"LAS CUESTIONES PERMANENTES" DE ESPAÑA, SEGÚN JUAN DONOSO CORTÉS






EL GERMEN DE
LOS DOGMAS NACIONALES
DE VÁZQUEZ DE MELLA

Manuel Fernández Espinosa


Fue Ernst Jünger quien, en uno de sus viajes a Portugal, reparó en el paralelismo biográfico (diríase que plutarquiano) que hay en dos de los más grandes poetas peninsulares: Luis Vaz de Camoens y Miguel de Cervantes, pudiendo Jünger escribir: "Las similitudes entre el destino de Camões y el de Cervantes causan una impresión extraña: batallas navales, prisión, disfavor de los príncipes, celebridad mundial después de la muerte. Cervantes fue alcanzado en un brazo en Lepanto, Camões perdió un ojo ante Ceuta. Como en muchas vidas ibéricas, también en la suya interviene el mar con sus mudanzas engañosas; es algo que podría ampliarse a Colón y a los conquistadores".

Es difícil leer este pasaje y no percatarse del uso implícito que está haciendo Jünger de una de las categorías interpretativas de la filosofía de la historia y la geopolítica abordadas por el amigo de Jünger, Carl Schmitt, en "Tierra y mar" (1942). Jünger interpreta las "vidas ibéricas" como vidas anfibias, entre el elemento terrestre y el mudable elemento marino. Sin entrar en honduras schimittianas, la similitud histórica que presentan Portugal y España (ejemplarizadas en las vidas de Camões y Cervantes) es un hecho que, sin prescindir de la tierra y el mar, apunta a un destino común que se asienta en la geografía y en la comunidad de intereses vitales.

Ni Schmitt ni Jünger fueron ajenos al pensamiento de Juan Donoso Cortés, que lo precisó con esa lucidez que le caracterizaba. En el "Discurso acerca de las relaciones de España con otras potencias", pronunciado por el filósofo extremeño en el Congreso de los Diputados el día 4 de marzo de 1847 es suficientemente elocuente.

Este discurso de Donoso Cortés atraviesa el tiempo para interpelarnos con la fuerza de lo ineludible. Como la mayor parte de sus discursos, nos encontramos ante una pieza que trasciende la oratoria y la trivialidad de los asuntos políticos, para adquirir una vigencia perenne. En él se afirman las "cuestiones permanentes" (también pudiéramos decir los "intereses permanentes") que condicionan nuestra política según la situación geográfica:

"Nosotros no podemos ser una gran nación continental, porque la Francia tiene guardadas las puertas del continente. Nosotros no podemos ser una gran nación marítima, porque los buques británicos están a tiro de cañón de nuestros puertos".

El tema principal que trata este discurso es la explanación de los dos grandes peligros que se ciernen en ese momento para España: la colonización francesa de África y la influencia que Inglaterra ejerce sobre Portugal. Son cuestiones que pudieran parecer de rango histórico y, por ello, "superadas" a día de hoy; pero merece la pena la lección que se nos da. No es cuestión baladí para Donoso Cortés esta peligrosa proximidad de Inglaterra y Francia. Si por un lado Francia se instala en África, España quedaría bloqueada y económicamente se infligiría un daño irreparable por la competencia de los productos franceses en África. Sin embargo, el consuelo es que Francia no podrá realizar plenamente su proyecto, pues Portugal y España son las dos naciones que, por sus condiciones étnicas y culturales, más fácilmente podrían "civilizar" África, colonizándola. Sin embargo, esto no puede hacerse -opina Donoso Cortés- por la intromisión británica en Portugal. Cumple, por lo tanto, ejercer una influencia -a ser posible exclusiva- de España en los asuntos lusitanos. La unidad con Portugal que se insinúa no puede ser -bajo ningún concepto- por la conquista, sino por la influencia. "El día que la nación se redondee, por decirlo así; el día que la nación sea señora de sí misma, ese día esta nación podrá ser poderosa, una de las más poderosas de la tierra".

