Sigo desde hace tiempo con curiosidad los patéticos intentos del profesor Velarde Fuertes por hacernos creer que la encíclica de Juan Pablo II Centesimus Annus “abre la puerta a un capitalismo católico” (Velarde Fuertes, Juan: “Reflexiones de un economista sobre la doctrina social de la Iglesia”, en Acerca de Centesimus Annus. Madrid, Espasa-Calpe, 1991; pág. 288). Significativos son, en este sentido, sus últimos artículos en el diario ABC, especialmente “La Pascua florida de los economistas católicos” (ABC, 23-4-2000; pág. 48), muy en la línea de otros economistas también presuntamente “católicos” como Siricco, que llevan tiempo tratando de justificar groseramente una improbable -si no imposible- entente entre el pensamiento social de la Iglesia y la tradición de la teoría económica liberal.

Líbreme Dios de poner en duda la cualificación de nuestro ilustre Premio Príncipe de Asturias (1992) y de sus colegas en lo tocante a economía; pero permítaseme al menos relativizar su lucidez en lo que atañe a la doctrina social católica: es cierto que la Centesimus Annus (C.A.), como todas las anteriores encíclicas sobre el tema -también por cierto la Rerum Novarum (que Velarde considera sin embargo tocada de peligrosas “proclividades historicistas y corporativistas”)-, afirma el derecho del hombre a la propiedad privada; pero también que no considera ese derecho como absoluto (C.A., 30), sino ligado estrechamente a lo que llama “el destino universal de los bienes” (C.A., 31).

Para el Papa Juan Pablo II, como para todos los pontífices desde León XIII, “la propiedad de los medios de producción [...] resulta ilegítima cuando no es valorada o sirve para impedir el trabajo de los demás u obtener unas ganancias que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la riqueza social, sino más bien de su comprensión, de la explotación ilícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral” (C.A., 43).

Por otro lado, para definir un sistema como “capitalista” no basta con aludir a la propiedad. De hecho -como muy bien debería saber el profesor Velarde, dados sus antecedentes ideológicos- “cuando se habla del capitalismo no se hace alusión a la propiedad privada; estas dos cosas no sólo son distintas, sino que casi se podría decir que son contrapuestas” (son palabras de José Antonio Primo de Rivera, una de las primeras influencias de Velarde, en el Círculo Mercantil de Madrid, el 9 de abril de 1935). Somos muchos los que pensamos que precisamente la esencia del capitalismo está en malbaratar y anular la propiedad privada (que, por cierto, precede en muchos siglos al capitalismo) y sustituirla por grandes aparatos de dominación “donde la presencia humana directa está sustituida por la presencia helada, inhumana del título escrito, de la acción, de la obligación, de la carta de crédito” (José Antonio Primo de Rivera, en el Cine Europa de Madrid, 2 de febrero de 1936).

La realidad es que el capitalismo viene definido, de forma mucho más precisa que por la existencia o no de propiedad privada, por la introducción en la vida económica de las sociedades de un reduccionismo moral de primera magnitud, con estas dos características determinantes:

*la pretensión de hacer de la vida humana un inmenso “mercado”, mero ámbito de relaciones económicas de producción y consumo.

*la institucionalización de la avaricia, el riesgo económico y la “ley del más fuerte”, como tríada moral y único motor de dicho “mercado”.

No quisiera imaginar mala fe en las pretensiones mixtificadoras del profesor Velarde y sus colegas, por más que me empuje a ello tercamente su contrastada cualificación intelectual, que excluye la ignorancia. Supongo que ellos mismos se han hecho -y se han contestado- la pregunta que se hace la Centesimus Annus: “¿Se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea al capitalismo? [...] ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del tercer mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?” (C.A., 42).

Temo, sin embargo, que su respuesta difiera notablemente de la que se da el propio Juan Pablo II: “Si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, AUNQUE QUIZÁ SERÍA MÁS APROPIADO HABLAR DE ‘ECONOMÍA DE EMPRESA’, ‘ECONOMÍA DE MERCADO’ O SIMPLEMENTE DE ‘ECONOMÍA LIBRE’ [la mayúscula es mía]. Pero si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa” (C.A., 42).

