De nuevo, el joven Don Javier Tebas aparece con la fuerza de un duro martillazo para recordarnos lo que somos, tratando de esos temas que practicamente todos conocemos pero que muchas veces al estar en el aire y en el limbo del concepto "generalmente conocido" no nos damos cuenta que se debe profundizar y, sobre todo, tomar medidas, hace no demasiado tiempo este mismo autor nos recordaba en otro genial artículo que copié en el foro, "La fe como fundamento de la patria", algo que los regulares sabemos, pero que la mayoría de la gente ni entiende ni quiere hacerlo.
Ahora vuelve a la carga, con la nobleza intrínseca en la juventud idealista que gracias al Señor, todavía uno es capaz de sentir en multitud de ocasiones, el ardor de un espíritu herido, pero no muerto, tocado pero nunca derrotado, del soldado que muere encadenado a su bandera y esta, tras el sufrido final de su noble defensor, queda en píe, ondeando soberbia y orgullosa,... muchas metáforas se podrían utilizar para definir a este autor, de momento les dejo otro artículo que sin ánimo de ser pesimista, si tiene la intención de despertarnos de un buen manotazo en los morros...ahí les dejo, espero lo disfruten.
Se apagará la fe
de Javier Tebas.
Nunca me han gustado las posiciones catastrofistas, los agoreros de turno que vaticinan el apocalipsis a la vuelta de la esquina. No me gustaría representar ese papel. Por eso empezaré diciendo –para tranquilidad de todos- que lo más probable es que el mundo no acabe inminentemente, incluso que el “estado del bienestar” occidental se mantendrá razonablemente a pesar de las crisis.
Cubiertas estas dos expectativas: la supervivencia del espacio tiempo, y la satisfacción de las facilidades mínimas de la vida moderna, creo sin embargo que en manos de mi generación, se presenta una ruptura histórica muy profunda. Una divergencia que nace en el espíritu, rompiendo directamente con lo fundamental, aquello que llena de sentido nuestra vida.
Por desgracia, no se puede pasar por alto un análisis estrictamente objetivo, que desde una perspectiva sociológica, nos presenta a un joven de hoy que no aspira a lo trascendente. Es más, que lo considera ridículo y hasta absurdo. Para el joven de hoy (generalizando el término) no sólo la fe le es una cuestión indiferente, sino que lo son todas aquellas cosas que, por su propia condición, no alcanzan con el voluntarismo hedonista.
La familia ya no es un valor, sino una rémora, una realidad completamente caduca. Pero si hasta hoy la inercia de una sociedad viva, lo ha sido en tanto en cuanto se ha transmitido a sí misma a través de la familia, ¿qué va a ser de una generación si desprecia la propia institución familiar? ¿Qué testigo entregará mi generación, vacía de grandes ideales, y llena de dogmas-eslogan extremadamente simplones y pobres?
Como en una carrera de relevos, los corredores esperan dispuestos a recibir el testigo para continuar. Pero si no reciben nada, porque el corredor anterior ha dado por perdida la carrera, no tendrán ni siquiera la oportunidad de ganar. De una forma parecida, la sociedad del futuro no va a recibir ningún testigo. Un testigo abandonado que debía transmitir nuestra identidad, los valores humanos recibidos, y lo más importante - porque engloba y supera lo anterior- la oportunidad de conocer la fe, para con el Don de Dios mediante, profesarla o no.
Qué dirán, allá donde estén, aquellos españoles que cruzaron el mundo entero, entregando la vida hasta el martirio, por dar la oportunidad de conocer el Evangelio, cuando sepan que aquí en España, a nuestros muchachos la sola palabra les suena a chino cantonés.
Se apagará la fe si triunfa la nueva mentalidad que elimina lo trascendente. Y se apagará la fe si deja de transmitirse, de cultivarse en la familia, cuando entre la anestesia de la vida moderna, nuestra sociedad ni siquiera sea capaz de dar la oportunidad de conocerla.
Javier Tebas
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