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Tema: Libros de caballerías españoles (ciclo bretón, carlovingio, greco-asiático, etc.)

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    Re: Libros de caballerías españoles (ciclo bretón, carlovingio, greco-asiático, etc.)

    4. Los Palmerines. El de Oliva. — Primaleon. - Platir. – Flortir. — Palmerin de Inglaterra. Pruebas de su origen español.--Don Duardos de Bretaña.- Don Clarisel.

    (Ortografía original del texto)


    Al mismo tiempo que la historia de Amadis y sus descendientes proporcionaba solaz у entretenimiento á numerosos lectores, las proezas y hazañas de otra familia de caballeros andantes, no menos célebre y dilatada, ocupaban la pluma de varios escritores, ansiosos de adquirir honra y provecho. Queremos hablar de la conocida generalmente con el nombre de los Palmerines, cuya primera parte se imprimió en 1511, y se repitió en ocho ediciones diferentes antes de concluir el siglo. Pigmaleon ó Primaleon, rey de Macedonia, tuvo un hijo y una hija: Florendos, padre de Palmerin de Oliva, y Arismena. El de Oliva fué emperador de Grecia y casado con Polinarda, hija del emperador Trineo, en quien hubo á Primaleon, sucesor de su imperio, y á Polendos, rey de Tesalia. Tambien tuvo una hija, llamada Flérida, que casó con don Duardos, rey de Inglaterra. Hijos de don Duardos fueron Palmerin de Inglaterra y Floriano del Desierto. El primero casó con Polinarda, hija de Primaleon y hermana de Platir, y este último tuvo un hijo, llamado Flortir, de todos los cuales hay libros escritos, con la historia de sus maravillosas hazañas y nunca vistos amores.

    Ni en la edicion de 1511 ni en las que despues se hicieron se declara quién fuese el autor del Palmerin de Oliva, si bien en el prólogo al Primaleon se dice terminantemente ser uno y otro obra de un mismo ingenio, y en el colofon á la citada edicion de 1524 se añade que ambos libros, el Palmerin y el Primaleon, “fueron trasladados del griego en nuestro lenguaje castellano, é corregidos y emmendados en la muy noble cibdad de Ciudarrodrigo, por Francisco Vazquez, vezino de la dicha ciudad”. Mas, a pesar de esta aseveracion terminante, existe la tradicion de que si no el Palmerin, el Primaleon, al menos es obra de una dama natural de Augustobriga; tradicion que se halla ya recogida y consignada en 1534 por Francisco Delicado, el corrector del Amadis, quien por el dicho año publicaba en Venecia una magnífica edicion del Primaleon. Así lo declara este en la introduccion ó prólogo que puso al segundo y tercero libros, elogiando mucho el estilo, invencion y demás cualidades de la autora. Otro tanto se deduce del contexto de seis coplas de arte mayor que se hallan añadidas al fin de algunas ediciones del Primaleon, entre las cuales hay una del tenor siguiente:

    En este esmaltado é muy rico dechado
    Van esculpidas muy bellas labores,
    De paz y de guerra y de castos amores,
    Por mano de dueña prudente labrado;
    Es por exemplo de todos notado
    Que lo verisimil veamos en flor :
    Es de Augustobriga aquesta labor,
    Que en Lisboa se ha agora estampado.

    Las palabras subrayadas, y el nombre latino de Augustobriga, que algunos refieren á una ciudad dentro de Portugal, dieron sin duda márgen al italiano Quadrio para sentar que el Primaleon fué obra de una dama portuguesa, quizá de la célebre doña Bernarda Ferreira de la Cerda, autora de las Soledades de Buçaco (Lisboa, 1634, 8.°), que mantuvo correspondencia literaria con Lope de Vega, y á que Barbosa Machado la atribuyese, ignoramos con qué fundamento, á Francisco de Moraes, supuesto autor del Palmerin de Inglaterra. Pero ninguna de las ciudades conocidas en lo antiguo con el nombre de Augustobriga puede razonablemente reducirse á una localidad dentro de Portugal, (…) y asi, habrémos de dejar sentado que los dos libros de Palmerin y Primaleon fueron escritos por una señora natural de Ciudad-Rodrigo, quien quizá encubrió su nombre bajo el seudónimo de Francisco Vazquez, á no ser que se quiera suponer que este fué hijo suyo y continuó la obra de su madre, segun se colige de los versos de Juan Augur, ya citados.

