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Tema: Epopeya del soldado español que descubrió Persépolis y el mundo lo olvidó por siglos

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    Epopeya del soldado español que descubrió Persépolis y el mundo lo olvidó por siglos


    Ilustración de Figueria realizada por Miguel Zorita, sobre un dibujo antiguo de Persépolis


    La epopeya del soldado español que descubrió Persépolis y el mundo lo olvidó durante siglos


    El embajador García de Silva y Figueroa llegó a Persia en 1618, por orden de Felipe III, para reunirse con el Sha Abbás el Grande de Irán. Su viaje duró cuatro años, pero realizó uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de la historia y se convirtió en el primer europeo en ofrecer una descripción de la escritura cuneiforme

    Israel Viana

    MADRID Actualizado:28/04/2020


    El 17 de julio de 1618, García de Silva y Figueroa se encontraba por fin ante Abbás el Grande de Irán. Enviado por Felipe III como embajador, a este soldado y explorador español –nacido en Zafra, Badajoz– le costó cuatro años llegar a su cita con el Sha para intentar establecer una alianza militar contra los turcos. Durante el viaje sorteó todo tipo de peligros y aventuras para exponerle los planes del Rey de España al líder persa, pero, una vez allí, este se negó a recibirle y le ordenó que regresara sin una respuesta. Nada de eso debía importarle ya a nuestro protagonista, porque acababa de realizar uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de la historia: Persépolis, la antigua y desaparecida capital del Imperio persa.

    A raíz de ello, el embajador –que aparece arriba según la ilustración de Miguel Zorita– se convirtió en el primer europeo en ofrecer una descripción de la escritura cuneiforme, la más antigua del mundo. Y dejó para la posteridad, además, uno de los libros de viajes más bellos de los últimos siglos: «Comentarios de don García de Silva y Figueroa de la Embajada al rey Abbás de Persia» (Ediciones Orbigo, 2015). Una obra que, a pesar de su importancia y del revuelo que causó en el ambiente intelectual de Europa a principios del siglo XVII, no fue traducido al español hasta el siglo XX y condenó al embajador al olvido.

    Han sido algunos los historiadores que han intentado contar su vida en épocas pasadas, pero «es notablemente poco lo que se conoce», apuntaba Joaquín María Córdoba en su artículo «Un caballero español en Isfahan» (CSIC, 2005). «Y aunque no podamos decir que tengamos un retrato minucioso, sin duda hemos conseguido recuperar el perfil de un ser concreto. Uno que nos produce la gozosa alegría del que ve surgir de entre las brumas la imagen del ser querido al que buscaba», añade después.



    Uno de los manuscritos de los «Comentarios» de Figueroa conservador en la BNELa muerte


    Figueroa tuvo la mala suerte de fallecer a los 75 años, en alta mar, cuando estaba apunto de llegar a España tras una década de viaje. Fue en febrero de 1624, poco después de salir de Ormuz. Su última anotación es del 28 de abril y hacía referencia al rumbo de su nave, pero la copia que conserva la Biblioteca Nacional de España contiene una acotación más: «Murió el 22 de julio a las ocho horas de la noche por el Mal de Loanda [escorbuto], a 110 leguas al norte de las islas de Flores y Cuervo. Echaron su cuerpo al mar, en un cajón cargado de piedras, que flotó en calma alrededor de la nao durante dos días».

    Según este relato, la escena debió ser trágica para su tripulación, como si el cadáver no quisiera apartarse del barco en el que había estado a punto de cumplir su sueño de regresar a casa una década después. Como legado dejó aquel «monumento a la literatura española y europea de viajes», según lo califica Córdoba. Una obra en la que Figueroa describe su viaje y sus descubrimientos con increíble detalle, ordenando sus recuerdos en «libros» y estos, a su vez, dividiéndolos en capítulos con «epígrafes para mayor comodidad de los lectores», aclaraba.

