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Ducado de Cantabria
Cantabriae
Ducado de Cantabria
Provincia de Cantabria
Provincia del reino visigodo de Toledo
683–768
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Capital Amaya
Idioma principal Latín
Gobierno Ducado visigodo
Duque (dux, dux provinciae)
• ¿?-730 Pedro
Período histórico Hispania visigoda
• Establecido 683
• Alfonso es coronado rey de Asturias y el ducado pasa a formar parte de ese reino 739
• Disolución 768
El ducado de Cantabria o provincia de Cantabria fue una división territorial creada durante el reinado del rey visigodo Ervigio (680-687) para garantizarse la unidad del reino visigodo en el norte de la península Ibérica, situado en una región inestable. La aparición documental de este nombre data del año 883, cuando aparece en la Crónica Albeldense al tratar Alfonso I de Asturias (739 al 757) diciendo: «iste Petri Cantabriae ducis filius fuit», es decir, "que fue hijo del duque Pedro de Cantabria", lo que atestigua la territorialidad de su ducado en el momento de la invasión musulmana, convirtiendo Cantabria en un territorio independiente, desaparecido el reino visigodo, hasta la llegada de Alfonso I.
Cantabria como entidad territorial visigoda se forja después de la conquista de Peña Amaya, antigua capital o ciudad fuerte cántabra, por Leovigildo, en el marco de la dominación visigoda de la península Ibérica, fragmentada en territorios nominalmente romanos pero independientes de iure; en el caso de Cantabria, que aparece en el siglo VII con ese nombre, el territorio era rural, ya abandonadas las ciudades romanas de Julióbriga y Flavióbriga.[1] El Ducado de Cantabria era, pues, una de las 8 divisiones del reino visigodo de Toledo y la base militar utilizada por el rey Wamba para atajar las rebeliones de los vascos; por otra parte, este hecho redunda en establecer los límites del ducado rodeando las tierras vascas, yendo desde la Cantabria actual hasta la sierra de Cantabria en La Rioja.[2] Nótese que la fecha de fundación del ducado queda atribuida por la firma de ocho duques en el XIII Concilio de Toledo (año 683), confirmando la existencia de ocho provincias a finales del siglo VII, mencionadas en otros textos, siendo dos más que las provincias romanas inmediatamente anteriores; es decir, se supone que las nuevas provincias serían Asturias y el Ducado de Cantabria, del cual no se tiene constancia escrita como tal hasta el año 883.[3]
La equivalencia entre la Cantabria romana, el Ducado de Cantabria y la Cantabria actual fue largamente discutida y utilizada para dar un valor de antigüedad y mito a diversas regiones (País Vasco, La Rioja, Castilla) durante la historia de España, publicándose gran cantidad de textos y teorías que mezclaban mito y realidad. Dos hechos empiezan a esclarecer esta relación: el descubrimiento de Julióbriga cerca de Reinosa y la utilización sistemática de las fuentes clásicas por Juan de Castañeda en 1592, concretamente Dion Casio, Estrabón, Lucio Floro, Paulo Orosio y San Isidoro.[4][5]
Configuración del Ducado de Cantabria
Una de las incógnitas acerca del Ducado de Cantabria es su nivel de independencia y vasallaje, discutido desde diferentes perspectivas. Se conocen dos títulos asociados a distintos niveles de soberanía en el siglo VII,[6] asociados al Reino visigodo de Toledo, ambos castellanizados por "duque".
Dux: se atestigua la existencia de uno en el s. VII en la región del Bierzo (Revuelta, 1997: 43-44). Se especula que un dux en Cantabria hubiera desempeñado funciones gubernamentales, judiciales y militares (García Moreno, 1989: 116).
Dux provinciae: jefes del ejército visigodo, que tras la reforma de Chindasvinto y Recesvinto pasaron de ser duces a ser duces provinciaes, con funciones fiscales y judiciales (Menéndez Bueyes, 2006: 43), creyéndose que se corresponden con las firmas del XIII Concilio de Toledo y que se les dio territorios definidos.
