Fuente: Cruzado Español, Números 1-2, 1 y 15 de Abril de 1958, páginas 11 – 12.
¿ES LIBRE EL HOMBRE DE HOY?
Por F. Tusquets
Si en una tertulia de intelectuales, o desde el sillón de una Academia, cualquier persona se atreviese a afirmar que el hombre de hoy es menos libre que el del siglo XVIII o el de la Edad Media, no sabemos lo que ocurriría; es posible que a dicha persona la internaran en un sanatorio. A pesar de ello, creemos que la humanidad ha sido objeto de un inmenso fraude; desde hace siglo y medio sus dirigentes le están hablando de libertad; pero la verdad es que cada día el hombre es menos libre: a éste y al otro lado del telón de acero. Con uno y otro régimen, ya se llame éste comunismo o democracia popular, democracia liberal o capitalismo; los Estados y los grupos que los manejan, limitan de hecho cada vez más el campo de acción del individuo.
Nuestro Papa Pío XII, en su Radiomensaje de la víspera de Navidad de 1951, decía que el orden cristiano es orden de libertad, y, quejándose del hecho doloroso de que hoy ya no se estima o no se posee la verdadera libertad, seguía con el párrafo que copiamos a continuación:
«Los que, por ejemplo, en el campo económico y social pretenden hacer a la sociedad responsable de todo, aun de la dirección y de la seguridad de su existencia; o los que esperan hoy su único alimento espiritual diario cada vez menos de sí mismos –es decir, de sus propias convicciones y conocimientos– y cada vez más de la prensa, de la radio, el cine, la televisión, que se lo ofrecen ya preparado, ¿cómo podrán concebir la verdadera libertad?, ¿cómo podrán estimarla y desearla, si ya no tiene ella lugar alguno en su vida?
No son más que simples ruedas de los diversos organismos sociales: ya no son hombres libres capaces de asumir y de aceptar una parte de responsabilidad en las cosas públicas».
Nótese que el Padre Santo pronuncia las anteriores palabras en un Mensaje de Navidad, y en su Tercera Parte, que tiene por título: «La aportación de la Iglesia a la causa de la paz»; trata en ella claramente de los dos bandos en que actualmente se halla dividido el mundo, fustigando la postura ideológica de ambos. E, inmediatamente después de hablar de «una sociedad que ha quedado reducida a puro automatismo», nos dice, refiriéndose concretamente al mundo occidental, lo siguiente:
«Tal es la demasiado difundida debilidad de un mundo que gusta llamarse con énfasis “el mundo libre”. O se engaña o no se conoce a sí mismo: no se asienta su fuerza en la verdadera libertad. Es un nuevo peligro que amenaza a la paz y que hay que denunciar a la luz del orden social cristiano. De ahí proviene también, en no pocos hombres autorizados del llamado “mundo libre”, una aversión contra la Iglesia, contra esta importuna amonestadora de algo que no se tiene, pero que se pretende tener, y que, por una rara inversión de ideas, se le niega injustamente precisamente a Ella: hablamos de la estima y del respeto de la genuina libertad».
Una persona de cultura media, que dialogue, lea periódicos y revistas, y se halle sumergida o conozca el ambiente intelectual de nuestros días, si medita las Cartas y Alocuciones del Papa, y concretamente el Radiomensaje del cual hemos copiado los fragmentos anteriores, creemos que, forzosamente, ha de acusar un choque, pues las palabras del Sumo Pontífice difieren radicalmente de lo que el mundo de hoy nos sirve como manjar intelectual cotidiano. Para un católico, el análisis de esta tremenda diferencia de clima, entre lo que nos dice el Papa por un lado, y el mundo por otro, le tiene que llevar a muchas reflexiones y a algunas conclusiones sobre la psicología del hombre actual, y sobre la dirección ideológica del mundo contemporáneo.
La Reforma, el Enciclopedismo, la Revolución Francesa y el marxismo han tratado de modelar a la sociedad, dándole unas características que, repetidas con monotonía, y casi en serie, hacen que no sea nada difícil describir al hombre contemporáneo. Respirando constantemente el ambiente actual y alimentándose de las ideas que se le presentan masiva y machaconamente por medios de difusión potentes y modernos, los hombres de hoy se masifican y parecen fabricados en serie; el igualitarismo ideológico-espiritual de nuestros días ha logrado que las diferencias de costumbres, ideas y reacciones entre los hombres de distintos países y clases, sean mínimas. En los países más civilizados y en las zonas más industrializadas, la receptividad es mayor; los países agrícolas y atrasados se libran todavía en parte de dicha masificación.