Donoso Cortés niega que España tenga (a mediados del siglo XIX) una política exterior. La tuvo en sus gloriosos tiempos y no se descarta que pudiera tenerla en un futuro, pero en 1847, cuando está dirigiéndole la palabra a los diputados del Congreso, afirma la inexistencia de esa política exterior y le asiste toda la razón. El mismo Donoso Cortés nos proporciona la definición de lo que hay que entender por "política exterior". Hay que entender política exterior como "un sistema calculado de alianzas", una dirección de "la actividad nacional en sus relaciones con las potencias extranjeras hacia un fin glorioso", "un conocimiento profundo de los intereses extranjeros que nos son contrarios", así como su envés: "un conocimiento profundo de los [intereses extranjeros] que nos son afines".

Así las cosas, España no dispone en ese momento (hoy en día podemos aseverar que tampoco) de una "política exterior", pues el fin de la gran política exterior es, como dice Donoso Cortés: no doblarse a influencias directas o indirectas del extranjero. Y España, en ese entonces (como hoy también) malgasta sus fuerzas vitales en discusiones estériles y en "domar a las facciones", quedando a merced del extranjero.

Donoso Cortés es uno de los primeros que declaran el bastardo interés que Inglaterra y Francia tienen en dividirnos. Desde ese punto de vista hay que entender su polémica de 1838 con el doctrinario Doctor Pellegrino Rossi (1787-1848) y en el mismo discurso que estamos comentando el mismo Donoso Cortés nos dice: "lo que tenemos que temer nosotros de la Inglaterra, lo que por la Inglaterra está realizado ya, si puede decirse así, es el rompimiento de nuestra unidad territorial".

Despejar las dos amenazas -la francesa y la británica- "no son para nosotros cuestiones de engrandecimiento, sino cuestiones de porvenir, de existencia".

Donoso Cortés señala, como ningún otro en su época, que la urgencia por la reintegración de la Península Ibérica es cuestión de vida o muerte. La lúcida exposición de Donoso Cortés no sería atendida tanto por los de su sector político, como por los que pudiéramos llamar la izquierda de la época. Así fue como, más tarde, el catalán Sinibaldo de Mas y Sanz (1809-1868) escribiría su libro "La Iberia. Memoria sobre la conveniencia de la unión pacífica y legal de Portugal y España", siendo uno de los pioneros españoles del iberismo, que tampoco carecería de eminentes pensadores portugueses. Y Juan Valera, algo más escéptico, también apuntaría a la necesidad de un entendimiento entre Portugal y España para los intereses de una expansión en África. En el campo tradicionalista, el que más brillantemente trataría las "cuestiones permanentes" esbozadas por Donoso Cortés, sería Juan Vázquez de Mella que las expuso como los tres "dogmas nacionales":

-Dominio del Estrecho.

-Integridad peninsular.

-Imperio espiritual con las naciones hermanas de Iberoamérica.

En conjunto, queda claro que, España no disponía en los días de Donoso Cortés de una política exterior. Pero, hoy en día, España tampoco dispone de política exterior alguna. Mientras estemos sometidos a las directrices que marcan ONU, OTAN y UE, España seguirá siendo una desgraciada nación con tendencias suicidas de desgarramiento, fragmentación y destrucción. Nuestra política nacional es la más deplorable muestra de una política ficticia que no es más que la gestión de nuestros recursos por unos "políticos" indígenas que, como cipayos, obran a manera de recaderos de extraños y hacen de capataces en una nación sierva, rendida a intereses extranjeros y siempre nocivos. Sería cuestión de abordar con más detenimiento lo que debiera ser una política exterior española, pero para eso habría que redondear la nación: no solo con la amistosa re-unificación de Portugal. Y para eso, puede que vaya siendo tarde: pues, si nos descuidamos, no habrá ni España.


BIBLIOGRAFÍA


Ernst Jünger, "Pasados los setenta I (1965-1970). Radiaciones", Tusquets Editores.

Juan Donoso Cortés, "Obras completas de Juan Donoso Cortés" (dos volúmenes), recopiladas y anotadas por el Dr. Don Juan Juretschke, Editorial Biblioteca de Autores Cristianos.


RAIGAMBRE