Fuente: Siempre, Número 12, Abril 1959, página 4.
Cómo murió don Cayetano de Borbón, ahijado de San Pío X
Por Ignacio Romero Raizábal
A partir de este 10 de Marzo, la fiesta de los Mártires de la Tradición tendrá para nosotros un mayor contenido cordial. Porque coincide con el primer aniversario de la muerte de Don Cayetano de Borbón Parma y de Braganza, nuestro Príncipe Requeté. Aquel inolvidable Gaetán de Lavardín, que tuvo la ocurrencia heroica de luchar en el Tercio de Navarra de incógnito, hasta que se le escapó el secreto entre borbotones de sangre por las bocas de las heridas…
Pronto va a hacer el año, nos llegó la noticia de sopetón. Por un brevísimo informe de la Prensa, que nos hablaba de un accidente de «auto» y del fallecimiento. Días después supimos que pudo recibir los últimos auxilios religiosos, y que pidió que le enterrasen con la boina roja, y esto nos consoló. Pero más tarde nos hemos enterado de algo que tiene la virtud de que nuestro consuelo se parezca a la envidia.
Es una página admirable –e inédita hasta ahora– digna de un «Flos Sanctorum», que nos llena de una suave confianza.
Don Cayetano era devoto de San Pío X. En nuestras charlas durante su convalecencia, cuando dejó de ser Gaetán de Lavardín para aparecer ante todos, de golpe, como hermano de Don Javier y la Emperatriz Zita, me lo dijo frecuentemente.
Antes, en la frontera, en el mes que vivimos juntos en San Juan de Luz mientras se preparó su paso a España con el mayor sigilo, es cuando supe que el Santo Papa había sido su Padrino. Que por su indicación y voluntad se llamó Cayetano. Que su padre, el Infante español Don Roberto, el hermano de Doña Margarita, cuando él iba a nacer, le pidió al Padre Santo que le apadrinase. Y que el Soberano Pontífice, por tal motivo, envió desde Roma a Pianore a su secretario particular, el Cardenal Brisleti.
Fuente foto: Información Mensual, Marzo 1965, página 3.
Nosotros bien sabíamos que nuestro Príncipe Requeté era ahijado de un Santo, y que se solía recordar de su Padrino con leal y amorosa frecuencia. Por eso fue más grande nuestro consuelo al enterarnos de la última manifestación de este cariño, coincidiendo con el último instante de la vida del Príncipe. Cuando Don Luis entra en la habitación de la clínica a verle, a la mañana, al otro día del topetazo en carretera, y le encuentra muy serio.
La noche antes le había despedido bromista y sonriente, a pesar de los grandes dolores. Hasta el extremo de que, cuando le pidió que le enterrasen con la boina roja y él se lo prometiera, sonriendo, le había dicho que la advertencia era prematura y que aún le quedaban muchos años de vida. Mas ahora se lo encuentra serio. Muy serio. No triste, sino preocupado. Abstraído, más bien.
– ¿Cómo estás, Gae?
Pero el herido le dice muy despacio, como si fuera pensando las palabras, una a una:
– ¿Sabes quién estuvo a mi lado esta noche, todo vestido de blanco?
Y mirándole de un modo especial, como si temiera decírselo, concreta:
– El Papa Pío X.
Don Luis ve –sabe– que su hermano le habla sin bromas de ninguna especie. Y se preocupa. Los médicos no han calculado una gravedad extrema de momento. Tal vez se trate de una alucinación.
– Habrá sido el doctor –le contradice, cariñoso–. O el capellán.
– No, no –replica Don Cayetano con firmeza–; no puedo confundirle con nadie. Le conocí muy bien y hemos hablado largamente.
Y es entonces cuando le falla el corazón. Vivirá todavía dos minutos. Lo suficiente para rezar con la monja enfermera el acto de contrición, mientras Don Luis se lanza apresuradamente al encuentro del sacerdote, que llega justo para darle la absolución y los últimos sacramentos.
«Así murió inesperadamente Gae, bueno, alegre y valiente», me dirá Don Javier en una carta en la que me describe la escena.
Todo ocurrió como si San Pío X hubiese venido a buscar a su ahijado, sin darle tiempo para que nos contase lo que hablaran. Y como para dejarnos, a la vez, un lenitivo que nos suavizase su pérdida a quienes le quisimos y admiramos.
Todo ello, además, un 10 de Marzo, la fiesta de los Mártires de la Tradición, instituida por Carlos VII. Día el más a propósito para que nuestro Príncipe Requeté se nos fuera del mundo como de la mano de su Padrino San Pío X, el gran amigo de su padre, el Duque de Parma, y de su tío Don Carlos de Borbón.
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