    La comitiva partió de Lisboa, en 1614, para llegar a Goa, la capital de la India Portuguesa. Allí permaneció dos largos años retenido. Tras reiniciar la marcha y cruzar a toda vela el Océano Índico, avistó la costa de Arabia el 8 de abril de 1617. Escribe Figueroa que el calor allí era muy grande y la visión de la tierra, tristísima, de «un color arena bermeja, sin aparecer en ella ningún verde ni señal de ser habitada». Después costearon Omán y atravesaron el estrecho de Ormuz hasta llegar a Persia, donde descubrió que el Sha se encontraba realmente en la zona del Caspio. En noviembre el embajador marchó a Shiraz y allí decidió esperar hasta la primavera para ir a su encuentro.

    La ruinas de «Chilminara»

    Cuando se echó de nuevo a la mar en abril de 1618 con rumbo a Isfahan, en Irán, se apartó de la ruta para ver unas ruinas de las que le habían hablado. En su libro las denomina «Chilminara». Tenía la intuición, por lo que había leído en las fuentes antiguas y por lo que le habían contado en Europa, que «este sitio, sin poderse dudar de ello, debe ser la antigua Persépolis». Y cuando allí y descubrió las ruinas, se quedó tan perplejo que no dudó ni un minuto de ello. La carta que le mandó a su amigo el marqués de Bedmar, embajador en Venecia, era tan rica en detalles y explicaciones que la noticia circuló en los círculos ilustrados de las principales ciudades de Europa por un tiempo.

    «Los arquitrabes del palacio que remataban las puertas por lo alto estaban labrados y grabados con muchos follages. En algunas partes había inscripciones de letras del todo desconocidas», apuntaba en su mencionada obra, donde precisaba después: «Existe una impresionante inscripción tallada en jaspe negro. Sus caracteres son todavía claros y brillantes, increíblemente libres del deterioro de la edad. Las letras mismas no son ni caldeo, ni hebreo, ni griego, ni árabe ni de ningún pueblo conocido hasta ahora. Son triangulares, en forma de pirámide u obeliscos diminutos, como están ilustradas en el margen. Y son todas idénticas, excepto por su posición y ordenación. Sin embargo, los caracteres resultantes de la composición son extraordinariamente diferentes».

    Figueroa llegó a la conclusión de que los símbolos cuneiformes que adornaban aquellos templos no eran simples ornamentos, sino una forma de escritura. Y es cierto que António de Gouveia (1602) y Giambattista y Gerolamo Vecchietti (1606) ya los habían reconocido como un tipo de escritura en otras esculturas halladas, pero será el embajador el primer occidental en describirlos. Por eso los folios que componen el capítulo VI del Libro Cuarto, en los que propone y argumenta minuciosamente esta hipótesis, y donde también describe las ruinas, son hoy los que merecen la mayor atención de los investigadores.

    La descripción

    El embajador se centra, por ejemplo, en la gigantesca plataforma revestida de gruesos sillares de cantería que se apoya en la montaña Kuh-i Rahmat, la misma que sirve de base al conjunto de edificios de Persépolis. También en la gruesa muralla de mármol que la rodea, «de una grandeza maravillosa y de más de dos picas de alto». Resalta el gigantesco tamaño y la perfecta talla de las escalinatas del primer palacio en el que se adentra. Una vez arriba, se asombra ante el pórtico, «que es sustentado por dos grandísimos caballos de mármol blanco, mayores que un gran elefante cada uno». Y a la derecha cuenta 27 columnas enormes y calcula la altura del edificio en «setenta pies, sin la basa».

