Conocemos los peligros y los daños que perpetró el materialismo de raiz marxista. Pero frente a cierta Vulgata, el liberalismo también ha tenido su parte de culpa en el desastre.
Pese a lo predicado por algunos, todas las respuestas y soluciones no están en Hayek y cía.
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La semana pasada vimos cómo Yuri Bezmenov advertía de algo que parece pasar a muchos desapercibido: el hecho de que vivimos en estado de guerra. Desde siempre, la guerra se ha hecho para subordinar los intereses del adversario a los propios y esto se lograba, no mediante la conquista de territorios, sino mediante la destrucción de la capacidad de resistencia del adversario. Hoy, por consiguiente, uno no debe más que valorar qué es lo que se ataca para saber qué es lo que se persigue. De ahí aparece bastante claro que nuestra mismísima supervivencia como civilización está en juego, precisamente por resultar atacados todos los puntos neurálgicos sin los que ninguna comunidad puede vivir y perpetuarse.
Nuestra supervivencia se ve hoy atacada en el ámbito espiritual –negando cualquier trascendencia en la propia concepción antropológica del hombre-, en el ámbito social –relegando el todo comunitario a un mero agregado de intereses contrapuestos en permanente búsqueda del consenso-, en el ámbito demográfico –implementando políticas que conducen a la extinción física de los pueblos-, en el ámbito económico –sometiendo las necesidades básicas humanas a los imperativos del mercado- o en el ámbito del medio ambiental –considerando la naturaleza como un conjunto de "recursos naturales" imprescindibles para alcanzar un "crecimiento económico" cada vez mayor.
No cabe duda de que el marxismo ha jugado un papel de enorme importancia en todas estas cuestiones instilando un materialismo que ha incidido en lo espiritual –por su carácter rabiosamente anti-religioso-, en lo social –desvertebrando al todo comunitario gracias a artefactos como la "lucha de clases"-, en lo económico –convirtiendo al hombre en un Homo economicus- o en lo ecológico –instaurando una concepción materialista y burguesa que aspira al dominio de la naturaleza mediante la técnica en pro de un "bienestar" así mismo también material.
Pero aunque el carácter nihilista del marxismo y sus variantes no pasa desapercibido a todos los espíritus medianamente críticos, desgraciadamente la reacción frente a este virus deletéreo se ha planteado desde los postulados del liberalismo. Este posee, sin embargo, notables concomitancias con el marxismo, de manera que acaba generando efectos muy parecidos y favoreciendo las mismas tendencias destructoras que acabamos de apuntar.
Excede de los límites de un artículo como éste señalar en profundidad cuales son las características del liberalismo de todo tiempo y lugar. Sin embargo, ha sido quizás John Gray quien ha indicado cuatro características básicas que subyacen a todos los liberalismos surgidos desde la Ilustración escocesa. Para Gray (Liberalismo. Alianza Editorial, 1994) "existe una concepción definida del hombre y la sociedad, moderna en su carácter, que es común a todas las variantes de la tradición liberal. ¿Cuáles son los elementos de esta concepción? Es individualista en cuanto que afirma la primacía moral de la persona frente a las exigencias de cualquier colectividad social; es igualitaria porque confiere a todos los hombres el mismo estatus moral y niega la aplicabilidad, dentro de un orden político o legal, de diferencias en el valor moral entre los seres humanos; es universalista, ya que afirma la unidad moral de la especia humana y concede una importancia secundaria a las asociaciones históricas específicas y a las formas culturales; y es meliorista, por su creencia en la corregibilidad y las posibilidades de mejoramiento de cualquier institución social y acuerdo político. Es esta concepción del hombre y la sociedad la que da al liberalismo una identidad definida que trasciende su vasta variedad interna y complejidad".
Indudablemente, estas cuatro características pueden ser discutibles en cuanto a su aplicación y sus consecuencias históricas pero en general sí puede decirse que el individualismo ha servido para colocar en el banquillo de los acusados a cualquier concepción comunitaria, imprescindible para el ser humano desde que el mundo da vueltas. A su vez, el igualitarismo ha sido empleado de una forma elástica y en conjunción con el individualismo, a fin de sustituir las comunidades históricas por un agregado de individuos "libres e iguales", algo que, en definitiva, ha conducido a un sistema de egoísmos contrapuestos que no rinde lealtad a ninguna instancia salvo a ellos mismos. Además, el universalismo ha sido empleado como caballo de batalla para imponer un único proyecto social en todo lugar y momento, mientras que el meliorismo ha impulsado una especie de utopía liberal según la cual el fracaso de las doctrinas liberales sobre el terreno no se deben a lo incorrecto de los planteamientos sino a la poca persistencia y a la escasez de los mismos.
