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Tema: ¿"República coronada" o monarquía tradicional? El verdadero dilema.

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  1. #1
    tautalo está desconectado Uno más... que no se rinde
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    Re: ¿"República coronada" o monarquía tradicional? El verdadero dilema.

    ¡La medicina es la Monarquía Tradicional!


    ¡La medicina es la Monarquía Tradicional! [*]

    Locura de Europa le llamó D. Diego Saavedra Fajardo a [los] nacionalismos exasperados y heréticos. En medio de una Europa enloquecida, España supo, en su tiempo, conservar la cabeza. Que ahora no la pierda, ahora, cuando, en el alba de una nueva edad de oro, el destino va a hacemos pasar por pruebas difíciles. Las más difíciles que hayamos pasado nunca.

    En último término, el trance republicano carece de magnitud trágica. Nos ha hecho sufrir mucho, nos hará todavía sufrir no poco, pero. Insisto, eso carece de dimensiones trágicas, porque la alternativa que el régimen plantea no es, en realidad, una alternativa. Por razón misma de su antiespañolidad esencial, la República no puede durar. Le faltan las dos condiciones que exige un hecho para adquirir duración histórica. Un hecho puede durar cuando coincide con el ser, con la naturaleza, predeterminada por el pasado, del sujeto que ha de vivirlo, o cuando coincide con la circunstancia de tiempo, determinada por ese complejo de factores a los cuales llamamos época. En el primer caso, un hecho es viable por su antigüedad; en el segundo, por su actualidad. Pero la República española no es, ni española, porque España es, en su esencia, monárquica; ni contemporánea actual, porque los ideales e impulsos que implica fatalmente la forma republicana se contraponen a las necesidades espirituales, políticas y económicas del siglo.

    Las categorías que condicionan la República—toda República— no son hoy menos falsas que ayer, porque ni el más ni el menos tienen ningún sentido con referencia a la verdad pura. Los principios republicanos han sido siempre malos, pero en nuestra época son catastróficos por el hecho decisivo de que operan sobre un cuerpo social ya corrompido y desgastado por esos principios mismos. Las resistencias de la civilización se hallan quebrantadas a su último extremo, y por eso, con la confusión propia de todo lo instintivo, pero con su presencia irrecusable, las comunidades piden regimiento, mando, autoridad y certidumbres en la obra gubernamental.

    Ya se ha vivido todo el proceso revolucionario, ya el dolor de la libertad caprichosa y el tumulto de la democracia llega a los huesos del pueblo. Las multitudes doloridas exigen del Estado algo más que una indiferencia estoica. El Estado estoico, ignorante del dolor, pudo existir mientras el demos tuvo la ilusión de que podía ser epicúreo, dedicarse al goce sensual e instantáneo de la vida. Hoy un Estado que asiste como testigo a la pena multitudinaria no puede satisfacer al pueblo en infortunio. La Revolución, al llegar al postrer punto de la curva, se quiebra por su misma naturaleza. Quiebra de la democracia, que ya no es ni popular. Quiebra del liberalismo, ante la exigencia clamorosa de mandamientos y dogmas. El propio Estado llano pide aristocracias y monarquías. Pide reyes, porque Rex a regendo, Rey viene de regir, dijo San Isidoro; pide Santos, porque pide héroes y credo.

    Pero eso que los tiempos piden más que nunca, la República no puede darlo, no puede darlo de un modo estable y permanente porque, por su esencia, ese régimen postula el principio electivo, o sea se funda en la creencia de que el bien y el mal, la verdad y la falsedad, la Justicia y la injusticia son puras relatividades, valores inexistentes, meros reflejos de la democrática gana. En verdad, cabe, pues, afirmar, con la evidencia de un teorema matemático, que si en cualquier época la República está condenada fatalmente al fracaso, en nuestra época este fracaso es más rápido, escandaloso y urgente que hace cien años, porque ya no sólo las inteligencias lúcidas, sino incluso las berreadoras multitudes saben de dónde les viene el mal y no se resignan a morir reclamando venenos por medicinas.

    ... el veneno es la República...
    ¡la medicina es la Monarquía Tradicional!

    VIVA EL REY LEGÍTIMO

    [*] EUGENIO MONTES, ‘Discurso a la Catolicidad española’. Acción Española, Tomo IX.-Nº 50, 1 abril 1934, páginas 139-140.

    NÚCLEO DE LA LEALTAD
    Rodrigo dio el Víctor.


