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Tema: Núñez de Arce (1834-1903): poeta hijo de su siglo

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    Núñez de Arce (1834-1903): poeta hijo de su siglo

    NUÑEZ DE ARCE: HIJO DE SU SIGLO

    —¿Por qué he nacido
    en esta edad sin fe? Yo soy un ave
    que llegó sola y sin amor de nido...

    Gaspar Núñez de Arce

    Gaspar Núñez de Arce (1834-1903), digámoslo enseguida, es un poeta que —con sus valores, que los tiene — queda definitivamente lejos de nuestra sensibilidad, y de nuestra manera de entender, sentir, desear, sufrir y gozar la poesía; hemos pasado por él, desde la adolescencia, sin pena, ni gloria, ni estremecimiento. Sin embargo, deseamos, hemos deseado siempre comprenderle, explicarnos — como en el caso de Campoamor, a quien pensamos que gana en altura y emoción, dentro del prosaísmo de la «época que le tocó vivir»— los extraordinarios éxitos y resonancias que obtuvo en vida, y al morir. A su muerte, voces solventes hablaron de su obra poética, incluso de los logros líricos de su ensayo histórico teatral, «El haz de leña», y de «parnasianismo» al aludir a sus innegables perfecciones formales; a su muerte, hablan elogiosamente de él: Menéndez Pelayo, Valera, la Pardo Bazán, Fitzmaurice Kelly, etcétera... Y su íntimo amigo, José del Castillo Soriano, al año siguiente de su muerte, publicaba su «Núñez de Arce: apuntes para una biografía», obra esencial, profusa de datos y amistosas confesiones, de la que no puede prescindirse para tener una idea cabal de ese vallisoletano ilustre.

    Y puestos a dar bibliografía sobre el autor de «El vértigo», diremos que buenas conocedoras del poeta son las poetisas Carmen Conde y Josefina Romo Arregui —ésta, autora de una extraordinaria «Vida, poesía y estilo de don Gaspar Núñez de Arce»; y también que la edición (prologada por don Marcelino Menéndez Pelayo) de sus «Obras escogidas», se publicó en 1911 en Barcelona; y que Leopoldo Alas, «Clarín», en sus clamores contra el tono de la poesía finisecular, se pronuncia, decididamente, en contra de Núñez de Arce.

    Pero Núñez de Arce es un hijo de su siglo; un desencantado hijo de su siglo, cuyos vuelos —los arranques de su inspiración, y su formación moral y política, añadiría yo modestamente— «pugnaban contra el prosaísmo y abatimiento de la época que le tocó vivir»; pensemos que su vivir (1834-1903) está inscrito entre la primera guerra carlista y el desastre del 98; de un escritor del 98 —salvas, muy salvas, las distancias, los valores, la forma, los pensamientos: dolor de España...— podrían parecer estos indignados versos:

    ...En medio de esta universal mentira,
    de este viento dé escándalo que zumba,
    de este fétido hedor que se respira,
    de esta España moral que se derrumba...

    Núñez de Arce —político, liberal, gobernador, ministro— podríamos decir que consume su vida en el afán del adaptarse a su época —luchas, pronunciamientos, motines, avances de la ciencia y el pensamiento—; en una inquietud salvadora, en lucha con indiferencias, fragilidades y prevaricaciones; y a esos fines dedica buena parte de su quehacer poético, entendido por él como didáctico, educativo; vehículo de sus indignaciones contra la época:

    ...no eres la libertad: ¡disfraces fuera!
    licencia desgreñada, vil ramera
    del motín, ¡te conozco y te maldigo!...

    Y, a pesar de que, como dice la Pardo Bazán, no le faltaron «ni afectos de familia, ni medios de subsistencia, ni cargos, ni honores, ni la alabanza y el respeto de sus contemporáneos», los últimos años de su vida fueron de depresión y pesimismo; pesimista y deprimido lo pinta Rubén Darío en «Un paseo con Núñez de Arce», cinco años antes de morir, el 13 de octubre de 1898; el poeta encontró «al maestro» en Madrid, en la Carrera de San Jerónimo, en la librería de Fernando Fe; suya fue la idea de que dieran un paseo; «...Ah, amigo Darío, mi tiempo ha pasado. Soy ya viejo, y las musas, como hermosas hembras que son, no gustan de los viejos...». «...No creo ni en la misma vida...». «... ¿El arte? Campo para las ilusiones; total, nada, puesto que las ilusiones no son más que humo vago que deshace el menor viento de la vida. El fracaso impera en todo. La sociedad, después de tantos siglos, no ha logrado aún resolver el problema de su organización..." «...Ah, el arte, la literatura: todo está en plena decadencia. Francia es el más patente ejemplo...»

    ¿Parnasiano? Creemos —no se advierte la influencia francesa— sinceramente que no; perfecciones formales las tiene, indudablemente, pero compartidas con caídas, en las extensas tiradas de versos en los que por predispuestos que estemos, no nos prende la emoción, ni la niebla del misterio; perfectas son, por ejemplo, las décimas de «El vértigo»; perfectos los tercetos de «La selva oscura».

    Poesía didáctica, con voluntad de consecuencias sociales; con sequedades; y expresión de muy específicas ideas que se comen valores y emociones poéticos.

    De «En el Monasterio de Piedra» son estos versos:

    Venga el ateo y fije sus miradas en las raudas cascadas
    qué caen con el estrépito del trueno;
    en ese bosque que oscurece el día, de rústica armonía
    y de perfumes y de sombras lleno;

    ... Estamos lejos —¡muy lejos!— de esas maneras de la poesía finisecular. Nos quedamos —perenne salvación poética que no cesa— con el romántico rezagado, Gustavo Adolfo Bécquer, que abrió ventanas a nuestros amores adolescentes; y a la nueva poesía: la que había de nacer después de los anchos senderos abiertos por Rubén Darío; el que, con sus «manos de marqués», apretó fervorosamente las del que, entonces, el 13 de octubre de 1898 era «sin duda alguna el primer poeta de España»...: Gaspar Núñez de Arce, miembro de la Real Academia de la Lengua, presidente del Ateneo, gobernador civil de Logroño y de Barcelona, ministro de Ultramar; centenares de ediciones de sus obras —traducidas en su tiempo a todos, o casi todos, los idiomas de Europa…

    José CRUSET (1972)
    Última edición por ALACRAN; Hace 4 semanas a las 12:34
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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