El hombre de hoy es incapaz para la meditación, o no tiene tiempo para ella; odia la soledad y desconoce la paz y el sosiego. Siente horror hacia lo que él llama el aburrimiento. Necesita aturdirse con el bullicio, la muchedumbre, el ruido y la diversión. Carece de imaginación. De aquí la enorme difusión del cine y el crecimiento hipertrófico de los grandes espectáculos deportivos, encargándose el primero de suplir su fuerza mental por medio de imágenes, y el segundo de diluir su personalidad en el alud multitudinario. También el hombre-tipo de hoy tiene una gran capacidad receptiva por lo que a la propaganda se refiere; es verdad que la publicidad es un arte y una técnica con directores inteligentes que se sirven de ambas; pero ella encuentra campo abonado en la masificación, uniformidad y poca personalidad del hombre de hoy.
El hombre-masa parece incapaz de pensar por su cuenta; y por ello digiere con facilidad asombrosa la cultura prefabricada, que cotidianamente le es servida por la prensa, la radio, las revistas, los noticiarios, los Digests, los espectáculos, e incluso los libros.
Entre las capas más elevadas y selectas del hombre de hoy, o sea, entre los que en medio del aborregamiento general tienen, a pesar de todo, inquietudes espirituales, nos encontramos a los desconcertados y llenos de contradicciones; pues si, por un lado existe el orgullo individual y el orgullo social de sentirse miembro de un mundo y una sociedad donde parece que la técnica va a acabar con todos los problemas y luchas de antaño, por otro lado se presienten o se intuyen fuerzas catastróficas desbocadas que escapan a nuestro control. De ahí la desazón de los mejores de entre los hombres-masa.
Otras consideraciones nos sugieren los textos de Su Santidad que hemos reproducido al principio. A nuestro modesto entender, el segundo de ellos, en que nos habla del “mundo libre”, dice, en una forma que deja poco lugar a dudas, exactamente lo contrario de lo que la cultura prefabricada nos presenta todos los días a través de la prensa, por medio de sus corresponsales y comentaristas de política internacional, que se esfuerzan en demostrarnos que el telón de acero es como un abismo que divide claramente a los buenos de los malos, y tratan de explicar los avances de los marxistas achacándolos a equivocaciones o vacilaciones “incomprensibles” de los dirigentes de los países libres.
Es realmente absurdo querer justificar con “equivocaciones” las Conferencias de Yalta y Teherán; la entrada de las tropas rusas en Berlín, Praga, Viena y Budapest; la entrega al comunismo de la China, con sus seiscientos millones de habitantes; la orden dada al General Mac Arthur, para impedir que derrotara a los comunistas de Corea del Norte; las simpatías y ayudas de las potencias occidentales al extraño Mariscal Tito; la entrega al comunismo de la Indochina septentrional, con sus tres millones de católicos; el papel ridículo de los ejércitos anglo-franceses frente a la crisis de Suez; la falta de ayuda a los patriotas húngaros sublevados; el despertar rápido y desmesurado de los países norteafricanos; y todo el espíritu de indefensión, impotencia y complejo de inferioridad de Occidente con respecto a Rusia.
Son demasiadas coincidencias y demasiadas equivocaciones. No pueden satisfacernos las explicaciones que se nos dan. No es posible que los dirigentes occidentales tengan tan poca talla, y en cambio los del bloque soviético sean siempre tan hábiles y tan inteligentes. Y, repetimos, la explicación que tratan de darnos no es válida, pues un error puede admitirse, pero una cadena y una serie de errores constituyen un plan. Un plan de subversión anticristiana, inteligentemente trazado y desarrollado; un plan minucioso pero elástico, que entiende lo que es un retroceso táctico, para lograr luego un avance mayor. Es decir, la Revolución sabe, cuando le conviene, vestirse con piel de cordero, para engañar a la reacción cristiana; la Historia de Occidente, y concretamente la de nuestro país en el siglo XIX, es rica en estos episodios. Los planes necesitan sus directores, sus instrumentos y sus ejecutores (sean o no conscientes de su misión); de todo ello lógicamente se sirve y dispone la Revolución. La dirección de todo ello estará a cargo de muchas o pocas personas; las directrices y consignas emanadas de allí (por medio de los instrumentos varios y distintos de que disponen), llegan a quienes tienen que obedecerlas, a éste y al otro lado del telón de acero, influyendo poderosamente en lo político, en lo económico, en lo social, y en lo filosófico.
