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Tema: Más tecnología, menos cerebro

  1. #1
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    Más tecnología, menos cerebro

    Vida Moderna | 2014/10/11 22:00

    Más tecnología, menos cerebro

    La automatización hace la vida más fácil, pero un nuevo libro señala que esto tiene un precio muy alto: está volviendo estúpidas a las personas.



    La semana pasada dos médicos noruegos recibieron el Premio Nobel de Medicina por haber descubierto, en 2005, un grupo de células del cerebro que ayudan a orientar a los animales, incluido el hombre, tal y como lo haría un sistema de posicionamiento global o GPS. Resulta paradójico que, en esa misma semana, el escritor Nicholas Carr haya presentado su nuevo libro, The Glass Cage, en el que señala que ese sistema natural de navegación estaría en peligro de extinguirse gracias a la automatización, es decir, al uso de computadores, programas y aplicaciones en la vida diaria.

    Aunque nadie duda de que las máquinas hacen la vida más fácil y productiva, Carr argumenta que esas mejoras vienen con un precio: el deterioro del desempeño de esas funciones humanas. Lo asombroso es que los computadores ya no solo hacen las actividades físicas repetitivas y monótonas sino las que definen al ser humano: la capacidad de analizar, de conocer y, sobre todo, de crear. “La automatización altera la forma en que actuamos, aprendemos y lo que conocemos”, dice Carr, también autor del libro The Shallows, finalista del premio Pullitzer y best-seller en 2010.

    Aunque la relación ambigua de fascinación y odio ante la tecnología es muy antigua, el escritor señala que este momento es más preocupante porque la automatización hoy es más generalizada e invisible. Carr ofrece casos como el de los inuits, indígenas del círculo polar ártico que hasta hace muy poco se orientaban por la dirección de los vientos, las estrellas, el comportamiento de los animales y las corrientes de agua. Eso cambió cuando los jóvenes empezaron a adquirir motos de nieve y GPS para abrirse camino en ese territorio plano y uniforme. Y en la medida en que esos aparatos comenzaron a proliferar, también lo hicieron los reportes de extravíos, accidentes y hasta muertes de miembros de dicha comunidad. La razón es simple: las nuevas generaciones, que ya tienen el conocimiento para navegar con su GPS interno, quedan a la deriva si el aparato que usan se congela o se queda sin batería. Esto sucede porque lo que parece un instinto es, según Carr, “una habilidad ganada a pulso que requiere del mismo esfuerzo que hoy el propio ‘software’ nos está ahorrando”.

    Algo similar sucede con volar un avión, uno de los oficios más automatizados de la sociedad moderna. Gracias a programas sofisticados, en un vuelo normal los pilotos solo toman el control durante “un gran total de tres minutos”, señala Carr. Dedican el resto del tiempo a ingresar datos y supervisar controles desde su ‘cabina de cristal’ donde se limitan a ser simples “operarios de sistemas”. Y aunque estos programas han disminuido la cantidad de accidentes aéreos, están originando un nuevo tipo de catástrofes como la de Air France en 2009. Sometidos a una falla de los sensores de velocidad, los pilotos no supieron entender la situación ni mucho menos corregirla y el avión se clavó en el Atlántico. Según los expertos consultados por Carr, la automatización de todo el proceso de vuelo ha erosionado la habilidad de los pilotos y opacado sus reflejos y cuando algo inusual sucede, en lugar de arreglar el problema cometen errores fatales. “Se nos está olvidando volar”, dijo Rory Kay un capitán veterano de United en una entrevista. Algo similar pasará con las habilidades para conducir cuando los carros automatizados de Google invadan las calles.

