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Tema: Contrarreforma, Compañía de Jesús, Concilio de Trento: gloria de España

  1. #1
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    Contrarreforma, Compañía de Jesús, Concilio de Trento: gloria de España

    LA CONTRARREFORMA

    (Tomado de "Historia de la civilización española" de C. Pérez Bustamante, -1946)

    Con el nombre de Contrarreforma se conoce el movimiento de reorganización que se señala en la Iglesia Católica frente al protestantismo (siglo XVI).

    Cuando todo parecía perdido, un movimiento hacia el mejoramiento se produjo en la sombra y en el silencio. Este movimiento partió del interior de la Iglesia; fue una nueva expresión del elemento de vida divina, siempre latente en ella, y un ejemplo visible del apoyo que Cristo le había prometido para todos los tiempos cuando la fundó”. (L. von Pastor)

    La reforma de las órdenes monásticas

    Comienzan los franciscanos. En 1528, Mateo de Bascio instituyó con parte de los religiosos de su Orden, la de los capuchinos. Santa Teresa de Jesús (1515-1582) hizo las reformas de los carmelitas y San Juan de la Cruz llevó a cabo la de los monasterios de varones en la misma orden en España. Por la misma época se reforman también diversas casas de benedictinos, camaldulenses trinitarios, etc.

    Fundación de nuevas órdenes religiosas

    Las necesidades de los tiempos nuevos suscitaban nuevas reformas de la vida apostólica. Fúndanse nuevos institutos, como el de los teatinos, cuya manera ascética de vivir fue asombro de la época; los barnabitas, somascos, hermanos de San Juan de Dios (para asistir a los enfermos), la Congregación del Oratorio, fundada por San Felipe Neri y destinada a la predicación y conversión de infieles y herejes; los camilos, también para la asistencia de enfermos; Sociedad de las Escuelas Pías, para la instrucción de los niños pobres (fundada por el español San José de Calasanz); la de las ursulinas, para la educación de las niñas, etc.

    En las nuevas congregaciones se concede un espacio menor al oficio de coro, al trabajo manual y a la vida contemplativa; pero, en cambio, es mayor el que se atribuye a las obras del apostolado, ya por la enseñanza, ya por la asistencia a los pobres. Hay en las antiguas Órdenes una más grave poesía; en las nuevas, mayor actividad práctica”. (Mourret)


    LA COMPAÑÍA DE JESÚS

    Dice L. von Pastor que “cuando se acercaba a su apogeo el aseglaramiento en las esferas eclesiásticas de Italia, y con un Papa español, Alejandro VI, la corrupción del Renacimiento invadía hasta la misma silla pontificia, nació, cabalmente en España, el hombre que, por la incomparable universalidad de su acción, había de contribuir más poderosamente que otro alguno a renovar la Iglesia y a compensar sus grandes pérdidas con nuevas conquistas”.

    Aquel hombre era Ignacio de Loyola. Nacido en Azpeitia (Guipúzcoa) en 1491, de familia hidalga, dedicóse a las armas, y herido gravemente en el sitio de Pamplona por los franceses (1521), se entregó durante su curación a la lectura y meditación de obras piadosas, que llevaron a su espíritu el deseo de consagrar su vida al servicio de Cristo y de imitar los heroicos actos de virtud de los santos. Fue al monasterio de Montserrat, y en Manresa asistió a los enfermos, practicó rudos ejercicios de penitencia en una cueva cercana a la ciudad y dirigió la vida espiritual de algunas personas por medio de ejercicios espirituales, escribiendo una guía que tituló “Libro de los Ejercicios”, de alto valor.

    Marchó Ignacio a Roma y Tierra Santa, y a su regreso estudió en Barcelona, Alcalá, Salamanca y después en París (1528), donde encontró los principales colaboradores para la empresa que proyectaba: la fundación de una Orden consagrada por entero al servicio de Cristo y de la Iglesia (Laínez, Salmerón, Francisco Javier, etc.)

    Después de vencer grandes dificultades en Roma, pues la nueva congregación tenía poderosos enemigos, el Papa Paulo III, por la constitución Regimini militantis Ecclesiae (1540) autorizó la fundación de la Compañía de Jesús para el aumento de la vida y doctrina cristianas, propagación de la fe, etc. A los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, agregóse el de sumisión absoluta al Pontífice. Un general posee. el poder supremo y vitalicio con todas las atribuciones. Sólo está sobre él el Capítulo General, que representa a toda la Compañía, y que en casos graves puede ser convocado por los cuatro existentes que forman su Consejo.

