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Tema: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

  1. #1
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    La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Monseñor José Guerra Campos
    Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
    Núm. 5, mayo 1986
    Cincuentenario


    En su instrucción pastoral sobre la paz, del 20 de febrero de 1986, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, al referirse al quincuagésimo aniversario de la guerra que comenzó en España el año 1936, advierte que «no sería bueno que se convirtiera en un asunto del que no se pueda hablar con libertad y objetividad », y que «hay que desautorizar los intentos de desfigurar aquellos hechos». Rechaza igualmente la utilización de « una imagen distorsionada de lo ocurrido» para conseguir efectos actuales.
    Esto debe aplicarse de modo singular a la historia de la Iglesia. Y no sólo durante el tiempo de la guerra, sobre el cual el documento citado señala lo infundado de alguna apreciación, ahora reiterada. La advertencia episcopal vale también, y en mayor grado, para el largo período que siguió hasta 1975.

    El desconocimiento, la desfiguración, las distorsiones aumentan cuando la historia se cuenta desenfocada, es decir, sin tener en cuenta la naturaleza propia de la Iglesia. Y son más graves si andan eclesiásticos entre los autores de la confusión. Se ha postulado mucho el olvido; pero, mientras unos guardan silencio, otros ocupan ese espacio vacío fomentando rememoraciones falseadas; y así realidades, que eran evidentes para los que las vivieron, ya no lo son para nuevas generaciones.

    Saber lo que ocurrió tiene trascendencia pastoral. El amor a la verdad, esencial para la Iglesia, y la paz y unidad de la Iglesia actual, en orden a su misión evangelizadora, exigen el conocimiento fiel de su propia verdad histórica.Por eso, cuando una invitación reciente de la Editorial Plaza y Janés me puso en el trance de redactar un resumen muy apretado sobre la Iglesia 1939-1975, destinado a su colección «España nuestro siglo», he pensado que podría aprovechar el esfuerzo para ofrecer a los lectores del «Boletín» una visión panorámica. Su extrema concisión y brevedad quizá no sean un inconveniente, sino un servicio; pues, ¿qué imagen de conjunto tienen muchas personas, y que ideas precisas acerca de los puntos capitales de aquel tramo de historia? En medio de tantos estudios particulares y de tantos comentarios en torno a menudencias ¿no estaremos, a veces, en la situación de aquel a quien los árboles no le dejan ver el bosque?En todo caso, un complemento de notas al final de cada capítulo proporcionará un repertorio de fuentes, que podrán orientar al que quiera adentrarse en el bosque, para una exploración más minuciosa.
    José Guerra campos, obispo de Cuenca.
    Trifón dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Monseñor José Guerra Campos
    Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
    Núm. 5, mayo 1986
    Introducción



    Es tan breve el espacio disponible, para un asunto de tanta mole como la vida de la Iglesia en casi 40 años, que forzoso será contentarse con una síntesis panorámica. Salir del aprieto reduciendo esta síntesis a un alegato o un juicio nos parece inadmisible, y más lo es cuando se hace desde supuestos extraños a la iglesia. Queremos ofrecer un panorama estrictamente histórico, en la perspectiva de la vida interior de la Iglesia: desde dentro de ésta y desde dentro del periodo contemplado. La extemporánea proyección de ideas de nuestros días sobre el pasado, no satisfecha con emitir valoraciones quizá arbitrarias, su planta, a veces, la misma historia.

    La historia de la Iglesia tiene su propio centro. No puede tratarse solo en función de un régimen político. Aunque vive en un determinado contexto -que este volumen es el «Gobierno de Franco 1939-1975»-, la Iglesia es una comunión institucional bimilenaria, con una misión trascendente, que Franco era el primero en reconocer como hijo. El marco jurídico de las relaciones con el Estado tiene una gran importancia instrumental, en cuanto proporcione condiciones propicias para la vida religiosa; pero no es lo primero ni lo es todo hola hola qué tal. Y menos son las vicisitudes de las relaciones diplomáticas, cuyos papeles son golosa tentación de historiadores: pueden ser tensas o agitadas, e incluso no existir, el momento es muy favorables, y ser reposadas en situaciones adversas. El núcleo histórico de la Iglesia está en ser, como diría Bossuet, «Jesucristo pagado y comunicando», y, por tanto, en la multiforme vivencia de la comunión con Dios, de la irradiación Apostólica, del Apertura servicial a los necesitados. Lo cual solo ocasionalmente se registra en los grandes archivos. Si amamos la verdad, nos ha de alentar el que una historia hecha según los archivos y la «opinión» pública de la Roma del siglo I no capta la acción de Jesucristo, y Jesucristo sigue siendo corazón de la Iglesia y de la historia.

    El autor de esta síntesis panorámica opina ni juzga. Sólo expone hechos y sus motivos. Como las expresiones generales, a qué obliga la angustiosa falta de espacio, podrían dar la apariencia de opinión a lo que es narración, hacer timos al lector que el autor no escribiera ni una sola línea que no se funden testimonios y documentos primarios, históricamente fehacientes.

  3. #3
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Monseñor José Guerra Campos
    Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
    Núm. 5, mayo 1986
    I PersecuciónEl 1939 la Iglesia energía de una situación creada por los años de guerra (1936-39) y por los años precedentes a la República (1931-36). La nota dominante fue la persecución sistemática, denunciada solemnemente por el papá y el Episcopado ante el mundo entero (1). La Constitución de la República y las leyes que la desarrollaron (1931-33) habían sometido a la Iglesia (a la institución y a los ciudadanos católicos) a las siguientes vejaciones (2):Privación del derecho a la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y retirada de los crucifijos. Prohibición a las congregaciones religiosas de ejercer la enseñanza, apenas para liada por retrasos en la ejecución y iniciativas creadoras de nuevos colegios; en 1936 el Gobierno manda ocupar los edificios (3). Disolución de las órdenes con voto especial de obediencia al papá, que se aplicó a la Compañía de Jesús, con nacionalización e incautación efectiva de todos sus bienes muebles e inmuebles y supresión de la vida en común (4). Nacionalización de todos los inmuebles de la Iglesia (templos, seminarios, conventos, etc.) y de todo el mobiliario destinado al culto (5). Extinción del Presupuesto del Clero, con el que se compensaban en parte las rentas de los bienes raíces anteriormente incautados: estrechez y aún miseria para el común de los sacerdotes. Leyes contra la institución familiar (secularización del matrimonio, divorcio, aborto). Precariedad en la asistencia religiosa a los católicos acogidos en centros asistenciales. Intromisión estatal en la vida de las Congregaciones (6). Restricción del culto fuera de los templos e incautación de los cementerios. Todo, agravado porque, al multiplicarse las arbitrariedades abusivas de autoridades subalternas, solían quedar impunes (7).