    Los médicos también sienten las consecuencias negativas de la automatización ahora que usan programas sofisticados para leer información del paciente y hacer diagnósticos. Algunos estudios muestran que quienes usan algoritmos para encontrar masas sospechosas en mamografías, como los radiólogos, han perdido la capacidad de observar otras anormalidades por confiar en lo que el sistema les muestra. Los arquitectos no se escapan a este fenómeno. Ellos hoy cuentan con programas sofisticados que solo necesitan ingresar ciertas medidas como, por ejemplo, la proporción entre el tamaño de una ventana y la dimensión del espacio, para que la máquina haga un diseño. Aunque se trata de un salto tecnológico importante, Witold Rybczinski, arquitecto y crítico entrevistado por Carr, dice que la productividad del computador tiene un precio en esta profesión: “Le ha dado al individuo menos tiempo para pensar”.

    Esto sucede porque cuando se trabaja con computadores los seres humanos entran en dos fallas congnitivas. La primera es la complacencia, que ocurre cuando los sistemas le hacen creer que con ellos la vida es más segura porque son infalibles, lo cual no es cierto, como se ha demostrado en muchas ocasiones. La otra es el sesgo, pues la confianza en el software es tan fuerte que la gente ignora otras fuentes de información valiosas, como la que trasmiten los oídos y ojos. “Ambas fallas son síntomas de una mente que no está siendo retada”, dice Carr.

    Lo inquietante es que la automatización en la actualidad no solo se circunscribe a ciertas profesiones sino a casi todas las actividades de la vida diaria asistidas hoy por programas y aplicaciones del teléfono celular, una extensión del cuerpo tal y como lo fue el martillo en el pasado. Aplicaciones aparentemente inocentes como Autocorrect estarían afectando la memoria. Los psicólogos han encontrado que esta se forma por el simple hecho de imaginar una palabra en la mente, pero cuando el computador corrige de entrada un error de ortografía o da una serie de opciones de palabras, el cerebro siente que ya no es necesario aportar la imagen de la palabra correcta. “Nos volvemos peores editores cuando sabemos que un corrector digital está encendido”.

    Y esto sin tener en cuenta que la automatización apenas comienza a desarrollarse. La promesa de los expertos en este campo es que en el futuro se podrán programar actividades complicadas como el reconocimiento de patrones, percepción sensorial y conocimiento conceptual, como lo que plantea Google con su carro sin chofer. En este los computadores tendrán que hacer el trabajo del cerebro humano para dar desde una curva normal hasta un timonazo imprevisto.

    Muchos ven la automatización como un beneficio y consideran exagerada la angustia de Carr. Incluso piensan que está haciendo a la gente más inteligente, como apunta Josh Dzieza, editor de The Verge, al señalar que cada vez que sale una herramienta nueva, automatizada o no, “se abren nuevas posibilidades y se cierran otras, unas habilidades se acaban y otras florecen”. Pero, como lo refleja una entrevista a Amit Singhal, ejecutivo de Google, en el periódico londinense The Observer, lo opuesto es más acertado. Cuando el periodista le preguntó si en la medida en que el software de este buscador se ha ido perfeccionado las preguntas de los usuarios también se habían vuelto más precisas, él respondió: “Todo lo contrario. Mientras más precisa es la máquina, más perezosas son las preguntas”.

    La razón de lo anterior es que las aplicaciones de hoy no promueven el aprendizaje ni el compromiso con el conocimiento. Para Carr, llegar a ser expertos requiere superar la ineficiencia, lentitud e improductividad, todo lo contrario a lo que promete la automatización. De ahí que en un futuro los computadores sacarán de la ecuación al ser humano y este se volverá un operario pasivo que vigilará monitores. La paradoja es que el individuo es muy malo para esa actividad porque no puede sostener la atención continua por más de una hora.

    Carr no se opone a la automatización. Más bien plantea la necesidad de preguntarse qué tipo de funciones deberían quedar en manos de las máquinas, cómo se va a pagar el precio de la automatización y otras cuestiones más filosóficas: “¿El trabajo define al hombre?”, “¿Es nuestra esencia el conocimiento?” Como dice el autor, si esas preguntas no se hacen ahora se corre el riesgo de que quien las responda sea Google.