    La difusión de la Compañía de Jesús. En España, Italia y Portugal se multiplicó rápidamente el número de comunidades, favorecida por los reyes y otros personajes, y los jesuitas se congregaron celosamente a la instrucción de la juventud, especializándose en la enseñanza y aplicando nuevos métodos que les permitieron realizar una gran obra de propaganda religiosa. En Francia y Alemania fundaron también diversos colegios.
    Última edición por ALACRAN; 05/08/2022 a las 13:14
    Pious dio el Víctor.
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

  2. #2
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    Re: Contrarreforma, Compañía de Jesús, Concilio de Trento: gloria de España

    LA INQUISICIÓN

    PRECEDENTES. La Inquisición nació en el siglo XIII de la necesidad de proteger la Iglesia católica contra las herejías que amenazaban destruirla. Los dominicos y los franciscanos, las dos grandes Órdenes religiosas nacidas en esa centuria, se encargaron de la defensa de la doctrina y de predicar y dar ejemplo de moralidad, espíritu evangélico, desinterés y caridad. La Inquisición corrió especialmente a cargo de los dominicos y decayó notablemente durante el siglo XV, coincidiendo con el desarrollo de las ideas renacentistas y con el paso por el Pontificado de una serie de Papas que simpatizaban con las nuevas orientaciones.

    LA INQUISICIÓN EN LOS TIEMPOS MODERNOS. Es curioso observar que España, país sumamente tolerante por la convivencia de cristianos, moros y judíos, y refractario durante la Edad Media a este Tribunal, que se extendió por gran parte de Europa, sea la que le vigorice en los tiempos modernos. En Aragón existía una Inquisición que se introdujo con motivo de la propagación de la herejía albigense y fue encargada a la Orden de Predicadores; pero en los Reinos de Castilla y León era de hecho desconocida.

    La segunda Inquisición, establecida en la época de los Reyes Católicos, obedeció a razones distintas; además de los motivos religiosos, nació con una finalidad de carácter político. España tenía problemas que no se manifestaban en otros países de Europa. La unidad nacional lograda trabajosamente en la época de Fernando e Isabel, tropezaba con grandes obstáculos de raza, de religión y de economía. Era preciso fundir los variados elementos que integraban el pueblo español en una común profesión de fe. Los moros y los judíos constituían elementos extraños que era preciso incorporar al naciente organismo del Estado moderno. Especialmente los judíos eran objeto de gran animosidad por parte del pueblo; muchos se habían convertido en apariencia, pero profesaban en secreto su antigua religión y procuraban hacer prosélitos, por lo que eran más odiados que los otros, y los tumultos se repetían con frecuencia.

    Para salvar la unidad religiosa y social, los Reyes Católicos establecieron el tribunal de la Inquisición e impetraron del Papa una bula, que otorgó Sixto IV en 1478. Dos años más tarde se estableció en Sevilla el primer tribunal, a cargo de dos frailes dominicos, y al año siguiente se efectuaron los primeros autos de Fe.

    En 1482 se autorizó implantación del Consejo de la Suprema en los Reinos de Castilla y León, y el primer inquisidor general, Fr. Tomás de Torquemada, se distinguió por su actividad. El Pontífice deseaba que dependiese directamente de su autoridad, pero los Reyes, que querían desligarse de toda intervención extraña, lograron sus propósitos. Extendióse a los Reinos de Aragón, Cataluña y Valencia, no sin resistencias (asesinato del inquisidor Pedro de Arbués cuando oraba en la Seo de Zaragoza), a Navarra (1516) y posteriormente a los dominios de América.

    LA JURISDICCIÓN INQUISITORIAL. Bajo la jurisdicción inquisitorial cayeron los herejes o sospechosos de herejía, los cristianos nuevos o conversos, judíos y musulmanes, e incluso cristianos viejos parientes de los anteriores y contaminados. Procuraba la moralización del clero y perseguir la blasfemia, la bigamia y toda clase de supersticiones, brujerías, etc., convirtiéndose desde la aparición de la Reforma en un formidable instrumento contra la propagación del protestantismo, sin que se librasen de su intervención ni las más elevadas potestades en la Iglesia española, como ocurrió en el caso de Fr. Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo.

    LOS PROCEDIMIENTOS INQUISITORIALES. Sus procedimientos eran formalistas, llevándose, con todo rigor los trámites de prueba, comparecencia de testigos, condena, etc. El proceso era secreto, pero esto no constituía una excepción en la época, pues de idéntica manera actuaban los tribunales seculares, y lo mismo ocurría con la aplicación de la tortura, sin que puedan compararse sus tormentos y penitencias a los que se emplearon en la Edad Media. Los autos de fe eran ceremonias solemnes en las cuales se leían las sentencias dictadas contra los procesados, que eran entregados (relajados) al brazo secular para la aplicación de las penas corporales.

    La actuación de este tribunal, que en algunos casos sirvió de instrumento político a los reyes y mantuvo gran independencia con relación a Roma, ha dado lugar a encarnizadas controversias. No es posible saber con exactitud el número de los condenados por la Inquisición desde el siglo XV hasta su desaparición en el siglo XIX. Las cifras que da Llorente son exageradas. Es indudable que evitó en España las luchas religiosas que ensangrentaron otros países, que, por otra parte, también persiguieron por motivos de carácter religioso. Algunos autores, como Lea y Verrill entre los modernos, dicen que con sus abusos, su intolerancia y su crueldad, embotó la inteligencia española, apartándola de la corriente del progreso nacido al calor del Renacimiento y de la reforma protestante; otros como Menéndez y Pelayo arguyen justamente que no hay una sola relajación al brazo secular, ni pena alguna grave, ni aun cosa que pueda calificarse de proceso formal referente a ninguno de los valores científicos o literarios de los siglos XVI y XVII, y que la Inquisición no persiguió los cultivadores de las ciencias exactas, físicas y naturales ni prohibió jamás una sola línea de Copérnico, Galileo y Newton.

