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Tema: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Los Siete Infantes de Lara

    (La más trágica leyenda de Castilla)


    En los tres primeros siglos de la Reconquista, la necesidad de la lucha contra el invasor es lo que da carácter a la organización y a la vida de los Estados cristianos, apenas alejados de las breñas y riscos originarios. Sobre todo en Castilla, tierra avanzada, constantemente en pie de guerra, la rudeza militar es distintivo de una nobleza poco culta y refinada, pero varonil y decidida, cuyas pasiones personales se desbordan con facilidad.

    Uno de estos sucesos, en el cual se mezclan, desembocando en atroz tragedia, las gallardías y las emulaciones, el orgullo y los odios, la crueldad y la venganza, es el que, recogido por la más espeluznante leyenda castellano, transmitido entre los balbuceos de nuestro idioma literario en sus comienzos, por los cantares de gesta y las crónicas, han popularizado el romancero y el teatro: “La historia de los Siete Infantes de Lara”. “Aquí vos diremos -dice la Crónica General, transcribiendo el cantar primitivo- de los Siete Inffantes de Salas, de cuemo fueron traydos et muertos en el tiempo del rey don Ramiro et de Garci Fernández, cuende de Castiella”. “Es una historia lastimera. De un pequeño agravio se levanta gran discordia, mortal enemiga y una fiera venganza; la venganza alimenta largos odios que envejecen el corazón, los odios viejos engendran nueva vida, y la nueva generación crece para el odio y para la venganza (1).

    ***
    Famoso era en Castilla el linaje de los Laras. Famoso por sangre y estirpe, por valor y por gallardía; flor del linaje, los siete jóvenes Infantes, hijos de Gonzalo Gustios y de Dª Sancha de Lara, conocidos por los Infantes de Salas, los primeros en todo. Émulos suyos en valor arrogancias, los caballeros de la Bureba.

    Ruy Velázquez de Lara, hermano de Dª Sancha, se ha prendado de la linda Dª Lambra de Bureba, prima hermana del conde Garci Fernández. Ruy es buen caballero, valeroso y fuerte. En la entrada por tierras de Calatrava mató muchos cientos de moros con los trescientos hombres de su casa. Un escaño de oro y rica tienda de Arabia, ganados en la empresa, son presentes que envía el de Lara al conde Garci Fernández. Y el conde por contentar a tan buen guerrero concierta el casamiento de éste con su prima cormana Dª Lambra.

    Las bodas se celebran espléndidamente en Burgos. Duran cinco semanas. Banquetes, regocijos, bofardar, quebrar tablados, correr toros, jugar tablas. Los juglares cantarán en sus versos las magnificencias del enlace. Han acudido gentes nobles de toda Castilla, de León y de Navarra. En Salas, las tornabodas. Dos semanas de fiestas. Pero si las bodas fueron buenas, las tornabodas son malas. En ellas nació la terrible, tragedia doméstica, cuyo relato impresionó a los siglos.

    ***
    En el arenal del río la fantasía de Dª Lambra ha hecho levantar altos y famosos tablados. Varios caballeros han tirado sus bohordos. Ninguna acertó a derribar las tablas. Alvar Sánchez, primo de Dª Lambra, reta con palabras jactanciosas a los de Lara, sobre la destreza en el bohordar. Gonzalvico Gustios, el menor de los Infantes, le derrota y sobre el lance trábase disputa que degenera en pelea entre los opuestos bandos. Han de intervenir el Conde y Gonzalo Gustios para separarlos. Pero Dª Lambra ha sentido humillado su amor propio y su orgullo de rica-hembra por el triunfo del Lara. Se considera afrentada en sus bodas y se dispone a devolver a los Infantes una afrenta mayor. Al día siguiente un criado suyo arroja al pecho de Gonzalvico un cohombro (especie de pepino) empapado en sangre. Era la mayor ofensa que podía hacerse a un caballero. Los Laras reaccionaron violentamente y, aunque el osado corre a refugiarse bajo el mantode Dª Lambra, no respetan este signo de su protección y allí mismo le matan, salpicando de sangre las tocas y los paños de la señora.

