El "éxito" cosechado por este partido en las elecciones catalanas no debe hacer perder el Norte: Ciutadans es lo que es. Una alternativa a la nación catalana, pero también a la española.
Nos ha dicho el flamante líder de Ciutadans, Albert Ribera, que "el nacionalismo es incompatible con un ideario de izquierdas". No se puede negar que el chaval tiene una cierta cultura política, al revés que el patético Carod, que solo logra engatusar a un intelecto como el de Isabel Gemio, o a la colección de neandertales que forman la "mesa nacional" de Batasuna.
Sin embargo habría que aclarar que es lo que Ribera entiende por "nacionalismo", ya que, sinceramente, nosotros no creemos que el muchacho afine tanto. Muy posiblemente, dentro de su concepto de "nacionalismo", mezcle el sincero amor a la patria natal y a la identidad, el fanatismo de grupo más primario y la superchería histórica del nacionalismo vasco o catalán. En buena lógica izquierdista, y en línea con la tradición ilustrada y las diversas derivaciones revolucionarias que han asentado trágicamente sus reales en Europa, Ribera y su gente creen en "la persona".
Para ellos, todo lo que diferencia "personas" por su origen e historia es negativo y potencialmente hostil. Solo existe el "individuo" –a veces dicen alegremente "persona"-, de manera que cualquier diferencia es contemplada bien como inconveniente o bien como algo superable mediante la necesaria educación. Lo innato y lo que determina al hombre al margen de su voluntad resulta negado desde presupuestos ideológicos. Todo lo que puede sonar a congénito e invariable es descalificado en aras de la irracionalidad siempre amenazante. No hace falta ser muy versado en teoría de las ideas para percatarse de que esta forma de ver las cosas –históricamente coherente con un pensamiento de izquierdas- conlleva la negación de cualquier identidad.
Por ejemplo, para Fernando Savater "la idea de España es para fanáticos y semicuras" y, en consecuencia, afirma, "a mi la idea de España me la suda". Puede una preguntarse: ¿Es que en opinión de este aprendiz de Robespierre, una entidad histórica indiscutible con proyección universal como España es equiparable a la "nación" vasca o gallega, nacida de la prostitución intelectual y del delirio inventivo? Es posible que no. Pero lo que es seguro es que la pretensión identitaria de unos y otros, de los sinceros patriotas o de los delirantes "nacionalistas", es incompatible con la idea que Savater y, por ejemplo, Ciutadans defienden. A ambos, en palabras de Savater, les interesan "los derechos, los valores y los ciudadanos", es decir, abstracciones regulativas de la vida de comunidades que son dadas. Ellos no creen que la España sea anterior a la Constitución, sino al revés y, en consecuencia, tampoco que la Constitución sea un instrumento con el que se pretende organizar la comunidad nacional. Para Savater o para Ribera, esas comunidades son meros entes abstractos nacidos del derecho.
Pero lo malo para los que defendemos a España y que creemos en que los pueblos son comunidades reales gestadas por la historia y por el esfuerzo colectivo de los que nos precedieron, es que absolutamente nadie está en este debate: PSOE, PP y el "nacionalismo" de derechas están todos en línea con la abstracción. La denominada "izquierda abertzale" y los "nacionalistas" de ERC son tan estúpidos que dan bandazos encajonados en su propia y letal contradicción. Recordamos en cierta ocasión haber leído unas declaraciones de Rafael Díez Usabiaga –debe ser el "listo" del grupo- que recelaba de la inmigración porque el pueblo vasco "es un pueblo pequeño". Naturalmente, ni Usabiaga ni sus colegas tienen la inteligencia necesaria para extraer sus conclusiones y por eso viven pariendo ridiculeces como un Partido Comunista de las Tierras Vascas y similares.
En este monolitismo ideológico, por otra parte absolutamente agobiante, queda que lamentar la necedad reaccionaria del "centro derecha" mediático, defendiendo en nombre de España una fuerza política en el fondo ampliamente antinacional y anti-española. Con su estrategia político-mediática en las elecciones catalanas, ese "centro derecha" ha firmado su acta de defunción intelectual como opción capaz de defender al pueblo español en su conjunto en las vicisitudes históricas del siglo XXI.
¿Quiénes son en realidad los únicos que intuyen lo que se está jugando ahora mismo? Pues el pueblo llano. Por ejemplo, pese a la inmensa polución ideológica, hace escasamente diez días, unos cuantos miles de canarios se han manifestado por defender "la identidad de nuestra tierra". Un pandemonium de "nacionalistas" canarios, juventudes de la derechista Coalición Canaria, nacionalistas de Democracia Nacional y gentes sin filiación política han trascendido sus divisiones ante lo que califican de "invasión".
El hecho es que en España hay varios millones de extranjeros que jamás han sido asimilados en una nación del primer mundo y que no desean adaptarse. De ellos, varios cientos de miles están aquí violando nuestras leyes y, pese a ello, exigiendo derechos. El sistema les acoge no porque les preocupe su bienestar sino porque, como explicamos la semana pasada en Elsemanaldigital.com, una economía de la explotación los necesita para destruir el Estado de Bienestar en aras del capital global. Pero lo que es más significativo de todo es que se trata de una situación que nadie votó jamás y que la inmensa mayoría no desea. Sin nuestro consentimiento, y mediante la demagogia de la "integración", nuestros políticos nos han traído un gueto a la puerta de casa. Es un escenario impuesto desde arriba, de manera absolutamente anti-democrática por políticos –de uno u otro signo- que han cumplido dócilmente con los designios de las elites capitalistas, unos políticos que están en guerra con los pueblos y también con el pueblo español.
Por eso, en unas elecciones puede apostarse por excrecencias del nihilismo y la burricie –como Batasuna o ERC- o por vías muertas que condenan al pueblo a lo de siempre –como PP, PSOE o, ahora, Ciutadans de Cataluña. Gente honesta con buena voluntad pretende apoyar el combate por el pueblo en la tradición católica. Sin embargo cada vez está más claro que la unión de los pueblos en una causa común –y así mismo la del pueblo español en concreto- pasa necesariamente por la lucha contra el capital global y contra los reyes del dinero. Frente al poder financiero, España tiene suficiente acervo histórico para levantar la bandera del espíritu.
Eduardo Arroyo
http://www.elsemanaldigital.com/arts/58662.asp?tt=
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