    Continúa su paseo por otros conjuntos de ruinas, a los que designará más tarde como los palacios de Darío, Artajerjes I, Jerjes, Artajerjes III, Palacio D y Tripylon, todos ellos con sus relieves, puertas y marcos de ventanas tallados en mármol y piedra negra perfectamente pulidos. Los relieves de estos le impresionaron tanto que mandó a un pintor de su séquito para que sacara algunos dibujos del natural, los primeros tomados «in situ» por un profesional, que durante siglos quedaron igualmente olvidados en los manuscritos de la Biblioteca Nacional.
    Fue después cuando, al dirigirse hacia la ladera de la montaña, se encontró con un templo de mayor tamaño, que contaba con numerosas ventanas, puertas y columnas derribadas en el patio principal. Esta zona llamó poderosamente su atención, ya que contaba con inscripciones en los arquitrabes y los frisos. Fijó su mirada en una que estaba grabada con surcos profundos y mandó copiar uno de sus renglones «con letras compuestas de pirámides pequeñas y puestas de diferentes formas». Pronto las identificó como las escrituras de los antiguos constructores.

    Una ciudad «sepultada por tantos siglos»

    Al final de esta descripción, Figueroa razona su hipótesis de que Chilminara era Persépolis, para lo que recurre tanto a las fuentes clásicas que hacían referencia a ella, como a los informes que en España le había facilitado fray Antonio de Gouvea. Y concluyó que aquella era la capital «sepultada por tantos siglos». «La última anotación es de una melancólica y poética belleza –apunta Córdoba en su artículo– , cuando dice que al anochecer, recogiéndose el embajador hacia Margascan, sobrevoló su séquito gran número de cigüeñas que, a su vez, volvían a los nidos instalados sobre las legendarias columnas».

    Es una lástima que los logros de nuestro embajador –que en su juventud estudió Leyes en Salamanca, sirvió en el Ejército de Flandes y fue gobernador de Badajoz– hayan tardado tanto en ser reconocidos. Lo intentó un editor parisino llamado Wicquefort, que publicó una traducción francesa de un manuscrito incompleto 43 años después de su muerte. La obra, sin embargo, cayó en el olvido no mucho tiempo después, entre el alud de nuevas publicaciones cada vez más completas y llenas de grabados magníficos. Sin embargo, la primera edición española del viaje y la embajada de Figueroa no llegó a nuestro país hasta 1903 y 1905. Su responsable fue Manuel Serrano y Sanz, que publicó el texto completo de uno de los dos manuscritos conservados en la Biblioteca Nacional.




    https://sevilla.abc.es/historia/abci...9_noticia.html


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    Re: Epopeya del soldado español que descubrió Persépolis y el mundo lo olvidó por sig

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    GARCÍA DE SILVA Y FIGUEROA: LA CIUDAD OLVIDADA





    Garcia Silva y Figueroa y Persepolís (Composición)


    Tres de la tarde del 7 de abril de 1618. Bajo un sol de justicia, don García de Silva apenas puede contener la emoción. Después de estar toda la noche sin dormir, expectante cual niño que aguardara la llegada de los Reyes de Oriente, el representante de su majestad Felipe III en Persia parpadea una y otra vez mientras barre con la mirada toda la ladera del Kuh-i-Rahmat, donde se erige en todo su ruinoso esplendor una ciudad olvidada por la Historia.

    A lo lejos. como çien pasos della hazia el monte, comienza a vislumbrarse la silueta de una hilera de columnas que no alcanza a enumerar. En la jamba de la puerta del este se encuentra un relieve en el que se muestra al rey Darío en su trono, sostenido por representantes de las 28 naciones sometidas, con su hijo Jerjes detrás y a Ahura Mazda encima, dominando la escena. Este relieve, concluye el erudito don García, muestra la estratigrafía clásica del mundo persa: primero el Imperio, simbolizado por las naciones sometidas; en un escalafón superior aparece el Gran Rey y por encima de todo, Ahura Mazda, su dios.

    Durante sus muchos años en el país ha tenido oportunidad de visitar Palmira, Orfa, Caramit, Qom, Bagdad o Ctesifonte, pero ninguna es comparable a la belleza que fluye entre los derruidos muros de la ciudad de piedra y mármolde más de dos picas de alto, la más bella de todas las ciudades antiguas, la que hace muchos siglos atrás conquistara el mismísimo Alejandro.

