Artículo escrito a los pocos meses de la retirada de España del Sahara Occidental:
PÁGINA TURBIA EN LA HISTORIA DE ESPAÑA (Política sobre el Sáhara español)
España, nación señora de provincias, va pasando a país tributario. Los españoles se niegan a asumir las consecuencias que conlleva el haber nacido en una Patria grande.
Olvidando que sólo Dios es el Señor de la Historia, los hombres ya parecen haber dicho su última palabra sobre el destino del Sáhara. Para destacados españoles, el Sáhara es ya agua pasada y asunto extraño. Para Marruecos, el expediente sobre el asunto está cerrado y las cosas están claras, al contrario de los escolares españoles, cuyas preguntas sobre el destino del Sáhara no han podido ser resueltas satisfactoriamente por las evasivas respuestas de sus maestros.
Con unas firmas se pretende haber puesto punto final a 500 años de forcejeo, de tenacidad, de convivencia, de amistad, de mutuas promesas… quedando el Sáhara como la triste posibilidad fallida. Porque África es la empresa interrumpida de España. ¿Cuál era la razón suprema que impulsó a España y Portugal a penetrar en África sino la de Reconquista? La Reconquista quedaba sin culminar si no comprendía también la antigua provincia romana de Mauritania, más tarde goda y dependiente de España, donde florecientes cristiandades fueron arrasadas por la dominación invasora árabe.
Así lo entendieron nuestros reyes e intelectuales de las Edades Media y Moderna: Fernando III el Santo, Juan I de Portugal, Isabel la Católica, el cardenal Cisneros, Carlos i, el beato Raimundo Lulio, don Sebastián de Portugal…
La posesión española de Ifni y el Sáhara fue empresa popular, acaudillada en sus comienzos por los señores de Fuerteventura, y más tarde, amparada por el Gobierno.
El referéndum de 1966 entre la población autóctona fue de abrumadora adhesión a España. Y ahora que la españolía de esta región estaba totalmente consolidada sobreviene la catástrofe.
Auténticas razones
¿Cuáles han sido las auténticas razones de ella?
Veamos primero las justificaciones que se han dado.
-Las recomendaciones de la ONU. Humillante el papel desempeñado por España. Nuestra Patria aparece como el infeliz socio de un club que, dando preferencia al escrupuloso cumplimiento de todas y cada una de las recomendaciones de aquél, desatiende los naturales vínculos y compromisos que le ligan a su familia.
-El visto bueno de Europa. Ha pasado ya el tiempo de las colonias. A Europa le horrorizan las colonias. Excepto las que mantienen en su propio suelo, entre otros, los turcos otomanos, que siguen dominando, para vergüenza de Europa, parte de Grecia y la misma Constantinopla, segunda capital de la Cristiandad.
-La continuidad física territorial, a favor de los árabes marroquíes. Argumento que no impide a los árabes egipcios regatear terruños en la asiática península del Sinaí, prolongación natural de Israel, aun a costa de voltear la estabilidad política mundial.
Verdaderas causas:
-No haber valorado suficientemente la provincia y haber sobreestimado los argumentos del exterior, llenos de codicia y recelo.
-Por la inasistencia de los intelectuales, la llamarada africanista que dio lugar a la creación de sociedades geográficas para el conocimiento y divulgación de África, se extinguió. En nuestras Universidades apenas sí se cultivó la otra gran lengua nacional: el árabe. La Universidad de La Laguna, a pesar de la contigüidad territorial, ha vivido de espaldas al Sáhara, mientras organizaba expediciones a los solitarios peñascos de las portuguesas islas Salvajes…
Así, el tema de África fue siempre tabú para el español medio. ¡Qué mayor castigo que corresponderle a un mozo hacer el servicio militar en África!
Y es precisamente España la llamada a realizar una ingente obra cultural, a resucitar los estudios cordobeses de tiempos de los califas. Una Universidad hispano-árabe sería fuente de prestigio para nosotros en el mundo árabe, timbre de gloria en la Europa culta, donde se estudiara la civilización árabe: lengua, bellas artes, literatura, medicina, filosofía árabe… Seríamos cabeza de un grupo de naciones en la que millares de seres se acuerdan de los tiempos en que Córdoba era el faro de la cultura occidental.
