En el anterior artículo intentamos dar una explicación acerca de la falsedad del mito autoctonista sobre nuestro origen como pueblo, en éste nos proponemos, en la medida de nuestras posibilidades, desmontar lo que podríamos denominar como el mito de la herencia árabe. Éste es en el fondo una variedad del mito autoctonista estricto, que como explicamos mantiene la creencia de que los valencianos ya formaban un pueblo antes incluso de la conquista de Roma y que iría superando a los distintos dominadores a lo largo de la historia (romanos, visigodos, árabes, catalanoaragoneses) hasta la actualidad de manera relativamente pura. Hemos de tener en cuenta esta teoría acientífica en tanto que forma el núcleo duro de la ideología blavera y en este sentido es necesario para los creyentes de esta ideología, la creencia mágica en la no catalanidad original de los valencianos medievales y de su idioma, para ello nada mejor que creer como dogma de fe en el mito autoctonista. Tengamos claro que a nivel político son los propagadores de este mito los que detentan el poder, y lo que es peor, son los que van a detentarlo en los próximos años, con la consiguiente divulgación de estas teorías mediante libros, conferencias, etc.
A nivel universitario y de historiadores serios, como es lógico, estas teorías no se las tiene en cuenta.
Pues bien, el mito de la herencia árabe es probablemente menos defendido por la ideología blavera, aunque hay personas y teorías para todos los gustos como veremos más adelante. El hecho de la no defensa de una excesiva herencia árabe viene dado porque dentro de los más preparados de los ideólogos blaveros existe la tendencia a una defensa de la teoría tradicionalista referente a la historia del Islam en España que reivindica el hispanismo u occidentalismo de los habitantes musulmanes de la península durante la Edad Media. Este mito está quizás más arraigado a nivel popular.
El mito de la herencia árabe afirmaría que los valencianos actuales somos un poco moros, que descendemos de moros, o que en el fondo somos moros hasta la médula. Por ello, se supone, que nuestras costumbres, nuestra forma de ser, como trabajamos o actuamos a nivel festivo nos viene dado por nuestra herencia árabe. En este sentido no tendríamos nada que ver con nuestros vecinos del norte, los catalanes, puesto que al descender en gran medida de moros nos diferenciamos de ellos claramente y esto es lo que más atrae a la ideología blavera. El tristemente famoso “abans moros que catalans” se hace realidad al intentar estructurar este mito, aunque curiosamente ya en este dicho existe una cierta actitud peyorativa con respecto a la idea del moro. El origen de éste es posible encontrarlo a finales del siglo pasado y a principios del actual, enlazándose en buena medida con la creencia en una época dorada en estas tierras anterior a la conquista y colonización, época donde reyes cultísimos y elegantes vivían en palacios maravillosos protegiendo las artes, la poesía, la filosofía y las ciencias, tiempos donde reinaba la tolerancia y donde el país era todo un jardín próspero, urbanizado y elegante donde la gente vivía feliz, donde todos eran limpios, vestían elegantemente y se pasaban el día escribiendo o recitando poesías entre baño y baño en agua perfumada.
Es posible que esta forma de ver la historia tuviese su origen en la ideología blasquista de principios de siglo. Como un dato cuando menos a tener en cuenta habría que observar la relación estrecha de muchos de los miembros de los partidos blasquistas con la masonería y por lo tanto por aquí podría venir la fobia anticristiana y antitradicional europea que representarían en sí la figura de los conquistadores medievales, incluso hoy en día es bien notoria la estrecha relación de organizaciones “filantrópicas” como el Club de los Rotarios con los más rancio de alta burguesía, empresarios y dirigentes o ideólogos del blaverismo.