    A derecha e izquierda, todo es historia viva. Es entonces cuando a lo lejos divisa el pórtico que llaman Puerta de Jerjes, custodiada por dos Lamassu**––cuerpo de león, alas de águila y cabeza de hombre––de proporciones colosales, y su corazón da otro vuelco.

    ––Así que es cierto ––se dice el extremeño con ojos vidriosos––. Y yo lo he descubierto.

    Y en ese momento, don García de Silva y Figueroa llora mientras se perfila ante sus ojos la mítica Persépolis, la ciudad olvidada.

    EL PERSONAJE

    Soldado, diplomático, erudito y explorador. García de Silva y Figueroa (Zafra, 29/12/1550-Oceáno Atlántico, 22/7/1624) fue el primer occidental en identificar las ruinas de Persépolis, la antigua capital del Imperio aquemenida en la legendaria Persia.

    Hijo de Gómez de Silva y María de Figueroa, don García vino al mundo en Zafra, dando muestras muy pronto de un carácter inquieto y curioso. Se formó en leyes en la Universidad de Salamanca antes de alistarse en el Ejército de Falndes, donde llegó a alcanzar el grado de capitán. A su regreso ocupó diversos puestos relevantes, como el de corregidor de Jaén y Andújar, cargo que ejerció entre 1595-1597, o el de comendador de Toro. Prestó después sus servicios en la Secretaría de Estado, y tan bien lo hizo que el rey Felipe III lo eligió para encabezar una embajada española a la corte de Abbas el Grande,gobernante del Imperio safávida. Sería allí donde comenzaría la mayor aventura de su vida.

    PERSIA

    La primera noticia del establecimiento de relaciones entre la corte española y la persa data del periodo de Felipe II, allá por 1565, cuando el Prudente solicitó un informe sobre el imperio persa a resultas de una carta del emperador Maximiliano II, en la cual le hacía ver lo interesante y lo provechosa que sería la unión de todos los enemigos del imperio turco para atacarlo simultáneamente y terminar así con la presión otomana sobre el Mediterráneo

    A comienzos del siglo XVII, en la lejana tierra de Persia existía una colonia de ingleses que influía notablemente en el sah Abbas, tanto como para convencerle de la conveniencia de iniciar relaciones con los distintos reinos europeos, entre ellos España. A tal efecto se enviaron dos embajadas a Madrid en 1611, gracia que el rey pretendió devolver un año después, cuando el 12 de octubre de 1612 el Consejo de Estado organizó una delegación encabezada por Don García. Sin embargo, los planes iniciales se vieron modificados cuando a finales de 1613 llegaron a Madrid desde Persia dos agustinos con una carta de sah Abbás I para Felipe III, en la que le proponía una alianza militar contra los turcos. Tras diversas vicisitudes y retrasos, el 8 de abril de 1614 partiría finalmente de Lisboa con destino a Persia una flota compuesta por tres navíos: Nuestra Señora de la Luz, Nuestra Señora de los Recuerdos y Nuestra Señora de Guadalupe.

    El viaje fue largo y complicado. Especial mención merece la estancia en Goa, puerto al que llegaron el 21 de marzo de 1617, donde se produjeron diversos incidentes con el portugués don Jerónimo de Azevedo, y en Ormuz, en el que don García también tuvo conflicto con don Luis de Gama, luso también, a cuenta de sus denuncias por injerencias castellanas en la confección de la embajada y que terminó con Silva y Figueroa retenido hasta tres años.

    Tales vicisitudes retrasaron la llegada de la flota hispana a tierras persas hasta el 29 de abril de 1617. Shat-el-Arab, Isfahán…Persia se abría a los ojos de un hombre aventurero, ansioso de conocer nuevos mundos y con una misión encomendada por el rey Felipe: que el persa persevere en la guerra contra el Turco para que no progrese en el Mediterráneo. Y, de paso, conocer de primera mano la relación con los ingleses de cara a mantener el monopolio comercial portugués en el Índico.