    Conviene dejar aclarado este punto, porque en el hecho supuesto de que el Palmerin de Oliva, y por consiguiente el Primaleon, son ambos obra de una portuguesa, fundan los escritores de aqueIla nacion el aserto, no menos gratuito, de que el Palmerin de Inglaterra se escribió originalmente en portugués. Punto es este que estaria aun envuelto en tinieblas, como otros muchos relativos á este linaje de libros, á no haber don Vicente Salvá probado, como mas adelante veremos, que el Palmerin de Inglaterra era real y efectivamente obra de escritor castellano.

    A Palmerin de Oliva y Primaleon sucedió otro caballero andante de la misma familia, llamado Don Polindo, cuya historia, á nuestro modo de ver, debe ser la tercera en la série, puesto que fue hijo del rey Paciano de Numidia y de la reina de Tarsi, antes casada con Polendos, hermano de Primaleon. Imprimióse este libro en Toledo en 1526, sin nombre de autor, y lo tradujo al italiano Mambrino Roseo, que ya antes habia trasladado los anteriores.

    De Platir, hijo de Primaleon y sobrino de Polendos, hay tambien crónica aparte, impresa en Valladolid por Nicolás Tierry, 1533, y dedicada por su autor, que no se nombra, á don Pedro Alvarez Osorio y doña María Pimentel, marqueses de Astorga; y un italiano, á quien cita Quadrio, escribió en dos tomos una continuacion con los hechos de Flortir, hijo del emperador Platir.

    Viene en seguida la muy célebre de Don Palmerin de Inglaterra, que nosotros hacemos sexta parte en esta série, y cuya ascendencia es como sigue : Flérida, hija de Palmerin de Oliva y hermana de Primaleon y Polendos, casó con don Duardos, hijo de don Federico, rey de Inglaterra y de una infanta de Escocia. De este matrimonio nacieron Floriano del Desierto, Pompides, que fué rey de Escocia, Daliarte, y por último Palmerin de Inglaterra.

    La comun opinion atribuia este libro al portugués Francisco de Moraes, aunque no falta quien haga autor de él á don Juan II de Portugal ó al infante don Luis. Pellicer se contentó con negar que Moraes fuese autor del libro, apoyándose en que la version francesa, publicada por primera vez, en Leon de Francia, en 1553, decia ser hecha sobre el original castellano, y que la portuguesa no se imprimió hasta once años despues. Mas la cuestion, hasta cierto punto tan oscura y disputada como la de Amadis, hubiera quedado indecisa á no haber parecido una edicion castellana, primera y única, á lo que parece, del dicho libro, hecha en Toledo en 1547-8. Don Vicente Salvá, á quien la bibliografia española debe gran parte de sus adelantos en estos últimos tiempos, fué el primero que, habiendo adquirido un ejemplar de este rarísimo libro, lo dio á conocer en un extenso artículo sobre bibliografia española, antigua y moderna, en el tomo IV del Repertorio Americano (Londres, 1827, 8.°), probando que el autor de él fué el toledano Luis Hurtado, como se evidencia por unas octavas acrósticas puestas al fin de la dedicatoria de la primera parte. Queda pues revindicada para la literatura nacional esta palma de Inglaterra, como la llama Cervantes, digna de ser guardada y conservada como cosa única y muy buena, y rebajado, por tanto, Moraes del rango de escritor original, que le dan sus compatriotas, al de mero traductor del Palmerin.

    Continuó la historia de Palmerin de Inglaterra Diego Fernandez de Lisboa, de quien no sabemos mas sino lo poco que de él dice Barbosa Machado en su Bibliotheca Lusitana, describiendo en dos partes, tercera y cuarta, las grandes caballerías de su hijo, don Duardos de Bretaña, llamado el Segundo para distinguirle de otro don Duardos, que fué padre de Palmerin de Inglaterra y de Floriano del Desierto. Este don Duardos, ó don Duarte, fué habido en la infanta Flérida, y se crió, con otros principes y caballeros, en la isla Deleitosa.

    Las dos partes en que está dividida la historia de don Duardos de Bretaña constituyen pues, segun nuestro sistema y clasificacion, la sétima de los Palmerines, al paso que la octava la componen otras dos (quinta y sexta de Palmerin de Inglaterra) que en 1602 dió á luz otro portugués, llamado Baltasar Gonzalez Lobato, de quien hacen mencion nuestro Nicolás Antonio y Barbosa Machado. En ellas se prosiguen las aventuras de don Palmerin, que, al igual de Amadís y de otros caballeros andantes, debió vivir mas años que Matusalen, puesto que se le hace correr lanzas con un biznieto suyo, llamado don Clarisel de Bretaña, á cuyas proezas y hazañas el libro está principalmente consagrado.