    Nada iguala al odio y desesperación de Dª Lambra. Acude a su marido con las mayores muestras de dolor, llamándose viuda y sin esposo en tanto no reciba satisfacción cumplida del agravio. Acallóla Ruy Velázquez, ofreciéndola un desquite de tal clase que quedaría indeleble entre las gentes…

    Y así el orgullo creó la rivalidad, la rivalidad dio vida al odio y el odio tramo la tela de la más atroz de las venganzas…

    ***
    Bien supo disimular sus propósitos Ruy Velázquez de Lara. Y bien urdió con falsedad y mentira, dando más oídos al odio de su esposa que a la razón y aun a la sangre, la traición contra todos sus parientes.

    Fingió perdonarles el agravio. Halagó a sus sobrinos con palabras y ofrecimientos engañosos. Logra la confianza del buen Gonzalo Gustios y consigue que vaya a Córdoba a cobrar un dinero del Háchib Almanzor, a fin de nivelar su hacienda quebrantada por los gastos enormes de la boda.

    D. Gonzalo, padre de los siete infantes partió para Córdoba. Llevaba una carta en arábigo destinada a Almanzor. La carta era engañosa: pedíale en ella descabezase al mensajero y enviase una hueste potente a la frontera de Castilla, donde el propio Ruy esperaría para entregarle a los siete infantes, hijos de Gonzalo. Porque -añadía, según la Crónica- éstos son los hombres que más contrarios os son acá entre los cristianos y los que más mal os buscan, y así que los hayáis muerto tendréis la tierra a vuestra voluntad, pues muy gran esfuerzo y mucha ayuda tiene en ellos el conde Garci Fernández.

    Almanzor, más generoso que su pérfido amigo, se contentó con poner Gustios en prisión no muy dura, donde fue atendido por una mora noble, hermana del mismo Almanzor.

    ***
    Partieron los siete infantes con doscientos caballeros de su casa. Ruy Velázquez ha invitado a sus sobrinos y les espera en el valle de Arabiana para hacer una entrada por tierras de moros. En el pinar de Canicosa, al salir del alfoz de Lara, Nuño Salido, el ayo que los criara, ha visto malos agüeros e intenta detenerlos. Los infantes no hacen caso de los avisos del ayo. Siguen adelante. En la vega de Febros se les incorpora con los suyos Ruy Velázquez. Van a Almenar -sudeste de Soria- y, en tanto Ruy queda en celada con toda la mesnada propia, manda que los infantes se adelanten a correr el campo.

    De improviso les sale al encuentro una numerosísima hueste de moros. Comprenden, aunque tarde, la traición de su tío. No pueden escapar. Diez mil moros los cercan, y se disponen a vender caras sus vidas. Encomiéndanse a Dios y al apóstol Santiago, y pelean heroicamente. Los moros “caen espesos como lluvia” sobre ellos. La batalla es muy cruda. Matan muchedumbre de moros. Nuño Salido ha caído el primero; se arrojó contra los enemigos buscando la muerte, por no ver el fin de los infantes. Cayeron también los doscientos caballeros. Ruy Velázquez se niega a participar en la batalla y recuerda el mensajero que le envían los agravios recibidos de sus sobrinos. Ya los siete hermanos, cansados, apenas pueden sostener las armas. El mismo moro Alicante, caudillo de los mahometanos, admirado del valor de los infantes y condolido de verles en tal aprieto, les concede una tregua y aún les lleva a su tienda y repara las cansadas fuerzas de los valientes mancebos con viandas y vino. Mas Velázquez se acerca hasta la tienda, recrimina al moro, aquella piedad y se opone, usando toda suerte de amenazas, a que queden con vida.

    Vuelven al campo los infantes y en la desigual y porfiada lucha, cercados por todas partes, rotas o pérdidas las armas, cubiertos de heridas y golpes, van cayendo en poder de los infieles y son decapitados, uno a uno, en presencia del hermano de su madre. Y así fue como este “alto ome del alfoz de Lara”, por satisfacer el odio de Dª Lambra, consumó la más negra traición contra su propia sangre.