Lo que nos ha perdido
No podemos encaminar nuestras relaciones con los árabes por el errado rumbo de una fraternidad familiar, a la que chabacanamente propendemos cuando queremos huir del defecto contrario, porque labraríamos nuestro propio desprestigio, pues para gobernar al árabe hay que probarle nuestra superioridad económica, moral e intelectual, impresión que hace innecesarias las armas.
Pero, ¡ah!, el andar atentos a la aprobación exterior nos perdió. Los españoles, valientes ante peligros reales que altivamente desprecian, se vuelven asustadizos cuando se les amenaza con fantasmas… La fortuna no suele favorecer a los asustadizos.
Así vemos cómo mientras ayer la audacia y tenacidad del ministro canario Fernando León y Castillo [1881-1883], marqués del Muni, retuvo para España Ifni, Tarfaya y el Sáhara, los procuradores canarios hoy se inhiben en la consulta a las Cortes sobre el Sáhara.
La única disculpa valedera del enorme desacierto de España está en aquella explicación que de las desgracias de Portugal da en su libro el escritor Oliveira Martins. “A culpa é de todos nos que nao valemos grande coisa” («Portugal Contemporáneo»).
La solución del secular problema depende de que España… sea una Nación con alma y no un organismo reducido a la categoría de Estado-Presupuesto con vida parasitaria ni más aptitud vigorosa que la digestiva…
Y es que España cuando pierde su puesto rector –que le corresponde en su propio destino- para dejarse guiar por los dictados ajenos, es cuando hace verdaderamente el ridículo.
Así la vemos:
-Manejada por un Estado medieval, Marruecos, hechura precisamente de España.
-Sacrificando la tutela sagrada que ejercía sobre el pueblo saharaui por una pretendida y enfermiza maurofilia.
-Haciendo retornar con vuelo de golondrina el águila imperial de sus escudos y banderas.
-Felicitándose por haber desmantelado una provincia en menos tiempo del previsto.
-Entregar con el pretexto de actualización, en la noche oscura de la media luna alauita y medieval a un pueblo próximo a despertar en pleno siglo XX.
Mientras, los españoles, cada vez más recortado el horizonte de España, atontados por los sones de la gaita pueblerina, vuelven por sus fueros medievales.
¿De qué ha servido?
Este es el resultado de políticas atolondradas… Ramiro de Maeztu decía:
“La eficacia de nuestra acción civilizadora depende de la perfecta compenetración entre los dos poderes temporal y espiritual. Compenetración que no tiene ejemplo en la Historia y que es originalidad característica de España ante el resto del mundo”.
Y más adelante:
“El ideal de España consiste en la elevación de los aborígenes a la altura que hayan alcanzado en el mundo los hombres más civilizados, y esto es lo que precisamente España quiso y procuró en los siglos de su dominación. Por eso estamos ciertos de que no ha habido en el mundo un propósito tan generoso como el que animó a la Hispanidad. No cabe ni comparación siquiera entre el sueño imperial de España y el de cualquier otro país. Por eso parece haberse escrito para nosotros el dilema que nos obliga a escoger entre el valor absoluto o la nada absoluta. El hombre que haya llegado a compartir nuestro ideal no puede querer otro”. (“España y Europa”)
Cuando todo el mundo mira a África
En menos de 80 años (1896-1976) nos hemos retirado de todos los continentes y océanos, vendiendo, regalando o abandonando una extensión equivalente a la que ocupa la Península: (Cuba), Puerto Rico, las Marianas, las Carolinas, las Palaos, el Rif, Tarfaya, Fernando Poo, Guinea Española, Ifni y ésta última, olvidando la sentencia bíblica de que “al que nada tiene, aun lo que tiene le será quitado”.
¿Seguirá España replegándose hasta la Meseta Central?
Cuando todo el mundo tiene sus ojos pendientes de África, nosotros nos retiramos. ¡Si aprendiendo las lecciones de la Historia, hubiéramos sido a un tiempo Raimundo Lulio y Francisco de Cisneros…! Ciencia y Poder unidos en la fe.
Las cosas para Marruecos estarán claras, pero España no podrá estar tranquila hasta que no resplandezca sobre la claridad injusta la Justicia clara.
Javier MARTÍN
Revista FUERZA NUEVA, nº 485, 24-Abr-1976
Marcadores