    “… Abro los Índices y no encuentro en ellos ningún filósofo de la Antigüedad, ninguno de la Edad Media, ni cristiano, ni árabe, ni judío; veo permitida en términos expresos la Guía de los que andan, de Maimónides, y en vano busco los nombres de Averroes, de Avempace y de Tofail; llego al siglo XVI y hallo que los españoles podían leer todos los tratados de Pomponazzi, incluso el que escribió contra la inmortalidad del alma, y podían leer íntegros a casi todos los filósofos del Renacimiento italiano: a Marsilio Ficino, a Campanella, a Telesio (estos dos con algunas expurgaciones). ¿Qué más? Aunque parezca increíble, el nombre de Giordano Bruno no está en ninguno de nuestros Índices, como no está el de Galileo (aunque sí en el índice romano), ni el de Descartes, ni el de Leibnitz, ni el de Tomás Hobbes, ni el de Benito Espinosa; y sólo para insignificantes enmiendas el de Bacon…». (Menéndez Pelayo, Historia de los Heterodoxos)
    Última edición por ALACRAN; 05/08/2022 a las 13:07
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Contrarreforma, Compañía de Jesús, Concilio de Trento: gloria de España

    EL CONCILIO DE TRENTO

    La reunión de un Concilio que remediara los males de la Iglesia era una aspiración general en el siglo XVI, pero no estaba exenta de inconvenientes, porque los protestantes entreveían la posibilidad de oponer a la autoridad del Papa la del Concilio, y Roma temía una posible injerencia del emperador Carlos V.

    Sin embargo, y ante la urgencia de la reforma, el Pontífice Paulo III decidió convocar la reunión de la Asamblea, celebrándose, después de algunos desplazamientos, en 1545. Eminentes teólogos de todos los países católicos concurrieron al Concilio, destacándose la representación española (Domingo de Soto, Melchor, Cano, Laínez, Salmerón, Guerrero, etc.).

    Abrióse el Concilio cuando la Iglesia romana había perdido la mitad de Alemania, los Países escandinavos e Inglaterra, y estaba amenazada en Austria, Hungría, Polonia, Países Bajos y Francia; notándose incluso síntomas de rebeldía en Italia y España. En total, duraron las veinticinco sesiones, dieciocho años (1545- 1563), pero sufrieron grandes interrupciones, desarrollándose en tres períodos: 1545 a 1548 (pontificado de Paulo III), 1551-1552 (pontificado de Julio II) y 1562-1563 (pontificado de Pío IV). Muchos Estados católicos recibieron y acataron las disposiciones del Concilio, pero en otros hubo dificultades para su aprobación, porque independizaban a la Iglesia de muchas intromisiones del poder civil (Francia, España). Las disposiciones del Concilio pueden dividirse en dos clases: unas referentes al dogma y otras a la disciplina.

    DECRETOS REFERENTES AL DOGMA. Fija la posición de la Iglesia frente a los dogmas combatidos por los protestantes. Señala el Evangelio como fuente de toda verdad; su transmisión debe hacerse por la Iglesia, con lo cual se combate la anarquía que representa el principio del libre examen. El texto auténtico es la Vulgata (versión de San Jerónimo). Hay, además, otra fuente de fe: la tradición. Por lo que se refiere al problema de la justificación, tan del agrado de las sectas protestantes, la Iglesia manifiesta que nuestra justificación y nuestra santificación son obra de Jesucristo, pero que los hombres no se salvan únicamente porque se les imputen los méritos del Redentor, sino que todos podemos y debemos cooperar con nuestras obras, emanadas de nuestra libre voluntad, a la gracia y a la misericordia del Salvador para recibir la eterna recompensa. Fija y define los siete sacramentos, el sacrificio de la misa, la doctrina del purgatorio, el culto de los santos, de las imágenes y de las indulgencias.

    DECRETOS DISCIPLINARIOS. Pone en vigor los antiguos cánones, que obligan a los obispos a residir en sus diócesis bajo severas penalidades, y les imponen la predicación, vigilancia de la educación religiosa y de la juventud, hospitales y establecimiento de caridad; prohíbe la acumulación de beneficios eclesiásticos; exige a los sacerdotes una conducta edificante, predicación los domingos y días festivos, enseñanza del catecismo y protección a los pobres desvalidos. Para las comunidades religiosas establece la fiel observancia de las reglas y la ilegalidad de toda propiedad personal.