    ***
    Almanzor mismo se conmovió ante el dolor del buen Gonzalo Gustios.

    La víspera de San Cebrián llegó a Córdoba el moro Alicante con ocho cabezas, trofeo del combate. Muchos hombres perdió en el encuentro, pero aquellas cabezas de gente tan nombrada le compensan de sobra. Almanzor hizo lavarlas bien con vino por quitarles la sangre; colócalas sobre un paño blanquísimo en el centro de su cámara. Y llamó al prisionero por si las conocía.

    Gonzalo, al verlas, lanzó un grito espantoso. Retrocedió un paso horrorizado y, en seguida, avanzó enloquecido hacia las cabezas cortadas de sus hijos, gimiendo con gemidos inenarrables.

    Fue cogiendo una a una las testas amadas; las besaba apasionadamente; sus lágrimas bañaban los queridos rostros; llamaba a cada Infante por su nombre; enumeraba las prendas y virtudes de cada uno; mesábase los cabellos; le doblaba el dolor.

    -¡Sálveos Dios, Nuño Salido, el mi compadre leal! No vos demando mis hijos, ca muerto sois, como buen ayo, como hombre de fiar, con ellos.

    Diego González, el heredero, alférez principal del Conde Garci Fernández; Martín, el segundo, mesurado y fuerte caballero; Suero, famoso cazador, estimado de todo; Fernán, ahijado del buen conde, montero sin igual, amigo de la gente noble y de buenas compañías; Gustios, el de la formidable espada, el que jamás dijo ni consintió mentira.

    -Hijo Gonzalo González, el menor, el predilecto de Dª Sancha. ¡Quién osará llevarle tan triste nueva a vuestra madre! Apuesto de persona, generoso, aventajado en la lanza, decidor bueno entre las damas… ¡Mejor fuera haberme dado muerte que presenciar esta jornada desgraciada y fatal!

    No pudo más; el infeliz anciano rodó por el suelo sin sentido.

    El dolor y en el llanto le acompañaron todos los presentes. Almanzor le llevó consigo a su palacio. La dama mora, hermana del rey, cuidó de él con esmero; restañó las heridas de su alma amorosamente. Y del dolor nació el amor. Y fue el fruto un niño, que había de ser el vengador de sus hermanos.






    ***
    Almanzor, compadecido, dejó al fin en libertad a D. Gonzalo. Volvió a Burgos con las cabezas de sus hijos y les dio sepultura en la iglesia de Salas.

    Desde entonces, él y doña Sancha llevaban una vida apenada y pobre, perseguidos siempre por el poderoso Ruy Velázquez. Todas las mañanas, Dª Lambra hacía que sus hombres tirasen siete piedras a las ventanas de los cuitados, para que recordasen la horrible tragedia y la venganza implacable de la orgullosa rica-hembra.

    ***
    Pasaron los años. Un buen día llegó a Salas, donde en su casa señorial vivía Gonzalo Gustios, “ciego de llorar desdichas”, un apuesto mancebo, acompañado de brillante cortejo de escuderos. Venía de Córdoba y buscaba a Gustios.

    El buen viejo, curtido en el dolor, recibió al caballero.

    -Soy de Córdoba -dijo el gallardo doncel- mi madre fue una mora principal; mi padre un noble castellano.

    Y puso en manos del anciano una cadena que llevaba al cuello y de la cual pendía medio anillo de oro.

    Gonzalo Gustios lo reconoció enseguida. Se abrazaron estrechamente.

    -¡Hijo, hijo mío! -decía el buen viejo con emoción incontenible.

    -Vengo a vengar a mis siete hermanos muertos y a asistiros en la vejez…

    ***
    Y el bastardo Mudarra González cumplió lo prometido. Busco a Ruy Velázquez. Le halló cazando y le mató en desafío, atravesándole con su espada. Y aún cuentan las crónicas que, muerto el conde Garci Fernández, primo de ella, se apoderó de Dª Lambra y la hizo quemar viva en castigo de su crueldad y de su odio implacable.
    Sobre el cuerpo de Ruy Velázquez, los castellanos lanzaron más de diez carradas de piedra. “Y aún hoy día cuantos por aquella gran pedrera pasan, en lugar de rezar Pater Noster, lanzan al montón una piedra más diciendo: “¡Mal siglo haya el alma del traidor! ¡Amén!” (2)

    ***

    (1) R. Menéndez Pidal “Flor nueva de Romances viejos”.
    (2) R. Menéndez Pidal, obra citada.


