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Tema: La ciencia cortesana en la España de Felipe II

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    La ciencia cortesana en la España de Felipe II

    por Grupo Folchia
    Historia de la Farmacia
    Facultad de Farmacia
    Universidad Complutense de Madrid

    1. Introducción
    Una parte muy importante de la Historia es aquélla que se ocupa del desarrollo científico. El estudio de los textos y libros que conforman el grupo de inquietudes intelectuales de una sociedad debe ir siempre acompañado de una mirada a la Ciencia. O, quizás, al revés: el propio estudio de la Historia de la Ciencia es un buen índice para ver las propuestas dadas ante los problemas, la capacidad de implicación de toda una sociedad, los proyectos futuros y las necesidades a solventar. De esta forma aparece ante nuestros ojos cómo era el espíritu mismo de las gentes de un tiempo. Desconocemos cómo era para ellos el concepto 'Ciencia', según lo aplicamos hoy. Pero de lo que sí estamos seguros es de que eran conscientes del efecto utilitario socializador que finalmente producían tanto la Ciencia cómo la Técnica. Aunque el aprovechamiento era en muchas ocasiones parcial y no alcanzaba a la totalidad de las personas. Sin embargo, es difícil concebir que sin los conocimientos de un buen destilador se pudiese ofrecer agua de rosas, sin los de un buen boticario se hicieran mejores jarabes, o se pudiese prescindir de los de un buen cartógrafo que dijese cómo ir mejor a las Indias, de los de un arquitecto que hiciera un puente por donde vadear un río situado entre dos localidades, o de los de un buen arquitecto que elevara una presa. Voluntariamente o no, la Ciencia, y su hermana gemela la Técnica, afectaban a todos.
    También es cierto que fue en el entorno de las cortes reales donde se aprecia una mayor concentración de «científicos», a pesar de que muchos «saberes» tuvieran asignado su lugar: las universidades. En el siglo XVI ambos escenarios (el académico y el cortesano) convivieron en aquellas cuestiones que les eran afines (Medicina, Astronomía...) Pero es en la Corte a donde, contratadas para el servicio real, llegaron desde Europa muchas personas, acompañadas de sus ideas y experiencias, en algunas ocasiones no conocidas aquí y en otras sí. Ya veremos algunos ejemplos en su apartado correspondiente.

    El Palacio Real en 1565
    La Ciencia y la sociedad peninsular de la segunda mitad de siglo XVI vivieron con unos condicionantes propios y prácticamente exclusivos.
    En primer lugar, el de la religión. El Concilio de Trento, el hecho de que Felipe II se hiciera abanderado de la fe católica y la Inquisición fueron determinantes. En muchas ocasiones, dentro y fuera de España, se ha recurrido a la interpretación inquisitorial para mantener que la Ciencia hispánica estaba retrasada («muy retrasada») con respecto a la europea, subrayando la falta de libertad ideológica como el freno principal del desarrollo, sino el único. Pero los textos que se prohibieron estaban ya aquí. De muchos de ellos no sabemos cuánto tiempo estuvieron entre las manos de sus lectores. Ningún censor salió a otros países europeos a leerlos previamente. Pocas veces se registraba el equipaje de un General de una Orden al volver de Roma. Además, ¿qué filtro podía ser capaz de impedir que penetrasen las ideas luteranas, las heterodoxas o las novedosas cuando lo logró el paracelsismo, por ejemplo? ¿Cómo se sabía que Piscator no tenía ideas contaminantes? ¿Cómo se evitaba que Granvela se cartease con médicos alemanes, previa petición a éstos de una declaración de antiluteranismo? ¿O cómo podía el personal que acompañaba a Carlos V en sus viajes determinar a primera vista la condición religiosa de sus interlocutores?
    En segundo lugar, la influencia de la sociedad en la Ciencia. ¿Era una sociedad móvil o cambiante en sus ideas? La Celestina fue un texto aleccionador para las doncellas ¡durante todo el siglo XVI! La doctrina médica llamada 'galenismo' fue la predominante en la Península mientras los médicos europeos empezaban a mirar a la 'iatroquímica'. ¿Indica esto que todo fue igual? No. El primer medicamento químico aprobado oficialmente en toda Europa fue una quinta esencia de oro potable en el año 1598. Lo hizo una institución hispánica llamada 'Real Protomedicato'. La primera Cátedra «de remedios secretos» europea fue la de la Universidad de Valencia en el año 1591, aunque sólo durase un año. La primera expedición científica fue la ordenada por Felipe II a México, y los ingenieros españoles idearon máquinas muy por delante técnicamente a las de su tiempo.
    Es imposible poner barreras al campo. Por ello mismo y en tercer lugar, como elemento determinante del desarrollo científico hemos de señalar la «latinidad». El latín, aunque con graves problemas de uso en el plano académico universitario ya en la segunda mitad del siglo XVI, fue una vía libre para el intercambio y la divulgación. Hoy día es algo que ni la lengua inglesa ha podido alcanzar. Si un ingeniero, un arquitecto, un médico, un cirujano o un astrónomo publicaba en Italia un libro en latín, podía ser leído sin mayores problemas en cualquier punto del continente. En ocasiones, las ediciones de un mismo texto se sucedían una tras otra, lo que indica la demanda existente.
    Nos proponemos ahora dar un repaso somero a la Ciencia durante el reinado de Felipe II, sin olvidarnos de todo lo apuntado en estas líneas.
    por Grupo Folchia
    Historia de la Farmacia
    Facultad de Farmacia
    Universidad Complutense de Madrid

    2. El gran mecenas: Felipe II

    Retrato de Felipe II
    Mineros, monederos y ensayadores alemanes; alquimistas flamencos, alemanes, italianos e irlandeses; destiladores flamencos e italianos; cartógrafos flamencos; diqueros franceses y flamencos; jardineros italianos, flamencos, franceses e ingleses; astrónomos italianos; boticarios flamencos. Sólo los médicos fueron mayoritaria y casi exclusivamente españoles. Ésta es la legión de científicos y técnicos contratados por Felipe II, el mayor patrón de la ciencia cortesana española.
    La relación de Felipe II con la Ciencia debe ser estudiada desde tres puntos de vista: el político, como gobernante del más poderoso imperio del planeta; el personal, como hombre en perpetua lucha con la enfermedad, con una fortaleza física y espiritual fraguada en interminable batalla con sus limitaciones corporales y psíquicas; y el regio, como monarca absoluto exquisitamente formado en la cultura renacentista.
    Sus intereses científicos se encaminaron en dos vertientes principales: naturaleza y cuerpo. Controlar la naturaleza implicaba una comprensión del espacio, mediante la geografía y la cartografía, y un manejo del mismo, por medio de la ingeniería y la jardinería, además de procurarle pingües beneficios económicos, haciendo uso de la minería. El dominio del cuerpo, a través de la sanidad, se hizo necesario en una vida tan limitada por los padecimientos como la suya propia, lo que le llevó a organizar un entramado sanitario verdaderamente ejemplar y a ocuparse de la terapéutica de manera singular.
    De acuerdo con lo que luego sería la tradición científica hispánica, emprendió grandes proyectos, a veces casi propios de un visionario, que o bien se olvidaron, o sus espléndidos resultados se archivaron en los anaqueles de bibliotecas o de los archivos estatales, sin ejercer ninguna influencia sobre la labor intelectual, científica o de gobierno, española o europea, del momento o de la posteridad, con lo cual se perdieron oportunidades únicas. Entre ellas, destacan los proyectos para hacer navegables los ríos españoles, la primera expedición científica al Nuevo Mundo a cargo de Francisco Hernández, el proyecto del Atlas de España y los de las Relaciones Topográficas españolas y americanas.
    Las llamadas de atención de generaciones de historiadores de la ciencia hacia la importancia de su figura en el plano estrictamente científico han sido como voces que claman en el desierto desde la perspectiva de la Historia General, llamémosla así, porque en el fondo se enfrentaban a un tópico aquilatado durante siglos, nacido a raíz del anatema que la Ilustración europea lanzó sobre la cultura española, a la que tildaron de vana, clerical y supersticiosa. A esa acusación de vaciedad se contraponía la excelencia del Siglo de Oro, que polarizaba el interés en las denominadas ciencias humanísticas y olvidaba las ciencias técnicas. De esta forma, se consolidó y cristalizó el tópico de que en España no había Ciencia, olvidando que es imposible construir y mantener un Imperio sin Técnica, la otra cara de la moneda científica.
    Nuestra intención actual es recoger las investigaciones de muchos historiadores de la ciencia que, en los últimos años, han centrado sus intereses en el reinado de Felipe II, analizando la repercusión que tuvo su labor de mecenazgo en el nacimiento y desarrollo de numerosas iniciativas científicas. Se ha tomado, como escenario de estudio, los tres grandes centros de poder que caracterizaron su reinado: Aranjuez, El Escorial y Madrid. Aranjuez, como equivalente de las grandes obras de ingeniería renacentistas. El Escorial, como gran centro de recepción y difusión del saber, con la biblioteca que recogía todos los saberes de la época y las prácticas experimentales que allí se realizaron. Madrid, escenario de la corte, centro de la política imperial, a la vez que núcleo aglutinador de los principales científicos cortesanos del momento, contratados para resolver las necesidades de la monarquía. Imaginemos una corte cuyo rey, quizás empujado por su afán coleccionista, hacía, entre otras cosas, que diferentes personas se encargaran de comprar textos en Italia; una corte en la que los inventores debían de dejar una copia de sus inventos en el Alcázar o en el Escorial; donde alquimistas escudriñaban libros y realizaban sus experimentos en dependencias oficiales; donde se recopilaban las láminas de la expedición científica a México de Francisco Hernández; con una casa de destilación trabajando en Aranjuez y una Academia de Matemáticas y Cosmografía en Madrid.

    Bibliografía básica
    GOODMAN, D. (1990), Poder y penuria. Gobierno, tecnología y ciencia en la España de Felipe II, Madrid.
    GOODMAN, D. (1999), «Las inquietudes científicas de Felipe II: tres interpretaciones», en: MARTÍNEZ RUIZ, E. (dir.), Felipe II, la Ciencia y la Técnica, Madrid, pp. 91-112.
    LAFUENTE, A. y MOSCOSO, J. (1999), Madrid. Ciencia y Corte, Madrid.
    LAFUENTE, A. (1998), Guía del Madrid Científico. Ciencia y Corte, Madrid.
    LÓPEZ PIÑERO, J. Mª. Ciencia y Técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, Barcelona.
    PUERTO SARMIENTO, F. J. (1998), «Felipe II y la Ciencia», en: CAMPOS Y FERNÁNDEZ DE SEVILLA, F.J. (dir.), Felipe II y su época, San Lorenzo de El Escorial, 2 vols., 2, pp. 65-98.


    2.1. El jardín secreto: Aranjuez

    Vista de Aranjuez
    El Sitio de Aranjuez, durante la Edad Media, era un lugar perteneciente a un Maestrazgo llamado la encomienda de los Alpages, perteneciente a la Orden de Santiago. Con la política de los Reyes Católicos de ir controlando las Órdenes Militares, y al asumir Fernando el Católico la cabeza de dicha Orden, la Corona pasó a ser la administradora perpetua de sus posesiones. A principios del siglo XV existía un palacio de cantería y ladrillo construido por el Maestre Lorenzo Suárez de Figueroa. Ya durante el reinado de Carlos I, la Monarquía se interesó por Aranjuez, mediante largas estancias en el palacio. En el año 1536, Carlos V ordenó que se organizara allí un bosque para su solaz y en 1544 se propuso fundar una casa de recreo, labor que llevaría a cabo su hijo, Felipe II.
    Según los cronistas de la época, Aranjuez y su casa de campo constituían un conjunto natural y paisajístico muy bello. A orillas de Tajo y en la vega del río Jarama, una vegetación abundante, profusamente regada por otros pequeños riachuelos, hacían de este sitio el ideal de Paraíso en la tierra. Pero el agua misma hacía que la frondosidad y exuberancia vegetal fuera algo que necesitaba de un control y de un dominio. Sólo así era posible crear una naturaleza urbanizada, es decir, un jardín. Como se ha dicho, un conjunto urbano cuya arquitectura predominante es la vegetal, donde la tranquilidad invita a meditar y los sentidos se recrean mediante el color de las piedras y las plantas, y el sonido del agua acompaña a la tranquilidad, es necesario que las manos que actúen sobre él sean entendidas. Por esto, la figura del jardinero cobra importancia, más aún cuando se hizo acompañar, como ocurrió en este Real Sitio, de la ayuda indispensable de ingenieros y arquitectos.
    En el jardín renacentista predominan varios elementos. Los de tipo vegetal son primordiales, aunque para poder recibir el nombre de jardín han de ir junto a los animales (aves, peces y cisnes principalmente), las piezas arquitectónicas (fuentes, pabellones...), esculturas y, por supuesto, el agua. Ella, omnipresente, completa al jardín. Ya sea mediante estanques, canales, presas y lagos artificiales, resulta ser la llave de un conjunto vegetal y animal capaz de dar vida al entorno.
    Teóricamente, Felipe II consiguió plasmar en sus jardines la imagen del estilo de monarquía que deseaba imponer. De esta forma, el jardín sería, como recinto, poderoso y pleno, símbolo de la grandeza y de la cultura de quien lo había ordenado realizar. Llama la atención que una persona como Felipe II, cuyas decisiones recaían sobre tantas otras, dedicara mucho tiempo a detallar su ideal de jardín y se esmerara de la forma que lo hizo en la construcción del de Aranjuez.
    Aranjuez supuso un verdadero ejercicio de ingeniería, laboratorio de planificación del territorio. No sólo afectó a la localidad misma: su compleja estructura palaciega hizo que el alcance de las obras llegase a Toledo y Madrid. Alrededor de la población, de la residencia real y de sus jardines inmediatos, se dedicó una amplia extensión a huertas y bosques donde abundaba la caza. Aquí ya era Felipe II quien, junto a sus cortesanos, disfrutaba del esparcimiento y ocio. No sólo eso: se hicieron varios experimentos agrícolas, se cultivaron plantas ornamentales, frutas y verduras, rosas para destilar en aguas olorosas, incluso había camellos en las cuadras o avestruces en corrales. Todo eso se completaba con abundante ganadería y pesca. En un nivel más amplio, proyectos de navegación por medios de la construcción de canales navegables, enormes acequias de regadío y el inherente fomento de molinos y batanes alcanzaban, como se ha dicho, a Madrid y Toledo.
    Un enorme esfuerzo intelectual y humano cuajó en Aranjuez, un reto al urbanismo del momento, mezcla entre lo salvaje, la influencia flamenca y el manierismo italiano en cuanto a lo decorativo se refiere.

