No hay mejor camino posible que el de la propia Iglesia, aunque a veces a muchos de sus integrantes, como humanos falibles que son, se les olvide:
«Si, por consiguiente, tenemos una ley establecida por una autoridad cualquiera, y esa ley es contraria a la recta razón y perniciosa para el Estado, su fuerza legal es nula, porque no es norma de justicia y porque aparta a los hombres del bien para el que ha sido establecido el Estado» (León XIII, Libertas, n. 7). «Pero cuando no existe el derecho de mandar, o se manda algo contrario a la razón, a la ley eterna, a la autoridad de Dios, es justo entonces desobedecer a los hombres para obedecer a Dios» (Ibid., n. 10).

Creo que tal debería ser el sencillo mensaje de la Iglesia a sus fieles a día de hoy y estos comportarnos como tal. Hoy, más que nunca, necesitamos aferrarnos a Dios para que no nos arrastre la corriente de la injusticia.