LOS DECENTES, por Juan Manuel de Prada
(Publicado en ABC)
En un sainete de Arniches, un personaje se encaraba con el protagonista y le soltaba: “Pero, vamos a ver, ¿es usted una persona decente o un sinvergüenza?”. A lo que el interpelado contestaba tan tranquilo: “Pues, señor mío, un poco de cada cosa, como todo el mundo”. Pero esto ocurría en una España teológica que al menos leía el catecismo, donde se explica que el pecado original es lo único que iguala a todos los hombres. Aquella España ya está muerta y enterrada; y ha venido a sustituirla la España democrática, que es una España sin teología y tan maniática de la igualdad como el jorobado Fontova («¡Igualdad!, oigo gritar / al jorobado Fontova. / Y me pongo a preguntar: / ¿Querrá verse sin joroba / o nos querrá jorobar?»), que sin embargo no reconoce ni a tiros la existencia del pecado original. En la España democrática, el bobo quiere ser igual que el listo; y como, además, el bobo ignora por falta de lecturas la existencia del pecado original, pretende presumir puritanamente de decente, sin admitir ni una raspa de sinvergonzonería. Esto es lo que le ocurre al figurín Pedro Sánchez, que en la España teológica no habría servido ni para bobo de sainete, pero que en la España democrática se ha encumbrado como arráez de partido (para llevarlo al naufragio), después de andar gulusmeando corticoles por los platós televisivos. Pero, en la España democrática, un figurín que ha gulusmeado corticoles puede sin rebozo tildar de indecente y acusar de gulusmear sobres a un dontancredo, consiguiendo además que el dontancredo abandone su pose de piedra pómez y se encrespe. Resulta, en verdad, conmovedor que en una España donde los cuatro pecados que claman al cielo (¡a leer el catecismo, coño!) se perpetran a porrillo y con todas las indulgencias democráticas, gulusmear sobres parezca indecente, a los ojos de las masas cretinizadas y televidentes. Con razón nos advertía Pemán que la definición de “decencia”, en todas sus acepciones, parece más bien la definición de “hipocresía”; pues todo lo que en ellas se designa, a pesar de la sonoridad ética de los términos, es un conjunto de apariencias y relatividades, de conveniencias, composturas y adornos.
Decía Cela que “el decente es igual que el indecente, pero peinado a raya”. De modo que, para convertir al dontrancredo Rajoy en ese hombre indecente que pretende el decentísimo figurín Sánchez, había que dejarlo sin peinado a raya. ¿Y qué mejor modo de despeinarlo que sacudirle un buen trompazo? Si un tremendo demócrata como el figurín Sánchez se atrevió a tildar de indecente a Rajoy, ¿por qué no va a atreverse un demócrata tremendista a sacudirle un trompazo, para castigar su indecencia? Lo más aleccionador del caso es que el demócrata tremendista que atizó a Rajoy es un hijo de burgueses (¡puede que hasta emparentados con su víctima!), que ha ido acumulando ese resentimiento idiota propio de los niños pijos alimentados a las ubres igualitarias de doña Democracia, que con una tetica consigue que el pobre, por envidia, engendre resentimiento contra el rico; mientras que con la otra tetica consigue que el rico, por vergüenza de no ser pobre, engendre resentimiento contra sí mismo. Sólo que si el demócrata es cobarde, como le ocurría a este niño pijo, en lugar de cultivar remordimientos o pegarse un tiro le atiza un trompazo a Rajoy, pues ha oído que es un indecente. A la postre, este niño pijo nos confirma lo que ya nos enseñase Dostoievski en "Los demonios": el nihilismo violento es el hijo malcriado de la democracia liberal, que por no reconocer el pecado original se acaba convirtiendo en una olla podrida donde, muy decentemente, bullen todos los pecados que claman al cielo.
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