Las ideas motrices de este plan de subversión, son profundamente anticristianas; existe odio declarado o encubierto hacia la Iglesia de Cristo. Es falsa también la teoría del materialismo histórico; esta tendencia, tan cómoda y tan “realista”, que quiere explicárnoslo todo en función de intereses económicos, extensión de mercados, lucha de clases, disputa por las materias primas; todo ello existe, no cabe duda, pero no es suficiente ni mucho menos para interpretarnos la Historia. Es secundario.
No caben dudas sobre el papel que desarrolla en el mundo el Enemigo de Dios, el cual, orgullosamente poseído por el odio hacia Él, trata de estorbar sus divinos designios, e intenta monstruosamente frustrar la obra de la Redención. Esta lucha multisecular entre el Bien y el Mal, no sólo repercute, sino que informa profunda y primariamente toda la Historia de la humanidad.
Sabemos que cuando algún comentarista del mundo occidental, teniendo la osadía de independizarse de la cultura prefabricada, expone estas interpretaciones, se encuentra rodeado del vacío o del desprecio. Si algún docto varón, de los que son leídos y escuchados por el hombre-masa, se digna hablar de él, será para motejarle de visionario, de anticuado, de infeliz o de imbécil. Y lo curioso es que muchos de estos señores que motejan, son o se llaman católicos. Suponemos que estos cultos comentaristas no habrán leído, por ejemplo, ni la Encíclica «Humanum genus» de León XIII, ni la «Ubi arcano Dei» de Pío XI; y tienen que ignorar también forzosamente las numerosas Alocuciones del actual Pontífice, hablando de «fuerzas del mal» y del «poder de las tinieblas». Tenemos a la vista un Discurso pronunciado por nuestro Papa Pío XII, dirigido a la Acción Católica Italiana, en 12 de Octubre de 1952, y no podemos resistir la tentación de reproducir un bello fragmento de él. Felicita en él a los hombres de la Acción Católica Italiana, por haber construido un templo en Roma dedicado a San León Magno, el gran Pontífice que, en el año 452, saliendo fuera de la ciudad, detuvo al ejército de Atila, salvando a Roma. Dice así:
«¡Amados hijos, hombres de Acción Católica! Cuando hemos sabido que el nuevo templo debía ser dedicado a San León I, salvador de Roma y de Italia del ímpetu de los bárbaros, se Nos ha ocurrido en el pensamiento de que tal vez con ello habíais querido referiros a las circunstancias presentes. Hoy día, no sólo la Urbe e Italia, sino el Mundo entero, están amenazados.
¡Oh, no os preguntéis cuál es el enemigo ni qué prendas viste! El enemigo se halla en todas partes y en medio de todos; sabe ser violento y taimado. En estos últimos siglos ha procurado obrar la disgregación intelectual, moral, social de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces la autoridad sin la libertad. Es un “enemigo” que se ha ido concretando cada vez más, con una despreocupación que deja aún atónito: Cristo, sí; Iglesia, no. Después, Dios sí; Cristo, no. Finalmente, el grito impío: Dios ha muerto; y también: Dios jamás ha existido. Y he aquí la tentativa de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no vacilamos en señalar como los principales responsables de la amenaza que pesa ahora sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios. El enemigo se ha esforzado y se esfuerza para que Cristo sea un extraño en la Universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de la justicia, en la actividad legislativa, en la Asamblea de las naciones, allí donde se determina la paz o la guerra.
Él está corrompiendo el mundo con una prensa y unos espectáculos que matan el pudor en los jóvenes y en las muchachas, y destruyen el amor entre los esposos; inculca un nacionalismo que conduce a la guerra.
Vosotros veis, amados hijos, que no es Atila quien avanza hacia las puertas de Roma…».
Al tratar del enemigo, el Papa no se refiere únicamente al comunismo, puesto que alude a su labor de «estos últimos siglos». Y al trazar la gradación de «Cristo, sí; Iglesia, no», hasta llegar a «Dios ha muerto», nos va recordando (a nuestro entender) la Reforma, el Enciclopedismo y liberalismo, y, por fin, el marxismo-materialismo. Y al hablar de eso, dice que el enemigo se ha ido concretando en esas varias formas. Otra vez vemos un enorme contraste entre lo que dice el Sumo Pontífice y lo que nos dicen los directores del mundo a través de todos los medios de difusión.
Para defendernos de la poderosa fuerza de penetración y arrastre que tiene la cultura dirigida anticristiana, y no perder lo que nos queda de hombres y de cristianos, no hay más que una solución: la de estudiar los problemas que plantea el mundo de hoy, a la luz del Vaticano, escuchando y aplicando en cada caso las enseñanzas del Vicario de Cristo. Es él el único camino para no perdernos en medio de la confusión de este pobre mundo enloquecido de hoy.
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