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Tema: Gustavo Adolfo Bécquer: el mayor poeta español desde el Siglo de Oro

  1. #1
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    Gustavo Adolfo Bécquer: el mayor poeta español desde el Siglo de Oro

    Bécquer murió, relativamente joven, en 1870. Coincidiendo con el centenario de su muerte (1970), se escribieron varios artículos en la prensa, conmemorando al literato y su obra:


    Un siglo que es un día


    CIEN años cabales, día como hoy [22 de diciembre de 1870], y moría en Madrid el sevillano Gustavo Adolfo Bécquer. De no ser que hace meses se nos machaca con este centenario, casi cuesta trabajo hacerse a la idea de que tamaño trecho nos separe de una obra tan vigente y actual, para todos los estratos de la sociedad y de la cultura. Tanto, que apenas chocó que el poeta y crítico José Luis Cano encabezara años atrás (y conservó en sucesiva edición) su «Antología de poetas contemporáneos» con las rimas del sevillano. En buena verdad, porque el maestro Dámaso Alonso justificara cumplidamente la exhumación de su modélico ensayo «Aquella arpa de Bécquer» como arranque del afortunado estudio sobre «Poetas españoles contemporáneos». «Bécquer —decía en prólogo a ese libro— es el punto de arranque de toda la poesía contemporánea española. Cualquier poeta de hoy se siente mucho más cerca de Bécquer... que de Darío.»


    No por la simple razón cronológica, claro es, que graciosamente apuntaba Juan Ramón Jiménez. Esta: que de no haber muerto tan joven, cuando Juan Ramón sacó su primer libro el otro andaría por los sesenta y cinco años. Visto desde su grandeza de hoy, pensaríamos que aquel 22 de diciembre de 1870 cayera como un día de duelo popular. Cuando la verdad es que, salvo para el reducido círculo de los íntimos, nadie se imaginó que en aquella fecha desaparecía el mayor poeta español desde el Siglo de Oro; y muy pocos sabrían que moría un poeta. Se le conocía, cuando más, como periodista: crítico teatral, articulista político, redactor de mesa y de calle, pasando del ambigú y los corrillos políticos a la crónica mundana y la divulgación artística. Con dos docenas de leyendas, en magistral prosa, largadas a lo largo de diez años en los «magazines» de las familias; luego de haber trabajado dos años a destajo para servir, por entregas, una divulgación de la historia de los templos de España. Los del ramo, estarían en el secreto de sus trabajos de «negro» adaptando, a cuatro manos, patochadas francesas de bulevar u óperas italianas y germanas para convertirlas en efímeras zarzuelas y comedias, cobradas a pocos reales por acto. Un joven prometedor, diligente y bien dotado, con la contra de una salud enfermiza, desordenada vida sentimental y la pensión de escribir a chorro para mal lucrar el pan. Los cuatro años con veinticuatro mil reales, en un enchufe estatal, representarían el pequeño oasis en toda una vida de privaciones y congojas.

    Periodista —publicista, si preferís—, forzado de la pluma; pero no poeta. Consideremos que, a partir de la contribución a la corona poética ofrendada al patriarca Quintana por «La España Musical y Literaria», efímera revista en que participaba el joven veintiañero recién llegado de provincias; y salvo una poesía que le aceptaron en «El Álbum de Señoritas» y «El Correo de la moda» aquel mismo año, la presencia poética de Bécquer es cosa de sus últimos once años de vida y sólo en diez ocasiones, con poesías sueltas que, en junto, no pasan de quince. Cuatro veces, en aquellos álbumes que las revistas de entonces solían obsequiar a los suscriptores para Año Nuevo; otra, en una revistilla que no pasó del primer número; algunas en «El Correo de la Moda», «El Museo Universal», y así sucesivamente. La mala suerte, sí, de que el ministro González Brabo, su protector, tuviera que hacer aprisa y corriendo las maletas; perdiendo, de paso, el manuscrito de las «Rimas» que él se ofreciera a editar.

    Un secreto de pocos. Cuando se dice que, al día siguiente de su muerte, los amigos decidieron correr con la edición de las obras de Bécquer, allegando suscripciones, nos ciega el espejismo del futuro renombre de aquellos prohombres treintañeros (salvo Casado del Alisal, que lo tenia a sus treinta y ocho; y Manuel Silvela que, a sus cuarenta, acaba de ingresar en la Real de la Lengua). Cumplieron como buenos, y nunca se lo agradeceremos bastante, al hacer posible el voto del poeta: «Tengo el presentimiento de que muerto seré más leído que vivo».

