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Tema: Lutero, no y no

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    Re: Lutero, no y no

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    ¿Qué opinaba Lutero del islam?

    Sus escritos y declaraciones llevaron a algunos príncipes protestantes a defender el principio de que es «mejor el turbante que la tiara»

    FRANCISCO DE ANDRÉS

    04/09/2017 18:51h - Actualizado: 05/09/2017 11:18h.

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    Sociedad

    Han pasado 500 años desde que Martín Lutero clavara sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, acto simbólico de la reforma protestante que cambió el orbe cristiano. La división que se produjo en el XVI en el mundo católico afectó profundamente a la Iglesia y a los cálculos políticos de los monarcas europeos, pero -salvo excepciones- no disminuyó el terror en ambos bandos ante la ofensiva musulmana sobre el Viejo Continente dirigida por el sultán turco. Hoy como ayer, católicos y protestantes en Europa coinciden en su temor ante el islam radical que difunde el terror en las grandes ciudades. El miedo nos une, pero la lectura del desafío intelectual que plantea la doctrina de Mahoma difiere en algunos presupuestos.

    ¿Qué opinaba Lutero de los musulmanes, después de romper con Roma? El reformador escribió y habló en muchas ocasiones del peligro otomano que mantenía en suspenso a la Europa del siglo XVI, pese a que, según el historiador Franco Cardini («Nosotros y el islam») Lutero no tenía en realidad una idea muy clara de la doctrina mahometana. En ocasiones la calificaba de secta herética y otras veces de religión. El ex fraile agustino alemán no tenía dudas a la hora de referirse a Mahoma como el «cuerno pequeño» de la visión del profeta Daniel, el Anticristo que también identificaba con el Papa.

    Pero en general, los escritos del fundador del protestantismo reflejan muchas incoherencias al hablar del islam, que Lutero solo conocía a raíz del poder político y militar de la Sublime Puerta. A veces admiraba sus prácticas morales y otras reprochaba su credo. Esa ambigüedad justificó más tarde la política de algunos príncipes protestantes a la hora de sellar alianzas puntuales con los turcos para combatir al emperador católico y al obispo de Roma, que muchos luteranos consideraban peores que el islam. «Mejor el turbante que la tiara», era el lema que habían heredado de Bizancio.

    En el plano ideológico, el protestantismo sintoniza con el islam en algunos de los terrenos en que se aleja del catolicismo. Por ejemplo, en su rechazo del sacerdocio; para el luteranismo no existe necesidad de una mediación entre el hombre y Dios, tal como también establece el Corán. Además, el protestantismo tiene una semilla iconoclasta -rechazo a las imágenes sagradas- que ha alcanzado su apogeo en el islam, en particular el de los wahabíes de Arabia Saudí, responsables de la construcción de buena parte de las mezquitas de Occidente.

    La llamada «teoría de la justificación», corazón de la reforma de Lutero, es quizá el terreno más afín con el islam. El fundador del protestantismo defendió la tesis de la «sola fide», la salvación solo a través de la fe, mucho más en sintonía con la doctrina de Mahoma que con la católica, que exige las obras. La «sola Scriptura» de Lutero, sin Tradición ni Magisterio, conecta también con el vínculo mahometano entre el creyente y el Corán, sin otra mediación ni autoridad suprema.

    El pecado se lava con la fe en Lutero, y con los «cinco pilares» en Mahoma. En su autobiografía, el danés converso al islam Morten Storm («Mi vida en Al Qaida») relata uno de sus proverbios favoritos, atribuidos al autor del Corán: «Si hay un río delante de tu casa y te bañas cinco veces en él, ¿quedaría en ti algún rastro de suciedad? Rezar cinco veces al día es una forma similar de limpiar los pecados».
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    Re: Lutero, no y no

    Martin Lutero, el «rayo» alemán que odiaba de forma cruel a los españoles

    Ya en 1537 el monje escribió que eran «sunt plerunque Marani, Mamelucken» (la mayoría son marranos, mamelucos). Un insulto, marrano, que los alemanes tomaron prestada de los italianos a partir de esa fecha para referirse a los españoles


    El Imperio español era odiado por sus enemigos anglosajones y germanos porque, básicamente, era católico, imperial y de habitantes latinos. Un cóctel que vertebró la propaganda contra los españoles y, con el tiempo, caló profundamente en la historiografía europea.