Son varios los textos que se pueden encontrar en diarios republicanos de ideología blasquista. Como ejemplo reproduciremos una parte de uno aparecido en el diario El Pueblo titulado “La lepra catalanista” decía así: “Valencia... ha sido siempre menospreciada y vejada por Barcelona, desde que nos conquistó un rey clerical, supersticioso y sucio, que aniquiló la civilización árabe en nuestra tierra, rica, científica, tolerante, rica en principios de cultura, poética y soñadora, para sustituirla por una dominación sanguinaria e inquisitorial”. Toda una joya de la fobia antieuropea y prosemita sustentada por estos masoquistas/blasquistas. Como diría Joan F. Mira “No es pot demanar més. I encara dura: en llibres, en pel.licules, en articles de premsa, i en una certa fascinació permanent. Els moros eren nets i els cristians bruts, els moros cultes i els cristians ignorants, els moros avançats i els cristians endarrerits, els moros delicats y els cristians bésties, i etcètera. És una llastima, i una forma de masoquisme històric: perquè “els cristians” som nosaltres. Nosaltres, els valencians: nosaltres, els europeus. I que hi farem si no venim dels conquistats sinó dels conquistadors, no del l’islam del sud sino de la cristiandat del nord. Com els catalans de Lleida i de Tortosa i com els mallorquins, com els aragonesos de la vall de l’Ebre i de Terol”.
Es posible encontrar actualmente escritos en los que se une la fobia antinórdica al filosemitismo más irracional, construyendo teorías de historia ficción de tal magnitud que sólo nos producirían risa a no ser que libros en los que se exponen semejantes teorías están prologados y/o subvencionados por los miembros del actual partido gobernante en nuestra tierra. Como muestra extraeremos un texto del libro Valencians front al Catalanisme de Manuel Zarzo prologado por Carles Recio, presidente de un instituto de estudios “valencianista” y que se ha atrevido a decir en una artículo reciente que la victoria de Zaplana y del PP en la Comunidad Valenciana representa la victoria del “nacionalismo valencianista del siglo XXI” (suponemos que espera recibir buenas subvenciones, de lo contrario no entendemos que se pueda decir semejante tontería). Es realmente increíble lo que se llega a defender, veamos:
“Es del sur que arriba la llengua a Catalunya i no del nort. El rei Al-Balanci (el valencià) en el segon intent de conquista de les terres mes amunt de l’Ebre, diu l’historia, conquista terres fins a Poitiers. Per tant son els moros valencians que tiren fora de Catalunya, del sur de França, fins a la mateixa frontera d’Alemania, als cristians preminents d’eixes terres, que s’exilien al nort de França i en la mateixa Alemania.
La reconquista, que es tornar a conquistar allo que s’ha perdut, fa que els exiliats catalans tornen a les seues terres. I eixos catalans conquistaren Girona i s’assentaren en ella casi un sigle. Pero dels tres sigles que han estat en França i Alemania els ha quedat el so dur del parlar alema i porten algunes paraules franceses. D’eixes es poden destacar “sortir”, “noi”, la negacio francesa “no... pas”, etc.
I despres de casi un sigle en Girona fan la conquista de Barcelona. El parlar barceloní ya es manco dur que el gironi. Ya s’ha diluit un poc l’accent dur ya que no son els propis retornats, sino els seus fills que han naixcut en terres de Girona els qui, en barrejar-se en el parlar mes dolç dels habitants de Barcelona, fan que ixca un llenguage barrejat que no es tan dur.
¿Qué passa despres en la llengua que es parla en Lleida i en Tarragona? Son terres que no son reconquistades pels catalans, sino pels aragonesos. L’aragones no lluita contra el moro per a apropiar-se del seu territori, sino per a alluntar-lo de les fronteres d’Arago. Lluita, derrota i torna a sa casa. No deixa la llengua ni part d’ella mai, perque no es queda en el lloc conquistar al moro. Per aixo, a lo llarc des sigles següents, Lleida i Tarragona continuen parlant d’una atra manera que els catalans de Girona i Barcelona.
¿I qué es lo que es parla en Lleida i Tarragona? Simplement el valencià, llengua naixcuda del “vulgo llati” dels habitants de l’Hispania Romana, transformada pels arabics en terres valencianes. I eixa es la llengua que els valencians porten a Catalunya en la conquista dels arabics valencians ad eixes terres”.
Si todavía no se ha caído de la silla nuestro estimado lector, prepárese a leer la prueba definitiva que confirma que la lengua hablada en Tarragona y Lleida es la lengua enseñada por los “árabes valencianos”.