    Aunque la verdad es que, ni en aquel, ni en los años siguientes, llevara trazas de cumplirse. Si descuentas los álbumes citados, no hay colección alguna de la época que incluya poemas de Bécquer. Pienso, por ejemplo, en el «Álbum poético español con composiciones inéditas...», de «La Ilustración española y americana», año de 1874 (posterior por tanto a la edición de Rodríguez Correa y amigos), donde con Hartzenbusch, Antonio Hurtado y comparsa alterna el duque de Rivas, muerto una decena de años antes. En cuanto a la edición de los amigos, en dos volúmenes impresos por Fortanet en 1871 y mayormente colocados por suscripción, no sé exactamente qué eco tendría. Mas por algo las siguientes llevaron el cuño de Fernando Fe, aumentando un tercer tomo a partir de la edición de 1885. De todos modos, de la biblioteca familiar conservo, con la nostalgia de aquellas lecturas infantiles en voz alta (pero no del tomo de la poesía, cuidadosamente disimulado), la edición de 1898. Era la quinta, ¡en casi veinte años! De la guerra acá, en cambio, han salido treinta. Y cuenta que, para entonces, las señoritas de buena familia ya se sabían de me-moria las rimas (e imagino que mi colección, comprada en la librería zaragozana de Julián Sanz, datará del noviazgo de mis padres).

    No es, pues, el calendario, lo que tan próximo y entrañado nos pone a Bécquer; menos aún, los emocionados acentos de Rodríguez Correa, Nombela o Campillo. Pongamos que el gran fruto de Bécquer —histórica, no estéticamente— fue el Modernismo. Su gran vocero, Rubén Darío. O di que éste y la escuela acertaron a entenderlo, en él vitalizándose. Y a seguido, Juan Ramón Jiménez. Nuestra devoción adolescente descubría, gracias al moguereño, que aquellas rimas (que, por archisabidas, teníamos en concepto de lo que hoy diríamos consumo) eran poesía auténticamente grande. Fue la genial aportación de Juan Ramón Jiménez, de la que se nutrieron Dámaso, Alberti, el primer Aleixandre y todo el grupo malagueño. Y que en la reciente revaloración de Cernuda nutre a tanto poeta joven (y a los no tan jóvenes, aun sin saberlo).

    Gustavo Adolfo, nuestro hermano mayor. En poesía y, tanto más, en la prosa.

    JUAN RAMÓN MASOLIVER

    Última edición por ALACRAN; Hace 1 semana a las 20:04
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Gustavo Adolfo Bécquer: el mayor poeta español desde el Siglo de Oro

    Una biografía de Bécquer


    EL ESCRITOR Y EL HOMBRE


    1836. Quinto de los ocho varones hijos de Joaquina Bastida de Vargas y del pintor costumbrista José María Domínguez Insausti (que se firmaba Bécquer, en recuerdo de los antepasados flamencos trasplantados al Guadalquivir a fines del siglo XVII, nace en Sevilla el 17 de febrero. El padre morirá en 1841, a los 31 años.

    1846. Ingresa en el Colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica, abandonada al ser suprimida, el año siguiente, la escuela. Muerta en el ínterin su madre, es recogido por su madrina, Manuela Monahay, que posee una buena biblioteca romántica.

    1848. Escribe la «Oda a la muerte de don Alberto Lista» y estudia dibujo y pintura en el taller de Cabral Bejarano, discípulo de su padre, que proseguirá tres años después —siguiendo a su hermano Valeriano— en el de su tío paterno Joaquín, director de la Escuela de Bellas Artes.

    1853. Publica los primeros versos en la revista literaria «La Aurora», a la que también contribuyen Campillo, su futuro biógrafo, Luis García Luna (con quien compartirá el seudónimo Adolfo García en sus trabajos teatrales) y Julio Nombela.

    1854. Ruptura con su madrina para seguir la carrera literaria en Madrid, donde llega el 1 de noviembre, precedido por Nombela.

    1855. Años de apretada bohemia. Entra en «El Mundo», interviene, con Nombela y García Luna, en «La España Musical y Literaria», es alabado como poeta por «El Correo de la Moda», donde luego colaborará. Con sus dos amigos, a los que pronto se unirá Rodríguez Correa, escribe algunas zarzuelas y adaptaciones de piezas teatrales francesas, italianas y alemanas.

    1857. Con Rodríguez Correa entra de escribiente temporero en la Dirección de Bienes Nacionales, empleo que le dura poco. Comienza la publicación de una «Historia de los templos de España», por entregas, de la que sólo se completará el tomo primero.

    1858. Acometido por una "horrible enfermedad”, para atenderle consigue Rodríguez Correa que le publiquen, en «La Crónica», la leyenda «El caudillo de las manos rojas». En su convalecencia conoce a la joven cantante Julia Espín, hija del maestro Joaquín Espín Guillen y supuesta inspiradora de sus primeras rimas.

