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Tema: Crónica de la gira por el Reino de Valencia del entonces Regente Don Javier (1951)

  1. #1
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    Crónica de la gira por el Reino de Valencia del entonces Regente Don Javier (1951)

    En 1951 el entonces Príncipe Regente Don Javier, acompañado de su hija mayor Doña María Francisca, realizó una gira por los diferentes y variados pueblos o naciones españolas de la Península, recibiendo una calurosa y multitudinaria acogida en todos los municipios por donde pasaba.

    La crónica de su paso por las tierras del Reino de Valencia fue recogida en un folleto impreso para la ocasión, del cual dejo seguidamente una copia:

    Crónica del viaje a Valencia de Don Javier (1951).pdf


    En mensaje aparte reproduzco el interesante artículo socio-político que aparece en las páginas finales de dicho folleto.

  2. #2
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Re: Crónica de la gira por el Reino de Valencia del entonces Regente Don Javier (1951

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    Fuente: Crónica del viaje a Valencia de S. A. R. el Príncipe Regente D. Francisco Javier de Borbón y Braganza, 25-28 Noviembre 1951, Tipografía Tradicionalista, Bilbao, 1951, páginas 27 – 28.




    Cayó la monarquía liberal víctima de su incompatibilidad con la naturaleza y la Historia de los españoles. Nacida en los avatares de una invasión que sembró de larvas masónicas el suelo patrio, acusó en seguida su maleficio eclipsando el sol de España en las Indias y alumbrando la Península con la tea incendiaria de la discordia.

    Mecida al compás de las cuarteladas y los motines; «convertida la política –al decir del Conde de Romanones– en una verdadera pelea de gallos dentro de un circo»; expatriada por una sublevación militar, y restaurada por un pronunciamiento, hizo apurar a los españoles la copa de la amargura cuando la vieron malbaratar, por un puñado de monedas, las últimas perlas de su Corona.

    Bajo el régimen liberal, España agonizaba, «no tenía pulso», según un conspicuo del régimen; y, en frase de Ortega y Gasset, «Restauración y Regencia representan la hora de mayor declinación en los destinos étnicos de España».

    Un siglo de desesperados esfuerzos, de buenas voluntades, y aun de personales virtudes, no lograron redimir a la monarquía liberal de su vicio de origen, ni arraigarla en el suelo de España.

    Cuando Isabel II huyó de San Sebastián a Francia el día 30 de Septiembre de 1868, cuenta un historiador contemporáneo que exclamó: «Creí tener más raíces en este país», al ver la indiferencia con que el pueblo la vio partir; y el Duque de Maura, refiriéndose a la salida de España de Alfonso XIII en Abril de 1931, declara: «Que era verdad de Evangelio que este Príncipe no contaba con el amor de su pueblo… que fue la casi totalidad del pueblo español quien le repudió».

    Así, repudiada por el pueblo español, sin el honor de los vencidos en el campo de batalla, sin la aureola del martirio, y sin que ni aun los cuerpos armados que habían jurado sus banderas rompieran una sola lanza en su honor, cayó, al cabo, definitivamente, la monarquía de Sagunto, de Alcolea, del Cuartel de San Gil, de Cabezas de San Juan, del Motín de la Granja, y del Tratado de París de 1898.

    Sobre su sepultura no se depositaron más flores que las no muy copiosas ni lozanas de algunas gratitudes y nostalgias palaciegas. Luego… ni la serena luz del crepuscular destierro, ni la terrible lección de una cruenta experiencia, ni siquiera las abiertas heridas en la propia carne, dan el menor pábulo a la esperanza de una rectificación y una enmienda, porque ciertamente «a quien Dios quiere perder, antes le ciega».

    Cuando ondeó después sobre los regios alcázares la enseña tricolor, se estremecieron los españoles de indignación y de pavor al contemplar una gran bandada de buitres que posaron sus garras hediondas sobre las cruces de los campanarios, y, abriendo luego sus tenebrosas alas, se lanzaron como furias infernales sobre los vasos sagrados y las imágenes santas, hincando sus picos y sus uñas en los ministros del Altar y en las vírgenes de los claustros… contemplando a la Península toda convertida en una ciénaga en que pululaban a su antojo las sabandijas y los reptiles, los lobos y los chacales.

    Apostasía y vileza, indignidad y corrupción, o destierro, presidio y muerte, fueron las alternativas que la Segunda República brindó a los españoles. ¡O rebelión y victoria!, que gritaron de consuno los Requetés y el Ejército. Y los Requetés, que para muchos estaban muertos, y el Ejército, que realmente estaba triturado, obraron el prodigio de resucitar a España, acabando para siempre con tan tremenda pesadilla.

