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Tema: Lutero, no y no

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  1. #1
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    Re: Lutero, no y no

    Luterándonos: el libre examen



    El P. Teztel, dominico enviado a predicar el verdadero sentido de las indulgencias, decía respecto de Lutero ya en su época:

    “Los artículos de Lutero están destinados a promover un gran escándalo, pues por su causa muchos despreciarán el poder de su Santidad del Papa y de la santa Sede Romana. También se abandonarán las obras de penitencia sacramental, y no se volverá a creer a los predicadores y doctores, queriendo cada cual interpretar la escritura a su antojo, por donde la santa y universal Cristiandad habrá de incurrir en gran peligro de las almas, pues cada cual no creerá sino en aquello que bien le pareciere[1].

    Y Lutero, en esto, daba el ejemplo con su propia vida:

    “Yo no quiero ser juez ni un asno papa, ni una mula. No quiero responder nada a tales asnos ni a sus berridos inútiles sobre la palabra ‘sola’ (sola scriptura). Ya basta. Lutero lo quiere, Lutero habla así. Lutero es un doctor por encima de todos los doctores de todo el papismo (…)[2].

    “El cristianismo no es más que un continuo ejercicio de sentir que no has pecado aunque hayas pecado y que todos tus pecados son cargados a Cristo” [3].

    “Sé pecador y peca reciamente, pero confía más vigorosamente y gózate en Cristo que es el vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. No te imagines que esta vida sea la morada de la justicia: antes bien, es preciso pecar. Bástate reconocer al corderillo que lleva sobre sí los pecados del mundo, y en tal caso el pecado no podrá separarte de Él aunque cometas mil fornicaciones al día y perpetres otros tantos homicidios”[4].

    “Aunque los santos Cipriano, Ambrosio y Agustín; aunque San Pedro, San Pablo y San Juan; aunque los ángeles del cielo te enseñen otra cosa, esto es lo que sé de cierto: que no enseño cosas humanas, sino divinas; o sea que todo lo atribuyo a Dios, a los hombres nada (…). Los Santos Padres, los doctores, los concilios, la misma Virgen María y San José y todos los santos juntos pueden equivocarse”[5] (él no, claro).

    Que no te la cuenten…


    P. Javier Olivera Ravasi




    [1] Vorlegung, Art. 19, Paulus, Tetzel 53. Amplios extractos en Hefele-Leclercq, Hist. Des Conciles, VIII, 651-57 (Cfr. Ricardo García-Villoslada, Lutero, t.1, BAC, Madrid 1973, 347)

    [2] Sendbrief vom Dolmetschen: WA 30,2 p.632-36. «Doctor Martinus Luther wils also haben, und spricht: Papist und Esel sey ein Ding. Sic volo…» (Cfr. Ricardo García-Villoslada, Lutero, t.2, BAC, Madrid 1976, 35).

    [3] Opp. exeg. lat., XXIII, 142; Weil., 331, 7 (cfr. Jacques Maritain, Tres reformadores, Excelsa, Buenos Aires 1945, 45).

    [4] Enders III, 208 (Cfr. cfr. Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 20).

    [5] WA 40,1 p.130-31 y «Es heisse Heilig, Gelert, Veter, Concilia, oder was es sein mag, wenn es gleich María, Joseph und alle Heiligen miteinander waren, so folget darumb nicht, das sie nicht haben können irr en und feilen» (WA 17,2 p.28) (Cfr. Cfr. Ricardo García-Villoslada, Lutero, t.2, BAC, Madrid 1976, 14). .


    Luterándonos: el libre examen – Que no te la cuenten
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  2. #2
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    Re: Lutero, no y no

    Luterándonos: para el “reformador”, la mujer, prostituta y sumisa


    – Y sí…; hasta el domingo, por lo menos, seguiremos publicando perlitas del “reformador” a partir de las fuentes históricas…

    Lutero no era alguien a quien hoy llamaríamos “defensor de la mujer”. Con un planteo puritano, consideraba que el sexo era siempre pecado, aunque Dios lo perdonase, de allí que la mujer fuese necesaria para el hombre, aunque perteneciese a una segunda categoría; a la categoría de cosa:

    “Las mujeres evidentemente no pueden servir más que para el matrimonio o para la prostitución
    [1].
    De allí que aconsejaba que,

    “aunque las mujeres se fatiguen y aun revienten con la preñez, tú déjalas reventar en buen hora que para eso han nacido. Más vale vida corta con salud, que larga con enfermedad”[2].
    Con el tiempo no dudaría en incluso aplaudir cierto rapto de unas religiosas de parte de algunos clérigos violentos, en la noche del Sábado Santo de 1523, llamando a su cabecilla “bienaventurado ladrón”:

    “A imitación de Cristo también vos habéis sacado estas almas de la prisión, de las garras de la tiranía humana , precisamente en el oportuno tiempo de la Pascua, en que Cristo rompió las cadenas de los suyos”[3].
    “Si una mujer se niega a pagar el débito conyugal, el hombre debe echarse la cuenta de que su mujer ha sido robada y apropiada por forajidos y agenciarse otra”[4].
    La mujer es simplemente,

    un animal estúpido que sólo servía de mero instrumento para acallar el apetito sensual: Tan pronto como cualquier hombre sienta en sí la plenitud de los fueros de macho, tome una mujer, y no tiente a Dios. Para eso la doncella tiene su sexo de mujer; para que le suministre al hombre un remedio saludable para evitar el onanismo”[5].
    De allí que estuviese a favor del goce de varias mujeres a la vez, pues “la poligamia no es opuesta a la Sagrada Escritura”[6].

    A Enrique VIII, el incontinente rey inglés, que le pedía consejo, le decía: “antes le permitiría al rey añadir una segunda reina a la primera, y a ejemplo de los patriarcas y reyes antiguos tener a la vez dos mujeres o dos reinas”[7], pues “no hay prohibición de que un hombre pueda tener más de una mujer, y yo por ahora no podría impedirlo”[8].
    Que no te la cuenten…

    P. Javier Olivera Ravasi


    [1] Martín Lutero, Weim., XII, 94, 20 (1523) (cfr. Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 131).
    [2] Martín Lutero, Erl., 20, 84 (Predigt vom ehelichen Leben, 1522), Weim., X, P. II, p. 301, 13 (cfr. Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 323). [3] Martín Lutero, Weim XI, 394-30 (cfr. Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 25). [4] Martín Lutero, Erl., 20, 73; Weim., X, P. II, p. 200, 23 (cfr. Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 317). [5] Carta de Martín Lutero en Seidemann, Lauterbachs, Tagebuch, año 1538, ed. Seidemann, p. 101 (cfr. Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 323). [6] Carta de Martín Lutero en Briefwechsel in der Erlangen, Frankfurt-Calwer Ausgabe (1884-1903) Enders, IV, 283, año 1524 (cfr. Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 142). [7] Carta de Martín Lutero en, Enders, IX, 93: Cf. p. 25, n. 2. Doce días antes, Melanchthon se había expresado en el mismo sentido, Corp. Ref. II, 528 (cfr. Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 142-143). [8] Carta de Martín Lutero en M. Lenz, Briefverchsel Landsgraf Philipps des Gross, mutigen von Hessen mit Bucer, I, 3432 y s., nota. (cfr. Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 25.

    Luterándonos: para el “reformador”, la mujer, prostituta y sumisa – Que no te la cuenten
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  3. #3
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    Re: Lutero, no y no

    Luterándonos: la vida religiosa





    Escribió Lutero desde Wartburg a su amigo Gerbel:

    “Hay una vigorosa conjuración entre Felipe (Melanchthon) y yo en contra de los votos de los religiosos y de los sacerdotes, para abolirlos y anularlos: ¡oh! ¡aquel bandido de anticristo con sus escamas, cómo ha servido de instrumento a Satanás para destruir todos los misterios de la piedad cristiana! (…). Dichoso tú que has vencido con el honroso matrimonio aquel impuro celibato”[1].
    Y sobre los votos específicamente, agregaba:

    “Los votos monásticos son imposibles y anticristianos, pura hipocresía o soberbia, el matrimonio es absolutamente obligatorio y necesario para quien tiene órganos de generación[2].


