Revista FUERZA NUEVA, nº 566, 12-Nov-1977
SUSPENSO EN HISTORIA PARA TARRADELLAS Y SUÁREZ
“Dime con quién andas y te diré quién eres”, dice un conocido adagio. Y nunca hubiéramos creído que tuviéramos que enmaridar los nombres de José Tarradellas y Adolfo Suárez. Pero “el hábito no hace al monje”, sentencia la sabiduría popular. Y, por lo visto, entre José Tarradellas y Adolfo Suárez hay coincidencias hervorosas, pues incluso se abrazan en público. Y quizá el cordón umbilical de esta sincronización está en el desbarro común del que hicieron gala el pasado 24 de octubre (1977), en el acto celebrado en Barcelona.
Dejemos aparte la carnavalada de la recepción a José Tarradellas. Vamos a centrar nuestro comentario para deshacer el entuerto que significa que este personaje pudiera afirmar, sin ruborizarse, que “la Generalidad, bajo las presidencias de Francisco Maciá y de Luis Companys, demostró su capacidad para autogobernarse, y lo hizo con un sentido moderno y eficaz de la función pública”.
¿Qué pecado ha cometido Cataluña para que pueda llover sobre ella quien denigre la verdad en forma tan escandalosa? Pues, Francisco Maciá ¿supo gobernar? Todos sabemos que Maciá fue un militar perjuro, el “brillante coronel”, gran terrateniente, afiliado a la masonería, y que en 1925, en Moscú, hipotecó el movimiento catalanista de izquierdas a la dirección procomunista. Es verdad que Maciá también un día proclamó que tenía “una deuda de gratitud hacia Alfonso XIII, que le obligaba para toda su vida”. Pero Maciá, en 30 de octubre de 1926, en Prat de Molló, quiso invadir España… La bufonada terminó en el ridículo, pero el 14 de abril de 1931 proclamó el “Estat Catalá”, que sólo pudo suavizar la superior obediencia masónica. Maciá besó la bandera española como cadete de Ingenieros Militares, la catalana con la estrella solitaria al fundar el “Estat Catalá” y los soviética ante los muros del Kremlin, en 1925. El tiempo de su permanencia en la Generalidad fue el protagonista que causó las pesadillas posteriores.
Luis Companys es un caso todavía más lastimoso. Basta la referencia de la noche vergonzosa y sangrienta del 6 de octubre de 1934, con sus muertos y heridos, con sus devastaciones y crímenes, para calificar a tan siniestro culpable de tanta masacre. Gaziel, en “La Vanguardia”, del 9 de octubre de 1934, subrayaba así el gesto estúpido de Companys: “Es algo formidable. Mientras escucho, me parece como si estuviera soñando. Eso es, ni más ni menos, una declaración de guerra”.
Después, en el 19 de julio de 1936, Companys se entrega totalmente a los anarquistas y después al PSUC. Es en ese tiempo que Companys afirma: “Hay entre nosotros tres instituciones violentamente odiables, y de las cuales el pueblo, de año en año, se sentía amargado, quiero decir: el clericalismo, el militarismo, el latifundismo… El movimiento del cual sois testigos es la expoliación de una cólera inmensa, de una inmensa necesidad de venganza, subiendo del fondo de los tiempos. Esta cólera explica el carácter impetuoso de este movimiento”. (“Vu en Espagne: la défense de la Republique”, de J. R. Bloch, pág. 32)
A esto José Tarradellas lo califica de “capacidad para autogobernarse” y de “sentido moderno y eficaz de la función pública”. Pero por el hilo se saca el ovillo.
Todo tiene su truco
No hay que hilvanar filosofías complicadas para captar la defensa que José Tarradellas, apologéticamente y con provocación, hace de los nefastos Francisco Maciá y Luis Companys, enemigos de España, del Ejército, de la unidad nacional y colaboradores eficacísimos del comunismo. Porque José Tarradellas se las trae. Durante nuestra guerra él no fue algo inocuo, sino uno de los peores culpables de la miseria en que cayó Cataluña.
El anarquista Santillán, en su libro “La revolución y la guerra en España” nos dice:
“La audaz política financiera de Tarradellas consiguió vencer los obstáculos de los primeros meses mediante las incautaciones llevadas a cabo en los establecimientos bancarios de Cataluña; pero estas incautaciones tenían un límite, y llegó el instante en que hubo que recurrir, para hacer frente a las necesidades urgentísimas, a las emisiones propias de las que no respondía el gobierno nacional”.