    2.1.1. El arquitecto jardinero
    Para lograr la magnificencia buscada, la visibilidad del agua, el verdor de las plantas y los juegos de las fuentes, Felipe II contó con la experiencia de Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera. En su trabajo se observan claramente las influencias de León Battista Alberti (1404-1472) y su De re aedificatoria. Rompiendo con el jardín enclaustrado, monástico y medieval, el talante escenográfico pasa a ocupar un papel destacado. Ahora los jardines se ensanchan, se amplían, aparece el elemento sorpresa que rompe la monotonía, como una fuente o una estatua.

    Aranjuez
    Los citados no fueron los únicos arquitectos jardineros del reinado de Felipe II. También acudieron a su corte especialistas en diques de contención de Flandes e ingenieros italianos y se contó con la ayuda de Juanelo Turriano, autor de Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas, que contribuyó a la técnica jardinística y profundizó en el aspecto psicológico que los jardines tenían en las personas que los disfrutaban.
    En la arquitectura de los jardines no puede faltar la fuente. En 1567 llega para trabajar en Aranjuez el clérigo Jerónimo Carruga (o Garruba), experto en ingeniería hidráulica. Los materiales para la construcción de fuentes usados allí eran muy diversos: piedrecillas venidas de Cartagena, azulejos decorativos, válvulas de varios tamaños, mármol jaspeado de Florencia e incluso fuentes completas. En 1569 se idearon cuatro fuentes para la «isla» de Aranjuez, que se habrían de hacer sin impedir la vista de las flores. No hubo reparos en el material, llegándose a traer el latón desde Alemania o el cristal de Barcelona. El rey supervisaba todos los dibujos y los comentaba, lo que nos delata su gusto un tanto austero, como ocurrió en 1571: «Questa fuente se haga redonda y llana, sin talla ninguna, ni cabezas de leones… y haga de mejor gracia la que viene en la traza y la pila baxa que se mire que no sea demasiado alta».
    El problema que presentaban las fuentes era su alimentación de aguas. Algunas veces ésta fue demasiado problemática, llegando a intervenir el propio Juanelo Turriano. La complejidad que iba adquiriendo el entorno ajardinado de Aranjuez y la «plantación de las fuentes» obligaba a contar con una persona especializada en su mantenimiento y reparación que sería Garruba, aunque también se presentó para el cargo el especialista Jorge Ulrique.
    Otro elemento llamativo de los jardines fueron los juegos de aguas, que también estaban instalados en la Casa de Campo. Con ellos se mojaba suavemente a los visitantes, a modo de lluvia. Se disimulaba su colocación en medio de las plantas y en los cruces de las calles. Incluso hubo un juego de agua que imitaba el gorjeo de los pájaros, colocado en una pajarera disimulada y con las aves de su interior también fingidas.
    El primer problema a resolver fue el de la crecida de las aguas, para lo cual se construyeron diques y presas, cuestión de la que se encargaron, entre otros, Alonso de Covarrubias y Rodrigo Gil de Hontañón. No obstante, las crecidas obligaron a constantes obras de reparación.

    2.1.2. Hortus sanitatis

    El jardín de la isla
    Se ha especulado mucho con la existencia de un jardín botánico en Aranjuez. Las últimas investigaciones permiten concluir que existió un jardín de simples medicinales a partir de 1565, cuyo encargado, a la vez que destilador, era Francisco Holbeque, hermano del jardinero mayor. Su ubicación se sitúa, con toda probabilidad, en el Jardín de la Isla, llamado así por encontrarse situado en una isla artificial formada por el río Tajo, rodeada por todos sus lados de este río excepto en su extremo sur, que quedaba delimitado por una ría artificial. En dicho jardín también quedó establecida la casa de la destilación, donde se elaboraban aguas a partir de los simples medicinales cultivados. Se repetía, de esta forma, el modelo flamenco de Mariemont cuyo grand jardin, poblado de parterres, flores y frutas raras, disponía de ung fourneau pour distiler les eauwes, es decir, las esencias extraídas de las flores del jardín. Además de este primitivo jardín de simples, Aranjuez contó con dos espacios más dedicados al cultivo de plantas medicinales. Por una parte, la colección de tiestos donde se cultivaban simples que, a partir de 1575, fueron llevados a los invernaderos o dejados a la intemperie, según las necesidades, así como las hierbas silvestres que algunos peones se dedicaban a recolectar frescas para ser destiladas. Por otra, los simples plantados en la huerta de Pico Tajo, posibilidad ya sugerida por Iñiguez Almech ante la contemplación del plano que, atribuido a Juan de Herrera, representaba esta extensión.
    La destilación de los simples medicinales quedó encargada a Francisco Holbeque, flamenco de Malinas, que entró al servicio de Felipe II gracias a su hermano Juan, jardinero mayor del Real Sitio. El nombramiento oficial como destilador se produce en septiembre de 1564, en una cédula real que no detalla demasiado las obligaciones del cargo y que nos presenta a Holbeque como maestro simplicista y destilador de aguas. La consolidación de este nombramiento se producirá tres años más tarde, cuando Felipe II recibe a Francisco Holbeque como criado suyo, dedicado a «servirnos en todas las cosas dependientes de su profesión», es decir, ejercer como destilador real encargado de la elaboración de aguas y aceites. El nombramiento no es vitalicio, aunque Holbeque ejercerá hasta su fallecimiento, y se establece como residencia Aranjuez, aunque deberá desplazarse allí donde el monarca le requiera, especialmente a El Escorial, Madrid, El Pardo, Segovia, Aceca y Toledo, esto es, los sitios reales más frecuentados por Felipe II.
    El destilador real era un oficial más al servicio del rey y ocupaba un puesto determinado dentro del entramado sanitario cortesano. Administrativamente, dependía del gobernador de Aranjuez, mientras que en materia sanitaria estaba supeditado a las órdenes de los médicos de cámara. Éstos, periódicamente, le encargaban aguas necesarias al boticario real, y el destilador enviaba por escrito un memorial a Aranjuez, firmado por médicos y boticarios reales, para que constase en los gastos ocasionados en el Real Sitio con motivo de la destilación de las aguas. Así queda reflejado en uno de los numerosos envíos de esos primeros años:

    «Francisco Holbeque portador desta va a llevar cierta cantidad de agua de canela que sea sacado para su alteza el principe nuestro señor que lo enbio a mandar y porque es a proposito dire en esto lo que se ofrece al presente, que burgos boticario de su mag. a escrito al dho. holbeque que se saquen ciertas aguas y hagan conservas, y especialmente de escorçonera, pide cantidad y que aquí se le de recaudo para todo y aunque hasta agora se a dado para todo lo que se ha pedido, ame pareçido de aquí adelante que no se haga sin orden y enbiando Vra. mrd. a mandarlo como su mag. quiere y es justo se haga en todo, quanto mas donde a de aver gasto de mrs. y que no se entiende la quenta que alla se tiene con el gasto que aca se ace».


    Las primeras referencias documentales a una casa de destilación en Aranjuez datan de 1572, cuando el herrero Hernando Aguado fabricó «una cerradura francesa para la puerta de la casa de las aguas» y dos llaves para la misma. La localización exacta se encuentra en un documento fechado en 1582 cuando, al describirse una estancia de la reina en el Real Sitio, se lee: «habiendo entrado por la puente del Jarama, siguió por la huerta nueva y jardines de la Ysla, y fueron por la casa de la destillacion (que no esta muy reparada)».
    A pesar de la fecha apuntada de 1572, como año de construcción del destilatorio, existen compras de materiales desde mucho antes. Así, entre 1563 y 1565 se compraron seis alquitaras españolas, una alquitara grande, un alambique de cobre, seis alambiquillos de estaño y seis cazuelas de alambre, además de unos trébedes y una red grande de hierro. Dos años después se compró una nueva alquitara de cobre. El período de máximo apogeo destilatorio en Aranjuez se inicia en 1574. Es entonces cuando se comienzan a comprar materiales en gran cantidad. Así, en 1574 fueron cuatro alambiques y sesenta y dos redomas; en 1575, ciento ochenta y cinco redomas de diversas capacidades y cuarenta y tres alambiques; en 1577, treinta y seis alquitaras de vidrio y ciento trece redomas de varias capacidades. En 1582 uno de los ayudantes de Holbeque, Blas de Borgoña, fundió las catorce alquitaras de cobre que había en el laboratorio y las volvió a fabricar. A partir de 1584, coincidiendo con la construcción del laboratorio de destilación escurialense, se compran diversas cantidades de redomas, alambiques y vasos de vidrio en Cadalso de los Vidrios. En esta ocasión, fue el ayudante Juan de Sauchois el encargado de viajar hasta allí para acompañar el traslado de materiales.

    2.1.3. Selección de textos
    1. Juanelo Turriano, Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas, (ca. 1570), Madrid, 1983, p. 222.

    «Pues se ha empezado a tractar de los jardines, como cosas de contento y de regalo que son las pesqueras en ellos o los viveros de pescados, los quales son de mucho detenimiento para la vista de los que están un rato holgándose en ello de ver los pezes que vienen jugando los unos con los otros, mayormente quando se les echa alguna cosa de comer dentro de la pesquera; es cosa muy averiguada que quando se quiere hazer una cosa semejante, que conviene que se ponga en un lugar comodo del xardín, como sería en medio o çerca de algún çenador que estendo en medio del xardín, goza de todo y que, estando çenando o holgando dende se vea el regalo y la recreación del agua y de los pescados, el regocijo que llevan entre sí mesmos dentor del agua, de modo que es una muy grande delectaçión, en especial para personas extrangeras».



    2. Propuestas de Francisco Holbeque relativas a Aranjuez AGS. CSR, leg. 280, fol. 921


    (Memorial enviado a Felipe II en 21 de marzo de 1580).
    «Francisco holbeque criado de vra. mag. dize que en lo que toca a los jardines y huertas y plantias de todos arboles domesticos y silvestres y yervas de qual generos fuere que no aya otros que en ellos manden ni meten peones ni hacheros ni otras personas que trabajan sin mi orden y ver sy conviene y es dejason o no que es daños para todos y gastos perdidos
    Que los jardineros y ordinarios trabajan a donde yo los sinallare y hagan lo que yo les mandare y puede mudar en las obras a donde mas conbiene y es mecesario y que nadia me las pueda sacar fuera de los Jardines y huertas sin mi orden y saber sy conviene y sera vra. mag. mejor servida
    Que los guardas de las huertas y jardines no se meten al parecer y deseos de algunos sino sea la guarda al que es fiel y de buen cuydado guardando de noche como de dia y sy no es tal que le pueda mudar y poner otro
    Que no se cosgan frutas ninguna de qual generos fueren de los que se an de servir sin mi orden y ser avisado y saber sy son de rason o no
    Que en las huertas y jardines no aya tantas llaves como de presente que es harto dañosas en todos lo que se cria en ellos q. entran de noche como de dia a coger lo mejor no aya mas del gobernador y la guarda y la mia y aya gran pena al que la tubiere sin orden
    Que no se mete ningun peon en las huertas y jardines ni se haga nada ni gastos sin mi orden y ser avisado ver sy conbiene y es rason hazerlo o no y sera mucho provecho por todo y se escusara harto gastos hechos entre años sin ser menester
    Que no se cosgan flores ni se hagan ramilletes sin orden y quando seran menester embiar y no sean tan comunes
    Que no se pescan por de dentro de los jardines y huertas sea quien fuere que es muy dañosa para todo que de noche entren y llevan lo que quieren y con esta orden se escusera mucho gastos y vra. mag. sera servido de todo lo mejor y todos mejor guardado quitando el poder a muchos de no tener llaves mudando las cerraduras
    Lo que suplique por el memorial que yo di a vra. mgd. El mes de mayo pasado de augmentarme el trigo y fuese continuo de los titulos de conserge de las casas reales y de jardinero mayor como e siempre hecho el oficio y del salario de las consergerias fuese lo que vra. mgd. sea servido yo le dicho todo al secretario gaztelu fuese una mesma cedula el salario de la consergeria y el trigo».