    “Benedictinos, cartujos, agustinos, carmelitas, todos los monjes y todas las monjas están ciertamente condenados; sólo los cristianos se salvarán… porque no es por Cristo que quieren salvarse, sino por otro medio: su regla y sus votos”. (Los religiosos) “no merecen el nombre de hombres: se sitúan mucho más abajo que los puercos” (…). “Si yo tuviese a todos los franciscanos en la misma casa, les prendería fuego”[3].


    Los votos solemnemente pronunciados delante de Dios son una renegación de Cristo, un engaño diabólico, contrarios al Evangelio, y en tal supuesto, son por ellos difamados como apóstatas aún los religiosos que se han mantenido fieles a Dios”[4].


    “Mediante el voto de castidad se reniega de ser hombre, con lo cual cada uno de ellos es invitado a quebrantar los sagrados votos; adelante, pues, decididamente, teniendo ante los ojos a Dios en la recta fe, y volviendo la espalda al mundo con su batahola, taconazos y vocinglería; no escuchar ni mirar nada aunque detrás de nosotros se hundan Sodoma y Gomorra, ni preocuparse de su paradero[5].


    “El que jura castidad es como el que jurase cometer adulterio o cualquier otra cosa prohibida por Dios”[6].
    No muy distinto era su odio contra el mismo sacerdocio y la Santa Misa:

    “En otros tiempos, cuando yo era monje, al celebrar por primera vez y leer en el canon estas palabras: Te igitur, clementissime Pater… Offerimus tibi, vivo et aeterno…, me quedé atónito y sobrecogido de horror. Pues pensaba: ¿Cómo puedo dirigir mis palabras a tan inmensa majestad?”. Minutos antes se había dado vuelta al superior diciéndole: “Señor prior, tengo miedo, quiero huir del altar”. Pero el agustino lo animó: “Adelante, siempre adelante”[1].


    “Sostengo que después de la consagración hay verdadero pan y verdadero vino, en los cuales está la verdadera carne y la verdadera sangre de Cristo”[2].


    “El sacerdote que dice la misa no es sacerdote de Dios sino de Satanás; la misa es un ministerio sacrílego, diabólico, impío, abominable (…). El culto de la misa supera toda impiedad y abominación, de suerte que si otra causa no hubiere para colgar los hábitos, abandonar el convento y detestar los votos, sería más que suficiente esta abominación de la misa… Yo por mi parte, preferiría haber sido adúltero, homicida, rufián y salteador de caminos antes que sacerdote[3].

    En 1522 escribía a un discípulo:

    Precave y aconseja que nadie se haga sacerdote, monje o monja, y que los que ya lo son, cuelguen los hábitos (…). Hagámoslo así por otro par de años y ya verás qué polvo llevan el papa, el obispo, el cardenal, el cura, el monje, las campanas, los campanarios, la misa, las vigilias (…). Todo esto se desvanecerá como una sombra… En este solo año ya hemos hecho una gorda con haber inculcado y escrito estas verdades: ¡qué corta y estrecha se ha quedado la manta de los papistas![4]

    Que no te la cuenten…
    P. Javier Olivera Ravasi

    [1] Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 357.


    [2] Alfredo Sáenz, La Nave y las tempestades. La Reforma Protestante, Gladius, Buenos Aires 2005, 178.


    [3] Ídem, 191.

    [4] Heinrich Denifle, op. cit., 7.

    [5] Ídem, 8.

    [6] Ídem, 10.




    Luterándonos: la vida religiosa – Que no te la cuenten

  4. #4
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    Re: Lutero, no y no

    Luterándonos: fe y razón; Aristóteles y Santo Tomás de Aquino







    La razón, según Lutero, sirve para las cosas prácticas del mundo terreno, pero de ningún modo para iluminar los asuntos de la fe, de allí que sea una abominación pensar que con ella se pueda profundizar la teología y los dogmas ya que la razón es contraria a la fe[1].
    Lo mismo diría luego:

    “La razón se opone directamente a la fe, y deberían dejarla que se vaya; en los creyentes hay que matarla y enterrarla[2] (…).Es imposible poner de acuerdo a la fe con la razón[3] (…). Has de abandonar tu razón, ignorarla, aniquilarla por completo, de lo contrario no entrarás en el Cielo (…)[4].Es menester dejar a la razón en su casa, porque es la enemiga nata de la fe… Nada hay tan contrario a la fe como la ley y la razón, hay que vencerlas si se quiere alcanzar la bienaventuranza”[5].