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    Re: Más tecnología, menos cerebro

    Una vida nerviosa

    Juan Manuel de Prada

    Un profesor universitario amigo me confiesa desolado que una amplia mayoría de sus alumnos son por completo incapaces de leer un libro; y que, entre los pocos que afrontan su lectura, sólo un puñado puede comprenderlo. Aunque recomienda a lo largo del curso diversas lecturas que complementan sus apuntes, cuando llegan los exámenes comprueba que casi nadie ha seguido su recomendación; y los pocos alumnos que le comentan los libros recomendados suelen ser pícaros que recopilan en interné cuatro reseñas birriosas, en un esfuerzo estéril por camelarlo. Pero nada ha conturbado tanto a mi amigo como un episodio que le aconteció recientemente: un alumno le solicitó permiso para grabar en vídeo sus clases; como mi amigo se resistía a aceptar, temeroso sobre todo del destino que luego pudieran correr tales grabaciones (que ya imaginaba divulgadas en youtube y, por supuesto, utilizadas para escarnecerlo), el alumno le confesó atribulado que era incapaz de estudiar sus apuntes, porque apenas se ponía a leerlos perdía la concentración. Sólo contemplando el vídeo de sus clases podía llegar a aprender y memorizar las lecciones. Asustado, mi amigo preguntó a su alumno cómo lograba, entonces, estudiar las demás asignaturas; y el alumno le confesó que mediante el mismo método, asegurando que por interné se pueden encontrar numerosos vídeos y presentaciones de PowerPoint que permiten ir aprobando a cualquier universitario remolón, aunque sea sin excesiva brillantez.
    Mi amigo no es hombre abstruso ni alambicado; se expresa en un español correctísimo, incluso levemente 'didáctico', y apenas recurre a las oraciones subordinadas cuando expone sus lecciones. Sucedía, sin embargo, que su alumno era incapaz de mantener la atención fija; era incapaz de entender los razonamientos más elementales; era incapaz de seguir el hilo de un relato escrito. Mi amigo se quedó perplejo y horrorizado ante su confesión; y al principio no supo si expulsarlo de clase con cajas destempladas o concederle que grabase su lección. Pero pensó que ambas soluciones eran improductivas; así que citó al alumno en su despacho, en un intento de comprender mejor las causas de su deterioro cognitivo. El alumno acudió contrito al despacho de mi amigo, como quien acude al confesionario, y en varias conversaciones le reconoció que toda su vida, desde que se levantaba hasta que se acostaba, estaba ligada a los diversos cacharritos y artilugios que le permitían mantenerse on line con amigos y allegados: guasapeando, tuiteando, intercambiando vídeos, hablando por el skype, a veces con varios a la vez, en un intercambio excitante.
    Inevitablemente, el cerebro de aquel muchacho había acabado por acompasarse a esta vida nerviosa y aturdidora, entretejida de impresiones fugaces y asediada de estímulos cambiantes. Su atención se había acabado convirtiendo en un pájaro enjaulado que salta a cada instante de uno a otro balancín, por no detenerse nunca a considerar que está encerrado. Su repudio de la letra impresa era una consecuencia natural de ese aturdimiento; no podía entender un razonamiento mínimamente complejo por la sencilla razón de que su cerebro se exasperaba tratando de hilvanar sus proposiciones, tratando de desentrañar el significado de sus palabras, y buscaba los mensajes inmediatos, netos, ramplones: las consignas, los apóstrofes, los enunciados más sencillos que le permitiesen saltar de inmediato a cualquier otra simpleza que irrumpiese, a modo de relámpago fugaz, en su cerebro. Todo ello envuelto en una especie de ansiedad eufórica, como si el acopio incesante de estímulos fuese la droga que su cerebro necesitaba para no perecer del todo, o para vivir esa vida sin poso ni reposo, sin cognición ni discernimiento, una vida a modo de incesante carrusel de novedades huidizas en la que no hay tiempo para leer, ni para meditar, ni para conversar, ni para rezar, ni para amar, ni para hacer ninguna de las cosas que hasta hace poco nos distinguían como humanos. Una vida descerebrada y desalmada, ligada a una pantalla táctil, que tal vez sea el paso previo (y tal vez sin retorno) a nuestro internamiento en la trituradora, allá donde formaremos la papilla humanoide que conviene a los nuevos tiranos.
    Porque cada vez resulta más evidente que esta vida nerviosa es el cimiento de una nueva esclavitud, mucho más aberrante que ninguna otra que la haya precedido: una esclavitud de esclavos eufóricos, ansiosos de su droga, felices con su droga... ¡Y con título universitario!