    2.1.4. Bibliografía básica

    GONZÁLEZ DE AMEZUA Y MAYO, A. (1951), «Felipe II y las flores. Un rey antófilo», en: Opúsculos histórico-literarios, Madrid, 3 vols., 3, pp. 376-412.
    IÑIGUEZ ALMECH, F. (1952), Casa reales y jardines de Felipe II, Roma.
    LUENGO, A. y MILLARES, C. (1998), «Estudio y análisis del Jardín de la Isla de Aranjuez», en: AÑÓN (dir.), pp. 243-266.
    MERLOS ROMERO, M.M. (1998), Aranjuez y Felipe II. Idea y forma de un real sitio, Madrid.
    PUERTO SARMIENTO, F. J. (1998), «El jardín secreto: Felipe II y los medicamentos», en: AÑÓN FELIU, M. C. (dir.), Felipe II, el rey íntimo. Jardín y Naturaleza en el siglo XVI, Madrid, pp. 363-385.
    PUERTO SARMIENTO, F. J. (2001), «Alquimistas, destiladores y simplistas en la corte de Felipe II», en: PUERTO et al. (coords.), Los hijos de Hermes, Madrid, Corona Borealis, pp. 349-371.


  2. #2
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    Re: La ciencia cortesana en la España de Felipe II

    por Grupo Folchia
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    2.2. El templo del saber: El Escorial
    En las décadas finales del siglo XVI concluía la construcción de uno de los edificios más representativos de la época: el monasterio de San Lorenzo El Real de El Escorial. Se hicieron estudios previos para determinar su mejor localización. Quienes recorrieron la sierra madrileña estuvieron pensando en construirlo en la localidad de Hoyo de Manzanares, a unos treinta kilómetros de Madrid.
    Frente al ocio, la caza y los jardines llenos de flores de Aranjuez, El Escorial sería para el recogimiento, el estudio y la meditación. Las pretensiones de Felipe II a la hora de construir El Escorial fueron, entre otras, hacer una tumba para sus antepasados, una iglesia para Dios, un palacio para el rey, un monasterio para la orden jerónima y un templo para la ciencia.
    Se ha repetido hasta la saciedad que El Escorial funcionó como gran centro de recepción y difusión del saber, tanto en lo que se refiere al ambicioso proyecto de la biblioteca como por lo que se relaciona con la institucionalización de las prácticas experimentales que allí encontraron acomodo. Entre ellas destaca, con luz propia, la incipiente química paracelsista, relacionada con una de las dependencias científicas más importantes del monasterio: la botica.

    2.2.1. La Geometría sacra
    El 10 de agosto de 1557 Felipe II ganó la batalla de San Quintín. Este hecho le llevó a edificar el quizás mayor edificio de la Monarquía Hispánica: El Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Mucho se ha especulado sobre el carácter mágico de su arquitectura, frente al funcional, es decir: al de monasterio. Como edificio cumple con todas las normas que entonces estaban de moda, y sigue todos los cánones al uso. Su planta rectangular está dividida en tres secciones sucesivas. Es cierto que su principal artífice, Juan de Herrera, sintió verdadera predilección por algunos temas ocultistas y hermetistas. Herrera también puede ser visto como un entusiasta de las matemáticas y la filosofía, como una persona que vivió el Humanismo de un modo muy propio.

    El Escorial en construcción
    Nacido hidalgo en la provincia de Santander en el año 1530, además de El Escorial, trabajaría en el Alcázar de Toledo, el palacio de Aranjuez y la nueva catedral de Valladolid. Ya enfermo en estas obras desde el año 1594, las abandonó, muriendo en Madrid en 1597.
    Como buen renacentista, Herrera llevó su mente y sus ideas por los más recónditos rincones a los que el pensamiento de su tiempo le permitía. Dichos pensamientos tenían como eje principal el de la perfección. Y fueron, eso sí, estos ideales los que quiso plasmar en El Escorial. Para ello tuvo el referente del Templo de Salomón y todas las ideas que sobre él estaban presentes en esos años. Así, el Papa Julio II (1503-1513) quiso que la nueva Basílica de San Pedro recrease dicho Templo.
    Se consideraba la arquitectura como un Arte, como una Ciencia excelente, más aún que las matemáticas, que llegaban a ser vistas como un instrumento. Con ella, con la arquitectura, el artífice imponía unas formas a la materia, daba un «ordo ab chaos» de la materia; que estaba a la espera de salir de su estado natural. En este deseo de ordenar, el cubo supuso una de las figuras más interesantes. León Baptista Alberti o Fray Lucas Paccioli ya señalaron que el cubo es la base de toda proporción y perfección.
    Admirador de Ramón Llull y seguidor de todo el hermetismo que se generó alrededor de esta figura, combinó esta admiración con la geometría y la arquitectura en su Discurso de la Figura Cúbica, según los principios y opiniones del Arte de Ramón Llull. En la mente de Herrera y en El Escorial, la fría piedra deja de serlo cuando se talla. El cubo es el microcosmos capaz de contener la razón, el pensamiento, la fuerza y el orden. Los sillares de El Escorial abandonan su estatismo y quietud al contener la movilidad de las fuerzas que se agitan en el Universo. Unas fuerzas que, así vistas, han sido, como decimos, ordenadas y puestas en equilibrio.
    No es que se pretenda señalar a Juan de Herrera como una de las mentes más inquietas de su tiempo, ya que hubo otras muchas y en todas las disciplinas. Pero sí hay que resaltar que Herrera supo expresar, de forma práctica, todos sus conocimientos científicos. Sus «ingenios», ya sea con fines comerciales o realizados para Felipe II, lograron bastante éxito. Por ejemplo, aquél que diseñó para cortar fácilmente las barras de hierro y convertirlas en piezas pequeñas, instalado en la herrería de Berna, cerca de Durango.

    El Escorial
    Con todo, El Escorial se nos presenta tal y como quiso Juan de Herrera. Con una agobiante perfección de líneas, parece como si el plateresco, en su camino a la barroquización y a los excesos, hubiese sido sedado allí. En el juego de lo aparente, su simple visión nos lleva a pensar irremediablemente que hay una tremenda carga simbólica detrás de la perfección. Y, siguiendo el juego de Herrera, descubrimos que, en efecto, el simbolismo, ya descarado, se nos aparece por doquier. Como señaló René Taylor, ahí está la planta en ángulos rectos, la posición de la Iglesia dentro del conjunto o la efigies de los reyes de Israel en la propia fachada, por señalar los elementos más aparentes. No pensemos que, por fin, hemos acertado a jugar, seguro que Juan de Herrera guardó para sí muchos más símbolos y alusiones a su pensamiento de lo que podamos ver y estudiar.

    2.2.2. Los hijos de Paracelso
    Una de las dependencias más emblemáticas del Monasterio de El Escorial es la botica. Las descripciones que nos han llegado hablan de su excepcional dotación y de los destacados laboratorios de destilación que llevaba anejos.
    La botica monástica comenzó a funcionar en 1573. Estaba instalada en los bajos de la torre de la enfermería. Se accedía a ella por la puerta postrera de la misma y tenía tres zonas principales: un aposento grande, donde se almacenaban las medicinas; una rebotica y seis salas en el sótano, donde se hacían jarabes, infusiones, zumos y se almacenaban herramientas.
    Al frente de dicha botica estuvo, desde sus orígenes, fray Francisco de Bonilla, fraile boticario de acreditada categoría, que con posterioridad intervino en la construcción del edificio donde se instaló el laboratorio de destilación. Bonilla, profeso en el monasterio de Santa Catalina de Talavera, ya era boticario examinado cuando entró en la orden jerónima. Llegó al monasterio escurialense junto con otros frailes de distintas casas españolas. Gracias a su conocimiento del arte farmacéutica y al interés de Felipe II por dotar una magnífica botica, consiguió todo lo que pidió:

    «Con la abundancia desta obra y la disposicion en las cosas della, aprovechandose de la ocasión y de la magnificencia y de la buena voluntad del Santo fundador, pidio lo que vio era necesario para su oficio, y Su Magestad mando le diesen lo que pidiera; no fue en esto escaso, que a su instancia y peticion, se hicieron el quarto, piezas y aposentos que sirven para la Botica y distilaciones, y quantos alambiques, instrumentos, herramientas y barcias que ay en esta oficina, que son muchas».


    En 1585 comenzaron las obras de construcción de un nuevo laboratorio de destilación, anejo a la botica escurialense, en un inmueble comunicado con la botica monástica, pero independiente de ella y del monasterio. Se construyó por iniciativa personal del monarca, tal y como manifiesta el cronista real Luis Cabrera de Córdoba:

    «Fue tan curioso [Felipe II], que envejeciéndole más las enfermedades, forzándole al uso de las medicinas simples y compuestas, mandó hacer en San Lorenzo distilatorios de capacidad grandísima y extremadas y varias figuras, con tal excelencia que solamente un príncipe tan curioso y poderoso las pudiera hacer, y truxo a Vincencio Forte y otros extranjeros artífices para sacar las quintas esencias, que llaman sustancia sutil y húmido radical intrínseco y simple, difundido en las partes elementadas, que largo tiempo mantiene las cosas en su ser, ordenada de la naturaleza para conservar los individuos».


    La obra finalizó en 1586 y disponía de dos plantas y un sótano. En la planta baja había cinco oficinas, dos para destilaciones, una para prensas y morteros, otra para hornos y otra para quintaesencias. La planta superior constaba de dos amplios aposentos: uno con un gran horno y en el otro el célebre destilatorio de Mattioli. La supervisión de las obras así como el diseño de los diferentes aparatos destilatorios fue llevada conjuntamente por Giovanni Vincenzo Forte, destilador real, y fray Francisco Bonilla.
    Entre octubre de 1587 y noviembre de 1589 se elaboraron todos los alambiques, hornos y baños necesarios para dicha destilación. A finales de octubre de 1587 Forte contrató los servicios del vidriero veneciano Guillermo Carrara, que trabajaba en los hornos de Recuenco (Cuenca), para que realizase los 500 alambiques necesarios para que el laboratorio comenzase a funcionar:

    «(...) caldera y torre de agua de baño y alanviques que pesaron ocho arrobas y siete libras, a siete reales la libra. Treuedes y brasero y horno de yerro peso tres arrobas y diez libras, a tres reales la libra. Setenta y dos muelles con çinquenta y seis hornillos pequeños y ocho hornillos de yerro de terçia con su llaue y una llaue de laton de frente, todo el doçientos y sesenta reales. Y veynte çinco cuerpos de alanviques de vidrio, y treynta y çinco cauezas, que todo peso çiento y veinte libras, a seis reales y quartillo cada quatro libras».


    En el laboratorio escurialense hubo cuatro aparatos de destilación. El primero, situado en la planta baja, estaba formado por treinta y dos vasos de destilación depositados en un cajón cuadrado que hacía de recipiente del vapor de agua como fuente de calor, traída de una caldera exterior al cajón. Su diseño es semejante a los representados por Vanoccio Biringuccio (1480-1539) en su obra De la Pirotechnia (Venecia, 1540). El segundo, situado en la estancia alta, era una torre filosofal de veinte pies de alto y del perímetro de tres hombres con sus brazos extendidos, un enorme artilugio que servía, en la práctica, para destilar grandes volúmenes de agua, entre 180 y 200 libras en veinticuatro horas. Se trataba de la famosa torre de Matiolo y tomaba su nombre, con toda seguridad, de las torres de destilación descritas por Pietro Andrea Mattioli en su De ratione distillandi aguas ex omnibus plantis et quomodo gemini odores in ipses aquis conservari posiut, apéndice del Commentarri in VI libros Pedacii Dioscorides Anazarbei de materia medica (Venecia, 1554). La torre escurialense, dibujada por L'Hermite, era una columna hueca formada por planchas de latón encajadas unas a otras y reforzada en su interior por seis barras de hierro. La fuente de calor era vapor de agua generado en una caldera cercana a la misma torre por la puerta inferior. En la misma estancia que la torre filosofal se hallaba, adosado a una pared, un artilugio formado por veintiséis vasos de vidrio conectados entre si a diferentes alturas, depositados sobre una alquitara de cobre. También dibujado por L'Hermite, se empleaba para destilar aceites y es uno de los ideados por Diego de Santiago, principal artífice de los destilatorios de El Escorial y autor de la única obra española del siglo XVI dedicada al arte destilatoria. El cuarto destilatorio, también obra de Santiago, era de menor capacidad, 90 libras en veinticuatro horas, y es el que aparece descrito en su Arte Separatoria. Estaba compuesto por tres cajoneras de madera guarnecidas de latón o cobre, dispuestas ortogonalmente, con el vértice en una misma caldera.