    Para combatir la ignorancia del clero, argumento muy utilizado por los que protestaban contra la Iglesia, ordena la creación de seminarios conciliares para educar a los jóvenes con vocación para el sacerdocio. La jerarquía eclesiástica se determinó con toda precisión, señalándose claramente la autoridad absoluta del Papa y aumentando la de los obispos respecto de jurisdicciones anteriormente exentas. El Concilio de Trento marca un momento esencial en la historia de la Iglesia romana y contribuye a cohesionar su unidad frente al movimiento centrífugo de las sectas protestantes, deteniendo su expansión.

    CONCILIO DE TRENTO, ECUMÉNICO Y ESPAÑOL. LA OBRA DE NUESTROS TEÓLOGOS. LAÍNEZ Y SALMERÓN, TEÓLOGOS DEL PAPA. “En cierto modo -dice D. Antonio Ballesteros- puede afirmarse que el Concilio de Trento fue un concilio español. Brillaron en las sesiones tridentinas el gran canonista Antonio Agustín; su émulo Juan Bernal Díaz de Lugo, obispo de Calahorra; el obispo de Salamanca, D. Pedro González de Mendoza; los insignes jesuitas Diego Laínez y Alfonso Salmerón; el cultísimo dominico Melchor Cano; el prudente franciscano Alfonso de Castro; el gran teólogo Martín Pérez de Ayala, obispo de Segorbe; el fogoso prelado de Granada, D. Pedro Guerrero; el comendador Cosme Hortolá; el profesor alcalaíno Carrillo de Villalpando; el orador Pedro Fontidueñas; el profundo Pedro de Soto, y tantos otros teólogos, consultores, obispos y abades, sin olvidar a nuestros dos habilísimos e inteligentes embajadores Vargas y D. Diego de Mendoza.
    Los españoles fueron quienes más instaron por la primera convocatoria y laboraron por vencer las dificultades puestas en Roma. Se declararon adictos a la Santa Sede, pero con varonil independencia clamaron contra los abusos de la Curia Romana. Por último, mostráronse inflexibles en cuestiones de disciplina
    ”.

    (Tomado de "Historia de la civilización española" de C. Pérez Bustamante, -1946)
    Última edición por ALACRAN; 05/08/2022 a las 13:16
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Contrarreforma, Compañía de Jesús, Concilio de Trento: gloria de España

    Antes de continuar, debe advertirse, dato muy importante, que modernamente y con complicidades del propio catolicismo se cede completamente el título de "Reforma" solo a la pseudoreforma protestante, ignorando y esquivando ("ecuménicamente") a sabiendas que hubo una REFORMA CATÓLICA, anterior al protestantismo, que comenzada en el siglo XV en España e Italia, con la revitalición de la vida monacal, la aparición de nuevas órdenes (Jerónimos y otros) y que culminaría con el Cardenal Cisneros y la Compañía de Jesús), que, en lucha con el protestantismo sobrevenido, se plasmaría univerdsalmente en los decretos del Concilio de Trento.

    Ese es el presupuesto y el sentido de todos los historiadores tradicionales del catolicismo, completamente ya enterrados e ignorados por Vaticanos Segundos y otras inmundicias pestilentes que claman al Cielo desde hace décadas.

    Advertidos, pues de lo anterior, pasamos a leer al gran maestro Menéndez Pelayo deleitarnos sobre el tema a la vez que poniendo los puntos sobre las íes
    Última edición por ALACRAN; 13/08/2022 a las 13:20
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Contrarreforma, Compañía de Jesús, Concilio de Trento: gloria de España

    Textos de Menéndez y Pelayo sobre la reforma católica (Historia de los Heterodoxos)

    (… ) Dos reformas; la auténtica y la falsa

    “Obsérvese de cuán distinto modo se entendía la reforma en Alemania y en los países latinos. Aquí se clamaba por la edificación del templo de San Pedro con las limosnas de los cristianos; allí parecían mal las indulgencias concedidas con este fin artístico y piadoso. Lutero era de opinión que no se hiciese guerra al turco; Carvajal pide que se acuda al socorro de Hungría y de Rodas contra aquel común enemigo de la cristiandad y de la civilización. Quiere el cardenal ostiense protección y limosnas para los monasterios; quieren los reformistas alemanes desterrar los votos monásticos por librarse de ellos. Estas o parecidas observaciones deben tenerse en cuenta siempre que se hallen en libros católicos de aquel siglo y del anterior, exhortaciones a la reforma. Importa fijar el valor de las palabras y no dejarse engañar por su vano sonido… (HHE, III, 42)

    Toda España estuvo contra el protestantismo
    “La verdad es que en este conflicto [con los luteranos de Castilla bajo Felipe II] no había mas que una sola voluntad, un solo deseo en España, y el Emperador, y la gobernadora, y el inquisidor, y los Consejos, y el pueblo, caminaban en la más perfecta y soberana armonía. «Todos dan gracias a Dios por tomallo V. M. tan de veras, habiendo dejado todo lo demás, que ha sido causa de animallos para que con mayor cuidado y diligencia lo hagan, y ansimismo el pueblo, entendida la voluntad con que V. M. se ofrece de salir a tomar el trabajo, ha mostrado gran contentamiento», escribe Quijada en 10 de junio… (HHE, III, 42)

    Hubo siempre más virtud que vicio

    "La historia, si con imparcialidad se la consulta, prueba que en este tiempo eran muchos más los eclesiásticos virtuosos y doctos que lo que puede inferirse de esas tremendas invectivas, las cuales, semejantes a otras muchas, no han de tomarse como suenan, sino en el concepto de reprensión general de los vicios, debiendo aplicarla cada cual para corrección propia, que bien lo necesitará.