“Hi ha un cas molt clar d’eixa realitat. Les torres humanes que des de temps immemorials son fetes en Valls (Tarragona) pels habitants d’eixe poble, porten el nom encara a hores d’ara dels homens que les fan i els diuen “els chiquets de Valls”. Chiquets i no “nois”.
Es mes posible que el valencià siga la llengua mare i el catala de Lleida i Tarragona una modalitat dialectal d’ell, com el Barceloni i el Gironi. I si la mare es la que dona nom al fill, jamai al contrari, si tinguera que haver alguna vegada una unitat idiomatica per igualment de les llengües en el curs dels anys, la llengua comu tindria que portar un sol nom per dret d’antiguetat: llengua valenciana.”
Toda una lección de historia y filología. Ahora resulta que el catalán que hablan los habitantes de Lleida y Tarragona es un dialecto de la lengua que hablaban los musulmanes prejaumines, y que el catalán de Barcelona y Girona también, pero matizado por los trescientos años en que los catalanes expulsados de su tierra por Al-Balanci permanecieron en Francia y Alemania. Un ejemplo claro de historia ficción.
En otro nivel podemos decir que parte del mito de la herencia árabe puede remontarse al siglo XIX proveniente de un folklorismo local promovido por ciertos autores populares de la Restauración y que todavía perdura en medios poco ilustrados y populares, estos autores propagarían la idea de que visitando la huerta valenciana se podía encontrar con un cuadro etnográfico puramente islámico. Els saraguells o pantalones cortos, la manta con un pliege cosido que hace las veces de capucha, los nombres de algunos de los instrumentos y hasta cierto aire físico existente en algunos de nuestros labradores, sobre todo en aquellos más delgados y morenos o cierta belleza que podría apreciarse en la mirada y el cuerpo de algunas de las mujeres de la huerta valenciana vienen de nuestra herencia árabe, se supondría que el color de pelo y ojos oscuros vendrían de la huella dejada por los árabes, cuando de hecho, el tener el color del pelo y los ojos oscuros es más bien en nuestra península ibérica herencia de la raza mediterránea occidental considerada como una raza europea que se puede incluso encontrar en países como Gales o sur de Inglaterra, aunque abunde más en Italia, sur de Francia y en nuestra península. También se podría decir que no sólo existe gente morena en la huerta de valenciana, fue M. Bañuelos, autor del libro “Antropología actual de los españoles”, quien dijo que “es bien frecuente que recorriendo la huerta de Valencia, se encuentren rubios y rubias de extraordinaria belleza”, este dato no debe sorprender puesto que incluso Blasco Ibáñez en sus primeros ensayos costumbristas, incidirá sobre la rubeidad y blanca tez de las muchachas de la huerta de Valencia. Teófilo Gutier, que hacia 1840, después de referirse a los labradores de la Huerta escribía: “las mujeres, pálidas y rubias como las venecianas, tienen en los labios una sonrisa triste, y en la mirada, suaves rayos azules” o también Carlos Dembowski, tras hablar de los recios huertanos que vio en Valencia, añadía: “en contraste, (a los rudos labradores valencianos), cuya apreciación dejo a los psicólogos, sus mujeres son tan dulces y tan rubias que, sin la peineta –peine alto de plata sobredorada que se colocan coquetonamente en el pelo-, diríase que eran verdaderas alemanas”. “Porque, contra lo que pudiera creerse por una deducción ligera, en la Huerta de Valencia abunda el tipo de mujer rubia y también el de la pelirroja”, terminaría afirmando Almela y Vives. En nuestra personal experiencia podemos decir que es cierto que en la Huerta valenciana es posible encontrar numerosos ejemplos de mujeres rubias y/o de tez muy clara, aunque el tipo predominante es el Mediterráneo en su variedad Atlanto-Mediterránea (variedad más alta en general que la Ibero-insular o Grácil). Estas observaciones están confirmadas por los estudios de antropología física, tanto es así que en el trabajo antropológico hecho por T. de Aranzadi De antropología de España da unos datos interesantes y que tal vez ayuden a desmitificar ciertas ideas, por ejemplo comenta que “La combinación de abundancia de piel morena y escacez de cabello rubio se da principalmente en la frontera portuguesa, con alguna menor intensidad en Castilla la Vieja y la Mancha; la escacez de piel morena y abundancia de rubios se da en la costa levantina; Santander