    Y aqui concluye esta larga série de héroes caballerescos, salidos del tronco de Pigmalion ó Primaleon, rey de Macedonia, que, á no haber sido por la amarga y severa burla de Cervantes, hubieran aun, á no dudarlo, continuado por media generacion; série cuyas diversas ramas hemos querido poner aquí, á imitacion de lo ya hecho con los Amadises, para mayor claridad de lo que dejamos expuesto, y satisfaccion de los que quieran penetrar en el intrincado laberinto de tanta alcurnia caballeresca.

    Pero antes de pasar á otro punto, bueno será decir algo del argumento, forma y estilo del Palmerin de Oliva y de Primaleon, los dos libros mas antiguos y mas notables de toda la série. Quienquiera que sea el autor del primero, es evidente que al dedicarle á don Luis de Córdoba , hijo del célebre don Diego Fernandez de Córdoba, señor de Baena y conde de Cabra, se propuso ingerir en él algunos de los muchos hechos de armas y esclarecidas virtudes que tanto distinguieron a los caballeros de dicha casa. Así lo declara él mismo en su dedicatoria, y resulta además de varios capítulos de su obra, donde, á vueltas de mil encantamientos, dragones y otros recursos imaginativos, de los que solian emplearse en semejantes libros, se tropieza de vez en cuando con sucesos que, aunque ocurridos en ciudades fantásticas y entre caballeros principalmente griegos, pueden fácilmente referirse á determinadas personas y localidades dentro de Andalucía.

    Palmerin de Oliva debió su nombre á la circunstancia de haber sido hallado, cuando niño, expuesto entre palmas y olivos, en una montaña llamada Oliva, á una pequeña jornada de Constantinopla. Fué hijo de Florendos, principe de Macedonia, y de Griana, hija de un emperador griego, que se dice octavo á contar de la fundacion de aquella ciudad. Sus padres le hubieron secretamente, y un escudero llamado Cardin fué el encargado de su crianza, si bien, temeroso de la venganza del Emperador, le dejó en medio de un bosque de la manera que se ha dicho, siendo allí hallado por un colmenero nombrado Gerardo. A poco de este suceso, y habiendo Florendos partido para su reino de Macedonia, el Emperador obliga á su hija Griana á que de la mano á Tarisio, hijo del rey de Hungría. Palmerin, sabiendo por Diofena, hija de Gerardo, la manera misteriosa como fué hallado, abandona la humilde choza en que le criaron, y se pone en camino para el reino de Macedonia, donde es armado caballero por su padre Florendos, sin ser conocido. A los pocos dias mata en la montaña Artifaria á una gran sierpe que tenia atemorizadas á las gentes y desiertos los alrededores de la corte, logrando al propio tiempo hacerse dueño de una redoma encantada que tres hadas tenian allí escondida (…);

    Despues de mil aventuras y combates con gigantes y caballeros, que, no por hallarse en Macedonia, Tesalia y Babilonia, teatro á un tiempo de las proezas del héroe, dejan por eso de ser moros, y tan moros como los del reino de Granada, Palmerin casa con Polinarda, y es alzado emperador de Constantinopla despues de la muerte del que ocupaba el trono. Hay en esta historia, que su autor dividió en cuatro libros, muchos trozos que recuerdan las crónicas semicaballerescas de aquel tiempo y los románticos incidentes de la guerra de frontera que precedió á la conquista del último baluarte de la morisma.

    Si hubiéramos de juzgar por el espíritu que en toda ella reina, diriamos que no pudo ser obra de una mujer, pues las empresas caballerescas del héroe resaltan mucho mas que sus amores, y en estos se observa cierto cinismo repugnante, que no quisiéramos vernos obligados á atribuir á un individuo del bello sexo.