    Sería en la famosa plaza de Isfahán donde don García tendría la primera entrevista con el soberano persa, el 2 de agosto de 1619, después de estar mucho tiempo aguardando el regreso del sah, quien había acudido a la guerra para enfrentarse con un ejército turco en la ciudad de Ardebil. En medio de las fiestas para celebrar la vuelta de Abbas después de tres años fuera de la ciudad, el monarca recibió al español en audiencia nocturna, por coincidir en ramadán, al amparo de las maravillosas cúpulas de las mezquitas del Shah y Loftollah.

    Dos años después de su llegada, al fin se produjo la anhelada reunión entre dos hombres que, tan solo unos minutos después de la habitual cortesía, descubrieron que no se caían bien: el soberano, aunque musulmán de carnet, era hombre dado a los excesos de la carne, ya fuera masculina o femenina, y al vino, llevando una vida disoluta que contrastaba con el carácter casi ascético y autoritario de Silva y Figueroa. Y si chocaron frontalmente en los caracteres, aún más lo hicieron en los temas a tratar: cuando don García sacó el tema de la guerra contra los turcos, el sah respondió que acababa de firmar una paz con ellos y que no tenía intención de romperla, al tiempo que echaba en cara la poca predisposición europea para luchar conjuntamente, incluido nuestro Felipe, al que afeó que se limitara tan solo a autorizar acciones de corso en lugar de guerrear en condiciones; por otra parte, cuando el español sugirió el intento de recuperación de los territorios de Bahrein, Quism y Bandar-e Abbas, que siendo del rey de Ormuz, vasallo de España, había conquistado Abbas, el persa optó por ignorarle. Dos horas bastaron para que don García concluyera que Abbas, aunque con apariencias exteriores de amistad, es esencialmente enemigo.

    La situación, lejos de mejorar, derivó a un camino sin salida, hasta el punto de que las autoridades impidieron al español abandonar el territorio persa a consecuencia de un incidente en España con el embajador inglés al servicio de Persia, Robert Shirley. Encontróse así don García recluido en un país inmenso y sin nada que hacer, por lo que tomó la iniciativa de aprovechar el tiempo y recorrer aquellas tierras. Lo que no se podía imaginar es que con esa decisión estaba a punto de cambiar los libros de la historia arqueológica…

    PERSÉPOLIS

    Hay que decir que las ruinas de Persépolis ya eran conocidas en los libros de historia. De hecho, podríamos remontarnos al siglo XIV para encontrar alguna mención, pero lo cierto es que nunca se le dio la importancia que realmente tenían a aquellas ruinas que recibían el nombre de Chehel Minar y que el español denominó «Chilminara», nombre procedente del persa Čehel Menāra,que en lengua arabiga suena lo mesmo que quarenta alcoranes o colunas.

    Don García escribió una crónica completa de sus viajes titulada Totius legationis suae et Indicarum rerum Persidisque commentarii, que constituye sin duda alguna la mejor descripción de la Persia de entonces. En ella informa con detalle de los sucesos en la corte del sah, describe cuidadosamente las ciudades que visitó y hasta los caravanserai que halló a su paso; también proporciona datos etnográficos sobre las comunidades no musulmanas, los armenios de Jolfa o los zoroastrianos, la práctica de la tauromaquia o el cultivo de palmeras datileras, pero sin lugar a dudas su obra más interesante es Los Comentarios de D. García de Silva y Figueroa de la embajada que de parte del Rey de España Don Felipe III hizo al rey Xa Abas de Persia ,donde se puede encontrar una gran cantidad de datos fielmente recogidos sobre Persépolis.

    En sus Soberuios y antiquisimos edifiçios de Chilminara, don García describió todos los edificios con un alto grado de detalle, dando mediciones, confirmando hipótesis e identificando algunos de los restos, siendo esta última la mayor aportación de don García al mundo arqueológico.