    A la inteligencia “Dios nos la ha concedido para que gobierne en el mundo, es decir, a ella corresponde el poder de dictar leyes y de ordenar principalmente lo que respecta a esta vida, como el beber, el comer, el vestir, así como lo referente a la disciplina exterior y a una vida honesta”[6], pero en lo espiritual
    es “ciega y anda en tinieblas”[7].

    “La razón es la puta del diablo. Sólo es capaz de blasfemar y de deshonrar cuanto Dios ha dicho o ha hecho”[8]
    (…) “La más feroz enemiga de Dios”[9] (…). “Es la mayor puta del diablo; por su naturaleza y manera de ser es una puta dañina; una prostituta, la puta titular del diablo, una puta carcomida por la roña y la lepra, a quien habría que pisotear y destruir junto con la sabiduría… Arrójale inmundicia al rostro para afearla… La abominable merecería ser relegada a la más sucia habitación de la casa, a las letrinas”[10].

    Pero no sólo la razón será despotricada contra el autor de la Ruptura Protestante, sino también aquellos que hubiesen intentado utilizarla a lo largo de la historia, entre otros, Aristóteles y el gran Santo Tomás de Aquino:

    “Aristóteles es el reducto impío de los Papistas. Es para la teología lo que las tinieblas son para la luz. Su ética es la mayor enemiga de la gracia”[11]
    , es un “filósofo rancio”[12], un “pillo digno de ser encerrado en el chiquero o en el establo de los asnos”[13], “un calumniador desvergonzado, un comediante, el más astuto corruptor de los espíritus. Si no hubiera existido en carne y hueso, no sentiría el menor escrúpulo en tenerlo por un verdadero diablo”[14].

    Aristóteles no es más que un “ciego gentil”, “una bestia pagana; “un devastador de la pía doctrina”, “un mero diccionario”, “impiísimo”, “sicofante”, “burro ocioso”, “monstruo de tres cabezas”[15].

    Tanto era el odio de Lutero que hasta se dedicaba a atacarlo por medio de sus discípulos:

    “Estoy preparando a seis o siete doctorandos, entre ellos Adriano (de Amberes), para el futuro examen, que redundará en ignominia de Aristóteles, contra quien desearía que se alzasen pronto muchísimos enemigos”[16].

    ¿Y de Santo Tomás?

    Refiriéndose a Santo Tomás dice: “nunca comprendió un capítulo del Evangelio o de Aristóteles”[17].

    “Santo Tomás: me duele que este insigne varón haya intentado probar las cosas de la fe valiéndose de Aristóteles… La razón principal de mi opinión es que las palabras divinas no deben sufrir violencia ni de parte de los hombres ni de parte de los ángeles, sino que en lo posible se han de interpretar en su sentido más sencillo”[18].

    “En resumen es imposible reformar la Iglesia si la teología y la filosofía escolástica no se arrancan de raíz”[19].


    Y en esto último no se equivocaba…

    En fin…; todo un adelantado.
    Que no te la cuenten…
    P. Javier Olivera Ravasi


