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Honores4Víctor
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Tema: Más tecnología, menos cerebro

  1. #1
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    Más tecnología, menos cerebro

    Vida Moderna | 2014/10/11 22:00

    Más tecnología, menos cerebro

    La automatización hace la vida más fácil, pero un nuevo libro señala que esto tiene un precio muy alto: está volviendo estúpidas a las personas.



    La semana pasada dos médicos noruegos recibieron el Premio Nobel de Medicina por haber descubierto, en 2005, un grupo de células del cerebro que ayudan a orientar a los animales, incluido el hombre, tal y como lo haría un sistema de posicionamiento global o GPS. Resulta paradójico que, en esa misma semana, el escritor Nicholas Carr haya presentado su nuevo libro, The Glass Cage, en el que señala que ese sistema natural de navegación estaría en peligro de extinguirse gracias a la automatización, es decir, al uso de computadores, programas y aplicaciones en la vida diaria.

    Aunque nadie duda de que las máquinas hacen la vida más fácil y productiva, Carr argumenta que esas mejoras vienen con un precio: el deterioro del desempeño de esas funciones humanas. Lo asombroso es que los computadores ya no solo hacen las actividades físicas repetitivas y monótonas sino las que definen al ser humano: la capacidad de analizar, de conocer y, sobre todo, de crear. “La automatización altera la forma en que actuamos, aprendemos y lo que conocemos”, dice Carr, también autor del libro The Shallows, finalista del premio Pullitzer y best-seller en 2010.

    Aunque la relación ambigua de fascinación y odio ante la tecnología es muy antigua, el escritor señala que este momento es más preocupante porque la automatización hoy es más generalizada e invisible. Carr ofrece casos como el de los inuits, indígenas del círculo polar ártico que hasta hace muy poco se orientaban por la dirección de los vientos, las estrellas, el comportamiento de los animales y las corrientes de agua. Eso cambió cuando los jóvenes empezaron a adquirir motos de nieve y GPS para abrirse camino en ese territorio plano y uniforme. Y en la medida en que esos aparatos comenzaron a proliferar, también lo hicieron los reportes de extravíos, accidentes y hasta muertes de miembros de dicha comunidad. La razón es simple: las nuevas generaciones, que ya tienen el conocimiento para navegar con su GPS interno, quedan a la deriva si el aparato que usan se congela o se queda sin batería. Esto sucede porque lo que parece un instinto es, según Carr, “una habilidad ganada a pulso que requiere del mismo esfuerzo que hoy el propio ‘software’ nos está ahorrando”.

    Algo similar sucede con volar un avión, uno de los oficios más automatizados de la sociedad moderna. Gracias a programas sofisticados, en un vuelo normal los pilotos solo toman el control durante “un gran total de tres minutos”, señala Carr. Dedican el resto del tiempo a ingresar datos y supervisar controles desde su ‘cabina de cristal’ donde se limitan a ser simples “operarios de sistemas”. Y aunque estos programas han disminuido la cantidad de accidentes aéreos, están originando un nuevo tipo de catástrofes como la de Air France en 2009. Sometidos a una falla de los sensores de velocidad, los pilotos no supieron entender la situación ni mucho menos corregirla y el avión se clavó en el Atlántico. Según los expertos consultados por Carr, la automatización de todo el proceso de vuelo ha erosionado la habilidad de los pilotos y opacado sus reflejos y cuando algo inusual sucede, en lugar de arreglar el problema cometen errores fatales. “Se nos está olvidando volar”, dijo Rory Kay un capitán veterano de United en una entrevista. Algo similar pasará con las habilidades para conducir cuando los carros automatizados de Google invadan las calles.

    Los médicos también sienten las consecuencias negativas de la automatización ahora que usan programas sofisticados para leer información del paciente y hacer diagnósticos. Algunos estudios muestran que quienes usan algoritmos para encontrar masas sospechosas en mamografías, como los radiólogos, han perdido la capacidad de observar otras anormalidades por confiar en lo que el sistema les muestra. Los arquitectos no se escapan a este fenómeno. Ellos hoy cuentan con programas sofisticados que solo necesitan ingresar ciertas medidas como, por ejemplo, la proporción entre el tamaño de una ventana y la dimensión del espacio, para que la máquina haga un diseño. Aunque se trata de un salto tecnológico importante, Witold Rybczinski, arquitecto y crítico entrevistado por Carr, dice que la productividad del computador tiene un precio en esta profesión: “Le ha dado al individuo menos tiempo para pensar”.