    1859. Bajo el seudónimo Adolfo García se publica la zarzuela «La venta encantada» y estrena «Las distracciones». Amores con Elisa Guillén, luego burlados, de los que se ha querido encontrar huella en las rimas más apasionadas y amargas. Publica en «El Nene» su primera rima ( «Tu pupila es azul, y cuando ríes»).

    1860. Entra de redactor en el periódico conservador «El Contemporáneo», en unión de Rodríguez Correa, y dispensa las «Cartas literarias a una mujer». Como Adolfo García estrena «Tal para cual» y «La cruz del valle». Duramente criticada esta adaptación en el progresista «La Iberia», el mismo periódico acoge una réplica de Bécquer, elogiosamente apostillada por el propio director. Publica sendas rimas en "El Correo de la Moda» y en el almanaque del «Museo Universal».

    1861. Consigna su credo poético en «El Contemporáneo», al reseñar «La soledad», el libro de cantares de su amigo Augusto Ferrán. Amores con una misteriosa marquesa vallisoletana, inspiradora de algunas rimas, que regaló al poeta una tabaquera; ruptura de esta relación y primera estancia en Veruela (Soria), al pie del Moncayo. De vuelta a la capital contrae rápidamente matrimonio con Casta, hija de su médico y buen amigo, el hacendado soriano Francisco Esteban (Valeriano, el pintor, casó con Rafaela Navarro, joven hermana de la madre de Casta). A lo largo del año publica seis leyendas y dos rimas, con otras colaboraciones periodísticas.



    MONASTERIO DE VERUELA

    1862. Dispensa otras ocho leyendas. En mayo nace en Noviercas su primogénito, Gustavo. Estrena «El nuevo Fígaro», bajo el seudónimo Adolfo Rodríguez, que engloba a su colaborador Rodríguez Correa.

    1863. Aparece una rima en «La Gaceta Literaria» y añade otras seis a sus leyendas publicadas.
    Como Adolfo Rodríguez estrena la adaptación «Clara de Rosenberg». Una grave crisis de su enfermedad le lleva con su familia a Sevilla, donde se les reúne Valeriano. Después, retiro en Veruela; con alguna interrupción durará hasta bien entrado el año siguiente, en que irán apareciendo las «Cartas desde mi celda». A finales de 1864, la amistad del ministro González Brabo le vale el cargo de fiscal o censor de novelas que —con paréntesis de un año— ejercerá hasta la Revolución de Septiembre.

    1865. Publica la rima XI, colabora con Valeriano en «El Museo Universal» y dirige «Doña Manuela», que sólo aparece una vez. Estancia en tierras sorianas y nacimiento del segundo hijo, Jorge. Al año siguiente vuelve a su puesto burocrático y publica otras cinco rimas en «El Museo Universal».

    1868. Con la Revolución se pierde el original de las «Rimas», que González Brabo se proponía prologar y editar. Una de éstas había aparecido en el almanaque del «Museo Universal» y Bécquer comienza a redactar el «Libro de los gorriones», en que rehace de memoria las poesías del libro perdido. En diciembre nace su tercer hijo, Emilio; por celos del poeta, e imposición de Valeriano, el matrimonio se separa. Ambos hermanos, en unión de los hijos (menos Emilín), fijan su residencia en Toledo, donde permanecerán hasta finales del año siguiente. A espaldas de su hermano, Gustavo mantiene correspondencia con Casta.

    1870. Eduardo Gasset confia la dirección de «La Ilustración de Madrid» al poeta, que en ella publica la rima «No digáis que agotado su tesoro». Con él colabora Valeriano, que le ha seguido a la capital. El 23 de septiembre muere el pintor, cuyos hijos vuelven a Sevilla, a casa de su tío Estanislao. Casta regresa al hogar. Pero el poeta fallece el 22 de diciembre, tras breve enfermedad. Al día siguiente del entierro, sus amigos Campillo, Ferrán, Rodríguez Correa y el ministro Silvela, reunidos en el estudio de Casado del Alisal, inician una suscripción para editar las obras del poeta, cumpliendo así su ruego.

    1871. Con extensa introducción de Rodríguez Correa, dichas «Obras» aparecen en dos volúmenes. Aportaron, entre otros originales, sesenta rimas inéditas.

    1913. Los restos mortales de Gustavo Adolfo y de Valeriano son trasladados a Sevilla, y reposan en la iglesia de la Universidad.

