando contra una fuerza completamente artificial, que disminuye de día en día, mientras ellos están apoyados por los deseos de nueve décimas partes de España, que acogen al ejército real como a su salvador y libertador, se puede adivinar el fin. La muerte de Zumalacárregui, el Scanderbeg moderno, sin duda ha retrasado muchos meses el triunfo del Rey; en verdad, si hubiese muerto este general cuatro meses antes, probablemente hubiera sido fatal a la causa en esa parte de España, aunque estoy convencido de que el rescoldo hubiera muy pronto producido otro fuego. Pero al morir legó a su partido todos sus elementos de éxito; además, había destruido aquella parte del ejército enemigo que estaba compuesta de los veteranos de la guerra constitucional, así como las reputaciones de los mejores generales que habían sido sucesivamente enviados contra él.

    A pesar de que es imposible predecir el resultado final de la lucha (esta guerra ha añadido otra prueba al número que ya existía de que no siempre ganan la carrera los veloces, ni la guerra los fuertes), sin embargo, aquéllos que realmente han visto el espíritu que animaba al pueblo y la naturaleza del país, opinarán, así como yo mismo, que aun en el caso de que el ejército real sufriera muchas y fatales derrotas, sería imposible someter al país de otra manera que por el exterminio. Además de los sentimientos de que están alentados, sus familias y fortunas se hallan tan enteramente comprometidas que deben correr el último riesgo. Sus padres, hijos y parientes han sucumbido o están luchando en las filas carlistas. Si la causa de Don Carlos triunfa, ellos contemplan un horizonte de felicidad; si fracasa, su total ruina. Ellos tienen su recibo de todo lo que han pagado ya en contribuciones y raciones; con todo están contentos, sabiendo que, si llegan a Madrid, les será concedida una indemnización por todas sus pérdidas. En el presente período de la guerra, con una victoria decisiva en las llanuras de Vitoria, los insurgentes marcharían sobre la capital, mientras que si esta batalla fuera ganada por los constitucionalistas, les haría avanzar poco; si la perdiesen, sería complemente fatal.




    [1] Nota de Román Oyarzun. El traductor teme lo contrario.
    Última edición por Martin Ant; 06/03/2019 a las 18:00

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