    [1] Martín Lutero, Disputationes, a cura di Paul Drews, Göttingen 1895, 42 (cfr. Jacques Maritain, Tres reformadores, Excelsa, Buenos Aires 1945, 42).
    [2] Weim., XLVII, 328, 23-25 (1537-1540).
    [3] Weim., XLVII, 329, 29-30. “Ratio est omnium maximum impedimentum ad fidem”. Tischredem, Weim., III, 62, 28, Nº 2904 a. [4] Weim., XLVII, 329, 6-7. [5] Weim., VI. (N9 6718), 143, 25-26, 32-35. [6] Weim., XLV, 621 5-8 (1538). [7] Weim., II, 319, 8; 320, 12. [8] Weim., XVIII, 164, 24-27 (1524-1525) [9] “Rationem atrocissimum Dei hostem”, in Galat. (1531) 1535, Weim., XL. P. 1, 363, 25. [10] Erl., 16, 142 a 148 (1546). [11] Cf. Uberweg, Grundriss der Geschichte der Philosophie, III, 1914, t. 30, 32. [12] Weim., IX, 43, 5 (1510-1511). [13] Weim., VII, 282, 15-16 (1521). [14] Carta a Lang, 8 de febrero de 1516, de Wette, I, 15-16. [15] Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero, t. 1, Bac, Madrid 1973, 72. [16] Martín Lutero, Briefwechsel (WA 1930-67). I. 100. [17] Enders, I, 350, 25-30 (14 de enero de 1519); I, 173-174, 50-57 (24 de marzo de 1518). [18] Weimarer Ausgabe (Weimar 1883 y ss.) 6, 508-509. [19] De Wette, I, 64, P. 108 (1518).


    http://www.quenotelacuenten.org/2016...mas-de-aquino/
    Última edición por Hyeronimus; 07/11/2016 a las 14:03
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  5. #5
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    Re: Lutero, no y no

    Luterándonos: los frutos de la ruptura según Lutero



    Terminemos esta serie de fichas que hemos compartido aquí durante días a modo de “flos haereticorum“, con algunas citas del balance que el mismo heresiarca hacía.

    Que no te la cuenten…
    P. Javier Olivera Ravasi
    Cuadro: Egbert II van Heemskerck – “Lutero y Calvino en el infierno” (1700).
    “¿Qué frutos trajo, fray Martín?”:
    “los nuestros (tiempos) son al presente siete veces más escandalosos que lo que se ha usado hasta ahora; noso*tros robamos, mentimos, engañamos, comemos y bebemos y nos entregamos a todo género de vicios (…). Nosotros los alemanes somos al presente el ludibrio y la vergüenza de todo el mundo que nos califica de puercos, ignominiosos y obscenos”[1].
    Dimos caza a un diablo, pero se nos han echado encima otros siete peores
    [2].

    “La avaricia, la usura, la deshonestidad, la crápula, la blasfemia, la mentira y el fraude progresan des*mesuradamente harto más que bajo el papado: tan ver*gonzoso estado de cosas desacredita al Evangelio y a sus predicadores, dando lugar a que se diga: si esa doctrina fuese verdadera, la gente sería más piadosa[3].

    “Nosotros los alemanes —escribía Lutero en 1532— pecamos y somos esclavos del pecado, vivimos en los placeres carnales y nos asfixiamos bárbaramente en el libertinaje. Queremos hacer cuanto nos venga en talante, y todo lo que cede en servicio del diablo, y queremos ser libres de hacer lo que se nos antoja. Son pocos los que piensan en la grave dificultad de librarse de los pecados. Están contentísimos de haberse desgarrado del papa, de la autoridad eclesiástica y las demás leyes; pero no paran mientes en el modo con que deben servir a Cristo y preservarse de los pecados (…) Si yo tratara de pintar a Alemania, debería copiar en ella la figura de una marrana[4].



    [1] Heinrich Denifle, Lutero y el luteranismo. Estudiados en sus fuentes,Tip. Col. Santo Tomás de Aquino, Manila 1920, 23.



    [2]Ídem, 26.


    [3]Ídem, 27.



    [4] Ídem, 28.





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  6. #6
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    Re: Lutero, no y no

    miércoles, 9 de noviembre de 2016

    LA IGLESIA, DE MANERA INFALIBLE, CONDENÓ A MARTÍN LUTERO: MONS. ATHANASIUS SCHNEIDER


    "Poner la religión de origen divino en el mismo nivel con las religiones inventadas por los hombres es la blasfemia que trae los castigos de Dios en la sociedad mucho más que los pecados de las personas y las familias".

    Désiré Felicien François Joseph Cardenal Mercier (1851-1926).