    Esta base racista contra los españoles tuvo su origen paradójicamente en otro pueblo latino. La mala reputación del Imperio español en Italia, transformada en hostilidad abierta durante el reinado de Carlos I de España, hundía sus raíces en la expansión mediterránea de la Corona de Aragón a finales de la Edad Media. El recelo se trasladó pronto también a los castellanos, que eran vistos como la punta de la lanza de un sistema imperial que tenía sus garras puestas en Italia. En 1527, las tropas imperiales, formadas en su mayoría por mercenarios, saquearon Roma y obligaron al pontífice del momento, Clemente VII, a refugiarse en el Castillo de San Ángelo (el antiguo Mausoleo de Adriano).

    Frente a la superioridad militar de los españoles –«Dio s´era fatto Spagnuolo» («Dios estaba de su parte»)– surgió la burla italiana. De aquella época datan los chistes sobre la virtuosidad de los militares españoles presentados como bravucones y fanfarrones, tales como el soldado español que aparece en «La ilusión cómica» de Corneille. Del sarcasmo y la burla se pasó pronto al antisemitismo a través de la proclamación de que los españoles tenían sangre de «marranos», esto es, que se mezclaban con los judíos.

    Sin ir más lejos, el Papa Paulo IV detestaba a los españoles, de los que decía ser «malditos de Dios, simiente de judíos, moros y herejes, de hez del mundo». Y sobre Carlos I y Felipe II, el napolitano afirmaba: «Quiero declararlos despojados de sus reinos y excomulgarlos, porque son herejes».


    Martín Lutero predicando en el Castillo de Wartburg, cuadro de Hugo Vogel.


    De Italia el odio racial a los españoles se trasladó a Alemania, terreno ya abonado al rechazo a otras razas. «En el caso del nacionalismo alemán hay un antisemitismo muy violento y una inquina contra lo latino ya en el siglo XVI. Es complicado encontrar el origen de tanto odio», explicó la autora de «Imperiofobia y leyenda negra» en una entrevista a ABC en marzo de este año.

    Al valerse Carlos I de España y V de Alemania del oro y la infantería española para hacerse con el cetro imperial, los príncipes alemanes temieron que un emperador con poder real pudiera amenazar su independencia. La religión solo fue una excusa para enfrentarse al Emperador del Sacro Imperio Romano, cuyo poder había sido durante la Edad Media más nominal que real, puesto que era un imperio fragmentado en muchos pequeños principados y ducados.

    En esas circunstancias, Martín Lutero inició una reforma religiosa auspiciado y protegido por algunos nobles que querían fastidiar al Emperador. Además de los agravios contra Roma y el Papa, Lutero incorporó pronto a su discurso una fuerte carga racista contra el pueblo que había proporcionado poder real al Emperador. Consideraba a los españoles y a los italianos unos ladrones de los bienes alemanes por encargo de la Iglesia de Roma. Ya en 1537 escribió que los españoles «sunt plerunque Marani, Mamelucken» (la mayoría son marranos, mamelucos). Un insulto, marrano, que los alemanes tomaron prestada de los italianos a partir de esa fecha para referirse a los españoles, no a los judíos.


    Profundamente antisemita, como buena parte de los personajes de su tiempo, Lutero dejó plasmado su odio hacia los judíos en «Sobre los judíos y sus mentiras». «Debemos primeramente prender fuego a sus sinagogas y escuelas, sepultar y cubrir con basura todo aquello a lo que no prendamos fuego para que ningún hombre vuelva a ver de ellos piedras o ceniza», afirmó en un texto que, en opinión del filósofo alemán Karl Jaspers, vertebra parte del programa nazi.

    Además de judíos, el monje alemán acusó a los españoles de aliados del Imperio turco, a pesar de que Carlos I de España fue el más incansable enemigo de esta potencia musulmana frente a franceses, holandeses e incluso príncipes luteranos, aliados con el sultán. A finales de su vida, Lutero comenzó a usar la expresión «türkischen Spanier» (español turco), porque sostenía que los españoles solo estaban disimulando ser cristianos, pero en verdad planeaban conquistar, junto a los musulmanes, toda Alemania. Satanás, el Imperio español, la Iglesia católica y el Imperio otomano eran los enemigos recurrentes, y aliados entre sí, de la propaganda coordinada por Lutero.

    Un rayo llamado Lutero

    Martín Lutero, hijo de una familia burguesa de Mansfeld (Alemania), dejó sus estudios universitarios para ingresar en un monasterio agustino de Erfurt cuando, en 1505, un rayo estuvo a punto de alcanzarle de camino a la casa de sus padres. Aterrado, el joven gritó: «¡Ayuda Santa Ana! ¡Me haré monje!». Lutero entró así en el clero empujado «por el terror y la angustia de una muerte repentina», y a través de esta obsesión moral dio lugar a unos escritos donde exhortaba, entre otras cuestiones, a reestructurar la Iglesia y a regresar a las enseñanzas originales de la Biblia.