    Destilatorio de Diego de Santiago

    2.2.3. La cámara de las maravillas
    Aparte de la finalidad funeraria y el simbolismo religioso, El Escorial había de ser también un monumento al saber, donde, como no podía ser menos, habrían de estar los mayores tesoros de la ciencia contemporánea.
    Desde joven, Felipe II empezó a atesorar una espléndida biblioteca. Ya en 1576 tenía 4.545 volúmenes y 2.000 manuscritos. A la hora de su muerte, en 1598, la colección del rey alcanzaba los 14.000 volúmenes. Como dijo Geoffrey Parker, era la mayor biblioteca privada del mundo. Su deseo, además, era ser un centro, no sólo de lectura, sino también de investigación. El 28 de mayo de 1567 le escribía a su embajador en Francia:

    «(...) todavía holgaré que de aquí se tomen todos los más raros y exquisitos que se pudieren haber, porque es una de las principales memorias que aquí se pueden dejar, así para el aprovechamiento particular de los religiosos que en esta casa hubieren de morar, como para el beneficio público de todos los hombres de letras que quisieren venir a leer en ellos».


    Sin embargo, pese a los deseos regios, la biblioteca escurialense sirvió principalmente para todos aquellos científicos que residían en la corte. Se ha dicho que el destino de este centro de saber hubiera sido totalmente diferente si el monasterio hubiera sido encomendado a otra orden que no fueran los Jerónimos. De hecho, en tal sentido, fueron los jesuitas quienes expusieron sus quejas, alegando que los intereses científicos estarían mejor en sus manos.
    La idea de Felipe II fue crear una biblioteca que reuniera todo el saber del hombre. El fondo inicial, formado por un número aproximado de 4.000 volúmenes, lo aportó el propio monarca. Su ejemplo fue secundado y pronto otros muchos intelectuales y nobles enviaron sus bibliotecas al monasterio. De esta forma entraron libros de Benito Arias Montano, Juan Bautista de Toledo u Honorato Juan, preceptor del rey. Pero la colección más importante que ingresó fue la perteneciente a don Diego Hurtado de Mendoza, donación compuesta por más de 2.000 volúmenes, entre impresos y manuscritos, muchos de ellos procedentes de Italia, ya que este noble había sido embajador en Venecia.
    El rey también buscó un grupo de eruditos que le asesoraran en la compra de obras para seguir enriqueciendo este fondo inicial. Benito Arias Montano fue enviado a Flandes con la misión de adquirir obras en las imprentas más prestigiosas y Ambrosio Morales visitó diferentes iglesias y monasterios españoles para adquirir obras difíciles de encontrar. Entre los colaboradores cabe destacar a Antonio Agustín, pionero del sistema de clasificación por materias, el historiador Páez de Castro o el mismo secretario del rey, Gonzalo Pérez.
    De esta forma, Felipe II fundó en el monasterio una real biblioteca, la Laurentina, que fue expresión de sus intereses políticos, culturales y religiosos y capaz de poder competir y aún superar a la biblioteca vaticana. Por su interés científico, habría que mencionar las Relaciones de los pueblos de España, la Declaración del cuadrado y del cubo, obra de Juan de Herrera según las doctrinas de Raimundo Lulio, o los desaparecidos libros de Francisco Hernández sobre la fauna y flora americana.
    El fondo de códices griegos reunido en El Escorial llegó a ser uno de los mejores de Europa, y la colección de manuscritos árabes contó con más de 500 ejemplares de muy diversas materias: Medicina, Astronomía, Historia y comentarios del Corán.

    Altura del sol, Pedro de Medina
    De acuerdo a las propuestas de los doctores Páez de Castro, Morales y Cardona, la biblioteca se planteó no sólo como depósito librario sino también como gabinete científico y antiquarium, sin olvidar la galería de retratos de personajes ilustres y un programa decorativo al fresco para el salón principal, relacionado con el saber divino y humano, probablemente inspirado por su bibliotecario Benito Arias Montano y el arquitecto Juan de Herrera y pintado por Pellegrino Tibaldi y Bartolomé Carducho. Fueron numerosos los objetos y aparatos científicos (mapas, globos celestes y terrestres, astrolabios, relojes) que se compraron con destino a las salas de la biblioteca.

    2.2.4. Bibliografía básica

    ALMELA, J. A. (1594), Descripcion de la Octava Maravilla del Mundo que es la excelente y santa casa de San Lorenzo, el Real, Monasterio de Frailes Jeronimos y colegio de los mismos y seminario de letras humanas y sepultura de reyes y casa de recogimiento y descanso despues de los trabajos del gobierno, fabricada por el muy alto y poderoso rey y señor nuestro Don Felipe de Austria, segundo de este nombre. Compuesto por el Doctor Juan Alonso de Almela, medico natural y vecino de Murcia, dirigido a la Real Magestad del Rey Don Felipe.
    ANDRÉS, G. de (1964), «Entrega de la librería real de Felipe II (1576). Edición, prólogo e identificaciones de obras», Documentos para la Historia del Monasterio de El Escorial, Madrid, 7, pp. 5-233.
    ANDRÉS, G. de (1970), La real biblioteca de El Escorial, Madrid.
    ANTOLÍN, G. (1927), La librería de Felipe II, Madrid.
    AUBERSON, L. M. (1970), «La antigua botica del Real Monasterio de El Escorial. Ejemplar institución de la farmacia española en el siglo XVI», Boletín de la Sociedad Española de Historia de la Farmacia, 81, pp. 9-14.
    CABALLERO VILLALDEA, S. (1948), Diego de Santiago (alquimista, boticario y romancista del siglo XVI). Su patria, su profesión, sus obras, Madrid.
    CAMPOS Y FERNANDEZ DE SEVILLA, F. J. (1993), La Ciencia en el Monasterio de El Escorial, San Lorenzo de El Escorial, 2 vols.
    CAMPOS Y FERNÁNDEZ DE SEVILLA, F. J. (1993), Fondo manuscrito americano de la Biblioteca de San Lorenzo de El Escorial, San Lorenzo de El Escorial.
    FERNÁNDEZ, A. (1993), «Catálogo de impresos científicos de la Real Biblioteca de El Escorial», en: CAMPOS Y FERNANDEZ DE SEVILLA, F. J. (dir.), La ciencia en el monasterio de El Escorial, San Lorenzo de El Escorial, 2 vols., 2, pp. 7-32.
    L'HERMITE, J. (1890-1896), Le Passetemps, Antwerpen, J. E. Buschmann
    PUERTO SARMIENTO, F. J. (1999), «Los 'Destilatorios' del Monasterio de El Escorial: alquimia y paracelsismo en la corte de Felipe II», en: MARTÍNEZ RUIZ, E. (dir.), Felipe II, la Ciencia y la Técnica, Madrid, pp. 429-446.
    PUERTO, J.; ALEGRE, M. E.; REY BUENO, M. y LÓPEZ PÉREZ, M. (coords., 2001), Los Hijos de Hermes. Alquimia y Espagiria en la terapéutica moderna española, Madrid.
    REY BUENO, M. y ALEGRE PÉREZ, M. E. (2001), «Renovación en la terapéutica real: los Destiladores de Su Majestad, maestros simplicistas y médicos herbolarios de Felipe II», Asclepio, 53(1), pp. 23-51.
    REY BUENO, M. y ALEGRE PÉREZ, M. E. (2001), «Los destiladores de Su Majestad. Destilación, espagiria y paracelsismo en la corte de Felipe II», Dynamis, 21, pp. 323-350.
    SAENZ DE MIERA, J. (2001), De obra insigne y heroica a octava maravilla del mundo. La fama de El Escorial en el siglo XVI, Madrid, pp. 435-476.
    ZARCO, J. (1929), La Biblioteca de El Escorial, Barcelona


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    Re: La ciencia cortesana en la España de Felipe II

    por Grupo Folchia
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    Universidad Complutense de Madrid

    2.3. El escenario de la corte: Madrid

    Alcázar de Madrid
    Una gran parte de la Ciencia producida en la Europa Moderna se realiza en las cortes, centros fácticos del poder, que reclutarán a toda una serie de personajes, enmarcados dentro de la terminología actual de científico. La Ciencia, al igual que otras formas de cultura, abandonará los monasterios y universidades, sus lugares de cultivo durante la Edad Media, y pasará a conformar un elemento más de la sociedad cortesana. Fueron muy pocos los monarcas renacentistas y barrocos que no atesoraron animales, plantas y toda suerte de objetos exóticos, conformando gabinetes de Historia Natural, museos, colecciones y jardines, nuevos habitáculos de nacimiento y desarrollo de la Ciencia.
    Además, la corte no será únicamente escenario, también se convertirá en una vía de legitimación. Así, Ciencia y corte serán dos términos íntimamente unidos a lo largo de todo el período de tiempo marcado en el presente estudio. Esta unión determinará, indefectiblemente, las especiales características de los resultados obtenidos en materia científica.
    De esta asociación surge un nuevo tipo de personaje, el científico cortesano, que va a entrar en una formación elitista, capaz de ofrecerle la oportunidad de demostrar en obras su potencial personal pero también, a su vez, de sumergirle en un mundo de intrigas donde el objetivo final es acercarse lo más posible a la persona del monarca. El científico cortesano se caracteriza por dos aspectos que le diferencian de cualquier otro coetáneo: su calidad de siervo del monarca, está en la corte por sus conocimientos sobre una determinada materia que interesa a la corona, y su disponibilidad.
    La Monarquía Hispánica no permaneció ausente de esta nueva forma de entender la Ciencia, muy al contrario, la ejerció de forma activa. La corte española renacentista va a ser testigo de numerosas prácticas científicas, enfocadas en tres planos diferentes de actuación: un medio de promocionar y ensalzar la Monarquía, un instrumento para mantener un imperio y una herramienta para procurar la salud de su principal representante, el monarca.

    2.3.1. Los cosmógrafos del rey
    Cosmografía y cosmógrafo fueron términos que, en el siglo XVI, se confundieron con Geografía y geógrafo. Ambas ciencias y ambos oficios se dedicaban a la descripción del mundo; las partes de la naturaleza; los varios círculos imaginarios del cielo; la cantidad de días, noches y horas; la causa de los eclipses; los nombres de los vientos… En definitiva, expertos en Geometría que se dedicaban a la descripción del Universo, tal y como señala el cronista Cristóbal Suárez de Figueroa:

    «dibujando el mar y la circunferencia de las islas, enderezando las lineaciones en las cartas de navegar, midiendo la tierra y dividiendo las regiones».


    Los cosmógrafos tuvieron una importancia clave en la España del siglo XVI, volcada hacia América. Fue esta utilidad la que llevó a Felipe II, cuando aún era regente, a establecer diversos oficios reales de naturaleza cosmográfica.
    Pese a la existencia de dos oficios cosmográficos en la Casa de Contratación de Sevilla (el de Piloto Mayor y el de Cosmógrafo de hacer cartas e instrumentos para la navegación) institucionalizó otros nuevos con diversas obligaciones. En la década de los ochenta, momento de mayor auge de estos oficios, el rey contaba con doce matemáticos a su servicio, en calidad de cosmógrafos.

    El Puerto de Sevilla (Claudio Coello)
    Desde que Américo Vespucio fuera nombrado piloto mayor de la Casa de Contratación sevillana, en 1508, las cartas de marear en posesión de los pilotos sevillanos debieron de ser considerables. Ésta es la mayor aportación que hizo, obviando la variedad y multitud de nombres que designaban un mismo lugar de la costa. A esto hay que añadir que muchos pilotos usaban sus propias cartas, ya fueran cedidas o con trazado particular. Este mismo año, la cédula real por la que los reyes le nombran piloto mayor expresa las quejas por la falta de conocimientos, de fundamento y de desconocimiento del uso del astrolabio y el cuadrante por parte de los pilotos. En la misma cédula se expresa la necesidad que se desea cubrir de instruir a los mismos, de unir teoría y práctica y de proveer de instrumentos de navegación. Además, sería Vespucio quien valorase y aprobase la facultad a cada piloto. Lo más importante, en cuanto a las cartas se refiere, es la elaboración de un patrón real, que, aunque con un uso restringido comercialmente, remodelado y revisado en varias ocasiones, fue la base para los futuros pilotos.
    No obstante, y a pesar de la creación de la cátedra de Cosmografía en el año 1552, Sevilla no pudo contar con un grupo de profesionales teóricos capaces de introducir el estudio de las matemáticas, lo que hubiera ayudado a resolver muchas dudas que la práctica y las discusiones no eran capaces de solventar. A mediados del siglo XVI eran 180 los pilotos y 200 el número de maestres. La eficacia que se deseó establecer sobre la mejora de la navegación no resultó ser efectiva en tanto en cuanto hemos de pensar que estamos en pleno auge de la carrera de navegación y que, en el siglo siguiente, ni se legó al doble del número de personas capaces de pilotar. Pero, con todo, hubo algo que hizo progresar la Náutica desde Sevilla a través de los cosmógrafos. En vez de regirse por los defectos de los que aplicaban la Geografía de Ptolomeo, se acogieron a una representación gráfica de la Tierra (los mapas) en la cual dominaba la experiencia. Es decir, dominaba la plasmación en los mismos de los conocimientos aplicados tras la observación directa. Así se conseguía representar cualquier accidente geográfico, el cálculo de la latitud y longitud según los cánones astronómicos y definir las variaciones de la aguja de marear respecto de las alteraciones magnéticas.
    Poco a poco, la Cartografía se fue haciendo totalmente científica. Desde Andrés de Morales o Américo Vespucio, pasando por el más teórico Alonso de Santa Cruz y llegando a Jerónimo de Chaves y Juan López de Velasco, la calidad de los mapas fue siempre en aumento. La alta excelencia teórica fue lo que llevó, como se ha dicho antes, a crear en el año 1552 la cátedra de Cosmografía, recayendo en el citado Jerónimo de Chaves.