    Otro tanto se pudiera decir del libro de Primaleon, hijo y sucesor del emperador Palmerin. Los amores de don Duardos de Inglaterra, disfrazado de hortelano, con la infanta Flérida, los de Primaleon con Gridonia, y los de Platir con Sidela, contrastan singularmente con el sentimentalismo caballeresco y pudorosa modestia de Amadis de Gaula . Por otra parte, hay escenas muy tiernas, el lenguaje es menos rudo, y el argumento mas complicado que el del libro de Palmerin. Uno y otro, sin embargo, son notables bajo mas de un concepto, y muy dignos de ser leidos y estudiados, por contener una pintura fiel de las costumbres españolas á fines del siglo XV. «Todo él, dice Delicado, refiriéndose al Primaleon, es un doctrinal de andantes caballeros, donde estos podrán deprender, leyendo, á mantener justicia y verdad, é mas la mesurada vida que han de tener con las dueñas y doncellas, la cortesía y crianza con las damas, asimesmo los atavíos que han de usar asi de armas como de caballos, la gentil conversacion y el moderamiento de la ira, la observancia y religion de las armas.»

    Dedicóle su autor al mismo don Luis de Córdoba, ya por entonces duque de Sesa, y mas tarde embajador de Carlos V en Roma, á quien el Palmerin fuera antes dirigido y dedicado. Así es que se descubre en él una intencion, aun mas marcada que en el anterior, de recordar, por medio de aventuras fabulosas, los notables hechos del señor de Baena, del mismo don Luis, y aun de Gonzalo Fernandez de Córdoba, llamado el Gran Capitan. (…)
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

  2. #2
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    Re: Libros de caballerías españoles (ciclo bretón, carlovingio, greco-asiático, etc.)

    5. LIBROS DE CABALLERÍAS INDEPENDIENTES. Tirante el Blanco.-Arderique.- Claribalte.- Cifar.—Clarian de Landanis, con sus continuaciones. Florambel de Lucea.- Don Floriseo de la Extraña Aventura.- El caballero de la Cruz, Lepolemo.- Leandro el Bel.- Félix Marte de Hircania.-Florando de Inglaterra.-El caballero del Febo.- Febo el Troyano, y otros.

    No era de esperar que la curiosidad de los lectores, sobreexcitada hasta el punto que debió estarlo por la lectura de libros como los que acabamos de analizar, y que, como toda pasion humana, requeria y necesitaba cebo proporcionado, quedase satisfecha con la publicacion de una docena de tomos, que, en último resultado, no hacian mas que referir las hazañas de dos casas privilegiadas: los Amadises y Palmerines. Ni tampoco se podia presumir que fuese tal el respeto por aquellos antiguos modelos, que los escritores en este género continuasen reduciendo sus obras á los estrechos limites de una familia. Así es que luego salieron á luz historias aisladas y sin conexion alguna con aquellas, las cuales, aunque muy inferiores en mérito, alcanzaron, sin embargo, favor bastante entre los lectores, cuyo gusto, cada vez mas corrompido, necesitaba de nuevos y extraños ingredientes.

    Ya en el siglo XV se habia impreso por dos veces, una en Valencia (1490), otra en Barcelona (1497), el célebre libro de Tirant lo Blanch, tesoro de contento y mina de pasatiempos, como le llamó Cervantes (parte 1, cap. vi.), escrito en tres partes y en lengua valenciana por Juan Martorell, caballero de dicha ciudad, y continuado despues de su muerte por mosen Martin Juan de Galbá, á instancias de la noble señora doña Isabel de Loriz. Martorell, que comenzó su obra en enero de 1460, y se la dedicó á don Fernando de Portugal, hijo del infante don Alfonso, primer duque de Braganza, de quien ya dijimos en otra parte haber sido muy aficionado á este género de lectura, declara haberle traducido, primero del inglés al portugués, por ruego de aquel principe, y despues al valenciano para que sus paisanos pudieran disfrutarle. Por otra parte, tambien el continuador, Galbá, dice haber traducido del portugués el libro cuarto, que él añadió como continuacion de la obra ; de donde el docto Clemencin creyó poder inferir que el Tirante existió íntegro en dicho idioma. Mas prescindiendo de que ni del Tirante inglés ni del portugués han quedado mas noticias que las que el mismo Martorell nos da en su prólogo, y sabida la invariable costumbre de los escritores de este género de libros, quienes, sin excepcion alguna, que sepamos, pretendieron siempre haber hallado sus originales en lengua caldea, griega, húngara e inglesa, no hay razon alguna para suponer que el escritor valenciano fuese mas verídico en esta parte de lo que lo fueron el autor ó refundidor del Amadis de Gaula, el de la continuacion de Tristan de Leonis, el de Oliveros y Artús, y otros que le precedieron.