    Prueban las citas alegadas:

    1º Que todos los males, vicios y desórdenes censurados en la Iglesia por los protestantes, lo habían sido en términos aún más ásperos y desembozados por los católicos.

    2º Que la Inquisición no llevaba a mal que los vicios del clero secular y regular se descubriesen y censurasen, puesto que no prohibía estos libros.

    Consecuencias son éstas que el mismo D. Adolfo de Castro, en su primera época de crudo liberalismo, acepta, aunque él mismo confesará hoy que no tenía razón en decir que «más adelante cesó esta libertad por la vigilancia y rigores del Santo Oficio». Tan lejos está de ser así, que bien entrado el siglo XVII, en 1634, se imprimieron las obras del rector de Villahermosa, el cual no perdona en sus sátiras, graves y mesuradas, a ciertos obispos de su tiempo, y los tacha de ignorantes y simoníacos (…) Y no escribieron con menos libertad Góngora y otros.

    La misma audacia y desenvoltura con que tales cosas se escribían prueba que no había peligro serio en cuanto a la ortodoxia, siendo, por tanto, inexacta la afirmación del señor Castro (hablo del de 1851, no del de ahora) de que «la fe está resfriada en los corazones de gran parte del vulgo». Precisamente el vulgo creía con toda firmeza, y no tomó parte alguna en el movimiento luterano, y acudía con suma devoción y fervor a los autos de fe, donde los encorozados y ensambenitados eran capellanes del emperador, canónigos de iglesias metropolitanas y caballeros y damas de la primera nobleza, porque la intentona luterana en España tuvo un carácter muy aristocrático. El vulgo veía los vicios y mala vida de algunos eclesiásticos, leía las diatribas contra ellos en los libros de devoción y en los de solaz y deporte más o menos apacible y honesto, los censuraba a su vez en cuentos, apodos y refranes, de que es riquísima el habla castellana, pero de ahí no pasaba... (HHE, 3)

    La relajación eclesiástica a fines del siglo XV y las voces de santa protesta

    (---) A fines del siglo XV, el estado del clero en España no era mucho mejor que en otros pueblos de la cristiandad, aunque los males no fuesen tan hondos e inveterados como en Italia y Alemania. Ante todo, en la Península no había herejías: Pedro de Osma no tuvo discípulos y es un caso aislado. Nadie dudaba ni disentía en cuanto al dogma, y la situación religiosa solo estaba comprometida por el gran número de judaizantes y moriscos, que ocultaban más o menos sus apostasías. El sentimiento religioso y de raza había dado vida al Santo oficio en los términos que a su tiempo vimos, para arrojar de sí, con inusitada dureza, estos elementos extraños. Pero las costumbres y la disciplina no andaban bien, y basta a demostrar, lo el capítulo que a esta época hemos dedicado. Prescindiendo de repeticiones, siempre enojosas, y más en esta materia, baste decir que la reforma se pedía por todos los buenos y doctos; que le reforma empezó en tiempo de los reyes católicos y continuó en todo el siglo XVI; que a ella contribuyó en gran manera la severísima Inquisición; pero que la gloria principal debe recaer en la magnánima Isabel y en fray Francisco Jiménez de Cisneros... (HHE, III, 31-32)
    Última edición por ALACRAN; 13/08/2022 a las 13:21
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Contrarreforma, Compañía de Jesús, Concilio de Trento: gloria de España

    Textos de Menéndez y Pelayo sobre la Reforma católica (Historia de los Heterodoxos)

    I. Verdadera Reforma en España. Cisneros (1436-1517)

    (…) Ya indiqué que la reforma había comenzado en España mucho antes del concilio de Trento, y antes que Paulo IV, San Pío V, Sixto V y otros pontífices de veneranda memoria la extendiesen a la Iglesia universal. El principal fautor de esta reforma, por lo que hace a los regulares, fue el franciscano Ximénez de Cisneros, uno de los hombres de más claro entendimiento y de voluntad más firme que España ha producido. La reforma de los monacales había empezado casi con el siglo XV. Hizo la de los cistercienses el venerable Fr. Martín de Vargas, abad del monasterio de Piedra, en Aragón, y fundador del de Monte-Sión, en Toledo, el cual sirvió de centro a la reforma, apoyada por los papas Martín V (1425) y Eugenio IV (1432), con la cual se evitó la plaga mayor, la de las encomiendas perpetuas, haciendo que las abadías durasen sólo tres años. La misma reforma hizo en Portugal, a instancias de D. Juan II, en 1481, otro monje de Piedra, Fr. Pedro Serrano, el cual visitó, además, los monasterios de Castilla, hizo capítulo general en Valladolid, cerró el monasterio de Torquemada y prendió y depuso abades, entre ellos a los de Gumiel y Nogales. (…)

