Al principio de la entrevista, Federico Jiménez Losantos habla durante unos minutos, de manera respetuosa, sobre la figura de Eugenio Vegas Latapié. Aunque el locutor desliza, a voleo, en alguna ocasión, el calificativo de "carlista" para referirse a dicho publicista, lo cierto es que no fue sino hacia al final de su vida cuando mostró cierta querencia o tendencia hacia el legitimismo español.
Así, por lo menos, creo yo, que se puede desprender o colegir a partir del contenido de un discurso pronunciado por el legitimista canario José de Armas, en el acto-homenaje a Rafael Gambra que, con motivo de su fallecimiento, fue organizado por el Patronato de la Fundación Elías de Tejada, en el Salón Azul de la Gran Peña, el 31 de Marzo de 2004.
Transcribo a continuación dicho discurso.
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Fuente: Anales de la Fundación Elías de Tejada, Año X, 2004, páginas 169 – 171.
Visto en: FUNDACIÓN ELÍAS DE TEJADA
V
FIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS Y LEALTAD A LAS PERSONAS. RAFAEL GAMBRA EN MI PERSONAL «CAMINO DE DAMASCO»
Hace algo más de cuarenta años, leí por primera vez un libro de Gambra. Ciertamente fue por obligación, porque se trataba del texto de la asignatura de Filosofía que se nos exigía en el bachillerato superior. No es que me encantara, pero lo encontré desde entonces tan interesante y clarificador que, concluido el curso, pedí a mi padre que, en vez de pasarlo a los hermanos que me sucedían, como era costumbre, me permitiera conservarlo para mi incipiente biblioteca. Aún lo conservo como una joya.
Recuerdo que volví a ver su nombre en los primeros años 60, en la revista Montejurra, pero mi predisposición fue no prestarle demasiada atención, porque aquellos papeles eran armas arrojadizas que, a la sazón, usaban contra mí algunos compañeros carlistas, que se desesperaban sin comprender cómo yo, con mis convicciones tradicionales –en muchas ocasiones mejor fundamentadas y más consecuente que ellos–, rendía pleitesía apasionada a una dinastía liberal. Yo era el socio benjamín del Círculo Balmes de Las Palmas de Gran Canaria [1], y siempre estuve dispuesto a partirme la cara con los compañeros, o a jugarme con los profesores las notas de la asignatura Formación del Espíritu Nacional (¡mal empleadito nombre para tan insustancial contenido…!), en defensa de un Don Juan supuestamente ungido, al menos, con la legitimidad de ejercicio.
Mi esperanza estaba fundamentada en las ilusiones del Pemán de Cartas a un escéptico ante la Monarquía, y del Eugenio Vegas de los Escritos Políticos y Consideraciones sobre la democracia, y, sobre todo, en los fervores –para mí, hoy, ininteligibles– del hombre al cual debo estar aquí hoy, y desde hace muchos años, entre todos ustedes.
Mi tío Gabriel, efectivamente, en sus idas y venidas a la Península, y, más concretamente, a Speiro, además de la revista Verbo, me suministraba toda la bibliografía sagrada de que disponemos, entre la cual las obras de Gambra fueron grabándoseme con letras de oro en el entendimiento.
Un mes después de morir Gabriel [2], asistí por primera vez a una reunión completa de la Ciudad Católica, en Santa Pola, para rellenar el desabrido vacío intelectual que sentía con su ausencia, y para familiarizarme con sus mejores amigos. En aquella ocasión se me presentó Rafael Gambra. Era la primera vez que lo veía. Junto con un apretón de manos, me regaló su Monarquía Social y Representativa, con una tierna dedicatoria.
Confieso que, a pesar de esa obra de caridad, la persona de Gambra no me fue simpática hasta mucho después. Su carácter adusto y sobrio, como buen vasco-navarro roncalés, no casaba, efectivamente, con la cordialidad de unas islas atlánticas casi tropicales, situadas y conformadas entre la lisonja andaluza y la lenta alegría del ultramar hispanoamericano. La sonrisa de Gambra, extremadamente cortés, eso sí, se me antojaba mueca obligada por una educación exquisita. No obstante lo comprendí, porque conocía su pensamiento, e inmediatamente llegué a hacerme cargo de que la perspicacia de sus análisis de las realidades circundantes no podían hacerlo feliz, y tampoco tenía porqué aparentarlo. Nada más antagónico de Gambra que los tontos alegres.
A partir de entonces, cada año lo disfrutaba a distancia, en la clarividencia de sus intervenciones en la Ciudad Católica.
Pasó el tiempo, y, cuando en 1983, en otra de esas reuniones, Gabriella Pèrcopo me propuso intervenir en la conmemoración del CL aniversario del Carlismo, a celebrar en Talavera de la Reina, encargándome la ponencia foral sobre el Reino de las Islas Canarias, arguyendo que esa propuesta ya la tenía pensada el gran Elías de Tejada, asustado ante tamaña responsabilidad, me fui a ver a Eugenio Vegas. No voy a comentar (porque ahora no viene a cuento) el grado de intimidad que yo había alcanzado con Eugenio en las larguísimas tertulias tenidas con aquel maestro en su biblioteca de Gurtubay [3], y que para mí eran obligadas cada vez que venía por Madrid. La cuestión es que le consulté el ofrecimiento de Gabriella, y él me contestó: «La nuestra, Pepe, es una causa perdida desde hace muchos años, pero estoy seguro de que, para llevar a cabo nuestros ideales, en ningún sitio va a ser mejor que en la Comunión Tradicionalista. Acepta el ofrecimiento, pero antes vete a ver a Gambra».
