ORDO QUANDO REX CUM EXERCITU AD PRELIUM EGREDITUR
Según este ordo la ceremonia comienza con la llegada del monarca a la puerta de la iglesia en la que esperan dos diáconos para incensarle, mientras que el resto de la clerecía aguarda al rey en el interior del templo en torno al altar. Al ingresar en la iglesia el soberano se hace preceder por un presbítero que porta una cruz. Ante el altar el rey se prosterna y reza en silencio una breve oración puesto que inmediatamente deberá levantarse al canto de la antífona «Sit Deus in itinere vestro, et ángelus eius comitetur vobiscum», que implora la protección celeste para su empresa. Acto seguido el obispo reza en voz alta pidiendo la victoria para el rey; para el ejército y sus jefes la fuerza, la confianza, la fidelidad y la concordia de los corazones; para todos el regreso triunfal a la iglesia que ahora abandonan en pos del combate «ut, qui per fiduciam fidei vestram conscientiam Deo vovistis, eius auxilio protecti viam salutaris itineris evolvatis».
A continuación un diácono toma la cruz de oro en la que se guarda una reliquia del lignum crucis. El diácono la pone en las purificadas manos del obispo y éste se la entrega al rey, el cual la confia al clérigo que ha sido distinguido con el honor de portarla ante su majestad durante toda la campaña. La cruz se configura de este modo en la insignia real mientras continúe la guerra.
Al canto de una antífona que se inicia con el «.Accipe de manu Domini pro galea iudicium certum, et armetur creatura ad ultionem inimicorum tuorum», los alféreces se acercan al altar para recibir sus respectivos estandartes bendecidos de manos del obispo. El cortejo abandona la iglesia al canto de algunas antífonas con las que el clero ruega a Dios por el éxito de la empresa y que terminan asegurando al rey que «Dominus custodiat introitum tuum el exitum tuum. A la puerta de la iglesia el ejército espera y un diácono ha de elevar la voz advirtiendo «Humiliate vos benedictioni». Es el obispo quien pronuncia la larga fórmula de la bendición en la que primero se dirige al rey de este modo: «Signum salutaris clavi et ligni, quod devotis manibus, sacrate princeps, suscepisti, sit tibi ad tutelam salutis et incrementun perpetue benedictionis. Egressum tuum in pace directurum excipiat, et per viam tuis exercitibus crux Christi semper adsistat». El prelado desea a todos «Ut per victoriam sancte Crucis et ceptum abhinc iter feliciter peragatis et florentes ad nos triumphorum vestrorum titulos reportetis, él espera pues volverlos a ver el día en que coronados por la victoria regresen a esta iglesia en la que hoy les da el ósculo de paz. Concluida la bendición del obispo, el diácono les advierte «In nomine Domini nostri Ihesu Christi, ite in pace». Antes de despedirse, el obispo besa al rey y por él a todo el ejército, mientras le dice «Qualiter in osculo pacis, quo vos abhinc vale facientes deducimus, feliciori reditu in hoc loco cum victoriarum vos laudibus receptemus. La ceremonia ha concluido. El soberano monta en su corcel y ordena que todo el ejército se ponga en marcha camino de la guerra. Mientras los soldados se alejan, la clerecía canta todavía esta antífona «Domine Deus, virtus salutis mee, obumbra caput meum in die belli»
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