  4. #4
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Monseñor José Guerra Campos
    Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
    Núm. 5, mayo 1986
    Los Obispos de entonces resumieron así la situación: se trata a la Iglesia, no como a persona jurídica respetada, sino como a un peligro (8).Al llegar la guerra, la Iglesia recobró su libertad en la zona nacional. En la llamada zona roja se procedió desde el primer momento a su destrucción. La Iglesia deja de existir como institución pública reconocida. Lo que subsiste de su actividad es clandestino, especialmente en las grandes urbes, que facilitan el ocultamiento. Los grupos revolucionarios -socialistas, comunistas, anarquistas-, continuando lo que inició en 1934 la revolución organizada por el partido socialista, en Asturias, realizaron en forma premeditada una destrucción sistemática: con exhibición e impunidad y en gran medida como instrumentos del Estado o detentadores de su poder. Si la intensidad fue mayor en el año 1936, los efectos, con nuevas amenazas y no pocas víctimas, continuaron hasta el fin. Se interrumpió todo culto público, toda predicación, toda publicación, toda institución y asociación religiosa. Se inutilizaron para su destino todos los edificios (iglesias, conventos, seminarios, etc.), se profanaron, se convirtieron en almacenes, mercados, cuarteles… Se quemaron o destrozaron muchas iglesias y la mayor parte de los retablos, imágenes, altares. Se requisó o dispersó el ajuar litúrgico, con pérdidas de decenas de millares de obras del patrimonio artístico. Se saquearon o incendiaron numerosos archivos y se expoliaron bibliotecas (9).Los sacerdotes y religiosos fueron acosados con voluntad de exterminio. Entre los religiosos, principalmente, los varones; pero algunas de las víctimas más tempranas fueron religiosas de clausura, como las Carmelitas de Guadalajara, declaradas Mártires por la Santa Sede. Bastaba ser sacerdote para ser asesinado, casi siempre sin apariencia de juicio y en muchísimos casos con crueldad horrenda (10). Un jefe revolucionario afirmó en agosto de 1936: «El problema de la Iglesia… nosotros lo hemos resuelto yendo a la raí z. Hemos suprimido sus sacerdotes, las iglesias y el culto» (11). « La Iglesia ha sido completamente aniquilada » (12). Se salvaron de morir únicamente los que lograron esconderse o los que, como presos, se beneficiaron de la moderación de algunos funcionarios.Pasada la tormenta, y ajustados los recuentos de víctimas, se comprobó que habían sido sacrificados trece obispos (no se salvó ninguno de los que permanecieron en la zona, excepto un ciego hospitalizado) (13), y unos siete mil sacerdotes y religiosos, lo que equivale, como promedio, a un tercio del total del Clero en la zona republicana, alcanzando en algunas diócesis casi la mitad (14). Al Clero hay que añadir decenas de miles de seglares, asesinados sólo por su condición de católicos piadosos o miembros de asociaciones apostólicas, sin contar los ejecutados por razones más directamente políticas (15).Notas
    1. «Se la considera no como persona moral y jurídica reconocida y respetada debidamente dentro de la legalidad constituida, sino como un peligro cuya compresión y desarraigo se intenta con normas y urgencias de orden público» (Declaración de 1933, citada en nota 7). La Declaración denuncia, razonadamente, todas las formas de laicismo agresivo, y la Ley de Confesiones y Congregaciones, como opresora de la Iglesia Católica: restricción de su libertad de asistencia religiosa y de culto; intromisión intolerable en la vida de las Congregaciones y en la Beneficencia; lesión del derecho de enseñanza, con tiranía a favor del ateísmo social; despojo de los bienes de la Iglesia; desconocimiento del Sumo Pontífice como cabeza de la Iglesia en España…
    2. Sobre las destrucciones y la persecución en general:

    Carta colectiva de 1937 (citada en nota 1).La Conferencia de Metropolitanos del 10-13 de noviembre de 1937 acordó que se hiciese relación detallada de los daños, según cuestionario de la Santa Sede; y que se reuniesen datos para publicaciones históricas sobre las matanzas (cf. «Hispania Sacra» 34). En efecto, en los aos 40 y 50 muchas diócesis e instituciones religiosas publicaron informes documentados. Los utilizó y sistematizó la obra de conjunto Montero, Persecución, 1961, que aprovecha unas 150 monografías, 52 informes diocesanos y 84 mformes de Institutos Religiosos. Para la bibliografía posterior, véanse las obras de V. Palacio Atard, Ricardo de la Cierva; el Diccionario de Historia Eclesiástica de España (del Instituto Enrique Flórez, C.S.I.C.); la documentación recogida por la Asociación « Hispania Martyr»…El Papa Pío XI, Encíclica Divini Redemptoris, 19 de marzo de 1937, afirma que el comunismo, «cuando le fue posible, destruyó todas las iglesias, todos los conventos y hasta toda huella de religión cristiana».Cf. Ministerio de Justicia, La dominación roja en España, Causa general instruida por el Ministerio Fiscal. Madrid, 1940 (1ª edición). ·
    1. Ver las fuentes citadas en nota 9.

    Pío XI, Divini Redemptoris: el comunismo ha matado «obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de modo especial a aquéllos y aquéllas que, precisamente, trabajaban con mayor celo con pobres y obreros».Carta colectiva de 1937: «De los sacerdotes decía un jefe comunista, ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco: tenemos orden de quitar toda su semilla».Salador de Madariaga, en su obra España-Ensayo de historia contemporánea (6ª edición, 1955, págs. 609 y sigs.) da una expresiva apreciación sintética, en la que afirma: «Durante meses y aun años bastaba el mero hecho de ser sacerdote para merecer pena de muerte.» (cf. Montero, Persecución, páginas 54-55).
    1. Montero, Persecución, pág. 55.
    2. Informe del delegado español en el Congreso de los «Sin Dios» en Moscú, aducido por la Carta colectiva de 1937.
    3. El Obispo de Menorca, ciego, cargado de años, fue asilado en un hospital, donde murió el año 1939. Montero, Persecución, además de la relación sobre los trece Prelados mártires, da una breve información (págs. 83-85) sobre el paradero de los demás Obisp0s: los de la zona gubernamental que, al comenzar la guerra, se encontraban en zona nacional (Toledo, Madrid, Valencia…); los de ciudades que fueron pronto liberadas (Badajoz; el de Santander estuvo cautivo, dio su firma a la Carta Colectiva antes de la toma de la ciudad); los que se evadieron (Tarragona, Tortosa, Gerona, Málaga, Murcia…).

    Prelados asesinados: los Obispos de Sigüenza, Lérida, Cuenca, Barbastro, Segorbe, Jaén, Auxiliar de Tarragona, Ciudad Real, Almería, Guadix, Barcelona, el presbítero Administrador Apostólico de Orihuela, el Obispo de Teruel. Los doce primeros, en 1936; el último, en 1939. Relatos minuciosos en Montero, Persecución, págs. 364-430.
    1. Más de cuatro mil sacerdotes diocesanos. Unos 2.648 religiosos. Total: más de 6.832. Listas nominales en: Guía 1954, Y en Montero, Persecución (donde se registran otras relaciones).
    2. Pío XI, Divini Redemptoris: «Un número mucho mayor de toda clase y condición… asesinados por el mero hecho de ser buenos cristianos o tan sólo contrari9s al ateísmo comunista.»

    Por ejemplo, en la diócesis de Cuenca, 148 sacerdotes y religiosos asesinados se inscribieron en un número total de víctimas que alcanza unas 1.600 personas (cf. Sebastián Cirac Estopañán, Martirologio de Cuenca, vol. II, Barcelona, 1947).

  5. #5
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Monseñor José Guerra Campos
    Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
    Núm. 5, mayo 1986
    II Martirio y Cruzada
    La posición de la Iglesia en la guerra de 1936-39 fue lo que fue, es decir, lo que entonces movía la intención y los sentimientos de los protagonistas. Interpretaciones y juicios de tiempos posteriores, incluso en gentes de Iglesia, son historia de los tiempos posteriores, no de 1936-39. Algunos de los que en los años 70-80 evocan con reticencias o distanciamiento los años 30-40 habían expresado en aquel momento lo que entonces sentían, y esta es la historia inmutable de aquel momento (1).Para definir lo que entonces y durante decenios vivió la Iglesia española siguen siendo términos exactos los de Martirio y Cruzada (2). Las fuentes históricas de aquella posición son caudalosas 3 Se resume bien en fa carta informativa que, tras un · año de guerra, dirigieron a los Obispos del mundo todos los prelados residentes en España, «como exposición de los hechos que caracterizaban la guerra y le daban su fisonomía histórica» (4). Tenemos, además, los informes secretos que el Cardenal Primado envió a la Santa Sede a lo largo de la guerra, que por su alejamiento de cualquier publicidad constituyen fuente de valor definitivo respecto al sentir de la Iglesia (5). Entendida ésta como comunión de seglares, religiosos, sacerdotes y Jerarquía.Según los Obispos, al advenir la República, el Episcopado acató los poderes constituidos y se esforzó en colaborar con ellos para el bien común. A pesar de los agravios, mantuvo el propósito de concordia y exhortó a los católicos a la sumisión legítima y a la paciencia pacífica. Digamos que algún sector de políticos católicos desconfió del régimen desde el principio, mas acaso la mayor parte de los políticos católicos buscaron la conciliación, aunque al final reconocieron su impotencia frente a la trayectoria de agresión y anarquía. La Iglesia jerárquica «no provocó la guerra ni conspiró para ella, e hizo cuanto pudo para evitarla» y lamentó su estallido. Pero miles de ciudadanos católicos, «obedeciendo a los dictados de su conciencia y de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, se alzaron en armas para salvar los principios de religión y justicia cristianas» (6).Notas