Discusión histórica sobre la localización del Ducado de Cantabria
El Ducado de Cantabria debió de ser fundado en algún momento comprendido entre el año 653 y el 683, un periodo oscuro de la historia del norte de Hispania. Aún a pesar de los estudios realizados en los últimos veinte años, poco se sabe fehacientemente de la organización territorial del tercio norte peninsular y por ende de la Cantabria de época visigoda.[7] En la historiografía española existen opiniones dispares acerca de la localización territorial del Ducado de Cantabria. En tal sentido, unos autores, como Echegaray González consideran que se extendía sobre la Cordillera Cantábrica mientras que otros historiadores como Sánchez Albornoz se inclinan por considerar a La Rioja como la zona nuclear del ducado. Por otra parte, durante ciertos momentos cobró fuerza una variante de la primera, que consideraba las provincias vascas herederas de la antigua Cantabria en base sobre todo a la pervivencia de un idioma de base no indoeuropea. En esta tercera corriente destaca por su cientificidad la obra del jesuita Gabriel de Henao, Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria: enderazadas principalmente a descubrir las de Guipúzcoa, Vizcaya y Álava (...) (Salamanca, 1689).
Igualmente hay divergencias sobre la posesión de territorios históricamente definidos en algunas épocas, como la defensa que hace Juan Antonio Llorente en 1808 de la pertenencia del Señorío de Vizcaya al ducado, alegando que era entonces parte de los territorios del dux Pedro y no un señorío especial.[8] Llorente afirma que Vizcaya aún era parte del ducado cuando éste, según él perteneciente al Reino de Navarra, fue dado en herencia por el rey Sancho a García. Tal sentencia concuerda con la Crónica Pinatense:
Aquesti rey Sancho señorió Nauarra, et Aragon, et el ducado de Cantabria, et todas las tierras que su agüelo Sancho Abarca señorió et conquirió, et por su muller señorió Castiella, et Leon entro Portogal, porque por sucesion fraternal le era prouenido. Et por la su probeza et virtud que en él era, Gascoña se sometió al su principado; et subjugó aqui el comte de Sobrarbe el cual fue su vasallo, et lo reconocieron por senyor.
.
Tras su derrota en la guerra del 29 al 19 a. C., los cántabros fueron progresivamente sedentarizándose, adquiriendo cada vez mayor importancia la agricultura. Eso originó un incremento demográfico en el área de la cordillera que provocó un gran movimiento migratorio de los cántabros hacia la Meseta. Las lápidas vadinienses testimonian el lento pero progresivo desplazamiento de los habitantes de los Picos de Europa hacia la zona de Cistierna (León). Los desplazamientos más importantes tuvieron lugar en dirección sureste: En el siglo II aparece la primera mención a la fortaleza cántabra de la Peña Amaya, que siguió poblada hasta la época de la conquista musulmana, y unos siglos después, ya en tiempos de los visigodos, se cita con profusión en las crónicas que la provincia de Cantabria, se extendía hasta tierras de La Rioja, la Ribera Navarra.
Dos eran las poblaciones principales de la provincia: La Peña Amaya y la Ciudad de Cantabria, situada cerca de la actual Logroño. Ambas ciudades fueron destruidas en el año 574 por el rey visigodo Leovigildo. Braulio de Zaragoza, obispo de Zaragoza (631-651), relata en su conocida obra sobre la vida de San Millán[9] la predicación de este santo en la segunda de estas dos ciudades. Se presentó ante el Senado cántabro, donde realizó una exhortación a sus habitantes para que se convirtieran. Puesto que los habitantes de Cantabria hicieron caso omiso de los consejos de San Millán, al año siguiente fue destruida por las tropas de Leovigildo:
El mismo año, en los días de Cuaresma, le fue revelada también la destrucción de Cantabria; por lo cual, enviando un mensajero, manda que el Senado se reúna para el día de Pascua. Reúinense todos en el día marcado; cuenta él lo que había visto, y les reprende sus crímenes, homicidios, hurtos, incestos, violencias y demás vicios, y predícales que hagan penitencia. Todos le escuchan respetuosamente, pues todos le veneraban como a discípulo de nuestro Señor Jesucristo; pero uno, llamado Abundancio, dijo que el Santo chocheaba por su ancianidad: mas él le avisó que por sí mismo experimentaría la verdad de su anuncio, y el suceso lo confirmó después, porque murió al filo de la vengadora espada de Leovigildo. El cual, entrando allí por dolo y perjurio, se cebó también en la sangre de los demás, por no haberse arrepentido de sus perversas obras; pues sobre todos pendía igualmente la ira de Dios.
Vita Sancti Aemiliani, XXVI. San Braulio.