Dicho y hecho. Pasaron unas pocas semanas. La ponencia estaba concluida. Volví a Madrid. Visité a Eugenio. Él llamó a Rafael, y le contestó que me esperaba. Fui a casa de Gambra. Con la cortesía y la sonrisa habitual, estaba de mal humor o tenía prisa. Apenas me hizo pasar del umbral de su puerta. Le expliqué brevemente mi propósito, y le dejé copia del trabajo y el número de mi teléfono. Salí de allí con la pesadumbre de haber cometido una impertinencia. En un esfuerzo de comprensión, pensé en una frase del atribulado Donoso Cortés más de un siglo antes, que más o menos decía así: «Soy harto intransigente para convenir yo a nadie, o que alguien me convenga a mí…».
No habían pasado tres horas, cuando recibí una llamada de Gambra, rogándome, en el tono lacónico que le caracterizaba, que volviera a su casa. Fui temblando. Abrió la puerta, y me dio un abrazo. Sus ojos, creo, estaban aguados; mi alma, no voy a decirles cómo.
Me hizo pasar al gabinete donde solía recibir, adornado con reposteros familiares, selectos óleos antiguos, y unos pocos muebles de corte escurialense, todo trasunto capitalino de su solar de El Roncal. ¡Cuántas veces, después, disfruté de aquella venerable estancia durante horas, unas veces acompañado del bueno de José María Cusell, otras del fogoso Galarreta, otras él y yo solos, con Dios!
Me ordenó que, en adelante, lo tuteara. Sirvió unas copas. Me habló durante largo rato de la combinación entre la fidelidad a los principios y la lealtad a las personas. Convencido de que ése era el eje principal de su actuación en su vida y su obra, me despedí emocionado, no sin antes quedar emplazado para que unos días después me llevara a Talavera. Así fui, en un día magnífico de Otoño, con el aire dando en nuestra frente por la ventana del techo de su coche, con la cabeza fría y los pies calientes, como deber ser y como a él le gustaba, conducido por sus manos en aquel «el camino de Damasco».
Ante el dolor de su reciente ausencia, tengo la absoluta seguridad de que tiene que estar gozando los méritos de su obra y los sacrificios de su vida, con Gabriel, con Eugenio, con Francisco Elías y Gabriella, con Cusell, con Larramendi, con tantos otros…, en la Gloria eterna.
JOSÉ DE ARMAS
[1] Nota mía. Los Círculos Culturales «Jaime Balmes» eran las asociaciones en las que se reunían los partidarios de la dinastía revolucionaria.
Dentro del juanismo existían diversos sectores. Uno de ellos (comparativamente minúsculo en relación al sector mayoritario de los liberales) era aquella porción o grupo de los partidarios de Don Juan que se caracterizaban por ser seguidores de la ya secular línea política moderada-conservadora, es decir, de la línea política neocatólica-integrista liberal-doctrinaria isabelina-alfonsina (es en este sector del juanismo en donde se integraban los grupúsculos que se escindían de la Comunión, en contraposición a los otros sectores juanistas: liberales, socialistas, democristianos de izquierdas, etc).
Casi todos los de este pequeño sector provenían, principalmente, de las pocas agrupaciones en las que se había reciclado, durante la II República, la antigua derecha autoritaria alfonsina del período de la “Restauración”: la revista Acción Española, el diario ABC, los partidos políticos Renovación Española y Partido Agrario Español, el Círculo Monárquico Independiente de Madrid, etc. Varios de ellos estaban afiliados, además, a la asociación religiosa del Opus Dei.
Constituyeron, bajo el nombre genérico e impropio de “monárquicos”, una de las tres principales familias políticas del franquismo.
Durante la segunda etapa de la Dictadura (Gobiernos 1945-1957) desarrollaron una enorme actividad cultural a través de diversas publicaciones (principalmente con vistas a enfrentarse contra las ideas y referencias culturales de otra de las principales familias políticas franquistas: el falangismo).
Su máximo auge político les llegó durante los Gobiernos de la tercera etapa de la Dictadura (1957-1973), pero a través de la rama, por decirlo así, más “avanzada” dentro de dicho pequeño sector: la de los tecnócratas demoliberalizantes europeístas, partidarios de la restauración de la dinastía revolucionaria a través de Don Juan Carlos (no de Don Juan), los cuales estaban varios de ellos (al igual que ocurría en la otra rama de dicho sector: la liberal-autoritaria católica projuanista, o rama más “conservadora”) afiliados también al Opus Dei (razón por la cual se solía mencionar paralelamente, casi siempre, a esta asociación religiosa a la hora de enjuiciar a esos Gobiernos de la tercera etapa de la Dictadura).
El primero de estos Círculos «Balmes» se fundó en Sevilla, en 1959.
[2] Nota mía. Gabriel de Armas falleció en Madrid, el 4 de Noviembre de 1975.
[3] Nota mía. Calle Gurtubay, nº 5, Madrid.
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