y algunas provincias meridionales”. Refiriéndose a Castellón y Alicante comenta que “Estas dos provincias son las más escasas en hombres de piel morena, entre todas las de España, según la estadística del señor Sánchez, y la de Valencia tiene menos que el término medio español; –este termino medio es de un 45,7 por ciento y aparecen como provincias extremas Alicante con 25 por ciento y Zamora con 73 por ciento – no por abundancia de pálidos, sino más bien de sanguíneos”. En cuanto a color de ojos garzos nos dice que Valencia alcanza el término medio español y las otras dos provincias están muy cercanas a este valor, considerado como de un 17,6 por ciento. De hecho la provincia de Castellón quedaría incluida dentro del grupo de provincias españolas donde más abundan los individuos de cabellos rubios y los ojos claros ya que afirma: “Que los cabellos rubios y los ojos garzos tengan su representación más numerosa, más general y coherente en el triángulo limitado por Guipúzcoa, Gerona y Castellón, a nadie extrañará, si considera los Pirineos como puerta de entrada de esta raza”. Esperamos que no se nos malinterprete cuando citamos estos temas ya que solamente lo hacemos como información, pero lo que queda claro es que no se puede considerar a los valencianos como los más morenos de la península a tenor de los datos aportados por Aranzadi en su trabajo fechado en 1915, fecha interesante de observar en tanto que en aquellos tiempos todavía no se había llevado a cabo las inmigraciones de los años 60 y posteriores. Pero hay más, Hoyos Sainz en su obra Investigaciones de Antropología prehistórica de España tiene que reconocer una serie de datos que en principio no concuerdan con algunas de sus teorías, nos referimos a los datos de los grupos sanguíneos ya que en lo que para él corresponde, las provincias valencianas confirma que la “característica más destacada es los bajísimos porcentajes en los grupos A y AB, contra lo que podría presumirse, así como la inesperada analógía a la zona vasco-cántabra, mientras la sangre A figura con máximos valores que, aunque algo atenuados, se mantienen en el O, formando cada provincia en una categoría distinta de valores. A pesar de ello y de tener cifras semejantes a los de los pueblos del norte y centro de Europa, como en Cataluña, nótase cierta influencia meditarránea” finalmente reconoce que serológicamente “no hay semejanza alguna con los árabes ni judíos del litoral africano, ni con los griegos”, es decir que a nivel de grupos sanguíneos no hay nada que indique la supuesta influencia árabe.
Pero dejando aparte cuestiones de antropología física es curioso comprobar que precisamente fue en la zona de la huerta valenciana desde Puzol hasta la Albufera y desde Manises y Paterna hasta el mar donde en un principio se llevó a cabo una política de eliminación más drástica del elemento musulmán durante la conquista, esto debido a la dureza y mayor duración de la campaña. Según la Crónica de Jaime I 50.000 moros abandonaron esta zona quedando sólo pequeñas morerías en Valencia y algunas localidades de donde, poco a poco, serían expulsados a través de los años, debido a la venida masiva de colonos. Fue precisamente toda esta área repartida enteramente y fue la que recibió desde un principio el núcleo esencial de los repobladores, transformándose en un centro irradiador de colonos que se expandieron por todo el reino.
Llegado este punto creemos necesario hacer unas aclaraciones. Estamos intentando ver cuál es el origen étnico y cultural de los valencianos. Tenemos bastante claro que la mayoría de la actual población valenciana tiene su origen en las repoblaciones llevadas a cabo durante el siglo XIII y posteriores, esto es lo que confirman los historiadores serios y es tema que trataremos con amplitud en un próximo artículo. Por el momento deberemos centrarnos un poco y vamos a considerar las varias tesis existentes que tienen que ver con la historia general de la península a la hora de averiguar cuál es nuestro origen étnico y cuáles son nuestras raíces. Veamos:
1) Una primera tesis sería la autoctonista que afirma que existe una continuidad de la población valenciana desde el Neolítico hasta la actualidad y que supone que los distintos conquistadores de estas tierras supondrían leves capas dirigentes sin influencia étnica apreciable (romanos, visigodos, árabes y bereberes, catalanes y aragoneses).