    Última edición por ALACRAN; Hace 1 semana a las 22:47
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Gustavo Adolfo Bécquer: el mayor poeta español desde el Siglo de Oro

    El poeta de las golondrinas y de los sueños de amor


    CENTENARIO DE GUSTAVO ADOLFO BECQUER (1970)


    El poeta de las golondrinas y de los sueños de amor

    Este es un centenario distinto a todos los demás, que en justicia y gratitud al recuerdo de un gran hombre, se han ido conmemorando en estos últimos tiempos, porque si el magnífico siglo XIX ofreció a la admiración del mundo científicos, artistas, políticos, santos, místicos, mártires, tuvo también, dentro de su propia entraña, el triste final de un poeta extraordinario cuyos sueños y cuyas rimas han prevalecido a través del tiempo, con emoción inusitada, con constante ilusión que de boca en boca, de mirada en mirada, han recogido el mágico encanto de la juventud y del amor.

    Ninguno de los muchos y buenos poetas de su tiempo ha durado a través de los años con la intensidad y adoración que Gustavo Adolfo Bécquer provocó en todas las épocas y en todas las generaciones. ¿Porqué? Pues, sencillamente, porque los otros poetas cantaron las bellezas de la Naturaleza, el fragor de las batallas, los triunfos del vencedor o la circunstancia histórica que atravesó su patria. Y Bécquer cantó solamente al amor, con todos sus dolores, con todas sus grandezas, con sus alegrías y sus penas, con sus traiciones y con sus dudas. Y el amor es lo único que perdura eternamente, desde que un hombre y una mujer aparecieron en la Tierra.

    Hombres, hechos, ideales, catástrofes, victorias, todo desaparece tras la nube opaca del tiempo. Hazañas colectivas y celebridades individuales, quedan pronto borradas de la memoria humana; unas veces por egoísmo, otras por las dudas sobre su autenticidad; y siempre, porque la sucesión de los días, la aglomeración de los años, van dejando atrás, cada vez más lejos, cuanto llamó nuestra atención en un momento determinado. Otros sucesos, otras inquietudes, otros nombres ilustres van ocupando su sitio en la historia de los pueblos y de los hombres. Sólo el amor, el bendito amor, subsiste y combate contra el tiempo, contra las opiniones y contra las circunstancias.

    Bécquer, que dijo de sí mismo: «Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos duermen los extravagantes hijos de mi fantasía esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentemente en la escena del mundo. Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare, en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sinnúmero, a las cuales ni mi actividad, ni todos los años que me resten de vida, serían suficientes a dar forma. Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven, sin encontrar fuerzas para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos».

    Bécquer, decíamos, dio a la humanidad las flores y frutos de su inspiración sin igual, a través de una vida melancólica de amarguras y pobreza, pero saturada de emociones vividas, que desgranaba en rimas y leyendas. Su permanencia, su constante actualidad, su brío energético, que todas las generaciones han acogido con mística devoción, no tiene más explicación lógica que el hecho de que fue el enamorado del amor y que, cantando la belleza de quererse, enfrentó sus poemas con el inmortal encanto de la juventud, que siempre en todas las épocas y en todas las razas, ha guiado los primeros pasos de la vida, fiándose de los latidos del corazón.

    Ser poeta de la juventud, con sus sueños, con sus ansias de vida, con sus esperanzas de triunfos, es ser el poeta del amor. Y eso fue Gustavo Adolfo Bécquer.

    EN UN ESTUDIO DE PINTOR

    En los altillos de una casa sevillana, cerca de la Giralda, y sobre los jardines de Murillo, tuvo su estudio el pintor de costumbres andaluzas, Valeriano Bécquer, que llegó a gozar en su época de merecido prestigio. Prematuramente viudo, el artista, un poco bohemio y un mucho imaginativo, hizo de su taller hogar; y por su entarimado desigual y descuidado corrían, o mejor, se arrastraban, sus dos hijos, Valeriano y Gustavo Adolfo, a los que la madre les dejó apenas cumplidos los cinco años el uno y cuatro el otro. Los dos tuvieron ante sus ojos constantemente la visión del padre trazando, sobre telas y tablas, perspectivas, panorámicas, caseríos y callejones floridos, que con vivos colores y pulso firme aparecían, por momentos, en la blancura del lienzo apoyado en minúsculo caballete.

    Si a esto se añade el continuo trasiego y la alegría bulliciosa de modelos, amigos, compañeros de pincel, y algún que otro discípulo que frecuentemente invadían el estudio, con la algazara propia de una juventud sin preocupaciones ni prejuicios, pródiga en el chiste y avara de seriedad, fácilmente se comprenderá cómo las imaginaciones de los dos despiertos muchachitos se abrieron prontamente a la fantasía, dentro de su completa ignorancia de la vida y de las cosas.

    Los dos aprendieron dibujo, pero así como Valeriano, siguiendo la escuela paterna llegó a ser un excelente pintor, que todavía hoy se cotiza, Gustavo Adolfo prefirió siempre la lectura, el recogimiento y la soledad, absorto en ensoñaciones, apartándose del bullicio del taller, para refugiarse en cualquier rincón, o bajar a los jardines en busca de paz.