    1. Cf., por ejemplo, los escritos de entonces y de ahora del Padre José Mª Llanos, J. Ruiz Jiménez, Cardenal Enrique y Tarancón, Rafael Calvo Serer…

    2 Que lo hayan sido lo determinan los que así lo vivieron, no lo que opinen otros acerca de la bondad o de la pureza de esas actitudes. Cf. adelante notas 7 y 10.
    3 Los testimonios inmediatos son todas las publicaciones católicas de la época. La bibliografía es inmensa.
    4 Carta colectiva del Episcopado Español a los Obispos de todo el mundo sobre la guerra ·en España, 1 de julio de 1937.
    «Redactada según el voto unánime de los Obispos residentes en España, expresado en febrero último» (Acta de la Conferencia de Metropolitanos, del 10-13 de noviembre de 1937: cf. reseña de Mª Luisa Rodríguez Aisa, en «Hispania Sacra» 34).
    Los firmantes -todos los Obispos y ordinarios diocesanos presentes en España- hablan «haciendo memoria de los hermanos difuntos y ausentes de la patria». Los difuntos eran entonces 12. Los ausentes, dos: Vidal y Barraquer, y Múgica. Escriben no para « demostración · de una tesis», sino como
    «Simple exposición, a grandes líneas, de los hechos que caracterizan nuestra guerra y le dan su fisonomía histórica».

    1. Informes publicados en R. Aisa, Gomá. Ver referencia a esta obra en «Bol. Cuenca», agosto de 1981, págs. 118-120.

    Casañas-Sobrino, Gomá, volumen II, presentan, a veces . en extracto, los documentos del Cardenal sobre la República y la guerra, que son los siguientes:
    Sobre la situación en la República: Pastoral Horas graves, 15 de julio de 1933 (págs. 263-295). Guerra a la Iglesia; causas externas e internas de la situación.
    Sobre la guerra, 11 documentos. Señalamos:
    Instrucción El Caso de España, enero de 1937 (págs. 299 y sigs.). No es mera guerra civil; es cruzada pro religión católica. Contra el marxismo, no contra los obreros (páginas 301-302). Persecución (pág. 303).
    Carta a J. Antonio Aguirre {págs. 309-316).
    Pastoral La Cuaresma de España (págs. 316-331).
    Pastoral Lecciones de la guerra y deberes de la paz, 1 de septiembre de 1939 (págs. 360-400). Sentido religioso de la guerra. Causas: debilitación religiosa; cultura desviada; quiebra del Estado; desunión de los católicos; economía; desestima de la patria… El núcleo de la guerra es religioso. Valentía. Martirio (pág. 370). Actitud de la Iglesia. Deberes de la paz… Perdón de los enemigos (pág. 378).
    En el año 1939, Carta pastoral Catolicismo y Patria (páginas 233 y sigs.). Motivos de esperanza de una reacción religiosa; dificultades (págs. 258-259).
    En una nota del «Boletín Oficial Eclesiástico de Toledo», 30 de mayo de 1939, reafirma contra algún comentario el espíritu de la Cruzada.
    Testamento espiritual, 8 de abril de 1940 (págs. 407-409). No incluye ninguna rectificación.
    Reediciones. Isidro Gomá y Tomás: Por Dios y por EspañaPastorales – Instrucciones pastorales y artículosDiscursosMensajes. Ed. Casulleras, Barcelona, 1940. Idem.: Pastorales de la guerra de España, Ed. Rialp, Madrid, 1955.

    1. Textos de la Carta Colectiva 1937. De los «principios de religión y justicia cristianas», se dice, «que secularmente habían informado la vida de la nación».

    Los Obispos acataron el Régimen Republicano, por separado y de modo colectivo. Cf. la declaración colectiva de los ‘Metropolitanos, en representación de sus Provincias Eclesiásticas, el 9 de mayo de 1931 (Doc. col., págs. 130-133): respetar y obedecer a las autoridades constituidas; cooperar al bien común, mantener el orden social; ante las elecciones para las Cortes Constituyentes, unión de los católicos, por encima de los partidos, en lo tocante a la defensa de los derechos de la Iglesia y del orden social; denuncia de las gravísimas agresiones ya cometidas. Declaración colectiva de los Obispos sobre la nueva Constitución, diciembre de 1931 (Doc. col., páginas 160-181): a un mismo tiempo, protestan contra su carácter persecutorio, y mantienen la obediencia y el concurso leal. Lo mismo en las denuncias de persecución citadas en la nota 2 del capítulo l.
    Acerca del alzamiento en armas de los ciudadanos, los teólogos recordaron la doctrina tradicional: «hay ocasiones en que la sociedad puede lícitamente alzarse contra un Gobierno que lleva a la anarquía». Bibliografía con justificación teológica del alzamiento, en Montero, Persecución, pág. 54, nota.
    Enrique Pla y Deniel, Obispo de Salamanca, publica el 30 de septiembre de 1936 una documentada Carta Pastoral, Las dos ciudades («Bol. Salamanca», octubre de 1936; Montero, Persecución, págs. 688-708). En ella expone detenidamente la doctrina de los grandes teólogos clásicos sobre la legitimidad de alzamientos por la necesidad de defender el bien común contra la tiranía habitual y excesiva. El Obispo da su propio dictamen teológico-jurídico.
    Ponderadas orientaciones del Papa Pío, XI sobre el derecho de los ciudadanos a la defensa contra el abuso ·del poder: Encíclica Firmissimam constantiamdirigida al Episcopado Mejicano (AAS 29, 1937, 208-209). Cf. Populorum progressio, n. 31 (AAS 59, 1967, 272) y la Instrucción sobre libertad cristiana y liberación (Congr. Doctrina Fe, 22-3-1986), nota 119.
    Es muy importante para la historia recordar un hecho notorio: Franco, el que había de ser Generalísimo de los Ejércitos en lucha con las fuerzas revolucionarias, había sido, menos de dos años antes (octubre de 1934), el máximo colaborador del Gobierno de la República en defensa del orden legal contra la rebelión de las mismas fuerzas.

  6. #6
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Monseñor José Guerra Campos
    Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
    Núm. 5, mayo 1986
    Ante el hecho de la guerra, que no podía evitar, la Jerarquía no pudo elegir y « no podía ser indiferente». De una parte, se iba a la eliminación de la religión católica. De otra, garantía de continuidad en la práctica de la Religión (7). Los Obispos de Vitoria y Pamplona condenan desde el primer momento, coincidiendo con el criterio de la Santa Sede, la colaboración de los nacionalistas vascos con un Gobierno que era enemigo de la Religión (8). La opinión católica y la Jerarquía se adhieren con entusiasmo al Movimiento Nacional, considerado como verdadera Cruzada. Porque, junto a la reacción contra la agresión «comunista», en defensa del orden., la paz social y la civilización tradicional (9), hay en gran parte del pueblo una reacción de tipo religioso, la cual, frente a la persecución destructiva, se convierte en lo más determinante. Las posteriores distinciones entre Guerra Civil y Cruzada carecen de sentido histórico. Papas, Obispos y fieles -los que la viven- piensan que la Guerra civil es Cruzada en su sentido religioso (10). El Cardenal Primado reafirmará el término decenios más tarde (11). Así la vivieron los combatientes más lúcidos (12). El resto, con mayor o menor asimilación, se situaba en esa órbita. Millares mueren gritando: «Viva Cristo Rey», «Viva España». El pueblo en retaguardia respira el mismo aire, y conmemora a sus muertos como caídos «por Dios y por España» (13).Este sentir de la Iglesia tiene su formulación más autorizada en dos Papas. Pío XI, al primer mes de la guerra, envía su bendición «a cuantos se han propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los derechos de Dios y de la religión» (14). Pío XII, al terminar la guerra, envía un mensaje de congratulación por el don de la paz y de la victoria, que corona el heroísmo cristiano de un pueblo que «se alzó en defensa de los ideales de fe y de civilización cristianas». Este es -dice- el «primordial significado de vuestra victoria» (15).
    Notas

    1. Los Obispos, en su carta colectiva de 1937, explican el dilema: de una parte, supresión de Dios, se iba a la eliminación de la religión católica. De la otra, con los defectos que fueren, había un esfuerzo por salvaguardar el espíritu cristiano de España, y única garantía de la continuidad en la práctica de la Religión.