    Esto sucede porque cuando se trabaja con computadores los seres humanos entran en dos fallas congnitivas. La primera es la complacencia, que ocurre cuando los sistemas le hacen creer que con ellos la vida es más segura porque son infalibles, lo cual no es cierto, como se ha demostrado en muchas ocasiones. La otra es el sesgo, pues la confianza en el software es tan fuerte que la gente ignora otras fuentes de información valiosas, como la que trasmiten los oídos y ojos. “Ambas fallas son síntomas de una mente que no está siendo retada”, dice Carr.

    Lo inquietante es que la automatización en la actualidad no solo se circunscribe a ciertas profesiones sino a casi todas las actividades de la vida diaria asistidas hoy por programas y aplicaciones del teléfono celular, una extensión del cuerpo tal y como lo fue el martillo en el pasado. Aplicaciones aparentemente inocentes como Autocorrect estarían afectando la memoria. Los psicólogos han encontrado que esta se forma por el simple hecho de imaginar una palabra en la mente, pero cuando el computador corrige de entrada un error de ortografía o da una serie de opciones de palabras, el cerebro siente que ya no es necesario aportar la imagen de la palabra correcta. “Nos volvemos peores editores cuando sabemos que un corrector digital está encendido”.

    Y esto sin tener en cuenta que la automatización apenas comienza a desarrollarse. La promesa de los expertos en este campo es que en el futuro se podrán programar actividades complicadas como el reconocimiento de patrones, percepción sensorial y conocimiento conceptual, como lo que plantea Google con su carro sin chofer. En este los computadores tendrán que hacer el trabajo del cerebro humano para dar desde una curva normal hasta un timonazo imprevisto.

    Muchos ven la automatización como un beneficio y consideran exagerada la angustia de Carr. Incluso piensan que está haciendo a la gente más inteligente, como apunta Josh Dzieza, editor de The Verge, al señalar que cada vez que sale una herramienta nueva, automatizada o no, “se abren nuevas posibilidades y se cierran otras, unas habilidades se acaban y otras florecen”. Pero, como lo refleja una entrevista a Amit Singhal, ejecutivo de Google, en el periódico londinense The Observer, lo opuesto es más acertado. Cuando el periodista le preguntó si en la medida en que el software de este buscador se ha ido perfeccionado las preguntas de los usuarios también se habían vuelto más precisas, él respondió: “Todo lo contrario. Mientras más precisa es la máquina, más perezosas son las preguntas”.

    La razón de lo anterior es que las aplicaciones de hoy no promueven el aprendizaje ni el compromiso con el conocimiento. Para Carr, llegar a ser expertos requiere superar la ineficiencia, lentitud e improductividad, todo lo contrario a lo que promete la automatización. De ahí que en un futuro los computadores sacarán de la ecuación al ser humano y este se volverá un operario pasivo que vigilará monitores. La paradoja es que el individuo es muy malo para esa actividad porque no puede sostener la atención continua por más de una hora.

    Carr no se opone a la automatización. Más bien plantea la necesidad de preguntarse qué tipo de funciones deberían quedar en manos de las máquinas, cómo se va a pagar el precio de la automatización y otras cuestiones más filosóficas: “¿El trabajo define al hombre?”, “¿Es nuestra esencia el conocimiento?” Como dice el autor, si esas preguntas no se hacen ahora se corre el riesgo de que quien las responda sea Google.

    FUENTE
    Kontrapoder y Hyeronimus dieron el Víctor.



    Imperium Hispaniae

    "En el imperio se ofrece y se comparte cultura, conocimiento y espiritualidad. En el imperialismo solo sometimiento y dominio económico-militar. Defendemos el IMPERIO, nos alejamos de todos los IMPERIALISMOS."







