Sociedad Orgánica
Por Edward Minton
Reproducido con permiso de http://socialcredit.com.au/ .
¿Podemos redescubrirnos a nosotros mismos? ¿Podríamos entonces descubrirnos los unos a los otros? El tema de este ensayo es si estas cuestiones son tan disparatadas como pueden parecer a primera vista.
En épocas anteriores las culturas crecían lentamente a lo largo de siglos de mano de los individuos, actuando como individuos y en asociación con sus compañeros. Pocas vidas dejaban de contribuir a esto en alguna forma. Podía ser una palabra, una frase, una observación, una idea, o una técnica, método, finura o estilo en agricultura, realización de herramientas, labranza, vestido, canción, juego, o algún otro aspecto de la vida. Siempre era democrático en el sentido de que aquello que se contribuía permanecía, pero únicamente en la medida en que aquéllos que formaban parte de esa cultura eligieran mantenerla y adoptarla.
La cultura era orgánica; una destilación de aquello aportado por la gente viva por un tiempo.
Nunca era estática, no más que lo que la vida puede ser estática, sino que cambiaba, normalmente aunque no siempre de manera lenta, con la puesta en el punto de mira del mundo natural y de la naturaleza nuestra.
Eso cambió con una pérdida de inocencia. En lenguaje de hoy, cambió con la comprensión de que la gente puede ser artificialmente programada. Quizás esto sea más evidente en la práctica publicitaria. Una incesante repetición en todos los medios de comunicación durante dos años puede establecer el reconocimiento de una marca como si fuera un nombre familiar, aunque aquélla comenzara como una desconocida. No se cree que haya defensa alguna frente a esto, e innumerables miles de millones se gastan cada año sobre la base de que no la hay.
Si Poncio Pilatos hiciera su famosa pregunta “¿Qué es la verdad?” a los ejecutivos de la moderna publicidad, ellos solamente podrían contestar: “¡Aquello que se nos ha contado la mayoría de las veces!”
Los periódicos (y otros medios de comunicación) no están pensados para informarnos, para entretenernos, o para educarnos. Su intención es principalmente (y por tanto a menudo solamente) vender mercancías y, por supuesto, ganar sus comisiones por publicidad. Aquí no hay más que un ejemplo del esfuerzo por programar y capturar la cultura, en lugar de cultivarla y compartirla. Existen muchos más.
En el campo de la salud, la investigación del cáncer es un ejemplo de ello. El apoyo de millones de personas y organizaciones caritativas se canaliza, en medio de instancias y publicidades, hacia el descubrimiento de una cura. Toda investigación, sin embargo, se confina dentro de límites estrictos. A menos que la “cura” resulte ser una droga o procedimiento patentable, no podrá haber ningún retorno o beneficio sobre la inversión.
Las células cancerosas, por ejemplo, consumen dieciocho veces más azúcar que las células normales. Al menos una vez que se diagnostica el cáncer, parecería merecer la pena una investigación científica para reducir radicalmente el azúcar en la dieta así como aquéllos tipos de comida que el cuerpo humano puede convertir en azúcar. Esa investigación, sin embargo, nunca tendrá lugar excepto a un nivel alternativo o amateur. ¿Por qué? Porque incluso si se probara tener gran valor, y que trajera un beneficio para muchas vidas, no habría ninguna ganancia financiera para los investigadores. Es posible que ellos también hubieran echado su dinero por el desagüe; no hay ninguna cura patentable y vendible al final del túnel.
La investigación en salud tiene dirigida su prospectiva a la obtención principalmente de un resultado financiero, siendo el “resultado en salud”, hablando con optimismo, únicamente el medio para la obtención de aquél.
El medio ambiente constituye también un campo de batalla para la conquista de dólares. Cuando el movimiento medioambiental era minúsculo, aparecían en los principales medios de comunicación publicidades a toda página para la “Salvación de las Ballenas”. Salvar las ballenas es una cosa excelente, encomiable y sencillamente sensata, pero los anuncios eran pagados por las “Siete Hermanas” porque tenían un producto para reemplazar las aplicaciones especiales del aceite de ballena. Ese producto no podría competir, siendo más caro, hasta que las ballenas fueran “salvadas”.
Hace algunos años pasé unas pocas semanas en la compañía de un tal Geoff MacDonald en el suburbio de Footscray, en Melbourne; era un ex-comunista que se había criado en una familia comunista, y que pasó su juventud en el Movimiento de Juventudes Comunistas. A pesar de haber roto con el comunismo, se encontró con un camarada de su juventud (llamémosle Tom) en un bar de Melbourne. Intercambiaron noticias sobre sus vidas.
Tom había pasado una década en América y fue designado por el Partido para oponerse al uso de los químicos 24D y 245T, los famosos defoliantes de la Guerra de Vietnam. En los primeros años él y los suyos no consiguieron llegar a ninguna parte.