    *************

    Como complemento , puede verse:
    http://hispanismo.org/literatura/27999-romances-sobre-los-infantes-de-lara.html
    Última edición por ALACRAN; 09/12/2021 a las 18:51
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    Los cofres de arena

    (Leyenda del Cid)

    La mayor parte de España ha sido incorporada por el rey Fernando I a su corona. Parar ello guerreó incesantemente con moros y con reyes vecinos. Y en todas partes el pendón de Castilla, guiado por el Cid, ha salido triunfante y victorioso. Su voz pesa cual ninguna en los consejos y ha añadido al cognomen famoso otro timbre de gloria: le llaman Mío Cid Ruy Díaz, el Campeador.

    El rey Fernando, viejo de días, llegó a trance de muerte. Y en tal trance, el amor a sus hijos, más que el bien de sus reinos le impulsó a partir entre ellos los Estados ganados. Mucho siente el reparto el mayor, D. Sancho, el que hereda Castilla, quien jamás otorgó ni consintió semejante dislate. Y, en efecto, apenas muerto D. Fernando se niega a respetar el testamento paterno. El Cid le ha aconsejado cumpla la voluntad del difunto rey. No quiere alcance a su señor la maldición con que el padre del príncipe quiso asegurar el testamento.

    D. Sancho no hace caso y el Campeador, vasallo leal, cumple con su deber, acatando la decisión del soberano y conduciendo las tropas castellanas al triunfo. García pierde Galicia y Portugal; Alfonso se queda sin León y huye a Toledo; Elvira entrega a Toro. Pero Zamora, herencia de doña Urraca, el solo rincón que a falta al venturoso rey de Castilla para reunir de nuevo los Estados de su padre, exige un cerco en regla. Los días de D. Sancho, a pesar de todos estos éxitos están cumplidos y en el cerco de Zamora, famoso por los lances y peripecias, por el heroísmo de los defensores, encuentra el rey de Castilla la muerte en plena mocedad. Vellido Dolfos se finge desertor de la ciudad; logra la confianza de D. Sancho y le mata a traición, tirándole un venablo por la espalda. El Cid persigue al traidor a todo correr de Babieca, mas habíase olvidado calzarse las espuelas y Vellido llega salvo a los muros de Zamora, cuyas puertas se abren para acogerle. “¡Oh malhaya el caballero -dirá el Campeador, despechado- que sin espuelas cabalga!”

    ***

    Allá en Toledo, en la corte morisca de Alimenón el Grande, vivía el desterrado rey Alfonso. Un mensajero de doña Urraca voló a comunicarle la muerte de D. Sancho. Y Alfonso presentóse en Zamora a sentarse en los tronos vacantes por muerte de su hermano. Leoneses y asturianos, gallegos y portugueses recibiéronle sin obstáculos por señor. No así los castellanos. Juntáronse los nobles y acordaron no reconocerle sin que antes jurase “no haber sido ni consentido”, no haber tenido parte en la muerte de D. Sancho, hermano suyo. Mas ¿quién osaría tomarle el juramento? A la postre, ninguno se atrevió sino el Cid.

    En Santa Águeda de Burgos, en el altar donde juran los hijosdalgo, está el Rey de Castilla conjurado por Rodrigo. Las juras eran tan fuertes que Alfonso, espantado, no quería otorgarlas. Al fin juró, pero enojado por aquella decisión del Cid -y acaso recordando que era Rodrigo el autor de las derrotas sufridas por él cuando perdió el reino a manos de D. Sancho – le destierra de la corte. Rodrigo vive con doña Jimena en sus casas de Vivar. Es el “Señor de sus vasallos, padre y amigo de todos. Don Alfonso, como estaba sañudo y airado contra él, manda al héroe castellano abandonar el reino en el plazo perentorio de nueve días.

    ****

    El Cid abandonó sus palacios de Vivar y caminó hacia Burgos. Doña Jimena y sus hijas, chicas en años, están en el monasterio de San Pedro de Cardeña, bajo el amparo de la santa casa. Con el Campeador van doscientos caballeros de su alfoz. Todos son hidalgos y parientes y todos abandonan su hacienda por seguir a Mío Cid Ruy Díaz. La carta del rey conminando con grandes castigos a aquellos que le acojan, le ha precedido y cuando llega a Burgos halla cerradas todas las puertas. Varones y mujeres por las ventanas entornadas miran el paso de la comitiva, marcial y seria, y de todos los labios se escapa, con un suspiro, el justo comentario: “Dios qué buen vassallo si oviesse buen señor”.