No hace falta ser profesor universitario para entender que Juan Pablo II, en el texto precedente, prefiere identificar el término “capitalismo” con la segunda transcripción, que no puntualiza, cosa que sí hace significativamente con la primera, para la que ofrece incluso un abanico de términos alternativos. Lo que evidencia inequívocamente que, para la Centesimus Annus, “capitalismo” es un concepto preñado de connotaciones negativas.

Es negativo, por ejemplo, ese sentido “mercantilizador” (nada que no pueda ser “balanceado” existe o es relevante) que el liberalismo económico confiere a la vida humana entera, y que convierte las relaciones sociales en una verdadera “selva” sometida a la “lucha por la supervivencia”. Olvida el capitalismo que, como afirma la Centesimus Annus, “el desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente económica, sino bajo una dimensión humana integral” (C.A., 29) y que “la economía es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja actividad humana” (C.A., 39). De hecho, “existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado” (C.A., 34), “necesidades colectivas y cuantitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos; hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica; hay bienes que, por su naturaleza, no se pueden ni se deben vender o comprar” (C.A., 40). Claro que tal vez esto sea difícil de entender para quien se pasa la vida entre prolijas explicaciones econométricas.

Y es negativa también, para Juan Pablo II, aquella pretensión de reducir todos los valores del mercado a los de la pura avaricia, el riesgo económico y la “ley del más fuerte”, por encima de la Dignidad que es inherente al hombre por el simple hecho de serlo, y de otros valores propios del “mercado tradicional”, como la fidelidad a la palabra dada, el amor al trabajo bien hecho, o la solidaridad dentro de la vida comunitaria. Como bien afirma la Centesimus Annus, “los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad” (C.A., 35).

El capitalismo, en este sentido, se conforma como un modelo perverso, en el que “la producción y el consumo de las mercancías ocupan el centro de la vida social y se convierten en el único valor de la sociedad, no subordinado a ningún otro” (C.A., 39), y donde prevalece una inmoralidad profunda e inherente, la que pretende que todo se mueva naturalmente de acuerdo a la libre ley de la oferta y la demanda, y se rija por el monstruoso mecanismo del egoismo humano puesto en juego, tal como definiera a finales del siglo XVIII Adam Smith.

Y aun más: Juan Pablo II no sólo rechaza, como vemos, el capitalismo de una forma teórica, sino que pide a las sociedades católicas ¡un esfuerzo revolucionario!: “Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas. DEMOLER TALES ESTRUCTURAS Y SUSTITUIRLAS POR FORMAS MÁS AUTÉNTICAS DE CONVIVENCIA ES UN COMETIDO QUE EXIGE VALENTÍA Y PACIENCIA” (C.A., 38).

Y no sólo eso: según la Centesimus Annus, “puede hablarse justamente de lucha contra un sistema económico, entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto de la libre subjetividad del trabajo del hombre. En la lucha contra este sistema no se pone, como modelo alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un capitalismo de Estado, sino una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación. Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado” (C.A., 35).

No cabe duda de a qué “sistema” se refiere Juan Pablo II: al capitalismo, único “método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto de la libre subjetividad del hombre”. Sólo así tiene sentido el rechazo que hace del sistema socialista “en cuanto que es un capitalismo de Estado”. De hecho, “queda mostrado cuán inaceptable es la afirmación de que la derrota del socialismo deje al capitalismo como único modelo de organización económica” (C.A., 35).

Resulta inexplicable, por tanto, que sesudos y laureados profesores como Velarde se empeñen en identificar tan pertinazmente el pensamiento social de Juan Pablo II con el capitalismo, como no sea para confundir maliciosamente las conciencias. Tal vez suponen -desgraciadamente, con no poca razón- que no seremos muchos los que acudamos a las fuentes para cotejarlas, y que al final acabará prevaleciendo el poso de un “discurso secundario” convenientemente dirigido.

Como católico, ciertamente, me niego a ello. La verdad, como decía Machado, es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, y ya es hora de que alguien levante la voz para avisar de que “el rey va desnudo”.

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