    Los reyes, en conformidad con esta consulta, impetraron de Alejandro VI, en 1494, una bula, confirmada después por Julio II, para reformar todas las religiones de su reino, sin exceptuar ninguna y nombraron reformador a Cisneros. El cual, uno a uno, recorrió los monasterios, quemando sus privilegios como Alcorán pésimo, quitándoles sus rentas, heredades y tributos, que aplicó a parroquias, hospitales y otras obras de utilidad, haciendo trocar a los frailes la estameña por otros paños más burdos y groseros, restableciendo la descalcez y sometiendo todos los franciscanos a la obediencia del comisario general. Sujetó así, mismo a la observancia y a la clausura casi todos los conventos de monjas. A las demás religiones no podía quitar las rentas que tenían en común, pero sí lo que tenían en particular, así lo hizo, a la vez que ponía en todo su vigor las reglas y reformaba hábitos, celdas y asistencia al coro. Los dominicos, agustinos y carmelitas no hicieron resistencia; pero sí los franciscanos, y más que nadie el general de los claustrales italianos, que vino a España con objeto de impedir la reforma, y llegó a hablar con altanería a la misma Reina Católica, no sin que un secretario de Aragón, Gonzalo de Cetina, le amenazara con ahorcarlo con la cuerda del hábito.

    Y aunque Alejandro VI mandó suspender, en 9 de noviembre de 1496, la reforma, mejor informado al año siguiente, permitió que continuase, y se hizo no sólo en Castilla, sino en Aragón, venciendo tenaces resistencias, especialmente de los religiosos de Zaragoza y Calatayud. En Castilla más de 1.000 malos religiosos se pasaron a Marruecos para vivir a sus anchas. Los de Salamanca andaban revueltos con malas mujeres, dice el Cronicón de D. Pedro de Torres al narrar la expulsión de muchos claustrales en 1505. Libre de esta inmunda levadura, pronto volvió a su prístino vigor la observancia. (…)

    La reforma llevada a cabo con tan incontrastable tesón por el antiguo guardián del convento de la Salceda y el no haber en España relajación de doctrina, aunque sí de costumbres, es lo que nos salvó del protestantismo. El confundir a nuestros frailes, después de la reforma, con los frailes alemanes del tiempo de Erasmo, arguye la más crasa ignorancia de las cosas de España… (HHE, III)


    Culminación en sus santos reformadores y en Trento

    «Nadie ha hecho aún la verdadera historia de España en los siglos XVI y XVII. Contentos con la parte externa, distraídos en la relación de guerras, conquistas, tratados de paz e intrigas palaciegas, no aciertan a salir los investigadores modernos de los fatigosos y monótonos temas de la rivalidad de Carlos V y Francisco I, de las guerras de Flandes, del príncipe don Carlos, de Antonio Pérez y de la princesa de Éboli. Lo más íntimo y profundo de aquel glorioso período se les escapa. Necesario es mirar la historia de otro modo, tomar por punto de partida las ideas, lo que da unidad a la época, la resistencia contra la herejía, y conceder más importancia a la reforma de una orden religiosa o a la aparición de un libro teológico, que al cerco de Amberes o a la sorpresa de Amiens.

    Cuando esa historia llegue a ser escrita, veráse con claridad que la reforma de los regulares vigorosamente iniciada por Cisneros, fue razón poderosísima de que el protestantismo no arraigara en España, por lo mismo que los abusos eran menores, y que había una legión compacta y austera para resistir a toda tentativa de cisma.

    Dulce es apartar los ojos del miserable luteranismo español, para fijarIos en aquella serie de venerables figuras, de reformadores y fundadores. En San Pedro de Alcántara, luz de las soledades de la Arrábida, que parecía hecho de raíces de árboles, según la enérgica expresión de Santa Teresa; en el venerable Tomás de Jesús, reformador de los agustinos descalzos; en la sublime doctora abulense y en su heroico compañero San Juan de la Cruz; en San Juan de Dios, portento de caridad; en el humilde clérigo aragonés, fundador de las Escuelas Pías; y, finalmente, en aquel hidalgo vascongado, herido por Dios como Israel, y a quien Dios suscitó para que levantara un ejército más poderoso que todos los ejércitos de Carlos V, contra la Reforma. San Ignacio es la personificación más viva del espíritu español en su edad de oro. Ningún caudillo, ningún sabio influyó tan poderosamente en el mundo. Si media Europa no es protestante débelo en gran manera a la Compañía de Jesús… (HHE, IV)
    Última edición por ALACRAN; 13/08/2022 a las 13:28
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Contrarreforma, Compañía de Jesús, Concilio de Trento: gloria de España

