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Tema: Jorge Manrique (1440-1479), resultado de dos épocas

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    Jorge Manrique (1440-1479), resultado de dos épocas

    JORGE MANRIQUE, RESULTADO DE DOS ÉPOCAS


    ... ¿qué se fizo lo pasado?
    Valme Dios qué falso mundo!...
    ALFONSO ALVAREZ VILLASANDINO

    ... Mais oú est le preux Charlemagne?
    FRANÇOIS VILLON («Ballade des Seigneurs du temps jadis»)

    Jorge Manrique (1440-1479) es el resultado poético de la confluencia de dos estilos, dos maneras de pensamiento y vida. Su nombre —junto a Juan de Mena y el Marqués de Santillana— resume las características del siglo XV, siglo de transición hacia el rotundo cambio que el Renacimiento representa respecto de lo medieval. Lo que ocurre es que en el acontecer literario nada termina del todo, ni nada comienza de pronto; algo queda siempre de lo anterior, que con lo nuevo dibujándose da nacimiento a unos estilos peculiares. De ello resulta que no es posible historiar, como en algún tiempo y respecto de grandes temas se hizo, marcando engañosamente fechas, límites, registrando la súbita aparición de ideas o cambios de rumbo espiritual.

    Durante el siglo XV subsisten las ideas, las colectivas seguridades teológicas de la Edad Media, y los inquietos humanos afanes de individualización, germen de los nuevos tiempos avecinándose; de esa confluencia surge una peculiar actitud que, bañada por una melancolía, se debate entre el goce del vivir y la implacable realidad de la muerte, cancelación de todas las bellezas, vaciadora de todos los ojos; en cuanto a lo literario, unos caminos de expresión que anuncian levemente las cúspides de las futuras perfecciones.

    En lo político y en lo social la transición es también de registrar: las luchas derivadas del feudalismo en cancelación frente al auge del poder real, camino de la monarquía absoluta. En cualquier caso, el clima del siglo XV es el clima de inquietud y disidencia características de los tiempos de transición.

    Esas inquietudes y esas disidencias tienen resultados literarios que marchan por diversos caminos: los de la crítica —en esta época, las coplas de «¡Ay, Panadera!», de «Mingo Revulgo», o del «Provincial»—. o los de la evasión —la poesía amatoria, con más de ingenio y juego que de sentimiento amoroso, contenida en los «Cancioneros», con ecos de los trovadores provenzales; no precisamente destinada a la perennidad, pero con la idea constante de la muerte asomando por entre las dolencias de amor; por las réplicas y las duplicas de las conceptuosas alegaciones del amante.

    En Jorge Manrique —armas y letras, espada y pluma, como Garcilaso...— se encuentran muestras de esos dos caminos, muy especialmente del segundo, con tanta urgencia más arriba trazados; se encuentran en las casi cincuenta composiciones poéticas debidas a su pluma que obran en los «Cancioneros» de Sevilla (1511) y el «general» de Hernando del Castillo (1535). Lo burlesco, más que propiamente satírico, por ejemplo, en «Un combite que hizo don Jorge Manrique a su madrastra»; y lo amatorio —en la manera de su tío, Gómez Manrique— en «Castillo d'amor», «Canción», «Porque estando él durmiendo le besó su amiga», y otras «Diziendo qué cosa es amor», etc.

    Amor es:

    Es una catividad
    sin parescer las prisiones;
    un robo de libertad,
    un forzar de voluntad
    donde no valen razones;
    una sospecha celosa
    causada por el querer;
    una rabia deseossa.
    que no sabe que es la cosa
    que desea tanto ver...

    El talento poético de Jorge Manrique (muerto en plena juventud, por tierras de Cuenca, frente al castillo de Garci-Muñoz, en defensa de la reina Isabel la Católica se revelaba al morir su padre, maestre de Santiago, conde de Paredes, Rodrigo Manrique, «vencedor de veinticuatro batallas», uno de los «Claros varones» encomiados por Hernando del Pulgar; se revelaba como consecuencia de la muerte llamando a las puertas de su propia casa; el poeta menor, trovadoresco, y el valiente soldado a la vez, hablan llanamente —sin retóricas— de los valores morales del desaparecido y, de bruces contra la vida y la muerte, en su reflexión moral, se preguntan, por el enigma, la paradoja del hombre. Así, el canto, partiendo del íntimo dolor, deviene universal y grandioso; así, con su elegía, original dentro de la tradición (véase el minucioso examen, sobre el tema, de Pedro Salinas en «Jorge Manrique o tradición y originalidad»), Jorge Manrique ingresa en la nómina de los grandes poetas españoles.