    Ya en septiembre de 1936, Pla y Deniel (Las dos ciudades, ya citada) afirma que la Iglesia no apoyó una lucha entre partidos. Los Obispos esperaron a que se distinguiesen los campos. No declararon hostilidad al Gobierno; fue éste el que se entregó al atropello o quedó desbordado por la anarquía; y entonces fue cuando la Iglesia se pronunció oficialmente «a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos -religión, patria, familia- contra los sin Dios y contra Dios».
    Todavía, en 1985, el Cardenal Enrique y Tarancón declara públicamente que la Iglesia tuvo que ser beligerante en la guerra de 1936: no le quedaba otra alternativa (en España, nuestro siglo. l. Democracia 1975-1985. Editores Plaza y Janés, Barcelona, 1985, capítulo «La Iglesia», pág. 274).
    Después de lo dicho sobre la persecución (capítulo I) resulta extraño el juicio de Julián Marías, recogido por la Prensa («Ya, 6 de diciembre de 1985, pág. 45): se explica que la Iglesia no estuviese con la República; no debió estar de parte de nadie en la guerra civil. La instrucción pastoral «Constructores de la paz», de la Comisión Permanente del Episcopado (20 de febrero de 1986) advierte: «quienes la reprochan (a la Iglesia) el haberse alineado con una de las partes contendientes deben tener en cuenta la dureza de la persecución religiosa desatada en España desde 1931.»

    1. Instrucción pastoral de los Obispos de Vitoria y Pamplona, 6 de agosto de 1936 («Boletín Vitoria», septiembre de 1936; Montero, Persecución, págs. 682-686), y aclaración confirmatoria, del Obispo de Vitoria don Mateo Múgica, radiada el 8 de septiembre de 1936 (Montero, Persecución, págs. 686-687), en la que reafirma que hay que apoyar decididamente al Ejército español y sus cuerpos auxiliares.

    Los Metropolitanos, reunidos en noviembre de 1937, confirman la reprobación de la «colaboración de los católicos vascos con los comunistas, como contraria a la doctrina de la Iglesia» (Acta, reseñada en « Hispania Sacra», 34, pág. 499).

    1. Sabido es que Franco, en su proclama inicial de alzamiento, señaló la agresión anarco-comunista; no subrayó lo religioso.
    2. Informes secretos del Cardenal Gomá a la Santa Sede (confróntese R. Aisa, Gomá, págs. 426 y sigs.): «La opinión pública ha considerado esta guerra como una verdadera Cruzada». «La Jerarquía se ha adherido entusiasta… al movimiento, que ha considerado como una verdadera cruzada en pro de la religión.»

    Pla y Deniel (Las dos ciudades, 30 de septiembre de 1936). Luchan dos concepciones de la vida, las dos ciudades de San Agustín. Frente a la idolatría propia, del comunismo y anarquismo, el heroísmo y el martirio en amor a España y a Dios. La lucha «reviste la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada». «Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización». Por eso, el Papa Pío XI acababa de bendecir (14 de septiembre) a los defensores de los derechos y el honor de Dios.
    La Carta colectiva de 1937 dice que la contienda fue profundamente popular en ambos bandos. La legislación persecutoria de los años 1931-1936 terminó en «destrucción de cuanto era cosa de Dios»… «Por esto se produjo en el alma nacional una reacción de tipo religioso». La sublevación se hizo en defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, «Y en un gran sector, la defensa de la religión».
    Desde el comienzo de la guerra, el Padre General de la Compañía de Jesús, en Roma, proclama que es una Cruzada (cf. Suárez, Franco, III, pág. 89).
    En 1985, el Cardenal Enrique y Tarancón afirma: la guerra «fue . vivida por los españoles con una clara significación religiosa en unos casos y con un carácter antirreligioso en otros» (lugar citado en nota 7). ·
    Es tan evidente la intención de los testimonios que resulta indiferente la denominación con que se mencione la guerra. Los mismos Obispos y los mismos Papas, que dan a la guerra el significado de lucha por la fe, o Cruzada, la llaman también «guerra civil». Lo uno no excluye lo otro.

    1. Cardenal Pla y Deniel, 1958: «La Iglesia no hubiera bendecido un mero pronunciamiento militar ni a un bando de una guerra civil. Bendijo, sí, una Cruzada».

    Afirmación solemne del carácter de Cruzada en un discurso del Cardenal Prefecto de la Congregación del Santo Oficio, año 1961.

    1. Si no todos rezaban el Rosario, como los requetés y otros grupos, a todos parecía natural la oración por los caídos, a la tarde, y se sentían dentro de la valoración religiosa que daba el tono general.
    2. Hay que evocar las innumerables publicaciones y los monumentos conmemorativos en todos los pueblos de España.
    3. Lo recuerda el Papa Pío XII en su mensaje de 1939: Montero, Persecución, pág. 744.
    4. Radiomensaje al pueblo de la católica España de 16 de abril de 1939, uno de los primeros actos del pontificado de Pío XII (cf. Montero, Persecución, págs. 744-746). Congratulación gozosa «por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano en vuestra fe y caridad, probados en tantos y tan generosos sufrimientos». España, nación católica y evangelizadora, ha dado «a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu». Frente a la persecución religiosa, destructora de la sociedad, el pueblo español

    «Se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y de civilización cristianas… y supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo». Este es el «primordial significado de vuestra victoria».
    Para celebrar la victoria de los nacionales, la Santa Sede, por medio de Monseñor Montini, organizó con extraordinaria solemnidad un Te Deum en la iglesia del Gesù, en Roma. (Suárez, Franco, III, pág. 77).
    Cf. la síntesis de M. L. Rodríguez Aisa, La Iglesia española y su valoración de la guerra, en «Sillar», núm. 8 (1982), páginas 443-450

