Los Siete Infantes de Lara
(La más trágica leyenda de Castilla)
En los tres primeros siglos de la Reconquista, la necesidad de la lucha contra el invasor es lo que da carácter a la organización y a la vida de los Estados cristianos, apenas alejados de las breñas y riscos originarios. Sobre todo en Castilla, tierra avanzada, constantemente en pie de guerra, la rudeza militar es distintivo de una nobleza poco culta y refinada, pero varonil y decidida, cuyas pasiones personales se desbordan con facilidad.
Uno de estos sucesos, en el cual se mezclan, desembocando en atroz tragedia, las gallardías y las emulaciones, el orgullo y los odios, la crueldad y la venganza, es el que, recogido por la más espeluznante leyenda castellano, transmitido entre los balbuceos de nuestro idioma literario en sus comienzos, por los cantares de gesta y las crónicas, han popularizado el romancero y el teatro: “La historia de los Siete Infantes de Lara”. “Aquí vos diremos -dice la Crónica General, transcribiendo el cantar primitivo- de los Siete Inffantes de Salas, de cuemo fueron traydos et muertos en el tiempo del rey don Ramiro et de Garci Fernández, cuende de Castiella”. “Es una historia lastimera. De un pequeño agravio se levanta gran discordia, mortal enemiga y una fiera venganza; la venganza alimenta largos odios que envejecen el corazón, los odios viejos engendran nueva vida, y la nueva generación crece para el odio y para la venganza (1).
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Famoso era en Castilla el linaje de los Laras. Famoso por sangre y estirpe, por valor y por gallardía; flor del linaje, los siete jóvenes Infantes, hijos de Gonzalo Gustios y de Dª Sancha de Lara, conocidos por los Infantes de Salas, los primeros en todo. Émulos suyos en valor arrogancias, los caballeros de la Bureba.
Ruy Velázquez de Lara, hermano de Dª Sancha, se ha prendado de la linda Dª Lambra de Bureba, prima hermana del conde Garci Fernández. Ruy es buen caballero, valeroso y fuerte. En la entrada por tierras de Calatrava mató muchos cientos de moros con los trescientos hombres de su casa. Un escaño de oro y rica tienda de Arabia, ganados en la empresa, son presentes que envía el de Lara al conde Garci Fernández. Y el conde por contentar a tan buen guerrero concierta el casamiento de éste con su prima cormana Dª Lambra.
Las bodas se celebran espléndidamente en Burgos. Duran cinco semanas. Banquetes, regocijos, bofardar, quebrar tablados, correr toros, jugar tablas. Los juglares cantarán en sus versos las magnificencias del enlace. Han acudido gentes nobles de toda Castilla, de León y de Navarra. En Salas, las tornabodas. Dos semanas de fiestas. Pero si las bodas fueron buenas, las tornabodas son malas. En ellas nació la terrible, tragedia doméstica, cuyo relato impresionó a los siglos.
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En el arenal del río la fantasía de Dª Lambra ha hecho levantar altos y famosos tablados. Varios caballeros han tirado sus bohordos. Ninguna acertó a derribar las tablas. Alvar Sánchez, primo de Dª Lambra, reta con palabras jactanciosas a los de Lara, sobre la destreza en el bohordar. Gonzalvico Gustios, el menor de los Infantes, le derrota y sobre el lance trábase disputa que degenera en pelea entre los opuestos bandos. Han de intervenir el Conde y Gonzalo Gustios para separarlos. Pero Dª Lambra ha sentido humillado su amor propio y su orgullo de rica-hembra por el triunfo del Lara. Se considera afrentada en sus bodas y se dispone a devolver a los Infantes una afrenta mayor. Al día siguiente un criado suyo arroja al pecho de Gonzalvico un cohombro (especie de pepino) empapado en sangre. Era la mayor ofensa que podía hacerse a un caballero. Los Laras reaccionaron violentamente y, aunque el osado corre a refugiarse bajo el mantode Dª Lambra, no respetan este signo de su protección y allí mismo le matan, salpicando de sangre las tocas y los paños de la señora.
