La historia interminable
Juan Manuel de Prada
¡Cuántas veces habremos oído asegurar que el auge de las nuevas formaciones --los Emos y los Anos-- acabaría con los chantajes nacionalistas! Tantas que los ilusos llegaron a pensar (risum teneatis) que, gracias a estas marcas blancas urdidas por el sistema, se podría gobernar «sin hipotecas». Pero lo cierto es que las nuevas formaciones no han venido sino a perpetuar la precariedad política; o, dicho más exactamente, para agravarla, atomizando el voto y privilegiando el llamado «consenso», que es el punto de encuentro de la gente sin principios.
Y el «consenso», para mantener viva entre las masas la ilusión de la demogresca, necesita de altavoces diversos y fingidamente adversos. El sistema decidió, en primer lugar, recuperar a los desafectos del negociado de izquierdas que llevaban décadas votando a piñón fijo a los socialistas, que a la vez que les daba alegrías de entrepierna los iba empujando irremediablemente a la miseria. Para evitar que esa marea de desafectos se echase al monte se facilitó la emergencia de Podemos, que capitalizando primero los fervores demagógicos nacidos al calor del 15-M y adoptando luego un discurso muy calculadamente ambiguo (aunque, por supuesto, manteniendo su odio teológico, que es el único extremismo que el sistema admite) logró constituirse en una marca blanca capaz de aglutinar el voto de los izquierdistas desafectos. El posterior encumbramiento de Pedro Sánchez, un figurín que convierte a Zapatero en un estadista prócer, terminó de enterrar las posibilidades de los socialistas, que ahora tendrán que mancomunarse con los Emos para poder seguir repartiendo alegrías de entrepierna y extendiendo la miseria (en lo que los Emos amenazan con sobrepujarlos).
Entretanto, en el negociado de derechas, el desgaste de los populares resultaba más que evidente. Un desgaste que se explica, sobre todo, en el error cenital del gobierno de Rajoy, que no fue la corrupción (como los loritos de las tertulietas pretenden), sino la obsesión en centrar toda su acción política en la (discutible) superación de la crisis económica, pisoteando los principios que había prometido defender. Pero esos principios, por tener un (siquiera brumoso) fondo de inspiración cristiana, eran precisamente los que el sistema deseaba a toda costa enterrar. Y para asegurarse de que tales principios no fuesen defendidos por nadie, el sistema se las ingenió perversamente para aupar un «Podemos de derechas» que, a la vez que engolosinase a los votantes más primarios de la derecha con un discurso de patrioterismo aspaventero, los fuese apartando de los principios que sus ancestros habían defendido, incluso con el derramamiento de su sangre. Este «Podemos de derechas», formado con retales de las tertulietas televisivas, ha cumplido a la perfección la misión para la que fue aupado por el sistema, consiguiendo una mayor entrega (¡todavía!) de la derecha a los postulados del progresismo e invirtiendo por completo el sentido del descontento que los populares habían generado. Pues un descontento nacido de las tibiezas y claudicaciones de la derecha ante el progresismo se ha traducido, absurdamente, en un escoramiento mayor de la derecha hacia el progresismo.
Y todo ello, además, logrando sumas insuficientes, precarias, que hacen necesaria la búsqueda de «consensos» con fuerzas periféricas que anhelan (¡todavía más que las centralistas!) la destrucción de la patria. La vieja, archisabida, interminable historia de siempre.
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