La ciudad de Cantabria no volvió a ser reconstruida[10] aunque todavía circulan por La Rioja y Navarra tradiciones e historias relativas a su destrucción: La arqueta de marfil del Monasterio de Yuso contiene imágenes relativas a la predicación de San Millán en la ciudad,[11] y el poeta castellano Gonzalo de Berceo informó de dichos hechos en su biografía en verso de San Millán.[12]
Se dice incluso que los primeros habitantes de Logroño fueron los supervivientes de la toma de la ciudad a los que Leovigildo permitió asentarse en la zona.[cita requerida]
Foco montañés
La teoría del foco riojano, en el pasado generalizada, ha sido rebatida por prestigiosos historiadores al señalar que de la lectura de la Vida de San Millán no se deduce en absoluto que la Cantabria que Leovigildo ocupa sea una ciudad homónima y que habla de la actividad del santo en relación con los verdaderos espacios geográficos cántabros, citando en otros pasajes a la propia ciudad de Amaya corroborados por Juan de Biclaro en su crónica.[13][14] En este sentido Joaquín González Echegaray, el cual ha estudiado ampliamente este tema en su obra Cantabria en la transición al medievo, señala que:
[...] en la misma tradición del monasterio de San Millán se recuerda la actividad apostólica del Santo en Cantabria, precisando que no es La Rioja, sino la región del Monte Igedo, junto a las fuentes del Ebro, como dice una antigua glosa sobre un códice emilianense[15] del siglo X.[16]
Joaquín González Echegaray. Los Cántabros
Así se señala que el hecho de que el Ducado de Cantabria del final de la época visigoda incluyera el valle medio del río Ebro carece de fundamento al no existir argumentos definitivos que así lo indiquen.[17] Al contrario, existen numerosas evidencias que rebaten el desplazamiento de la Cantabria en época tardoantigua, desde el sector central de la Cordillera Cantábrica hasta La Rioja, al señalar que aquella posee costa y se encuentra en las fuentes del río Ebro.
El Cronicón de Hidacio cita que en el año 454 una incursión marítima de piratas hérulos saquearon las costas de Cantabria y Vardulia:
Ad sedes propias redeuntes, Cantabriarum et Vardaliarum loca maritima crudelissime deproedatio sunt
Fontes Hispaniae Antiquae, IX, p. 74
A finales del siglo VI, Gregorio de Tours relata una milagrosa historia según la cual un cántabro sufrió un accidente y, con objeto de sanarse, viajó en barco desde su tierra hasta Burdeos con objeto de solicitar su curación en un templo galo dedicado a San Martín:
Quidam in regione Cantabriae, Mauranus nomine, mane a lectulo consurgens...
De Miraculis Santi Martín, IV, 40
El pseudo-Fredegario explica cómo hacia el año 613 el rey visigodo Sisebuto sometió a los cántabros, citando expresamente que conquistó varias ciudades costeras:
Provinciam Cantabriam Gotthorum regno subegit, quam aliquando Franci possederant. Dux, Francio nomine, qui Cantabriam tempore Francorum subexerat, tributo Francorum regibus multo tempore impleverat. Sed cum a parte imperii fuerat Cantabria revocata, a Gotthis, ut supra legitur, praeoccupatur, et plures civitates ab imperio Romano Sisebodus in littore maris abstulit, et usque fundamentum destruxit.
His. Goth.VI
Una carta del rey Sisebuto dirigida a San Isidoro habla de cántabros y vascones, aludiendo a que los primeros habitan junto al océano:
et trans Oceanum ferimur porro, usque niuosus cum teneat Vasco nec parcat Cantaber horrens.
Epistolae Wisigoticae en Monumenta Germaniae Historica, tom. I, Berlín 1892
Foco vasco
A finales del XVII y durante el siglo XVIII cobró fuerza la teoría de que la Cantabria prerromana y el posterior ducado habían estado en las actuales provincias vascas. Gabriel de Henao defiende esta corriente en 1689 de manera científica pero con cierto anacronismo, pues establece la existencia de Julióbriga cerca de Reinosa y del Portus Victoriae Iuliobrigensium en Santoña, al tiempo que estipula Castro Urdiales como antigua Flaviobriga, estableciendo la relación etimológica Portus Amanum-Sámano.[18]
Posteriormente la postura vascocantabrista fue defendida por otro jesuita en el siglo XVIII, Manuel de Larramendi, en El imposible vencido. Arte de la lengua bascongada (1736). En esta obra dice:
Los cántabros antiguos, que fueron terror de la Señora Orbe, Roma; (...) y son padres y abuelos de los guipuzcoanos.
Manuel de Larramendi; El imposible vencido. Arte de la lengua bascongada.[19]
Esta argumentación la desarrolla posteriormente en otro libro, en 1736.[20] No obstante, en él se remite al personaje mítico Tubal, terminando así su argumentación histórica.
