Negociando con Cataluña

JUAN MANUEL DE PRADA





SE exhorta a Rajoy a alcanzar un trato con Cataluña sobre su permanencia en España, por ejemplo mediante la inclusión de un estrambote al soneto mal medido de la Constitución que reconozca la «singularidad» catalana. Pero los tratos sólo se pueden fundar sobre el amor o sobre los intereses. Mientras hubo amor, los reyes españoles reconocieron la singularidad de Cataluña, que a cambio les ofreció su lealtad; ahora que no hay amor alguno, sólo se puede alcanzar un trato fundado sobre los intereses, en donde el reconocimiento de la singularidad de Cataluña, amén de no garantizar a cambio lealtad alguna, estimulará la «virtud democrática» (Unamuno dixit) de la envidia en las otras regiones, que de inmediato harán cola ante la máquina del café.
Mientras tuvo una razón de ser que unió a sus pueblos, España se hizo; evaporada esa razón de ser, a España no le queda sino deshacerse, pues los intereses no logran más –nos sigue instruyendo Unamuno– que «la liga aparente de la aglomeración». A Rajoy se le pide que negocie para evitar la independencia de Cataluña; pero sólo podrá alcanzar esta liga aparente de la aglomeración. Wenceslao Fernández Flórez recomendaba jocosamente que, en cualquier negociación sobre la independencia de Cataluña, el negociador del Gobierno debe llevar en su cartera una serie de alternativas, todas ellas fundadas sobre un precedente histórico indiscutible:
1) Que Cataluña forma parte de Francia, porque así lo decretó Napoleón.
2) Que Cataluña no sólo no forma parte de Francia, sino que aquella nación debe restituirle el Rosellón y la Cerdaña.
3) Que Cataluña es una posesión cartaginesa.
4) Que más bien debe recibir el trato de una colonia fenicia.
5) Que es preciso resucitar en ella las viejas tribus en que estuvo dividida, y que vuelvan a delimitarse los ceretanos y los layetanos, los ilercaones y los ruscinos.
6) Que Cataluña está en el deber de no existir, porque en un principio todo su territorio se encontraba debajo de las aguas, y así, en atención y respeto a tal origen, debe ser considerada como una nación submarina.
Antes de empezar a negociar, habría que determinar el lenguaje en que se mantendrían las negociaciones. Aquí ya se plantearían, de entrada, los primeros problemas, porque Rajoy no habla catalán, ni siquiera en sus momentos de máxima y erotizante intimidad; y Mas habla un español con un acentazo terrible que se la baja al más cachondo. Cuenta Julio Camba que, cuando ABC lo mandó de corresponsal a Barcelona, los catalanes esperaban que los pusiese como chupa de dómine, en un afán de que les sacase defectos especiales de su carácter catalán, completamente distintos a los defectos generales del carácter español. Pero el único defecto especial que encontró en los catalanes fue su «defecto de prosodia»; esto es, su acento. Por bromear sobre su acento, Camba –que sin embargo era partidario de la nacionalidad catalana– fue vapuleado; pero, como él mismo reconocía, «que los catalanes digan salsicha en lugar de salchicha no quiere decir que carezcan de derecho para administrarse a sí mismos».
Por fortuna, la política es leve y pasajera, como los resfriados; sólo la vida es siempre grave y honda. En política todo tiene nombre de borrador, dispuesto para que lo rectifique la vida de un plumazo. Y la vida –¡salsicha!– sólo pertenece a Dios (que es uno e inmutable), como Cataluña y España sabían, mientras estuvieron unidas; ahora que están desunidas, las muy fatuas piensan –risum teneatis– que la vida pertenece a las soberanías nacionales (que son muchas y cambiantes).










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