    Este es el sereno elogio del desaparecido:

    ... ¡qué amigo fue para amigos!
    ¡qué señor para criados
    y parientes!
    ¡qué enemigo de enemigos!
    ¡qué Maestre de esforzados
    y valientes!
    ¡qué seso para discretos!
    ¡qué gracia para donosos!
    ¡qué razón!
    ¡Cuan benigno a los sujetos!
    ¡A los bravos y dañosos
    un león!...

    Si bien con absoluta sobriedad, no resiste a los clásicos saberes:

    ... En ventura Octaviano;
    Julio César en vencer
    y batallar;
    en la virtud, Africano;
    Aníbal en el saber
    y trabajar:
    en la igualdad un Trajano;
    Tito en liberalidad
    con alegría;
    en el brazo un Abreliano;
    Marco Tulio en la verdad
    que prometía...

    Y, partiendo de un tema específicamente medieval, la muerte, igualadora de los hombres, borrando, con su dedo implacable, todas las jerarquías, se pregunta, como François Villon, dónde están («ubi sunt...»), dónde han ido a parar los seres, las cosas del mundo, perecederos, finitos, fungibles:

    .. ¿Qué se hizo el rey Don Juan?
    Los infantes de Aragón
    ¿qué se hicieron?
    ¿qué fue de tanto galán,
    que fue de tanta invención
    como trajeron?...

    Y («Les dames du temps Jadis...»):

    ... ¿qué se hicieron las damas,
    sus tocados, sus vestidos,
    sus olores?...

    ...Todos, todos, desde chicos recordamos la extraordinaria figura de Jorge Manrique; por lo menos, el arranque de sus cuarenta y tres coplas de pie quebrado a la muerte de su padre:

    Recuerde el alma dormida
    avive el seso y despierte
    contemplando
    cómo se pasa la vida,
    cómo se viene la muerte
    tan callando...

    José CRUSET
    Última edición por ALACRAN; 28/08/2021 a las 13:08
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Jorge Manrique (1440-1479), resultado de dos épocas

    Jorge Manrique, visto por M. Menéndez Pelayo

    (... ) "Si hay en la literatura del siglo XV un nombre y una composición que hayan resistido a todo cambio de gusto y vivan en la memoria de doctos e indoctos, son sin duda el nombre de Jorge Manrique y las Coplas que compuso a la muerte de su padre. Explicar y razonar esta universal celebridad, ha de ser nuestro principal objeto, pero no podemos menos de apuntar antes los principales hechos de la brevísima vida de su autor, valiéndonos para ello de las noticias que recogió con su acostumbrada puntualidad y diligencia D. Luis de Salazar y Castro en su Historia de la Casa de Lara (lib. X, cap. XV).

    Jorge Manrique, señor de Belmontejo, cuarto hijo del Conde de Paredes D. Rodrigo y de su primera mujer doña Mencía de Figueroa, nació probablemente en la villa de Paredes de Nava [Palencia], cabeza del señorío de su padre, por los años de 1440. Abrió los ojos a la vida en medio de las discordias civiles, y ni un momento dejaron de acompañarle durante su breve peregrinación por este mundo. Partidario, como todos los de su casa, del Infante D. Alonso, a quien llamaban Rey, recibió de él, entre otras mercedes, las tercias de Villafruela y otros lugares de Campos, siete lanzas de la corona y con ellas 14.000 maravedises de acostamiento, y por último la encomienda de Montizón en la orden de Santiago. Como tal Comendador “favoresció maravillosamente” (según dice el traductor castellano de la Crónica de Alonso de Palencia) la parte de D. Álvaro de Estúñiga su primo, en los bandos que traía sobre el priorato de San Juan con D. Juan de Valenzuela, a quien derrotó y puso en huida nuestro D. Jorge cerca de Ajofrín, con muerte o prisión de muchos de los suyos, recuperando para el de Estúñiga el priorato de que había querido desposeerle D. Enrique IV.

    En 1474 concurría en Uclés a la elección de Maestre de Santiago que algunos caballeros de aquella milicia hicieron en favor del Conde su padre, y obtenía a su vez uno de los trecenazgos de la orden. Con tal dignidad, y mostrándose siempre acérrimo partidario de la Reina Católica, defendió en 1475 contra el Marqués de Villena el campo de Calatrava, y en 1476 sostuvo con su padre el asedio de la fortaleza de Uclés contra las fuerzas reunidas del mismo D. Juan Pacheco y del Arzobispo de Toledo don Alonso Carrillo, molestando a los contrarios con bravas escaramuzas que acabaron por hacerles levantar el campo, quedando el castillo a merced del Maestre.