    El Campeador se dirigió a su ordinaria posada. La encontró fuertemente cerrada. Nadie responde a las voces. Una niña de nueve años se asomó a la ventana: -Marchad, Campeador, el que en buena hora ciño espada. El rey lo ha vedado. Nos dará muerte y perderemos los haberes si osamos acogeros. Marchad, buen Cid, en nuestro mal no ganáis nada.

    -¡En marcha! -ordenó El Cid a su mesnada. Y atravesando Burgos puso sus tiendas a orillas del Arlanzón.
    Martín Antolínez, el burgalés de pro, no tiene en nada las amenazas del rey. Aquella noche abastecióles de vianda abundantemente, que en Burgos nadie atrevíase a venderles cosa alguna.

    ****

    Tan pobre marcha el Cid al destierro que no tenía haberes con que mantener a los suyos. Y, con consejo de Martín Antolínez, ideó una estratagema para proveerse de dineros. Llenó dos grandes arcas de arena; cubriólas de guadalmecí bermejo y fueron bien claveteadas, con clavos dorados. El burgalés trajo al campamento a Raquel y Vidas, dos judíos de la ciudad. Y sobre la fe de que las arcas contenían el tesoro del Cid, hicieron el trato. Los judíos dieron a Mío Cid tres mil marcos de plata y se quedaron en prenda con las arcas, a condición de que, si dentro de un año Ruy Díaz no devolvía el dinero, podían disponer a su antojo del tesoro…



    Y así, provisto de haberes por esta estratagema a que le forzó la necesidad, Rodrigo levantó las tiendas y caminó a San Pedro de Cardeña, donde estaba Jimena. “Confiaba el Cid en Dios y en su buena ventura que pronto podría devolver el préstamo, antes que se descubriese engaño de la prenda”.

    El Cid se despidió de Jimena y de sus hijas con el mismo dolor con que “la uña se arranca de la carne”.

    ***

    Ha llegado la hora. Martin Antolínez se le incorpora con cien caballeros burgaleses que voluntariamente quieren acompañar al Campeador. El Cid se arranca con dolor y esfuerzo de los brazos de Jimena. Da una orden. La mesnada, silenciosa y triste cabalga. Se alejan.

    Cabalgan ya de prisa. La mesnada va creciendo. Caballeros y peones se le juntan, orgullosos de ser mandados por el Campeador. Y así, por las artes de “malos mestureros” hubo de dejar Castilla el Mío Cid. Ruiz Díaz y marchar de la tierra para ganar su pan en las ajenas.

    Trabajosa y dura fue la vida del desterrado. Batallaba por necesidad, pero “una vez puesto en la silla”, Castilla se ensancha “al paso de su caballo”. Han probado el esfuerzo de su brazo los moros de Zaragoza y de Levante, el rey aragonés y hasta el Conde de Barcelona. Su fama crece y se agranda. La sola pisada de Babieca infunde favor a los enemigos. Y leal, con lealtad castellana envía a D. Alfonso, su señor natural, las llaves de las ciudades que conquista y hace poner en los castillos las armas del rey que le desterró. Nada de esto conmueve a Alfonso, que está en el culmen de la gloria: sus ejércitos han plantado las tiendas en las mismas puertas de Sevilla, ha bañado su caballo en las aguas de Tarifa; ha conquistado Toledo y ha hecho avanzar las fronteras del reino a la línea del Tajo...

    Pero pronto declina la fortuna de Alfonso. Los almorávides invaden España. El poder de los invasores es inmenso. Su imperio se extiende más allá del Sahara. “Siete meses de camino tenía a lo largo y más de cuatro meses a lo ancho, según contaban las caravanas que lo cruzaban. Alfonso VI no logró resistirlo. Cosecha fracaso tras fracaso. Es vencido en Sagrajas, en Jaén, en Consuegra, en Uclés...