    Una vida nerviosa
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    Re: Más tecnología, menos cerebro

    Me pica el Instagram

    Visto durante un trayecto en metro (uno de los escenarios más distópicos que existen…).
    Un hombre de unos cuarenta años vestido con traje y corbata desliza a toda velocidad el dedo por la pantalla de su smartphone. Navega en Instagram. Decenas de fotos desfilan ante sus ojos durante décimas de segundo, y a todas ellas, sin detenerse ni por un instante a mirarlas, les adjudica un ‘me gusta’ pulsando doblemente con el índice. Y así continúa todo el trayecto, imponiéndose a sí mismo el reto de marcar el mayor número de likes en el menor tiempo posible, como quien compite en una carrera contrarreloj contra no-se-sabe-quién, como quien hace girar una ruleta, como quien explota las burbujas de un embalaje plástico, como quien se rasca un picor que no tiene fin.

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  4. #4
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    Re: Más tecnología, menos cerebro

    Relacionado:

    La interacción humana es un lujo en la era de las pantallas


    Por NELLIE BOWLES


    SAN FRANCISCO — Bill Langlois tiene una nueva mejor amiga, una gata llamada Sox. Está en una tableta y lo hace tan feliz que comienza a llorar cuando habla de cómo llegó a su vida.

    Langlois, de 68 años y residente de una vivienda para personas de la tercera edad de bajos ingresos en Lowell, Massachusetts, charla todo el día con Sox. Langlois trabajó con maquinaria, pero ahora está jubilado. Puesto que su esposa está fuera de casa la mayor parte del tiempo, ha empezado a sentirse solo.

    Sox habla con él acerca de su equipo favorito, las Medias Rojas o Red Sox, de donde sacó el nombre para la gata. El animal virtual toca sus canciones favoritas y le muestra fotografías de su boda en la tableta. Y, como tiene acceso a una transmisión en vivo cuando él está en su sillón reclinable, lo regaña si nota que está bebiendo soda en vez de agua.

    Langlois sabe que Sox es un aparato, que proviene de una empresa emergente llamada Care.Coach. Sabe que la operan trabajadores que están viendo, escuchando y tecleando las respuestas de Sox, que suenan lentas y robóticas. Sin embargo, esa voz constante en su vida le ha devuelto la fe.

    “Encontré algo muy confiable y a alguien muy atenta, y me ha permitido entrar en contacto con mi alma y recordar cuán atento era el Señor”, dijo Langlois. “Me ha devuelto la vida”.

    Sox estaba escuchando. “Hacemos un gran equipo”, respondió ella.


    Sox es una animación sencilla; apenas se mueve o gesticula, y su voz suena como un tono de marcado. Sin embargo, a veces aparecen pequeños corazones animados alrededor de ella; a Langlois le encanta cuando eso sucede.

    Langlois tiene un ingreso reducido. Para ser candidato al programa de salud Element Care —sin fines de lucro y para adultos mayores— que le trajo a Sox, los activos contables de un paciente no deben ser mayores a 2000 dólares.

