Re: Opinión de Christopher Ferrara para las 58ª elecciones a la presidencia de EE.UU.
A propósito de Donald Trump hay un artículo de "El Despacho de Don Pepone" que deja clara la situación que se encuentra el voto católico en la disyuntiva Trump-Hillary, espacialmente en lo relativo al título de la entrada: razones para preferir al imbécil de Trump que a la bruja de Hillary.
El Despacho de Don Pepone: 20 razones para preferir al imbécil de Trump que a la bruja Hillary
El marketing, la prensa progre, los tópicos de la izquierda y el miedo de la derecha a ser catalogada de carca y poco guay, hace que los europeos vean a Donald Trump como un vaquero rudo y sin cabeza, como un neonazi dispuesto a colonizar el mundo a sangre y fuego, y como un pijo malote que traerá el fin de los tiempos dando rienda suelta a los cuatro jinetes del Apocalipsis desde su hipódromo.
Todo esto son espejismos de los europeos. Sobre todo, porque ellos, al opinar de Trump, no tienen ninguna evidencia de que sea un malvado, carecen de argumentos reales para condenarle. Por lo único que se guían a la hora de juzgarle es por su intuición, por lo que la excentricidad, la vehemencia y los pésimos modales de este “showman” les transmiten, por la sarta de estupideces que han atravesado sus cuerdas vocales, pero no por la crueldad de sus actos. En este continente, nadie conoce sus acciones, sólo su majadera palabrería.
En cambio, a Hillary Clinton, sí se le conoce por sus actos. La candidata a la Casa Blanca es contraria al Presidente de Siria, que lucha contra los yihadistas, y favorable a algunos estados de alrededor que financian esta clase de terrorismo. La líder del Partido Demócrata formó parte de una corporación industrial que, actualmente, vende armas a las sabandijas de Estado Islámico y que ha hecho negocios con las guerras de Iraq y de Libia. La cabecilla del centro-izquierda norteamericano estuvo detrás del derrocamiento del sátrapa Gadafi, sátrapa pero mal menor frente al pistolerismo integrista que su deposición ha traído al país libio y al resto de África.
Hillary Clinton es más belicista que Donald Trump: Quiere un mayor intervencionismo militar, apoyó la Guerra de Iraq, colaboró en un golpe militar de extrema derecha y pretende desencadenar la Tercera Guerra Mundial enfrentándose a Vladimir Putin
Todos los europeos piensan que Donald Trump es belicista y Hillary Clinton, pacifista, y da la casualidad de que cada uno tiene fama de lo contrario a lo que, realmente, es. Mientras el gerifalte republicano hace alarde de su bravura en sus intervenciones televisivas, propone que Estados Unidos se embarque en menos guerras innecesarias. En cambio, su rival, esa adalid nacional del moderantismo, es partidaria de incrementar el militarismo en Oriente Medio. Y esto último, no es nada nuevo, ya que, en el Senado, votó a favor de la Guerra de Iraq, despliegue militar que defendió, en su momento, a capa y espada.
Otra cosa que hace menos deseable o más detestable a Hillary que a Trump es que, frente a las delicadas relaciones de Estados Unidos con Rusia, es partidaria de meter el dedo en la llaga con la disputa de Ucrania y de enfrentarse al kremlin en Siria y en el resto de Oriente Medio. Donald, por su parte, es favorable a tender puentes de paz y reconciliación con el zar del imperio ruso, para evitar, así, una Tercera Guerra Mundial.
Bien es cierto que China tiene un régimen político execrable, pero ello no quita que sea una temeridad declararle la guerra a una potencia militar de semejante magnitud. No es Donald Trump el que pretende provocar a este gigante amarillo, sino la modélica y pacífica Hillary Clinton. La dama del Partido Demócrata está creando alianzas contrarias a Pekín en estados colindantes con el país comunista.
Otra hazaña belicista de Hillary Clinton es que, cuando ocupó el cargo de Secretaria de Estado, dio cobertura diplomática a un golpe militar de derechas en Honduras que destronó a Manuel Zelaya. Desde aquel entonces, este paraje se ha convertido en la capital con más asesinatos del planeta.
Hillary Clinton abandona a la clase trabajadora y Donald Trump le da protección
Es difícil determinar si la clase trabajadora prefiere a Hillary o a Trump, pero sí está claro que Clinton ha perdido apoyos en este estrato social y Donald los está ganando.