    ¿Dones espirituales las blasfemias de Lutero? ¿Dones teológicos sus herejías contra la Revelación Divina? ¿Lutero encontró a Dios apostatando de la verdadera Iglesia? ¿Por qué el papa Francisco viene a contradecir todo lo que la Iglesia nos enseñó infaliblemente sobre los errores de este heresiarca? ¿Por qué celebra el aniversario de la rebelión de Lutero en un templo luterano con sus falsos "obispos" y falsas "obispesas" favorables al homosexualismo, los más alejados del Evangelio, los más liberales y los menos representativos del luteranismo, pues son rechazados por todos los demás luteranos que son menos liberales.


    El Padre Pío también afirmaba que Lutero se había condenado, ¿cómo puede celebrarse lo que llaman su "Reforma" que en realidad fue toda una amplia deformación de la doctrina católica que realizó el heresiarca que -como recuerda Mons. Schneider- sus errores fueron condenados ex-cathedra por la Iglesia, es decir de manera infalible e irrevocable?




    ________________________________

    Fuente:

    Catolicidad: LA IGLESIA, DE MANERA INFALIBLE, CONDENÓ A MARTÍN LUTERO: MONS. ATHANASIUS SCHNEIDER
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  7. #7
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    Re: Lutero, no y no

    500 años de Lutero…¿algo que celebrar?, por Fernando Paz

    http://www.actuall.com/criterio/democracia/500-anos-luteroalgo-celebrar/



    La irrupción del protestantismo en la historia europea ha representado dos cosas decisivas para el mundo contemporáneo; de un lado, ha sembrado la semilla del relativismo; de otro lado, ha abierto paso a un generalizado proceso de secularización.

    --

    El 31 de octubre de 1517, un monje agustino de treinta y cuatro años, Martín Lutero, clavó un documento en la puerta del palacio de Wittenberg. En él, a lo largo de 95 puntos, acusaba a la Iglesia por la venta de indulgencias a cambio de donaciones para construir la basílica de san Pedro; lo que –argumentaba Lutero- desmerecía el sacramento de la confesión, por cuanto representaba una sustitución de la penitencia.
    Aunque la venta de indulgencias era un asunto antiguo, no carecía de razones el fraile para la protesta. La situación de la Iglesia en aquellos días ciertamente no era envidiable desde el punto de vista espiritual, y no eran pocas las voces que reclamaban una renovación profunda a partir del retorno a las fuentes más sencillas de la fe. Existía la conciencia de que la Iglesia necesitaba una profunda reforma; los espíritus más pietistas e ilustrados así lo creían.

    En realidad, el gesto de Lutero no era nada fuera de lo habitual. Las puertas de las iglesias servían de tablones de anuncio, y en ellas se seguían las polémicas de orden teológico, implicando a círculos nunca demasiado numerosos de iniciados en dichas controversias. Podía concertarse un debate entre aquellos que discrepasen de lo que se anunciaba, y normalmente, eso era todo.


    Aquél gesto suyo, sin embargo, tendría consecuencias de más largo alcance. Para sorpresa del propio Lutero, el texto en alemán –no es seguro que el original estuviese en esa lengua- comenzó a recorrer el país de un extremo a otro gracias a la generalización de un invento relativamente reciente: la imprenta. En unos pocos meses, el escrito se había leído en media Europa, y pronto el papa tuvo que ocuparse del agustino. León X promulgó la bula Exsurge Domine por la que condenaba las tesis de Lutero, al tiempo que aclaraba que lo que las indulgencias permitían era una remisión de la pena temporal impuesta y no un perdón de los pecados como tal. Al año siguiente, en 1521, ante el empecinamiento de Lutero en sostener su causa y no retractarse, excomulgaría a este.
    A esas alturas era mucha la gente que se preguntaba qué clase de hombre se sentía capaz de desafiar así a la Iglesia.
    El personaje: Lutero

    El monje agustino era, sin duda, un hombre brillante. Profesor universitario, leía griego, latín y hebreo, algo imprescindible en un estudioso de la Biblia. Llegó a dirigir una docena de monasterios como vicario. Por lo demás, era amante de la música, e incluso tocaba el laúd con cierta pericia.
    Lutero entró en religión, se asegura, por causa de una promesa que le hizo a santa Ana –algo notable para quien posteriormente condenaría el culto a los santos- en medio de una tormenta, cuando un rayo le cayó tan cerca que la presión del aire lo lanzó a tierra. Corría el 2 de julio de 1505. Aterrorizado, ofreció profesar los hábitos si salvaba el pellejo.
    Él mismo refirió más tarde en varias ocasiones el episodio como el momento en que decidió hacerse fraile, y lo cierto es que apenas quince días después entraba en el Monasterio Negro de Erfurt. Pero la verdad es que el aún joven Martín ya había considerado esa posibilidad para disgusto de su padre, que prefería verlo convertido en un hombre de letras.