    Carta de López de Velasco, 1570
    En 1564 ya aparecieron obras donde se recogían todos estos avances, tanto los prácticos como los teóricos. Así, Juan Pérez de Moya editó dicho año su Arte de marear, verdadera exposición de los conocimientos del momento. Allí recogió cómo se trazaban las meridianas en las cartas de navegación, el uso del astrolabio, las alteraciones de la aguja o el uso de la ballesta para la estrella polar. Diego de Zúñiga, teólogo y astrónomo de Salamanca editó Didactica Stunica Salmantinencis, en 1584. En este texto recoge la teoría copernicana de la Tierra girando alrededor del Sol. En estos momentos, la Cosmografía hispana es un aspecto que destaca por delante del resto de Europa. Mientras Zúñiga la explicaba en la Universidad de Salamanca, la teoría copernicana era denostada en el resto del continente. Otros, como el matemático Andrés del Río, Andrés de Pozas o Diego García de Palacio, oidor de la Audiencia de México, demostraron tener grandes conocimientos de Astronomía y navegación, dejando bien patente el avance que se alcanzó en estas materias durante el reinado de Felipe II.

    Tabla de cálculo astronómico
    No podemos dejar este apartado sin referirnos al Cosmógrafo Mayor de Indias, figura muy importante al servicio de la Ciencia en el reinado filipino. Como tal, se creó en las nuevas Ordenanzas de Indias de 1571 (capítulos 105 a 122). Los cosmógrafos tenían entre sus funciones la de formar a los pilotos. Pero la del Cosmógrafo de Indias consistía en la elaboración de cartas de navegación con las derrotas, rutas y viajes desde España a las Indias, y desde allí a cualquier otro punto. En cumplimiento de su trabajo, que le llevó de forma indirecta a enmendar los errores de otras cartas anteriores, Juan López de Velasco, el titular del cargo, sacó a la luz La Geografía y Descripción de las Indias.

    Medir la estrella polar, de García de Céspedes
    El omnipresente Juan de Herrera, que había diseñado unos instrumentos para la navegación, usó de su influencia para verificar su funcionamiento y, de paso, enmendar y corregir todas las faltas que había en cuanto a los viajes a América se refiere. En el año 1591 sacó adelante su proyecto de enmienda de «las cartas de marear, e instrumentos, reglas y usos tocantes a la navegación». La tarea recayó en Ambrosio de Ondériz. Sería el susodicho Juan de Herrera quien llegase a redactar el modo de proceder de Ondériz. Así por ejemplo, Herrera decía que el astrolabio usado normalmente en el viaje a Indias era pequeño y que la aguja de marear «no dexa de tener algún engaño».

    América, Juan Martínez, 1587
    Ondériz inició la labor recabando toda la información posible. Luego expuso todos los errores, grandes y pequeños, especialmente sobre la imprecisión de los mapas, algunos de los cuáles se remontaba a más de cien años. Por todo ello, Ondériz propuso en un memorial enviado a Felipe II otro nuevo patrón, con las correcciones hechas y las propuestas para futuros problemas de jurisdicción, todo ello mediante la elaboración de un mapa de menor escala que el anterior «para que quepan en él los puertos, bahías, ríos y otras cosas que no caben en el que hay ahora, por ser el grado tan pequeño». Lo sugerido en el informe fue enviado a los expertos. En noviembre de 1593 se celebró una Junta en la Casa de Contratación y otra en Triana con asistencia de los universitarios. Todos emitieron un informe que se elevó al Consejo de Indias. En el mismo se apela por la construcción de un astrolabio de mayor diámetro, que recogiese medios grados en vez de grados. También una nueva ballestilla que recogiese los senos en su graduación. Se construirían dos agujas de marear. Una de ellas corregida y otra no. Además se propuso elaborar padrones particulares, ya que en la Casa de Contratación sólo existía en general de las Indias.
    Como resultado de todo ello, una nueva etapa se abrió en la Cosmografía peninsular. Y ha de ser vista como la culminación de un progreso constante, del empeño regio, del buen ejercicio de los implicados, de los avances técnicos y su aplicación y, especialmente, de la experiencia y la observación entendidas y aplicadas como bases a la solución de los problemas que se generaban, especialmente todos aquellos referentes a la inexactitudes.

    Compendio de la arte de navegar, de Rodrigo Çamorano

    2.3.2. La Academia de Matemáticas
    En el reinado de Felipe II, ser matemático comprendía a todo aquél que se aplicaba a la Aritmética, Geometría, Astronomía y Cosmografía. Por supuesto, la alta estima de que gozaron estas disciplinas llevaba a algunos de sus practicantes a considerarlas de procedencia divina, como hiciera Jerónimo Girava en el año 1533, al definirnos la Geometría:

    «No es otra cosa sino un arte […] Esta es la que da armas a nuestros ingenios, la que los exercita y limpia. Desta tomas las demas artes toman su luz y entendimiento: con esta se rastrean las cosas, y se han hallado tantas y tan subtiles invenziones que no sin causa los antiguos tuvieron por cierto qu'el inventor della fuese Mercurio...»



    Uso de la ballestilla
    La obra matemática más importante del siglo XVI, Aritmética Práctica y Especulativa del Bachiller Juan Pérez de Moya, vio la luz en el año 1562 a manos del matemático de Jaén Juan Pérez de Moya. Sobre la Aritmética dice que «es cossa muy necesaria para el servicio de la vida humana, y digna de ser sabida de todo hombre que desseare ser presto en el número de los que se sienten desta razón...» La utilidad de este arte, disciplina o Ciencia, no obstante, hubo de ser defendida en varias ocasiones, dado que existía en la sociedad peninsular del momento bastantes reticencias a su aprendizaje y bastantes dudas sobre su interés y necesidad. Las muestras de apoyo a las Matemáticas recayeron en aquéllos encargados de prologar los textos. Veamos qué dijo el doctor Cornejo en la segunda obra de Pérez de Moya, Tratado de Matemáticas, editado en Alcalá en 1573:

    «(…) es de matemáticas la suma, entendiendo bien la gran necesidad que hay en España destos principios y fundamentos, no sólo para las scientíficas, mas para todas las artes mecánicas.. en Castellano Romance, estimado en tanto y mucho más el provecho y utilidad de nuestra República… y en poco, en nado, las agudas lenguas, las corvas narizes, y disimuladas risitas de los maldicentes e invidiosos mofadores. Bien sé que avrá muchos tan agenos y desviados destas disciplinas que las menosprecien, como cosas de poco valor y momento, y no necessarias…»


    La continua falta de hombres expertos en Cosmografía y navegación, indispensables para asesorar al monarca como para cubrir los oficios específicos, se intentó remediar de forma definitiva creando en Palacio una Academia en donde se enseñaran las ciencias y las técnicas aplicadas a la navegación. El proyecto fue elaborado, en la década de los sesenta, por Juan de Herrera.
    Felipe II, en diciembre de 1582, poco antes de volver desde Lisboa, dio las bases para la creación de la Academia de Matemáticas de la corte. Con categoría de «criados del rey», fueron nombrados el día 25 de dicho mes, por medio de cédula real, Juan Bautista de Lavaña y Pedro Ambrosio de Ondériz. Por tal motivo, ambos tenían un fuero personal. Lavaña, designado lector de Matemáticas, recibiría 400 ducados anuales pagaderos en tres partes, más que el por entonces Cosmógrafo Mayor del Consejo de Indias. Ondériz, por su parte, como ayudante, recibiría la mitad. Todo esto se hizo efectivo desde el primer día de 1583,aunque las lecciones empezarían en octubre del mismo año. El lugar donde se habría de ubicar la Academia habría de ser lo más cercano posible al Palacio Real, con salas suficientes y espaciosas. El sitio elegido, tras las correspondientes autorizaciones y ventas, fue una casa que formaba parte del convento de Santa Catalina de Sena.
    Ondériz llevó a cabo una importante labor de traducción de los textos más necesarios para la Academia de Matemáticas. A escasos dos años de empezar a trabajar ya tradujo al castellano los libros XI y XII de los Elementos y la Perspectiva y Escapularia de Euclides, los Esféricos de Teodosio y los Equiponderantes de Arquímedes. La docencia de la Academia tenía un marcado carácter cosmográfico.
    Así estuvo la situación hasta el año 1591, cuando nuevas ordenanzas reales que condicionaban a Lavaña y a Ondériz con el Consejo de Indias hicieron que la Academia de Matemáticas no tuviera una sede definida, sino que estaba obligada a seguir al Consejo de Indias. Aunque, en la práctica, la Academia sólo hubo de desplazarse una sola vez hasta el año 1628. Las lecciones se impartieron según las directrices dadas por Juan de Herrera y para poder recibir sus salarios, Lavaña y Ondériz debían presentar las certificaciones firmadas por al Aposentador de Palacio, donde habría de constar que habían cumplido con sus obligaciones, lo que demuestra el control efectivo de la Academia por parte de Juan de Herrera.

    2.3.3. Ingeniería y arquitectura
    Se ha pensado durante mucho tiempo que, en la España renacentista, la mayoría de los ingenieros eran europeos, cuando la realidad, ya demostrada, es que era todo lo contrario. Es cierto, no obstante, que sí llegaron destacados protagonistas, como Juanelo Turriano. También es cierto que existió el hoy llamado espionaje industrial. Por ejemplo, Pedro de Zubiaurre vio en Londres la bomba hidráulica que abastecía a la ciudad, la copió e instaló una idéntica en Valladolid en el año 1503. De cualquier forma sí es aceptable afirmar que la ingeniería peninsular se vio influenciada por la italiana.
    Nicolás García Tapia dividió a los ingenieros en varias categorías: los teóricos, los ingenieros-arquitectos, los prácticos y los ocasionales o inventores. Todos ellos supieron sacar partido de la información recibida, llegando incluso a aventajar el estado de esta disciplina en el continente.
    Muchos de ellos, especialmente los primeros, eran universitarios, conocían y dominaban varias ramas del saber, en particular las Matemáticas, Geometría y Dibujo. Entre los arquitectos ingenieros se va formando un determinado tipo, cuya principal tarea sería la de trazar y diseñar edificios. Además, según ellos entendieron este término, edificaban puentes, acueductos, presas, puertos... Como vemos, el ámbito de estas dos disciplinas era confuso en el siglo XVI, aunque para dominar la ingeniería era imprescindible conocer la arquitectura.
    Eran los ingenieros sin formación en arquitectura, sin estudios teóricos, los que eran acusados de intrusos por parte del autor de Los veintiún libros de los ingenieros y de las máquinas (1564-1575), de Pedro Juan de Lastanosa. Sus enseñanzas empezaban al pie de la obra, por transmisión oral de los conocimientos, o en los gremios de su especialidad. Así, había maestros diqueros, fontaneros, cerrajeros...
    Por último tenemos a los inventores ocasionales. Aunque hubo una alta variedad de invenciones, no todas llegaron a ser trascendentes. Incluso fue tanta la afluencia de estos inventores que hubo de ser restringida, como nos hace saber Juan de Herrera en un memorial enviado a Mateo Vázquez, secretario real:

    «(…) entiendo haber hecho particulares servicios en haber desengañado de muchas máquinas, que algunas personas no fundadas en ellas han traído en estos reinos y a SMd, ofreciendo con ellas cosas imposibles y no concedidas de la natura; y por mi causa en muchas de ellas no se ha puesto la mano, porque se hubiera perdido la hacienda, tiempo y reputación y el conoscimiento de estas enseñándolo a muchos, que aquí en adelante podrán hacer lo que yo


    Juan de Herrera dejó manuscrito el texto Architectura y machinas. Para él, la máquina sirve para vencer la naturaleza de los cuerpos pesados. Es decir, en el origen de toda máquina está la gravedad de las cosas. No obstante, esta idea de la máquinas está directamente inspirada en la que diera Vitrubio.
    Un importante arquitecto de su tiempo fue el citado Lastanosa. Estuvo en Bruselas y en Nápoles, donde trabajó como ingeniero hidráulico en el año 1559. En 1563, seguramente gracias a su prestigio, fue nombrado «criado ordinario», cobrando 300 ducados anuales de salario. En este año, también cobraban por el mismo concepto en la corte de Felipe II los arquitectos Juan Bautista de Toledo, Juan de Valencia y Juan de Herrera, además del ingeniero mayor Juanelo Turriano, aunque figuraba como relojero
    Al inicio de una edificación, lo más importante es la nivelación del terreno. En el Renacimiento esto se hacía mediante instrumentos topográficos. Aunque los niveladores (personas expertas en trabajar mediante el agua) tenían referencias romanas en las que se basaron, se inició una búsqueda de nuevos procedimientos científicos. En este avance intervinieron también astrónomos, náuticos y cosmógrafos. Por ejemplo, el 13 de diciembre de 1573 Felipe II reconoció al arquitecto Juan de Herrera la invención de instrumentos para hallar la longitud y para averiguar la declinación de la aguja magnética. En la Península se llegó a alcanzar gran pericia en la construcción de elementos niveladores para la construcción a manos de Benito de Morales, el citado Juan de Herrera, Pedro Juan de Lastanosa y Pedro de Esquivel.
    Las grúas fueron otro instrumento de la ingeniería y arquitectura muy utilizado. Especialmente importante fueron las usadas para la construcción de El Escorial. Aunque no representaron en sí mismas ninguna innovación, destacaron por su enorme tamaño y resistencia. Tanto era esto así que ni Juan Bautista de Toledo ni Juan de Herrera se atrevieron a construirlas. Finalmente, Juan Betesolo, de Flandes, y su ayudante Juan de Laguna, decidieron hacerlas en 1578.
    Otros elementos y herramientas de ingeniería fueron los aparatos de elevación y transporte, en los que fue muy diestro Pedro de Santana. Por ejemplo en la construcción de la «gata» o «Gaula». En ella, un hombre se introducía y, mediante poleas, podía ascender y descender a su voluntad por una pared. También el «ergate», especie de torno de arrastre horizontal, capaz de mover barcos en los muelles.
    En muchas ocasiones, muchos de estos aparatos nacían en el mismo instante de su necesidad, bien sea de la habilidad mental del ingeniero o del ofrecimiento de un dibujo por otra persona.

