LA AUTÉNTICA XENOFOBIA
ESE EXTRANJERO SOLITARIO.
De un tiempo a esta parte, coexisten con nosotros. Se les ve pulular. Buscan trabajo. La mayoría de ellos son varones jóvenes. Vienen con lo puesto, más ligeros de equipaje que Antonio Machado. Han atravesado –los periodistas nos lo han contado en sus reportajes- miles de kilómetros en condiciones infrahumanas, superando peligros, policías corruptos que los extorsionan y los ningunean. Llegan a las costas, y son atendidos por un voluntariado amplio: médicos, guardias civiles, protección civil, voluntarios de oenegés… Se les da un dinero ridículo y se les deja derramarse por España. Son los inmigrantes, el rostro demacrado de la pobreza endémica y de las tiranías de sus países de origen.
Hoy he visto a uno –bueno, podría decir que he visto a muchos, muchísimos, hoy y ayer, y seguro que los seguiré viendo cada día más. Pero hoy he visto a uno. Y lo he comprendido todo. Era de raza negra –los tontos gustan hablar de “raza de color”. Yo iba en el coche, y un semáforo me detuvo. Allí estaba él. Podría tener unos veintitantos años. Ropa gastada, tal vez la única muda que tenía el pobre hombre. Su cara lo decía todo. En un momento imaginé su aldea, supe que en su choza africana ese extranjero tendría unos padres que lo habían visto irse, que lo habían despedido y que tal vez vivían ya con la idea de no volverlo a ver jamás. Sus vecinos también lo despidieron. Y la chica a la que cortejaba lo recordó durante una semana, a la semana siguiente bien pudo comprometerse con otro. Sólo Ulises tuvo su Penélope.
Su semblante era noble, con esa nobleza que da la singularidad y la desolación. Miraba con ojos tristes. Veía pasar ante sí a los naturales y en sus ojos se adivinaba extrañeza, extranjería, desarraigo, todo un “fuera de lugar”. Y pensé en sus padres, y en sus abuelos, y en el paisaje que lo vio nacer y crecer, y en las penurias que ha podido atravesar. No me importa su religión, no me importa su país de origen. Él es un extranjero. No simplemente un forastero: un extranjero. El forastero puede hablar tu mismo idioma, pero basta que haya nacido diez kilómetros más allá de tus predios para saber que es eso, un simple forastero. Pero ese joven negro no era un forastero, era un extranjero. Y, por vez primera en mi vida me he dicho a mí mismo: “Soy un xenófilo”. Sí. Siento que, por eso que llamamos “empatía”, puedo ponerme en su pellejo y que a mí no me gustaría estar en su lugar. Sentirme así, desposeído de todo lo propio, arrojado a lo inhóspito, a un mundo extraño que me mira con ojos extraños y al que veo con ojos extraños.
La xenofobia es la enemiga eterna del “extranjero”. Yo soy xenófilo: quiero que el extranjero siga siendo extranjero, y venga a mi tierra en otras condiciones, por ejemplo: de vacaciones, a hacer turismo y marcharse después de un periodo. Quiero al extranjero, sí. El que no lo quiere es el que anima, alienta, fomenta, promociona, instiga, atrae y se camela a los extranjeros para que estos abandonen su suelo natal y se lancen a una aventura de desenlace siempre incógnito.
LOS CÓMPLICES DEL SUFRIMIENTO DE LOS INMIGRANTES.
¿Por qué lo hacen? ¿Por qué será que hay gentes y colectivos tan interesados en que ese pobre chico negro pierda el entorno familiar y venga aquí, a Europa, a establecerse? ¿Qué ganan esos miserables que amparan este tráfico inhumano y desalmado de grandes masas de inmigrantes? ¿Patrocinan estos movimientos de migración grupos de empresarios sin escrúpulos que quieren mano de obra barata? ¿Acaso estas masas de inmigrantes que llegan están apadrinadas por partidos políticos que quieren nuevas bolsas de votos?
¿Saben lo que están haciendo con esas pobres gentes? ¿Saben el potaje que están guisando y que a lo mejor nos atraganta a todos, a los que vienen y a los que aquí hemos nacido y tenemos nuestras raíces?
El que ama a los seres humanos, no quiere el mal de ningún ser humano. Por eso, el que ampara la inmigración es un criminal, pues no tiene que ser en modo alguno agradable sentirse extranjero, irremediablemente extraño y desubicado. Ese chico quisiera estar con sus padres, en su aldea natal. No hay sueño ni tierra de las oportunidades. Toda tierra está cuajada de oportunidades, cuando no hay tiranos que impiden el curso normal de la existencia digna de los que habitan esa tierra.
Y lo he comprendido todo: quiero a los extranjeros, y como quiero su bien quiero que se queden en sus casas. Quiero a los extranjeros, claro que sí. Y los quiero eso, así: extranjeros. Cada cual en su casa, y Dios en la de todos.
Publicado por Maestro Gelimer
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