    Nada falto de cualidades, acusaba algunos marcados defectos. Uno de ellos era el de una irrefrenable tendencia a la concupiscencia carnal, preocupación que siempre había sentido aunque nunca como ahora. Otro, el de la soberbia, quizá el peor de todos por cuanto le empujó a la desobediencia. Los dos juntos parecieron conspirar para inducirle a desarrollar una teología novedosa en la que las obras (los actos) no desempeñaban papel alguno.
    La teología de Lutero

    Aunque era comprensible su indignación ante el estado en que se encontraba la Iglesia a comienzos del siglo XVI, pronto la deriva de Lutero se apartó de la razón originaria de su protesta, y comenzó a pronunciarse acerca de cuestiones teológicas que nada tenían que ver con ella.
    Aún más: si bien Lutero se había escandalizado por causa de que las indulgencias menoscababan el sacramento de la confesión, pronto determinaría que en realidad no había más que dos sacramentos válidos, y entre ellos no estaba este (solo admitía el bautismo y la eucaristía; la eucaristía como la entiende Lutero niega la transustanciación ya que el sacerdote no tiene la capacidad de llevarla a cabo, considerando que, en su lugar, se produce una presencia de Cristo por voluntad de Éste, lo que se denomina consustanciación, puesto que el pan y el vino no dejan de serlo con la consagración).


    La razón para reconocer la eucaristía y el bautismo como sacramentos -y no los otros cinco-, era que se trataba de los únicos que tenían apoyo en la Biblia; del resto no se hablaba en ella y, por lo tanto, la purificación de la fe exigía su anulación. Se basaba, pues, en la afirmación del principio de la Sola Scriptura: en materia de fe no había que creer más que en las Escrituras. El problema, como los católicos no se cansaban de recordarle, era: ¿en qué lugar de la Escritura se dice tal cosa?
    Los sacerdotes no tenían una autoridad mayor que la de cualquier otro fiel, pues Cristo no había instituido una casta sacerdotal particular, sino que había hecho sacerdotes de todos sus seguidores. De acuerdo a eso, la tradición de la Iglesia era superflua, ya que al fin no era más que una interpretación entre muchas posibles y, aunque el libre examen no significaba exactamente que todas las interpretaciones de la Biblia fuesen igualmente válidas, con facilidad daba pie a esta creencia.
    Por supuesto, la autoridad del papa, así como el culto a la Virgen y a los santos, no eran más que creencias o devociones medievales que habían desvirtuado el sentido originario de la fe cristiana.


    Si el sacerdocio y la tradición debían ser eliminados, era claro que la Iglesia estaba de más, y que constituía una falsificación y un estorbo para la salvación, cuyo único camino era la fe. Sólo la fe salva. La afirmación de que los actos no tienen importancia alguna, le llevó a formular su célebre apotegma: pecca fortiter, sed crede fortius” (“peca con fuerza, pero cree con más fuerza”).
    Así, pues, la fe lo es todo. Y lo es hasta el punto de que Lutero despreciaba los intentos cristianos de desentrañarla a la luz de la razón, que no eran sino vanos empeños inspirados por el maligno, pues Lutero afirmaba que “la razón es la puta del diablo”.
    La herencia de Lutero