  2. #2
    tautalo está desconectado Uno más... que no se rinde
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    Re: ¿"República coronada" o monarquía tradicional? El verdadero dilema.

    Monarquía tradicional Vs. monarquía liberal



    El liberalismo, el enemigo capital de la bandera española que ostenta el trilema Dios, Patria y Rey, ¿Quién imaginaría que se esforzase en reclamar para sus nefandos y oscuros pendones, el emblema de la antigua España católica? Así como el protestantismo, negando toda autoridad divina y humana, se miente a sí mismo, el liberalismo español, su digna prole, hace lo propio. Et mentita est iniquitas sibi. Si Tertuliano llamó al diablo mona de Dios porque fingía imitar sus obras, si hoy viviera, llamaría "mona del protestantismo", al liberalismo.

    No hay perfección absoluta en ninguna de las formas de gobierno conocidas y ensayadas hasta hoy; pero el derecho público fundado en la experiencia de los siglos, ha proclamado que la mejor y única forma de gobierno posible, es la que concentra los poderes del Estado en un solo monarca, enlazando la universalidad con la unidad, como el gobierno de la Iglesia, fundado por el Hijo de Dios; y el de Saul, primer monarca nombrado por el mismo Rey de los reyes, o por su orden; que es la única fuente del derecho divino, al decir de los libros santos: per me Reges regnant. Derecho que toma, si cabe, mas fuerza y aumento de los desprecios y negaciones insolentes del ignaro liberalismo, cuyas sectas o partidos, mas o menos fanáticos se rechazan, destrozan y condenan mutuamente, sobre quién ha de comerse la pera mas gorda, en la gráfica expresión del cautivo de Santa Elena.

    De manera que el liberalismo forma una especie de mosaico de varios pedazos y diversos colores, como el protestantismo, según el inmortal Perrone. Y visto en todas sus fases, es el bufo de la civilización moderna; rama que, desgarrada del árbol monárquico, no puede tener las condiciones, propiedades y distintivos gloriosos de la monarquía tradicional; porque no es, como ésta, un delegado del monarca universal, fundador y supremo legislador de la sociedad, y no puede aspirar a su posesión sin pasar por las horcas caudinas de las contradicciones que los jurisconsultos llaman de hecho, derecho, origen y desarrollo, de organización, lugar, tiempo, nombre y doctrina.

    En efecto, la monarquía liberal es una contradicción de derecho, porque su título solo comprende el menor número de individuos en las poblaciones; cuando la tradicional, que es la única monarquía verdadera, comprende a todos los individuos y todos los pueblos que le han dado su nombre, y aquélla jamás abrazó a todo un pueblo.

    La monarquía católica y la liberal, son dos cosas contrarias y antitéticas; la monarquía pura, moderada por la ley fundamental, como en España, desde tiempo inmemorial; siempre combatida, como su Madre la Iglesia, pero jamás vencida sino momentaneamente, siempre igual a sí misma en magnificiencia y solidez.

    Sin embargo, ese aborto satánico del abismo, sin pruebas ni documentos de ningún género, pretende usurpar un emblema indivisible y único, en favor de unos partidos liberalescos que reciprocamente se aborrecen y cuyo lema protestante es la división que los devora y consuma su ruina. Para el liberal, eso de monarquía tradicional es un trasto viejo, tan sobajado como la señora del Toboso: cuando la monarquía liberal, con su Rey de bastos, es una cosa tan nueva como la niña gaditana de 1812, hoy, para colmo de dichas y honras españolas, abuela de la golosa topetina. Lo peor está en que, según fama, el árbol que regaron con sangre española, parece ser que en los primeros siglos no prometerá fruto alguno. No puede ser otra cosa el sonambulismo liberalesco, que si un día se dice monárquico-católico, como se llaman rabones a los mulos sin cola, lo desmienten con sus hechos al día siguiente, conjurándose de mancomún contra la monarquía, y derribando la misma que ellos levantaron, lo cual no quita que sigan gritando ¡Viva la monarquía democrática!.

    Dios confió la soberanía, y del cual la recibieron todos los que ejercen la dominación suprema de las naciones. Porque aquello de soberanía popular, es una quimera en que no creen ni los mismos que la inventaron; pero les tenía cuenta, porque a río revuelto nada pierden los pescadores de uñas luengas.


    D. Hevia (1871)


    EL BANDIDO REALISTA


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