    En las 95 tesis, un texto clavado en las puertas de la Iglesia del Palacio de Wittenberg en 1517, el agustino cargó contra la doctrina papal sobre la venta de indulgencias para financiar la renovación de la Basílica de San Pedro en Roma. León X contestó excomulgando al fraile e instando a Carlos a tomar medidas. En Worms, el popular fraile y el imberbe Emperador tuvieron su primera confrontación teológica, que se celebró bajo la promesa de Carlos de que Lutero podría explicar sus tesis sin acabar en la hoguera como Juan Huss tras la Dieta de Constanza (1414). Carlos le permitió hablar e incluso marcharse. «Ayer escuchamos el discurso de Lutero y lamento haber tardado tanto en intervenir contra él. Nunca más volveré a escucharlo. Que utilice su salvoconducto, pero, a partir de hoy lo consideraré hereje notorio y espero que vosotros, por vuestra parte, cumpláis con vuestro deber de buenos cristianos», se justificó el Monarca sobre su decisión. Carlos lamentaría al final de su vida no haber matado a Lutero en Worms.

    A través del Edicto de Worms declaró a Lutero como prófugo, hereje y autorizaba a cualquiera a matarle sin sufrir consecuencias penales. Temiéndose lo peor, Federico de Sajonia simuló un secuestro cuando Lutero regresaba a su casa y lo escondió en el Castillo de Wartburg. Con el tiempo, convirtió su antiguo convento agustino en su casa particular, donde vivió y crió a sus hijos.

    El monje hereje continuó con su obra hasta su muerte, en 1546, incrementando cada vez más sus ataques contra la Iglesia, como evidencia su obra «Sobre el papado de Roma fundado por el Diablo» (1545), y contra los españoles en particular. Federico de Sajonia, cuyo apoyo había sido decisivo para que Carlos fuera elegido emperador, jamás permitió que dañaran al reformador, aunque curiosamente nunca lo conoció en persona.

    Desde su refugio alemán, Lutero alimentó la propaganda protestante que se extendió por Europa al calor de la imprenta de Gutenberg. Solo el monje reformador produjo hasta 1530, según los cálculos de John M. Todd, alrededor de 3.183 panfletos. Maestro visionario de su tiempo en este campo, el monje sabía del poder taumatúrgico de las imágenes para crear mitos sobre la Inquisición española, la codicia de la Iglesia y la inferioridad de los pueblos latinos.

    En 1545, se imprimió el libelo «Hic oscula pedibus Papae figuntur» (Aquí besan los pies al Papa), en el que Lutero encargó al pintor Lucas Cranach el Viejo nueve imágenes de fuerte contenido escatológico. Sabía que por los ojos entra todo antes que por las palabras. Claro está que otros autores procedentes del Humanismo alemán, una versión profundamente nacionalista de esta corriente surgida en Italia, también recogieron el guante.


    De Italia el Humanismo alemán aprendió que los españoles eran racialmente impuros por su contaminación semita. En la versión alemana de la «Cosmographia Universalis», de Sebastián Münster, se afirma que los españoles mezclan el latín con su propia lengua y con la de los marranos. Además, en los panfletos protestantes de aroma humanista, los hispanos son sodomitas y violadores.

    Cuando murió el Emperador, los españoles eran ya la personificación de Satanás para la Alemania protestante (no hay que olvidar la importancia de la Alemania católica: «Se denunciaba el advenimiento del Anticristo y su séquito español».

    Los rastros de este odio extremo contra los hispanos siguen presentes hoy en refranes y dichos despectivos tales como la expresión «eso me parece español» o «me suena español» (das kommt mir spanish vor) para significar que algo no es de fiar.

    La hostilidad contra los españoles, en cualquier caso, era la evolución del odio hacia lo extranjero plasmado en el adjetivo intraducible «welsch». Como explica Roca Barea en su libro «Imperiofobia y leyenda negra», la palabra significaba «céltico» en su origen, pero evolucionó con el tiempo a «italiano o románico». Y a lo largo del siglo XVI la palabra se cargó de tintes peyorativos, tales como «falso», «mentiroso», «inmoral», además de extenderse su uso a españoles y, de forma menos habitual, a franceses.

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