    Solo el Cid sabe vencer a estos terribles invasores. Les arranca Valencia, la codiciada ciudad y, desde ella, contiene por el Este, el formidable empuje de los nuevos ejércitos africanos. Muchos pueblos y castillos más de los moros están en poder de sus mesnadas. Todos los que acompañaron al destierro se enriquecieron sobremanera. Y él era grande y rico más que cuántos señores había en España.

    El Cid, desde Valencia, envía a Alvar Fáñez con un presente de cien caballos enjaezados con sendas espadas pendiendo en los arzones para el rey de Castilla. Lleva encargo de solicitar permiso del rey y traer a Valencia, a fin de que gocen aquel bienestar, con tanto esfuerzo ganado, a Jimena y a las hijas del héroe, ya mozas garridas.
    Martín Antolínez, acompaña a Minaya. Ha de cumplir una misión, sagrada para el Campeador: rescatar unas arcas que, empeñadas quedaron allá en Burgos, bajo la fe de la palabra de Rodrigo.

    -"Andad, Martín Antolínez -dijo el que en buena hora ciño espada- y pagad a los honrados judíos Raquel y Vidas los tres mil marcos de plata que me prestaron. Les daréis mil marcos más de logrería. Y habéis de rogarles de mi parte perdonen el engaño de los cofres, pues lo hice acuciado de mi gran necesidad y, aunque contienen arena solamente, miren bien que “quedó soterrado en ellos el oro de mi verdad y la fe de mi palabra”.


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    Última edición por ALACRAN; 26/12/2021 a las 12:45
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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    El Cid gana batallas después de muerto



    (…) El Cid ha cumplido ya su deber con España. Agotado de tan dura lucha –“agravios en pechos nobles pueden mucho más que el tiempo”-, de un batallar tan constante, esta doliente del mal postrero. Una noche, en el Alcázar de Valencia, vino a él en visión el Apóstol San Pedro. Le anuncia la gloria eterna en premio a sus virtudes y luchas por la Cruz; “pero le arranca amargamente su último y supremo afán terrenal, haciéndole saber que su mayor conquista (Valencia), una vez que había servido para contener la invasión almorávide no sería duradera”. A los treinta días descansaba el héroe en la paz del Señor, reclinado suavemente sobre el hombro de Jimena, la esposa tan querida y honrada, la gallarda cabeza, besada tantas veces por la victoria.

    El rey Búcar vuelve en demanda de Valencia. Ha puesto sitio de nuevo a la ciudad. Jimena se sostiene tras sus muros algún tiempo. Castilla está lejos y el rey Alfonso no puede socorrerla. El héroe invencido va a realizar aun una estupenda hazaña. Dios quiso otorgarle una última y extraordinaria gracia -la que la anunciaran el leproso y confirmara San Pedro-; “vencer después de morir”. La sola presencia de su cuerpo sin alma, pondrá en fuga al rey Búcar y a sus huestes, cuando los cristianos abandonen Valencia.

    ***
    Jimena ha decidido la jornada. Colocan el cadáver embalsamado del Cid sobre Babieca, bien sujeto por medio de tablas. Va aderezado según su costumbre para entrar en batalla, erguido a maravilla, con Tizona en la mano; parece que está vivo. Alvar Fáñez, el segundo del Cid, con un escuadrón de esforzados campeones; detrás Pero Bermúdez con la enseña triunfadora enarbolada y cuatrocientos hidalgos que le dan escolta; luego el cuerpo del Mío Cid y los cien valerosos caballeros de su guardia escogida; las últimas van Jimena y las damas; seiscientos aguerridos mesnaderos las rodean y defienden. A sus espaldas quedan las ruinas humeantes de Valencia.

    Los moros han huido aterrados ante la presencia del héroe que creyeron muerto y son quebrantados y desechos una vez más por las mesnadas del Campeador. Y el cadáver del Cid recorre así, entre lanzas victoriosas, en retorno a Castilla. los campos de Valencia y Aragón, para reposar eternamente en San Pedro de Cardeña, cabe el altar del Apóstol, de quien fue tan devoto.

    Pero el vencedor no vencido, sigue ganando batallas después de muerto: las batallas de la lealtad, del honor, del valor sin medida, del sacrificio heroico por la Patria… virtudes de la raza de las cuales es símbolo Mío Cid Ruy Díaz el Campeador.

