Hoy, sobre los documentos publicados, sabemos que Alfonso III de León (siglo IX-X) es llamado “Magnus Imperator”, “Imperator nostro”, aunque algunos de esos documentos no son considerados auténticos por algunos autores.
Estiman quienes opinan así que el título “Hispaniae imperator” aparece en documentos auténticos sólo bajo el reinado de Alfonso VI, hacia 1078.
Otros opinan que el mismo Alfonso habría adoptado el título imperial antes de morir para “legitimar la unión del reino y asegurar la lucha solidaria contra el Islam”.
El título imperial leonés ha de relacionarse con la restauración del orden godo, señalada por el Cronicón Albeldense. Así, el título se mostraría sobre los otros Reyes Peninsulares y frente a Francia, en cuanto ésta buscaba nuestra desunión.
El título imperial lo llevan los Monarcas victoriosos: Ordoño II (914-923) cuando triunfa en San Esteban de Gormaz, se llama “Imperator Legionensis”;
Ramiro II (931-951) que venció al emir de Zaragoza, así como en Simancas (939) se ve llamado “Domino et Imperator” o simplemente “Ramiro emperador”. Es interesante notar que se llama también Basileo y Flavio recordando tanto la designación visigoda como la oriental; Ordoño III (951-956) es asimismo designado “Imperator” tras sus éxitos militares.
El título desaparece en la época del avance almanzoriano.
Lo mantiene luego Bermudo III, según un pasaje de la Crónica Pinatense.
Se utiliza además el título en la zona pirenaica: tal es el caso de Sancho el Mayor de Navarra (siglo XI), de quien dijo Lafuente que fue el primer rey hispano que se tituló Emperador. La atribución corre desde Esteban de Garibay: “fue el primer rey cristiano de España que tomó título de Emperador de las Españas...”
Casado con una hermana del conde García de Castilla, heredó el condado castellano, se extendió hasta León y se consideraba Rey de toda España, titulándose “Imperator” al acuñar moneda con su efigie
Pero tal titulación fue pasajera y bien pronto Castilla vuelve a relacionarse más con León que con Navarra.
La independencia nacional
Y llegamos a Fernando I el Magno. En su reinado se sitúa el episodio anticurialista que el Romancero del Cid recoge:
La silla del buen Sant Pedro,
Victor Papa la tenía,
y el Emperador Enrique
ante él se humilló y decía:
Ante vos, el Padre Santo,
mi querella proponía
contra aquese rey Fernando
que a Castilla y León tenía
porque todos los cristianos
por señor me obedecían
sólo él no me conoce
ni mi tributo me envía…
El Padre Mariana, al relatar lo sucedido en el Concilio Turonense (1055) escribe que, en aquel Concilio, los embajadores del emperador alemán Enrique extrañaron que el rey don Fernando I de Castilla se tenía por exento del Imperio de Alemania, y que, incluso, se hacía llamar emperador.
El Papa, también alemán de nación, pronunció su fallo a favor del emperador alemán. Se despacharon órdenes a Fernando para que obedeciera bajo pena de excomunión.
Fernando quedó perplejo, reunió Cortes y no se conformaron los pareceres.
Entonces sitúa la Crónica la famosa intervención del Cid – ¡aunque realmente nacido por aquellos años!-, quien sostuvo que no era negocio de consulta, sino que por las armas defendiesen la libertad que por las armas ganaron. El Cid penetra hasta Tolosa, y allí se reúne un tribunal que decide a favor de España.
Este pasaje aparece en la Historia del padre Mariana, sin antecedentes en la Crónica General. El texto de la arenga cidiana tiene vivo sabor de romancesca popular.
Documentos españoles dejan ver que Fernando I se llama Emperador en diplomas posteriores al Concilio Turonense, en 1056.
Con su hijo Alfonso VI se generaliza, desde 1077, el “Imperator totius Hispaniae”. También aparece por entonces la indicación “Dei gratia”, significando la independencia cerca del Pontífice, afirmando que el poderío del Monarca procede directamente de Dios.
La idea de la totalidad de España sometida al Rey de León está vigente y con cierta efectiva estructura.
Alfonso VI aparece Señor de la mayor y más poderosa parte de España, y tiene por vasallos a los reyes musulmanes de Valencia, Denia, Murcia, Córdoba, Sevilla, Mérida, Badajoz y Lisboa; le eran tributarios los cristianos de Aragón, y el rey de Navarra le consideraba jefe y cabeza de familia; Galicia y Portugal quedan en manos de sus yernos D. Ramón de Borgoña y D. Enrique de Lorena.
Los aragoneses
Algunos autores se han referido a la utilización del título imperial por Pedro de Aragón. Tales Zurita y la Crónica del referido Monarca. Aunque Alonso de Santacruz lo impugna.
Pero antes de este D. Pedro utiliza el título otro Rey aragonés: D. Alfonso el Batallador (1104-1134). Para Zurita, D. Alfonso casado con la reina Doña Urraca de Castilla en 1109 “tomó título de Emperador de España, como el rey don Alfonso (VI) su suegro lo había tenido.” Los documentos están con Zurita: Alfonso se llama “Rex Imperator”; suena el título tras sus triunfos militares en Andalucía, utilizándolo incluso tras el repudio de su matrimonio.
Alfonso VII “el Emperador”
A pesar de todo lo anterior, no puede hablarse de un título fijado por el derecho público con fórmula uniforme hasta Alfonso VII, y desde su coronación en 1135.
