Lo que ahora llamamos unidad católica realmente dejó de existir tras la constitución (progresista) de 1869.
Fue en la época de la llamada restauración de 1876, cuando se planteó (D. Cándido Nocedal y los "integristas") en toda su crudeza la verdadera pérdida de la unidad católica de España; esa Constitución plasmó el acuerdo entre los moderados, defensores de la unidad católica de España (del Concordato de 1851) con los transigentes con la libertad de cultos (la Constitución de 1869).
No obstante, el catolicismo español se repuso y hasta logró mejorar su posición en los años que siguieron. De hecho, nadie la echaba de menos antes del Vaticano II (tanto es así que hasta llamaban unidad católica a lo que era simple tolerancia de cultos).
Ahora bien, la libertad religiosa, de por sí, no era peligrosa (lógicamente siempre se entendió impuesta por un poder político hostil a la Iglesia): Francia y Méjico la tenían desde muchísimo tiempo atrás ¿y qué? ¿Acaso no había verdaderos católicos allí o estaban acaso más corrompidos?
La libertad religiosa que trajo el Vaticano II fue grave no tanto por ser libertad sino por el escándalo de proceder de la mismísima jerarquía, que se desdecía de siglos y desconcertaba a los propios fieles.
Aunque el Vaticano la hubiera declarado, el problema fue realmente el escandaloso y aberrante "ecumenismo" que la acompañó (nada que ver con su sentido católico de difundir la fe verdadera a los gentiles): elogios a herejes, autocrítica y auto-desprecio hirientes y absurdos; ceremonias y encuentros aberrantes con ellos; cambiar la misa y sacramentos para hacerlos protestantes; alabar a s las religiones paganas y al marxismo; abandonar el amor a Dios sobre todas las cosas; afirmar la democracia masónica como único régimen político y de desconcertar y asquear a todo católico viviente.
La libertad religiosa iba en el pack, como señal de aviso a los gobiernos católicos, pero ella, como tal, no era el auténtico problema.
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