    Como quiera que esto sea, el pasaje en que Cervantes habla de este notable libro está concebido en términos tan oscuros, que no puede saberse si efectivamente le elogia, ó si quiere burlarse de él y de su autor, como lo hizo mas adelante del sardo Antonio de Lofrasso. Nosotros nos inclinamos á que su intencion fué elogiarle, fundándonos en las palabras <tesoro de contento y mina de pasatiempos», con que ya antes le calificó, y en que, bien considerado su argumento, debió parecerle á Cervantes mucho mas natural y plausible que el de los demás libros de caballerías, que con tanta gracia criticó. Los acontecimientos que en la obra se refieren nada tienen de sobrenaturales é imposibles; son pocos los magos y encantadores que en ella juegan; algunos de los caractéres están bien sostenidos y pintados de mano maestra, el plan de la historia bien dispuesto, y Tirante muere al fin en su cama, haciendo testamento, y sin asistir, como el de Gaula, á las hazañas y proezas de sus rebiznietos.

    A pesar de su volúmen y tamaño, el tomo de Tirant lo Blanch se ha hecho excesivamente raro, no conociéndose en España mas ejemplar que uno, y ese fallo de hojas, que fue del marqués de Dos-Aguas, y se conserva hoy dia en la biblioteca de la universidad de Valencia. No lo es menos la version castellana que, con el titulo de Tirante el Blanco, de Roca Salada, caballero de la Garrotera, hizo en 1511 un anónimo, é imprimió en Valladolid Diego Gudiel. Sobre esta hizo su version italiana, en 1538, Lelio Manfredi, y mas tarde le publicó en francés el conde de Cailús; pero conviene advertir que el libro castellano no es version fiel del valenciano, sino solamente un extracto mal hecho del libro de Martorell.

    A poco de publicarse el Palmerin de Oliva (1511), y casi al mismo tiempo que el Amadis de Gaula, se imprimian en Valencia otros dos libros de caballerias por industria del tipógrafo Viñao, editor del célebre Cancionero de burlas. Intitulábase el uno Libro del esforzado caballero Arderique, y el otro, El caballero de la Fortuna don Claribalte. El primero salió á luz en 1517, anónimo, y como traducido de lengua extranjera á la nuestra castellana, y del segundo, impreso dos años despues, en 1519, se confesaba y reconocia por autor el célebre capitan y cronista de las Indias, Gonzalo Fernandez de Oviedo, declarando que le «traia á noticia de la lengua castellana». No habiendo logrado ver aquel, y no teniendo de este mas noticias que las muy ligeras que pudimos tomar años atrás en Paris, no sabrémos determinar á qué género pertenecen uno y otro; pero, si no recordamos mal, el libro de Oviedo parecia mas bien imitado del Tirant lo Blanch que del Amadis de Gaula, y se recomienda mas por la gallardía de su estilo que por su argumento, que es pobre y trivial.

    Poco mas podrémos decir de la Crónica del caballero Cifar, impresa en 1512, y en la que ya se deja percibir el elemento moral, que tanta parte tuvo despues en la confeccion de este linaje de libros; tampoco nos detendremos en analizar la de Clarian de Landanis, de 1518, atribuida a un tal Jerónimo Lopez, y continuada mas tarde con las aventuras de Floramante de Colonia y Lidaman de Ganail; ni la de Don Floriseo, por otro nombre llamado el Caballero del Desierto, que escribió el bachiller Fernando Bernal, y continuo despues con los hechos de su hijo, Don Reimundo de Grecia, y por último, la portuguesa de Don Clarimundo, compuesta por un historiador tan grave y autorizado como el célebre Juan de Barros; todas las cuales fueron impresas antes del año 1520, y pueden ser consideradas, si no todas, las mas, como imitaciones del Amadis.

    A estas siguieron de cerca Florambel de Lucea , en cinco partes, de las cuales tan solo nos son conocidas la primera, impresa en Valladolid en 1532, y la cuarta y quinta, de 1549, y el libro de Don Florindo, el de la extraña aventura, acerca del cual y de su autor nos podremos extender algo mas, por tener delante un ejemplar de dicha obra, una de las mas raras en su género, no habiéndose impreso mas que una sola y única vez. (…)

    Es muy notable este libro, porque en él se hallan como confundidos y mezclados todos los elementos hasta entonces empleados en este género de obras. Hemos visto que su argumento es hasta cierto punto histórico (si historia puede llamarse la relacion que su autor hace de sucesos mas ó menos verdaderos, sobre todo cuando los supone acaecidos en tiempo de Mahoma y del rey de España Pirro), lo cual no quita que haya gigantes, castillos encantados, islas desiertas, y otras cosas de este jaez. La intencion moral está bien clara: en todas partes se manifiesta el autor enemigo de los vicios, y principalmente del juego, á que los caballeros jóvenes de su tiempo se entregaban con furor; así es que no pierde ocasion de reprenderlo y afearlo.