El padre Berganza recuerda que la polémica sobre el uso del título imperial era viva ya en el siglo XVIII, aportando el testimonio de los extranjeros que llamaron a Alfonso de aquella manera.
Los documentos le designan como Emperador ya antes de la solemnidad de 1135, así, el Concilio Palentino de 1129.
Tras la coronación el título se generaliza y perdura, de modo que Alfonso VII pasa a la Historia, la Crónica y la Poesía como “el Emperador de España”.
Buena parte de la exaltación de Alfonso VII se debe a Sandoval, que exhuma la Chronica Adefonsi Imperatoris.
Contra viento y marea, la idea imperial sobrevive. Y no sólo en el Romancero. Bien expresivo es el caso de Fernando III el Santo, quien en el Septenario expone su ilusión por llamar Imperio a su Reino y poder titularse Emperador, aunque en su caso no parece tratarse tanto debido a la arrogación leonesa sino por la dinastía suaba (germánica) con que emparentó dicho rey.
Entre los argumentos de la literatura hispanizante del siglo XVII no falta una referencia a la formulación del título imperial por Fernando III cerca de la Curia Pontificia.
Esta coronación de Alfonso VII será la única solemnidad imperial auténtica de la Edad Media española.
La supremacía leonesa y los reinos peninsulares
Ante esa órbita, el problema de la fundamentación de la supremacía leonesa tiene valor especialísimo para fijar el sentido de aquella titulación.
El título imperial leonés significa, en nuestra opinión, superioridad jerárquica. Así lo prueba el recuerdo de la intervención de Ordoño II en amparo del Rey de Navarra. Reconociéndose incluso en épocas de abatimiento de León: tal en 1029, al consagrarse Rey Bermudo III, Sancho el Mayor de Navarra le llama “Imperator”; y el abad Oliva distingue claramente al seguir llamando a Sancho “Rex” y a Bermudo “Imperator”, incluso cuando aquel alcanza a dominar hasta tierras de Zamora.
Aunque efímeramente –afirma Menéndez Pidal- Alfonso VII realizó un proyecto de Imperio español, bajo la hegemonía de Castilla y León”. Territorialmente llegó a tomar a los almorávides Baeza, Andújar y Almería (1147). Ejemplificó de tal manera su poderío que fue llamado en los siglos siguientes Alfonso “el Emperador”.
Y además, esta versión de la suprema potestad sobre otros Reinos peninsulares resulta ser la que dieron algunos historiadores, así el aragonés Zurita, quien declara que Alfonso “tomó la corona e insignias del Imperio, como Emperador y Monarca de toda España”. Posición que se enlaza con lo que afirma la Chronica Adefonsi:
“se hicieron sus caballeros tocando la mano derecha del Monarca para confirmar la relación de fidelidad. Al Conde de Barcelona se le dio en honor Zaragoza, según la costumbre leonesa. A otros vasallos no se les dan ciudades sino presentes: tal el Conde de Tolosa, que recibe vasos de oro, caballos y otros objetos.
Portugal
En Portugal creció rápida la idea secesionista. Alfonso Enríquez no acude a la coronación de Alfonso VII. Afirma Gama Barros: “No hay vestigio de que, por sí o sus barones concurra a los Estados de su primo, el Emperador Alfonso, a prestar cualquier servicio de vasallo.
A pesar de todas las reservas, la situación del Monarca portugués era de supeditación, como se deja ver en el Convenio de Paz de 1137. Años más tarde, en 1143 se reúnen en Zamora uno y otro para establecer definitivamente la paz. Y es entonces cuando se proclama el lazo del nuevo vasallaje, al recibir Alfonso Enriquez la tenencia de Astorga, según Gama Barros, análoga, por ejemplo, a la que se tenía que sujetar también el rey de Navarra.
El cardenal Guido se encontró con el Rey portugués y con el Emperador en Zamora, para convenir un arreglo. Su efecto fue el reconocimiento de cierta supremacía de Alfonso VII, por un lado, y el reconocimiento de la nueva dignidad real portuguesa por el Emperador.
El nuevo Papa Lucio en su carta de mayo de 1144 evita oponerse a Alfonso VII, llamando solamente “Dux” al Rey de Portugal.
El mismo Arzobispo de Braga reconoció su subordinación a la recién creada Primacía de Toledo, bien que la rebeldía le arrastrara, y Adriano IV ordene al Metropolitano de Toledo que dicte excomunión contra el Rey y el pueblo portugueses si persistía el Arzobispo en su conducta.
Aragón y Navarra
En 1136, Alfonso y Ramiro de Aragón hacen un compromiso por el que Ramiro compromete a su hijita Petronila con Sancho, heredero de Castilla.
Sin embargo, en 1137 son los esponsales de Petronila con Ramón Berenguer, Conde de Barcelona, de donde arranca la incorporación de las tierras aragonesas a la zona levantina, frustrándose el ímpetu unitario de Alfonso VII.
Con respecto a Navarra, García Ramírez fue vasallo del Emperador leonés. La Crónica relata cómo Alfonso VII recibe su vasallaje en Nájera en 1134. Aunque se ha tratado de quitar importancia al hecho, negando incluso la asistencia del navarro a la coronación de Alfonso, los argumentos han sido refutados por el P. Risco.
(Extraído de Juan Beneyto: "España y el problema de Europa", 1942)
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