Nada iguala al odio y desesperación de Dª Lambra. Acude a su marido con las mayores muestras de dolor, llamándose viuda y sin esposo en tanto no reciba satisfacción cumplida del agravio. Acallóla Ruy Velázquez, ofreciéndola un desquite de tal clase que quedaría indeleble entre las gentes…
Y así el orgullo creó la rivalidad, la rivalidad dio vida al odio y el odio tramo la tela de la más atroz de las venganzas…
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Bien supo disimular sus propósitos Ruy Velázquez de Lara. Y bien urdió con falsedad y mentira, dando más oídos al odio de su esposa que a la razón y aun a la sangre, la traición contra todos sus parientes.
Fingió perdonarles el agravio. Halagó a sus sobrinos con palabras y ofrecimientos engañosos. Logra la confianza del buen Gonzalo Gustios y consigue que vaya a Córdoba a cobrar un dinero del Háchib Almanzor, a fin de nivelar su hacienda quebrantada por los gastos enormes de la boda.
D. Gonzalo, padre de los siete infantes partió para Córdoba. Llevaba una carta en arábigo destinada a Almanzor. La carta era engañosa: pedíale en ella descabezase al mensajero y enviase una hueste potente a la frontera de Castilla, donde el propio Ruy esperaría para entregarle a los siete infantes, hijos de Gonzalo. Porque -añadía, según la Crónica- éstos son los hombres que más contrarios os son acá entre los cristianos y los que más mal os buscan, y así que los hayáis muerto tendréis la tierra a vuestra voluntad, pues muy gran esfuerzo y mucha ayuda tiene en ellos el conde Garci Fernández.
Almanzor, más generoso que su pérfido amigo, se contentó con poner Gustios en prisión no muy dura, donde fue atendido por una mora noble, hermana del mismo Almanzor.
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Partieron los siete infantes con doscientos caballeros de su casa. Ruy Velázquez ha invitado a sus sobrinos y les espera en el valle de Arabiana para hacer una entrada por tierras de moros. En el pinar de Canicosa, al salir del alfoz de Lara, Nuño Salido, el ayo que los criara, ha visto malos agüeros e intenta detenerlos. Los infantes no hacen caso de los avisos del ayo. Siguen adelante. En la vega de Febros se les incorpora con los suyos Ruy Velázquez. Van a Almenar -sudeste de Soria- y, en tanto Ruy queda en celada con toda la mesnada propia, manda que los infantes se adelanten a correr el campo.
De improviso les sale al encuentro una numerosísima hueste de moros. Comprenden, aunque tarde, la traición de su tío. No pueden escapar. Diez mil moros los cercan, y se disponen a vender caras sus vidas. Encomiéndanse a Dios y al apóstol Santiago, y pelean heroicamente. Los moros “caen espesos como lluvia” sobre ellos. La batalla es muy cruda. Matan muchedumbre de moros. Nuño Salido ha caído el primero; se arrojó contra los enemigos buscando la muerte, por no ver el fin de los infantes. Cayeron también los doscientos caballeros. Ruy Velázquez se niega a participar en la batalla y recuerda el mensajero que le envían los agravios recibidos de sus sobrinos. Ya los siete hermanos, cansados, apenas pueden sostener las armas. El mismo moro Alicante, caudillo de los mahometanos, admirado del valor de los infantes y condolido de verles en tal aprieto, les concede una tregua y aún les lleva a su tienda y repara las cansadas fuerzas de los valientes mancebos con viandas y vino. Mas Velázquez se acerca hasta la tienda, recrimina al moro, aquella piedad y se opone, usando toda suerte de amenazas, a que queden con vida.
Vuelven al campo los infantes y en la desigual y porfiada lucha, cercados por todas partes, rotas o pérdidas las armas, cubiertos de heridas y golpes, van cayendo en poder de los infieles y son decapitados, uno a uno, en presencia del hermano de su madre. Y así fue como este “alto ome del alfoz de Lara”, por satisfacer el odio de Dª Lambra, consumó la más negra traición contra su propia sangre.
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Almanzor mismo se conmovió ante el dolor del buen Gonzalo Gustios.
La víspera de San Cebrián llegó a Córdoba el moro Alicante con ocho cabezas, trofeo del combate. Muchos hombres perdió en el encuentro, pero aquellas cabezas de gente tan nombrada le compensan de sobra. Almanzor hizo lavarlas bien con vino por quitarles la sangre; colócalas sobre un paño blanquísimo en el centro de su cámara. Y llamó al prisionero por si las conocía.
