LECTURAS
El influjo de la ciencia española
Desde la tarea de reivindicación de la ciencia española, emprendida por Menéndez Pelayo y continuada por un poderoso movimiento de eruditos nacionales y extranjeros, se ha adelantado bastante en la determinación del influjo de nuestro pensamiento en Europa y de las influencias europeas en nuestra Patria.
Hoy en día puede asegurarse que el proceso de acción y reacción entre la ciencia española y el resto de la europea fue bastante intenso. Sin embargo, no está precisado y determinado hasta el detalle y agotada la materia.
En líneas generales, puede decirse que durante el siglo XVI el pensamiento científico español, más poderoso que en el siguiente, influyó también en Europa de modo más pujante.
La matemática española influyó de un modo extraordinario, sobre todo en el siglo XVI, por la difusión que alcanzaron nuestros tratadistas. Algunos de ellos alcanzaron un prestigio que da idea de su papel en la ciencia. Ticho Brahe reputaba a Muñoz como uno de los primeros geómetras de su tiempo. Su interpretación de Euclides gozó aceptación en muchos centros cultos, lo mismo que su crítica de Tartaglia.
El mismo renombre alcanzó Oliver “el primero de los matemáticos que en su tiempo alcanzaron celebridad en las naciones extranjeras”, como dice Ballesteros. Sus largos viajes le proporcionaron ocasión de dejar su huella científica por el mundo. Discutió sobre las mareas con el gran sabio italiano Gaspar di Contareno, embajador de Venecia. En la centuria siguiente, Hugo de Omerique, vivamente elogiado por Newton, fue otra de nuestras reputaciones europeas. Como éstos, otros muchos españoles sobresalieron y fueron estimados como matemáticos.
También la astronomía produjo figuras eminentes a lo largo del siglo XVIII; así, aquel P. José de Zaragoza, que, como dice el señor Cotarelo, tuvo el mérito de “haber comprendido la teoría de las órbitas planetarias elípticas, descubiertas por Keplero, cuando eran desdeñadas por la ciencia europea”, siendo éste uno de los muchos casos en que los pensadores y sabios españoles comprenden y asimilan lo que en Europa ocurre durante aquellas centurias, mientras el resto de los países permanece adherido a los viejos moldes.
Las aplicaciones astronómicas a la geografía, tal y como en España se concibieron y realizaron, determinaron la renovación de estos estudios en toda la Europa culta. Alonso de Santa Cruz y los grandes cartógrafos de la Casa de Contratación son en realidad los creadores de la moderna cartografía. “El breve compendio de la sphera”, de Martín Cortés, fue el primer libro de texto de los navegantes facultativos en Inglaterra. Este hecho nos da una idea de la difusión del pensamiento cartográfico español. La famosa proyección de Mercator, matemático y cartógrafo holandés del siglo XVI, es, en realidad española. Encuéntrase por primera vez en el mapa de García Torreño, de 1522, donde aparece aplicado el sistema de proyecciones equidistantes. Mercator, que estuvo en España el servicio de Carlos V, pudo haberlo conocido y tenido en cuenta para sus admirables trabajos posteriores.
No olvidemos, para juzgar la importancia de la cartografía española de la Edad Moderna, que, a nuestra patria corresponde en realidad la fundación de toda la moderna geografía, pues fueron navegantes y descubridores nuestros quienes más contribuyeron a completar el conocimiento del planeta desde el Renacimiento. Por eso no es preciso insistir más en esos puntos. En todo caso -y refiriéndonos nuevamente a la astronomía-, recordad los elogios que Weidler y Galileo hacían de los sabios españoles.
En física, química y ciencias naturales, alcanzó la ciencia española menos desarrollo, pero tuvo también figuras influyentes. No faltaron zoólogos y botánicos de prestigio, como aquel Vélez de Arciniega, autor de una clasificación de las tortugas igual a la de Brongiart, entre otros muchos, o el botánico Juan Plaza, consultado por Clusio, etc. Entre estas figuras, destaca el P. Cienfuegos, que escribía hacia 1630, y que presintió la teoría de la sexualidad de las plantas y se manifestaba en posesión del concepto de mutación. Por otra parte, las descripciones y estudios que nuestros naturalistas, y en general nuestros escritores, realizaron en el Nuevo Mundo, sobre plantas y animales, ejercieron una influencia y tuvieron un valor documental para la Historia Natural, tan evidente, que no es necesario insistir en ello. En cuanto a la física y química, tuvieron un valor estimable, especialmente en sus aplicaciones industriales. Así, por ejemplo, la metalurgia española influye poderosamente en toda la europea. El libro que en 1640 público Álvaro Alonso Barba (Arte de los metales) se traduce muchas veces todos los idiomas cultos, y los métodos de amalgamación para explotación de minerales argentíferos, del mismo Barba y Bartolomé Medina (siglo XVI), tienen aún hoy un gran valor, con las naturales modificaciones.