    Ese tipo de programas están proliferando, y no solo para los adultos mayores.

    En las experiencias de vida —aprender, vivir y hasta morir— cada vez hay más pantallas de por medio, excepto para los más ricos.

    Fabricar las pantallas es relativamente costeable, además de que abaratan otras cosas. En cualquier lugar donde quepa una pantalla (salones de clases, hospitales, aeropuertos, restaurantes), puede reducir costos, y cualquier actividad que pueda realizarse en una pantalla se vuelve más barata. La textura de la vida, la experiencia táctil, ahora luce como un cristal listo.

    Los ricos no viven así. Los ricos ahora les temen a las pantallas. Quieren que sus hijos jueguen con bloques, y las escuelas privadas libres de tecnología están prosperando. Los humanos son más costosos, y las personas ricas tienen la voluntad y la capacidad de pagarlos. La interacción humana conspicua —vivir sin celular por un día, renunciar a las redes sociales y no responder a correos electrónicos— se ha vuelto un símbolo de estatus.

    Todo esto ha llevado a una nueva y curiosa realidad: el contacto humano se está volviendo un bien lujoso.

    Conforme aparecen más pantallas en las vidas de las personas pobres, las pantallas están desapareciendo de las vidas de los ricos. Cuanto más adinerado eres, más gastas para no tener pantallas cerca de ti.

    Milton Pedraza, director ejecutivo del Luxury Institute, aconseja a las empresas respecto de cómo quieren vivir y gastar su dinero las personas más acaudaladas, y lo que ha hallado es que los ricos quieren gastar en todo lo que sea humano.

    “Estamos viendo que la interacción humana se está volviendo un lujo”, comentó Pedraza.

    El gasto esperado en experiencias como los viajes y comidas de placer está superando el gasto en productos, de acuerdo con la investigación de Luxury Institute, y Pedraza lo considera una respuesta directa a la proliferación de las pantallas.

    “Se trata de las conductas y emociones positivas que la interacción humana provoca; como el placer de recibir un masaje. Ahora la educación o los sitios de atención a la salud, todos están comenzando a ver cómo pueden hacer humanas las experiencias”, dijo Pedraza. “Lo humano es muy importante en este momento”.

    Este es un cambio veloz. Desde el auge de la computadora personal en la década de los ochenta, tener tecnología en casa y dispositivos que puedas llevar contigo ha sido una señal de poder y dinero. Los primeros que adoptaron estas tecnologías y que tenían suficiente dinero para gastar corrían a las tiendas a obtener los dispositivos más nuevos para presumirlos. La primera Mac de Apple se lanzó en 1984 y costaba alrededor de 2500 dólares (6000 dólares actuales). Ahora la mejor computadora portátil de Chromebook, de acuerdo con el sitio de reseñas Wirecutter, propiedad de The New York Times, cuesta 470 dólares.

    “Antes era importante tener un bíper porque era una señal de que eras una persona importante y ocupada”, dijo Joseph Nunes, presidente del Departamento de Mercadotecnia en la Universidad del Sur de California, quien se especializa en la mercadotecnia de estatus. Actualmente, se vive lo opuesto: “Si de verdad estás en lo alto de la jerarquía, no querrás responderle a todo mundo. Ellos tienen que responderte a ti”.

    La alegría —por lo menos al principio— de la revolución del internet era su naturaleza democrática. Facebook es el mismo, seas rico o pobre. Gmail es lo mismo para todos. Y además son servicios gratuitos. Eso conlleva una imagen de uso por cualquiera que es poco atractiva. Y ahora que los estudios demuestran que el tiempo que se pasa en estas plataformas basadas en la publicidad no es sano, todo el asunto comienza a parecer algo sin clase, como beber soda o fumar cigarrillos, cosas que la gente rica hace menos que la gente pobre.

