Hay cosas que no cambian: si a Alfonso XIII, que tenía muchos partidarios pero cuando le tocó irse no le defendió ni un piquete de alabarderos, a Felipe VI le pasa lo mismo: partidarios tiene unos cuantos, pero no están dispuestos ni a salir a aplaudirle el día que llega ni aunque sea festivo. Todo después de una campaña de semanas para crear una falsa sensación de total entusiasmo.

La España conservadora es un enfermo terminal que sobrevive de forma artificial.