    Lo primero que impresionó al español, al igual que a todos los que hemos tenido el privilegio de visitar Persépolis, fue la imponente terraza natural sobre la que se funda la ciudad, a la falda de la montaña de Kuh-i Rahmat y frente a la llanura de Maru-i Dasht.

    Ay dos anchas y hermosas escaleras para subir al plano de arriba, una á la mano derecha y otra á la izquierda, corriendo cada dellas por la una parte arrimada á la mesma muralla, y por la otra á un pretil o parapeto del mesmo marmor….

    Otra de las maravillas que se encontraría es la llamada Puerta de las Naciones, obra de Jerjes (475 a.C.), denominada así por la inscripción que está esculpida en su interior.

    Acabadas de subir las escaleras auia un portico ó entrada que sustentaban dos grandissimos cauallos de marmor blanco, mayor cada uno dellos que un grande elephante, con grandes alas, y que en la fiereza tenian mucha semejança de leones, no guardaua la propiedad que deuia tener en la figura de verdaderos cauallos…Otros diez pasos delante de la coluna auia otro portico que sustentauan otros grandes cauallos, y de la forma que el primero, de manera que la columna quedaua en igual distançia de entrambos á dos.”

    Las maravillas se sucedían a sus ojos: La Apadana o Sala de Audiencias, obra de Darío y Jerjes, un quadrado perfecto, aunque de desiguales lados, los numeroso relieves que adornaban los muros de mármol, el Trypilon, los palacios de Darío, Jerjes I y Artajerjes I, allí donde los reyes ofrecían los banquetes durante la celebración del No Ruz, la Puerta Inacabada, la Sala de las 100 Columnas …la descripción que realizó don García fue exhaustiva, e incluso hay constancia que el embajador ordenó dibujar algunos de estos relieves, convirtiéndose en los primeros documentos gráficos de Persépolis

    “…labrada de medio relieue con muchas lauores en que ay esculpidos honbres y animales de diuersas formas, … Subiase á este sigundo edifiçio por una hermosissima escalera, y aunque ni era tan alta ni tan espaçiosa como las de la muralla grande, porque no tenia mas de veynte y quatro pies de ancho, y tantos menos escalones quanto su muralla era menos alta, pero de mucho mayor primor y hermosura, teniendo muy al natural esculpido en los pretiles y paredes della un triunpho ó proçesion de honbres en diferentes hábitos y trages, que lleuaban çiertas insignias y ofrendas…En otra parte se veen animales que pelean con otros, en que con gran perfecçion ay esculpido un feroçissimo leon que despedaça un toro, tan natural y con tanta feroçidad y braueza, que propiamente pareçia biuo”.

    Pero si el hito de identificar cada uno de los edificios es absolutamente trascendental, a Silva y Figueroa le quedaba por regalarnos otro tesoro: el descubrimiento de la escritura cuneiforme.

    La identificación de las cuñas que español pudo copiar en Persépolis fueron los primeros signos de este tipo de escritura. Don García fue claro en su descripción: “…y en algunas partes inscripçiones de letras del todo incognitas, siendo mayor su antiguedad que las hebraicas, caldeas y arabigas, no teniendo semejança alguna con ellas, y mucho menos con las griegas y latinas…cuyas letras estauan cauadas muy hondas en la piedra, compuestas todas de piramides pequeñas puestas de diferentes formas de manera que distintamente se diferençiaua el un character del otro sigun y como aquí abajo van figuradas”. Esta es la primera definición de la escritura cuneiforme, mucho antes de que se lo atribuyeran a Jules Oppert o Henry Rawlinson.

    Al igual que con los relieves, don García también mandó sacar copias de aquellas inscripciones, en concreto “un renglón de una inscripçion grande que estua grauada en el triunpho de la escalera”, que puede ser la que se encuentra en la escalera del Palacio de Darío, obra de Artajerjes. Estas serían las primeras impresiones que se harían y, de no haberse perdido, al igual que el resto de la colección de grabados y objetos que se trajo de su expedición, hubieran constituido una de las bases para el desciframiento del cuneiforme, tal y como sucedió con las que se trajo Pietro della Valle.