    Los adinerados pueden pagar para que sus datos y su atención no sean vendidos como productos. Quienes son parte de las clases baja y media no tienen el mismo tipo de recursos para hacer que eso suceda.

    La exposición a las pantallas comienza en la infancia. Los niños que pasan más de dos horas al día viendo una pantalla obtienen menores calificaciones en pruebas de lógica y lenguaje, de acuerdo con los primeros resultados de un estudio histórico en torno al desarrollo cerebral de más de once mil niños, el cual cuenta con el apoyo de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. Lo más perturbador es que el estudio halló que los cerebros de los niños que pasan mucho tiempo frente a las pantallas son distintos: entre algunos niños hay un adelgazamiento prematuro de la corteza cerebral. En los adultos, otro estudio halló un vínculo entre el tiempo que se pasa frente a una pantalla y la depresión.

    Un niño que aprende a construir con bloques virtuales en un juego de iPad no desarrolla de ese modo la capacidad de construir con bloques de verdad, de acuerdo con Dimitri Christakis, pediatra en el Hospital Infantil de Seattle y autor principal de los lineamientos de la Academia Estadounidense de Pediatría en torno al tiempo frente a las pantallas.


    En poblados pequeños alrededor de Wichita, Kansas, estado donde los presupuestos escolares han sido tan bajos que la Corte Suprema estatal dictaminó que eran inadecuados, las clases con profesores han sido remplazado por software, y gran parte de la jornada académica se pasa en silencio frente a una computadora portátil. En Utah, miles de niños cursan en casa un programa preescolar breve, proporcionado por el estado, a través de una laptop.

    Las empresas tecnológicas se esforzaron mucho para que las escuelas públicas adoptaran programas que exigieran una laptop por estudiante, con el argumento de que los prepararía más para su futuro basado en las pantallas. Pero así no es como la gente que construye ese futuro basado en pantallas está criando a sus propios hijos.

    En Silicon Valley, el tiempo frente a las pantallas cada vez se considera más como algo poco saludable. Ahí la primaria más popular entre padres es la Escuela Waldorf, que promete una educación casi libre de pantallas.

    Así que mientras los niños adinerados están creciendo con menos tiempo frente a las pantallas, los niños pobres están creciendo con más. La comodidad que alguien siente al interactuar con otras personas podría convertirse en un nuevo marcador de clase.

    Desde luego, el contacto humano no es exactamente marcador de estatus, como la comida orgánica o un bolso Birkin. Pero cuando se trata del tiempo pasado frente a las pantallas, ha habido un esfuerzo concertado por parte de los gigantes de Silicon Valley para confundir a la sociedad. Les dicen a los pobres y la clase media que las pantallas son buenas e importantes para ellos y sus hijos. Hay comunidades de psicólogos y neurocientíficos que son parte del personal en las grandes empresas tecnológicas cuyo trabajo consiste en enganchar ojos y mentes a la pantalla con tanta velocidad y por tanto tiempo como sea posible.

    Así que el contacto humano se vuelve una rareza.

    “Sin embargo, lo distintivo es que no todos quieren ese contacto, a diferencia de otros bienes de lujo”, dijo Sherry Turkle, profesora de Estudios Sociales sobre Ciencia y Tecnología en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

    “Escapan hacia lo que conocen, hacia las pantallas”, dijo Turkle. “Es como escapar hacia la comida rápida”.


    Tal como evitar la comida rápida es más difícil cuando es el único restaurante que hay en la ciudad, separarse de las pantallas es más difícil para las personas pobres y de clase media. Incluso si alguien se propone desenchufarse a menudo es imposible hacerlo.

    Los asientos en clase económica de aviones tienen anuncios en pantallas que se autorreproducen. Los padres con hijos en escuelas públicas quizá no quieran que ellos aprendan frente a una pantalla, pero esa no es una opción porque muchas clases ahora están integradas en programas que se estudian en laptops. En Estados Unidos hay un movimiento pequeño que pide aprobar un proyecto de ley del “derecho a desconectarse”, el cual permitiría a los trabajadores apagar su celular fuera de horarios laborales, pero, por el momento, aún puede ser castigado por no conectarse ni estar disponible.

