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Tema: Los felices años 40 del Madrid de la posguerra española

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    Re: Los felices años 40 del Madrid de la posguerra española

    Cuarta estación
    EN LA QUE MADRID RENACE Y CRECE

    En 1940, la estadística municipal registra en Madrid una población de un millón de habitantes, exactamente 1.074.983. En 1949, es decir al término de los años cuarenta, aquella cifra se incrementa en más de cuatrocientos mil, 418.017, que representan un aumento de población del 38,8 por ciento, signo evidente de vitalidad urbana.
    Naturalmente en este incremento intervienen la diferencia positiva entre nacimientos y defunciones, la diferencia positiva entre inmigración y emigración, y los aportes de las anexiones, que, para los años cuarenta son tres: Chamartín de la Rosa, Carabanchel Alto y Carabanchel Bajo. Estas tres primeras anexiones suman una superficie de 48 kilómetros cuadrados y una población de 138.946 habitantes.

    Las otras anexiones, hasta un total de trece, se realizaron entre 1950 y 1954. La operación completa supuso casi la reduplicación de la superficie, de Madrid que pasó de 68 a 539 kilómetros cuadrados, mientras que la población se aproximaba a la duplicación, que llegó con la niña dos millones, Ana Isabel Cueto, nacida el 7 de julio de 1959.

    La anexión de los términos municipales colindantes fue una operación crítica que, con la perspectiva del tiempo demuestra la amplitud de miras y la capacidad de iniciativa de los años cuarenta. Tanto es así que, hoy mismo, se necesitaría un nuevo proceso de anexiones con la corona de dieciséis términos colindantes que, más que municipios, son barrios de Madrid. Pero, como ya se ha declarado, la Comunidad Autónoma, se opondría con uñas y dientes. El reconocimiento jurídico administrativo de las nuevas anexiones naturalizaría la magnitud urbana de la capital, que, con el actual artificio, tiene cuatro millones de habitantes por el día y tres millones de habitantes por la noche.

    Naturalmente, el número de matrimonios contraídos en Madrid crece en el transcurso de los años cuarenta. Hay una explosión de bodas en la inmediata posguerra que decrece en los años siguientes para remontar la estadística a partir de 1945 y llegar en 1949 a 11.198, lo que supone un promedio diario de 25 bodas, con todas sus consecuencias demográficas, a pesar del profesor Tierno Galván, que, hablando de este pasado, emite una sentencia delirante:

    Muchas gentes se avergonzaban de ser de Madrid hasta el punto de que había madres que salían a dar a luz fuera para que el niño no naciera aquí (45).

    Desobedeciendo al profesor, en el Madrid de los años cuarenta nacían, por promedio, sesenta y dos niños diarios, mientras que los padres se dedicaban a la reconstrucción de la ciudad, en la que se asfaltaron tres millones de metros cuadrados de vías públicas y de la que se apartaron 1.250.000 metros cúbicos de tierra y escombros, según la memoria de la Alcaldía de Alberto Alcocer, en 1945.

    Con referencia a lo que había sido frente de combate, se reconstruyó la Ciudad Universitaria, que se inauguró el 12 de octubre de 1943. Se recuperó el Parque del Oeste, igualmente arrasado por la guerra. Se abrió la Casa de Campo en 1946 y, en l948, se restituyó la Playa de Madrid, inventada en 1932.

    Y se construyó, por ejemplo, el nuevo viaducto de Bailén (1942), el Metro Goya-Argüelles (1944), la canalización del Manzanares y la urbanización de sus márgenes (a partir de 1945), el edificio España, el mayor de Europa de hormigón armado (1947), el estadio de Chamartín (1947), la primera fase de la Ciudad Puerta de Hierro (1948) las reformas del Paseo del Prado (1944) y de la calle de Alcalá (1949) o el Valle de los Caídos, inaugurado simbólicamente en abril de 1940.

    En 1944 se promulga la Ley de Ordenación Urbana de Madrid y sus alrededores.

    El 6 de diciembre de 1949, el Jardinero Mayor, don Cecilio Rodríguez, recibió, como obsequio de Holanda, treinta mil bulbos de tulipanes que entonces se sembraron en el Retiro, en la puerta de Alcalá y en la plaza de Colón, inaugurando una tradición que ha llegado hasta nuestros días.