2) A esta línea habría que adjuntar la que afirma que si bien existe una continuidad desde tiempos prehistóricos la influencia de los árabes fue fundamental en la composición étnica valenciana.
3) Otra tesis, la tradicionalista, la más aceptada, afirmaría el occidentalismo de los musulmanes peninsulares debido al escaso número de inmigrantes árabes y bereberes que llegaron a la península, pero además confirman el cambio poblacional que supuso la conquista, repoblación y colonización del Reino de Valencia.
4) Por último estaría la tesis que si bien reconoce el cambio poblacional que supuso la Reconquista daría una mayor importancia que la de la teoría tradicionalista ha dado hasta ahora al elemento árabe-bereber en la composición étnica de los musulmanes con los que se encontraron los colonos que vinieron a repoblar el reino, musulmanes con los cuales tuvieron que convivir hasta su final expulsión. En esta línea estarían los que darían una mayor importancia al elemento estrictamente árabe y otra que ve más importante la influencia del elemento bereber. En ninguno de estos dos casos repito, se pone en duda el cambio poblacional y la europeidad de los valencianos en cuanto herederos de los colonos y pobladores catalana-aragoneses que vinieron al país.
La primera y la segunda tesis estaría bien representada por Mourelle de Merma entre otros, y ya rebatimos en la primera parte de este artículo (véase el número 4 de Terra Nostra).
En cuanto a las tesis 3 y 4 sería interesante poner en conocimiento de nuestros lectores cuáles son sus posturas.
Ambas entran dentro del debate existente entre la occidentalidad y la orientalidad de la civilización andalusí. Podemos decir que hasta el siglo XIX este tema casi no se plantea históricamente en tanto existía una visión de la historia de la península muy cercana a la medieval, esta visión consideraba la España cristiana y la islámica como dos realidades totalmente distintas en la que no hay puntos en contacto, excepto los relativos a la lucha entre las visiones del mundo encontradas entre los musulmanes y los cristianos. En esta visión de la historia los árabes no serían más que unos extranjeros que habrían usurpado unas tierras que habría que reconquistar.
El estudio de hispanismo de los musulmanes de la península durante la Edad Media empezaría en el siglo XIX con la reintegración de la historia y la civilización hispano-musulmana a la historia nacional. El autor más notorio en un principio será Francisco Javier Simonet que escribiría la obra De la influencia del elemento indígena en la civilización arábigo-hispana en ésta se demostraría el alto nivel cultural de la España islámica como fruto del elemento hispano-godo y afirmaría que la población hispano-goda sería la que enriquecería culturalmente a la minoría de elementos arábico-bereberes venidos a la península. En líneas generales Simonet reivindicará la continuidad esencial de la historia hispánica existente bajo las apariencias del cambio sufrido, a nivel lingüístico y religioso, producido tras el triunfo de los sarracenos en tierras hispanas.
Pero sin duda el gran historiador y medievalista Claudio Sánchez Albornoz será el que con más autoridad defenderá esta línea de pensamiento. En su obra Lo premuslim en la España musulmana se estructurará la síntesis más demoledora y completa de la argumentación tradicionalista.
Don Claudio afirmaría lo siguiente: “a la superioridad espiritual de los vencidos y al reducido número de musulmanes –poquísimos orientales y unos pocos bereberes- venidos a establecerse entre millones de hispanogodos que habitaban España, se unieron: la variedad étnica y cultural de los conquistadores, la juventud –no tenía un siglo de vida- no ya del imperio que los agrupaba, sino la misma estructura medular de el islamismo, todavía sin madurar definitivamente en el 711, y la falta de integración en ella de la mayor parte de los inmigrantes llegados a la Península en las décadas inmediatas a la invasión. Para que los cristianos españoles hubieran adoptado las formas de pensamiento, de sensibilidad y de creación artística de los musulmanes orientales habría sido preciso que los islamitas de Al-Ándalus hubieran renunciado rápidamente a su herencia temperamental, hubieran mudado su estilo de vida por arte de magia y hubieran aceptado pronto y por entero los hábitos mentales, los procesos emotivos y las proyecciones creadoras de los árabes. Los mejores conocedores del Islam español nunca han aventurado tal conjetura. Al contrario, todos han defendido la amplia recepción por los muslimes españoles de la tradición cultural de la España anterior al Islam”.