Y el historiador Francisco Lacruz comenta:
”Las emisiones de papel moneda, más que a allegar recursos, a lo que tendían era a afirmar la personalidad independiente de Cataluña. La tesis de Tarradellas y Companys era la de que un país no es completamente soberano mientras no dispone de signo monetario propio. Con esta finalidad principal se hicieron las emisiones de papel moneda. Salieron a la luz billetes de 10, 5 y 2,50 pesetas… Después la Generalidad obligó, con fecha 9 de octubre de 1936, a los Bancos y Cajas de Ahorros, a que le entregasen cuantos valores extranjeros o divisas tuviesen, obteniendo por tal procedimiento una gran cantidad, que se evalúa en más de 80.000.000, despilfarrados en poco tiempo. Ocho meses más tarde llevó el despojo a su límite extremo, ordenando la apertura de todas las cajas fuertes de alquiler que había en los Bancos, para apropiarse del metálico y joyas que hubiese en depósito en las mismas. El botín fue extraordinario… Este nuevo saqueo proporcionó al Gobierno catalán recursos incontables. En realidad, no es posible calcular su cuantía, porque de estos depósitos conocidos únicamente por sus propietarios, no se guardaba relación alguna, y los datos facilitados por los que manipularon este gigantesco robo fueron lo suficientemente confusos para no poner nada en claro. Se supone, juzgando por los envíos que después del despojo se hicieron al extranjero, que sólo en joyas y oro amonedado y en barras, el botín pasaba de 150.000.000 de pesetas. En billetes, la cantidad ocupada debió ser mucho mayor”.
Exponemos hechos. Y con Companys como presidente de la Generalidad y Tarradellas consejero de la misma, se asesinó a mansalva en toda Cataluña. En el “Boletín de Estadística”, como separata de la “Gaceta Municipal” de Barcelona, en “Resúmenes demográficos de la ciudad de Barcelona del periodo 1936 a 1938”, se reseña este dato:
“La gran mayoría desaparecieron, como fardos inmundos, de los depósitos, siempre abarrotados de cadáveres bárbaramente mutilados, y que diariamente habían de desalojarse para recibir la nueva mercancía de estos espantosos almacenes de la muerte”.
Y de esto era culpable el sedicente Gobierno de la Generalidad. Que no se diga que eran incontrolados los patrulleros. Como observa Luis Carreras, en “Grandeza cristiana de España”:
“No faltaron, sin embargo, tribunales del Estado que rápidamente, implacablemente, dieron sentencias capitales para los militares y paisanos que se habían levantado en armas, y éstas fueron ejecutadas inmediatamente en nombre de la ley a título de represalias. Para los asesinos, los incendiarios, los violentos obscenos, los profanadores de cadáveres, los sacrílegos, los iconoclastas, los expoliadores, fue inexistente la ley, no hubo detenciones, ni procesos, ni condenas. Gentes armadas por la autoridad, para oponerse al levantamiento militar, se lanzaron a la destrucción, al pillaje, al asesinato, en lugar de correr al combate. Rebeldes, desertores, criminales. Y en vez de la necesaria y ejemplar represión que merecía tamaña traición, doblada de infamia, tales fuerzas caóticas y vandálicas siguieron actuando libremente y detentaron el mismo poder público con el prestigio de la legalidad y la fuerza de la autoridad constituida”.
Resumamos este aspecto de la actuación de Companys y Tarradellas con lo que se lee en las “Obras completas” de Manuel Azaña:
“A Pi Suñer le ha soltado esto: mire usted, yo soy de una franqueza brutal. Todo lo que pasa en Cataluña proviene de que están ustedes gobernados por un enfermo, como Companys, y por dos miserables canallas como Tarradellas y Comorera. Son incapaces de una reacción noble”. (Vol. IV, pág. 82)
La procaz propaganda de Maciá y Companys, hecha por Tarradellas, ¿tiene su secreto en defenderse de su propia actuación?
Lo que hay que aclarar
Cataluña no puede estar gobernada por personas indignas. El honor de sus hombres públicos debe ser algo indiscutible. Y hay una noticia que circula por doquier, que debe ser discriminada con la máxima rapidez. Concretó este estado de ánimo y de información desazonante algo que publicó “El Alcázar” del 15 de octubre. Nos limitamos a transcribirlo:
“Según fuentes fidedignas, en la región catalana se está protegiendo de cerca, y siguiendo de lejos, la vida y los pasos de un conocido patricio barcelonés en cuyo poder obraría la fotocopia de la carta autógrafa que, al principio de los 40, el hoy honorable señor Tarradellas dirigió al mando de la Gestapo alemana, entregando prácticamente a la misma, durante la ocupación de Francia, al señor Companys, como uno más de los servicios prestados como precio impuesto por los nazis para su propia libertad y vida -colaboración que, lógicamente, se trataba de desarrollar con algunos espaciados periodos de retención-. La fotocopia en cuestión es, al parecer, el único ejemplar que obra fuera de los archivos de la CIA, a los que el original fuera a parar tras la liberación del territorio galo por las fuerzas aliadas, junto a otros importantísimos documentos relativos a España que los norteamericanos descubrieron en los cuarteles y puestos de mando hitlerianos y cuerpos policiales fieles a la línea Vichy. Según nuestro informador, existiría hoy (1977) gran preocupación, tanto por el uso que pueda llegar a hacerse de tan importante documento -definitivo como prueba, ya que, como es sabido, en tales casos de denuncia los miembros de la Gestapo exigían, además de ser autógrafa, que fueran firmadas y rubricadas- como por el riesgo que pueda correr la vida de quien guarda tan elocuente tesoro histórico. Una carta mucho más elocuente que el personal testimonio de doña Ramona Companys, quien recogió, horas antes de la muerte de su hermano, las declaraciones que él mismo le hizo sobre la delación de su ex compañero de Gobierno, señor Tarradellas”.