  7. #7
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    Monseñor José Guerra Campos
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    Núm. 5, mayo 1986
    III 1939. Sentimiento de liberación y de responsabilidad
    Terminada la guerra, la Iglesia española experimentó un sentimiento vivo de liberación y responsabilidad (1). Libertad fundamental de vivir: se hizo posible la con*tinuidad de la predicación y del culto, interrumpidos, en media España, a sangre y fuego. Libertad de acción: un campo abierto, sin trabas del poder, pues, según in*formación del Primado (2), el nuevo Estado iba desvincu*lando a los ciudadanos de las ataduras de unas leyes agresivas contra la Iglesia y la conciencia católica del país.La sensación de vuelta a la vida era total en casos como el de la disuelta Compañía de Jesús, cuyos miem*bros exiliados se incorporan a la España Nacional desde 1936, y que es readmitida oficialmente en 1938, con de*volución de sus bienes (3). El Padre Ledochowski, agrade*cido, da a Franco Carta de Hermandad, inscribiéndolo entre los máximos bienhechores y fundadores de obras de la Compañía (4). Todavía veintiséis años más tarde el Prepósito General Padre Janssens mostraba su gratitud al General Franco «porque España es el único país que nos restituyó todas nuestras casas» (5).Los sacerdotes vivieron, además, una nueva libertad interior: por vez primera, en mucho tiempo, pudieron dedicarse a su ministerio de un modo puro, mientras los mayores se habían visto acosados por las luchas partidistas, y, a veces, implicados en ellas, aunque sólo fuese para defenderse. Durante decenios la mayoría tra*bajamos sin una sola interferencia y sin ocuparnos de asuntos políticos, ni civiles ni eclesiásticos (6).Notas:1. Invoco el recuerdo de los sobrevivientes y todos los testimo*nios escritos de la época.2. Informe, todavía durante la guerra: «Poco a poco y por los poderes del nuevo Estado se nos va desvinculando de las torpes ataduras de unas leyes que eran un ultraje a la Igle*sia y a la conciencia católica del país» (cf. R. Aisa, Gomá).Cuando la Conferencia de Metropolitanos se reúne en no*viembre de 1937, faltaba aún la derogación positiva de las leyes laicas, pero reconoce que ya estaban anuladas de he*cho (Acta, en «Hispania Sacra» 34). Al reunirse la misma Conferencia los días 2-5 de mayo de 1939, ya se había rea*lizado la derogación de las leyes laicas; quedaba sólo la del divorcio, que fue derogada por Ley de 23 de septiembre de 1939 (ibídem).3. Por disposición del día 3 de mayo4. Suárez, Franco, II, pág. 288.5. «La Compañía está muy agradecida al General Franco, por*que España es el único país que nos restituyó todas nuestras casas» (cf. Suárez, Franco, VII, pág. 92, nota).De modo general, todavía en 1968, el Papa Pablo VI, en una carta al Jefe del Estado (en la que proponía un cambio en el sistema de nombramiento de Obispos), le testimonia a Franco el debido aprecio por la gran obra que ha llevado a cabo en favor de la prosperidad material y moral de la Nación española y por su interés eficaz en el resurgimiento de las instituciones católicas después de la guerra civil. (Con*fróntese «Boletín de Cuenca», noviembre de 1973, pág. 523).6. «Boletín de Cuenca», septiembre de 1974, págs. 5-6.

  8. #8
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    Monseñor José Guerra Campos
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    Núm. 5, mayo 1986
    En relación con los gobernantes, el Episcopado había declarado en 1937: «No nos hemos atado con nadie…, aun cuando agradezcamos el amparo de quienes han podido librarnos del enemigo que quiso perdernos; y estamos dispuestos a colaborar… con quienes se esfuer*cen en reinstaurar, en España, un régimen de paz y de justicia» (7). Ante la enorme tarea de reconstruir la socie*dad el Papa Pío XII mostraba como garantía de su firme esperanza la protección legal que el Jefe del Estado y sus colaboradores habían «dispensado a los supremos intereses religiosos y sociales, conforme a las enseñan*zas de la Sede Apostólica» (8). El Episcopado veía el comienzo de una recuperación nacional en «una legisla*ción en que predomina el sentido cristiano en la cultura, en la moral, en la justicia social y en el honor y culto que se debe a Dios. Quiera Dios ser en España el primer servido, condición esencial para que la nación sea verda*deramente bien servida» (9).La confianza en el futuro no velaba la previsión rea*lista de las dificultades. Especialmente para la zona republicana, los Obispos no olvidarán dos exhortaciones de Pío XII en favor de una solicitud pastoral paciente hacia los engañados por la propaganda, iluminándoles con el Evangelio; y de una pacificación según los principios «inculcados por la Iglesia y proclamados por el Generalísimo, de justicia para el crimen y benévola generosidad para con los equivocados» (10). En cuanto a la reconstrucción religiosa, se sabía lo mucho que quedaba por hacer entre los seglares y los sacerdotes. De la actuación sacerdotal anterior un informe a la Santa Sede señalaba insuficiencias en distintos campos de la evangelización y la predicación pastoral, y excesiva politización en algunas regiones (11).Notas

    1. Carta colectiva, de 1937.
    2. Mensaje, al final de la guerra (cf. nota 15 del capítulo II).
    3. Carta colectiva, de 1937.

    Los Metropolitanos, en su conferencia de 2-5 de mayo de 1939, proponen restaurar la vida cristiana, aprovechando «la buena disposición en que ahora están las autoridades y los pueblos en general» (acta en «Hispania Sacra» 34).
    1. Pío XII (mensaje citado) exhorta a gobernantes y pastores.
    2. Los informes del Cardenal Gomá a la Santa Sede abundan en la exposición del déficit en la vida católica y de las dificultades para la recristianización del marco social (cf. R. Aisa, Gomá); lo mismo, sus Pastorales (cf. supra, nota 5). Tam*bién se refieren los obstáculos, que habrá que pasar, en la Carta colectiva, de 1937. Sobre los sacerdotes en la política, véanse las Conferencias de Metropolitanos, dél 10-13 de no*viembre de 1937 y del 2-5 de mayo de 1939 («Hispania Sa- – era» 34).

    Adición. En la nueva etapa, que empieza, actúa como un estímulo exigente la evocación de los Mártires, cuya calidad ejemplar se aprecia, promoviendo pronto causas de beati*ficación.Pía y Deniel, ya en septiembre de 1936 (Las dos ciudades), exalta con admiración a los mártires. «Si la sangre de már*tires ha sido siempre semilla de cristianos, ¡qué florecimiento de vida cristiana no es de esperar en la España regada por tanta sangre de mártires, de obispos y sacerdotes, de reli*giosos y seglares que han muerto por confesar a Cristo!»Los Metropolitanos (noviembre de 1936, mayo de 1939) proclaman su admiración; deciden perpetuar su memoria; acuerdan reunir datos para la historia y promover publica*ciones, con finalidad de glorificación. En efecto, en los años 1940 y 1950 se multiplican las publicaciones históricas (vide bibliografía en Montero, Persecución).Pío XII, en su mensaje al final de la guerra, venera la «santa memoria de los obispos, sacerdotes, religiosos…, fie*les…, que en tan elevado número han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica».Cuando aún estaba en curso la persecución, Gomá había dicho: «Es la sangre de nuestros mártires, semilla de sacer*dotes». La pronta floración de vocaciones pareció confirmar el aserto (cf. Severino Aznar, citado en nota 4 del capítulo V).Veinte años más tarde, el Papa Juan XXIII recuerda a los mártires de la guerra, y muestra su agrado por la ele*vación a la Santa Sede de los procesos canónicos de estos siervos predilectos de Dios (Mensaje al Cardenal Arzobispo de Tarragona, en Ecclesia, núm. 916, 31 de enero de 1959, página 6; Montero, Persecución, pág. 747).También fue un estímulo exigente la memoria de los muer*tos en combate por Dios y por la Patria. Pío XII no había omitido expresar su gratitud a los heroicos muertos en ba*talla «en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la religión».