    2.3.4. La leyenda imaginada
    Un aspecto de la Ciencia en el periodo filipino que no puede dejar de ser analizado es el surgido a partir de la relación con las colonias americanas. Para la Historia, el interés científico de estas relaciones se centra en dos aspectos bien definidos. Por un lado, el relativo a la Historia Natural y, por otro, al de la minería y metalurgia. Empecemos por éste último.
    El auge de la metalurgia y minería en el siglo XVI europeo está ya bien estudiado. Las minas centroeuropeas y sus trabajos en ellas hicieron, sin duda, que el auge de la industria minero-metalúrgica alcanzase una aceleración inusitada. En España, la presencia de los Fugger en varias instalaciones mineras, especialmente Almadén, desde 1524, es lo más llamativo. Sin embargo, no podemos olvidar que la corona española estaba necesitada de ingresos y apoyaba a cualquier persona capaz de practicar de forma rentable la extracción de metales preciosos. Fue un sevillano, Bartolomé de Medina, quien logró algo que superaría cualquier esfuerzo anterior para aumentar el envío de metales preciosos de América a España. Desarrolló un método de extracción de plata de muy alta calidad mediante su amalgamación con azogue. Tal método, según nos dice él mismo, le fue dado por un minero alemán que trabajaba con los Fugger en Almadén, que a su vez tiene un evidente origen alquímico.
    Decidido a experimentar en América, Bartolomé de Medina, tras varios avatares, llegó a las minas de plata de Pachuca en el año 1554. Aprovechó el caudal del río del mismo nombre para mover los molinos que dieran un tratamiento previo al de la amalgamación, es decir: moliéndolo. La expectación hacía, incluso, que los patios donde desarrollaría su método se vieran constantemente llenos de personas curiosas. Empezó sin calentar ningún ingrediente (sal, agua y azogue), amasando con el mineral argentífero con los pies de los esclavos. Ya casi en la desesperación, y sin los resultados que se esperaban, Medina consiguió extraer, por fin, la plata. El procedimiento comenzó a extenderse. Diecisiete años después entró en Perú y en los años setenta del siglo XVI ya estaba presente en cualquier mina de oro o plata. Podemos afirmar que el método de Bartolomé de Medina influyó decisivamente en el apogeo de la plata en Europa y su método ha sido objeto de estudios en varias universidades americanas que, con grandes dificultades, han logrado reproducirlo.

    Indígenas trabajando en las minas
    El otro aspecto al que hemos aludido era el referente a la Historia Natural, no menos deslumbrante que el anterior, aunque sí más conocido. Durante el reinado de Felipe II se produjo la primera expedición científica fuera de la Península. Semejante encargo realizado por el monarca, tuvo como protagonista a Francisco Hernández (1517-1586). Médico, cirujano, botánico, humanista y excelente investigador, llevó a cabo la primera recopilación de los recursos naturales del Nuevo Mundo, concretamente, de México. No sería hasta dos siglos después, en la expedición a los Reinos del Perú y Chile, ordenada por cédula real de 8 de abril de 1777, y dirigida por los botánicos Pombey, Hipólito Ruiz y José Pavón, cuando se volviera a llevar a cabo una expedición científica de este tipo. Francisco Hernández, incluso, se ha visto como el representante y precursor de la ordenación racionalista y de acción ilustrada, algo completamente inusual en el reinado de Felipe II. Pero cabe recordar que era un hombre de ciencia y que, como tal, realizó una de las empresas científicas de mayor envergadura de su tiempo.

    Mujer escanciando chocolate
    Hernández nació en Montalbán (Toledo) hacia 1517. Cursó sus estudios de Medicina en la Universidad de Alcalá de Henares, ejerciendo posteriormente su profesión en Toledo y Sevilla. En esta última ciudad tuvo la oportunidad de conocer la obra del doctor Nicolás Monardes, considerado el primero en divulgar los productos naturales provenientes del Nuevo Mundo. Hacia 1560 se instaló en el Monasterio de Guadalupe, cuya escuela médica era considerada antesala en la formación de los miembros del Protomedicato. En Guadalupe obtuvo su práctica anatómica, que desarrolló de acuerdo a los adelantos de la época, más cercanos a las teorías de Andrés Vesalio que a las de Galeno. Logró la posición de magister, lo que le permitía dirigir las autopsias de los practicantes; como él mismo lo dice: «el ejercicio que en cortar por mano ajena hombres tuve en Guadalupe». Simultáneamente, Hernández dirigió el jardín botánico del monasterio, y describió en su Plinio las plantas y sus propiedades médicas.

    Apitzalpatli
    Un momento fundamental en su carrera fue su nombramiento en 1567 como «Médico de Cámara», lo que aumentó su cercanía a la corte de Felipe II. En la decisión del rey pudo haber influido su amigo y condiscípulo, el gran humanista Benito Arias Montano. Tres años después recibe el nombramiento de «Protomédico de todas la Indias» y las «Instrucciones» de Felipe II para realizar sus actividades en América quedaron limitadas a un periodo de cinco años. Su objetivo central consistía en llevar a cabo la recopilación de toda la información respecto a la vida natural de los nuevos reinos. En estos momentos está claro que la política científica del rey, centrada en determinar los recursos naturales de los dominios ultramarinos, tenía dos vertientes: aportar información al conocimiento de la Historia Natural y abrir la posibilidad a la explotación de tales recursos. A diferencia de otras expediciones anteriores europeas, el apoyo logístico con que contó Hernández fue considerable: le acompañaba un asistente (su hijo), un «técnico», el cosmógrafo Francisco Domínguez y otros especialistas, entre ellos, médicos y prácticos, herborizadores indígenas, dibujantes y amanuenses.
    Para cumplir con su cometido, Hernández realizó viajes por diferentes regiones de la Nueva España, en sus territorios recopiló muestras y material botánico de plantas de toda especie, desde luego, con especial interés en las medicinales. El producto de su trabajo -ocho años- fueron 22 libros que contenían las muestras botánicas recogidas, que se añadieron a los 16 que había enviado anteriormente a España en 1576. Estos originales se perdieron en el incendio de El Escorial en 1671. La suma de la obra de Hernández se salvó gracias a la labor del doctor Nardo Antonio Recci, médico de cámara del rey, quien resumió la obra con miras a su publicación. Sin embargo, se le critica la forma en que llevó a cabo este trabajo, pero tiene el mérito para la Historia de la Botánica de haber salvado gran parte de su contenido cuando el original se destruyó. La obra fue publicada en Roma en 1649 bajo el título Rerum Medicarum Nova Hispaniae Thesaurus Sev. Plantarum Animalium Mineralium Mexicanorum Historia/ Ex Francisci Hernandez Novi Orvis Medici Primary Relationibus In Ipso Mexicana Urbe Conscriptis A Nardo Antonio Reccho.... Romae Ex Typographia Vitalis Mascardi Mdcxxxxviiii.
    En 1790 cinco borradores del manuscrito fueron localizados y publicados, en una edición incompleta conocida como la «Edición Matritense». La obra de Hernández, después de su muerte, despertó el interés de los más destacados científicos al ser considerado como el iniciador de una línea de investigación en el estudio de la flora y fauna americanas. Empleó para ello los más novedosos métodos de investigación que en su tiempo se conocían, y aún se podría decir que los amplió y se convirtió así en el informante principal de los científicos naturales de los siglos XVI, XVII y XVIII. El método de Hernández, que hubo de corregir debido a su enfermedad que le imposibilitaba viajar tenía dos partes. Una era la recopilación de información indirecta. Tiene carácter descriptivo, por escrito y mediante un dibujo acompañado de un cuestionario normalizado. Así se podía recabar información por correo desde distintos y lejanos lugares. Una vez recopilada la información entraba en juego la segunda parte del modelo, de carácter directo. En esta ocasión Hernández programó viajes de herborización para reunir los materiales. Se recogían y conservaban las plantas, se dibujaban in situ y todo esto se hacía en varias ocasiones al año con el fin de recoger toda la información referente a los cambios de la plantas, sus frutos, etc. Incluso él mismo, obviando su jerarquía y enfermedad, participó en esto activamente.

    2.3.5. El arte de curar
    Si hay algo nítido en la Ciencia peninsular del reinado filipino es la autoridad de que gozó Galeno durante todo el siglo XVI. Esto no implica que hubiera una inmovilidad extrema, que no fue así. Sólo quiere decir que la renovación fue lenta, muy lenta. En la Medicina del Renacimiento hay tres hechos destacables. En primer lugar, se origina lo que se ha llamado como una nueva anatomía. Por otro lado, está la figura de Paracelso y, en tercer lugar, una renovación empírica de la cirugía.
    Estamos ante el Humanismo médico, concepto que se usa bastante en la Historia de la Ciencia. En él, con el apoyo de la invención de la imprenta, se revisan los textos, se logra una exposición más didáctica de los conocimientos médicos y aparecen comentarios teóricos y filosóficos sobre la naturaleza de la Medicina.

    Disección de los músculos
    Del último tipo, el del médico filósofo, contamos con el segoviano Andrés Laguna (1511-1559), anatomista, epidemiólogo y autor de una magnífica traducción del Dioscórides. También con Francisco Valles (1524-1592), apodado el Divino, clínico y pensador. Ellos contribuyeron a enriquecer el saber médico general. Como hemos dicho, también hubo una revisión didáctica del saber, dando un orden al contenido de la materia médica y exponiendo y elaborando. Se considera como representante por excelencia de esta parte del Humanismo médico a Luis de Mercado (1520-1606), que sería muy leído en la Europa del siglo XVII. En él contrasta su ordenación del saber bastante tradicional, pero una sistematización y claridad típicamente renacentista, como demuestra en sus Institutiones medicae.

    Anatomía de la mujer
    Sin embargo también hubo algunos intentos de romper este molde de unidad, de participar en una nueva concepción de la Naturaleza. A esto ayudó la llegada de una serie de nuevas enfermedades, como el «sudor inglés», que asoló el norte de Europa en 1529 y desapareció para siempre en 1551. Otras enfermedades, en cambio, sólo fueron descritas de una forma nueva, como el «tabardillo» (tifus exantemático). El citado Luis de Mercado sería el primero en describir la angina diftérica o «garrotillo». Otro mal fue el de la sífilis, o «Mal francés» (morbus gallicus), de enorme difusión y cuyo origen, europeo o americano generó varias controversias. Otra característica de la Medicina del siglo XVI es el auge de nuevos medicamentos, gracias a Paracelso y los cirujanos.
    Ya hemos citado antes la cirugía. Se tiene aceptado que su verdadero fundador fue Andrés Vesalio (1514-1564). Llegó a llamar a los galenistas tradicionales «viejos comidos por la envidia frente a los descubrimientos de los jóvenes». El primer libro de Anatomía en castellano sería de Bernardino Montaña de Monserrate, Libro de anathomia del hombre, editado en 1551, ocho años después de que Vesalio publicara su Fábrica del cuerpo humano, aunque el texto tenga una raíz medieval, especialmente en cuanto a la nomenclatura se refiere. Dos médicos valencianos, Pedro Jimeno y Luis Collado destacaron en anatomía. El primero dedicó a la anatomía casi la totalidad de su Dialogus de re medica (1549) y el segundo comentó el De ossibus de Galeno en el año 1555. Ambos ya se rigen por las líneas marcadas en la Fábrica de Vesalio.
    Quizás uno de los mayores descubrimientos biológicos fue el de la circulación pulmonar. Aunque conocida ya en el siglo XIII, saldría de su ignorancia gracias a Miguel Serveto, un oscense. Enmarcado dentro de una teología enmarañada, y puntualizando la doctrina de los espíritus de Galeno, Serveto lanza en el mismo texto su redescubrimiento, algo que no deja de llamar la atención. Al hablar de la sangre venosa y la sangre arterial se apoya en argumentos de tipo anatómico sacados de su experiencia como disector de la Facultad de Medicina de París.
    Sobre la cirugía, no gozaba de grandes simpatías en la primera mitad del siglo XVI. Aunque en España, la distancia entre el médico y el cirujano era menor que en Europa. Si bien había mejorado el saber anatómico en general, éste no era suficiente para acometer operaciones en condiciones de seguridad, sin olvidar el avance del instrumental quirúrgico. El gran renovador de esta disciplina fue Ambroise Paré. En España le siguieron casi de inmediato, especialmente en cuestiones como el tratamiento «antitóxico» de las heridas, el sevillano Bartolomé Hidalgo de Agüero (1530-1597). Él prefería la reunión inmediata de los bordes de la herida, la cura seca y la cicatrización. Pero sería aún mucho más brillante Dionisio Daza Chacón (m. 1596), quizás el más brillante de toda Europa. También la práctica de la amputación se prodigó bastante. Se sustituyó el hierro candente por la ligadura.
    En las universidades peninsulares, por último, fue precaria la enseñanza de la cirugía, aunque en la Universidad de Alcalá, por ejemplo, se exigían dos años de prácticas junto a un médico titulado para lograr ser bachiller.