Duques de Cantabria, origen y desarrollo
Existen disensiones respecto a cuáles fueron verdaderamente duques de Cantabria, y aun en cuándo fue creado el ducado. Hoy en día se aceptan ineludiblemente como duques de Cantabria al dux Pedro y a su hijo Alfonso. Los demás posibles duques están documentados en citas y crónicas de la época. Fueron empleadas como documentos fehacientes (y por tanto demostrativos del valor histórico) de una determinada sociedad, actualmente definida como comunidad histórica.
Versión 1: Cantabria, dependiente del Reino visigodo de Toledo
La versión defendida por Llorente señala que hubo duques en Cantabria desde la época gótica, casi todos ellos de linaje real visigodo, siendo vasallos del reino visigodo excepto el último, vasallo del asturiano. Éstos son:
Favila
Beremundo
Pedro
Pelayo
Alfonso
Fruela
Versión 2: Cantabria, independiente y descendiente de la prerromana
Las versiones que remontan el Ducado de Cantabria a un teórico Estado surgido de las rebeliones en las montañas tras la conquista romana tiene su origen en la Crónica de Hauberto, un texto parcialmente demostrable, lo que establece la duda de si fue basado en fuentes destruidas o en parte inventado, escrito por un monje benedictino del monasterio de Dumio llamado Hauberto Hispalense.
Diego Gutiérrez Coronel, comisario de la Inquisición en el siglo XVIII, remonta el título de duque o príncipe y la existencia de un Estado cántabro hasta el fin de las Guerras Cántabras, retratando brevemente a sus señores y los acontecimientos sucedidos durante sus vidas, tomándolos por precursores del condado de Castilla. Llegado a época gótica nombra como duques a Andeca, Beremundo, Pedro y Fruela,[21] plenamente aceptados como tales entonces, diciendo de Pedro que mantuvo una soberanía independiente de los musulmanes y ya no adscrita al reino visigodo. El objetivo del autor era demostrar la independencia de Cantabria, al menos en cierto grado, desde la época romana hasta su inclusión en la Corona de Castilla, citando varias fuentes en su texto, como Silio Itálico y el obispo Idacio. Esta versión se apoya en el hecho de que el control visigodo total no iba mucho más allá de Toledo, cuya máxima expresión fue la existencia del Reino de Galicia, siendo al principio constantes y documentables las luchas en el norte de España y concretamente en tierras cántabras. De esta época dice Diego G. que
y aunque llegó el rey Leovigildo á la Ciudad de Amaya no pasó de alli, porque era entonces el confin, y termino del Ducado de Cantabria
Historia del origen, y soberanía del condado, y reyno de Castilla; Diego Gutiérrez Coronel.
Explica Diego el origen del ducado diciendo que los cántabros rebeldes, ya vencidos por los romanos, se replegaron a las montañas más norteñas bajo la dirección de un jefe llamado Lupo, que él llama primer príncipe o duque de Cantabria, si bien no constituyó ningún Estado con territorio definido ni estable, el cual terminó casándose Agripina, hija de Marco Agripa, terminándose temporalmente las hostilidades con Roma; esta historia está tomada de Pedro de Cossío y Celis (s. XVII),[22] hoy duramente criticado. En su discurso, Diego G. documenta cómo Cantabria perdió la mayor parte de su territorio tras la conquista romana y cómo recuperó gran parte de la misma en la configuración de su ducado, fijando sus límites antes de la caída de los visigodos en el río Sella al oeste, la villa de Bermeo al este y las cercanías de Bureba al sur; a partir de estos datos ofrece una explicación de la aparición del nombre Cantabria en La Rioja, como extensión natural de este territorio.
Apelando a los cronicones y a los historiadores, Diego G. afirma que a finales del siglo VII, a la muerte de Lupo VII, el territorio se fragmenta en tres pedazos, y el soberano de cada uno sigue ostentando el título de duque de Cantabria.
Andeca: duque de lo que hoy coincide aproximadamente con las Encartaciones de Vizcaya y La Rioja.
Beremundo: duque de las futuras Asturias de Santillana.
Pedro: duque de las zonas después lindantes con las Cuatro Villas de la Costa y la antigua región de Bardulia.
Esta versión se enfrenta a la de Llorente en que los duques citados no tenían relación sanguínea ni de vasallaje con los visigodos, explicando así que el título duque de Cantabria no se encuentre en su monarquía, además de que éstos no aparezcan en los concilios de Toledo; este último hecho, aunque demostraría la independencia de un Estado cántabro, es opinión del autor y no lo referencia históricamente con ningún documento ni testimonio. Díez Herrera explica la no aparición de los duques en los concilios de Toledo diciendo que el ducado fue incluido en la provincia de Galicia, por lo que sería probable que dependiera en lo religioso de la diócesis de Auca, que sí tuvo presencia en los mencionados concilios.[3]
Por último, Diego Gutiérrez considera el uso popular del nombre Castilla en vida del duque Fruela causa de la pérdida del de Cantabria.
