Mi recuerdo de Churchill

ABC (3 de Junio de 1975)

Por Alfonso Paso


La Costa Azul ha sido, tradicionalmente, la gran hospedería de los personajes más famosos del mundo. Yo conocí en Niza a los duques de Windsor y luego volví a encontrarlos, en una noche de nieve, en el hotel «Jorge V», de París. He contado muchas veces la anécdota que el inolvidable David, el duque, me hizo protagonizar. Quería pasear y yo tenía el abrigo en la habitación. El duque, con una enorme sencillez, me prestó su abrigo y pidió al portero que vigilaba la entrada del hotel su capote. Le quedaba ancho, largo y no hay duda que el buen David estaba con el capotón del portero tan pintoresco como yo mismo con su abrigo. En la Costa Azul, David solía vestir impecablemente. En un par de ocasiones se cruzó con Winston Churchill, político por el que yo tuve siempre una enorme devoción. David y Churchill se saludaban con fría corrección.

Recuerdo una extraña y divertida conversación que tuve con Churchill. Yo le dije que había sido siempre hombre de educación inglesa, que tuve un preceptor inglés y que admiraba los modos y las maneras de los ingleses, pero le añadí que en la guerra había sido germanófilo. La respuesta de Churchill fue rapidísima:

– Eso revela su sentido común.

Debí hacerme muy simpático a Winston Churchill cuando éste, ya retirado prácticamente de la política, se ponía a pintar por Cap Ferrat y guardaba un piadoso silencio sobre todo lo que se refería a Somerset Maugham. Llevaba un sombrero amplio, de ala muy ancha y masticaba la punta de su cigarro puro. Recuerdo que me ofreció uno de estos cigarros que extrajo de una purera de cuero azul.

– Puede fumarlo sin ninguna reserva. Es español. Es un canario «Montecruz».

Le respondí que yo fumaba la misma clase de cigarros y él me habló primero de sus tiempos jóvenes, cuando luchó con el Ejército español en Cuba. Allí se había aficionado al cigarro puro. Después me comentó:

– Pero como los buenos pureros de Cuba se han ido a las Islas Canarias…

Churchill vio que yo no encendía el cigarro. Se echó a reír y pensó que seguramente quería guardarlo como recuerdo, cosa que así hice. Aún tengo su «Montecruz» en un lugar preferente de mi despacho. Me dio otro y me comentó:

– No haga caso de los que dicen que yo odiaba a España. La realidad es que la he querido mucho. Pero confieso que, políticamente, le he hecho todo el daño que me ha sido posible. Los negocios son los negocios.

Luego me señaló el mar y concretó su dedo índice en un punto lejano.

– ¡Ah, el Mediterráneo! Ustedes, los españoles, lo tienen. Y estos condenados franceses también. Los ingleses hubiéramos dado todo por tener el Mediterráneo. Pero supongo que es una cosa que a la larga no podremos conseguir.

Un día tropecé a sir Winston Churchill en Niza. Iba conmigo el ingeniero español Salaverri. El hombre me miró de arriba abajo y, como yo estaba fumando un puro, se apresuró a observar la vitola. De pronto, exclamó:

– ¡Ah, los «Montecruz» boys!

Me había reconocido, cosa que yo nunca creí. Por aquellos tiempos, el Real Madrid estaba dando un auténtico festival en los campos de fútbol europeos. Con una memoria que me causó pasmo, Churchill me dijo, mientras mordía la punta de su cigarro puro:

– Hay otra cosa que los ingleses no podremos tener nunca. Una vez le dije que el Mediterráneo, ¿verdad? Pues otra más: ese endiablado Real Madrid.

Yo le comenté divertido, que era «hincha» del otro equipo de la capital, del Atlético. Y Churchill sentenció:

– Eso revela su educación inglesa. Hay que ponerse las cosas difíciles.

El cigarro de Churchill, junto con su retrato, en mi despacho, son el recuerdo de aquel hombre estupendo, liberal, cordialísimo y emocionante del que el mundo entero guarda respetuosa memoria.


Fuente: HEMEROTECA ABC