    Vidas y haciendas fueron generosamente ofrecidas en holocausto en el altar de la Patria. Codo con codo lucharon en las trincheras todos los españoles honrados, y en las cárceles, en los suplicios, y en el destierro, departieron en común sus privaciones y sus lágrimas, y también sus esperanzas. A todos les unía un vehemente afán de liberación religiosa, civil y ciudadana; pero a los Requetés cupo la gloria de enarbolar en Navarra la bandera roja y gualda, como enarbolara Pelayo en Covadonga el pendón de la Reconquista, convirtiéndose ellos entonces en el guion de la Epopeya, dándole un significado político y una finalidad inconfundible. Ellos empaparon aquella bandera hasta hacerla chorrear con la sangre de sus adolescentes, sus hombres y sus viejos, para que esa finalidad no pudiera ser dudosa ni jamás mixtificada ni eludida.

    España recobró la paz y la dignidad, pero permanece envuelta en una atmósfera política de vacío semiabsoluto. Los luceros refulgentes que antaño había soñado una generosa juventud henchida de ilusiones, apenas despiden de tarde en tarde pálidos resplandores. Una constelación poderosa de signo contrario a los luceros, presidida por Marte y por Mercurio, brilla ahora en el cielo de España, brindando dádivas y beneficios… y detrás, la vieja y torva Media Luna, secular enemiga de la Cruz, con afeites de doncella y galas de novia, titila sus cuernos plateados entre brumas de incienso y arrullos de tórtolo.

    Se vive alborozadamente en una pródiga interinidad, que se prolonga con afán, día tras día, como un alegre asueto, sin considerar cuán peligrosa puede ser una interinidad política que olvide que las instituciones políticas fundamentales son tan indispensables a una nación como el agua y el pan a sus habitantes, y no aproveche su tiempo, y las fortuitas y favorables circunstancias que la engendraron, para abrir siquiera los sólidos cimientos de una situación política estable.

    Las desastrosas e inmediatas consecuencias de la Dictadura del General Primo de Rivera, tan benévola y patriótica, y tan fecunda en realizaciones económicas como carente de contenido político y de previsión, están aún a nuestra vista.

    Resueltas parecen hoy las angustiosas crisis pasadas, pero uno u otro día Dios llamará a su seno al hombre en cuyas manos pusieron los hados los destinos de España; porque no hay criatura humana pequeña, grande o mediocre que no dé con sus huesos en la tumba, y entonces… ni los moribundos luceros, ni los astros resplandecientes, podrán impedir el cataclismo, si una previsión inteligente no ha preparado con tiempo los caminos del retorno de España a su ser y esencia tradicionales, del reintegro del Estado a las instituciones políticas, económicas y sociales que la experiencia de los siglos y las lecciones de la Historia adaptaron a la medida y patrón de los españoles, haciéndoles grandes y respetados en el mundo; y si no se restituye, finalmente, a la Monarquía legítima, la Corona que alevosamente le robaron la francmasonería y el liberalismo.

    Restitución ineludible y obligatoria para toda conciencia honrada, que, mientras no se realice, habrá de atraer sobre los culpables las iras del Cielo, la aversión de los españoles, y el baldón de la Historia.

    Restitución bien ganada y merecida por esa Monarquía insobornable que, en ciento veinte años de destierro, con el corazón y los ojos fijos en España, ha sabido mantener la dignidad y el prestigio de la Realeza, ajena a todas las confabulaciones e intrigas, a todas las claudicaciones y debilidades; restitución a una Monarquía que rehusó, precisamente, la Corona, por no desmentir, siquiera transitoriamente, sus principios, y que, única en el orbe, proclamó su fe católica en el Congreso antimasónico de Trento; que, con desdén de absolutistas y paganas regalías, ha jurado reiteradamente la observancia y respeto a las antiguas libertades, costumbres, fueros, privilegios, usos y exenciones de los pueblos todos, reinos, principados y señoríos de España; a una Monarquía que, traicionada, pero no vencida, salió de España, según palabras del liberal Pirala, «entre los vítores y aclamaciones que ahogaban los sonidos de las trompetas y clarines que tocaban la Marcha Real, entre las lágrimas y los sollozos que ahogaban las aclamaciones»; a una Monarquía por la cual nuestros padres y abuelos vertieron ríos de sangre y sacrificaron montañas de caudales, por la cual los Requetés, en la última campaña, ofrendaron más de ochenta mil vidas; restitución a una Monarquía representada hoy por un Príncipe que es la admiración de Europa por su saber y su prudencia, el hijo predilecto del Pontífice por su piedad y sus virtudes, y que cuenta en el corazón de cientos de miles de españoles con un altar y una fortaleza.


    * * *


    A los poderes públicos pedimos libertad para esta propaganda. No vamos contra ellos. ¿Será acaso ir contra ellos el que los Requetés de 1936, aun sobrevivientes, tremolen sus banderas?

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