    Continúa Menéndez y Pelayo:

    (…) España, que tales varones daba, fecundo plantel de santos de sabios, de teólogos y de fundadores, figuró al frente de todas las naciones católicas en otro de los grandes esfuerzos contra la Reforma, en el Concilio de Trento, que fue tan español como ecuménico, si vale la frase. No hay ignorancia ni olvido que baste a oscurecer la gloria que en las tres épocas de aquella memorable asamblea consiguieron los nuestros. Ellos instaron más que nadie por la primera convocatoria y trabajaron por allanar los obstáculos y las resistencias de Roma. Ellos, y principalmente el cardenal de Jaén, se opusieron en las sesiones sexta y octava a toda idea de traslación o suspensión. Tan fieles y adictos a la Santa Sede como independientes y austeros, sobre todo en las cuestiones de residencia y autoridad de los obispos, ni uno solo de nuestros prelados mostró tendencias cismáticas, ni siquiera el audaz y fogoso arzobispo de Granada, D. Pedro Guerrero, atacado tan vivamente por algunos italianos.

    Ninguno confundió el verdadero espíritu de reforma con el falso y mentido de disidencia y revuelta. Inflexibles en cuestiones de disciplina y en clamar contra los abusos de la curia romana, jamás pusieron lengua en la autoridad del pontífice ni trataron de renovar los funestos casos de Constanza y Basilea. Pedro de Soto opinaba a la vez que la autoridad de los obispos es inmediatamente de derecho divino, pero que el Papa es superior al Concilio, y en una misma carta defiende ambas proposiciones.

    Cuando la historia del Concilio de Trento se escriba por españoles y no por extranjeros, aunque sean tan veraces y concienzudos como el cardenal Pallavicini, ¡cuán hermoso papel harán en ella los Guerreros, Cuestas, Blancos y Gorrioneros; el maravilloso teólogo D. Martín Pérez de Ayala, obispo de Segorbe, que defendió invenciblemente contra los protestantes el valor de las tradiciones eclesiásticas; el rey de los canonistas españoles, Antonio Agustín, enmendador del Decreto de Graciano, corrector del texto de las Pandectas, filólogo clarísimo, editor de Festo y Varrón, numismático, arqueólogo y hombre de amenísimo ingenio en todo; el obispo de Salamanca, D. Pedro González de Mendoza, autor de unas curiosas memorias del concilio; los tres egregios jesuitas, Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Francisco de Torres; Melchor Cano, el más culto y elegante de los escritores dominicos, autor de un nuevo método de enseñanza teológica basado en el estudio de las fuentes de conocimiento; Cosme Hortolá, comentador perspicuo del Cantar de los Cantares; el profesor complutense Cardillo de Villalpando, filósofo y helenista, comentador y defensor de Aristóteles y hombre de viva y elocuente palabra; Pedro Fontidueñas, que casi le arrebató la palma de la oratoria, y tantos y tantos otros teólogos, consultores, obispos y abades como allí concurrieron, entre los cuales, para gloria nuestra, apenas había uno que no se alzase de la raya de la medianía, ya por su sabiduría teológica o canónica, ya por la pureza y elegancia de su dicción latina, confesada, bien a despecho suyo, por los mismos italianos! Bien puede decirse que todo español era teólogo entonces. Y a tanto brillo de ciencia y a tan noble austeridad de costumbre juntábase una entereza de carácter, que resplandece hasta en nuestros embajadores Vargas y D. Diego de Mendoza. ¿Cuándo ha sido España tan española y tan grande como entonces?

    Una serie de concilios provinciales puso vigorosamente en práctica los cánones del Tridentino, a pesar de la resistencia de los mal avenidos con la Reforma. ¿Qué había de lograr el protestantismo cuando honraban nuestras mitras obispos al modo de Fr. Bartolomé de los Mártires, D. Alonso Velázquez, Fr. Lorenzo Suárez de Figueroa, Fr. Andrés Capilla, D. Pedro Cerbuna, D. Diego de Covarrubias, Fr. Guillermo Boil y el Venerable Lanuza; cuando recorrían campos y ciudades misioneros como el Venerable Apóstol de Andalucía, Juan de Ávila, orador de los más vehementes, inflamados y persuasivos que ha visto el mundo; cuando difundían el aroma de sus virtudes aquellas almas benditas y escogidas, en cuya serie, después de los grandes santos ya antes de ahora recordados, fuera injusto no hacer memoria de los Beatos Alonso Rodríguez y Pedro Claver; de Bernardino de Obregón, portento de caridad; del venerable agustiniano Horozco; del austero y penitente dominico San Luis Beltrán, del recoleto San Francisco Solano, apóstol del Perú; del Beato Simón de Rojas, reformador de las costumbres de la corte; del Beato Nicolás Factor, gran maestro de espíritus? Pero ¿a qué buscar tan altos ejemplos? El que quiera conocer lo que era la vida de los españoles del gran siglo dentro de su casa, lea la biografía que de su Padre escribió el jesuita La Palma; lea las incomparables vidas de D.ª Sancha Carrillo y de D.ª Ana Ponce de León, compuestas por el P. Roa, luz y espejo de lengua castellana, y dudará entre la admiración y la tristeza al comparar aquellos tiempos con éstos.