  9. #9
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    Monseñor José Guerra Campos
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    Núm. 5, mayo 1986
    IV La Iglesia y la persona de FrancoHe aquí un hecho singular. En el Clero, religiosos, seminaristas, militantes apostólicos, Franco suscita un sentimiento unánime de gratitud, admiración, confianza y cariño familiar (1). La magnitud del fenómeno se agigan*ta si se atiende a las manifestaciones emitidas acerca de Franco por los Papas y los Obispos: por su contenido, su unanimidad y persistencia difícilmente se hallaría nada comparable en relación con ninguna otra persona en los últimos siglos (2). Van mucho más allá de unas muestras de cortesía o de respeto debido a toda autori*dad. No significaban identificación con lo opinable de una política. Pero tampoco se limitaban a apreciar buenas intenciones. Se alababa, juntamente con la ejemplaridad personal, la voluntad de servir a la Iglesia y la decisión de proyectar en la vida pública su condición de cristiano y la ley de Dios proclamada por el Magisterio eclesiásti*co (3). Las innumerables manifestaciones pueden resumirse en ésta del Cardenal Bueno, de 1961, dicha mirando a ciertos sectores de opinión europea:«La Iglesia respeta y ha respetado siempre la legítima potestad civil, como San Pablo nos mandaba respetar incluso a los emperadores paganos. Pero cuando la Igle*sia encuentra un gobernante de profundo sentido cris*tiano, de honestidad acrisolada en su vida individual, familiar y pública —que con justa y eficaz rectitud fa*vorece su misión espiritual, al tiempo que con total entrega, prudencia y fortaleza trata de conducir a la Patria por tos caminos de la justicia, del orden, de la paz y de su grandeza histórica—, que nadie se sorprenda de que la Iglesia bendiga, no solamente en el plano de la concordia, sino con afectuosidad de Madre, a ese hijo que, elevado a la suprema jerarquía, trata honesta y dig*namente de servir a Dios y a la Patria. Ese es precisa*mente nuestro caso» (4).Notas

    1. Estado de ánimo compartido por la Jerarquía. Fuentes his*tóricas son la experiencia de las personas que aún viven y todas las publicaciones de Institutos Religiosos, Acción Ca*tólica, Asociaciones, durante años.

    La unanimidad (ciertamente no menos del 99 por 100) resplandece en tres hechos:
    a) Personas, que la opinión actual tiene por adversas o discrepantes, expresaron más que nadie, y no una sola vez, su calurosa adhesión: por ejemplo, el Cardenal Vidal y Ba- rraquer (cf. R. Aisa, Gomá, pág. 98), el Abad de Montserrat, D. Escarré (cf. Suárez, Franco, IV, pág. 305) y hasta última hora el Cardenal Tarancón.
    b) Algunos, a quienes la opinión tiene por adictos, nunca se manifestaron en los primeros decenios, y no por oposi*ción, sino por inserción en un clima familiar que no nece*sitaba declaraciones.
    c) Cuando en los años setenta llegó un tiempo de ma*niobras para el cambio político, ningún Obispo diocesano eludió el proclamar su estimación positiva de la persona de Franco (véase adelante la nota 18).

    1. En La Iglesia y Francisco Franco (de J. Guerra, «Boletín de Cuenca», septiembre de 1974) se transcriben veinticinco de*claraciones públicas de los Obispos y de la Santa Sede, co*rrespondientes a los años 1937-1968. En la nota 18 de este capítulo se remite a las declaraciones del año 1975. Véase también, P. Manuel Garrido, O.S.B., Francisco Franco, cristiano ejemplar, Ed. Fundación Nacional Francisco Franco, Madrid, 1985.


    1. Los valores morales alabados en Franco, como persona y como gobernante, sin entrar en lo ] )lítico opinable, se ex*ponen en el «Boletín de Cuenca» (citado en nota 2), pág. 18.
    2. Palabras del Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, pronunciadas en 1961 durante el acto público de inaugura*ción de un Seminario.

  10. #10
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    Monseñor José Guerra Campos
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    Núm. 5, mayo 1986
    Es constante, hasta la muerte, el reconocimiento del fervor cristiano y de la ejemplaridad en la vida privada, de los que informaba secretamente a Roma, desde el principio, el Cardenal Gomá (5). Poco a poco se conocerán prácticas muy significativas, por ser reservadas: misa diaria, gran piedad eucarística, retiros espirituales (6). En una Europa secularizada a Franco se le veía como gobernante católico por excelencia. Identificado con la fe del pueblo, muy diferente de los hombres públicos del «despotismo ilustrado», que halagan al pueblo despreciando su fe (7).Sobre este fondo continuo se destacan tres modalidades: 1) La Santa Sede, como los Cardenales Gomá y Pía, reafirma siempre su confianza en la fidelidad de Franco, aun en los momentos de preocupación, por ejemplo, ante la presión ideológica nazi sobre algunos sectores políticos, o de forcejeo diplomático, por ejemplo, en torno a la continuidad del viejo Concordato de la Monarquía (8). 2) La acogida a las indicaciones jerárquicas. Ya, en 1937, Pío XI agradece sus pruebas de filial devoción y, particularmente, la rápida y completa acogida al llamamiento del Papa respecto a la rendición de los vascos (9). Un Obispo revelará en 1975: «Cuando los Obispos teníamos alguna dificultad con la Administración, acudíamos a él, que la resolvía siempre a favor de la Iglesia» (10). Los Superiores de las Órdenes Religiosas, españoles o extranjeros, tenían al Pardo como uno de los lugares de confiada peregrinación (11). 3) Abogó siempre con benevolencia y discreción por la concordia en las relaciones Iglesia-Estado. Es significativo, entre otros, el incidente gubernamental con el Obispo Añoveros, en 1974: el Cardenal Tarancón atribuirá a Franco («a quien sinceramente queríamos y admirábamos») la solución pacífica del caso (12). El mismo Añoveros, pocos meses antes, al surgir una situación conflictiva en torno a unos sacerdotes complicados en la violencia, había propuesto a la Conferencia Episcopal una gestión ante el Jefe del Estado, manifestando que tenía «gran confianza en su genialidad, serenidad, eficacia aun ahora, y ponderación» (13).En los últimos quince años del período, permaneciendo intacto el juicio de la Jerarquía, algunos sectores eclesiásticos, promotores de cambio político, envolvieron a la persona de Franco en silencios o veladuras. La actitud de Franco no varió: «Todo cuanto hemos hecho y seguiremos haciendo en servicio de la Iglesia, lo hacemos de acuerdo con lo que nuestra conciencia cristiana nos dicta, sin buscar el aplauso ni siquiera el agradecimiento» (diciembre 1972) (14).Notas:

    1. Ver homilía en «Boletín Oficial del Obispado de Cuenca», 1976, págs. 360 y sigs., y las mencionadas en nota 18. Es conocida la devota participación y la confesión de fe en unión con el pueblo, ante la Eucaristía, la Virgen María, el Apóstol Santiago… (Sobre el Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona, 1952, Suárez, Franco, V, pág. 93.)

    Hay testimonios e intervenciones ante la Santa Sede, avalando la confianza en Franco y en la orientación católica del Gobierno, del Cardenal Gomá (incluso cuando en 193940 aumentaba el recelo por la amenaza de penetración nazi, y algunas formas de censura afectaron a una Pastoral suya); del Cardenal Pía y Deniel, sucesor en Toledo; del Nuncio Apostólico. El mismo Vaticano no oculta, durante las discusiones en torno al viejo Concordato (año 1940), su confianza en la catolicidad fiel de Franco, aumentada porque, mientras Alemania arrollaba a Polonia y a Francia, él demostró que no era pescador de río revuelto, sino fautor de paz. Cf. Suárez, Franco, III, págs. 75 y sigs., 87, 269; IV, 428. Y cf. Antonio Marquina Barrio, La diplomacia vaticana y la España de Franco (19361945), Instituto Enrique Flórez, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1983.
    1. En lo internacional, la Santa Sede contó siempre con el apoyo de España para las causas que aquélla patrocinaba, por ejemplo, la internacionalización de’Tos Santos Lugares de Palestina. Franco protegió a innumerables judíos perseguidos en territorios ocupados por Alemania, en los años 1942 y siguientes, y salvó numerosas vidas dándoles acogida provisional y libre paso por España. Fue España la única nación que emprendió una operación de salvamento de judíos, que benefició a no menos de 46.000, lo cual impresionó justamente a la opinión católica norteamericana. Cf. Suárez, Franco, III, págs. 380385, 535 y sigs. Hay que registrar también los indultos especiales concedidos por complacer al Papa o a petición de éste (ibídem, IV, pág. 429, para el Año Santo 1950, y otras ocasiones.)
    2. «Boletín Oficial del Obispado de Vitoria», diciembre de 1975, páginas 482483. Consideraba con especial atención las peticiones de Obispos que tuviesen intención social (Suárez, Franco, IV, págs. 304305). Velaba por el buen nombre de la Iglesia. No dejó airear situaciones o conductas, aunque le pudiesen servir como arma política (casos notables, documentados en Suárez, Franco).
    3. Suárez, Franco, III, págs. 8790, y los boletines de las Ordenes y Congregaciones. Solicitud por los monasterios de clausura, ibid., IV, pág. 430.
    4. Así lo ha manifestado, más de una vez, en Televisión. Elogio del amor de Franco a Dios y a España, y afirmación «a quien sinceramente queríamos y admirábamos», homilía del Cardenal Tarancón corpore praesente en El Pardo, 20 de noviembre de 1975 («Boletín Oficial de la Archidiócesis de Madrid-Alcalá», 1 y 15 de diciembre de 1975, págs. 801802).
    5. Palabras dichas el 30 de noviembre de 1973 en la Asamblea Plenaria del Episcopado, según apunte autógrafo tomado por el autor.
    6. Palabras de Franco en el Mensaje de fin de año de 1972. A las transcritas precedieron las siguientes: «Nuestro Gobierno, acorde con los sentimientos católicos de la casi totalidad de los espafiol.es, ha mantenido invariablemente a lo largo de más de siete lustros su actitud de respeto y cooperación hacia la Iglesia. Todo cuanto…», etc.