    Como capitán de una compañía de hombres de armas de Castilla, tuvo a su cargo en 1478, juntamente con Pedro Ruiz de Alarcón, señor de Valverde, la campaña contra el Marqués de Villena, que desde sus fortalezas de Chinchilla, Belmonte, Alarcón y Garci-Muñoz, proseguía desafiando el poder real. Aquella mezquina lucha había de ser funesta para nuestro poeta. Los encuentros con la gente del Marqués eran casi diarios; y en uno de ellos, según la narración de Pulgar, «el capitán D. Jorge Manrique se metió con tanta osadía entre los enemigos, que por no ser visto de los suyos para que fuera socorrido, le firieron de muchos golpes, y murió peleando cerca de las puertas del Castillo de Garci-Muñoz, donde acaesció aquella pelea.»

    Fué llevado el cuerpo de D. Jorge a la iglesia vieja del Convento de Uclés, donde todavía en tiempo de Garibay se veían su sepultura y las de un hermano y un hijo suyo, en fila, cubiertas de piedras negras. Dice Rades de Andrada que al revestirlo de paños mortuorios le hallaron en el seno unas coplas que comenzaba a hacer «contra el mundo».

    ***

    (…) "Si por sentimiento elegíaco se entiende tan sólo el que personalmente aflige al poeta, secundario es sin duda en las coplas de Jorge Manrique; pero la misma sobriedad con que el autor hirió esta cuerda; aquella especie de pudor filosófico y señoril con que reprime sus lágrimas y anega su propio dolor en el dolor humano («sunt lachrymae rerum») , ¿no es quizá la mayor belleza de la composición? ¿No pertenece a un género superior de elegía? ¿No es lo que da eternidad a estas coplas y las convierte en un doctrinal de cristiana filosofía? ¿Qué es lo que más se admira en las Oraciones fúnebres de Bossuet, cuyo recuerdo es imposible evitar aquí: el rendimiento póstumo del cortesano más o menos deslumbrado por las grandezas de sus señores o las lecciones del obispo enfrente de las tumbas entreabiertas? (...)

    (...) Las poesías menores de Jorge Manrique son muy poco numerosas, y no han sido coleccionadas nunca. Apreciables todas por la elegancia y limpieza de la versificación, no tienen nada que substancialmente las distinga de los infinitos versos eróticos que son el fondo principal de los Cancioneros, y que más que a la historia de la poesía, interesan a la historia de las costumbres y del trato cortesano. Sin la curiosidad que las presta el nombre de su autor, apenas habría quien reparase en ellas". (...)


    (de "Antología de Poetas Líricos Castellanos")
    Última edición por ALACRAN; 04/09/2021 a las 13:22
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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    Re: Jorge Manrique (1440-1479), resultado de dos épocas

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    Jorge Manrique, visto por M. Menéndez Pelayo (II)

    La cuestión de la originalidad de las "Coplas"

    (... ) "Pero esta poesía tan unánimemente admirada, este amplio y majestuoso desarrollo de los grandes y eternamente eficaces lugares comunes sobre la muerte, ¿hasta qué punto puede ser considerada como original? La cuestión es más compleja de lo que a primera vista se imaginaría, y no es de las que pueden resolverse fácilmente y con una sola palabra. Es claro que la originalidad no puede referirse aquí al fondo de la composición, que por ser tan verdadero y tan universal y tan humano, no es de los que pertenecen a ningún autor particular. Que las grandezas mundanas son caducas y frágiles, que la muerte iguala a grandes y pequeños, que la vida corre tan aprisa como un sueño, son verdades inconcusas, que están al alcance de todo el mundo, y que sólo pueden valer en poesía por la manera de decirlas y por la intensidad de sentimiento con que se digan. Se trata aquí puramente de la forma artística, tomada en su acepción más lata, esto es, abarcando el plan de la composición, el encadenamiento de las sentencias, y las imágenes y los colores con que el poeta ha acertado a revestir estos conceptos elementales de filosofía moral. Lo que importa es precisar hasta qué punto fué original Jorge Manrique en cada uno de estos particulares" (...)

    (...) Conocidos estos precedentes, cuya enumeración podría ampliarse a poca costa, no faltará quien pregunte en qué consiste la originalidad de Jorge Manrique, puesto que no hay en su elegía cosa alguna que no hubiera sido dicha antes de él. Este es cabalmente el misterio o el prestigio de la forma: expresar el poeta como nadie, lo que ha pensado y sentido todo el mundo. Por todo el cauce la Edad Media venía rodando un inagotable lugar común sobre la muerte. (…) Se comparaba sin cesar la vida humana con el sueño, con la sombra, con la flor que se marchita apenas nacida, con el leve rastro que deja la nave en el mar, con la fugitiva corriente de los ríos que van a morir en el Océano. Se hacía desfilar interminables procesiones de reyes, príncipes y emperadores, de héroes y sabios, de personajes de la Sagrada Escritura y de personajes de la fábula, de damas y caballeros, de reinas y de bellezas famosas, y se preguntaba sin cesar: ¿Dónde está Salomón? ¿Dónde está Jonatás? ¿Dónde está César? ¿Dónde está Aristóteles? ¿Dónde está Héctor? ¿Dónde está Elena? ¿Dónde está el rey Artus?

