Fuente: Cruzado Español, Número 30, 15 de Junio de 1959.



REFLEXIONES ACERCA DE UN ARTÍCULO DEL P. LLANOS

Por F. Tusquets


La revista mensual «El Ciervo», en su Número 74, publica una serie de trabajos sobre la pobreza; empieza, en su primera página, con uno titulado «Ocho respuestas sobre pobreza», firmado por José M.ª de Llanos, S. J. El artículo, que, como su nombre indica, consiste simplemente en ocho preguntas con sus correspondientes respuestas, propugna, en resumen, la obligatoriedad material de la pobreza, diciendo que hay que limitar las ganancias hasta llegar a la renta per capita que le tocaría a cada español de éstas, justamente repartida la nacional entre todos. Y el rico debe (según el articulista) reducir su tren de vida a pobreza, y proporcionar trabajo con los bienes sobrantes en «exclusivo» beneficio de los trabajadores. Dice que, o se confía en Dios, o se confía en el dinero, terminando literalmente como sigue:

«Y el que posee es que confía (a no ser que su propiedad esté tan comprometida en producir trabajo que propiamente no sea suya, ya esté en manos de los trabajadores). ¿La riqueza, pues? ¿Por qué ha de ser todavía personal?, ¿no están para poseerla colectividades como son las empresas, los municipios, etc.? Aquella pequeña comunidad de Jerusalén “todo lo tenía en común”. ¿Por qué la riqueza del futuro no ha de ser voluntariamente comunitaria? (no estatal, se entiende)».

El artículo está impregnado de una tendencia colectivista, aunque se nos haga la salvedad última. No entendemos lo que, en definitiva, propugna prácticamente el P. Llanos. ¿Las empresas cooperativas obreras? ¿La gran sociedad anónima? ¿Unos colectivismos provinciales, comarcales, municipales, sindicales? Confesamos que no acabamos de verlo claro. Una cosa clara hay en el artículo que comentamos, y es la negación de la empresa personal o familiar, así como también, y sin duda alguna, la de la propiedad privada.

Creemos sinceramente que la Doctrina de la Iglesia es completamente distinta a la que se desprende del artículo del P. Llanos. La Iglesia siempre ha defendido el derecho a la propiedad privada y a la empresa personal.

León XIII, en su Encíclica «Quod apostolici muneris» contra las sectas socialistas, en 1878 (doce años antes de la «Rerum Novarum»), refuta la idea socialista de que la propiedad es una invención humana y que, por tanto, se pueden violar impunemente los derechos de los ricos, diciendo que la Iglesia, apoyada en los preceptos de la ley divina y natural, acepta el derecho de propiedad, y termina textualmente:

«… la Iglesia reconoce, mucho más sabia y útilmente, la desigualdad que existe entre los hombres, naturalmente desemejantes por las fuerzas del cuerpo y del espíritu, y que esta desigualdad existe hasta en la posesión de los bienes».

El mismo Papa León XIII, en su gran Encíclica «Rerum Novarum», en la que se señalan los deberes de justicia y caridad, y se estudian las normas prácticas para proteger y asegurar a los obreros, se reconocen solemne y explícitamente los derechos de la propiedad privada conforme a la naturaleza, se refutan los errores contra dicho principio, y se afirma que la propiedad familiar es indispensable a la vida doméstica, defendiéndose el derecho a la herencia y a la seguridad futura de los hijos por medio de ella.

Cuarenta años más tarde (en 1931), aquel gran Papa que fue Pío XI promulga la Encíclica «Quadragessimo Anno», que es una confirmación y una prolongación de la «Rerum Novarum». Proclama en ella los derechos y deberes del capital y del trabajo, siempre sobre el principio del derecho a la propiedad privada, propiedad que quiere ver extendida lo más ampliamente posible a todos los sectores, pues se propugna la desaparición del proletariado por medio del acceso a la propiedad.

El mismo Pontífice, en 1937, en su Encíclica contra el comunismo, «Divini Redemptoris», resumiendo lo desarrollado por León XIII y por él mismo en su anterior Encíclica citada, «insistiendo de nuevo sobre la doctrina secular de la Iglesia acerca del carácter individual y social de la propiedad privada», condena a continuación la lucha de clases, y, reiterando lo dicho por él y por León XIII sobre el corporativismo, termina el párrafo diciendo:

«Hemos demostrado cómo debe restaurarse la verdadera prosperidad según los principios de un sano corporativismo que respete la debida jerarquía social, y cómo todas las corporaciones deben unirse en unidad armónica, inspirándose en el bien común de la sociedad».

Nuestro llorado Pontífice Pío XII, en sus innumerables Alocuciones, habló muchas veces de estos temas; quisiéramos señalar lo dicho en dos Mensajes Radiofónicos, en los que resalta la conveniencia de la difusión de la propiedad y demuestra cómo ella es la garantía de la libertad. Decía Su Santidad en su Mensaje «Con sempre», el 24 de Diciembre de 1942:

«Dios, bendiciendo a nuestros primeros padres, les dijo “Creced, multiplicaos y llenad la Tierra y sometedla”. Y al primer jefe de familia le dijo en seguida: “Comerás el pan con el sudor de tu frente”. La dignidad de la persona humana supone, pues, normalmente, como fundamento natural para vivir, el derecho al uso de los bienes de la Tierra; a ese derecho corresponde la obligación fundamental de conceder una propiedad privada, en tanto que sea posible, a todos. Las normas jurídicas positivas que regulan la propiedad privada, pueden cambiar y restringir más o menos el uso; pero si ellas quieren contribuir a la pacificación de la comunidad, deberán impedir que el obrero, padre o futuro padre de familia, sea condenado a una dependencia, a una servidumbre económica, inconciliable con los derechos de su persona».

Y en su Mensaje Radiofónico «Oggi al compiersi», de 1.º de Septiembre de 1944:

«Si, pues, es verdad que la Iglesia ha reconocido siempre “el derecho natural de propiedad y de transmisión hereditaria de los bienes propios (Encíclica Quadragessimo Anno), no es menos cierto que dicha propiedad privada es, de un modo especial, el fruto natural del trabajo, el producto de una intensa actividad del hombre, que la adquiere gracias a su enérgica voluntad de asegurar y de desarrollar por sus esfuerzos su existencia personal y la de su familia, de crearse para sí mismo y para los suyos un dominio de justa libertad, no solamente en materia económica, sino en materia política, cultural, religiosa».

La propiedad privada es, pues, una condición y una garantía de la libertad personal. Podríamos prolongar enormemente las citas. Ahora bien, delante de una doctrina de derecho natural, tan clara y concreta, tan reiterada, como es la Doctrina Social de la Iglesia, no comprendemos cómo el P. Llanos, personalidad relevante dentro del campo social católico, puede decir lo que dice, o insinuar lo que insinúa. Máxime, teniendo en cuenta lo que dice S. S. Pío XII en su Mensaje «Por un Mundo mejor», donde afirma que el Magisterio de la Iglesia, sobre todo en las enseñanzas de los últimos Pontífices, ya se ha pronunciado sobre la solución de los diversos problemas planteados. Se trata, pues, de un pleito ya fallado. No vemos, pues, la necesidad de plantearse a estas alturas preguntas sobre principios, cuando lo que hay que hacer (como dice Pío XII) es actuar de acuerdo con aquéllos.