En la misma línea tradicionalista autores como Gómez Moreno, Llambert o Torres Balbas han demostrado la relación existente entre el arte hispano-musulmán con el anterior arte hispano-romano y el hispano-godo.
Hay un hecho claro y es que los que se convirtieron al Islam fueron los mismos antes y después de convertirse, esto es, que no cambiaron de raza.
Cuando comenzó la islamización en el año 711, no de los cristianos del norte, fueron unos ocho millones los que quedaron bajo el dominio de unos miles de orientales y bereberes.
Para Menendez Pidal “Al-Ándalus, independizado pronto de Oriente, había hispanizado su islamismo; los escasos elementos raciales asiáticos y africanos se habían casi absorbido en el elemento indígena, de modo que la gran mayoría de los musulmanes españoles eran simplemente ibero-romanos o godos, reformados por la cultura muslímica, y podían entenderse bastante bien con sus hermanos del norte que habían permanecido fieles a la cultura cristiana. Así cuando el norte inició su preponderancia militar, el Al-Ándalus se inclinaba fácilmente a la sumisión, falto como se hallaba de un espíritu nacional y religioso”.
La tesis contraria, defendida por muy pocos historiadores, como por ejemplo Pedro Chalmeta, estaría en contra de la tendencia general de los historiadores hispanos que defienden que vinieron pocos árabes, que tuvieron poca influencia y que perduró una fuerte raigambre hispánica en la etnia y la cultura del Al-Ándalus.
La teoría general de esta línea histórica defendería a grandes rasgos lo siguiente: con la invasión islámica no vinieron sólo guerreros sino que fueron desplazamientos colectivos que justificarían el ambiente tribal y que formarían células familiares al traerse a sus miembros con ellos una vez asentados. Los bereberes, el grupo más numeroso sería el grupo más coherente llegando con Tariq como aliados-rehenes asentándose principalmente en las llanuras toledanas, extremeñas, turolenses y levantinas. Estos bereberes fueron mucho más numerosos que los árabes ya que las cifras citadas dan para los primeros cifras de miles o diez miles, mientras que para los segundos se dan cifras de cientos o miles. En general esta tesis tiende a una sobrevaloración del elemento oriental y norteafricano venido y a una subestimación del elemento hispanogodo. De este modo se dan cifras, nunca confirmadas históricamente, que hacen ascender el número de inmigrados a 150.000 o 200.000 guerreros en la España del siglo VIII, además esos guerreros en posición dominante lograrían una mayor expansión de su etnia frente a la hispanogoda para la cual calculan un total de tan sólo dos o dos millones y medio de habitantes, cifra inferior a la existente, por ejemplo, en la época de Marco Aurelio cifrada en unos siete millones de habitantes. Justifican estas cifras argumentando que las muchas dificultades políticas, religiosas y socio-económicas existentes a principios del siglo VII hicieron decrecer la población. Ciertamente el descenso demográfico que se argumenta, resulta cuanto menos, discutible, pero esto es lo que se defiende y así lo exponemos. Así pues según estos cálculos se admite que los llegados árabes más bereberes representarían entre un 10 y un 15% de la población de Al-Ándalus. Ésta es la base por la que se aboga que se han de replantear los fundamentos de estudio de la Hispania musulmana por cuanto que a partir de un contingente tan cuantioso de llegados es posible empezar a dudar en que fuera el elemento indígena hispano-godo el que triunfe finalmente al absorber al elemento árabe y bereber. Así pues se negará que Al-Ándalus fuera una prolongación geográfica-temporal de la Hispania visigoda sino que por el contrario fue tan arábigo-musulmán como lo pudieron serlo el Magreb, Siria o Irak, pero que se diferenciaría de estos países en su peculiar substrato, el cual forjaría una personalidad distintiva.
J.G.
Continuará...
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