    Otras siembras de entonces perduran hoy en sus frutos. Así, el tren Talgo, las quinielas futbolísticas (Patronato de Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas), la Seguridad Social (1942), la RENFE (1941), El Corte Inglés (1940), el cupón de los ciegos, el Documento Nacional de Identidad (1944) o el primer aparcamiento publico, junto a instituciones representativas de una estructura de Estado, que se estaba fundando, como las Cortes Españolas, la Organización Sindical, el Instituto Nacional de Industria, el Instituto de Cultura Hispánica, la Ley de Sucesión o el Frente de Juventudes, cuya pedagogía ya ha sido materia de tesis doctoral46 , que transforma el Día de la Victoria (1 de abril) en Día de la Canción y que recibe como regalo del maestro Rodrigo la marcha Tambores de primavera.

    La tozuda tendencia a juzgar el pasado con mentalidad de presente obliga a explicar que vivíamos, sí, naturalmente, bajo la dominación franquista, entendida como conciencia pública de una posguerra, con enormes, tremendas y sangrientas heridas, que, ahora, los simplificadores de la historia quisieran curar con aspirina y con efectos retroactivos, trasmutando derrotas en victorias.

    Hace poco, el humanista Luis Monreal, anciano lúcido, que, yendo en vanguardia con las tropas, salvó y restituyó tantos tesoros artísticos, recordaba en La Vanguardia de Barcelona: ¡Qué entusiasmo había en los pueblos y ciudades cuando entrábamos las tropas nacionales! Eso hoy nadie lo explica... (47).

    Y hace mucho menos, hace dos semanas, con motivo del premio Luca de Tena, Indro Montanelli, ha declarado en Roma:

    Franco logró devolver a España la dignidad y la paz. Aquí en Italia se habla de la España fascista ¡pero España no fue nunca fascista! Fue franquista, que es otra cosa (48).

    Existía, efectivamente, el franquismo sociológico que acudía al grandioso cortejo del entierro de Mora y Lara (febrero de 1945), frente al primer terrorismo, o abarrotaba la plaza de Oriente, sin truco ni cartón, para ponerse el mundo por montera (9 de diciembre de 1946).

    Era el Madrid familiar de las cartillas de racionamiento, de los gasógenos, de las restricciones eléctricas, de las barras de estraperlo, de los puestos callejeros de churros, de fresa y requesón, del pluriempleo, de las reformas urbanas del conde de Santa Marta, que quita los tranvías del centro, de los cronistas diarios de los periódicos de veinticinco céntimos, que hoy serían 34 pesetas(49): Ruiz Albéniz en "Informaciones"; Serrano Anguita, en "Madrid"; Rodríguez de Rivas, en "Arriba"; Pérez Ferrero, en "ABC"; De los Reyes, en "Ya"; Ortega Lisson, en "Pueblo"; y López Izquierdo, en "El Alcázar".

    Todavía funcionaban los faroles de gas, que enseguida se electrificaron, y siguió actuando la leyenda negra. Cuando se renovó el pavimento de la Gran Vía, los obreros, que dormían la siesta junto a los montones de arena y adoquines, fueron fotografiados por la Prensa foránea y dieron la vuelta al mundo, como proletarios victimas de la represión franquista, al pie las barricadas, en el corazón de Madrid...

    El hambre de gloria produce un inusitado y reconocido movimiento juvenil de espiritualidad, con su acompañamiento de vocaciones religiosas, como la muy notable de García Morente. Es el espíritu de servicio y sacrificio, que, hoy, en la época posmoralista, se entiende con mucha dificultad. El filosofo francés Gilles Lipovetsky considera que la retórica del sacrificio se acabó, precisamente, con la Segunda Guerra Mundial, propugna un rearme ético y califica a la actual como época posmoralista, en cuanto que, a una ética de la abnegación, se antepone el simple deseo y la felicidad concebida como derecho subjetivo (50).

    Y, en 1948, llega a Madrid para estudiar el Bachillerato un niño llamado Juan Carlos, que hoy es Rey constitucional. Otros niños o mozos que entonces por aquí andaban, camino de la escuela, del Instituto o de la Universidad, en misa de doce o en la claque del Martín, trabajarían, treinta años después, en la Constitución Española de 1978.

    Años, pues, estos años cuarenta, necesarios, decisivos, cálidos, crecederos. Se está inventando la Clase Media y la Transición (*) . El 16 de abril de 1943, muere Carlos Arniches y de algún modo, intelectualmente, felizmente, muere el casticismo.

    (*) NOTA MIA: Colosal anacronismo. Nadie entonces deseaba ni imaginaba una "transición" para retornar al caos de partidos y sus sangrientas consecuencias. La averiada ideología que siempre profesó le juega una mala pasada al anciano sr. Aguinaga
    Última edición por ALACRAN; 01/06/2022 a las 18:23
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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