    Faltó el padre, y a los cinco años de edad, Gustavo Adolfo se halló sólo frente a la vida, pobre y dominado por una melancolía aumentada con la muerte del hombre bueno al que todo se lo debía.

    LA MADRINA

    Apareció casi providencialmente en su vida de niño triste, la figura de la madrina. Era esta una dama sevillana de la mejor alcurnia y posición social, a la que la madre de Gustavo, con esa intuición que sólo tienen las madres había rogado sostuviese en la pila bautismal al segundo de sus hijos, valiéndose de la gran amistad que desde la niñez tenían las dos mujeres. Ello fue un 17 de febrero de 1836.

    La madrina se hizo cargo de Gustavo solamente, ya que Valeriano, algo mayor, no quiso abandonar el estudio del padre, donde continuó sus empeños artísticos, acompañado y protegido por amigos y compañeros del pintor fallecido.

    De momento, Gustavo ingresó en el colegio de San Antonio de la capital andaluza; y al cumplir los nueve años, entró en la escuela de San Telmo para cursar Náutica. No dicen las crónicas de quién partió la decisión de dedicarlo a marino, si de la madrina o del ahijado. Me inclino a creer que de este último; porque conociendo su carácter solitario y su imaginación soñadora, cuando llegó el momento de elegir estudios serios ¿cuál mejor para Gustavo que la embrujada atracción del mar y sus misterios?. Las mudas contemplaciones del firmamento sevillano a que dedicaba hora y noches desde la azotea; sus paseos por la orilla del Guadalquivir, en cuyos muelles hizo amistad con marineros y pescadores cuya vida novelesca y aventurera le entusiasmaba, sólo de escucharlas en tabernas y lanchas sobre cuyas toldillas se embelesaba bajo el fulgor de las estrellas, que luego en la biblioteca de la madrina descifraba por nombres y situación, eran, en conjunto, motivos suficientes para la elección de carrera, ya que obligado a ello por voluntad de su protectora hubo de decidirse, abandonando la holganza y los sueños.

    La madrina, rica, sin parientes, y queriendo a Gustavo como a un hijo que Dios no quiso darle en su matrimonio, manifestaba su decisión de hacerle heredero en cuanto tuviera un título académico, ya que su proposición de establecerle en el comercio sevillano, donde ella tenía muchos intereses, había sido rechazada por Gustavo, alegando que sus ilusiones de escritor eran incompatibles con la teneduría de libros.

    No obstante tan halagador porvenir, Gustavo Adolfo, absorto cada vez más intensamente en sus lecturas, y en escribir, casi a escondidas, versos y cuentecillos, que leía a las amistades de la madrina con éxito y orgullo, acabó intoxicado por el veneno de la literatura, se reunió con personajillos poco gratos a la madrina por su mala fama en la ciudad, tuvo un roce con ella, en defensa de sus amigos, y a los diecinueve años, «con lo puesto», huyó a Madrid, donde creía que para él residía el camino de la gloria y el triunfo de su talento.

    MADRID

    «Llegó la noche y no encontré un asilo; ¡Y tuve sed! Mis lágrimas bebí. ¡Y tuve hambre! Los hinchados ojos cerré para morir. ¡Estaba en un desierto, aunque a mi oído de las turbas llegaba el ronco hervir. Yo era huérfano y pobre ¡El mundo estaba desierto para mi!»

    La soledad, el aislamiento, el terco afán de avanzar en la vida con el solo impulso de su pluma; el voluntario calvario, que Gustavo Adolfo sufría en Madrid —desconocido, con todas las puertas cerradas y todos los sitios ocupados, tuvo un oasis compasivo que le proporcionó un político de su tierra, colocándole en la Dirección de Bienes Nacionales; y que hubiera sido una base modesta, pero segura y tranquila para su vida, si no fuera porque alguien le dijo que su destino se debía a la influencia de su madrina con el político que le nombrara, y también por una inoportuna observación del jefe de su negociado. Bécquer abandonó la oficina y no puso jamás los pies en ella.

    Fue entonces cuando tuvo el primer vómito de sangre, que un médico llamado por sus compañeros de pensión atribuyó al disgusto de la ruptura, a la mala alimentación y al carácter hepático del poeta sevillano.

    LAS LEYENDAS, LAS RIMAS Y EL AMOR

    Se dedicó exclusivamente a escribir. Primero, unas poesías cortas que no le aceptó nadie; luego, leyendas, como cuentos de tipo soñador, que con más facilidad pudo publicar en alguna revista; más tarde, y por un verdadero azar —el encuentro con el sacerdote que le había bautizado en Sevilla, que ascendido a canónigo estaba de paso en Madrid— vio publicadas algunas de sus rimas en un diario importante. Su evidente inspiración, su elegancia literaria, y el espíritu romántico de la época, atrajeron la atención de las gentes, y su nombre empezó a sonar en ateneos, casinillos y redacciones.