    El Caballero de la Cruz, Lepolemo, es otro de los libros que componian la librería de don Quijote. Imprimióse por primera vez en Sevilla en 1543, y su argumento es muy sencillo. Maximiano, emperador de Alemania, estuvo casado con Demea, hermana del rey de Polonia, en quien hubo un hijo, llamado Lepolemo, el cual de pocos meses fué robado, con su nodriza, por unos corsarios turcos, y vendido por esclavo en Túnez. Allí es bien tratado de su amo, un moro panadero, criándose entre aquellos infieles, aunque profesando la religion cristiana, y poniéndose desde muy chico una cruz roja en los pechos, por donde obtuvo mas tarde el nombre de Caballero de la Cruz. Un rico mercader del Cairo, llamado Arfaxat, compra mas tarde á Lepolemo y le lleva á Egipto, y á su muerte, acaecida poco despues , el caballero y otro compañero suyo, tambien cristiano, entran en la servidumbre del infante Zulema, hijo del Soldan. (…)

    Este libro de caballerias en muchas cosas se diferencia bastante de los de su clase. Las aventuras, aunque maravillosas, no son increibles; la geografia está menos perturbada que en otros de la misma especie; la escena pasa siempre en Egipto y en los estados adyacentes de Africa, como Túnez, Tripoli, Quirvan (Cairowan) y otros. En vez de enanos y doncellas, siempre fieles mensajeros en estos libros de caballerías, son clérigos y capellanes los que llevan de una parte á otra las cartas y los recados. No hay en la obra encantamientos ni filtros amorosos, ni demandas, ni padrones, ni desafios, ni torneos, ni mas gigante que Morbon ; los hechos de armas del caballero, aunque grandes, no son sobrenaturales, y sobre todo, son producidos por y causas racionales y verisimiles. El cronista Xarton, que á instancias y ruegos del infante Zulema escribió los famosos hechos del caballero de la Cruz, es un morillo vulgar, en nada parecido al sábio Alquife, ni á la reina Zirfea, ni á Galersis , ni á ningun otro de los encantadores y nigromantes que figuran en las historias de los Amadises con el doble carácter de historiadores y de brujos. Aunque versado en las artes mágicas, Xarton era hombre de buena intencion y crianza, que jamás con sus artes hizo enojo á nadie, y la única vez que interviene en la presente historia es para regalar al caballero un brazalete de oro, como preservativo y talisman de toda clase de encantamientos. De manera que bien puede decirse que este es un libro de caballerías rebajado, pues aun cuando conserva aun la forma y estilo de los antiguos, ha perdido mucho en el fondo.

    El nombre de su autor nos es enteramente desconocido; pues aun cuando se sabe que Pedro Luxan escribió mas tarde una segunda parte ó continuacion de él, no nos parece esto razon suficiente para atribuirle la primera, como algunos escritores han hecho con sobrada ligereza. El supuesto original, escrito en arábigo por dicho Xarton, se dice fué hallado en Túnez por el mismo intérprete castellano, quien, en su dedicatoria al conde de Saldaña, dice haber trabajado su version en aquella ciudad; circunstancia que, unida á sus conocimientos no vulgares de la geografía, usos y costumbres del Africa Septentrional, nos induce á creer que es obra de alguno de los muchos cautivos que por aquel tiempo gemian en las mazmorras de Argel y Túnez.

    En 1562, y no antes, salió á luz en Toledo una segunda parte del Lepolemo, con los Hechos de Leandro el Bel, su hijo. Su autor no se nombra en ningun lugar del libro, segun la antigua costumbre de los que se ocupaban en este género de escritos; mas en la epistola con que dirige su obra á don Juan Claros de Guzman, conde de Niebla, primogénito de don Juan Alfonso de Guzman, duque de Medina-Sidonia, se declara serlo el autor de los Colloquios matrimoniales y del Doceno libro de Amadis, es decir, Pedro Luxan, quien le escribió en los ratos que pudo hurtar á sus estudios.