Toda esta versión queda recogida también por Francisco de la Sota (Crónica de los príncipes de Asturias y Cantabria, 1681) y después por Jerónimo Zurita, aunque Iglesias Gil, al hablar de los límites históricos de Cantabria y mencionar qué autores defienden esta corriente, señala la lista de duques y príncipes anteriores a los visigodos como mítica y bíblica, basada en el cronicón o Crónica de Hauberto, presumiblemente en parte falsa.[23] No obstante, es cierto que a la luz de lo poco que se conoce, los cántabros debieron de disfrutar de una gran autonomía hasta la campaña que contra ellos emprendió Leovigildo, incluso después, como demuestran las escasas y localizadas muestras de aculturación de herencia romana.
Ducado de Cantabria y Reino de Asturias
En cualquier caso, titulan duque de Cantabria a Pedro (segundo dux de Cantabria), padre del Rey Alfonso I el Católico, entre otras, las Crónicas de los Obispos Rodrigo Ximénez de Rada Toledano (siglo XIII); Lucas Tudense (Eo tempore Adefonsus Catholiicus, Petri, Cantabriensis Ducis filius); la Crónica General de don Alfonso X el Sabio (año 1289, fundamentada en la Crónica Mundi de Lucas de Tuy del año 1230), Firmiter omnes obtinui munitipnes, sucit a victoriosísimo Rege Domino Adefonso, Petri Ducis filio y el cronista Assas en su Crónica General de España.* 1
Según el historiador Joaquín González Echegaray en su obra Cantabria Antigua, don Pelayo (quien en calidad de soldado profesional encabezó la sublevación inicial de los campesinos nativos de una zona del territorio de la Cantabria Occidental contra cierto control ejercido por el gobernador árabe de Asturias, Munuza) es nombrado jefe de los astures, logra la liberación de toda la Asturias Trasmontana del dominio cordobés y decide sellar un pacto con las otras zonas independientes del norte de España, que entonces controlaba el antiguo duque de Cantabria, Pedro. De esta manera, está aceptado que
La parte de esta provincia, que comprehendia lo que hoy se llama la montaña de Santander y Vizcaya, obedecia entonces a don Pedro, descendiente de la familia esclarecida de Recaredo. Este pais no fue hollado por los musulmanes; de modo que el primer estado cristiano que se halló establecido en España después de la caida de los visigodos fue indudablemente el ducado de Cantabria. Pero Asturias (...) fue ocupada por los moros, que pusieron un gobernador en Gijon, llamada antes Gegia ó Gigia.
Philippe-Paul Ségur (compte de); Historia moderna: Historia de España, vol. 26 (Madrid, 1835).
Bajo dicho pacto se concierta el matrimonio de Ermesinda, hija de don Pelayo, con Alfonso, hijo del duque Pedro, consolidando de esta forma la unión de ambos núcleos cristianos de lucha contra el Islam. A la muerte de don Pelayo en el 737, es nombrado jefe de los astures su hijo Fáfila (o Favila) quien tres años después resulta muerto por un oso durante una cacería en Llueves, aldea del monte de Cangas de Onís. Alfonso es elegido sucesor del trono de don Pelayo, siendo su yerno; tal vez contribuyó a su prestigio el que fuera hijo del duque Pedro. Se daba la circunstancia de que aunque al parecer Favila tenía hijos, estos eran aún menores. En cualquier caso Alfonso I el Católico ya nunca usó el título de duque de Cantabria, perdurando el nombre de Asturias para denominar al reino en general y más adelante también a la mayor parte del territorio que hoy ocupa la Comunidad Autónoma de Cantabria se la llamó las Asturias de Santillana. No obstante, el Ducado de Cantabria, aún integrado en Asturias, fue cedido por Alfonso I a su hermano Fruela una vez consiguió el trono de Asturias,[24] por lo que el ducado pervivió como entidad territorial desde el 739 (año de la cesión) hasta el 768 (fecha de la muerte de Fruela), cuando fue dividido en condados.[8] El historiador Luis de Salazar, apoyado por Llorente, afirma que que el ducado fue partido entre los hermanos del rey de Asturias Aurelio, hijo a su vez de Fruela, último duque de Cantabria, de esta manera: el Condado de Castilla para Rodrigo Fruelaz, el Condado de Lara para Gonzalo Fruelaz y el Condado de Castroxeriz para Sigerico, además de entre otros condados menores[8]
La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.
Antonio Aparisi
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