El federalismo y el separatismo son distintos y el estudio de uno purifica y a la vez se complementa con el otro. Ahora que se habla tanto de separatismo se menciona poco el federalismo o se manipula (caso de Maragall) y, sin embargo, tienen puntos claros de fricción y de identificación. Los federalistas veneran los símbolos de la federación: la bandera, el himno nacional, la Jefatura del Estado, las apelaciones y recursos a instancias nacionales, el Ejército, la cultura e historia común y en una palabra, todo lo que corresponda a la federación, como, por ejemplo, la política exterior; incluso ponen un especial énfasis en aclamarlo. Los separatistas se identifican precisamente por lo contrario en los mismos puntos: queman la bandera nacional, silban al himno y al Jefe de Estado, perpretan y aclaman los atentados contra el Ejército, manipulan y odian la cultura e historia común, y quieren tener su propia política exterior. Las diferencias sencillamente apreciables, son, pues, claras, importantes e insalvables, y en la situación política actual seria muy bueno divulgarlas, explicarlas y exaltarlas. El concepto de Patria y el amor a ella son también fosos irrellenables entre las dos teorías.

Asimismo existe otra esencial diferencia de filosofía política. Los separatistas no desean otra cosa que repetir los abusos liberales y centralistas en nuevas organizaciones políticas, nuevas "naciones", llegando a ellos a través de la traición a la Patria. En cambio, el federalismo supone el cumplimiento del mandato de derecho público cristiano del principio de subsidiaridad a través del legítimo respeto de las libertades concretas de las regiones y los reinos, del todo distintas de las pseudolibertades abstractas del liberalismo (...)

Los conceptos descentralización, regionalismo y federalismo podrían alinearse por este orden formando una jerarquía en que cada uno incluye y supone a los anteriores, pero añade algo que no estaba en ellos.

La descentralización exige solamente descongestionar ese único y gran centro de poder central a favor de una mayor actividad política de los organismos no centrales de la nación. Pero, en definitiva, todo queda en manos de funcionarios, o centrales o periféricos.

El regionalismo exige algo mas; no se trata solo de dar una mayores atribuciones resolutivas a los delegados provinciales del poder público, sino de que se reavive en las distintas regiones una vida política relativamente autónoma , dotada de dinamismp propio. En esto, el poder, o una parte del mismo, pasa de los funcionarios a los ciudadanos. El regionalismo no se agota en la descentralización, aunque la suponga, sino que exige algo más y distinto: la vida política y autónoma de las regiones en lo que sólo a ellas concierne. Sería un peligro para el regionalismo que el poder central presentase como tal a lo que no pasa de ser una mera descentralización de oficinas.

El federalismo exige no únicamente que se dote a las regiones naturales de un gobierno propio en lo que a sus asuntos se refiere, sino que se restaure en ellas el gobierno que preexistió a la centralización, no como concesión de división de subgobiernos al estilo del central, sino con las características históricas que constituyen a esas regiones en antiguos reinos federados. En el federalismo la corriente de la dinámica del poder se invierte y en vez de ir del centro a la periferia como en la descentralización y en parte en el regionalismo, va de la periferia al centro, con lo cual resulta más natural y menos artificial y racionalista.
Nuestros antiguos Reyes se titulaban no Reyes de España, sino "de las Españas", y adoptaban el título de Rey, Conde o Señor de sus distintos territorios. El mismo Escudo de España esta formado por los de sus regiones (...)

Vayamos, pues, al federalismo pero lentamente, muy lentamente y con circunspección. Nadie como el Carlismo ha exaltado tanto el amor a la Patria y ha servido a España con más generosidad. Es un contrapunto que hay que mantener siempre enhiesto. Vayamos al federalismo con muchas banderas de España, mucho himno nacional, muchos desfiles militares, mucho turismo interior, una solidaridad efectiva entre los antiguos reinos pero que no sea igualitarismo, un Rey federante capaz y grandes proyectos comunes de expansión nacional.

(Manuel de Santa Cruz. extracto de El Carlismo y el Federalismo; "La Santa Causa" nº7 nov-dic 2003)

El Matiner: El Carlismo y el Federalismo.