Fuente: Siempre, Número 35, Abril 1963, página 1.
[Editorial]
Tradición, Instituciones, Estructuras…
En todo problema político es imprescindible ajustarse a un orden estricto de valores. Y específicamente, cuando los tradicionalistas hablamos de la Monarquía, tenemos muy en cuenta que este orden jerárquico no puede ser otro que el defendido por el Tradicionalismo, contra viento y marea, durante más de siglo y cuarto. Esto es: Dios, Patria, Instituciones. Y en último término, como remate de la obra, la persona del Rey.
Pero es que aún hay más. Hoy día, los pueblos se preocupan menos de las Instituciones o formas de gobierno y más, en cambio, de las estructuras sociales, económicas o políticas que las configuran. Y así, no se puede pensar, en modo alguno, que pueda haber la más pequeña semejanza, por el hecho de ser Monarquías, entre la sueca y la de la Arabia Saudita, pongamos por ejemplo. O que la República Popular China –por la sola razón de ser República– tenga la menor relación con la de los Estados Unidos de América. Esto quiere decir, a nuestro juicio, que lo que diferencia actualmente a los pueblos son sus estructuras internas y no el nombre que se dé a sus constituciones políticas.
Porque pensamos así –y porque queremos ser leales a nosotros mismos– no tenemos más remedio que confesar que este orden natural está siendo invertido por los monárquicos españoles, que más que en monárquico, actúan en dinástico. Y lo que es peor, en la mayoría de los casos, al servicio de personalismos ridículos e inoperantes, olvidando que los Reyes son para el pueblo, y no los pueblos para los Reyes.
Ésta es la realidad, en toda su crudeza, y esto, también, lo que no puede seguir sucediendo. Es más, creemos llegado el momento de iniciar un esfuerzo –al precio de las renuncias personales que sean necesarias– para abrir cauces verdaderamente populares a la Monarquía Tradicional, como consecuencia natural de nuestra ejecutoria y al margen de camarillas más o menos personales.
Es decir, que estimamos más importante que se conozca nuestra posición actual con respecto a la Banca española –es un ejemplo– que los fundamentos filosóficos o legitimistas que puedan fundamentar la bondad de la Institución que defendemos. Y en este camino, tenemos que dejar a un lado lo secundario y hablar, sencillamente, de lo que importa.
De lo que somos, de lo que pensamos. Es decir: Que se sepa que somos católicos, pero no clericales, y que tenemos muy presente aquello de «a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César». Que defendemos el derecho de propiedad, naturalmente subordinado al bien común, pero que en ningún caso somos servidores del gran capitalismo –sino por el contrario, enemigos, digámoslo claro– ni de los grupos de presión, en cualquiera de sus manifestaciones. Que el Tradicionalismo no significa, en modo alguno, el que nuestras fórmulas de solución para los problemas actuales tengan que ser, necesariamente, los de hace 150 años, sino que muy por el contrario, partiendo de aquello que defendieron nuestros antepasados –la esencia misma de España– se puede exigir hoy –y nosotros lo exigimos– una más justa distribución de la riqueza, llegando, si es que fuera necesario, incluso a la nacionalización de aquellos sectores de la economía que, por su actuación, estuvieran perjudicando a la comunidad.
Todo esto no quiere decir, naturalmente, que cada español no pueda tener un candidato para la Corona de España, una vez rota la línea de descendencia directa de la Monarquía, pero lo importante es que España sea de verdad una Monarquía Tradicional, Social y Representativa. Y para ello es imprescindible, en primer lugar, la unidad de todos los españoles. Por encima de banderías, sectarismos o árboles genealógicos. Máxime en estos momentos de confusionismo mundial, cuando cualquier particularismo –o personalismo a destiempo– puede dar [a]l traste con tantas cosas como nos son a todos comunes.
En resumen, que ha llegado para los monárquicos españoles el momento de rectificar. La Institución –si como nosotros creemos, todavía es viable– necesitará del esfuerzo y del calor popular de todos. Y al servicio de esta idea superior, debemos dejar al margen nuestros particularismos que, sentimos tener que decirlo, no interesan hoy a nadie.
Marcadores