    Joya fue la virtud pura y ardiente, puede decirse de aquella época como de ninguna, mal que pese a los que rebuscan, para infamarla, los lodazales de la Historia y las heces de la literatura picaresca. Aun los que flaqueaban en punto a costumbres, eran firmísimos en materia de fe; ni los mismos apetitos carnales bastaban a entibiar el fervor; eran frecuentes y ruidosas las conversaciones, y no cruzaba por las conciencias la más leve sombra de duda. Una sólida y severa instrucción dogmática nos preservaba del contagio del espíritu aventurero, y España podía llamarse con todo rigor un pueblo de teólogos (…) (HHE, IV)
    Última edición por ALACRAN; 09/09/2022 a las 17:39
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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    Re: Contrarreforma, Compañía de Jesús, Concilio de Trento: gloria de España

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    (...) Originalidad de la ciencia teológica española

    (Menéndez Pelayo)

    ¿Cuándo los hubo en tan gran número y tan ilustres? Desde el franciscano Luis de Carvajal y el dominico Francisco de Vitoria, que fueron los primeros en renovar el método y la forma y exornar a las ciencias eclesiásticas con los despojos de las letras humanas, empresa que llevó a feliz término Melchor Cano, apenas hay memoria de hombre que baste a recordar a todos, ni siquiera a los más preclaros de aquella invicta legión. Pero, por el enlace que con nuestro asunto tiene, no hemos de olvidar que Fr. Alonso de Castro recopiló en su grande obra De haeresibus cuantos argumentos se habían formulado hasta entonces contra todo linaje de errores y disputó, con tanta sabiduría jurídica como teológica, de iusta haereticorum punitione; que Domingo de Soto, cuyo nombre, gracias a Dios, suena todavía con elogio gracias a su tratado de filosofía del derecho (De iustitia et iure), trituró las doctrinas protestantes de la justificación en su obra De natura et gratia; que el cardenal Toledo impugnó más profundamente que ningún otro teólogo la interpretación que los luteranos dan a la Epístola a los Romanos; que Fr. Pedro de Soto, autor de un excelente catecismo, hizo increíbles esfuerzos con la pluma y con la enseñanza para volver al gremio de la Iglesia a los súbditos de la reina María; que el eximio Suárez redujo a polvo las doctrinas cesaristas del rey Jacobo y el torpe fundamento de la Iglesia Anglicana y que el obispo Caramuel, océano de erudición y de doctrina y verdadero milagro de la naturaleza, convirtió en Bohemia y Hungría tal número de herejes, que a no verlo confirmado en documentos [290] irrecusables parecería increíble y fabuloso.

    Pero bien puede decirse que, entre todos los libros compuestos aquí contra la Reforma, no hay uno que por la claridad del método y de la exposición, ni por la abrumadora copia de ciencia teológica y filosófica, ni por la argumentación sobria y potente iguale al del jesuita Gregorio de Valencia, De rebus fidei hoc tempore controversis. ¿Quién lee hoy este libro, uno de los más extraordinarios que ha producido la ciencia española? ¿Quién el elegante y doctísimo tratado de D. Martín Pérez de Ayala De divinis traditionibus? ¿Quién las obras del P. Diego Ruiz de Montoya, fundador de la teología positiva, y a quien siguieron y copiaron muchas veces Petavio y Tomasino?

    Pero digo mal; es en España donde no se leen, que fuera de aquí no hay teólogo que no se descubra con amor y veneración al oír los nombres de Molina y Báñez, de Medina, de Suárez y de Gabriel Vázquez. La sola historia de las controversias De auxiliis bastaría para mostrar la grandeza de la especulación teológica entre nosotros. No sólo nació en España la ciencia media y el congruismo, sino también el sistema de la gracia eficaz que llaman tomista por haberle defendido siempre los dominicos, pero que fue creación de Báñez en oposición a Molina. ¡Y qué ingeniosa doctrina la de éste tal como la atenuaron y desarrollaron otros jesuitas posteriores! ¡Qué oportunidad la de los teólogos de la Compañía en levantar, frente de la hórrida predestinación calvinista, una doctrina que tan altos pone los fueros de la libertad humana! (...) (HHE, IV)
    Última edición por ALACRAN; 11/09/2022 a las 11:38
    Hombre en su siglo. Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos aunque lo tuvieron, no acertaron a lograrlo. Fueron dignos algunos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre; tienen las cosas su vez, hasta las eminencias son al uso, pero lleva una ventaja lo sabio, que es eterno, y si éste no es su siglo, muchos otros lo serán. (Gracián)

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