Gonzalo, al verlas, lanzó un grito espantoso. Retrocedió un paso horrorizado y, en seguida, avanzó enloquecido hacia las cabezas cortadas de sus hijos, gimiendo con gemidos inenarrables.
Fue cogiendo una a una las testas amadas; las besaba apasionadamente; sus lágrimas bañaban los queridos rostros; llamaba a cada Infante por su nombre; enumeraba las prendas y virtudes de cada uno; mesábase los cabellos; le doblaba el dolor.
-¡Sálveos Dios, Nuño Salido, el mi compadre leal! No vos demando mis hijos, ca muerto sois, como buen ayo, como hombre de fiar, con ellos.
Diego González, el heredero, alférez principal del Conde Garci Fernández; Martín, el segundo, mesurado y fuerte caballero; Suero, famoso cazador, estimado de todo; Fernán, ahijado del buen conde, montero sin igual, amigo de la gente noble y de buenas compañías; Gustios, el de la formidable espada, el que jamás dijo ni consintió mentira.
-Hijo Gonzalo González, el menor, el predilecto de Dª Sancha. ¡Quién osará llevarle tan triste nueva a vuestra madre! Apuesto de persona, generoso, aventajado en la lanza, decidor bueno entre las damas… ¡Mejor fuera haberme dado muerte que presenciar esta jornada desgraciada y fatal!
No pudo más; el infeliz anciano rodó por el suelo sin sentido.
El dolor y en el llanto le acompañaron todos los presentes. Almanzor le llevó consigo a su palacio. La dama mora, hermana del rey, cuidó de él con esmero; restañó las heridas de su alma amorosamente. Y del dolor nació el amor. Y fue el fruto un niño, que había de ser el vengador de sus hermanos.
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Almanzor, compadecido, dejó al fin en libertad a D. Gonzalo. Volvió a Burgos con las cabezas de sus hijos y les dio sepultura en la iglesia de Salas.
Desde entonces, él y doña Sancha llevaban una vida apenada y pobre, perseguidos siempre por el poderoso Ruy Velázquez. Todas las mañanas, Dª Lambra hacía que sus hombres tirasen siete piedras a las ventanas de los cuitados, para que recordasen la horrible tragedia y la venganza implacable de la orgullosa rica-hembra.
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Pasaron los años. Un buen día llegó a Salas, donde en su casa señorial vivía Gonzalo Gustios, “ciego de llorar desdichas”, un apuesto mancebo, acompañado de brillante cortejo de escuderos. Venía de Córdoba y buscaba a Gustios.
El buen viejo, curtido en el dolor, recibió al caballero.
-Soy de Córdoba -dijo el gallardo doncel- mi madre fue una mora principal; mi padre un noble castellano.
Y puso en manos del anciano una cadena que llevaba al cuello y de la cual pendía medio anillo de oro.
Gonzalo Gustios lo reconoció enseguida. Se abrazaron estrechamente.
-¡Hijo, hijo mío! -decía el buen viejo con emoción incontenible.
-Vengo a vengar a mis siete hermanos muertos y a asistiros en la vejez…
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Y el bastardo Mudarra González cumplió lo prometido. Busco a Ruy Velázquez. Le halló cazando y le mató en desafío, atravesándole con su espada. Y aún cuentan las crónicas que, muerto el conde Garci Fernández, primo de ella, se apoderó de Dª Lambra y la hizo quemar viva en castigo de su crueldad y de su odio implacable.
Sobre el cuerpo de Ruy Velázquez, los castellanos lanzaron más de diez carradas de piedra. “Y aún hoy día cuantos por aquella gran pedrera pasan, en lugar de rezar Pater Noster, lanzan al montón una piedra más diciendo: “¡Mal siglo haya el alma del traidor! ¡Amén!” (2)
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(1) R. Menéndez Pidal “Flor nueva de Romances viejos”.
(2) R. Menéndez Pidal, obra citada.
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Como complemento , puede verse:http://hispanismo.org/literatura/27999-romances-sobre-los-infantes-de-lara.html
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