La dignidad de Cataluña no puede estar en entredicho ante una acusación tan grave. Quien considera que Maciá y Companys demostraron “su capacidad para autogobernarse”, insulta a Cataluña; pero si José Tarradellas fue un agente de la Gestapo, hay que pedir responsabilidades a los que no han informado al Rey Don Juan Carlos I situándole ante un compromiso de esta envergadura (…) Tarradellas se burla de la historia de Cataluña, al ponderar a Maciá, el militar perjuro, y a Luis Companys, autor de la hecatombe del 6 de octubre de 1934, y de lo que siguió al 19 de julio de 1936, con la colaboración primerísima de Tarradellas. Y de éste hay que reclamar luz y taquígrafos para que se esclarezcan su responsabilidades sobre la captura de Companys (…)
Cotejo de disparates
Adolfo Suárez no es políglota. Dicen que apenas habla el francés. Ya sabemos que es avispado en el arte de ir tirando. Por esto, en su discurso del 24 de octubre, en Barcelona, llevado del frenesí periodístico del momento, dejó escapar un gazapo impropio de un presidente de Gobierno (…). Nos dijo Adolfo Suárez: “Como dato histórico, que ya ha sido destacado, hay que decir que si fue Felipe V quien firmó el Decreto de Nueva Planta, que anulaba las instituciones autonómicas catalanas, ha sido el Rey don Juan Carlos I quien las ha devuelto”.
Nos disgusta tanta ligereza. La historia de Cataluña es demasiado seria para que sea tratada frívolamente. La guerra dinástica que terminó en Barcelona el 11 de septiembre de 1714 con Felipe V en el trono de España, significó el fin de la Cataluña tradicional, corporativa, orgánica, antimoderna, antieuropea. A Cataluña no le iba el absolutismo francés, como después tampoco ha tragado la Ilustración y las Cortes de Cádiz, que ahora tienen inesperados panegiristas. Si Cataluña luchó denodadamente contra los Borbones, lo hizo por su fidelidad al concepto católico de la vida, por su entendimiento de la unidad de España armonizada con la foralidad y las libertades locales y por su concepto de la Monarquía, en verdad, y por tanto incompatible con todo constitucionalismo de “república coronada” y de monarca que reina pero no gobierna. Por esto el historiador izquierdista Rovira Virgili señala con toda razón que “los herederos de 1714 son los carlistas de la montaña catalana”. Y los catalanistas, como Vicens Vives, están encantados con el decreto de Nueva Planta, por considerarlo superador de esquemas medievales y reaccionarios.
El catalanismo -lo que ahora (1977) representa José Tarradellas- es la antítesis de Rafael de Casanova, de la resistencia catalana frente a Felipe V. Rafael de Casanova representaba lo que historiadores como Aulestia y Pijoan, Moliné y Vergés, han confesado. Este último dice: “Cataluña tomó el partido más netamente españolista”. Y un político madrileño como Silvela declaraba que, en aquella guerra, los catalanes defendieron “lo que significaba más la unidad de España”. Digamos que generales, jefes del ejército y fusileros, eran de toda España. Y sobre todo, no se olvide que Rafael de Casanovas, que luchó “para salvar a España de la esclavitud borbónica”, como dice un historiador catalán, quería las instituciones corporativas, que nada tenían que ver con los partidos políticos que España ha padecido y padece. (…)
No, Adolfo Suárez tampoco es perito en historia. Está en el mismo horizonte que José Tarradellas. Si Tarradellas encuentra sus modelos en Maciá y Companys, ya sabemos los próximos derroteros de nuestra decadencia inmediata. Si Adolfo Suárez confunde el Estatuto de Cataluña con los partidos políticos, con los socialistas y comunistas del PSUC, con los marxistas de todo pelaje, y para esto ofrece un marco legal, no se puede encontrar una oposición más radical a lo que representó Rafael de Casanova. Ni es posible entrañar un parentesco más próximo que las consecuencias del decreto de Nueva Planta, que se convirtió en la hervidero de los oligarquías, de las burguesías anticatalanas, de las guerras civiles, del catalanismo antinacional, de la descristianización de Cataluña, hasta llegar a las locuras de Maciá, Companys y Tarradellas. (…)
Jaime TARRAGÓ
|
Marcadores