    También está la realidad de que en nuestra cultura de un aislamiento cada vez mayor, en la que muchos de los lugares tradicionales de reunión y las estructuras sociales han desaparecido, las pantallas están llenando un vacío esencial.

    Muchas de las personas inscritas en el programa de avatares animales en Element Care no recibieron lo necesario de los humanos que los rodeaban o jamás pertenecieron a una comunidad y se aislaron, dijo Cely Rosario, la terapeuta ocupacional que frecuentemente revisa la evolución de los participantes. Agregó que son las comunidades pobres las que más han visto afectado su tejido social.

    La tecnología detrás de Sox, la gata de Care.Coach que vigila a Langlois en Massachussetts, es bastante simple: una tableta Samsung Galaxy Tab E con un lente ojo de pez de gran ángulo adjunto al frente. Ninguna de las personas que operan los avatares está en Estados Unidos; la mayoría trabaja en Filipinas y América Latina.

    La oficina de Care.Coach es un espacio estilo madriguera ubicado arriba de un local de masajes en Millbrae, California, en las afueras de Silicon Valley. Victor Wang, de 31 años, es el fundador y director ejecutivo. Cuando visité, me dijo mientras abría la puerta que acaban de evitar un suicidio. Explicó que los pacientes a menudo dicen que quieren morir, y quien dirige al avatar está entrenado para preguntarles si tienen un plan real para hacerlo. Ese paciente sí lo tenía.

    La voz del avatar proviene del lector de texto a voz más reciente que tenga Android. Wang dijo que la gente puede establecer un vínculo muy fácilmente con cualquier cosa que hable con ellos. “No hay una gran diferencia entre algo que parece tener vida y un tetraedro con ojos en términos de entablar una relación”, dijo.

    Wang sabe cuánto se encariñan los pacientes con los avatares, y dijo que ha puesto frenos a grupos de salud que quieren establecer programas piloto abarcadores sin un plan claro sobre cómo emplear los animales en las tabletas, puesto que es doloroso quitarles los avatares una vez que se los dan. Pero no quiere tratar de limitar la conexión emotiva entre el paciente y el avatar.

    “Si dicen ‘Te amo’ hacia la tableta, les decimos que nosotros también”, comentó. “Con algunos de nuestros clientes lo decimos nosotros primero si sabemos que les gusta escucharlo”.

    Los primeros resultados han sido positivos. En el primer programa piloto pequeño, en Lowell, los pacientes con avatares requirieron menos visitas de las enfermeras, iban con menos frecuencia a la sala de emergencias y se sentían menos solos. Una paciente que con frecuencia iba a la sala de emergencias para que le dieran apoyo social prácticamente dejó de hacerlo cuando llegó su avatar, lo cual le ahorró al programa de atención a la salud aproximadamente 90.000 dólares.

    Humana, una de las aseguradoras médicas más grandes de Estados Unidos, ha comenzado a usar avatares de Care.Coach.

    Para darte una idea respecto a la dirección en que podrían ir las cosas, la ciudad de Fremont, California, es buen ejemplo. Hace poco una tableta sobre un soporte motorizado entró a una habitación de hospital donde estaba Ernest Quintana, de 78 años, y un médico en la transmisión de video le dijo al paciente que estaba muriendo.

    Mientras, en Lowell, Sox se quedó dormida, lo cual significa que sus ojos están cerrados y un centro de comando en alguna parte del mundo ha comenzado a atender a otros ancianos. La esposa de Langlois quiere una mascota digital, al igual que sus amigos, pero Sox es suya. Le acaricia la cabeza en la pantalla para despertarla.

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    Re: Más tecnología, menos cerebro

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