    2.3.6. La salud del rey: una cuestión de estado
    Entre los numerosos oficios cortesanos encargados de atender al monarca en todas sus necesidades, encontramos los destinados a cubrir los aspectos sanitarios. La institucionalización de los servicios sanitarios se produce en el reinado de Felipe II. Será este monarca quien establezca la estructura de los médicos al servicio real, la forma de servicio farmacéutico a las diferentes casas reales, la asistencia hospitalaria gratuita a todas las damas y criadas de la reina a través de la Enfermería de Damas y la creación de la primera institución sanitaria europea para asalariados y precedente de los modernos centros especializados en accidentes de trabajo, el Hospital Real de Laborantes de El Escorial, creado durante la construcción del monasterio escurialense. El interés que movía a Felipe II queda señalado por Goodman:

    «Como los monarcas que le habían precedido, Felipe II consideró los actos caritativos una parte importante de sus deberes como cristiano hacia sus súbditos. Por ello, continuó la tradición de dar limosnas a los pobres y de procurar asistencia a los enfermos, uno de los motivos de las frecuentes preocupaciones de la corona por los asuntos médicos


    Todos los criados reales tenían derecho a asistencia médica y farmacéutica gratuita por parte de la Corona, desde los gentileshombres, pertenecientes a las principales familias aristocráticas, hasta los simples servidores. Los servicios sanitarios reales podrían estructurarse en tres grandes bloques: servicios médicos, farmacéuticos y hospitalarios, organizados en tres dependencias: dentro de los llamados Oficios de la Real Casa se situaban los médicos de familia, los cirujanos y los sangradores; dentro de las Clases de la Real Cámara, los médicos de cámara, los barberos y los boticarios, y dentro de la Real Cámara de la Reina, las enfermeras y enfermeros que atendían las Enfermerías de Damas.
    La profesión médica real estaba estructurada en médicos de familia supernumerarios, médicos de familia en ejercicio, médicos de cámara supernumerarios y médicos de cámara en ejercicio. Los médicos de familia supernumerarios eran el escalafón más bajo de la jerarquía médica real. Su nombramiento no implicaba un destino determinado ni remuneración económica alguna. Se concedían, habitualmente, a médicos de los ejércitos reales o que ejercían en los Reales Sitios. Los médicos de familia en ejercicio eran doce, adscritos a los diferentes cuarteles que conformaban la Casa Real. Su actividad consistía en la asistencia a grupos concretos de criados reales y el servicio en jornadas ordinarias y extraordinarias. Los médicos de familia servían por meses, con un horario de 6 de la mañana a 3 de la tarde. Al final de cada mes, el médico saliente debía poner al médico entrante en antecedentes de todos los enfermos que quedaban. Visitaban a los criados reales sin cobrar nada. En caso de incumplimiento de esta norma, eran sancionados y sustituidos por otro médico. Debían comunicar inmediatamente cualquier enfermedad contagiosa así como pobreza extrema de algún criado real, para que se tomasen las medidas oportunas.
    Los médicos de cámara supernumerarios recibían los honores de médico de cámara por algún motivo concreto, tal como atender a algún miembro de la Familia Real.
    Los médicos de cámara en ejercicio atendían al rey, la reina y los diversos componentes de la Familia Real. Normalmente eran seis. Servían por semanas. Debían llegar a Palacio a primera hora de la mañana, visitando el aposento de las personas reales para controlar cómo habían dormido. Todas las noches revisaban, junto al mayordomo semanero, las viandas que iban a ingerir los monarcas e infantes al día siguiente, asistiendo a todas las comidas. Controlaban al boticario mayor, las medicinas que se dispensaban y autorizaban determinadas compras. Quincenalmente, reconocían a todos los enfermos de la Casa de la Reina, atendiendo ellos mismos a las damas y dueñas de honor.
    Los cirujanos eran seis y estaban equiparados, jerárquicamente, a la misma altura que los médicos de familia en ejercicio. Los sangradores eran tres. Se diferenciaban los que habían sangrado a personas reales de aquéllos que trabajaban con el personal palaciego. Debían ejercer ellos mismos su labor, sin encomendarla a ningún sustituto. En caso de incumplimiento, eran sancionados. No podían cobrar nada por su actividad, pues ya recibían salario de la Casa Real.
    La profesión farmacéutica real estuvo representada por tres tipos de profesionales: los boticarios, los destiladores y los espagíricos. Los boticarios eran los encargados de elaborar los medicamentos galénicos recetados por los médicos reales. Podemos considerar tres fases en el servicio farmacéutico real, diferenciadas por dos fechas claves: 1561 y 1594. Desde el reinado de los Reyes Católicos y hasta 1561, fecha en que Felipe II fija su residencia definitiva en Madrid, la corte española es de carácter itinerante. Este hecho marca las pautas de asistencia farmacéutica. Los boticarios reales eran profesionales con boticas instaladas en la villa o ciudad donde temporalmente residían los monarcas. Tenían un sueldo pagado por la Casa Real y debían abastecer de medicinas a todos los criados y componentes de la familia real. En 1561, tras fijar la residencia de la corte en Madrid, Felipe II modificará ligeramente la forma de dispensación de medicamentos. Toma como boticarios reales a los hermanos Arigón, que ya habían estado a su servicio en otras ocasiones. Las boticas reales, a partir de este momento, serán tres: una en Palacio, destinada al rey y la familia real; otras dos en la villa de Madrid, llamadas boticas del común, encargadas de dispensar medicamentos a los criados reales. Estas dos boticas eran la botica de Su Majestad, para los criados de la Casa del Rey y la botica de Sus Altezas, creada en 1580, tras el fallecimiento de la cuarta esposa de Felipe II, que abastecía a los criados que servían a príncipes e infantes reales.
    De este período datan las primeras normas destinadas a regular el servicio de un boticario real. Se trata de las etiquetas dispuestas para la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. En ellas, se dedica un apartado a la llamada Boticaría y se estipula que el boticario debe abastecer de medicamentos a la reina y todos sus criados, esposas e hijos solteros. Todas las medicinas dispensadas debían quedar registradas en cédulas que serían revisadas a final de mes por el mayordomo mayor.
    En los últimos años del reinado de Felipe II cambia el sistema de abastecimiento farmacéutico vigente durante todo un siglo. Los médicos reales consideran más apropiado prescindir de los servicios de los hermanos Arigón y crear una botica a cargo del monarca, en aposentos privados y cerrada al público. Surge así una nueva dependencia, la Real Botica, creada en 1594 y encargada de dispensar medicamentos en exclusiva a la corte. La plantilla de la Real Botica estaba compuesta por siete boticarios examinados y jerarquizados en un boticario mayor, tres ayudas y tres mozos de oficio.
    La Real Botica se instaló en dependencias palaciegas y contaba con jardines propios de donde abastecerse de hierbas medicinales. Fue evolucionando a lo largo de todo el siglo XVII, transformándose en la botica más importante del reino, no sólo por dispensar medicamentos al rey, sino por la ingente cantidad de medicinas preparadas en sus dependencias destinadas a todos los criados reales, sus esposas e hijos, la guardia real, los ejércitos y conventos y monasterios protegidos por la Corona.
    Los destiladores, como se ha visto en el apartado dedicado al centro de Aranjuez, surgen en la segunda mitad del siglo XVI, por expreso deseo del monarca Felipe II, que contó con destacados destiladores a su servicio, venidos de diferentes reinos extrapeninsulares.

    2.3.7. Selección de textos
    1. Pedro Simón Abril. Apuntamientos de cómo se deven reforzar las doctrinas: y la manera de enseñallas, para reduzillas a su antigua entereza y perfición. Madrid, 1589. «De los errores de las Matemáticas».

    «(…) Pero les a caydo (a las matemáticas) otra desventura… que por no ser ottrinas, que no son para ganar dinero, sino para ennoblecer en entendimento, como los que studian tienen mas ojo al interés que a la verdadera dottrina, pássanse sin tocar en ellas. Do viene gran daño para la República, y particularmente la servicio de V. M., pues de no aprenderse matemáticas viene a aver gran falta de ingenieros para las cosas de la guerra, de pilotos para las navegaciones y de arquitectos para los edificios y fortifcaciones: lo cual es en gran perzuyzio… y afrenta de toda nación pues en materia de ingenios, de ir siempre a buscallos a las estrañas naciones, con daño grave al bien público».



    2. Cédula de Felipe II mandando al pagador de las obras del Alcázar que a partir de 1583 se le pague a Ondériz 200 ducados por ayudar a Lavaña a leer Matemáticas en Palacio y traducir al castellano las obras necesarias (25-12-1582).


    «El rey. Mi pagador que sois o fueredes de las obras del mio alcazar de la villa de Madrid y casa real del Pardo sabed que por algunas consideraciones que a ellas nos Antiguo Régimen mobido havemos rrescibido en nuestro servicio a Juan Bautista de Lavaña para que lea en esta corte las matemáticas por la orden que para ello se le diere y se ocupe en las cosas de cosmographia y , Geographia theographia y en lo demás que se le mandare y por la buena relacion que tenemos de la abilidad y partes de Pedro Ambrosio de Onderiz le havemos asimismo rrecibido para que ayude al dicho Juan Bautista a leer las dichas matemáticas y se ocupe de traducir de latín en rromançe algunos libros de aquella facultad y en todo lo demas que se le fuere ordenado y tenemos por bien que para su entretenimiento y sustentación se le den a raçon de duçientos ducados que monta sesenta y cinco mil maravedis en cada un año de que a de començar a contar dende primero de enero venidero de quinientos ochenta y tres en adelante todo el tiempo que fuere nuestra voluntad y sirviere en lo sobredicho, y entre tanto que no proveiéremos y mandáremos otra cosa en contrario dello, y casa de aposento y botica como a criado nuestro sin que por esta rraçon se le aya de pagar en otra cosa alguna, por ende de bos mando que constándoos por certificaçion firmada de Juan de Herrera mi aposentador de palacio que el dicho Pedro Ambrosio de Onderiz se ocupa en lo susodicho y cumple lo que conforme a ello es obligado y se le ordenare de cualesquier maravedíes a vuestro cargo, que mandaremos librar y consignar para la paga de los salarios que en vos están y estubieren señalados, le deis y pagueis en cada un año desde el dicho día en adelante, según los dichos duçientos ducados por terçios de los de cuatro en cuatromeses y para vuestro descargo tomareis en cada paga la dicha certificaçion y su carta de pago en virtud de los quales y desta nuestra cedula y su traslado signado de escrivano tomando la rraçon della Luis Hurtado, nuestro veedor de las dichas obras, mando se os rreçiban y pasen en quenta lo que conforme a lo sobredicho le diéredes y pagáredes. Fecha en Lisboa a beinteçinco de diçiembre de mill y quinientos ochenta y dos años. Yo el rey».



    3. Información de Bartolomé de Medina. Extracto. Arhivo General de Indias, legajo Indiferente General, 1381, año 1562. Extractado de la reproducción del libro de Manuel Castillo Martos, Bartolomé de Medina y el siglo XVI. Un sevillano lleva la revolución tecnológica a América, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 2001, pp. 234-245.