    La ternura de sus leyendas —«La creación», «La vuelta del combate», «La rosa de pasión», «El miserere» y muchas otras— fomentaron el pedestal de su prestigio como escritor de fuste. Luego, el éxito de «Rayo de luna», las «Cartas a una mujer» y, sobre todo, las «Cartas desde mi celda» , que escribiera en el monasterio de Veruela, adonde fue aconsejado por los médicos, para atender a su alarmante tuberculosis, acabaron de granjearle el respeto y la admiración de intelectuales y profanos.

    Fue entonces cuando conoció a una mujer, en cuyo cariño fundió todos los otros amores —o amoríos— que había tenido en su corta vida de fogoso enamorado. Se dividen —con este motivo— las opiniones de críticos y observadores, sobre si todas las rimas tienen la misma Musa, o si, por el contrario, cada una de ellas obedece a distinta pasión. Los que creen esto último, dicen que mal puede compaginarse en una sola mujer la rima: «No me admiró tu olvido; aunque de un día me admiró tu cariño mucho más. Porque lo que hay en mí que vale algo, eso ¡ni lo pudiste sospechar!», con la íntima: «Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo. Por un beso ¡yo no sé lo que te diera por un beso!».

    Pero yo creo que para Bécquer, que cual su personaje Manrique perseguía la imagen de una mujer en el rayo de luna que juguetea entre los árboles, mueve las hojas a merced del viento y tiembla en las aguas del río no hubo más que una mujer, aun se proyectase en varios cuerpos femeninos. Las campanillas azules, los jaramagos y zarzamoras que ocultan en sus historias de amor, y cuentos de doncellas, una cara divina tras nieblas luminosas, y embelesos inefables con voces de ensueño —el corazón que sube al oído, y finge lo que quiere oír— no fueron más que doseles portentosos con que amparaba su constante amor a la mujer inmortal, a la más bella creación de Dios —tal vez para martirio del hombre— al eterno femenino, cuya escultura simboliza la exaltación de la pureza, pero también de la pasión arrolladora. La mujer, en fin, que siendo siempre la misma, fue como estrella de plata que en el camino atormentado de su vida había sido consuelo y esperanza entre el infierno de su dolencia y las desgarraduras de la realidad.

    LA ULTIMA GOLONDRINA

    Una carta íntima de su hermano Valeriano a un amigo pintor de la villa de Madrid, cuenta que Gustavo Adolfo, enclenque, pálido bajó su rizosa melena y con la melancolía en los ojos desengañados y escépticos, no tuvo suerte en sus amores. Aquella mujer que inspirara la rima de las golondrinas, que —dice el hermano— todos conocimos, tras la reja florida de un compás sevillano, representaba para el poeta el resumen y la encarnación de toda una existencia vibrante; y para ella escribió —entre rumor de besos y batir de alas— “Como yo te he querido, desengáñate, así, no te querrán».

    Este aspecto humano en que, por excepción, el poeta baja de su nube, inclina a sospechar que Bécquer, bajo su capa romántica, ocultaba también al hombre desolado por una dolencia mortal, que cegaba sus ímpetus varoniles y le alejaba la condescendencia de las mujeres deseadas. Tiene esta afirmación— ¡Como yo te he querido!— dirigida a la última mujer amada— que quién sabe al que amará mañana; que quién sabe al que quiso ayer— el sonido doloroso de un grito rebelde en que se juntan los celos, la duda, la pasión, el desespero de una Idea torturadora. «Así, no te querrán!» El cronista, admirador de Bécquer, cree que podría haber añadido: Ni te han querido, ni te pueden querer; porque el amor que Bécquer sentía era tan limpio, tan puro, que así pudo escribir:

    Como se arranca el hierro de una herida,
    Su amor de las entrañas me arranqué.
    Aunque sentí al hacerlo, que la vida
    Me arrancaba con él.
    Del altar que le alcé en el alma mía
    La voluntad su imagen arrojó
    Y la luz de la fe que en ella ardía
    Ante el ara desierta se apagó.
    Aun para combatir mi firme empeño,
    Viene a mi mente su visión tenaz,
    ¡Cuándo podré dormir con ese sueño,
    En que acaba él soñar!»

    Los románticos, los que amamos, los que creemos que jamás el amor estuvo mejor oculto que entre las hojas del libro de un poeta, y que fueron del maravilloso sueño del amor, la vida no tiene razón de ser, debemos a Gustavo Adolfo Bécquer un íntimo homenaje de gratitud, aunque sólo fuera por el consuelo que en momentos difíciles de nuestra vida, concede el pensar en que alguien supo sufrir también en silencio nuestra pena. Sevilla le erigió en su Parque de María Luisa, una glorieta magnífica. Barcelona tiene una calle dedicada a su nombre entre los jardines de Vallcarca. España entera está en estos días conmemorando su centenario. Pero, por encima de todo ello, están los enamorados del mundo entero, que saben sus rimas como doctrina de amor, y rezan sus estrofas en la sonrosada orejita de la mujer amada. Y esto, no lo ha logrado jamás ningún poeta. Llevar a todos los corazones juveniles la palabra luminosa que interpreta lo que late en el corazón, y que alegra el alma.