    Desde luego se advierte que el que escribió esta segunda parte no pudo ser autor de la primera, o si lo fué, debió cambiar radicalmente así su estilo como sus ideas en la materia; porque, en lugar de presentar, como aquella, una narracion natural y sencilla de sucesos hasta cierto punto verosimiles, y que mas bien que de un libro de caballerías, parecen ser los de una antigua crónica, vemos reproducidos en esta aquellos incidentes maravillosos, aquellas fantásticas visiones y temibles aventuras, de que echaron mano Feliciano de Silva y otros escritores del mismo jaez. (…)

    Hemos visto ya que al terminar la segunda parte del cuarto libro de Don Florisel, Feliciano de Silva anuncia haber la emperatriz Archisidea dado á luz un hijo, llamado Félix Marte, lo cual prestó quizá ocasion y motivo á Melchor Ortega, vecino de Ubeda, para escribir su Félix Marte de Hircania, que dedicó á Juan Vazquez de Molina, consejero de Felipe II, suponiendo que le escribió en griego el grande historiador Philosso Atheniense, y que le halló, traducido al toscano, entre los libros de la célebre biblioteca Columbina de Sevilla. Ninguna relacion, sin embargo, tiene el héroe de este libro con el de Feliciano de Silva, como pudiera inferirse del nombre; aquel fué hijo de Florisel y de Archisidea, y este de Flosaran de Misia, cuyas disparatadas aventuras ocupan, con las de su hijo, la mayor parte del libro. En el cuerpo de la obra el autor le llama indistintamente Florismarte y Félix Marte, lo cual explica por qué el licenciado Pero Perez, en el donoso escrutinio de la librería del hidalgo manchego, le llama de aquella manera.

    Por el mismo tiempo (1545) se imprimia en Lisboa la Cronica del valiente y esforçado don Florando de Inglaterra, hijo del esforçado principe Paladiano, en cuatro libros, que se dicen traducidos del inglés. El autor, que no se nombra, cuenta en él las grandes y maravillosas aventuras á que don Florando dió fin por amores de la hermosa princesa Roselinda, hija del emperador de Roma; circunstancia que nos induce á creer que, tanto este libro como el Félix Magno, que compuso en 1531 un criado de don Fadrique de Portugal, obispo de Sigüenza y virey de Cataluña, debieran quizá ser clasificados entre los de la Tabla Redonda, puesto que la escena de aquel pasa principalmente en la Gran Bretaña, y el héroe de este último fué hijo de Falangris, hermano de Lisuarte y de la reina Clarinea.

    Otro libro hay muy notable, no solo por la crítica que de él hizo Cervantes, sino porque, continuado en varios tomos, forma una pequeña série de caballeros andantes como la de los Amadises y Palmerines; esto sin contar otra circunstancia, que no es para pasada en silencio, y es que algunas de sus partes se reimprimieron hasta dos veces, años despues de haber Cervantes anatematizado la caballería andante. Queremos hablar del Caballero del Febo, ó Alphebo, segun es llamado en la segunda parte, el cual fué hijo del emperador Trebacio, de quien descendia tambien Perion, rey de Gaula, el padre de Amadis. Imprimióse por primera vez en Zaragoza, en 1562, siendo su autor Diego Ortuñez de Calahorra, natural de la ciudad de Nájera. En 1580, Pedro de la Sierra, infanzon, vecino de Cariñena, en Aragon, prosiguió esta historia con los Hechos de Claridiano, hijo del caballero del Febo y de la emperatriz Claridiana, así como los de Poliphebo de Tinacria. Tambien hay tercera y cuarta partes, divididas cada una en dos libros, y escritas ambas por un ingenio de Alcalá de Henares, y por último, Pellicer, en sus Notas al Quijote, cita una quinta, que no llegó á imprimirse, y se conservaba en su tiempo entre los manuscritos de la Biblioteca Nacional de esta corte.