Nosotros añadiríamos que bajo estos cuatro pilares de la ideología liberal subyace una antropología que posee notables concomitancias con el marxismo: es decir, mientras que el marxismo concibe al hombre como productor el liberalismo hace lo propio y concibe al hombre como consumidor. Alguien podría decir que el liberalismo no tiene por qué incurrir en una antropología materialista pero el hecho es que el individualismo liberal difícilmente puede asumir la sumisión del individuo a algo que trasciende y ordena su misma esfera de intereses. Aquél que considera a la historia como el lugar donde se desenvuelve la acción de Dios en el mundo y para el que todo cuanto existe tiene un significado moral en tanto que parte de la Creación, es difícil que conviva con un sistema que promueve un espacio de "derechos" –por cierto, abstractos y a menudo arbitrarios- intocable. Necesariamente, el hombre liberal ha de sentirse más cómodo en un mundo donde ninguna moral heterónoma le dice lo que tiene que hacer, invadiendo de este modo su esfera de derechos, tan válida como la de cualquier otro e independiente del estatus moral de su poseedor. Así las cosas es lógico que el hombre liberal sea básicamente un ser que consume.
Además, negando cualquier instancia superior en aras de pretendidos derechos, necesariamente las mejoras –de ahí el carácter material de su meliorismo- han de provenir de quién las suministra en forma de bienes tangibles. Históricamente, fue el Estado quién primero se constituyó en celoso guardián de los derechos individuales para, más tarde, dejar paso al mercado como garante de los mismos. En la teoría liberal es en el mercado donde mejor se conjuga la defensa de la libertad individual con el perfeccionamiento progresivo de la producción de recursos destinados al consumo.
Pero el talón de Aquiles liberal radica en no ver que es precisamente la falta de restricciones -por ejemplo, en el mercado- lo que acaba vulnerando los derechos de aquellos que, en calidad de "individuos libres e iguales" aspiran así mismo al "bienestar" de la utopía liberal. Así las cosas, cuando gracias al libre mercado miles de trabajadores pierden su puesto de trabajo, sus derechos resultan inmediatamente conculcados hasta el punto de que se les relega a una condición de semiesclavitud, gracias a la cual deben venderse de nuevo a la baja en el mercado de trabajo. La paradoja resulta del hecho de que, cuanta más libertad –en este caso económica- hay para unos, aumenta proporcionalmente la dependencia y la sujeción de otros con, teóricamente, los mismos derechos. Situaciones análogas están en el origen del problema de la droga o de la creciente promiscuidad sexual, donde la libertad sin restricciones ha causado problemas nuevos a infinidad de personas. El resultado es que en nombre del liberalismo pueden resultar conculcados los cuatro pilares básicos expuestos por Gray.
En este contexto, por ejemplo, resulta cuando menos ridícula la "estado-fobia" liberal que deplora la más ligera regulación del mercado al tiempo que extrae cualquier recurso de poder del Estado para dejarlo en manos de un conglomerado de empresas transnacionales cuyo poder aumenta día a día, por encima incluso del del propio Estado-nación. Naturalmente, este nuevo Estado fuera del Estado carece de cualquier compromiso con los seres humanos, sus patrias, pueblos o peculiaridades históricas y tiene, sin embargo, un compromiso absoluto con su propio lucro y beneficio. Por eso, a estas alturas de la historia, resulta absolutamente necio pretender que la mayor eficiencia del mercado no tiene consecuencias -y a veces letales- para la mayoría de las personas.
Por todo esto, resulta así mismo ridículo el compromiso de ciertos sectores de la Iglesia católica con publicistas, pensadores y escritores cuyo liberalismo raya en lo fanático o simplemente con personas que alardean de "liberales" sin pararse a pensar en las contradicciones en que se incurre al delegar el meollo del poder en un antropocentrismo patológico. Las tesis liberales son ahora la punta de lanza del ataque del capital global sobre los pueblos y sobre todo aquello que nos viene dado en herencia. Su paulatina imposición de una esclavitud subrepticia se hace al amparo de la coartada de que no existe otra conntestación posible al marxismo y sus derivados, toda vez de incurrir en algún tipo de "dictadura". Esto -la pretendida exclusividad liberal en la respuesta al marxismo- es, naturalmente, falso de cabo a rabo y merece la pena ser tratado en otro artículo.
El caso es que cultura, historia, religión e idiosincrasia deben ser destruidos en aras de ese universalismo liberal que aspira a ser solución única e incontestada a los problemas de todos los hombres de cualquier lugar y condición. Y es que lejos de lo que piensan algunos, el ataque contra nuestra civilización occidental no proviene, como decía Bezmenov, de institución alguna, del tipo del KGB, sino que ahora es el propio sistema global el que se encuentra en guerra con todos los pueblos del mundo.
Eduardo Arroyo
La estafa liberal: la otra cara de la moneda - ESD
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