  2. #2
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    Re: Más tecnología, menos cerebro

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Una vida nerviosa

    Juan Manuel de Prada

    Un profesor universitario amigo me confiesa desolado que una amplia mayoría de sus alumnos son por completo incapaces de leer un libro; y que, entre los pocos que afrontan su lectura, sólo un puñado puede comprenderlo. Aunque recomienda a lo largo del curso diversas lecturas que complementan sus apuntes, cuando llegan los exámenes comprueba que casi nadie ha seguido su recomendación; y los pocos alumnos que le comentan los libros recomendados suelen ser pícaros que recopilan en interné cuatro reseñas birriosas, en un esfuerzo estéril por camelarlo. Pero nada ha conturbado tanto a mi amigo como un episodio que le aconteció recientemente: un alumno le solicitó permiso para grabar en vídeo sus clases; como mi amigo se resistía a aceptar, temeroso sobre todo del destino que luego pudieran correr tales grabaciones (que ya imaginaba divulgadas en youtube y, por supuesto, utilizadas para escarnecerlo), el alumno le confesó atribulado que era incapaz de estudiar sus apuntes, porque apenas se ponía a leerlos perdía la concentración. Sólo contemplando el vídeo de sus clases podía llegar a aprender y memorizar las lecciones. Asustado, mi amigo preguntó a su alumno cómo lograba, entonces, estudiar las demás asignaturas; y el alumno le confesó que mediante el mismo método, asegurando que por interné se pueden encontrar numerosos vídeos y presentaciones de PowerPoint que permiten ir aprobando a cualquier universitario remolón, aunque sea sin excesiva brillantez.
    Mi amigo no es hombre abstruso ni alambicado; se expresa en un español correctísimo, incluso levemente 'didáctico', y apenas recurre a las oraciones subordinadas cuando expone sus lecciones. Sucedía, sin embargo, que su alumno era incapaz de mantener la atención fija; era incapaz de entender los razonamientos más elementales; era incapaz de seguir el hilo de un relato escrito. Mi amigo se quedó perplejo y horrorizado ante su confesión; y al principio no supo si expulsarlo de clase con cajas destempladas o concederle que grabase su lección. Pero pensó que ambas soluciones eran improductivas; así que citó al alumno en su despacho, en un intento de comprender mejor las causas de su deterioro cognitivo. El alumno acudió contrito al despacho de mi amigo, como quien acude al confesionario, y en varias conversaciones le reconoció que toda su vida, desde que se levantaba hasta que se acostaba, estaba ligada a los diversos cacharritos y artilugios que le permitían mantenerse on line con amigos y allegados: guasapeando, tuiteando, intercambiando vídeos, hablando por el skype, a veces con varios a la vez, en un intercambio excitante.
    Inevitablemente, el cerebro de aquel muchacho había acabado por acompasarse a esta vida nerviosa y aturdidora, entretejida de impresiones fugaces y asediada de estímulos cambiantes. Su atención se había acabado convirtiendo en un pájaro enjaulado que salta a cada instante de uno a otro balancín, por no detenerse nunca a considerar que está encerrado. Su repudio de la letra impresa era una consecuencia natural de ese aturdimiento; no podía entender un razonamiento mínimamente complejo por la sencilla razón de que su cerebro se exasperaba tratando de hilvanar sus proposiciones, tratando de desentrañar el significado de sus palabras, y buscaba los mensajes inmediatos, netos, ramplones: las consignas, los apóstrofes, los enunciados más sencillos que le permitiesen saltar de inmediato a cualquier otra simpleza que irrumpiese, a modo de relámpago fugaz, en su cerebro. Todo ello envuelto en una especie de ansiedad eufórica, como si el acopio incesante de estímulos fuese la droga que su cerebro necesitaba para no perecer del todo, o para vivir esa vida sin poso ni reposo, sin cognición ni discernimiento, una vida a modo de incesante carrusel de novedades huidizas en la que no hay tiempo para leer, ni para meditar, ni para conversar, ni para rezar, ni para amar, ni para hacer ninguna de las cosas que hasta hace poco nos distinguían como humanos. Una vida descerebrada y desalmada, ligada a una pantalla táctil, que tal vez sea el paso previo (y tal vez sin retorno) a nuestro internamiento en la trituradora, allá donde formaremos la papilla humanoide que conviene a los nuevos tiranos.
    Porque cada vez resulta más evidente que esta vida nerviosa es el cimiento de una nueva esclavitud, mucho más aberrante que ninguna otra que la haya precedido: una esclavitud de esclavos eufóricos, ansiosos de su droga, felices con su droga... ¡Y con título universitario!

    Una vida nerviosa
    Kontrapoder y raolbo dieron el Víctor.

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