  11. #11
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    Monseñor José Guerra Campos
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    Núm. 5, mayo 1986
    El Papa Juan XXIII en un determinado momento, en que por ciertas circunstancias «no podía decir públicamente» su sentir, transmitió a Franco por un Cardenal romano una bendición especialísima asegurándole su gran estima y cariño (15). Pablo VI, en los años sesenta, declara que la fidelidad de Franco a la Iglesia le consuela y anima (16). Al morir, Franco dice en su testamento: «Quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir» (17). En los funerales los Obispos diocesanos publicaron su gratitud, loaron la ejemplaridad de vida de Franco, su testimonio de fe, su amor a la Iglesia, su servicio eficaz a España con inspiración cristiana. Los que habían sido testigos inmediatos señalaron la hondura de su vida interior. Los testimonios episcopales constituyen un inusitado florilegio, que, en algún caso, alcanza calidad hagiográfica (18). No pocos apelaron a su intercesión celeste, lo mismo que numerosos visitantes de su tumba. Entre éstos muchos sintieron reavivada su fe adormecida. Los monjes del Valle de los Caídos atestiguan el hecho de abundantes conversiones (19). El conocido liturgista P. Garrido acaba de escribir (1985):«He tenido ocasión de leer muchos volúmenes, referentes a las Causas de los Santos, durante mis repetidas y largas estancias en Roma, y puedo asegurar que jamás me he encontrado con un caudal de testimonios de personas tan cualificadas y tan unánimes en manifestar la ejemplaridad y virtud de los siervos de Dios, como en el caso del Generalísimo Franco» (20).Notas
    1. Informe del Cardenal Arzobispo de Toledo, que lo había recibido del Cardenal de Curia Larraona. Cf. «Boletín de Cuenca», noviembre-diciembre de 1976, pág. 365.
    2. Declaración del Papa al Ministro de Justicia don Antonio María de Oriol, 13 de noviembre de 1965 (Suárez, Franco, VII, pág. 252). Cuando en 1963 hervía en torno a Franco la suspicacia y el desagrado ante la elevación al papado del Cardenal Montini, cuyos gestos recientes habían molestado, Franco extremó e impuso el respeto con actitud religiosa (ibid., VII, págs. 92-93).
    3. Estas y otras expresiones del Testamento fueron glosadas por muchos Obispos en sus homilías después de la muerte de Franco.
    4. Las homilías de los Obispos han sido publicadas en los boletines oficiales de las Diócesis correspondientes. Muchas de las expresiones relativas a las actitudes religiosas y morales de Franco se han reproducido en el «Boletín de Cuenca», febrero de 1976, págs. 63-104.

    Homilía del Cardenal Arzobispo de Toledo: «Boletín de Cuenca», noviembre de 1975, págs. 331-334. Manifestaciones del Obispo de Cuenca, ibídem, págs. 319-330, noviembre-diciembre de 1976, págs. 360-365.
    1. Declaraciones del Padre M. Garrido, monje del Monasterio del Valle de los Caídos, al periodista alemán P. Warner, transcritas en parte en el «Boletín de Cuenca», febrero de 1976, págs. 105-106. Y cf. el libro citado en la nota 2.
    2. P. Manuel Garrido, O. S. B., Francisco Franco, cristiano ejemplar (citado en nota 2), pág. 157.

  12. #12
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Monseñor José Guerra Campos
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    Núm. 5, mayo 1986
    V La acción pastoral y apostólica de la IglesiaEn los años que siguen a la guerra el Clero acometió la tarea pastoral con ánimo de suplir deficiencias y de mejorar, muy convencido de la necesidad de evangelización y formación del pueblo (1). Lo hizo en situación de insuficiencia numérica y de estrechez económica, sobrecargado de labores. Para muchos el trabajo era ilimitado, agobiante, si bien llevado con alegría. Serán precisamente los más entregados los que, años después, se mostrarán impacientes ante el peligro de no aprovechar al máximo las inmensas posibilidades adormeciéndose en la misma protección legal que las proporcionaba. Pero esta autocrítica no puede velar el hecho del dinamismo subyacente (2).La resaca de la guerra puso ante la acción pastoral los problemas de la reconciliación. Ahora se silencia demasiado esta verdad: los sacerdotes, en general, quisieron ser ministros de reconciliación; son innumerables los que ayudaron, en cuanto les fue posible, a los autores de daños (eran célebres los certificados de buena conducta generosamente inexactos); muchas familias, golpeadas por asesinatos, practicaron el perdón. Los Obispos, ya en 1937, habían invocado en favor de los verdugos los méritos de los mártires, que morían perdonándoles. Y para la Iglesia fue un consuelo el que, mediante ella, la mayoría de los que murieron por acción penal se reconciliaran con Dios (3).Para atender a las exigencias de la evangelización y la formación, fue preocupación dominante de los Obispos el aumento y la preparación de los sacerdotes y personas consagradas, y la participación apostólica de los seglares en la Acción Católica y otros movimientos. Muestra de la fecundidad de los esfuerzos de apostolado juvenil, y prueba inequívoca de la calidad espiritual renovada en la comunidad católica fue la multiplicación de vocaciones a la vida consagrada entre los años 1940 y 1964. Algunas cifras se imponen. El número de seminaristas mayores —candidatos al sacerdocio en el Clero diocesano— pasó de unos dos mil a ocho mil, cifra alcanzada ya en 1952 y mantenida con aumentos hasta 1964. Muy superior a la media de Europa y del mundo. En proporción al incremento de habitantes, esos ocho mil equivaldrían ahora a unos doce mil (y hay menos de dos mil). Los seminaristas menores pasaron de menos de cinco mil a unos catorce mil. El número total de seminaristas, en 1964, había crecido respecto a 1934 un 300 por 100 (4).Notas:
    1. La Conferencia de Metropolitanos, reunida en Toledo los días 25 de mayo de 1939, señaló la necesidad de promover la restauración de la vida cristiana, aprovechando la «buena disposición en que ahora están las autoridades y los pueblos en general»: impulsando la instrucción, las misiones populares y los ejercicios espirituales y, sobre todo, mediante una predicación verdaderamente apostólica, catequística, homilética (cf. Actas, tomadas del Archivo del Cardenal Gomá y reseñadas en Hispania Sacra, 34, y en R. Aisa-Gomá.)
    2. El autor es testigo. Se agradecía el marco institucional favorable, luego sancionado en el Concordato. Pero contra el tópico injurioso de que los católicos se contentaban con eso, es justo recordar que se sentía generalmente la necesidad de trabajar a fondo y de modo evangélico en ese marco, y algunos advirtieron que las ventajas de éste, sin aquel trabajo, podrían ser contraproducentes.
    3. Carta colectiva, de 1937. «Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la patria. Son hijos nuestros. Invocamos ante Dios y en favor de ellos los méritos de nuestros mártires…, que murieron perdonándoles.» Y refiriéndose a los autores de la «bárbara destrucción», los Obispos españoles notifican a los de todo el mundo: «Al morir, sancionados por la ley, nuestros comunistas se han reconciliado en su inmensa mayoría con el Dios de sus padres».
    4. Datos estadísticos sobre vocaciones: en Guía 1954 (y años siguientes); Exposición, Roma. Ya en 1948, el sociólogo Severino Aznar publicó el estudio La Revolución española y las vocaciones eclesiásticas, en «Revista Internacional de Sociología», núm. 21, enero-marzo 1948. Respecto al año 1934, el número de seminaristas había crecido según un promedio de 220 por 100, superado en 35 diócesis. Los alumnos de Seminario Mayor, comparando los años 1934 y 1947, crecieron en algunas Diócesis entre el 300 y el 440 por 100.