Por lo que respecta a la medicina, una rápida evocación de algunos nombres nos convencerá de que su influencia en la ciencia de su tiempo no es de desdeñar. El descubrimiento de Harvey, de la circulación de la sangre, tuvo aquí evidentes anticipaciones (Miguel Servet y Francisco de la Reina sobre todo). Gómez Pereira precede a Sydenham en la teoría de las fiebres. Los grandes anatomistas como Pedro Giménez, se relacionan con los extranjeros: conocidas son las de Giménez con Vesalio; Vallés, llamado “el Divino”, es admirado y leído por Boerhaave; Francisco Díaz práctica por primera vez la uretrotomía en tiempos de Felipe II; Valverde de Amusco es parangonado en muchas naciones con Vesalio; Huarte de San Juan se manifiesta precursor de Lavater, Cabanis y Gal, y Pujasol, en el XVI, de la moderna frenología y craneoscopia. A todo esto, hay que añadir la resonancia europea del método inventado por Ponce de León para enseñar a hablar a los sordomudos, difundido en Inglaterra e Italia por sir Kenelm Digby.
La influencia de las ciencias históricas corre pareja a la ejercida por la geografía, pues la historia, filología etc., del Nuevo Mundo son estudiados antes que por nadie por los españoles, y de ellos es preciso partir. Aparte de que también la historia relativa a sucesos europeos y los tratadistas de aspectos parciales y técnicos de la historia alcanzaron notoria reputación. En cuanto a las ciencias filológicas, los latinistas, helenistas y hebraístas españoles, desde los tiempos de Luis Vives hasta bien entrado el siglo XVII, se mantuvieron siempre en contacto e influyeron en los demás países de Occidente.
Pero donde el influjo español llega más lejos es en teología. Al llegar el siglo XVI -dice Mortier-, el centro doctrinal de los estudios teológicos había cambiado. Era España. España se transforma en la fuente de la teología. Bastaría un nombre para probar el prestigio e influjo de nuestros teólogos en el mundo culto: Trento. Del suarismo se hace escuela teológica y filosófica en toda Europa, y de su influencia en los medios culturales de distintos países se ha escrito ya bastante por Grabmann y otros historiadores de la filosofía. También Soto y Cano alcanzan en el extranjero máxima autoridad como teólogos.
Y parejo y el enlazado con este triunfo de la teología española en el mundo, va el de nuestra filosofía. Desde los tiempos de Luis Vives, la filosofía española alcanza un puesto de primera línea. Reputación universal del Renacimiento. Vives orienta la psicología y pedagogía de su tiempo. El “vivismo” hace escuela en Europa. Aparece también la pléyade de precursores de Kant, Bacon y Descartes, estudiados por Menéndez y Pelayo. Entre ellos, Sánchez, precursor de Kant, y Gómez Pereira, que enuncia en su famosa Antoniana Margarita la teoría del automatismo animal de Descartes. Fox Morcillo y otros humanistas van asimismo formando el núcleo de irradiaciones intelectuales de España hacia Europa. Incluso el materialismo biologista del siglo XIX tiene un precursor en la extraña y genial figura de Esteban Pujasol (1637), precursor de la frenología.
Y, por último, en las ciencias jurídicas se trasunta este esplendor del pensamiento español y su fortuna por el mundo. Vitoria funda en sus “Relectiones” De iure belli y De indis recenter inventis, el Derecho internacional, y en él se inspira el holandés Grocio. Fray Domingo de Soto y otros grandes teólogos y juristas desarrollan su obra y prueban la paternidad española del derecho internacional en la ciencia moderna. Por su parte, Alfonso de Castro, autor de tratados magistrales sobre la pena, se manifiesta como uno de los grandes penalistas de su época, y en muchos aspectos es un verdadero precursor de Beccaria, aunque con más formación filosófica que éste. Y Antonio Agustín, gran comentador de los textos justinianeos, en el moderno estudio del derecho romano, no pierde ni desmerece en compararse con Alciato o Cuyacio. Su obra fue tan estimada y gozo idéntica autoridad que la de los otros grandes autores de su tiempo, entre los romanistas europeos.
(Historia de la civilización española, 1946)
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