    Llegó, por fin, un día en que toda esta materia de meditación moral, que en rigor ya no pertenecía a nadie, y que a fuerza de rodar por todas las manos había llegado a vulgarizarse con mengua de su grandeza, se condensó en los versos de un gran poeta, que la sacó de la abstracción, que la renovó con los acentos de su ternura filial, y con un no sé qué de grave y melancólico, y de gracioso y fresco a la vez, que era la esencia de su genio. Los pensamientos eran de suyo altos y generosos, y puede decirse que en breve espacio abarcaban un concepto general de la vida y del destino humano, lo cual da a la composición una trascendencia que de ningún modo alcanza la Pregunta de Nobles, del Marqués de Santillana, por ejemplo (...)

    La forma artística

    (...) "La ejecución es no sólo brillante y franca y natural, sino casi perfecta: apenas pueden tacharse, en la última parte que contiene el elogio del Maestre, dos estrofas pedantescas y llenas de nombres propios:

    En ventura Octauiano,
    Julio César en vençer
    Y batallar, etc.

    Pero lo más admirable, como ya queda indicado, es la compenetración del dolor universal por el propio dolor, la serena melancolía del conjunto, y el bellísimo contraste entre la algazara y bullicio de aquellas estrofas que recuerdan pompas mundanas, y de aquellas otras en que parece que van espesándose sobre la sumisa frente del viejo guerrero las sombras de la muerte, rotas de súbito por los primeros rayos de una nueva e indeficiente aurora. El metro que Quintana, con extraña falta de gusto, llama «tan cansado, tan poco armonioso, tan ocasionado a aguzar los pensamientos en concepto o en epigrama» es, por el contrario, no sólo armonioso, flexible y suelto, sino admirablemente acomodado al género de sentimiento que dictó esta lamentación. (…)

    El idioma

    (...) "Mucho, y con razón se ha ponderado en las Coplas de Jorge Manrique la perfección de la lengua que ya en él parece fijada, y la diáfana pureza de estilo, en que al cabo de cuatro siglos apenas se encuentra expresión que haya envejecido. Pero no conviene exagerar las cosas, como hasta ahora se ha hecho por olvido o por ignorancia de la cronología, y atribuir exclusivamente al poeta lo que en gran parte es propio de su tiempo. (…). Jorge Manrique, que murió muy joven, pertenece como poeta a las postrimerías del siglo XV, a los últimos años de Enrique IV o más bien a los primeros de los Reyes Católicos, y escribe en la admirable lengua de su tiempo, como la escribían en prosa el autor de La Celestina, y Hernando del Pulgar, y Garci Ordóñez de Montalvo, el que dio al Amadís su definitiva forma; y como la escribían en verso, para no hablar de otros menos señalados, Rodrigo de Cota en el Diálogo del amor y un viejo, Juan del Encina en sus églogas y en sus villancicos, Gómez Manrique en sus composiciones doctrinales y políticas, Garci Sánchez de Badajoz, Guevara y otros en sus versos amatorios. Si las Coplas de Jorge Manrique valen lo que valen y se levantan tanto sobre el nivel ordinario de la lírica de su tiempo, es por otras virtudes poéticas más íntimas y recónditas, que ya hemos procurado manifestar; y no por el estilo, que en su amable y culta naturalidad, es sencillamente el buen estilo de su tiempo, con aquella nota personal que pone en sus creaciones todo poeta digno de este nombre (...)

    (...) ¡Dichoso poeta el que después de cuatro siglos puede renacer de este modo en labios de otro poeta [el inglés Wordsworth], y dichoso Jorge Manrique entre los nuestros, puesto que a través de los siglos su pensamiento cristiano y filosófico continúa haciendo bien, y cuando entre españoles se trata de muerte y de inmortalidad, sus versos son siempre de los primeros que ocurren a la memoria, como elocuentísimo comentario y desarrollo del Surge qui dormis, et exurge, de San Pablo! (...)

    (de "Antología de Poetas Líricos Castellanos")

    Última edición por ALACRAN; 04/09/2021 a las 13:29
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)



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