    Las mas notables de toda la série son, sin disputa alguna, la tercera y cuarta, obra, segun queda arriba indicado, de un vecino de Alcalá, que debió conocer á Cervantes, á la sazon estudiante en aquella universidad. Llamábase este nuevo continuador del Caballero del Febo, el licenciado Márcos Martinez, y su libro, dedicado á don Rodrigo de Sarmiento, duque de Híjar, se imprimió por primera vez en dicha ciudad en 1580. En una especie de introduccion, imitada a la que Montalvo puso á sus Sergas, finge que paseando por la umbrosa orilla del Henares, oyó los lastimosos ayes de un pastor enamorado, llamado Polio Sincelo, que se quejaba amargamente de la dureza é insensibilidad de Delia, pastora allí presente. Esta, que era casada, aunque abandonada de su marido Tolomeo, le declara, por deshacerse de él, que no conseguirá su amor mientras no penetre en la cueva del sábio Anglante; pero Polio, que sabe que cuantos han intentado entrar en el retiro del mágico, otros tantos han perecido á sus manos, queda yerto al oir tan duras condiciones, se enfurece y se arroja sobre Delia ; esta huye, y el irritado pastor la sigue en ocasion que, saliendo el autor del lugar en que oculto presenciaba aquella escena, se interpone entre los dos y derriba á Polio, que muere al punto de rabia y de celos. Prosiguiendo el autor su paseo, se encuentra con el mago Selagio, morador de la cueva del sábio Anglante, el cual, reconociendo en él al que, segun profecía de Artimidoro y Lirgandeo, sus contrarios, ha de ser causa de su muerte, resuelve quitarle la vida. Preparábase ya á ejecutar su intento, cuando se aparecen oportunamente los dos magos amigos en un carro cubierto de fuego y tirado por cuatro disformes animales. Tomando Lirgandeo la forma de un fiero grifo, combate con Selagio, transformado tambien en dragon, y le mata. (….)

    Bien dijo Clemencin que el Caballero del Febo, con sus cuatro partes, es uno de los libros mas pesados y fastidiosos que se conocen en su género, y á buen seguro que pocos habrá hoy dia que puedan vanagloriarse de haber leido los tres tomos en fólio, de letra menuda, á dos columnas y cerca de dos mil páginas, que forman su historia y la de sus hijos y nietos hasta la cuarta generacion. Es, en efecto, un sumario de cuantas puerilidades y disparates se habian escrito hasta entonces en materia de caballerías, como si sus autores, presintiendo la suerte que amenazaba á todos los libros de su clase, hubieran querido echar el resto en materia de absurdos y necedades. Los dos primeros, el de Ortuñez y el de Sierra, ni aun se recomiendan por el lenguaje ; algo mejores son, segun ya dejamos dicho, los dos de Martinez, aunque tambien peca este autor por ampuloso y pedante, habiéndose propuesto imitar á Feliciano de Silva en sus alambicados razonamientos, así como en aquellas hinchadas descripciones del Sol, de la Luna y de los elementos, que aquel solia poner al principio de los capítulos, y que Cervantes supo tan bien remedar.

    Distinto de este Alphebo, caballero del Febo, es otro Alfebo, llamado el Troyano, cuyas hazañas, juntamente con las de su hermano Don Hispalian de la Venganza, escribió el catalan Esteban Corbera en un pesadísimo libro, dedicado á doña Mencía Fajardo y Zúñiga, marquesa de los Velez, prometiendo al fin de él otro segundo, que afortunadamente no llegó á imprimir. (…)

    Aun pudiéramos decir algo del Don Cironjilio de Tracia, de Bernardo de Vargas; del Don Cristalian de España, de doña Beatriz Bernal, dama principal de Valladolid, hija quizá del bachiller Fernando Bernal, que, segun arriba dijimos, compuso la Historia del buen Duque Floriseo y la de Reymundo de Grecia, del Olivante de Laura, de Antonio de Torquemada, secretario de los condes de Benavente, que el Cura mandó arrojar al corral por disparatado y arrogante; y por último, del Policisne de Beocia, de don Juan Silva y Toledo; libros todos que, ó formaban la caballeresca librería de don Quijote, ó se hallan citados y aludidos en las inimitables páginas de aquella obra inmortal; pero nada sabriamos añadir á lo que de sus cofrades y compañeros dejamos ya sentado. Todos se parecen en el fondo, todos representan al vivo las cualidades propias de un buen caballero: valor intrépido en las batallas, amparo del oprimido y menesteroso, cumplimiento de la palabra empeñada, lealtad en los amores, galanteria con las damas, cortesanía y comedimiento con los iguales, respetuosa veneracion de los ancianos y mayores en estado, así como generosa condescendencia con los inferiores; en una palabra, cuantas dotes y cualidades constituian, á juicio de sus autores, un perfecto caballero; porque apenas se hallará uno que, al escribir tales libros , no declare ser su objeto é intencion enardecer los ánimos de los leyentes, é incitarlos a la imitacion de aquellos modelos del mas cumplido caballerismo. (...)

    Última edición por ALACRAN; 24/12/2022 a las 13:07
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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