    «En la ciudad de Tenuchitlan, Mexico de Nueva España a 25 de enero de 1562 estando de acuerdo los señores presidentes y oidores de la real audiencia de Nueva España por presencia de mí Pedro de Requena, escribano de cámara de la dicha real audiencia pareció o prescribe Bartolomé de Medina presentó un petición e interrogatorio de preguntas el tenor del cual es el que sigue:
    Muy señor
    Bartolomé de Medina, vecino de la ciudad de Sevilla digo que estando en los reinos de Castilla yo tomé grande afición y curiosidad para procurar de entender y saber el beneficio de metales y perfección de él y con mis costas y grandes experiencias alcancé que los metales de plata fundidos por fundición se requería que tuviesen mucha ley y que será necesario muchas costas y trabajo era que todo lo sufriese la ganancia, y que otros metales por tener poca ley no se podían beneficiar por fundición y que de ellos era numerosa y muy grande la pérdida de la plata que de ellos se perdía, ...y que con el azogue la plata se podía sacar de los metales de mucha ley y de poca y habiendo yo hecho muchas experiencias dejando en dicha ciudad de Sevilla mi casa, mujer e hijos, para aprovechamiento y aumento de mi honra y la suya, puede haber 8 años poco más o menos que vine a esta Nueva España en la ciudad de México, con el solo intento de entender el beneficio de los metales de plata por azogue y en solo esto entendí mucho con muy grande trabajo y costa de hacer muchas invenciones y experiencias y fue Dios Nuestro Señor servido que alcanzase el beneficio por azogue con los metales de plata y de ello di noticia a vuestro virrey Luis de Velasco el cual conociendo notoriamente el gran bien y beneficio que toda la tierra recibía con la nueva invención de beneficiarse los metales de plata con azogue me hizo merced en vuestro real nombre que ninguno pudiese usar de la invencion sino yo o a quien yo diese licencia y facultad prometiéndole la real persona que me daría muy grandes mercedes y el beneficio del azogue que ha sido y es el principal sustento de toda la tierra, porque con él se saca la plata de metales de mucha ley y de muy poca que sea y con facilidad y poca gente y pocos trabajadores y es muy notorio.
    El servicio que en ello su alteza ha recibido es grande aumento de sus reales rentas y bien de toda la tierra. Y porque como hombre benemérito yo lo he trabajado con muy grandes trabajos y muy grandes costas y que he hecho a su alteza notable servicio, suplico me haga merced de repartimiento de indios en esta tierra y de caballerías de tierras y estancias y dos de molinos en esta tierra.
    Pido suplico se mande recibir información resabida, cerrada y sellada y con parecer de vuestro mismo virrey y oidores de vuestra real audiencia se envíe a vuestro Consejo de Indias para que ante él y la real persona de vuestra alteza yo pueda ocurrir a pedir y suplicar se me hagan las mercedes que pido.»



    4. APITZALPATLI crenelado o hierba partida en su borde que detiene el flujo del vientre, capítulo 1.


    «Es el APITZALPATLI una hierba de cinco palmos de largo, de raíz ramifica, hojas como de menta, flor amarillo rojiza, semillas como de malva, sabor casi nulo y naturaleza fría y salivosa. Debido a esto, las semillas o las hojas machacadas y tomadas en dosis de una onza con vino de metl o algún otro líquido astringente, contienen el flujo del vientre u otro cualquiera, de donde le viene el nombre. Se dice que en la misma dosis fortalecen el estómago y curan, o bien en las cimas áridas o desprovistas de vegetación.
    Apitzalpatli: de apitzalli, diarrea, y pahtli, remedio. Remedio de la diarrea.»



    2.3.8. Bibliografía básica

    CASTILLO MARTOS, M. (2001), Bartolomé de Medina y el siglo XVI, Sevilla.
    GARCÍA TAPIA, N. (1990), Patentes de invención en el Siglo de Oro, Madrid.
    GARCÍA TAPIA, N (1990), Ingeniería y Arquitectura en el renacimiento español, Valladolid.
    LÓPEZ PIÑERO, J. M. y LÓPEZ TERRADA, M. L. (1997), La influencia española en la introducción de plantas americanas en Europa, Valencia.
    LÓPEZ PIÑERO, J. M. y PARDO TOMÁS, J. (1994), Nuevos materiales y noticias sobre la Historia de las plantas de Nueva España de Francisco Hernández, Valencia.
    LÓPEZ PIÑERO, J. M. y PARDO TOMÁS, J. (1996), La influencia de Francisco Hernández (1515-1587) en la constitución de la botánica y la materia médica modernas, Valencia.
    REY BUENO, M. y ALEGRE PÉREZ, M.E. (1998b), «La ordenación normativa de la asistencia sanitaria en la corte de los Habsburgos españoles (1515-1700)», Dynamis, 18, pp. 341-375.
    VICENTE MAROTO, M. I. y ESTEBAN PIÑEIRO, M (1991), Aspectos de la ciencia aplicada en la España del Siglo de Oro, Valladolid.


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    Re: La ciencia cortesana en la España de Felipe II

    Inventores del Siglo de Oro

    Hace varios meses visitaron TecOb diversos inventores españoles que desarrollaron su labor en torno al que es conocido como Siglo de Oro español. Hoy, siguiendo de nuevo la estela de la magna obra del historiador de la tecnología vallisoletano Nicolás García Tapia, reseñaré brevemente otros genios olvidados de la técnica de la época. Como recordará el paciente lector de este blog, ya se pasaron por aquí Juanelo Turriano y Jerónimo de Ayanz. Hoy le toca el turno a otros inquietos personajes, menos conocidos, pero no por ello menos dignos de retornar a nuestra memoria desde lejanos tiempos.
    Las patentes no son cosa de ahora, en realidad son mucho más antiguas de los que pudiera pensarse. Desde finales de la Edad Media, en los diversos reinos cristianos de España, se conocieron las cédulas de privilegio, documentos que intentaban proteger un derecho de explotación sobre una propiedad o, también, sobre un nuevo tipo de tecnología, dando al inventor privilegio sobre la misma, protegiéndolo contra posibles imitaciones. Poco a poco la idea evolucionó y caló en muchos lugares de Europa, hasta que se desarrolló un sistema de patentes cercano, salvando las distancias, al actual, como forma de protección jurídica de las invenciones. Puede considerarse que esto es así, en España, desde la época de Carlos V. Así, buceando hoy en los archivos, pueden encontrarse sobresalientes documentos que guardan muchos parecidos con las patentes de hoy día y que mostraban la inquietud inventiva de la época. De 1522 data la que es considerada la primera patente de invención concedida en España, que se sepa, siempre y cuando no aparezcan otras anteriores en nuevas investigaciones. Se trata de una cédula de privilegio concedida de por vida al inventor catalán Guillén Cabier, en la que se describe cómo construir una máquina capaz de hacer que un navío avance en alta mar sin necesidad de velas o remos, usando algo parecido a palas o ruedas. Años más tarde, en 1531, el griego Jano Lascari ideó algo similar, aunque al parecer aquellas ideas no llegaron a materializarse positivamente.
    Como la idea de usar ruedas con palas en la propulsión de barcos había calado hondo, otros inventores e ingenieros siguieron adelante con la cuestión, hasta que Blasco de Garay logró llevarla a la vida real. Sucedió en Málaga, allá por 1539, cuando una nao equipada con seis ruedas de palas movidas con manivelas por un numeroso grupo de marinos, se hizo a la mar. El invento funcionó, pero era demasiado caro y, además, entorpecía a la artillería, así que se dejó pasar la idea. Curiosamente, mucho después -e incluso todavía hoy-, Blasco fue considerado como el precursor del barco a vapor, pero aquellas ruedas de palas eran movidas por fuerza bruta. Además de tan osada invención, Blasco de Garay ideó sistemas para iluminar bajo el agua, tecnología para recuperar barcos hundidos y hasta equipos de buceo.
    La estela abierta por Blasco fue seguida por muchos otros inventores españoles de la época. Nicolás García Tapia cita en uno de sus artículos el empeño del medinense Juan de Bracamonte en ese sentido, afirmando haber diseñado en 1588…1
    …una máquina de guerra dispuesta por vía de ingenio, sin que para moverse tenga necesidad de viento… no pudiendo ser hundida por fuego de cañones ni incendiada, resistiendo las más grandes tormentas.
    En definitiva, una máquina maravillosa que jamás se construyó. Muchos otros colaboraron en el empeño de convertir a la flota española en la más grande y avanzada de la época, como el excelso Álvaro de Bazán, pero el fatal destino de la Armada Invencible en 1588 terminó con todo aquello. No sólo de navegación vivía la invención española en el siglo XVI. Otro genio olvidado, Francisco Lobato, se empeñó en lograr una especie de molino dotado de movimiento continuo. Hoy sabemos, gracias a nuestro conocimiento de las leyes de la termodinámica, que aquella aventura estaba destinada a fracasar, pero no por ello dejó de ser útil, pues en el camino, Lobato logró inventar y poner en práctica diversos tipos de molino de viento e hidráulico perfeccionados. Los inventores proliferaron a la sombra de las cédulas de privilegio, haciendo que muchas veces los más fantasiosos fabuladores se presentaran en la Corte planteando ideas de lo más irreal. Así, para lograr que las cédulas fueran concedidas sólo a inventos realmente prácticos y posibles, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, se obligó a los inventores a demostrar en la práctica el funcionamiento de sus propuestas. De esa forma, en los archivos, como el de Simancas, duermen gran cantidad de expedientes en los que se muestra una España tan avanzada técnicamente, si no más, que el resto del continente, algo que la posterior crisis en el Imperio hizo que pasara a un olvido que todavía perdura.
    ________
    1 Ver: Inventores españoles en el Siglo de Oro. Nicolás García Tapia, Investigación y Ciencia, Septiembre de 1989.

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    Re: La ciencia cortesana en la España de Felipe II

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    LIBROS: Felipe II, la ciencia y la técnica
    Martínez RuÍz, Enrique et. al.: Felipe II, la ciencia y la técnica, ed. Actas, Madrid 1999, 446 págs.



    Organizado por Fundesco, se celebró en septiembre de 1998 un congreso sobre la ciencia y la técnica durante el reinado de Felipe II. Este volumen recoge el texto de las 21 comunicaciones presentadas. El conjunto de tan valiosa serie de monografías constituye una aportación fundamental para rebatir una de las consignas de la cada vez más insostenible leyenda negra antifilipina. Todavía en el año del centenario, un académico y catedrático publicaba en un diario madrileño un artículo que recogia los tópicos denigratorios sobre el desarrollo cultural durante el gran reinado. Este volumen es una rotunda afirmación del esplendor, no ya de la literatura, las humanidades y las artes de aquel siglo de oro, sino de los saberes científicos y técnicos.

    El monarca cedió al monasterio de El Escorial la impresionante biblioteca regia con centenares de manuscritos y numerosas obras de astronomía, matemáticas y medicina, y efectuó importantes aportaciones a las Universidades de Salamanca, Valladolid, Coimbra y Douai, además de auspiciar la famosa Biblia Políglota Regia, también llamada Filipina que, dirigida por Arias Montano, superó a la de Cisneros y marcó un hito de la filología.

    Felipe II fundó la Academia de Matemática en 1583 y para ella adquirió un edificio a la vera del Palacio real; fue la primera de Europa. En 1552 había creado la cátedra de Cosmografía en la sevillana Casa de Contratación donde se explicaba el famoso libro de Pedro de Medina, leído en toda el continente. En 1562 se creó en Salamanca la cátedra de Matemáticas encomendada al eminente A. García de Céspedes.

    Entre 1550 y 1557, Francisco Fernández realizó una expedición científica en el reino de Nueva Granada donde recogió y clasificó más de tres mil plantas, un hito en la botánica europea. El rey era muy aficionado al tema (creó los jardines botánicos de Valencia, Valsaín y Aranjuez) y obsequió al célebre naturalista J.H. Pomar un códice con dibujos de doscientas especies vegetales.

    El astrónomo Diego de Zúñiga fue uno de los primeros que en Europa aceptó que la Tierra no era el centro del Universo; y el catedrático de matemáticas de Salamanca, Jerónimo Muñoz fue el único capaz de situar con exactitud la posición de la supernova en 1572. J. Huarte de San Juan fundó la psicología empírica.

    Felipe II reorganizó el Protomedicato, clave de la racionalización de los estudios de patología y del ejercicio de la medicina y la farmacia. En El Escorial montó la botica más importante de sus dominios, y los laboratorios de destilación más avanzados en donde llegaron a funcionar quinientos alambiques y de cuya experiencia surgió el Arte destilatoria (1598) de Diego de Santiago.

    El monarca ordenó la elaboración de las Relaciones topográficas de España y de las Relaciones de Indias que contienen informaciones antropológicas, biológicas y geográficas capitales. Alguna ya editada, ha abierto nuevos horizontes a la sociología histórica. También dispuso la restructuración del correo, encomendado a Juan de Tassis quien, en 1580, instituyó las estafetas y un sistema de comunicaciones con las Indias y los reinos de Nápoles, Países Bajos, etc., el más eficaz de la época.

    La ingeniería se desarrolló en obras monumentales como la de El Escorial, en ingenios mecánicos como el artificio de Juanelo Turriano, y la presa de Tibi en Alicante, la más alta de Europa con treinta metros de elevación. Además del canal de Tauste y la dársena de Málaga, entre otras realizaciones hidráulicas. También alcanzó alto nivel la construcción naval con galeones de más de quinientas toneladas.

    La Escuela de Salamanca realizó aportaciones capitales a la Economía con la teoría cuantitativa del nivel de precios, gracias a los trabajos de M. de Azpilcueta, L. de Molina y otros. Por entonces, D. de Soto se anticipaba a Galileo en la descripción de la caída de los graves.

    Aquí sólo cabe enunciar los temas que desarrollan los autores, entre los que es preciso destacar a J.L. López Piñeiro, P. Schwartz, D. Goodman, M.E. Piñeiro, V. Navarro, I.G. Tascon, J. Ascandoni, A. Alvar, J. Pardo, o J. Puerto.

    Como escribe Vicente L. Salabert: «hay que desterrar todo tipo de tópicos sobre el atraso científico español, que tanto ha pesado en la historiografia» (p. 244). Los trabajos recogidos en este excelente volumen así lo acreditan e imposibilitarán que, salvo por los ignorantes, se reitere la falsedad del supuesto páramo científico filipino.



    J.L. Núñez

    http://galeon.hispavista.com/razonespanola/re96-mar.htm

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