    Tras esta larga y minuciosa visita y descripción de las ruinas de Chilminara, a don García ya no le cabía duda alguna que aquellas espléndidas construcciones no podían ser otras que Persépolis, y así lo manifestó en varias ocasiones: “Mirando bien el sitio de Margascan con su hermosa y ferlissima campaña y con la vezindad del antiguo rio Araxes, nadie podria dudar auber sido en él la grande y famosa Persepolis:

    Extasiado, Silva narró el descubrimiento por carta al marqués de Bedmar, embajador de Venecia, extendiéndose la noticia por Europa a gran velocidad. A partir de aquel momento, otros muchos viajeros y estudiosos comenzaron a visitar la ciudad, pero no fue hasta 1928 que Persépolis empezaría a ser estudiada y excavada por parte del arqueólogo americano Ernest Herfeld. Es decir, trescientos años después de la llegada de nuestro compatriota.

    REGRESO A ESPAÑA Y MUERTE

    Don García permaneció diez años en oriente. Con el fracaso diplomático pesándole como una losa, el 25 de abril de 1620 llegó a Goa un hombre viejo, agotado y con una agridulce sensación de derrota, solamente atemperada por su relevante descubrimiento arqueológico.

    Los años en Goa sería desdichados. Las malas condiciones climatológicas le hicieron abortar su intención de regresar a España, viéndose obligado a permanecer en una ciudad donde sufriría el mismo recelo portugués que se encontró en el viaje de ida. Luego le llegaría la noticia de la muerte del tercer Felipe y la sensación de que la suya ya comenzaba a rondarle, todo eso en medio de un ambiente bélico en el que mientras los portugueses planeaban apoderarse de Basora, Abbas asediaba Ormuz en febrero de 1622, auxiliado por seis buques ingleses. De todo ello dejó Silva interesantes notas en sus Comentarios.

    Finalmente, y tras muchos impedimentos por parte del virrey Francisco de Gama para que le autorizara su partida a España, zarpó don García el 1 de febrero de 1624, ya anciano y aquejado del mal de Loanda, enfermedad que el mismo don García describió de esta manera:

    la sigunda enfermedad por la mayor parte es peligrosísima y terrible, hinchándose las piernas y muslos con unas manchas negras o moradas de malísima calidad, subiéndose desde allí al vientre y luego al pecho, adonde luego mata, sin otro dolor ni calentura”.

    La última anotación de su diario la realizó el domingo 28 de abril, recién doblado el cabo de Buena Esperanza: “se prosiguió la navegación en la popa a nordeste…Tomóse el sol este día en 23 grados y medio”.

    Anochece el día y a la misma velocidad con que la oscuridad engulle el cabo de Buena Esperanza la muerte cierne su lúgubre capa sobre el cuerpo cansado de García Silva y Figueroa. El español permanece tumbado en el camastro, perfilado su rostro demacrado por la luz vaporosa de un candil, aguardando la llegada de la Cierta con la tranquilidad propia de quien no la teme. ¿Por qué debía de hacerlo? Al fin y al cabo, se dice, un hombre solo puede morir si antes ha vivido. Y por Dios que él lo ha hecho: cada vez que luchó, amó, besó y se maravilló, como aquel caluroso 7 de abril en el que descubrió un pedazo de cielo en la tierra.

    Y con el recuerdo de las Puerta de las Naciones humedeciéndole los ojos, don García emprende su último viaje a ese lugar que a todos nos aguarda detrás de las estrellas.

    Ricardo Aller Hernández

    BIBLIOGRAFÍA


    • Comentarios de Don García de Silva y Figueroa de la embajada que de parte del Rey de España Don Felipe III hizo al rey Xa Abas de Persia, Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1903-1905.
    • Antes que nadie. Fernando de Paz. Libroslibres, 2012
    • Biografías de la Real Academia de la Historia.






    https://espanaenlahistoria.org/perso...udad-olvidada/


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