    Con inmediatez a la predicación luterana surgieron las reacciones de un lado y de otro. No faltaron católicos que trataron de que no se consumase la ruptura, entre ellos el emperador Carlos V; todos los esfuerzos fueron en vano. La reacción católica, sin embargo, se plasmó en la convocatoria del Concilio de Trento, que se celebraría durante las décadas posteriores y que revitalizaría poderosamente el catolicismo.
    Por su parte, los príncipes alemanes encontraron sumamente atractiva la propuesta de Lutero. La desaparición de la Iglesia, además de poner en sus manos una gran cantidad de propiedades, estimulaba su independencia del emperador y reforzaba su poder frente a este. La pequeña nobleza tenía un interés semejante por cuanto le permitía acceder a una riqueza de la que carecía. La incipiente burguesía de las ciudades así como los comerciantes, vieron también una oportunidad única. Por eso alimentaron las tensiones frente al poder imperial, que mantendrían hasta un siglo después de la derrota que el emperador les infligiría en Mühlberg (1547). Batallaron con tesón una y otra vez, pero la idéntica determinación con que les hizo frente Carlos consiguió que no se impusieran sobre el conjunto de Alemania.
    No pudo impedir, empero, que a partir de la paz de Augsburgo (1555) y aún más de la paz de Westfalia (1648), la ruptura de Europa fuese un hecho, y lo sea hasta el día de hoy. Sin duda, el surgimiento del protestantismo fue causa de esta ruptura.

    En el plano político, Lutero se apoyó siempre en la nobleza. En modo alguno fue un revolucionario social; antes al contrario, era extremadamente conservador y, cuando estalló la guerra de los Campesinos en 1525 se alineó contra estos sin dudarlo y a favor de los nobles. La consecuencia de su connivencia con la nobleza alcanzó el punto de postular abiertamente la sumisión de la religión al poder político.


    Lutero, además, sostuvo una postura inconfundiblemente antisemita, ya que consideraba a los judíos como “abyectos y despreciables, infectos gusanos venenosos” y a la sinagoga como “una novia impura, sí, una ramera incorregible, una mujerzuela impía…”
    Propuso quemar las escuelas rabínicas y las sinagogas; que se prohibiera la predicación judía y que las propiedades de estos fueran destruidas. Parece inequívoco su llamamiento a la aniquilación de los hebreos cuando escribió: “Seremos culpables de no destruirlos”.
    Tanto la sumisión de la religión al poder político, con el inevitable resultado de la creación de iglesias nacionales, como su radical postura antisemita le valió la admiración de Adolf Hitler, que con frecuencia se refería a “rescatar el espíritu de Lutero”. Un agudo observador de la vida en la Alemania nazi, William L. Shirer, escribió al respecto: El gran fundador del protestantismo era a la vez un antisemita apasionado y un creyente feroz en la obediencia absoluta a la autoridad política. Deseaba que Alemania se deshiciera de los judíos. El consejo de Lutero fue, literalmente, seguido cuatro siglos más tarde por Hitler…”
    La irrupción del protestantismo en la historia europea ha representado dos cosas decisivas para el mundo contemporáneo; de un lado, ha sembrado la semilla del relativismo al postular el libre examen, negando la autoridad de la Iglesia y la tradición; de otro lado, ha abierto paso a un generalizado proceso de secularización.
    Desde el punto de vista socio-religioso cabe afirmar, por tanto, que las sociedades europeas que adoptaron el protestantismo fueron las primeras en las que se impusieron el laicismo y la secularización; y también que la evolución de esas sociedades demuestra que el protestantismo ha sido poco más que el prólogo al indiferentismo y al ateísmo.
    Incluso en estos días en que se produce un cierto renacer religioso cristiano en el Este de Europa –hasta hace 25 años comunista-, este tiene lugar en las sociedades católicas y ortodoxas, caso de Polonia, Hungría o Rusia; y no en las luteranas República Checa, en Estonia o en la Alemania oriental, como si el protestantismo las hubiera esterilizado para siempre.
    El desolador balance de la reforma protestante nos exige abordar su conmemoración con una verdadera exigencia crítica de amor hacia la verdad y la historia.
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  8. #8
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    Valmadian está desconectado Miembro tradicionalista
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    Re: Lutero, no y no

    Así como Lutero pretendió reformar la Iglesia, y para eso se salió de Ella, convirtiéndose en apóstata y hereje. San Juan de Ávila sostenía que la verdadera reforma era la que tenía que hacer cada uno de nosotros en nuestro propio interior.
    Vainilla dio el Víctor.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


    Nada sin Dios

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