Entonces un compañero entró por su puerta, dijo que le gustaba lo que estaban haciendo, y dijo que él podría ser capaz de ayudar. Siete millones de dólares y varios años después descubrieron quien era él. Era de la Mafia. Los policías se desesperaban con los tribunales de justicia, y estaban echando en el aire 24D para rociar y destruir sus almacenes de drogas. La Mafia contraatacó usando a los “idiotas útiles” (en términos de Lenin) del Partido Comunista.
Aquéllos que están bien situados para importar y explotar el uso de madera barata producida por medio de una tala rasa en países medioambientalmente atrasados, siempre apoyan (léase, financian) y hacen campaña contra el medido y regulado aprovechamiento forestal en los países desarrollados. La competencia es un pecado. Incluso se ha de eliminar la tímida oposición de parte de producción hecha en áreas con salarios altos.
Hubo un tiempo en que allí donde vivía la gente se encontraba a poca distancia de la comida, fibras para tejidos y materiales para la construcción, de los cuales se aprovechaban para autosustentarse. El 90% de la gente vivía en aldeas, conocían a las otras familias que había en el área durante generaciones, eran en gran parte autosuficientes, y constituían de esta manera una sociedad muy orgánica. Hoy en día se estima que la comida que los americanos contemporáneos comen ha viajado, de media, más de 2,000 millas.
Durante siglos era difícil comunicarse con grandes números de gentes desde las áreas rurales, pero esto ya se ha terminado. Las modernas comunicaciones y transportes nos ponen en un grado tan estrecho de contacto a los unos con los otros como podamos desear, desde casi cualquier lugar. Así pues, ¿por qué estamos viviendo en grandes junglas urbanas congestionadas?
La excesiva urbanización no es el resultado de una elección pública, ni tampoco ha sido decretado por el gobierno. En esto, quien manda es la política y la práctica financieras. Es más difícil conseguir un préstamo para construir una casa en un área rural, y el tipo de interés es mayor que en una ciudad. El nivel general de los precios de las casas viene determinado totalmente por los bancos, por su propensión a prestarnos el dinero con el que cada uno pueda pujar por encima de los otros con ese dinero. Constrúyase una casa en la ciudad y otra idéntica en el campo, y la primera alcanzará el doble de precio que la segunda.
Hablamos de jardinería orgánica, de agricultura orgánica y de comida orgánica, pero quizás aquello de lo que más necesitados estamos es de una sociedad orgánica en la que vivir. ¿Cómo podríamos conseguir una sociedad orgánica? Una de las cosas que ciertamente implica es la de hacer que la descentralización de la decisión vuelva al individuo, de forma que las decisiones se hagan desde un punto de vista de aumento de la satisfacción humana en lugar desde el punto de vista de los resultados financieros.
Una de nuestras dificultades está en que la gente imagina que las grandes decisiones se hacen mediante votación. Así es, pero no ciertamente votando en favor de políticos. La votación realmente importante se hace por todos nosotros todos los días. Y, sí, hay elecciones todos los días en todas partes.
Existen dos tipos de papeletas electorales. Una se utiliza únicamente para realizar elecciones en política. La otra se utiliza para elegir cada día todos los productos y servicios de los cuales dependen nuestras vidas; por supuesto, estamos hablando del dinero. De las dos, la segunda normalmente es la que tiene más influencia, de ahí que estas elecciones nuestras con dinero merezcan una pequeña examinación.
Cuando trabajamos largo y duro, la mayoría de nosotros decimos que estamos haciendo dinero. Hacer dinero es un delito criminal. Lo que realmente estamos diciendo es que estamos adquiriendo dinero. Adquirimos dinero de otros, quienes a su vez lo adquirieron de otros, quienes lo obtuvieron de otros de nuevo, pero en alguna parte, en alguna parte del camino de vuelta, alguien lo hizo o fabricó. Y realmente quiero decir que lo hizo.
¡Oh! ¿Te refieres a la acuñación? ¡No, no me refiero a la acuñación! Solamente de un 2 a un 5% de todo el dinero se hace visible representándolo en forma de billetes y monedas. El 95% no es más que un registro contable. Un registro que aparece impreso en un estado de cuenta bancario o que se mantiene en forma de blips magnéticos en los ordenadores, y ni la acuñación ni el gobierno tienen que ver lo más mínimo con su creación o inicial asignación en la sociedad. Es un monopolio privado compartido por unas pocas entidades y, por supuesto, lleva consigo la capacidad de poseer y/o controlar todas y cada una de las cosas que están a la venta. Fue en este punto –el control privado centralizado de la creación de nuestra oferta monetaria– en donde la sociedad orgánica murió. No es mi intención tenerla en estado de R.I.P.