    Última edición por ALACRAN; 26/01/2022 a las 19:57
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    Re: Leyendas históricas españolas: Las “Fervencias”, La “Campana de Huesca”, etc.

    La campana de Velilla

    En muy antiguos y desconocidos tiempos, pero antes de la venida de los sarracenos, llegó la campana del Milagro a la costa mediterránea cerca de la desembocadura del Ebro y las gentes del contorno se vieron sorprendidas porque flotaba sobre el mar pese a su peso y llevaba consigo dos velas encendidas. Trataron de sacarla del agua, pero cuantas veces se acercaban a ella se hundía y emergía de nuevo cuando abandonaban la empresa. De esta forma comenzó a remontar el río contra corriente, salvo cuando los ribereños intentaban tomarla, porque entonces se sumergía. Así llegó a Velilla (Zaragoza), donde se detuvo; pero nuevamente se hundía o sobrenadaba según que los hombres se acercaban con garfios para sacarla del agua o bien abandonaban el empeño. No obstante, no se movía del lugar, como si estuviera decidido que allí quedase, hasta que se aproximaron dos doncellas y no hicieron más que poner sus manos sobre ella, cuando se elevó sobre el lecho del río, posándose en la orilla. Cayeron todos de hinojos, llevaron la campana hasta el punto donde después estuvo y le tributaron desde entonces un verdadero culto.

    Comenzó la campana a obrar prodigios, sonando sola y provocando el miedo de las gentes ante las desgracias que anunciaba y la devoción y respeto de cuantos la veían tañer sin que nadie la tocase explicándose fantásticamente para unos por ser obra de campaneros godos, para otros creación de San Paulino de Nola a quien se atribuyó la invención de las campanas y generalizador de su uso, sin faltar quienes aseguraron que la habían recibido los monarcas aragoneses como especial privilegio para que tuvieran aviso de su próxima muerte, muy en relación con las devociones suasorias como la de San Pascual Bailón que avisaba igualmente a sus devotos.

    Se dice que en el año 711 la campana comenzó a tañer sola… poco tiempo después se anunciaba la llegada de los árabes a España. Hacia 1435 volvió a tocar dos veces: la primera avisó de que la flota de Alfonso V el Magnánimo había sido derrotada en Ponza (Italia) y la segunda de que el rey había obtenido la libertad tras la batalla.

    Repicó el 17 de septiembre de 1485, anunciando el asesinato del inquisidor de Zaragoza, Pedro Arbués; el 22 de enero de 1516, con motivo de la muerte de Fernando el Católico; en 1539, pregonando el fallecimiento de la emperatriz Isabel de Portugal; y en 1578, pro proclamando la defunción del rey Manuel de Portugal.

    La última vez que se oyó tañer a esta singular campana fue el 12 de abril de 1686, durante el reinado de Carlos II, tal vez presagiando el fin de la Casa de los Austrias en España.

    Hay quienes creen que la campana tocaba sola porque entre los metales que la componían había una de las monedas que recibió Judas tras entregar a Cristo, porque llevaba escrito un verso de la Sibila de Cumas o porque había sido maldecida por el Diablo…mas eso es algo que ya nunca sabremos porque la campana fue refundida a mediados del siglo XIX y jamás volvió a tañer…

    La leyenda y los restos arqueológicos revisten este lugar de misterio, realzado con poderes prodigiosos y sobrenaturales que se atribuyen a la campana. Se decía que cuando la campana tocaba por sí sola, nadie podía aproximarse a ella; un osado canónigo lo intentó y recibió una sacudida tan fuerte que durante mucho tiempo fue curado de la mano y del brazo con el que lo intentó.

    Hasta hace pocos años, la nueva campana, refundida en 1841, se hacía repicar para “alejar las tormentas”. En cuanto una tormenta amenazaba, el campanero subía a cualquier hora del día o de la noche y realizaba un repique continuo. Al sonido de las campanas le pusieron letra, que repetían acompañando a las campanas hasta que desaparecía la tormenta.

    https://leyendasceniza.wordpress.com/2018/06/08/leyenda-de-la-campana-de-velilla-de-ebro/
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