MANUEL CABANYES
De 1808 a 1814, las letras hispanas quedan monopolizadas por el ardor constitucional y de 1814 a 1830, con la leve interrupción del trienio, España y más singularmente Cataluña, caen en profundo silencio y estupor, sobre los cuales destaca ahora el estro solitario del joven villanovés Manuel Cabanyes.
Escribe Meléndez y Pelayo:
«Después de Moratin nadie acertó tan completamente con la poesía horaciana, como el insigne lírico catalán don Manuel de Cabanyes, muerto en la flor de sus años, el de 1833. Extraño y nuevo parecerá esté nombre, ya que raros caprichos de la suerte han querido que permaneciese olvidado, al par que han alcanzado no poco renombre ingenios de las primeras décadas del siglo XIX, muy inferiores á él en todo.
Cabanyes tenía lo que faltó a Moratin: ideas, sentimientos y vida poética propia. Imitaba los modelos antiguos con la libertad del verdadero genio lírico. Su educación literaria fue rica, fecunda y para aquel tiempo muy variada. Conocía y admiraba las obras de los corifeos del romanticismo, especialmente á Byron, de quien, por lo menos desde 1823, había en Barcelona noticia; pero eligió por modelos a Horacio, Fray Luis de León, Alfieri, Francisco Manoel, o séase Filinto... y quizá Hugo Fóscolo, al cual en muchas cosas se parece.»
Desde luego puede afirmarse que la reducida producción de Cabanyes es el tributo poético más legítimo, puro y elevado que ha podido aportar Cataluña a la lengua castellana, incluyendo el del mismo Boscán.
En Cabanyes se ofrece el mayor grado de intensidad artística que un catalán de nacimiento y de residencia haya obtenido jamás versificando en el idioma de Garcilaso. Su importancia no es meramente formal ni se funda tan sólo en innovaciones métricas, sino que radica antes que todo en la substancia, en la inspiración, en el fluido impalpable de la verdadera poesía. Su nombre y la divulgación de sus obras han padecido de la contrariedad inherente en España al género que valientemente trató de depurar y restaurar.
El humanismo había muerto mucho tiempo atrás, y acaso para siempre, en nuestro país. La superficialidad de nuestros estudios no ha permitido que resucitara, ni ha conseguido introducir en la corriente general del gusto y en el aprecio de los lectores habituales esas heroicas tentativas, relegadas aquí a la categoría de curiosidades de museo literario y hechas únicamente para iniciados, eruditos y filólogos de la mayor ranciedad.
Algo habrá, sin duda, de teatral y artificioso en este supuesto de una tradición directa einterrumpida como lo hay en el supuesto análogo que sostienen los modernos habitantes de Grecia; pero no es menos cierto que las formas y el sentido clásico han conseguido arraigar o rebrotar durante el siglo XIX en todas las literaturas europeas menos en la española, en la cual no llegaron a encontrar ni siquiera el calor de un cenáculo íntimo.
Las vicisitudes por que ha pasado la memoria de Cabanyes coinciden con las diversas etapas del humanismo poético en la península, herido de muerte por los pseudoclásicos del siglo XVIII. Su espíritu prosaico, sus asuntos triviales y de tocador, el arrullo de sus palomas, los desdenes de sus Amarilis, las bajas funciones adulatorias a que condenaron la poesía, su falta de elevación, y dignidad, sus deplorables «reproducciones en yeso» de los modelos antiguos, acabaron por hastiar al público e invalidaron de antemano toda tentativa de redención, aunque fuese tal como la de Cabanyes.
Quiso éste volver á la originalidad primera, vertiendo en la oda de Horacio la prodigiosa intensidad de su espíritu. Apenas se concibiera que con tan desmedrado volumen como el de los Preludios de mi lira haya podido revelarse una tan fuerte personalidad, si la historia de las letras no nos enseñara la preeminencia de los intensos o concentrados sobre los fecundos.
De Cabanyes puede decirse lo que se ha dicho de Merimée en esfera muy distinta: no ocupa una gran superficie; no es estenso, pero es sumamente alto. Parece imposibíe que un estudiante muerto a los veinte y cuatro años y que legó por toda herencia un cuaderno de doce composiciones cortas y unas pocas más no coleccionadas, haya dejado impresión tan profunda y duradera en el público, reducido y selecto, que es capaz de comprenderle.
Los Preludios aparecieron, poco antes de su muerte, en 1833. Los dio anónimos a la estampa, recatándose de una prematura vanagloria. Su primer cuidado fue vindicar el verso de la abyección juglaresca en que le tenían sumido los rimadores áulicos, los pedantes, los indignos. Su oda primera, a La independencia de la poesía, es al mismo tiempo una profesión de fe literaria y un grito de dignidad civil.
No se distinguió Cabanyes en su renovación de las formas antiguas mediante un espíritu moderno, por aquel hechizo de armonía y dulzura que caracteriza a Chénier, fuera de algún momento excepcional de arrebato tribunicio como la oda A Carlota Corday, por ejemplo.
De los atributos del arte clásico nuestro poeta perseguía el furor, la rapidez, la expresión concentrada y elíptica, la lúcida incoherencia de las transiciones, el salto pindárico, en suma. Pródigo de sentido y avaro de palabras, su inspiración obra con la plenitud de efecto de una fuerza contenida. Lo que se reserva el poeta, lo que adivina el lector entre verso y verso y de estrofa a estrofa, es mucho más que lo que nos da.
En esta avaricia está el secreto de la eficacia de su arte, de la eficacia imperecedera del canon antiguo que aliaba el vigor con la sobriedad y la fuerza con «la desnudez del atleta», nunca confundible con la del mendigo.
Cabanyes adoptó las combinaciones más acreditadas hasta entonces para sugerir en castellano la impresíón de la métrica griega y latina.
(MIGUEL S. OLIVER)
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