Lo que hizo posible que Bernie Sanders, un Pablo Iglesias a la americana, consiguiese incomodar a Hillary Clinton en las primarias del Partido Demócrata es el desinterés que la misma lleva tiempo mostrando hacia la clase trabajadora. Esta político se ha centrado más en afianzarse el voto de los gays y de las mujeres, llevando a cabo la técnica de marketing de “divide y vencerás”, que en tranquilizar al americano medio preocupado por llegar a fin de mes. Por tanto, dentro de este segmento, Trump le está comiendo terreno a Hilaria con un discurso populista y esperanzador orientado a seducir a los “workers”.
Hillary Clinton declara la guerra a la religión e impone el aborto y la ideología de género
La candidata demócrata a la Casa Blanca ha llegado a pronunciar la siguiente barbaridad: “Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales".
Ahora, Tim Kaine, el segundo de a bordo de Hillary Clinton, pretende aprovechar su pertenencia al catolicismo para distinguir entre católicos progresistas y conservadores, y de este modo, enfrentar a los primeros contra las jerarquías eclesiásticas y contra la moral de la Iglesia Católica por ser contraria al matrimonio gay, al aborto y a la ideología de género. En otras palabras, pretende dar una justificación teológica al pecado y cambiar los principios de los votantes demócratas de credo católico.
La multinacional abortista Planned Parenthood dona otros 30 millones para que Hillary Clinton gane a Donald Trump
La mayor aliada de Hillary Clinton para llegar en noviembre a la Casa Blanca es Cecil Richards, la presidenta de la multinacional del aborto Planned Parenthood, que ha decidido invertir otros 30 millones de dólares para terminar de rematar la campaña electoral de la demócrata.
El brazo político de Planned Parenthood realizará este evidente esfuerzo económico para impulsar, más si cabe, las opciones de Hillary contra Trump.
Donald Trump, un salvador de la cristiandad que poco tiene de cristiano
Juan Manuel de Prada escribió, en un artículo de hace dos meses, que aunque la política de Donald Trump y de otros líderes mundiales de pelaje parecido poco tengan de cristianas, ello no quita que su rebeldía contra lo políticamente correcto salve a la cristiandad. Para hacer plausible su teoría, para darle carta de credibilidad, puso el ejemplo histórico de Tamerlán, un guerrero mongol que, al machacar a los turcos, permitió que los pueblos cristianos se recompusiesen de su debilidad.
¿Votaría a Donald Trump si fuese norteamericano? ¿A quién escogerá la mayoría de los católicos que van a Misa, al menos, una vez a la semana?
La mayoría de los católicos que no van a Misa, de los no practicantes, votará al Partido Demócrata.
Quienes acuden, al menos, una vez a la semana, es decir, aquellos que piensan como yo, asistirán a las urnas con un profundo desencanto. Un sector apoyará a Hillary con muy pocas ganas, puesto que piensa que Trump está chiflado. Un porcentaje parecido al de esos que elegirán a Clinton porque no les queda más remedio, dará su confianza a Donald para evitar que la candidata de izquierda siembre la inmoralidad más absoluta en Estados Unidos, y no por afinidad con el dirigente republicano. Y un segmento de fieles de cercano tamaño a los dos anteriores, recurrirá a la abstención por miedo a ambas opciones.
Que prefiera a Trump que a Hillary, no quiere decir que Donald sea santo de mi devoción. Si tuviese la nacionalidad americana, como católico de Misa dominical, podría hacer dos cosas: Una, votar al magnate calvinista con una pinza en la nariz, guantes de látex y traje contra la radioactividad. Otra, abstenerme. La posibilidad de escoger a Clinton, ni me la plantearía.
Chesterton, en su obra Ortodoxia, hace una distinción entre los que actúan como Juana de Arco, como Tólstoi y como Nietzsche. El intelectual católico dice, en su magnífico libro, que los primeros, a la hora de elegir entre varias opciones, dan una por verdadera y la defienden con ahínco. Respecto a los segundos, señala que, en la misma tesitura, no se decantan por ninguna, porque sus escrúpulos morales les llevan a calificar todas las cosas de perversas. En cuanto a los terceros, indica que, al no tener unos principios sólidos, consideran que es igual de lícito escoger cualquiera de ellas. Yo, acogiéndome a esta teoría del pensador británico, podría actuar como los de Juana de Arco, elegir un sólo camino y votar a Donald Trump, o bien, ser más escrupuloso al estilo de Tólstoi, no considerar ninguna senda elegible y abstenerme.
Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)
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