    En el año 1952 el número de seminaristas en España de cada 10.000 católicos era de 2,9. La media de Europa, 1,9. La media del mundo, 1,5.Entre las vocaciones, algunos centenares eran de jóvenes adultos («vocaciones tardías»).

  13. #13
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Monseñor José Guerra Campos
    Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
    Núm. 5, mayo 1986
    En 1964, el número de sacerdotes diocesanos era de 26.000 (aumento, 25 por 100), siendo las Diócesis 63 y las parroquias unas 20.000. Sacerdotes religiosos, 10.000 (aumento, 66 por 100). Total de Religiosos, en 150 Institutos: más de 38.000 (aumento, 170 por 100). Religiosas, en 260 Institutos (unos 60, creados en España estos años): 109.000 (aumento, 60 por 100), de ellas 20.778 de clausura. Incluidos los Institutos Seculares, en 1964, había en España más de 200.000 personas dedicadas por consagración especial al servicio de la Misión de la Iglesia (de ellas, unas 30.000 fuera del país), sin contar los centenares de miles de seglares apostólicos (5).Caracteriza a los años cuarenta y cincuenta el interés por cultivar formas de espiritualidad y de dedicación misionera del Clero diocesano (6). La Acción Católica trabaja por integrar a los católicos en la comunión fundamental de la Iglesia, con vinculación cordial al Papa, a la Diócesis con su Obispo y a la Parroquia (7). Gran solicitud por la regeneración de la familia. Se insiste en que el apostolado es obligatorio para todo cristiano. Se subraya la necesidad de esa forma orgánica de colaboración directa con la Jerarquía que es la Acción Católica, animadora de todas las dimensiones de la misión de la Iglesia. Al comenzar los años sesenta, la Unión Nacional de Apostolado Seglar reunía más de noventa organismos nacionales, de la Acción Católica y de otros Movimientos; y el número de militantes asociados multiplicaba muchas veces el que suman todas las actuales organizaciones políticas y culturales (8).La creatividad es nota distintiva de los dos primeros decenios. Casi todos los instrumentos de que está dotada la Iglesia actual (obras editoriales, catequéticas, misioneras, medios de difusión, órganos de enseñanza y cultura, acción asistencial, cauces de espiritualidad seglar, cine, etc.) se crearon o se reforzaron antes del año sesenta.Notas:
    1. Exposición, Roma. Datos estadísticos sobre sacerdotes y religiosos en el mundo entero: Guía 1954 y sigs., y serie del Anuario Pontificio.
    2. Hubo muchas iniciativas y movimientos para afirmar en los dedicados al servicio pastoral exigencias de vida espiritual y de disponibilidad misionera no menores que en los religiosos. Bajo el patrocinio del Beato Juan de Avila se forman equipos de sacerdotes del Clero secular que participan en Misiones Populares. Renace, como otras veces en la historia, el deseo de vida en común.
    3. Se celebraron con especial intensidad el Día del Papa, el Día del Prelado, el Día de la Parroquia (en la fiesta del Buen Pastor).
    4. Por ejemplo, la rama de Mujeres A. C., tenía 150.000 miembros; la Juventud Obrera A. C., 87.000; las Hermandades del Trabajo, 113.000… Como referencia para justipreciar estas cifras, se puede indicar que en 1979, según informe oficial de la Conferencia de Obispos, las Mujeres de A. C. tenían 11.000 miembros, y la Juventud Obrera, 800 (y unos 1.900 en iniciación).

  14. #14
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Monseñor José Guerra Campos
    Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
    Núm. 5, mayo 1986
    Recordemos unas líneas de acción dominantes:EvangelizaciónLa Predicación se intensifica, acercándose a todos los lugares de vida y trabajo. Se utilizan todas las emisoras radiofónicas de España; las propias de la Iglesia llegan a ser 47, red no igualada en Europa. Cerca de 700 revistas y boletines. Millones de folletos. Se editan unos 5.000 libros en los primeros veinte años; hacia 1975 salían unos 1.900 títulos al año, con unos 13.000.000 de ejemplares (9). Las Misiones populares reaniman la vida de fe de muchas comarcas. Se entregan a este ministerio más de 8.000 sacerdotes seculares y religiosos, y alcanzan a más de 3.000.000 de personas cada año (10).Catequesis y enseñanza religiosaLlegan a todos los niños y jóvenes. En las escuelas nacionales es muy intensa la colaboración de los maestros. Las instituciones de la Iglesia tenían al final del período 6.852 escuelas propias (2.405 de Preescolar, 2.734 de Educación Básica, 822 de Bachillerato, 525 de Formación Profesional, 23 de A. T. Sanitarios, 34 de Asistentes Sociales, 120 —refundidas en 22— de Formación del Profesorado), con cerca de 1.900.000 alumnos; y unos 280 centros de enseñanza radiofónica. Dirigían 191 centros de educación especial (11). El nivel medio de formación en las Universidades no pareció satisfactorio; se completó con una buena labor en algunos Colegios Mayores. Añadamos que la formación de los asociados es tarea primordial de los Movimientos apostólicos (12).Notas

    1. Libros católicos de España: catálogo de la «Exposición presentada por el Instituto Nacional del Libro Español en homenaje al Concilio Vaticano II» en Roma, 1963. Guía de medios de comunicación social de la Iglesia en España, con datos resumidos en Guía de la Iglesia en España 1979.
    2. La Federación del Apostolado de la Palabra comprendía 8.600 sacerdotes, participando 16 Institutos Religiosos. Su campo de acción eran las Misiones Populares, los Ejercicios Espirituales y el Catecismo. Por ejemplo, en el período anterior a 1964 los Paúles, con cooperación del Clero secular, habían organizado 29 Grandes Misiones, que llegaron a más de tres millones y medio de personas.
    3. El número de Institutos Religiosos dedicados al ministerio escolar era de unos 170. El número de alumnos en las escuelas de la Iglesia, el año 1975, era: 288.035 en Preescolar; 1.310.356 en General Básica; 189.983 en Bachillerato; 71.306 en Formación Profesional; 4.465 en A. T. Sanitarios; 6.780 en Formación del Profesorado.
    4. El autor examinó el estado de la formación religiosa universitaria en el Congreso Nacional de Perfección y Apostolado 1956. Circulaba entonces una Encuesta preocupante de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, de Valladolid (1952).

  15. #15
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    La fuente de los anteriores artículos: https://manuelmartinezcano.org/categ...campos/page/3/

  16. #16
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    Re: La Iglesia en España (1936-1975) – Síntesis histórica

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Nota: y no va contra Pious, sino para el transcriptor de los textos:

    Lo de «Monsignore» es un título extranjero que el doctor Guerra Campos jamás usó como buen español.

    Sería don José, su ilustrísima o el doctor Guerra Campos la forma correcta de nombrarle.
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