    ***

    Solo, triste y pobre, una mañana cruel de 1870 el poeta inclinó su enfebrecida frente y entregó su alma a Dios. A los 34 años dejaba un mundo que quizá no le había comprendido. Antes de morir, miró fijamente al cristal empañado de su ventana, porque había rozado el alféizar una golondrina que, entre sus alas, tal vez se llevó un alma, aromada de versos.

    Sobre la silla de enea, que junto al lecho completaba el único mobiliario de la estancia, una cuartilla reproducía una de sus rimas preferidas, como un testamento, como una profecía, como un adiós: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!».

    Pablo VILA SAN-JUAN
    Última edición por ALACRAN; Hace 5 días a las 16:53
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Gustavo Adolfo Bécquer: el mayor poeta español desde el Siglo de Oro

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    Un estudio literario de su obra, por el académico Guillermo Díaz-Plaja


    GUSTAVO ADOLFO A CIEN AÑOS VISTA


    La actual conmemoración de Bécquer ofrece la singularidad de una presencia continua e impávida. De ningún otro poeta de lengua castellana -salvo acaso Garcilaso— podría decirse que resiste de tal suerte a los modos temporales y a las modas sucesivas. De él puede afirmarse que es un ejemplo vivo y milagroso de permanencia a través de las generaciones: es una fama sin naufragio. Vinculado, en último término, a los modos expresivos del romanticismo, resiste victoriosamente a las posiciones lógicamente desvalorizadoras que habían de sucederle. Así desde la «torre de marfil» de los novecentistas, por ejemplo, desde Eugenio D'Ors, es calificado como «un acordeón tocado por un ángel», para indicar cómo el material léxico cotidiano, e incluso popular, alcanza acordes de sublimidad cuando es manipulado por un espíritu angélico. Adelantemos que esta estimación de Bécquer por el novecentismo no se extiende a los demás poetas románticos. Para el mismo D'Ors, Espronceda «es un piano tocado con un solo dedo» (Espronceda es, principalmente, denostado en el «Glosario» como: «ignorante, calavera, genio de café, Byron chistoso, populachero y popular, charlatán del pesimismo, juerguista sentencioso»). En cuanto a Zorrilla, llamado a capítulo también en «El valle de Josafat» es, simplemente, «Una pianola».

    Ante esta insólita permanencia de lo que podríamos llamar la «fama póstuma» de Gustavo Adolfo, en contraste con tantas figuras contemporáneas vocadas al olvido, una doble pregunta nos asalta: ¿Cuáles son las razones de este milagroso subsistir? ¿Qué acuerdan las generaciones posteriores a esta figura, en contraste con las demás de su tiempo?

    Para establecer las líneas generales de la estética de Bécquer —que he esquematizado en el centenar de páginas de mi prólogo a sus «Obras completas» (Vergara)— hay que partir de su esencialidad lírica, de su radical autenticidad. Ahora bien, este punto de partida es una conquista lenta, personal y deliberada del poeta, que sólo se alcanza y culmina en los años finales de su existencia. Cuando analizamos la producción lírica de Gustavo Adolfo antes de las «Rimas» (desde la «Oda a Alberto Lista» de 1848) advertimos, con inquietud, el poeta que Bécquer pudo haber sido bajo el retórico peso de un neoclasicismo inspirado en la fusión entre el «genio» y el «buen gusto» que preconizaba la Academia Particular de Letras Humanas, que, desde 1793, estableció la continuidad de una escuela sevillana de poesía. Caracterizada, precisamente, por un decir sofrenado y enjuto. (Sorprendemos, en efecto, dentro de la tradición poética de Sevilla, de un lado una línea derramada de retoricismo exterior, cuyos hitos podrían ser Herrera para el renacimiento, García Tassara para el romanticismo, Manuel Machado para el modernismo y Adriano del Valle para la generación de 1927. Paralelamente, pero del otro lado, podríamos seguir otra tradición: la tradición de Juan de Arguijo y de Francisco de Rioja, en el siglo XVII; la de Juan de Arjona o Félix José Reinoso, en el XVIII; la emoción contenida de la etapa sevillana de Juan Ramón Jiménez, o el apretado y hondo decir de Luis Cernuda o de Joaquín Romero Murube.)