El 95% del dinero es creado por las entidades privadas, sin coste alguno en absoluto ya que no necesita estar visible, y lo hacen disponible para nosotros bajo la condición de que lo aceptemos como una deuda reembolsable y de que paguemos un interés, y, puesto que este es el verdadero origen de nuestras “papeletas” electorales económicas, ¿podemos realmente pretender sorprendernos de que no tengamos democracia económica? Tanto la risa como las lágrimas están completamente justificadas.
Pero algunos de nosotros, de pie en el frío amanecer de está luz que se despliega, sabemos que no hay nadie más. Sólo estamos nosotros y no tenemos –afortunadamente más aparente que realmente– nada. Poner fin al omnipotente monopolio de la creación de dinero no es algo que requiera héroes. Requiere tontos. Si tú eres uno, o piensas que podrías ser capaz de aprender para convertirte en uno, por favor da un paso adelante. Lo nuestro consiste en una vida dedicada a deshipnotizar en silencio y pacíficamente a nuestros compañeros para que despierten a una nueva era hacia la democracia económica. Puesto que no va a haber ninguna ganancia dineraria personal con inmediatez en todo esto, su condición o naturaleza cae dentro del orden de los tontos.
Los cambios que se necesitan para democratizar la emisión de dinero así como su distribución han sido desarrollados a lo largo de los últimos cien años, comenzando con C. H. Douglas en 1917. Aparece disponible en las librerías de www.socialcredit.com.au.
El mayor problema en la economía hoy día (2015) desde un punto de vista medioambiental y orgánico, radica en que está de tal modo construida que se ve obligada a crecer continuamente, o por el contrario caería en una recesión y en una drástica disfunción. Crecimiento, crecimiento y más crecimiento es innecesario en un mundo desarrollado en donde la capacidad productiva ya es suficiente para satisfacer todas las sensatas necesidades. La dificultad está en vender la producción, no en hacerla. Es un problema de distribución, y este problema es de carácter esencialmente financiero.
Si podemos asumir que hay en todo momento poder adquisitivo insuficiente en manos de los consumidores que les permita adquirir aquello que se les pone simultáneamente a la venta (existen pruebas disponibles de esto, pero no son para ser tratadas en este ensayo… véase la página web anteriormente citada), entonces los negocios se verán incapaces de vender una porción de su producto. Esto causará una contracción de la producción y el empleo, lo cual reduce el poder adquisitivo distribuido a través del empleo más todavía otra vez. Esto empeora la situación y trae otra contracción de dinero disponible para la compra de productos de consumo disponibles. En caso de no remediarse, este proceso continúa a través de las fases de recesión y después de depresión, hasta que la economía queda casi totalmente inoperable. Las consecuencias sociales de semejante estado son evidentes por sí mismas.
Solamente se han hecho en todo el tiempo dos sugerencias acerca de cómo solventar este dilema.
Una consiste en incrementar la oferta monetaria a través del incremento de deuda por los bancos. Esta emisión de dinero adicional puede ser para obras o servicios gubernamentales, producción de capital privado (ya sea para uso doméstico o exportación), o para préstamos al consumo. Estas deudas, pues, hacen crecer los impuestos futuros, fluyen dentro de los precios futuros, o incrementan los futuros reembolsos de las deudas privadas, respectivamente.
Aunque de manera temporal –hasta que llegue el futuro– el poder adquisitivo en manos de los consumidores se incrementa. Esto ocurre directamente en el caso de los préstamos al consumo, e indirectamente a partir de los sueldos, salarios, dividendos, comisiones, servicios prestados por contrata, etc., que fluyen como resultado a partir de los préstamos gubernamentales y comerciales. Después de que el futuro llega, los impuestos incrementados, los precios y los reembolsos ayudan a reducir el poder adquisitivo del consumidor en relación con la producción disponible. De esta forma, nos vemos obligados a entrar en la siguiente vuelta de la puerta giratoria –con el fin de que así no nos coja la recesión– demandando más deuda y más crecimiento innecesario para incrementar nuestra inmediata capacidad para comprar ahora.
La otra opción consiste en distribuir votos económicos (dinero) en la misma forma en que se distribuyen los votos políticos, esto es, libre de cargas y sobre la base de que todos obtengamos una parte igual, y en una cantidad igual a la deficiencia de poder adquisitivo existente al momento.
Este reempoderamiento de la elección individual constituye el camino para la democracia económica. Su tendencia a reducir progresivamente toda actividad inspirada únicamente por la coacción de expandir la oferta monetaria a través del crecimiento, así como a implicarnos menos en aquellas innecesarias actividades decretadas por la asignación del dinero a ellas por nuestros amos del sistema bancario, permitirá que la fuerza motora en la economía sea la nuestra de manera cada vez más creciente, y dirigida a la satisfacción humana.
El propósito de la sociedad orgánica es una creciente eficiencia en términos de satisfacción humana.
Fuente: CLIFFORD HUGH DOUGLAS INSTITUTE
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