Fuente: ¿Qué Pasa?, 24 de Junio de 1972, página 15.
Bien están las concentraciones; pero, “¡Politique d´Abord!”
Por J. Ulibarri
El día 30 de mayo pasado se han reunido en el parque del Retiro de Madrid unas 50.000 personas en un acto piadoso y cívico de oración y protesta contra la creciente ola de pornografía, erotismo y males semejantes que nos invade. Es un número de asistentes que, sin alcanzar el esplendor de las recientes concentraciones de la plaza de Oriente, sí es suficiente para confirmar una vez más que el pueblo sigue siendo católico y que lo que le faltan son dirigentes.
Detalles aparte, este acto me parece muy bien, por lo que luego explicaré. Sólo que es incompleto y secundario, que es como decir doblemente insuficiente. Este artículo pretende señalar lo que le precede en un orden de eficacia, y en todo caso es su complemento imprescindible. Cuanto seguirá es igualmente aplicable a la abortada campaña antiabortiva del doctor Soroa, ya comentada en ¿QUÉ PASA? (13-V-72). Después hemos leído en «Fuerza Nueva» (27-V-72) al propio doctor Soroa quejarse extensamente de que ha padecido una gran falta de apoyo.
Los participantes en esta clase de actos y de campañas se podrían encuadrar en lo que San Ignacio llama hombres del segundo binario. En su libro de los Ejercicios Espirituales propone la meditación de los Tres Binarios o grupos de hombres que reaccionan de distinta manera ante un mismo problema, a saber: Cómo solucionar el impedimento que es para sus relaciones con Dios, que desean buenas, una cosa mal adquirida. Los del segundo binario son los que quieren arreglar la situación, pero quedándose con la cosa; quieren el fin, sí, pero no quieren los medios adecuados y directos, sino otros más cómodos pero menos eficaces, si bien disimulan y compensan el mal. Decía el famoso padre Laburu que muchos enfermos están en este segundo grupo porque quieren curarse, sí, pero no como les dicen los médicos, sino a su estilo.
Acuso amistosamente a esos protestantes contra el erotismo de estar en ese segundo binario. Porque, concretando, resulta que quieren acabar, sí, con el erotismo y las malas costumbres, pero quedándose con la libertad de cultos y la separación de la Iglesia y del Estado, que son las causas principales del mal, y para eludir el enfrentamiento con este meollo de la cuestión, inventan estas protestas domésticas que ni rozan a los enemigos. Es decisivo en toda clase de cuestiones centrar bien el problema; identificar qué es lo esencial y qué lo accidental. Si no se hace así, viene en seguida la reprimenda de San Agustín: «Bene curris, sed extra viam»; «corres muy bien, pero fuera del camino».
A finales del siglo XIX los católicos franceses estaban exhaustos y vencidos en su lucha contra su Revolución de 1789. León XIII les estaba invitando al «ralliement», es decir, a aceptar las reglas del juego político democrático y neutral de la República anticristiana para intentar algo desde dentro, por la buenas. Por supuesto que el proyecto era unilateral, exclusivamente vaticano; la República y sus hombres rechazaban a priori, desde su misma esencia, cualquier entendimiento con los católicos. Lo inviable del proyecto se tradujo en la práctica en el abandono por los católicos de sus pretensiones políticas y en que se refugiaran en un espíritu de «ghetto» aún menos fecundo que su conducta anterior. De hecho, el episodio llevó a la adopción en la práctica (aceptemos la redundancia para evitar disquisiciones teóricas) de un espíritu similar al de la concentración del Retiro del otro día, es decir, al error de pretender configurar una situación pública, colectiva, por medios distintos de los políticos.
Así estaban las cosas cuando surgió, arrollador, el movimiento de Acción Francesa. Uno de sus dirigentes, Carlos Maurras, lanzó su famosa consigna de «¡Politique d´Abord!», es decir, «en primer lugar, la política». Hay que precisar que ese lema no reclamaba para la política una prioridad ontológica, sino, menos pretenciosamente, una prioridad meramente cronológica en [el] orden de operaciones para [a]liviar al país. Este grito exaltado para la reconstrucción de Francia hizo caer de los ojos de los mejores católicos la venda del colaboracionismo o «ralliement», y se trasladaron en masa, de las asociaciones piadosas a la Juventud de Acción Francesa. No pocos celos levantó este éxodo entre parte del clero, que se encontró abandonado y desasistido, incapaz de sostener solo la vida de sus cofradías. Estos sentimientos humanamente explicables no faltaron en la conjura que, con otros factores que se fueron involucrando, hirió después tan gravemente a la Acción Francesa.
Durante la segunda República española vimos un proceso semejante. Se había formado con gran éxito la Asociación de Estudiantes Católicos; pero a medida que la situación política empeoraba para la Iglesia, en lo cual tenía su parte de responsabilidad la equivocada táctica de dicha asociación, los mejores de sus socios se pasaron a organizaciones políticas combatientes, y el 18 de julio estaba prácticamente extinta.
Quiero decir que, frente al erotismo público, política, política y política. Los medios sobrenaturales que se movilicen, la misericordia de Dios que se atraiga, actuarán normalmente por las vías de las causas segundas, que en esto son políticas. En un orden natural, cuyo descuido será heterodoxia, donde hay que dar la cara a la inmoralidad mientras el Estado sea católico, no es en el Retiro, sino en el Juzgado de guardia. Como esto es pesado y complicado para el ciudadano corriente, buena cosa sería que las asociaciones piadosas que han convergido en el acto del Retiro montaran unas asesorías jurídicas para ayudar a los particulares en la formulación de las denuncias y en su promoción y seguimiento.
Y si alguna vez el Estado dejara de ser católico, lo que tendríamos que hacer, mucho antes y mejor que esas concentraciones, sería aprestarnos a su reconquista.
Nada de lo dicho frena un mesurado aplauso a esas concentraciones y campañas. Porque la acción política de cualquier Estado necesita, más o menos, pero siempre, un mínimo de ambiente, de calor popular que los clásicos llaman «consensus». Sin él las leyes vigentes van cayendo en desuso, que es lo que puede pasar con las nuestras, excelentes, relativas a la represión de la inmoralidad. Los tratadistas de derecho público cristiano dicen que las autoridades tienen derecho a palpar ese «consensus» antes de actuar. Este ambiente se hace y se mantiene con actos como el que nos ocupa. Debemos, pues, multiplicarlos, pero con la intención de prolongarlos hasta la petición a las autoridades de que completen ellas el «consensus» que nosotros creamos para ofrecérselo. Debemos vigilar, y en su caso denunciar, que la prudencia santa de cualquier autoridad de comprobar un «consensus» previo no degenere en una falsa prudencia de la carne impía y cobarde que lleve a condicionar su actuación a la presencia de «consensus» innecesaria y exageradamente grandes. La magnitud del «consensus» es inversamente proporcional al entusiasmo y convicción de los que mandan.
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