    Esta es la línea en que se mueve la manera final de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, que se produce, como he indicado, a través de una lenta y porfiada tarea de esencialización. Y es importante notar que en este proceso interviene señeramente el cambio de su circunstancia vital. El contorno poético de la madurez de Bécquer no es, en efecto, el florido horizonte de su mocedad sevillana, sino el de la limpia claridad mineral de Castilla, de la Meseta: Madrid, Toledo, Soria, Veruela.

    En otras páginas mías he intentado esquematizar el proceso que supone este cambio de circunstancia vital en el plano de la creación. Dos ejemplos aduje en la ocasión: el del sevillano Velázquez, que transforma los jugosos bodegones poéticos de su mocedad en el esquematismo de sus paisajes y figuras castellanas, y el de otro sevillano ilustre, Antonio Machado, para quien Castilla significó un proceso de esencialización progresiva. Porque Castilla es la gran desnudadora. En la mineral cima soriana, Gustavo Adolfo, como Antonio Machado, aprenden la poesía de la verdad radical, del contacto con la realidad sin hojarascas, ni cosméticas; estableciendo la conexión directa entre el mundo y su desnudo corazón.

    Esta radicalización del hecho poético les hará —a Bécquer y a Machado— rechazar el poema extenso o grandilocuente, para cargar el acento en el chispazo eléctrico, en el poema breve o proverbial.

    Ahora bien: esta concepción del hecho lírico está ya vigente en el mundo, y arranca del «Principio poético» de Edgar Poe, quien lo insufla en los poetas del simbolismo francés, frente a la concepción del poema desarrollado con intención de friso escultórico que preconizan todavía los parnasianos. Así las cosas —y distancias guardadas—dentro del posromanticismo español, podríamos insinuar que el modo becqueriano representaría la tendencia simbolista, asumiendo el modo parnasiano la poesía, por ejemplo, de un Gaspar Núñez de Arce. Y no se trata ahora de establecer una tabla de valores estéticos, sino de dibujar una disyunción de actitudes, entre la lírica intimista que procede por insinuación, y la que se produce por gestos exteriores. Si la segunda podría denominarse «poesía por elusión», la primera habría de definirse como «poesía por decantación». O, para decirlo con las palabras del propio Bécquer, aquella poesía «natural, breve, seca», «desnuda y desembarazada», de que habla en el prólogo al libro de Augusto Ferrán.

    Así, pues, una poesía breve, en un libro menor, que contiene unas ochenta unidades líricas asegura esta permanencia feliz de Bécquer en el tiempo, que sólo podríamos parangonar en paralelismo de brevedad, espiritualidad e intensidad a la permanencia alcanzada por San Juan da la Cruz.

    Partiendo de esta parvedad esencializadora (que arranca, como en Antonio Machado, de la contención de lo proverbial popular) podríamos intentar el esquema de las claves temáticas de Bécquer, empezando por la de esta misma noción temporal -que alcanza su forma más extrema en la instantaneidad. Las palabras «relámpago» o «chispa eléctrica» aparecen frecuentemente como símbolo de lo vital que estalla un momento y desaparece en lo oscuro. Si analizamos los índices verbales de sus «Rimas», en la ordenación efectuada por Edmund L. King, observamos la importancia cuantitativa y cualitativa que tienen las nociones de lo temporal como realidad fugitiva y clave de meditación. Con lo que, observémoslo, se acerca, también, a un tema predilecto de Antonio Machado (que se trata, por extenso, en mi «Modernismo frente a Noventa y ocho».

    Corramos, pues, el riesgo de intentar definiciones a través de estas frecuencias verbales. No somos los primeros en realizar esta escala estilística: de una manera agudamente intuitiva la anticipó José Moreno Villa, en su «Leyendo a...» (Méjico, 1944), quien destacó como vocablos indicativos en Bécquer: silencio, vaguedad, sueño, hondura. Y como palabra señera de significación: sombra, que en el vocabulario de King nos da, en efecto, unas veinticinco presencias en las «Rimas». Si a esto añadimos las reiteraciones correspondientes a: nieblas, nubes, gasa, polvo, oscuro y noche, tendremos dibujada toda una estética de lo evanescente, que caracteriza decisivamente la poesía becqueriana, especialmente si ponemos este vocabulario en conexión con las referencias a: sueño, misterio y muerte. Ayuda a construir el clima, la referencia a estos conceptos con los que indican situación: ángulo oscuro, ángulo sombrío, rincón oscuro, rincón a oscuras.

    Tenemos, pues, que, en Bécquer, hay una imaginación del mundo, un no querer verlo, un desear el radical alejamiento: «huésped de las nieblas», «donde habita el olvido».

    Guillermo DIAZ-PLAJA de la Real Academia Española

    Última edición por ALACRAN; Hace 5 días a las 17:01
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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